Xtories

La au pair

La frustración de una mañana interrumpida lo empuja hacia la joven au pair. En la cocina, el riesgo de ser descubiertos no hace más que encender la llama de un secreto que cambiará su matrimonio.

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Era un sábado por la mañana en la casa de los García, una villa luminosa en las afueras de Madrid. El sol de invierno entraba tímido por las persianas entreabiertas, dibujando rayas doradas en la moqueta del dormitorio. El aire olía a café recién hecho que subía desde la planta baja y al leve aroma a lavanda del suavizante de la ropa de cama. Pablo, de 42 años, ejecutivo de multinacional, mantenía un cuerpo atlético gracias al gimnasio y al running: hombros anchos, abdomen marcado, cabello castaño con algunas canas que le daban un aire maduro y atractivo. Marta, su esposa de 40 años, era abogada, rubia de ojos azules, con curvas suaves pero bien cuidadas por el yoga: pechos medianos firmes, cintura estrecha y caderas anchas que aún encendían a Pablo después de quince años de matrimonio. Tenían un hijo de 10 años, Lucas, obsesionado con el fútbol. Para ayudar con la casa y el niño habían contratado a Sophie, una au pair francesa de 18 años recién llegada de Lyon. Sophie era delgada y fit, con el cuerpo tonificado de quien hacía running diario y pilates: piernas largas y musculosas, cintura muy estrecha, pechos pequeños y altos (apenas copa B), y un culo natural, firme y bien formado por el deporte, pero no exagerado ni brasileño; solo un culo francés elegante, redondo y elevado gracias a las ingles brasileñas que se había hecho el año anterior en una clínica discreta de París. Su piel era pálida y suave, el cabello negro largo y liso le caía hasta la mitad de la espalda, y sus ojos verdes grandes tenían una mezcla de inocencia y curiosidad permanente.

La mañana empezó temprano. Pablo se despertó a las 7:20 con una erección matutina dolorosa, la piel caliente y sensible bajo las sábanas. El roce de la tela contra su glande hinchado le provocaba pequeñas descargas de placer. Marta ya estaba despierta, tumbada de lado, el pijama de seda subido hasta la cintura, dejando al descubierto la curva suave de su cadera y el aroma cálido y ligeramente almizclado de su piel recién dormida. Él se pegó a su espalda, inhalando el olor familiar de su champú de vainilla y el leve sudor nocturno que siempre lo excitaba. Besó su cuello, sintiendo la piel suave y tibia bajo sus labios, mientras su mano bajaba por su vientre plano hasta meterse bajo las bragas de algodón.

—Buenos días, amor… —murmuró Pablo, su aliento caliente contra su oreja, rozando con las yemas de los dedos los labios vaginales ya ligeramente húmedos y calientes.

Marta suspiró, un sonido ronco y somnoliento que vibró en su pecho, girándose hacia él con una sonrisa perezosa.

—Buenos días… ya estás listo, ¿eh?

Su mano encontró la polla dura bajo los boxers, la piel caliente y aterciopelada palpitando bajo sus dedos. La apretó con fuerza, masturbándolo despacio, el sonido suave de la piel deslizándose sobre la piel llenando el silencio del dormitorio. Se besaron, lenguas calientes y húmedas entrelazándose, el sabor matutino de sus bocas mezclándose con un leve regusto a pasta de dientes de la noche anterior.

Pablo le quitó el top del pijama, exponiendo sus pechos. El aire fresco del dormitorio hizo que sus pezones se endurecieran al instante, rosados y sensibles. Chupó uno con hambre, sintiendo la textura rugosa del pezón contra su lengua, mordisqueándolo suavemente mientras deslizaba dos dedos dentro de ella. El coño de Marta estaba caliente, resbaladizo, los jugos pegajosos cubriendo sus dedos con un olor dulce y almizclado que lo volvía loco.

—Joder, Marta… estás empapada —gruñó, quitándose los boxers. El aire fresco rozó su polla expuesta, haciendo que el glande se hinchara aún más.

Marta abrió las piernas, el roce de las sábanas contra sus muslos produciendo un susurro suave. Guiñó su polla gruesa hacia su entrada, el calor de su coño envolviendo la cabeza como un guante húmedo. Pablo empujó despacio, sintiendo cómo los labios vaginales se abrían alrededor de él, la fricción deliciosa y caliente. Entró centímetro a centímetro, el sonido húmedo y suave de la penetración resonando en la habitación silenciosa.

—Oh… sí… métemela toda… —jadeó ella, clavándole las uñas en la espalda, dejando marcas rojas que ardían ligeramente.

