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Dominaciónfeb 2026

Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 21

El juez llegó con la arrogancia de quien sabe que la ley es su arma. No vino a negociar, vino a reclamar. Y Rodrigo sabía que, por primera vez, su harem no era solo un placer, sino un campo de batalla.

Jane Cassey Mourin2.9K vistas9.3· 6 votos

RODRIGO

No lo voy a negar, fue asombroso ver a esas tres rubias entrando en la habitación donde acababa de hacer el amor con Alejandra, porque ni en mis más pervertidas fantasías hubiera imaginado que algo como eso podría pasar, menos aún al tratarse de Anahí, de esa chica que en algún momento parecía estar completamente fuera de mi alcance, pero que en aquel instante se desnudaba lentamente para mí, manteniendo una mirada seductora y una sonrisa astuta en los labios, mirándome con un deseo que no fue capaz de disimular mientras se abalanzaba sobre mi cuerpo, antes de que sus hermanas se reunieran con notros en la cama.

Anahí se recostó sobre mi cuerpo, abriendo las piernas para que los labios de su vagina coquetearan con mi sexo mientras me besaba de esa forma impetuosa con la que me volvió loco, moviendo su lengua para acariciar la mía, imprimiendo una cierta ansiedad a cada uno de sus movimientos, haciéndome víctima de una excitación abrumadora que fue creciente conforme los segundos avanzaron, disfrutando del cálido contacto de su senos desnudos en mi pecho y de la humedad con la que su coño mojaba mi pene con tan solo acariciarlo por encima, sin permitirse sucumbir a la tentación de que la penetrara.

Un par de manos comenzó a acariciar uno de mis brazos mientras sentía cómo una de esa chicas besaba mi hombro, al mismo tiempo que otra boca me besaba las piernas, obligándome a abrirlas para facilitarle la tarea de mimar mi sexo, al principio con pequeños besitos a lo largo de mi tronco, antes de que sintiera cómo esa traviesa boca lo engullía, de que la otra chica besara mi cuello cuando Anahí se bajó de encima de mí, pero sin que abandonara mi boca, manteniendo ese ritmo impetuoso con el que me comía los labios, esa intensidad que la llevó a morderme el labio inferior con tal sensualidad que por un momento me permití extrañar el contacto de su cuerpo desnudo sobre el mío.

Cuando Anahí terminó de besarme, deslizó sus labios por mi piel brindándome besos y chupetones que lograron estremecer todo mi cuerpo, chupando mis pezones con sonidos estridentes, lamiendo mi abdomen, acercándose cada vez más hasta que se acomodó a un lado de Liliana, quien parea ese momento tenía toda mi verga metida en la garganta.

Fue Lourdes quien ocupó el lugar que su hermana mayor dejó libre en mi boca, metiéndome la lengua con audacia, moviendo sus labios con un ímpetu desmedido, haciéndome un poco de daño al tener el rostro tan lastimado, nada que me importara mucho mientras la cama se movía y sentía cómo de pronto dos bocas se peleaban por tener mi miembro dentro, lamiendo mi glande, sobándome los testículos, deslizando sus manos por mis piernas, provocando que la piel se me erizara y mi miembro se pusiera cada vez más duro, llevándome a un punto de éxtasis tan grato que en algún momento solo me limité a cerra los ojos mientras mis siervas se esforzaban al máximo por complacer a su amo.

- Amo, ¿Quién quiere que lo monte primero? - preguntó Liliana con una voz suave, traviesa, haciendo que dejara de besar a Lourdes, que la mirara mientras Anahí disfrutaba de mi pene en su boca, succionándolo con fuerza mientras Liliana me acariciaba los testículos con esa impetuosa, escurridiza y bien entrenada mano.

Un nuevo beso en los labios de Lourdes y una sonrisa llena de complicidad fue lo que precedió al momento en el que mi más reciente adquisición se desplazó hasta llegar a mi miembro y se lo metió en la boca durante algunos segundos, antes de ver cómo se sentaba sobre mí, dejándose caer con mi pene enterrándose en su concha, haciéndome sonreír ante lo placentera que se sentía esa jugosa y apretada vagina al ser invadida por mi sexo, en medio de una escena morbosa en la que Anahí se colocó detrás de su hermana y comenzó a sobarle los senos, jugando con los pezones de esa chica mientras Liliana gateaba por la cama hasta llegar a mí rostro, sonriéndome cuando tomó mi celular de la mesa de noche y me lo dio, haciéndome entender con ello qué era lo que quería hacer, una intención que leí en sus ojos y que me hizo sentir una oleada de curiosidad al imaginar lo que esas tres chicas podrían hacer con mi cuerpo al inundar sus cuerpos con una buena dosis de ambrosía.

El efecto fue inmediato. Los movimientos de cadera de Lourdes se hicieron más veloces e intensos, al tiempo que Anahí manoseaba con vigor los senos de su hermana de su hermana a la vez que colocaba una de mis piernas entre las suyas y restregaba su vagina sobre mi muslo, gimiendo con una fuerza desmedida, a la vez que Liliana me comía la boca sin parar, masturbándose mientras lo hacía, jadeando entre mis labios hasta que la ansiedad pudo con ella y tomó una de mis manos para llevarla su seno y hacer que la acariciara, que se lo apretara por un rato, antes de que me pusiera las tetas en la cara y se las devorara con esa necesidad golosa que de pronto experimenté por escuchar gemir a esa chica con más fuerza de la que ya imprimía en sus expresiones de placer, una intención que me hizo mover mi mano y colocarla entre las piernas de la menor de aquellas hermanas, penetrándola con mis dedos, sintiendo la inmensa cantidad de fluidos que comenzó a expulsar al mismo tiempo que los gemidos de esas tres hermanas se acompasaban en una morbosa y perfecta sinfonía.

