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La Esposa que Aprendió a Mirarse (15)-PEPE

Javi observa cómo su esposa se convierte en el centro de deseo público, pero es la mirada fija de Pepe, el compañero de trabajo, la que enciende la verdadera llama. Mientras Gema prepara su exposición en redes, la línea entre el control y la pérdida se difumina, y la fantasía de verla con otro deja de ser solo un juego para convertirse en una realidad que quema.

Melisa2.7K vistas9.2· 5 votos

PEPE MI COMPAÑERO

Era media mañana y la cafetería ya respiraba ese calor lento de verano. Estábamos sentados en nuestra mesa junto al cristal, bañados por la luz que entraba suave y traicionera. Gema estaba radiante, cada día más peligrosa, más imposible de ignorar. Su presencia alteraba el aire, sentía las miradas masculinas deslizándose sobre ella como si fueran caricias no pedidas. No era paranoia; el local se había llenado de hombres que antes no venían a esta hora. O quizás solo eran mis ojos los que lo notaban, celosos y excitados a partes iguales.

Hablábamos de la cafetería —nuevos horarios, algún cambio en la carta, las cuentas...—, pero mi atención se le escapaba constantemente a ella. Llevaba un short vaquero diminuto, de esos que se pegan a la piel como una promesa, tan corto que apenas contenía la curva perfecta de su culo. Encima, una camiseta blanca de tirantes finos, escote profundo en pico, sin nada debajo. Los pezones se marcaban con descaro, duros, oscuros bajo la tela casi transparente, como si el aire acondicionado y su propia excitación se hubieran confabulado para delatarla. Las sandalias de tacón fino y tiras le alargaban las piernas hasta el infinito y elevaban ese culo redondo de una manera que hacía que cada movimiento fuera una invitación silenciosa.

Estaba sentada a mi lado, con las piernas cruzadas en esa postura lenta y deliberada que subía el short hasta dejar al descubierto casi todo el muslo y el inicio del gluteo. La piel bronceada brillaba bajo la luz y yo solo podía pensar en deslizar la mano por ahí, en sentir cómo se abría un poco más para mí. Entonces ella cambió el tono, bajó la voz, se acercó hasta que su aliento me rozó la oreja.

—Javi… —susurró, con esa cadencia que me ponía la piel de gallina—. Llevo todo el rato pensando en lo de la sesión con Laura… la de la calle. ¿Quieres que la haga?

La miré despacio, dejando que mis ojos recorrieran su boca, su cuello, el relieve descarado de sus pezones.

—Tú la querías, ¿verdad?

Ella sonrió, traviesa, mordiéndose apenas el labio inferior.

—Mucho. Pero quiero saber qué piensas tú.

—Quiero verte feliz. Quiero verte temblando de placer. Y si puedo estar cerca mientras pasa… mucho mejor. —Hice una pausa—. ¿Qué dice Laura?

Gema soltó una risa baja, ronca.

—Laura está encantada. Dice que le doy trabajo, dinero, atención… y que se pone mala de gusto solo de imaginar lo que vamos a hacer.

—Entonces no hay pero que valga. —Le sostuve la mirada—. A mí esas fotos me van a volver loco. Y tú… tú vas a verte por fin como siempre has soñado en secreto, espectacular, tan potente como te mereces... completamente zorra. —Le guiñé un ojo—. Es broma, amor.

—No es broma —respondió ella, acercándose hasta que su muslo apretó contra el mío—. Eso es exactamente lo que quieres… una zorra en casa.

Se rió suave, maliciosa, y ya estaba escribiendo en el móvil.

No tardó ni diez minutos en vibrar la mesa. Gema miró la pantalla, respiró hondo y contestó casi en un susurro, como si temiera que alguien más pudiera escuchar el deseo que le temblaba en la voz.

—Dime, reina…

La voz de Laura llegó cálida, juguetona.

—Veo que ya te has decidido del todo, ¿eh?

