Un final inesperado
Francisco nunca había visto a una mujer, solo a sus cabras. Pero cuando Isabel se desnuda ante él en la laguna, su mundo se quiebra. Ahora, el Vizconde busca su cabeza y el océano es su única ruta hacia el futuro.
Corría el verano de 1942, aunque en las islas Canarias siempre es verano. Un cabrero guanche (guanches son los aborígenes de esas islas) cuidaba de sus cabras en la más absoluta soledad. Francisco, que así le llamaban, tenía poco más de 18 años, apenas se había relacionado con ningún ser humano que no fuera su familia directa. Sus amistades se integraban aquel rebaño con tanta dedicación y esmero cuidaba. Las pocas relaciones sexuales que había tenido había sido con alguna cabra de su rebaño. No conocía mujer alguna, y quizás era por eso por lo que no las echaba de menos.
Solía bajar de las montañas por la tarde, para ir a pegarse un baño en una pequeña laguna nacida a los pies de una bonita cascada.
Después volvía con sus cabras y al anochecer se iba a la cabaña donde vivía con su madre. Su padre había muerto por unas fiebres cuando él era todavía un crío.
Su vida era siempre la misma, las cabras, la recogida de leche, la entrega a su madre que procuraba venderla en el puerto de la isla. Él jamás había bajado al puerto, nada le interesaba que no fueran sus cabras.
Una tarde, cuando bajaba a darse el baño a la laguna, vió que dentro del agua había una figura. Al principio se escondió, pero luego fue avanzando con cuidado de no ser visto. Cuando ya estaba bien cerca se escondió detrás de unos matorrales para ver y no ser visto.
Sólo veía a alguien de espaldas, con una cabeza que portaba una larga melena. El cuerpo permanecía de pie, quieto, solo había el movimiento de unos brazos que subían y bajaban echándose agua sobre la cabeza.
Era la primera vez que Francisco veía a alguien en aquella laguna, es más, era la primera vez que veía a alguien por esos montes que no fuera su familia.
Cuando la figura se dió la vuelta para salir de la laguna, ante sus ojos apareció una cara hermosa, la más hermosa que hubiera visto nunca. Según iba avanzando, fue descubriendo que además de esa linda cara, aparecieron dos tetas prominentes, con dos pezones apuntando al frente como si quisieran señalar algo.
Después apareció su abdomen, liso, perfecto y por último su sexo, peludo, ipnotizante. La mujer seguía andando hasta que al salir del agua se tumbó sobre la hierba al lado de un montón de telas que debían de ser sus ropas.
Francisco se dió cuenta de que involuntariamente su polla se había puesto, no dura, durísima. Ni siquiera la mejor de sus cabras había conseguido proporcionarle una erección semejante.
Siguió allí escondido y excitado hasta que la joven se vistió y se fue.
Era desconcertante lo que acababa de ver, se encontraba confundido. Qué le había pasado? Y ni siquiera podía contárselo a nadie, solamente a sus cabras, y de éstas no esperaba ninguna respuesta.
A la tarde siguiente volvió a la laguna con la infantil idea de volver a ver a la mujer. Se escondió en el mismo sitio que la tarde anterior y se dispuso a esperar. Las horas pasaron y nadie apareció por allí.
Volvió las siguientes tardes con el mismo resultado, nadie. Empezó a dudar si ese incidente había ocurrido o si lo habría soñado.
Había dado por olvidado el asunto de la joven cuando una tarde que él estaba nadando desnudo en la laguna oyó que alguien se acercaba.
La figura de la joven de la otra tarde apareció por el camino que llevaba a la laguna. No le dió tiempo a salir del agua para ocultarse, se quedó inmóvil.
La joven se acercó a la orilla y le miró. Le fascinó la cabellera rubia y larga del muchacho que estaba dentro del agua, así como sus pectorales marcados.
Lejos de marcharse, la joven se fue desnudando lentamente sin dejar de mirar al muchacho. Cuando estuvo totalmente desnuda se fue metiendo en el agua y se fue acercando.
-“Hola, soy Isabel. Cómo te llamas?”
- Eh… me llamo Francisco “
- ¿Y qué haces aquí? Nunca había visto a nadie en ésta laguna,”
- Soy pastor de cabras, vengo casi todas las tardes por aquí. Y tú qué haces aquí?
-Creo que está claro, me estoy bañando, jajaja”
-Ya, eso ya lo veo, pero por aquí nunca viene nadie “
“Llegué a esta isla hace dos semanas. Soy la hija del Vizconde de Lucena, el Señor de ésta isla. Descubrí esta laguna un día que salí a pasear”
“No conozco a ese Vizconde, ni sabía que esta isla tenía un señor”.
Isabel se rió y empezó a salpicarle con agua. Francisco pasó de la sorpresa al contraataque, y así empezaron los juegos que hacían que a cada momento se fueran acercando el uno al otro. Se agarraban, trataban de hundir en el agua al otro y entre risas sus cuerpos cada vez estaban más pegados.
Después de un rato de juegos, Isabel salió del agua y se tumbó sobre la hierba.
“Francisco, ven, túmbate a mi lado”
El muchacho salió del agua con una gran erección. La joven se quedó con la boca abierta al ver el miembro del muchacho. No había visto demasiados penes, pero éste superaba por mucho cualquiera que hubiera imaginado.
Se tumbó a su lado. Isabel no podía dejar de mirar esa grandiosa polla.
-“Por qué me miras tanto?”
-” Nunca había visto nada parecido, es enorme!!”
- “Supongo que todos los hombres lo tenemos igual”
-¿Igual? No, ni parecido. Puedo tocarlo?”
-”Si quieres, no me importa“
Isabel comenzó a tocar esa tremenda polla. En unos momentos estaba dura como una piedra.