Todo lo que sentía me hizo perderme en el placer que me estaba consumiendo, cerrar los ojos y entregarme a esas sensaciones tan intensas que me provocaron al estar conmigo en esa habitación, haciéndome sentir tan bien que sentirme pleno y en la cima de mi vida resultó inevitable, más aún cuando al abrir los ojos observé cómo Anahí y Lourdes comenzaron a comerse la boca, deleitándome con una escena tan morbosa que me dejó cautivado por un breve instante, porque verlas besándose era demasiado hermoso como para desviar la mirada, de la misma forma como lo fue contemplar la manera como Anahí se colocó a un lado de su hermana para comerse la boca mutuamente al tiempo que se masturbaban la una a la otra, sin que Lourdes dejara de brincar sobre mi cuerpo, sin que mi miembro renunciara a ese vaivén en el interior de esa vagina tan apretada que parecía querer succionar de una vez todo el contenido de mis testículos.

- ¡Amo! ¡Quiero montarlo! ¡Quiero que me penetre! ¡No es justo que solo Lulú pueda coger con usted! - susurró Liliana cerca de mi oído, haciendo que yo riera orgulloso al escucharla, al sentir ese deseo que la hacía querer ocupar el lugar de su hermana, nada que me hiciera renunciar a lo bien que se sentía penetrar a Lourdes de la manera cómo sus movimientos de cadera me permitían hacerlo.

- Liliana y Anahí, tírense en la cama y cómanse el coño la una a la otra mientras me hago cargo de Lourdes - les ordené, viendo con orgullo la velocidad con la que ambas me obedecieron, a pesar de la expresión decepcionada que Liliana dibujó en su rostro, contemplando luego por unos segundos aquella escena que ambas protagonizaron al formar ese perfecto 69 en el que sus cabezas se hundieron entre las piernas de la otra, en el que podía escuchar aquellos gemidos que se ahogaban en sus vaginas, hasta que Lourdes dejó caer su cuerpo sobre el mío, haciéndome sentir sus senos desnudos en contacto con mi piel, tomando mi cara para hacer que la mirara por un breve momento antes de besarme de esa forma desesperada y necesitaba con la que otras chicas ya me habían besado al estar bajo los efectos de la ambrosía.

Mis caderas moviéndose en vertical, la manera como Lourdes sacudía el trasero en su búsqueda personal de un orgasmo que apaciguara su ansiedad, la sensación de su lengua jugando con la mía y el calor que de pronto comenzó a dispersarse por toda la habitación, fueron los elementos que me llevaron de manera inevitable a tener ese orgasmo que rellenó de leche el coño de mi sierva, quien se vino poco después de que aquello pasara, tensando todos sus músculos mientras el placer de esa explosiva reacción la abrumaba a tal grado que me hizo salir de su cuerpo y se tiró al suelo mientras se metía los dedos en el coño, gimiendo, gritando, jadeando ante un placer muy intenso, componiendo una imagen que solo me hizo querer más de lo que ya había tenido, que me llevó a colocarme detrás de Anahí y restregar mi miembro entre sus nalgas, sin que ni ella ni Liliana dejaran de comerse el coño entre ellas, sintiendo en unos cuantos segundos cómo mi pene iba recuperando poco a poco su fuerza en la medida en que el contacto con el trasero de Anahí lo hizo recuperar su fuerza, hasta que una vez más estuvo lo bastante duro como penetrar el coño de esa chica, sin que Liliana dejara de chupar su clítoris, lengüeteando de vez en cuando mi miembro al penetrar a esa rubia que gemía como loca y movía el culo con una cadencia alucinante, apretando los músculos de su vientre en el momento perfecto para provocarme una gran dosis de placer, obligándome a cerrar los ojos de tanto en tanto hasta que Lourdes regresó a la carga y se acomodó a mi lado, haciendo que sus senos flanquearan mi brazo, llevando mi mano a su coño lleno de mi leche para que la masturbara, algo que hice con gusto sin dejar de cogerme a Anahí, besando los labios de Lourdes, sintiendo la lengua de Liliana al haber abandonado el clítoris de su hermana y lamer en aquel momento mis testículos, incitándome para que en más de una ocasión abandonara el coño de Anahí y metiera mi pene en la traviesa boca de la más joven de esas tres hermanas, alternando de vez en cuando entre las dos, hasta que Anahí al fin explotó en un orgasmo y se hizo a un lado, dejándome ver a Liliana desnuda, con el coño empapado sonriéndome en medio de aquel viaje de éxtasis que le brindaba la ambrosía.

La mirada de Liliana y la mía se quedaron conectadas mientras la chica se acomodaba en la cama hasta quedar muy cerca de mí, con sus piernas bien abiertas para ofrecerme su vagina, colocándose en la orilla de la cama y tomando mi pene para guiarlo por el camino correcto a su interior, de tal forma que apenas tuve que empujar un poco para penetrarla, antes de que Lourdes y Anahí se colocaran a los costados de esa gimiente chica, besando los senos de Liliana acariciando su cuerpo, obsequiándome una imagen alucinante de esas tres rubias a mi disposición, una escena tan morbosa que me llevó a colocar mis manos entre sus piernas para penetrar sus coños con mis dedos, mientras mis caderas se movían sin cesar penetrando a Liliana, viendo cómo se retorcía de placer en esa cama que para ese momento ya estaba empapada de sudor.

La cima de tan morbosa situación fue alcanzada en el momento en el que esas chicas se vinieron casi al mismo tiempo, con solo unos pocos segundos de diferencia, permitiéndome contemplar la morbosa escena en la que las tres se retorcieron de gusto al sentir esas oleadas de placer que les obsequiaron sus cuerpos ayudados por la ambrosía, mientras sentía esa manera tan intensa y enloquecedora como Liliana movía las caderas para complacerme, obligándome a experimentar la estrechez de su vagina yendo y viniendo hasta que eyaculé dentro de ella y me quedé muy quieto durante algunos segundo, recostándome sobre su cuerpo para así poder besarla, sintiendo el sabor de su hermana y de mi semen en sus labios, sonriendo al sentir la forma tan intensa y deliciosa con que esa chica correspondía mis besos.