—Joder, Laura… me da un vértigo que me muero. Pero sí. Quiero ese riesgo. Quiero sentir que alguien podría pasar, que me miren, que me vean. Quiero mojarme de puro miedo y excitación. Vamos a por ello.

Laura dejó escapar una risa lenta, cargada.

—Sabía que dirías eso. El patio abandonado es demasiado inocente para lo que llevas dentro. Vamos a subir la temperatura de verdad. Primero un parking subterráneo del centro comercial grande, el de la ciudad de al lado. Coches, gente, pasos a pocos metros… pero sin riesgo de vecinos. Luego, el taller de un colega que cierra por las tardes. Silencio dentro, eco de la calle, coches pasando cerca… él no estará. Todo bajo control. Solo nosotras… —hizo una pausa larga, deliberada— o nosotras y quien tú quieras que esté mirando.

Gema abrió los ojos, la respiración se le aceleró visiblemente.

—¿A alguien? ¿Te refieres a…?

—A Javi. A una amiga. A quien te apetezca que te vea posar. Tú eliges.

—Dios, Laura… —se le escapó una risa nerviosa, casi un gemido—. Ya… ya lo pensaré.

—Esa es mi chica —susurró Laura—. Te recojo mañana. Ven preparada… porque va a ser inolvidable.

Gema colgó y se quedó quieta un instante, el móvil aún en la mano. Luego giró la cara hacia mí. Sus ojos verdes ardían. miedo, deseo, humedad pura.

—Javi… —dijo bajito, acercándose hasta que sentí el calor de su cuerpo—. Parking subterráneo con gente alrededor… después un taller cerrado, pero con ruido de calle filtrándose. Me pone tanto que estoy temblando. Me aterra… solo de imaginarlo.

La miré fijo, tomé un sorbo lento de café, dejé la taza con calma estudiada. Mi mano bajó bajo la mesa y se posó en su muslo desnudo, subiendo apenas unos centímetros, sintiendo cómo su piel se erizaba bajo mis dedos.

—Todo lo que está pasando nos está llevando justo donde queremos —murmuré—. El contrato con la marca, las fotos que ya subes, lo del mulato en la discoteca,… tus ganas de que te vean en fotos posando, de verte correrte sabiendo que te miran… todo eso nos enciende. Y está funcionando de puta madre.

Ella asintió, la respiración entrecortada.

—Por cierto… —susurró, rozándome el cuello con los labios—. Creo que tienes razón. Antes de las fotos para la marca, quiero abrir una cuenta en insta para todo esto. Solo para esto. Algo más dedicado a mis posados. ¿Me la montas tú?

—En cinco minutos la tienes. —Sonreí—. Y sí, creo que es lo más inteligente.

—¿Y puedo enlazarla sutilmente con la de la cafetería? He visto que mucha gente lo hace.

—Claro. Lo hacemos elegante, discreto… un guiño en la bio, una story que solo los que sepan leer pillen. —La miré con picardía—. A ver si al final te acabamos montando un OnlyFans y nos vamos a vivir a la playa.

Nos reímos los dos, una risa profunda, cómplice, que hizo temblar la mesa y girar algunas cabezas. Pero ya nada importaba.

Gema se inclinó más, su mano se coló bajo la mesa y apretó mi muslo con fuerza, subiendo despacio hasta rozar la erección que ya no podía esconder.

—Mañana… —susurró contra mi boca—. ¿Vienes conmigo o te quedas esperando a que te mande fotos y vídeos?

La besé despacio, profundo, sin importarme quién mirara. Mi mano subió un poco más por su muslo, sintiendo el calor que desprendía entre las piernas.

—Tú mandas —le dije rozándole los labios—. Si quieres que esté ahí, viéndote abrirte, viéndote mojar las bragas mientras Laura te dirige… voy. Si prefieres que sea solo tuyo al principio, estaré en casa, con la polla dura y el móvil ardiendo. Pero de cualquier forma, mañana vas a volver sabiendo que eres mi puta, la más deseada de mi casa. Y yo voy a disfrutar cada segundo de todo esto.

