Final con dos maridos
Marta siempre supo que su matrimonio era un desierto, pero nunca imaginó que el vacío lo llenaría el deseo prohibido. Cuando la oficina se vacía y la puerta se cierra, la tensión se vuelve insoportable. ¿Qué pasa cuando el secreto se convierte en el juego favorito de todos?
Marta tenía 28 años, medía 1,65 mts., piel blanca suave, cabello castaño largo y ondulado hasta los hombros. Tetas grandes y firmes, talla 90C, pezones rosados grandes que se endurecían rápido con el roce. Culo redondo, carnoso y levantado, de esos que rebotan al caminar, con forma de durazno perfecto, piel tersa y dos cachetes que se abren solos cuando se inclina. Cintura fina, caderas anchas, concha depilada, rosada y jugosa. Estaba casada con Pablo, un tipo rutinario que laburaba en una fábrica y llegaba a casa cansado, sin ganas de nada más que ver tele y dormir. Tenían una hija de 5 años, Lucía, una nena preciosa que chupaba todo su tiempo libre.
Marta era asistente del director en una empresa de marketing en Rosario, un puesto que le daba estabilidad, pero la ponía en contacto diario con Diego, su jefe: un tipo de 45 años, divorciado, imponente, alto, moreno y con una sonrisa que escondía promesas sucias.
Cada mañana, se vestía con faldas ajustadas y blusas que dejaban ver el encaje del sostén, sabiendo que Diego la devoraba con la mirada. Su matrimonio era un desierto sexual; Pablo la cogía de vez en cuando, mecánicamente, sin pasión, sin lamerle la concha ni morderle los pezones como a ella le gustaba en sus fantasías. Marta se pajeaba en la ducha pensando en Diego, imaginando su pija gruesa clavándose en ella mientras le susurraba guarradas al oído.
Un viernes por la tarde, la oficina se vaciaba temprano. Lucía estaba con la abuela, Pablo en un asado con amigos. Diego la llamó a su despacho para “revisar unos informes”. Marta entró con el corazón latiéndole fuerte, sintiendo cómo su concha se humedecía solo con verlo sentado detrás del escritorio, camisa arremangada mostrando brazos fuertes.
—Sentate, Marta —dijo él con voz grave—. Cerrá la puerta.
Ella obedeció, notando cómo sus ojos bajaban a sus piernas cruzadas. El aire se cargó de tensión. Diego se levantó, rodeó el escritorio y se paró frente a ella, tan cerca que olía su colonia.
—Sabés que me volvés loco, ¿no? —murmuró, rozándole el muslo con los dedos—. Todos los días te veo con esa falda y me imagino cogiéndote sobre este escritorio.
Marta tragó saliva, pero no se apartó. Separó un poco las piernas, invitándolo. “Soy casada”, pensó, pero el morbo la invadía. Quería ser infiel, quería sentir esa pija ajena destrozándola.
—No deberíamos… —susurró ella, pero su mano ya subía por su pierna, llegando a la bombacha húmeda.
Diego sonrió, malicioso.
—Callate y abrí las piernas más. Quiero ver esa concha tuya.
La levantó de la silla, la sentó en el escritorio, le subió la falda hasta la cintura. Le arrancó la bombacha —una vedettina de encaje roja— de un tirón, exponiendo su concha depilada, rosada y brillante de jugos. Marta gimió cuando metió dos dedos adentro, moviéndolos rápido, frotándole el clítoris con el pulgar.
—Mirá lo mojada que estás, puta —gruñó Diego—. Tu marido no te coge como merecés, ¿verdad? Yo te voy a romper esa concha hasta que grités mi nombre.
Ella asintió, jadeando, agarrándose a sus hombros. Diego se arrodilló y hundió la cara entre sus piernas, lamiéndole la concha con la lengua plana, chupando el clítoris como un caramelo. Marta arqueó la espalda, tirando de su pelo, sintiendo oleadas de placer. “Dios, qué rico”, pensó, mientras él le metía la lengua adentro, follándola con la boca.
—Dale, lámeme más, no pares —suplicó ella con voz ronca.
Diego se levantó, cara brillando de sus jugos, se desabrochó el pantalón. Sacó su pija, gruesa y venosa, dura como una barra de hierro. Marta la miró con hambre, saliva en la boca. Era más grande que la de Pablo, y la idea de tragársela la excitaba más.
—Chupámela, Marta. Mostrame qué bien lo hacés.