Cuando salí de su vientre y me alejé de ella, pude ver un brillo de decepción en los ojos de Liliana, antes de contemplar la forma tan viciosa y degenerada como sus hermanas le comieron el coño en un esfuerzo por compartir mi leche, la misma que fue a dar a la boca de Liliana cuando Lourdes la besó en los labios, creando un momento en el que de pronto asimilé el hecho de que no se detendrían hasta que dejara de alimentar sus cuerpos con ambrosía, un entendimiento que me llevó a sonreír imaginando todo lo que esas mujeres serían capaces de hacer si las dejaba ahí solas con esa droga recorriendo sus cuerpos, antes de que tomara mi celular y detuviera aquel festival de leche, sudor y gemidos, viendo cómo se miraban con expresiones de sorpresa y sonrisas avergonzadas cuando salieron de aquel trance inducido por la droga que las hizo perderse en el lascivo placer que sus cuerpos les brindaron.

- Cambien las sábanas, limpien la recámara y luego vayan a ducharse, vamos, dense prisa - les ordené, palmeando las nalgas de Anahí y Lourdes, sin poder eliminar la sonrisa que iluminó mi rostro antes de salir desnudo de la habitación y dirigirme a la cocina donde abracé a Alejandra con fuerza, haciendo que sintiera mi cuerpo en su espalda, que experimentara mi sexo entre sus nalgas mientras besaba su cuello y le agarraba los senos, embriagado por todo lo que esas rubias me hicieron sentir, queriendo aún más mientras mi pene volvía a ponerse muy duro, necesitando que mi mujer me entendiera de nuevo durante algunos minutos más - aún no tengo suficiente de ti, mi amor - le susurré al oído para luego hacer que se inclinara hacia el frente y arrodillarme tras ella para comerle el coño, sin que me importara lo que estuviera haciendo, sin que Lucero se distrajera de sus tareas ni siquiera cuando me incorporé y le hice el amor a mi mujer en medio de aquella cocina hasta venirme en su coño para luego sobarle las nalgas, antes de besarla en la boca con toda la pasión que ese monumento de mujer me provocaba cada día desde que la hice mía.

- Te amo, cariño - susurró cuando terminé de besarla.

- Y yo a ti - respondí, dándole al final una fuerte nalgada para luego dejar a esas chicas a solas en la cocina, marchándome a mi habitación que para ese momento ya no mostraba ninguna evidencia de lo que ocurrió con esas tres hermanas, donde la cama parecía impoluta al estar cubierta por aquellas sábanas limpias sobre las cuales me dejé caer dejándome abrazar por su frescura y ese delicioso aroma a limpio, disfrutando de mi vida, del saber que tenía a una mujer que me amaba tanto como lo hacía Alejandra, de entender que tenía un harem lleno de mujeres hermosas con quienes podría repetir aquella erótica y enloquecedora experiencia todas las veces que quisiera.

***

Después de aquella fascinante experiencia, las cosas en el departamento subieron de tono por el tiempo que duraron las vacaciones de las chicas, no solo para mí, sino también para Alejandra, a quien integré en la mayoría de aquellas sesiones en las que más varias chicas tuvieron que compartir mi cuerpo y el de mi mujer, a quien muy pronto vi disfrutando de lo que las siervas podían hacer para complacerla.

Cuán movidas fueron las cosas que para los últimos días de aquellas vacaciones, estaba tan cansado que con el pretexto de ir supuestamente al gimnasio, me refugié en mi camioneta sin sacarla del estacionamiento para poder dormir un poco y tratar de recuperar todas las energías que agoté durante los días anteriores, quedándome dormido por horas cada día, hasta aquella última mañana en la que las chicas podrían descansar antes de que regresaran a trabajar, algo que en realidad no me encantaba, pues no habíamos pensando aún en una forma de llevar el negocio de tal manera que no tuvieran que pasar largos periodos de tiempo atendiendo a quienes pagaban por estar con ellas.

- Mi amor, despierta, cariño - escuché entre sueños la dulce voz de Alejandra quien, para el momento en el que abrí los ojos, me miraba de una manera llena de ternura, con una hermosa sonrisa en los labios - hoy no desayunaste nada y ya pasaron varias horas desde que te fuiste al gimnasio, así que te traje algo de comer - explicó, soltando una risilla al final, antes de que yo mismo riera y enderezara mi asiento para luego mirarla mientras me sonreía de esa forma tan linda.

- ¿Cuánto tiempo te llevó descubrir mí engaño? -e pregunté, compartiendo ese momento de complicidad con esa cautivadora mujer que me sonreía con un aire de orgullo y satisfacción.

- Lo supe desde el primer día. Me asomé por la ventana para verte partir, y así noté que nunca saliste del edificio, luego te encontré aquí dormido cuando bajé a ver si pasaba algo, pero ¿Sabes algo? No tienes por qué esconderte aquí, con que cerraras la puerta bastaría para mantenernos alejadas de tus encantos - bromeó mientras me extendía un recipiente y reía un poco al verme atrapado en mi intento por descansar un rato.

- Últimamente es complicado estar en el departamento, somos muchas personas y necesitaba un poco de paz.

- Me lo imaginé, pero la buena noticia es que las chicas se van a trabajar mañana y tendremos el departamento solo para nosotros.