Ella me mordió el labio inferior, suave, posesiva.

—Por cierto, añadí, he hablado con estos, me dicen de quedar este domingo para ir a la playa, a pasar el día, ya sabes... barbacoíta, sol, cervecitas... y una moraguita.

—Pues la verdad es que me apetece un montón, un día de playa y tomar el sol.

— Gema, una cosa... me gusta verte deseada, verte tontear, verte al borde. Me gusta participar de las fantasías, follarte después sabiendo que otros te han deseado. Pero no quiero convertirme en un cornudo. Quiero que seas mía… aunque el mundo te vea como suya por un rato.

Ella bajó la mirada a la taza, respiró hondo y asintió despacio.

—Tienes razón. Yo tampoco quiero eso. Quiero que seas mi dueño. El que me folla después de todo. Pero… tengo que recordarte una cosa...

Levantó la vista, los ojos clavados en los míos.

—Tengo la fantasía de verte follar con otra mujer. Mientras yo miro. Sentada en una silla, con las piernas abiertas, tocándome despacio, viendo cómo le metes la polla, cómo la haces gemir, cómo te corres dentro… y yo me corro solo de verte. Quiero sentir celos, deseo, morbo… quiero verte disfrutar con otra, saber que puedes tenerla y que me follas después con la polla todavía oliendo a ella.

El silencio se hizo espeso. Mi polla se puso dura al instante bajo la mesa.

—No me asusta —respondí, la voz ronca—. Me pone. Mucho. Pero con reglas. Si algún día pasa… lo hacemos juntos. Lo hablamos antes, lo planeamos. Y después… tú y yo decidimos, cuando y con quien.

Ella sonrió lenta, peligrosa, se acercó y me besó profundo.

Esa tarde volví al curro con el cuerpo aún cargado de la mañana: el roce de los muslos de Gema bajo la mesa, su aliento en mi oreja al susurrar lo de mañana, el beso que nos dimos sin escondernos de nadie. La oficina me parecía un lugar gris y asfixiante comparado con lo que bullía dentro de mí.

Coincidí con Pepe en la sala de descanso justo cuando estaba sacando un café de la máquina. Me miró de reojo, dudó un segundo —vi cómo tragaba saliva—, y al final se acercó con esa expresión de quien ha estado masturbándose con la misma imagen durante días y ya no aguanta más.

—Javi… ¿puedo hablar contigo un momento? —murmuró, echando un vistazo rápido al pasillo vacío.

Levanté una ceja, pero asentí.

—Claro. Dispara.

—¿Café? —señaló la máquina como si necesitara excusa para moverse.

Fuimos al fondo, a una de las mesas altas que nadie usaba nunca. Nos sentamos. Pepe dio un sorbo largo, se quedó mirando la taza negra como si ahí estuviera la respuesta a todo lo que le quemaba por dentro. Al final soltó,

—Dime la verdad, tío… vosotros, tú y Gema… ¿sois de esas parejas que… joder, ¿cómo decirlo sin sonar como un puto salido? ¿Abiertos? ¿Swinger? ¿O solo… le gusta que la miren?

El café se me quedó congelado a medio camino. Lo bajé despacio. No dije nada. Solo lo miré, dejando que el silencio lo apretara como una mano en la garganta.

Pepe se aceleró, nervioso, las palabras saliendo a trompicones.

—Llevo todos estos dias con la polla dura cada vez que abro Insta. Esas fotos… joder, macho. Me he corrido tres veces solo ayer viéndolas. Perdona la crudeza, pero es que no puedo más. Pezones duros marcándose como si pidieran lengua, el culo al aire con ese tanga que se le mete entre las nalgas hasta desaparecer, la piel brillante de aceite o sudor… siempre pienso que esas tías son irreales, que las retocan hasta el infinito y luego las guardan en un cajón. Pero esta vez es Gema. La misma que nos ha invitado a barbacoas, que ha bailado con nosotros en la playa, que me ha servido una cerveza en vuestra terraza con esa sonrisa inocente… y ahora está ahí, expuesta, cachonda, invitando a que la deseemos todos. ¿No tendrás… algo más? ¿Fotos privadas? ¿Vídeos? Dime que sí, por favor. Necesito saber.

