El sujetador que rompió el matrimonio
Alexia lleva semanas sintiendo cómo la tela de sus sujetadores le rozaba los pezones cada vez que respiraba hondo. Esa mañana, decidió que uno de sus nuevos sujetadores rojos no sobreviviría a la visita de Lucas. El chasquido del cierre saltando fue solo el comienzo de una serie de destrozos que marcarían el fin de su matrimonio.
Alexia llevaba semanas sintiendo cómo la tela de sus sujetadores le rozaba los pezones cada vez que respiraba hondo. Era como si su propio cuerpo la estuviera provocando. Aquella mañana se había puesto uno de los nuevos: rojo sangre, de encaje semitransparente, con aros que empujaban sus pechos hacia arriba hasta formar un escote tan profundo que apenas podía inclinarse sin que la carne se desbordara. Se miró al espejo del baño, pellizcó suavemente uno de sus pezones hasta que se endureció contra el encaje y sonrió con complicidad a su reflejo.
Lucas llegó a las once y media. Marc ya estaba en su reunión de toda la mañana. Ella lo recibió descalza, con la bata de seda negra apenas cerrada por un nudo flojo. Cuando él entró al salón oliendo a sudor limpio y a herramienta metálica, Alexia dejó que la bata se abriera sola al caminar hacia él.
—No terminé de enseñarte el conducto del ático ayer —dijo él, con esa media sonrisa que ya sabía lo que provocaba.
—No hace falta que subamos —respondió ella en voz baja—. Aquí está bien.
Lo empujó contra el respaldo del sofá grande de cuero blanco. Lucas se dejó caer sentado y ella se subió a horcajadas sobre él sin preliminares. Sus muslos gruesos se abrieron alrededor de las caderas de él mientras la bata caía completamente a los lados. El sujetador rojo quedó a la vista, tenso, a punto de reventar.
Lucas levantó las manos y las metió directamente por debajo del encaje, agarrando los pechos con fuerza. Los dedos se hundieron en la carne suave y pesada; los pulgares rozaron los pezones ya duros como piedras. Alexia soltó un gemido largo y profundo cuando él los pellizcó al mismo tiempo, tirando hacia afuera hasta que ella arqueó la espalda y empujó el pecho contra su cara.
—Quítamelo… rómpelo —susurró ella, mordiéndose el labio inferior.
No hizo falta repetirlo. Lucas enganchó los pulgares en el centro del sujetador y tiró hacia los lados con violencia. El cierre trasero saltó con un chasquido seco; las copas se desgarraron por los lados y los pechos de Alexia cayeron libres, balanceándose pesados frente a la cara de él. Los pezones grandes, oscuros y erectos apuntaban directamente a su boca. Lucas los atrapó uno detrás de otro, chupando con fuerza, mordiendo lo justo para hacerla jadear. La saliva le brillaba en la piel mientras ella se frotaba contra la erección que ya tensaba los vaqueros de él.
Alexia bajó las manos, desabrochó el cinturón con dedos ansiosos y liberó la polla dura y caliente. Era gruesa, venosa, y palpitaba contra su palma cuando la rodeó. Se inclinó hacia adelante, dejando que sus tetas se aplastaran contra el pecho tatuado de Lucas mientras lo masturbaba lentamente, untando el precum que salía de la punta por todo el glande con el pulgar.
—Quiero sentirte dentro ya —dijo ella, casi gruñendo.
Se levantó lo justo para apartar la braguita de encaje a un lado. No se la quitó; le gustaba la sensación de la tela húmeda rozándole los labios hinchados mientras se empalaba despacio. La cabeza gruesa abrió su entrada y ella descendió de golpe, tragándosela entera hasta que sus nalgas chocaron contra los muslos de él. Ambos soltaron un gemido simultáneo.
Empezó a moverse con violencia, subiendo y bajando, haciendo que sus pechos rebotaran salvajemente delante de la cara de Lucas. Él los atrapaba con las manos, los apretaba, los lamía, dejaba marcas rojas con los dientes en la piel blanquísima alrededor de las areolas. Cada vez que ella bajaba con fuerza, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba el salón. El sofá crujía bajo ellos.
Alexia aceleró el ritmo, apoyando las manos en los hombros de él para tener más fuerza. Sentía cómo la polla la llenaba completamente, rozando ese punto dentro que la hacía temblar. Lucas deslizó una mano entre sus cuerpos, encontró el clítoris hinchado y empezó a frotarlo en círculos rápidos con el pulgar mientras seguía chupándole un pezón con la boca.
—Voy a correrme… joder… no pares… —jadeó ella.
Él aumentó la presión en el clítoris y empujó las caderas hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. Alexia se tensó entera, echó la cabeza hacia atrás y gritó sin control mientras el orgasmo la atravesaba como una corriente eléctrica. Sus paredes internas se contrajeron con fuerza alrededor de él, ordeñándolo. Lucas aguantó solo unos segundos más; gruñó contra su pecho, la agarró de las caderas con ambas manos y se corrió dentro de ella con espasmos profundos, llenándola hasta que sintió cómo el semen caliente empezaba a escaparse y a gotear por sus muslos.
Se quedaron así unos minutos, jadeando, sudorosos, con los restos del sujetador rojo hecho jirones colgando de los brazos de ella como trofeos de guerra. Alexia se inclinó y lo besó despacio, saboreando el sabor salado de su propia piel en la lengua de él.
Días después repitieron la escena varias veces más. Cada vez elegía un sujetador diferente: negro de cuero, blanco de satén, morado con transparencias… y todos acababan destrozados en el suelo del salón, del dormitorio, incluso en la cocina contra la encimera de granito.
Hasta la tarde en que Marc abrió la puerta antes de tiempo.
Los encontró en el dormitorio principal. Alexia estaba de rodillas sobre la cama, con las manos apoyadas en el cabecero, el culo en pompa y las tetas balanceándose al ritmo de las embestidas brutales de Lucas por detrás. Llevaba solo un tanga negro que él había apartado a un lado y los restos de un corpiño verde oscuro rasgado colgando de su cintura. El sonido de piel contra piel era tan fuerte que no oyeron la puerta.
Marc se quedó paralizado en el umbral. Vio cómo su mujer echaba la cabeza hacia atrás, gemía con la boca abierta y pedía “más fuerte… rómpeme…”. Vio cómo Lucas le agarraba las caderas y la penetraba con violencia, haciendo que las tetas se estrellaran una contra otra con cada embestida. Vio el charco de humedad que se formaba debajo de ella en la sábana.
Alexia giró la cabeza y lo vio.
Sus ojos se encontraron durante un segundo eterno. No había vergüenza en su mirada, solo una mezcla de placer crudo y algo parecido al desafío. Siguió moviendo las caderas hacia atrás, como si quisiera demostrarle que ya no pertenecía a nadie más.
Lucas no se detuvo. Siguió follándosela con la misma intensidad mientras Marc daba media vuelta y cerraba la puerta sin decir una palabra.
Minutos después, cuando el último orgasmo la dejó temblando y con las piernas flojas, Alexia se dejó caer sobre la cama. El sujetador verde hecho trizas estaba tirado junto a la almohada de Marc.
Ya no había vuelta atrás.
Y aunque su cuerpo seguía ardiendo cada vez que Lucas la tocaba, una parte de ella sabía que había destruido algo que nunca volvería a recomponerse… y que, en el fondo, lo había hecho a propósito.
Fin.
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