Se bajó del escritorio, se arrodilló, tomó la pija en la mano, lo masturbaron lento mientras lamía la cabeza, saboreando el precum salado. Abrió la boca y se la metió hasta la garganta, chupando fuerte, moviendo la cabeza arriba y abajo. Diego gemía, agarrándole el pelo, empujando las caderas para cogerle la boca.
—Qué rica boquita tenés, carajo. Chupá más profundo, tragátela toda.
Marta lo hizo, ahogándose un poco, pero el morbo la impulsaba. Sentía su concha chorreando, deseando que la penetrara. Diego la levantó, la dobló sobre el escritorio con el culo en pompa. Le dio una nalgada fuerte, enrojeciéndole la piel.
—Ahora te voy a coger como una perra —dijo, posicionando la pija en su entrada.
Empujó de una, clavándosela hasta el fondo. Marta gritó de placer y dolor, sintiendo cómo la llenaba por completo. Diego empezó a bombear fuerte y rápido, agarrándole las tetas por debajo de la blusa, pellizcándole los pezones.
—Cógeme más duro, Diego, rompeme la concha —rogó ella, empujando el culo hacia atrás.
Él aceleró, el sonido de sus huevos chocando contra ella llenando la habitación. Le metió un dedo en el culo, lubricándolo con saliva. Marta no tenía experiencia anal con Pablo, pero con Diego quería todo.
—¿Querés que te coja el culo también, ¿eh? —preguntó él, sacando la pija de su concha y apuntando al agujero apretado.
—Sí, metémela por el culo, haceme gritar.
Diego escupió en su pija y empujó despacio al principio, luego con fuerza. Marta sintió el ardor, pero el placer era intenso. Él la cogía el culo salvajemente, frotándole la concha con la mano libre.
—Qué culo apretado, puta. Tu marido no sabe lo que se pierde.
Marta se corrió primero, un orgasmo que la sacudió entera, chorros de jugo salpicando el piso. Diego la siguió, descargando leche caliente dentro de su culo, gruñendo como animal.
Se quedaron jadeando, él aún adentro. Pero eso fue solo el comienzo. Las tardes en la oficina viraron en sesiones secretas. Marta llegaba a casa con la concha hinchada y el culo dolorido, besando a Pablo como si nada, planeando la próxima cogida.
Una semana después, Diego la llevó a un hotel por horas cerca de la ciudad. Ahí la cosa se puso más morbosa. La ató a la cama con corbatas, vendándole los ojos.
—Hoy vas a ser mi puta personal —dijo, azotándole las tetas con la mano abierta.
Marta gemía, excitada por la dominación. Él le metió un vibrador en la concha, encendiéndolo al mango, mientras le chupaba los pezones.
—Cógeme la boca con tu pija ahora —pidió ella, voz entrecortada.
Diego se la metió, cogiéndole la garganta hasta que lágrimas corrían por sus mejillas. La desató, la puso a cuatro patas, cogiéndola por la concha mientras le metía dedos en el culo. Cambiaron posiciones toda la noche: ella encima, saltando sobre su pija, frotándose el clítoris; él atrás, dándole por el culo tirándole del pelo. Sacó el teléfono y grabó su concha chorreante y su cara de placer.
—Mirá qué puta casada sos —dijo, mostrándole el video después.
Marta se excitó viéndolo, pajeándose mientras lo reproducían. Las cogidas siguieron: en el baño de la oficina, rápido y sucio; en el auto de Diego, estacionado en un descampado, donde ella le mamaba la pija mientras él manejaba. Una vez, en su casa, con Pablo y Lucía en el supermercado: Diego la cogió en la cama matrimonial, dejando manchas de semen en las sábanas.
Marta se sentía viva, adicta a esa pija que la hacía gritar. Pensaba en dejar a Pablo, pero el secreto la calentaba más. Cada noche, acostada con su marido, recordaba cómo Diego le llenaba la concha y se tocaba disimuladamente.
El clímax llegó en una fiesta de la empresa. Pablo no fue, pero Diego sí. En un baño oscuro, la arrinconó, le subió el vestido y la cogió contra la pared, tapándole la boca.
—Sos mía, Marta. Tu concha es mía —susurró, descargando adentro.
Ella asintió, corriéndose con él, sabiendo que esa vida doble era su vicio.
Marta y Diego planearon un viaje “de trabajo” a Quito. La empresa cerró un acuerdo con una agencia ecuatoriana; Pablo ni preguntó, Lucía se quedó con los abuelos. Marta empacó lencería negra, plugs anales y un vibrador remoto que Diego le regaló.