Sentí el pulso en las sienes, un calor que subía desde la entrepierna hasta la cabeza. Rabia mezclada con algo mucho más oscuro, excitación pura. Porque mientras Pepe hablaba, yo imaginaba exactamente lo mismo que él, a Gema abierta de piernas en el parking mañana, el tanga empapado, los pezones duros bajo la luz fría de los fluorescentes, y yo allí, mirándola.

Mantuve la voz baja, fría, pero con un filo que no pude esconder.

—Eres un gilipollas de manual, Pepe. Mi mujer se hace fotos que la hacen sentirse poderosa, deseada, viva… y tú la reduces a una puta cualquiera. La conoces. Has estado en nuestra casa. Has visto cómo me besa, cómo ríe, cómo lleva el negocio con cojones. ¿Y tu primera conclusión es que está dispuesta a abrirse de piernas para cualquiera que le dé like?

Pepe levantó las manos, sudando.

—Perdona, Javi… de verdad. No quería ofender. Pero es que… para exponerse así, para que todos la veamos en pantalla… tiene que haber algo detrás. ¿Le pone que la miremos? ¿Que la deseemos tanto que nos duela la polla? ¿Y tú? ¿Te pone verla asi? ¿O es que la follas después pensando en cuántos tíos se han corrido con su foto?

Me levanté despacio. Me acerqué hasta que nuestras caras quedaron a un palmo. Bajé la voz hasta que fue casi un ronroneo peligroso.

—Mira, Pepe… te lo voy a decir clarito para que te quede grabado. Sí, nos pone. Nos pone muchísimo. A ella le encanta saber que la estás mirando, que te estás tocando, pensando en lamerle los pezones que has visto marcados, en meterle la lengua donde ese tanga se pierde. A mí me pone verla así, verla temblar de placer sabiendo que la deseas y no puedes tocarla. Y sí… si fueras un tío que valiera la pena, que supiera tratarla como la reina que es… lo mismo hasta te dejaba follarla. Delante de mí. Mientras yo grabo cada gemido, cada gota que le resbala por el muslo. Pero como eres un baboso cotilla que solo sabe pajearse en secreto… te quedas con lo que hay en Insta. Y con las ganas.

Me di la vuelta y empecé a caminar. Oí su voz rota desde atrás, casi suplicante.

—¡Javi! ¡El domingo playita, eh! ¡No me jodas… venid!

No respondí. Solo sonreí para mis adentros mientras doblaba la esquina. La polla me latía contra el pantalón, dura como piedra, imaginando ya el domingo, Gema con el bikini más pequeño que tuviera, el tejido fino pegándose a los labios hinchados cuando saliera del agua, los pezones duros por el frío, Pepe a unos metros mirando sin poder disimular la erección, y yo al lado de ella, rozándole el culo disimuladamente, susurrándole al oído, “Mira cómo te mira…”.

Llegué a casa esa noche con el cuerpo en llamas. Gema estaba en el salón, tumbada en el sofá con una camiseta mía que le llegaba justo por debajo del culo, sin nada debajo. El móvil en la mano, subiendo otra story a @gema_hidden, un primer plano de sus muslos abiertos, la sombra del tanga apenas visible entre ellos, caption, “Mañana empiezo a jugar de verdad”.

Me miró con esos ojos verdes que ya ardían, pero me conocía y sabía que algo había pasado

—¿Que te pasa cariño? —preguntó,

—Nada, tranquila, el subnormal de Pepe, que siempre anda haciendo el gilipoyas...

—¿Que ha pasado?

Me quité la camisa despacio, sin apartar la vista. —Me ha preguntado si somos una pareja abierta. Si tengo vídeos tuyos. Si me pone verte follada por otro.