- Sí, eso me alegra, aunque… bueno, es que no se me ha ocurrido nada para hacer que trabajen menos, y con los gastos de estas vacaciones no podemos permitirnos darles algunos días de descanso así que…

- Sobre eso, lo estuve pensando, o mejor dicho, Lucero y yo lo estuvimos pensando y también hicimos algunos números justo ayer por la noche. Esa chica en serio es muy lista. Resulta que estuvo navegando por internet y encontró unas estadísticas bastante curiosas acerca del comportamiento de quienes suelen usar con cierta frecuencia el servicio de siervas. Básicamente encontró que los usuarios acostumbran a pagar más si hacen uso de una sierva durante un solo día, que si lo hacen durante varios días, es decir, que es más rentable configurar los servicios de 24 horas en 24 horas, que mandarlas a trabajar varios días seguidos. La diferencia no es mucha, pero en cuanto a números, según mostraban las estadísticas, las siervas que acuden a servicios de al menos tres días seguidos, obtienen alrededor de 15000 créditos en promedio por todo el servicio, en cambio, quienes realizan servicios de 24 horas cada vez, suelen obtener entre 7 y 8 mil créditos por día, es decir que se obtiene casi una tercera parde más si trabajan en periodos de 24 horas en cada servicio - dijo Alejandra, dándose un pequeño respiro antes de continuar hablando, de esa forma tan apasionada como lo hacía cada vez que hablábamos de números o negocios - entonces, a partir de esos datos, se nos ocurrió que quizás sería una buena idea dividir a las chicas en dos grupos, uno que trabaje los días nones del mes y otro los pares, por decirlo de alguna manera, de esa forma no tendríamos la casa atiborrada, podrías obtener al menos las mismas ganancias que tienes hasta ahora y las chicas no tendrían que pasar tanto tiempo en manos de amos desconocidos - expresó mi mujer, dejándome pensar en ello mientras me comía lo que me llevó, manteniéndome callado por algunos minutos, sorprendido ante la habilidad que tenía para los negocios, hasta que al fin pude superar mi ensimismamiento y tuve algo que decirle.

- Siempre me ha sorprendido lo inteligente que eres, cariño - comenté, viendo con alegría la manera como Alejandra sonrió y su rostro se sonrojó - lo haremos así al menos por ahora, porque me sigue pareciendo mucho tiempo el que pasarán en manos extrañas, pero no habiendo un mejor plan, lo haremos así, porque además supongo que nuestra intención de comprar un lugar para que las chicas vivan aparte se habrá retrasado con los gastos de estas vacaciones y con la reestructura de nuestro esquema de trabajo ¿Cierto?

- Bueno, no en realidad, o no tanto al menos, aunque aún nos falta ver cómo resulta este nuevo esquema y hacer números para ver las diferencias, pero en aras de que nuestros planes no se vean tan afectados, tal vez sería bueno comprar alguna sierva más, una que quizás no resulte tan costosa para tener un margen de ganancia más amplio.

- Sí, creo que es una buena idea - respondí, después de que me terminara mi comida y le regresara el recipiente a Alejandra - si quieres podemos ir ahora mismo a la galería, supongo que dejaste todo a cargo de Ivette ¿No? - Alejandra asintió mientras sonreía y metía el recipiente en la guantera del auto - entonces vamos, con algo de suerte y la pondremos a trabajar a partir de mañana junto con las otras chicas.

***

- Buena bonita y barata ¿Eh? Sí, tengo algo como eso, síganme - nos indicó Emilio después de que le explicara la clase de chica que necesitaba para el harem, haciendo que camináramos detrás de él, mientras yo notaba lo fuerte que Alejandra me apretaba la mano al estar en ese lugar, caminando entre aquellos pasillos de los que escapaban gemidos desde todas direcciones, pero sin que hiciera el intento de escabullirse por ahí como aquella ocasión en la que compramos la camioneta en ese mismo lugar - aquí la tienen - los indicó Emilio cuando llegamos a la cabina de una chica bastante linda, de cabello negro y piel blanca, delgada y pequeña, tan frágil que no pude evitar que me recordara a Lucero, hasta que noté algo peculiar en esa muchachita, algo que no había visto en ninguna otra mujer desde que me hice parte del sistema de siervas.

- Parece que se le ha agotado la ambrosía - comenté, encontrando en aquella idea la única explicación de que esa muchacha no se comportara como una sierva promedio al estar en esa galería, porque a diferencia de la clase de mujeres que solían mostrarse en esas cabinas, ya no parecía tocarse con la misma clase de ansiedad que mostraban las otras mujeres que compartían su estatus, demostrando incluso un poco de vergüenza al estar desnuda, una actitud que se hizo más evidente cuando notó que estábamos ahí, que me hizo pensar que, de alguna manera, esa chica no pertenecía a ese lugar.

- María, es una sierva bastante peculiar - comentó Emilio con una voz pesarosa que no parecía ir muy bien con la clase de hombre que era mi amigo - tiene una inusitada resistencia a la ambrosía, por ello es capaz de sentir vergüenza y otras cosas que no debería sentir cuando se le administra la droga; aunque debo decir que esa no es su única peculiaridad - advirtió de pronto, mirándome de una forma extraña, como si de alguna manera le apenara haberme llevado ante esa chica, como si sintiera culpa por alguna razón que aún no entendía - María fue estuvo casada con un comandante del ejército al que hace unos días asesinó - nos explicó mi amigo, manteniendo una calma que no parecía natural dado lo que nos estaba diciendo, ante esas palabras que me hicieron intercambiar una mirada nerviosa y llena de incertidumbre con Alejandra - según lo que me contaron los médicos, María les platicó que su esposo no quería casarse con ella, se vio obligado a hacerlo por alguna razón que desconozco, un hecho que lo llevó a guardarle mucho rencor y a maltratarla por el tiempo en el que estuvieron juntos, prestándola a sus subordinados, haciendo que algunos de ellos la torturaran y… bueno, cuando llegó aquí estaba muy mal, tenía varios desgarres en su vagina, estaba golpeada y su estado nutricional no era el mejor, de hecho tuvieron que ponerle 6 dosis de Néctar para lograr una cierta estabilidad - comentó, sonando consternado por esa chica, mostrándose afectado por la historia de esa muchacha, una reacción que en realidad no era muy propia de ese hombre - ¿Sabes algo? En realidad, no creo que sea una mala muchacha, creo que la llevaron al límite de lo que fue capaz de soportar y por eso hizo lo que hizo, porque desde que llegó se ha portado bastante bien tanto con el personal como con los usuarios, no ha dado problemas ni tampoco ha tratado de rechazar a quienes pagan por estar con ella, aunque debo decir que en realidad no han sido muchos los interesados, supongo que ese semblante entre triste y avergonzado no suele despertar la lívido de muchos hombres.