Llegaron un jueves. En el hotel cinco estrellas, apenas cerraron la puerta, Diego la empujó contra la pared, le metió la mano por debajo de las bragas.
—Mirá cómo estás, mojada desde el avión —gruñó, metiendo dos dedos en su concha—. En Quito te voy a hacer cosas que ni imaginás, puta.
—Haceme lo que quieras, pero no me dejes marcas que Pablo vea —gimió ella.
Las reuniones del viernes fueron con Carlos y Andrés, ecuatorianos de la agencia. Carlos, quiteño, moreno, 35 años, sonrisa pícara. Andrés, guayaquileño, alto, musculoso, voz grave; su mano se demoró en la cintura de Marta.
Esa noche, post cena, Diego propuso el bar del hotel. La charla viró a coqueteo.
—Hermosa la argentina —dijo Andrés—. ¿Te gusta probar cosas nuevas, linda?
Marta se sonrojó, concha palpitando. Diego le apretó el muslo.
—Deciles la verdad, Marta. Contales lo puta que sos.
—Me gusta… que me usen. Que me cojan fuerte.
Subieron los cuatro. En el ascensor, Diego la besó con violencia, Andrés se frotó atrás, Carlos le metió dedos en la concha.
—Qué conchita apretada y húmeda —murmuró Carlos.
En la suite, Diego la desnudó, dejándola en tanga y tacos. Carlos tenía pija normal; Andrés, una bestia: larga, venosa, oscura, cabeza gorda.
—Dios mío… —susurró Marta, arrodillándose.
—Primero chupásela a él —ordenó Diego.
Marta la lamió, apenas entraba en la boca; Andrés le folló la garganta. Carlos la penetró por la concha. Luego a cuatro patas: Diego en el culo, Carlos en la concha, Andrés esperando. Andrés entró en su concha, estirándola al límite.
—Está muy grande… me va a romper… —lloriqueó ella.
—Callate y abrí más —dijo Diego.
Andrés bombeó, llegando profundo. Doble penetración: Andrés en concha, Diego en culo. Marta gritó, corriéndose chorros. Andrés eyaculó adentro, Diego en el culo, Carlos en la cara.
Al día siguiente, en el vuelo de vuelta, Marta apenas podía sentarse. En casa, besó a Pablo y Lucía como si nada, pero se pajeó pensando en Andrés.
Marta no aguantaba el secreto. Una tarde, mientras Diego la cogía en el baño de la oficina, soltó:
—Quiero… que vengas a cenar a casa. Con Pablo y Lucía.
—¿Estás loca, puta? —río Diego, pija clavada—. ¿Querés que cene con tu marido mientras pienso en cómo te llené en Quito?
—Justo eso —susurró ella.
Invitó a Diego el sábado. Asado en Fisherton. Todo normal hasta post postre, con Pablo achispado por el Malbec.
—Siempre tuve una fantasía… imaginar a Marta con otro. Me calienta verla cogida mientras miro —confesó Pablo.
—¿En serio? ¿Te calienta que otro le meta pija a tu mujer? —preguntó Diego.
—Sí, boludo. Me pajeo imaginándola gimiendo.
—Pues ya pasó. Varias veces. En Quito la compartí con dos ecuatorianos; uno la rompió hasta que lloró —reveló Diego.
Pablo miró a Marta.
—¿Qué decís?
—Es verdad —admitió ella—. No podía parar.
Pablo rio, excitado.
—Así que anda de puta… Si te gusta tanto, démosle su merecido.
Diego agarró las tetas de Marta por el vestido. Pablo miró.
—Quiero ver primero.
Diego la sentó en la mesa, piernas abiertas, concha empapada. Se la metió de una.
—Mirá cómo la llena —dijo Pablo, pajeándose.
Diego la puso a cuatro, nalgada, bombeando. Pablo le metió la pija en la boca.
—Chupámela mientras te cogen, puta.
Diego pasó al culo; Pablo lamió la concha. Marta se corrió gritando. Diego eyaculó en el culo; Pablo la cogió en la concha, sintiendo el semen.
—¿Y ahora qué? —preguntó Marta, temblando.
—Ahora sos nuestra puta —dijo Pablo, besándola—. Y nos encanta.
Diego asintió.
—Bienvenida a la nueva normalidad.
Así, en esa noche de confesiones y pijas, el dilema se resolvió sucio y caliente. Marta tenía dos para saciarla, sin mentiras. Solo morbo puro.
FIN
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