Gema se mordió el labio, deslizó una mano entre las piernas y se tocó despacio, sin prisa.

—Sera gilipoyas, ¿Que le has respondido?

Me acerqué, me arrodillé entre sus piernas, le aparté la mano y puse la mía. Estaba empapada, caliente, palpitando.

— NO ME JODAS JAVI!!! ¿Te ha puesto cachondo imaginándolo?

—Mucho —gruñí contra su cuello—. Le he dicho que, si fuera menos capullo, igual hasta te follaba. Delante de mí.

Ella gimió, arqueándose contra mis dedos.

—¿Y qué le has dicho del domingo?

—Nada. Pero va a venir. Va a mirar. Va a babear viéndote salir del agua con el bikini pegado al coño, los pezones duros…. Que te vea abierta, mojada.

Gema me agarró del pelo, me besó con hambre.

El cabrón de Pepe era un adonis, con labia, cuerpo esculpido a base de horas de gimnasio, con un rostro tocado por una varita, con fama de follador entre los tíos, al mamón no le hacía fatal ni mirar a una mujer... casi se le caían a los pies, y el muy hijo de puta...había puesto los ojos en mi mujer.

Gema mie miraba con los ojos entrecerrados, la respiración acelerada, metió su mano entres sus piernas.

—Ven —susurró, sacando los dedos empapados y lamiéndolos despacio—. Cuéntame otra vez lo que le dijiste a Pepe… pero mientras me follas.

Me quité la ropa en dos movimientos, la polla ya dura como hierro, latiendo contra el abdomen. Me arrodillé entre sus piernas, agarré sus muslos y la abrí más, hasta que su coño quedó a mi vista. Entré de un solo empujón, profundo, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mí como si me hubiera estado esperando toda la tarde.

—Le dije… —gruñí mientras empezaba a bombear lento, fuerte— que si no fuera un gilipollas baboso… igual te follaba. Delante de mí.

Gema gimió alto, clavándome las uñas en la espalda.

—Sigue… dime cómo.

—Imagina el domingo en la playa. Tú con ese bikini blanco mínimo, el de tiras finas que se te transparenta cuando te mojas. Sales del agua, el tejido pegado al coño, marcando cada pliegue, los pezones duros como balas. Pepe a unos metros, con la toalla en el regazo para tapar la erección que no puede esconder. Yo a tu lado, rozándote el culo disimuladamente, susurrándote, “Mira cómo te mira…".

Ella se arqueó, empujando las caderas contra mí.

—Más… quiero que me folles imaginando que él está aquí ahora.

La giré de golpe, poniéndola a cuatro patas sobre el sofá. Le agarré las caderas y volví a entrar, esta vez más brutal. Cada embestida hacía que sus tetas se balancearan bajo la camiseta, más por el empuje que por lo que le entraba.

—Imagina que Pepe entra por la puerta ahora mismo —le dije al oído, mordiéndole el lóbulo—. Ve cómo te estoy follando, cómo te tengo abierta. Se queda parado, con la polla dura en los pantalones, sin saber si acercarse o huir. Tú lo miras por encima del hombro, con la boca entreabierta, y le dices, “Ven, Pepe… tócate mientras Javi me revienta el coño. Pero no me toques a mí… todavía no”.

Gema soltó un gemido roto, el cuerpo temblando.

—Joder… sí… dile que se saque la polla… que se la mene mientras me mira.

—Se la saca, roja, goteando. Se toca despacio, los ojos clavados en tu culo rebotando contra mí, en cómo te chorrea el coño por los muslos. Yo acelero, te agarro del pelo y te echo la cabeza atrás para que lo mires a los ojos mientras te corres. Y cuando estás a punto, le digo, “Mírala bien, Pepe… esto es lo que nunca vas a tener. Solo mirar”.

Y comencé a correrme fuerte...

—NO COÑO! NOOOO JAVIIII!!!!

Sentía como el coño de ella me apretabacomo un puño. No paré. Seguí follándola a través del orgasmo, pero mi polla no se venía abajo.