- Emilio, ¿Por qué nos muestras a esta chica? Quiero decir, sé que es bonita, pero ¿No crees que ya sufrió bastante como para…? - le pregunté, tratando de entender la razón de que nos llevara ante esa chica.

- Precisamente por eso te la muestro. Mira su precio, 1600 créditos a la compra, es nada en comparación con lo que suelen pedir por las chicas de la galería y estoy seguro de que algún tratante se la va a llevar si no lo hacen ustedes, porque ninguna persona va a entender lo que le pasó y el porqué de lo que hizo así que… mira, sé cómo tratas a tus siervas, lo he visto desde que te conozco, incluso con la mujer que te trató mal fuiste compasivo cuando fue necesario, así que supongo que estará bien contigo y con tus chicas, mucho mejor de lo que estaría con alguien como Tavroz o como ese idiota con el que fuiste a negociar a Lourdes - dijo Emilio, sin mirarme, haciendo que viera de reojo a Alejandra cuando el hombre mencionó a su exesposo, sin que ello la hiciera reaccionar de alguna forma.

- ¿Qué opinas? - le pregunté a mi mujer, en quien pude notar el atisbo de algunas lágrimas que trataba de contener con algo de dificultad.

- Me recuerda mucho a Lucero, y creo que es tan joven como ella - respondió sin dejar de mirarla, mientras la chica abrazaba sus piernas al sentirse observaba, tratando en lo posible de ocultar su desnudez de nuestra mirada.

Tras la respuesta de Alejandra y la expresión de angustia que observé en su rostro, cualquier duda fue disipada de inmediato y me acerqué al monitor de su cabina para cerrar el trato, sin tener idea de cómo le haría para reunir el valor que me permitiera mandarla a trabajar como lo hacía con las otras chicas, porque aquella jovencita no se veía bien, parecía como si algo se hubiera apagado dentro de ella, como si de alguna manera sus ganas de vivir simplemente se hubieran esfumado.

- Mismas indicaciones ¿Cierto? - preguntó Emilio con un aire de entusiasmo, mientras los tipos de seguridad la sacaban de la camina, obteniendo solamente un asentimiento de mi parte antes de que se la llevaran y Alejandra se abrazara con fuerza a mi cuerpo, besándome la mejilla, sin que necesitara decir algo para saber que aquello era un gesto de agradecimiento por haber adquirido a una chica con quien no creí ganar mucho dinero, pues para empezar dudaba tener el corazón para mandarla con cualquier desconocido.

Por el tiempo que estuvimos esperando a que alistaran a María, no hubo palabras entre Alejandra y yo, solo nos quedamos quietos en la sala de espera, dejando que el tiempo pasara, imaginándolas horribles cosas que esa chica tuvo que haber soportado como para terminar con la vida de un hombre, una idea que me hizo recordar al tipo al que le disparé semanas atrás, que me hizo revivir lo que sentí cuando ello pasó, provocando que sintiera un poco de empatía por esa pobre chica a quien llevaríamos a casa.

Verla salir y acercarse a nosotros no cambió en nada el ánimo apagado que mi mujer y yo demostramos desde que la vimos, pues a pesar de que llevaba la ropa mucho menos destruida que aquella que solían vestir las otras siervas a las que adquirí en esa galería, el rostro de esa chica me decía lo triste y temerosa que en aquel momento se encontraba, una imagen que me hizo sentir culpable de tan solo pensar en que pudiera hacerla trabajar como a las otras mujeres de mi harem.

- Estarás bien con nosotros. Rodrigo es un buen hombre y un excelente amo - dijo Alejandra una vez que subimos al auto, haciendo lo que podía para que esa chica dejara de mostrarse tan nerviosa y temerosa. María solo la miró y asintió, antes de que sus ojos se abrieran como platos cuando notó el brazalete de mi mujer.

- ¿Tú también eres una sierva? - le preguntó, sin poder ocultar la sorpresa que al parecer la invadió cuando notó aquel detalle, seguramente tras notar la forma como trataba a Alejandra a pesar de que ella también fuera una sierva.

- Sí, lo soy - respondió Alejandra, mostrándose un poco apenada mientras yo miraba a María por el retrovisor.

- Alejandra es mi sierva de compañía, pero no es la única que tengo en casa. Hay otras chicas con nosotros, todas ellas trabajan en el sistema de siervas, las subasto con frecuencia y atienden a los hombres que pagan por estar con ellas - dije, de una manera forzada, tratando de mostrar la misma actitud severa, fría y distante que demostré con cada una de las siervas a las que compré en aquella galería, para mi sorpresa, a María aquella noticia no parecía provocarle emoción alguna.

- No tendrá ningún problema conmigo, amo, haré lo que me ordene - respondió la chica, agachando la cabeza mientras me hablaba, justo cuando notó que la miraba por el retrovisor.

- No es tan malo como suena - comentó Alejandra en un intento por tranquilizarla, supongo que pensando que aquello le había caído mal a la chica, aunque en realidad no fue así.

- No se preocupe por mí… ¿Debo decirle, señora, ama o algo parecido? - preguntó nerviosa y como mucha timidez, pero logrando que Alejandra se ruborizara.

- Solo dime Alejandra y no me tienes que hablar de usted - respondió mi mujer, hablando con la voz entrecortada por la vergüenza que aquella pregunta le provocó.

- Bien, Alejandra, no es necesario que te preocupes por mí, no soy ajena a lo que los hombres hacen con las siervas ni mucho menos; cuando estaba casada mi esposo llevaba varias veces a la semana sus subordinados para que me penetraran y me torturaran, estaba obsesionado con que quedara embarazada de alguno de esos hombres porque él decidió que no me tocaría, y a la vez quería desquitarse conmigo tras haber sido obligado por mi padre a casarse conmigo, así que supongo que la vida que me espera como sierva es muy parecida a la que ya tenía a lado de ese hombre, aunque dudo mucho que puedan lastimarme más de lo que esos hombres lo hicieron - comentó la chica, con una voz aplanada y carente de emociones.