“Es fantástico”
Seguía tocando el miembro del muchacho con un movimiento de arriba hacia abajo. Su sexo se empezó a mojar, no le importaba, todos sus sentidos estaban únicamente pendientes de la enorme polla de Francisco.
El muchacho cerró los ojos, sus piernas se tensaron, su estómago se encogió y un enorme chorro de leche salió desplegando un arco de más de un metro.
Los ojos de Isabel se le salían de las órbitas, pero no dejaba de masturbarlo.
Lejos de aflojarse su miembro, este seguía tan duro como antes.
Isabel se agachó y se metió esa gigantesca polla en su boca.
El muchacho se encontraba en la gloria y ella trataba de meter la más cantidad de polla en su boca, pero apenas podía alcanzar una tercera parte de ella.
Un par de minutos más y Francisco volvió a descargar, ésta vez en la boca de la joven. Isabel no pudo evitar meterse un par de dedos en su coño, y mientras degustaba el manjar que Francisco le entregó, tuvo un orgasmo que no pudo disimular.
“Me tengo que marchar, mi padre me estará echando en falta. Nos vemos mañana”
“Aquí estaré, Isabel”
La tarde siguiente volvieron a encontrarse en la laguna. Primero bañó y después sexo. Esta vez acabaron consumandolo.
Isabel se sentía absolutamente llena con la polla del muchacho dentro de ella. Sus orgasmos se sucedían uno tras otro. Francisco parecía incansable. A su gran polla añadía una dureza que nunca daba tregua.
Se amaban sin descanso y solo paraban cuando llegaba la hora de que ella se marchará.
Día tras día volvían a encontrarse y día tras día follaban como si no hubiera un mañana.
Un par de semanas después, el padre de Isabel, el Vizconde se empezó a preocupar de que su hija saliera todas las tardes, y de que su aspecto había cambiado. Ell cambio del color de sus mejillas venía acompañado de una delgadez que antes no existía.
Ordenó a uno de sus caballeros que la siguiera sin que se diera cuenta y que le informara de lo que viera.
Al final de la tarde el caballero informó al Vizconde de lo que había visto.
“Mi señor, la joven Isabel se ha encantado con un joven isleño en una laguna no muy lejana, se han bañado desnudos y después se han entregado a un sexo desenfrenado”
El Vizconde montó en cólera y ordenó que la tarde siguiente salieran en busca del isleño, le dieran caza y lo trajeran encadenado a su presencia.
La tarde siguiente, Francisco notó que algo raro sucedía. Isabel no aparecía, pero notaba movimientos raros en los matorrales, instintivamente se puso en estado de alarma.
Los soldados aparecieron de golpe corriendo, hasta dónde él se encontraba, con las espadas en alto y gritando que se rindiera.
Francisco tuvo los reflejos suficientes para de un par de saltos encaramarse a una gran roca a sus espaldas.
“Rápido, apresadle”
El muchacho, con ágiles movimientos, se escabulló monte arriba y desapareció.
Informaron al Vizconde que el isleño había conseguido escapar.
“Maldición, mañana te llevas más hombres, y si hay que rastrear toda esta maldita isla, lo hacéis. Quiero a ese hombre vivo o muerto”
Estuvieron varios días intentando encontrar al muchacho, pero él conocía su isla mejor que nadie. Siempre los tenía a la vista, pero nunca se dejaba ver.
Ante la imposibilidad de darle caza, el Vizconde tomó la decisión de enviar a Isabel de vuelta a la península en el primer barco que zarpara, y ya volverían más adelante con la caza del isleño.
Las protestas de Isabel no sirvieron de nada, volvía a España, pero estaba totalmente decidida a despedirse de su amado Francisco.
Un día antes de su marcha puso escaparse para avisar a Francisco. No sabía si lo vería, pero albergaba la seguridad que él si la vería a ella.
Efectivamente, fue Francisco quien la abordó en tramo del camino.
Isabel le dijo que la enviaban de vuelta a Sevilla.
“No quiero que te vayas”
“No quiero irme, pero no tengo alternativa”
“Me voy contigo”
“No puedes venir en el mismo barco, te estarán esperando para apresarte, pero puedes venir a en otro barco más adelante”
“Como se llama el barco que tengo que coger”
“Eso da igual, cualquier barco que salga de aquí irá a Cádiz o Huelva, ésto es el fin del mundo. Una vez allí podrás llegar a Sevilla y allí buscas el palacio del Vizconde de Lucena, yo estaré allí”
“Dices que cualquier barco me llevará”
“Sí, no hay otro destino desde aquí. Me tengo que ir ya, te quiero Francisco”
“Te quiero Isabel. Nos vemos en Sevilla”
Isabel embarcó al día siguiente y Francisco esperó una semana para bajar al puerto y tratar de embarcar en cualquier nave que le llevara a estar cerca de su amada.
En el puerto preguntó por el primer barco que zarpara. Le indicaron que había tres que estaban a punto de levar anclas.
Se aprovechó del ir y venir de marineros subiendo y bajando de los barcos, llevando mercancía de fuera a dentro. Se escondió debajo de unas lonas para no ser descubierto. Por un agujero de la lona podía ver a los marineros. Sobre la caseta de gobierno pudo leer el nombre del barco “Carabela María Galante”.
Una hora después oyó una voz en grito.
“Todavía no habéis cambiado el nombre, hacedlo ya”
Unos marineros se acercaron con unas tablas, quitaron donde ponía “María Galante” y pusieron otra que ponía “La Santa María”
Quince minutos después otra voz enérgica cruzó el aire.
“Almirante Colon, estamos preparados”
“Bien, soltad amarras. El Océano inmenso y las Indias nos esperan. La Virgen y los Reyes Católicos nos protegen."
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