—Ahora yo —jadeó, girándose para mirarme—. Cuéntame lo de Puri.

—¿Que Puri?

La puse boca arriba, le subí las piernas a los hombros y puse mi boca sobre aquellos labrios hinchados, rojos y embadurnados en mi propia lefa, lento esta vez, saboreando cada centímetro.

—Puri la tetona —murmuro, la de la marca de ropa, la que vino a ver como posaba, bajando la voz como si fuera un secreto sucio—.

—Pues vas a tener que contármelo tu esta vez, venga dime que es lo que quieres.

Gema gimió, apretándome con las piernas.

—Ok, pero no pares. Sigue… mientras te lo cuento.

—¿Quieres verla conmigo?

Aceleré el ritmo de mi lengua y mis dedos que seguían follándola con fuerza, sintiendo cómo se mojaba más solo de imaginárselo.

— Llegas a la sesión de fotos mientras yo poso, y desde el primer segundo ya se nota el rollo. Ella está en el set con esa falda corta de cuero que no tapa una mierda y tacones de guarra, las tetas gordas casi escapándose por el escote, los pezones duros marcándose como si pidieran atención. Yo miro al fotógrafo, mientras ella me dice que arquee más la espalda, y en vez de mirar a cámara, te clava los ojos a ti y se muerde el labio inferior despacito, como diciendo “esto es para ti”.

La sesión termina tarde. Sudada, con el maquillaje un poco corrido y el olor a sexo ya flotando aunque todavía no haya pasado nada. En la afterparty del hotel todo se desmadra rápido, copas, música alta, gente medio colocada. Ella se te pega en cuanto te ve solo en un rincón. No hay preámbulos. Te coge de la muñeca, te lleva al ascensor sin decir ni media palabra y cuando las puertas se cierran ya te está metiendo la lengua hasta la garganta, restregándote esas tetazas contra el pecho mientras te agarra la polla por encima del pantalón.

Subís a la habitación. La puerta ni se ha cerrado del todo cuando ya se quita su ropa. Desnuda, sus tetas enormes caen pesadas, tiene el coño depilado brillando de lo mojada que está. Te empuja contra la cama, se sube encima a horcajadas y ni se molesta en quitarte los calzoncillos del todo, solo los baja lo justo para sacarte la polla tiesa

—¡¡¡¡Por dios Gema, estas fatal!!!! ¿De verdad quieres que me lie con ella?

— Se la mete de una sentada brutal. Gime fuerte, como si le doliera y le encantara a la vez. Empieza a botar. Esas tetas gordas suben y bajan con violencia, golpeándose contra tu pecho. Tú las agarras con las dos manos, las aprietas hasta que la carne se desborda entre tus dedos, las palmeas con fuerza haciendo que reboten más todavía. Ella echa la cabeza hacia atrás, gimiendo “más fuerte, joder, pégame más”.

Te agachas un poco, le coges la cara con una mano y le escupes directo en la boca abierta. Ella traga saliva, saca la lengua para que le escupas otra vez. Luego bajas la mano, le extiendes tu saliva por las tetas, las embadurnas hasta que brillan, resbaladizas, y vuelves a palmearlas dejando marcas rojas.

Yo estoy sentada en la butaca de enfrente, os grabo con mi telefono, completamente desnuda, piernas abiertas, mis dedos metidos hasta el fondo en mi coño, masturbándome despacio mientras os miro. Mis ojos no se despegan de cómo ella te cabalga, de cómo tu polla entra y sale entera, brillante de sus jugos, de cómo sus tetas se mueven como si tuvieran vida propia.

—Gema ¿Eso quieres?

—Cállate cabrón y sigue comiéndome el coño, me dijo susurrando con los ojos cerrados, volviendo a su fantasía.