- ¿Fue por esa razón por la que mataste a ese hombre, porque te compartió con esos sujetos? - le pregunté de manera abrupta, notando lo mucho que necesitaba escuchar su respuesta a esa pregunta, solo hasta que aquellas palabras salieron de mi boca.

- No, amo, la razón no fue esa. La verdad es que el comandante me inspiraba mucho miedo, porque me castigaba por cualquier tontería y me golpeaba muy a menudo, a veces hasta dejarme inconsciente. Nunca le importé y estoy convencida de que me odiaba por ser la razón de que no se pudiera casar con la mujer que amaba cuando mi padre nos obligó a casarnos. Ninguno de los dos lo quería, pero ese matrimonio era importante para mi padre por alguna razón que nunca entendí y que papá nunca me explicó, supongo que fue por ello por lo que mi difunto esposo me obligaba a estar con hombres que sabía que me provocarían dolor y me dejaba a expensas de tipos siniestros que me torturaban cada vez que estaban conmigo y… bueno, fue por eso que decidí convertirme en sierva, porque vi en uno de eso noticieros que los delitos graves cometidos en nombre de Aurora serían castigados de esta manera, así que lo que hice lo llevé a cabo para evitar la pena de muerte, para tener una oportunidad de seguir con vida, porque estoy convencida de que ni siquiera tras haber perdido mi libertad, podría llevar una vida tan mala como la que tenía cuando vivía con el comandante.

- Hablas de tu padre como si fuera alguien a quien no se le puede decir que no - le comenté después de algunos segundos que estuvimos en silencio.

- Así es, amo, mi padre es uno de los jueces más importantes en el régimen del Gobierno Central, es un tipo que se ha forjado una fama de implacable y despiadado a la hora de dictar sentencia a los traidores del estado, asesinos y criminales de alta peligrosidad, fue él quien estableció los parámetros legales para que la ley Aurora fuera promulgada y también quien diseñó el aparato social que da sentido al nuevo sistema de siervas - dijo la chica, haciendo que Alejandra y yo intercambiáramos una mirada al comprender a quién teníamos en la parte trasera de la camioneta y entender que esa chica tan enternecedora, en realidad podría llevarnos muchos problemas, un detalle que al parecer María notó por lo que dijo a continuación - sé que me compraron por buenas razones, que lo hicieron por compasión, pero tal vez lo mejor que podrían hacer sería deshacerse de mí en cuanto puedan hacerlo, porque estoy segura de que tarde o temprano mi padre vendrá a buscarme, y créanme cuando les digo que ese hombre es sinónimo de malas noticias, lo ha sido durante toda mi vida - advirtió la chica con pesar, haciendo que de nuevo intercambiara una mirada grave con Alejandra, antes de echar a andar el auto y de que nos dispusiéramos a ir a casa.

- Ya enfrentaremos esa situación si se presenta, mientras tanto, bienvenida a mi harem, María - respondí, sintiendo cómo Alejandra me acariciaba el brazo mientras iniciábamos nuestro recorrido por las calles, viendo de vez en cuando a esa chica que parecía sorprendida por el simple hecho de que no la hubiera regresado en ese mismo momento a la galería o hubiera hecho algo por deshacerme de ella.

***

- ¡Ya llegaron! - gritó Liliana en cuando escuchó la puerta del departamento al abrirse, antes de que un barullo de pasos se oyera al interior del departamento, provocando que María se pusiera tensa y muy nerviosa, hasta que vio a las chicas que ahí se encontraban, algunas en ropa interior, otras con apenas alguna camiseta ligera cubriendo precariamente sus cuerpos - ¡Y tenemos una nueva compañera! - exclamó la menor de las tres rubias, sonriendo ampliamente hacia la nueva sierva.

- Les presento a María, hagan que se sienta bienvenida - comenté, viendo cómo de inmediato Liliana daba un paso al frente y la tomaba de la mano, presentándola con cada una de las chicas mientras Alejandra y yo las observábamos al alejarse de nosotros y acomodarse entre las colchonetas que tenían regadas por el departamento.

- ¿Qué deberíamos hacer con ella? ¿Crees que sea una buena idea mandarla a trabajar o deberíamos mejor dejar que se quede un tiempo en casa? - preguntó mi mujer, angustiada, sin saber qué hacer con esa chica que parecía haber traído un gran problema a nuestra pequeña comunidad.

- Lo mejor que podemos hacer es tratarla como a las demás, porque si tiene razón y su padre viene a buscarla, el que no esté aquí podría darnos una ventaja, o al menos nos comprará un poco de tiempo para pensar en algo inteligente para evitar que se la lleve - Alejandra me miró sorprendida.

- ¿Piensas evitar que se la lleve? ¿Pretendes enfrentar al mismo hombre que hizo que todo esto fuera posible? - preguntó alarmada, dejando que sus palabras se contagiaran por el miedo mientras me miraba con sus ojos moviéndose rápidamente de un lado a otro.

- Pienso en cómo podría convencerlo para que la deje con nosotros, en cómo demostrarle que aquí estará bien, mucho mejor de lo que estaba con el hombre con quien la obligó a casarse, porque no creo que si viene por ella sea por amor, más bien me parece que tratará de sacar algún provecho con ella, lo cual será mucho peor de lo que fue su matrimonio, pues ahora es una sierva y como tal ha perdido cualquier clase de derecho - le respondí, mientras observaba a María sonreír por primera vez ante alguna broma de Liliana - pero ya nos preocuparemos por eso cuando sea el momento, mientras tanto me apetece pasar el resto de la tarde contigo y solamente contigo - le dije a mi mujer, viendo cómo me sonreía para luego besarme y ser ella quien me dirigiera hasta nuestra habitación, de donde solamente salimos cuando la noche llegó y con ella la hora de cenar, un momento en el que vi con cierta alegría lo bien que de pronto lucía María cuando al fin se dio cuenta de que nuestra comunidad era un buen lugar para vivir, cuando entendió que había miles de lugares mucho peores que mi harem, que tenía suerte de haber caído en mis manos.

***

- Las chicas ya se fueron, María parecía entusiasmada con su primer servicio - comentó Alejandra cuando regresó a la habitación con un par de emparedados y un bol lleno de papas fritas, mostrándose tan feliz como yo ante la idea de que al fin pudiéramos estar solos en el departamento, de que pudiéramos pasar algo de tiempo disfrutando de nuestra nueva y peculiar relación, algo que por desgracia solamente duró unos minutos más del tiempo que nos tomó desayunar en la cama, pues antes de que otra cosa pasara, alguien llamó a la puerta, provocando expresiones de incertidumbre en ambos.

- Ahora vengo, iré a… - comentó en un vano intento de levantarse, antes de que yo la detuviera, tomándola del brazo para hacer que se quedara en la cama, recordando en ese momento lo que María nos dijo de su padre.

- No, lo haré yo - respondí, presintiendo algo malo, levantándome de inmediato para ponerme unos jeans viejos, meter los pies en unos tenis y tomar mi arma para colocarla en la parte trasera de mi pantalón, antes que colocarme una camiseta y salir de la recámara bajo la preocupada mirada de Alejandra - no te salgas del cuarto hasta que te llame - le ordené en el momento en el que volvieron a llamar a la puerta, golpeándola con más fuerza, después de que escuchara a un tipo llamándole señor a alguien, empleando la misma clase de lenguaje respetuoso y esa entonación de voz temerosa que usaría una persona al servicio de un sujeto importante.

Un hombre alto y corpulento estaba al otro lado de la puerta cuando la abrí, un tipo con una expresión de pocos amigos y una mirada tan enloquecida y severa como aquella que Tavroz me dirigió el día en el que lo confronté, con una apariencia que lo hacía lucir elegante, que me hizo saber que era un sujeto importante del gobierno dada la cantidad de insignias que llevaba bordadas en su saco.

- Buenos días, soy el padre de María y sé que está contigo, así que he venido a llevármela - dijo el juez, mirándome con el atisbo de una sonrisa engreída en los labios, como si asumiera que el solo hecho de tenerlo enfrente y de notar que estaba acompañado por otros cuatro sujetos, me iba a hacer ceder ante cualquier cosa que me pidiera.

- Sé quién es y sí, tengo a María, pero me temo que ella no está aquí. Salió hace un par de horas a trabajar y no regresará hasta el viernes por la mañana - le dije, sin demostrarle el más mínimo titubeo, sin desviar mi mirada de sus ojos, pues ciertamente, a pesar de entender el poder que ese hombre tenía (y tal vez de una manera muy estúpida de mi parte), aquel tipo no me parecía mucho más peligroso que Tavroz o que el sujeto al que le disparé en aquel infame y depravado evento que tuvo lugar en medio del bosque. Uno de sus hombres dio un paso al frente, mostrando una actitud muy agresiva hacia mí, una que me hizo llevar mi mano a la parte trasera de mi pantalón donde estaba mi arma, hasta que el juez lo detuvo con un simple ademán de su mano, mostrando una expresión de sorpresa en su rostro, como si no pudiera creer que yo estuviera dispuesto a defender lo que me pertenecía, incluyendo a su propia hija.

- ¿A qué te refieres con que está trabajando? Pensé que la habías comprado el día de ayer en una galería. Creí que estaría contigo, que quizás en este momento la estarías usando - preguntó haciendo gala de una curiosidad poco discreta.

- Así fue, ayer la vi en la galería y la compré, pero hoy no está conmigo, la envié a hacerle compañía al hombre que pagó por sus servicios - le respondí, sintiendo algo de orgullo cuando vi la forma como sus facciones se endurecieron, cuando al fin entendió qué fue lo que hice con su hija.

- Entonces creo que debemos tener una charla un poco más extensa - dijo el sujeto, quitándose el saco para dárselo a uno de sus hombres, algo que no supe si interpretar como un gesto amenazante o solo como una acción necesaria dado el calor que hacía en aquella mañana.

- Pase, tome asiento - lo invité, haciéndome a un lado para que entrara en el departamento, hasta que vi que uno de sus gorilas de seguridad trataba de entrar en mi hogar y le puse una mano en el pecho, provocando que me fulminara con la mirada y me sujetara el brazo con la intención de quitarme de su camino, hasta que una vez más el juez intervino.

- Está bien, Ronnie, relájate, es su casa y es libre de permitir o negar la entrada a su hogar a quien le venga en gana, esperen afuera, no tardaremos demasiado - les ordenó el juez, haciendo que ese idiota diera un paso atrás, pero sin que desviara la mirada de mis ojos hasta que le cerré la puerta en la cara.

- ¿Quiere algo de tomar? - le pregunté mientras me sentaba en una silla, sabiendo perfectamente bien cuál sería su respuesta a mi ofrecimiento.

- No, muchacho, gracias, pero prefiero terminar con este asunto cuanto antes.

- Entonces, lo escucho.

- Quiero a mi hija de vuelta - dijo si rodeos - María no se merece ser tratada como una prostituta, esa no es la vida que quiero para ella.

- ¿En serio? Me parece curioso que lo diga después de que se la entregara a ese comandante con el que la obligó a casarse - le respondí, tratando de ser respetuoso, pero dejándole en claro que sabía lo que hizo, que no me amedrentaría con esa actitud de superioridad, viendo cómo su mirada titubeaba entre la sorpresa y el enfado - María me contó lo que pasó, me dijo que su esposo la obligaba a estar con sus subordinados, que la torturaban en cada ocasión en que el comandante la compartía con ellos y que la razón de que matara a ese hombre, fue porque ya no quería llevar esa vida, porque el ser una sierva la pareció un estilo de vida más digno que el que le daba el hombre con quien usted la casó - le expliqué, viendo cómo sus ojos parecían apagarse un poco, pero solo un poco, no lo suficiente como para que dejara ver la culpa que quizás le pudo haber provocado lo que acababa de decirle.

- Eso es mentira, yo sé muy bien quién era el hombre con quien se casó, y conozco a mi hija mejor de lo que tú… - respondió, con un dejo de indignación en su voz.