— Tú le metes una mano por detrás, la nombras PURI.. PURI..., Le dices que tiene tetas de guarra y luego primero un dedo en el culo, seco, solo para que note la presión. Ella suelta un gritito ahogado y aprieta más fuerte con el coño alrededor de tu polla. Luego metes el segundo dedo. Los dos dentro, abriéndole el culo poco a poco mientras ella sigue subiendo y bajando, cada vez más rápido, más salvaje. Gime como puta en celo, “sí, métemelos más adentro, joder, rómpeme el culo mientras me follo tu polla”.

Yo me corro la primera, temblando, los dedos empapados, el coño chorreando sobre la butaca, pero no paro. Me levanto y os grabo, le grabo las tetas gordas botando. Sigo mirándoos, viéndote cómo le follas los dos agujeros a la vez, cómo le aprietas las tetas hasta dejarlas rojas, cómo le escupes otra vez en la cara y ella se relame como perra agradecida.

Me acerco despacio, me subo a la cama, y sin decir nada le meto los dedos empapados de mi corrida en la boca para que los chupe mientras tú sigues dentro de ella, los tres respirando agitados, oliendo a sexo puro y sudor.

En ese instante Gema comenzó a correrse.... AAAAHHHHH!! SIII SISISISISISII!!!

No fue un orgasmo suave ni progresivo. Fue una explosión brutal, animal, era el fin a que todo su cuerpo hubiera estado conteniendo, su dique se rompia de golpe. Sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza como una prensa de carne caliente y sudorosa, aplastándome contra su coño empapado. Sentí el calor abrasador de sus labios hinchados pegados a mi boca, el clítoris palpitando contra mi lengua como un corazón desbocado, y entonces el primer chorro me golpeó directo en la cara.

—SIIII, PORFIN SIIIIII… —gritó, la voz rota, ronca, casi un aullido que rebotó en las paredes de la habitación.

Me agarró el pelo con las dos manos, tirando tan fuerte que sentí cómo se me saltaban las lágrimas de los ojos. No me dejó ni respirar. Me pegó la cara contra su sexo con violencia, restregándome como si quisiera marcarme con sus jugos, embadurnándome la nariz, las mejillas, la barbilla. Cada contracción de su coño expulsaba otro chorro caliente y salado que me llenaba la boca, me corría por la garganta, me goteaba por el cuello y empapaba la sábana debajo. El sabor era intenso, almizclado, ligeramente ácido, mezclado con el regusto de mi semen que todavía le quedaba dentro de hace un rato.

—Joder… sí… no pares… chúpamelo todo… trágatelo…

Cada palabra salía entrecortada, entre gemidos guturales y jadeos. Sus caderas se movían solas, follándome la cara con movimientos cortos y brutales, el pubis depilado rozándome la nariz, los labios abiertos y resbaladizos envolviéndome la boca entera.

Yo no podía hacer nada más que obedecer. Mis manos subieron instintivamente a sus nalgas, clavando los dedos en la carne blanda y caliente, abriéndole más el culo para que sintiera el aire fresco en el agujero todavía sensible de antes. Metí dos dedos de golpe en su culo sin aviso, sintiendo cómo los músculos se contraían alrededor de ellos en espasmos violentos, sincronizados con los del coño. Ella soltó un grito más alto, casi doloroso:

—¡Ahhh, joder, sí… métemelos hasta el fondo… rómpeme mientras me corro…!

El tercer chorro fue más abundante, caliente como orina pero espeso y viscoso. Me llenó la boca hasta que tuve que tragar rápido para no ahogarme, el líquido resbalándome por las comisuras de los labios, cayendo en hilos gruesos por mi barbilla hasta gotear sobre mi. El olor era abrumador a sexo puro, sudor, semen viejo y su esencia femenina inundando mis fosas nasales, pegándose a mi piel.

Gema por fin abrió los ojos, me miro y sonrió, maliciosa, y me apretó la cabeza cariñosamente.

—¿De verdad, Gema, ¿quieres eso?

Y ella entre sollozos respondió...

—Hasta donde nos dé la gana. Te quiero gordito!! Esta noche voy a inaugurar mi nuevo insta...