- ¿De verdad lo cree? Dígame algo, señor juez, en el tiempo en el que su hija estuvo casada, ¿Cuántas veces se aseguró de que estuviera bien? ¿En cuántas ocasiones la visitó o siquiera le llamó para saber cómo le iba con su matrimonio? - el juez me miró con una expresión aún más severa que antes.

- ¡No tenía que hacerlo porque yo conocía bien a su esposo y sé que él jamás la hubiera tocado ni la hubiera humillado de la forma como ella…! - levantó la voz, estando al borde de perder los estribos.

- Entonces, si está tan convencido de que su hija estaba bien con él, podría explicarme ¿Cómo es que llegó a la galería hecha pedazos, con desgarres en la vagina y en un estado tan deplorable que tuvieron que ponerle varias dosis de Néctar para que se recuperara? - lo cuestioné, viendo cómo su mirada titubeaba una vez más entre la tristeza y el enojo - ¿Acaso cree que eso se lo hizo sola? ¿De verdad piensa que un buen hombre permitiría que su mujer llegara hasta esos extremos si de verdad le hubiera importado al menos un poco? Si no me cree lo que le digo, puede ir usted mismo a la galería y preguntarle al personal, porque en esta plática no soy yo quien está diciendo mentiras - le espeté, sabiendo de inmediato que acababa de cruzar una frontera arriesgada, una muy peligrosa línea que lo hizo mirarme con un odio muy intenso, tanto que la cara se le puso muy roja mientras me hablaba con una voz tan llena de rabia que apenas pudo despegar los dientes para decir aquellas palabras que salieron con dificultad de su boca.

- Tú no eres nadie para hablarme de esta forma ni para retener a mi hija sin que yo…

- Con todo respeto, señor juez, no puede hacer nada para quitármela, al menos nada legal, pues las leyes que usted ayudó a crear y que tienen que ver directamente con la ley Aurora, estipulan que nadie me puede quitar la propiedad de una de mis siervas de manera arbitraria, y como no está en mis planes vender a su hija, me temo que pasará algún tiempo conmigo y con las otras chicas de mi harem - le espeté, con más actitud que valor, viendo luego con algo de alarma la forma como de pronto se dibujaba una maliciosa sonrisa en sus labios, entendiendo casi de inmediato que había hablado de más, porque era claro que hombre no sabía nada de mí cuando llegó al departamento.

- Un harem ¿Eh? - comentó presuntuoso, como si hubiera encontrado un punto vulnerable en mí, regodeándose en lo que fuera que lo hacía sonreír con suficiencia mientras se relajaba un poco en aquella silla donde estaba sentado - Muchacho, si crees que no puedo hacer nada para quitártela, estás en un grave error, menos aún si lo que tienes aquí es a un grupo de siervas que trabajan para ti, porque esa clase de negocios no suele mantenerse siempre con apego a nuestras leyes - dijo con sorna, pero mi mirada no se desvió de sus ojos de la misma forma como mi actitud no vaciló por un solo segundo, a pesar de que supiera que las cosas habían dado un giro peligroso en aquella plática y con respecto de las intenciones que ese hombre tenía de destruirme tan solo para hacerse con los derechos de su hija - mira, te haré un gran favor al explicarte las cosas de una manera tan sencilla como para que hasta un imbécil como tú las entienda - ladró el perro, haciendo que apretara la mandíbula mientras lo miraba, pero decidiéndome a escucharlo, porque era importante saber qué era lo que tenía entre manos - solamente tienes dos opciones, hijo, puedes escoger la que quieras, a mí en realidad me da igual porque al final mi hija terminará a mi lado. La primera es que me digas cuánto te tengo que pagar para que me transfieras la propiedad de María, no me importa la cantidad, solo me importa que mi hija regrese a mi lado. Digamos que esa es la opción razonable. Tu segunda alternativa, y de verdad espero que sea la que elijas para así poder ponerte en tu lugar, es que te niegues estúpidamente a vendérmela y me obligues a buscar todo lo que pueda usar en tu contra, cualquier cosa, él más mínimo error que hayas cometido, para que la próxima vez que te vea sea acompañado por algunos soldados con la instrucción de llevarte preso y sacar a tus siervas de aquí para llevarlas a una galería, o quizás, para ponerlas de nuevo en esas cabinas, dejándolas expuestas para que se las coja cualquier idiota o para que las compre algún tratante que les dé una vida miserable en los barrios más bajos de algún sector deplorable - dijo ese tipo, con la seguridad de alguien que sabe que tiene el poder para hacer lo que le venga en gana - esas son tus opciones muchacho, así que te sugiero que durante los siguientes días pienses detenidamente si todo tu estilo de vida y lo que has construido vale tan poco como para sacrificarlo por una sola sierva, porque eso es lo que pasará si te sigues rehusando a devolverme a mi hija - estableció, antes de que se pusiera de pie y se arreglara la ropa - el viernes vendré de nuevo y me llevaré a mi hija de aquí, ya sea que lo hagamos por las buenas o que tenga que usar la fuerza y todas mis influencias para que eso pase. La decisión es tuya hijo. Que tengas una estupenda tarde - se despidió, antes de que saliera del departamento y todo pareciera haberse hundido en un silencio imperturbable, mientras en mi cabeza aparecían los recuerdos del trato que hice con Tavroz, de la forma como adquirí a Lucero, de lo que hice para que el exesposo de Alejandra me entregara a Lourdes, del imbécil al que maté cuando trató de agredirme y arrebatarme a Alejandra, recuerdos que en aquel momento se convertían en armas que ese sujeto podría usar en mi contra para obligarme a cederle a su hija, o para arrebatarme a mis chicas y destruir aquella vida tan cómoda y feliz que había construido durante los últimos meses.

Espero que hayan disfrutado del relato. Si desean apoyar mi trabajo, pueden hacerlo suscribiéndose a mi página de PATREON (donde esta serie ya terminó) o adquiriendo el ÚLTIMO tomo de la serie en AMAZON (capitulos 20 - FINAL) (links en mi perfil) Gracias por leer, compartir, comentar y valorar. Linda noche.

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