Pablo empezó a follarla con ritmo lento pero profundo, saliendo casi del todo —el aire fresco rozando su polla húmeda— y volviendo a entrar hasta chocar contra su cérvix con un golpe sordo y placentero. Aceleró gradualmente, embistiendo con más fuerza, sus bolas golpeando su culo en cada estocada, el sonido rítmico y húmedo de carne contra carne mezclándose con sus gemidos. El olor a sexo empezaba a llenar el dormitorio: sudor, jugos femeninos, la colonia residual de Pablo.

—Más fuerte, Pablo… fóllame como si fuera la última vez… voy a correrme… —susurró Marta, su voz ronca y entrecortada, el aliento caliente contra su cuello.

Estaba cerca, su coño contrayéndose alrededor de su polla en espasmos irregulares, cuando el despertador del móvil sonó a las 8:00 en punto, un pitido agudo y molesto. Lucas gritó desde su habitación:

—¡Mamá! ¡El partido es a las nueve! ¡Tenemos que ir ya!

Marta se tensó de inmediato, el cuerpo rígido.

—Mierda… Lucas… —Empujó a Pablo hacia atrás con las manos en su pecho, la polla saliendo con un sonido húmedo y obsceno, dejando un hilo de jugos colgando entre ellos.

Pablo se quedó congelado, su polla dura y brillante de jugos aún palpitando en el aire, el glande rojo e hinchado, sensible al menor roce del aire.

—¿En serio? ¿Ahora? Marta, joder… estoy a punto…

Ella se levantó de golpe, el colchón crujiendo bajo su peso.

—Lo siento, amor, tengo que llevarlo. Si llega tarde otra vez, el entrenador me mata.

Se puso rápido el chándal deportivo, el tejido suave rozando su piel aún caliente y sudorosa.

—Te lo compenso esta noche, te lo juro. Dos veces si quieres. Pero ahora tengo que irme.

Le dio un beso rápido en los labios —el sabor salado de su propio sudor en la boca— y salió corriendo, llamando a Lucas. Minutos después, la puerta principal se cerró con un clic seco y el coche arrancó, el motor ronroneando en la distancia.

Pablo se quedó en la cama, respirando agitado, la erección dolorosa y sin alivio, el corazón latiéndole en la polla. Intentó masturbarse, pero la frustración era mayor que el placer; su mano se sentía fría y ajena comparada con el calor de Marta. Bajó a la cocina en boxers y camiseta, la polla aún medio dura marcándose contra la tela, el roce constante provocándole pequeñas punzadas de placer frustrado.

Allí estaba Sophie, preparando el desayuno. Llevaba un short deportivo muy corto de lycra negra que se le metía entre las nalgas naturales y firmes, y una camiseta ajustada sin sujetador, sus pezones pequeños marcándose contra la tela fina y ligeramente húmeda por el calor de la cocina. Estaba cortando fresas, el aroma dulce y ácido de la fruta llenando el aire, mezclado con su perfume ligero a vainilla y cítricos. Tarareaba bajito, el sonido suave y melódico.

—Bonjour, Pablo —dijo con su acento suave, girándose—. ¿Café?

Pablo la miró fijamente. El cuerpo fit de Sophie, delgado pero tonificado, las piernas largas y musculosas brillando ligeramente por el sudor matutino de la cocina, el culo natural y elegante que se movía al ritmo de sus pasos… Su polla dio un salto visible bajo los boxers, el glande rozando la tela con un cosquilleo eléctrico.

—Sí, Sophie… gracias.

Se acercó por detrás mientras ella vertía el café. El vapor caliente subía, humedeciendo el aire. Su erección rozó “accidentalmente” la curva de su culo firme, la lycra suave y caliente contra su piel sensible. Sophie se tensó, el cuerpo rígido por un segundo, pero no se apartó del todo.

—Pablo… ¿qué pasa? Estás… muy tenso —susurró, su voz temblando ligeramente.

Él tragó saliva, su mano posándose en su cintura estrecha, sintiendo la piel cálida y suave bajo la camiseta.

—Marta me dejó a medias esta mañana. Estoy frustrado, Sophie. Eres tan guapa… tan joven… tan perfecta.

Ella se sonrojó, el rubor subiendo por su cuello pálido, pero luego lo miró de nuevo, los ojos verdes brillando con algo nuevo.

—Pablo… estás casado. Y yo soy la au pair… esto no está bien. No deberíamos…

Su voz era débil, y Pablo notó cómo sus pezones se endurecían más bajo la camiseta, pequeños bultos visibles contra la tela. La atrajo hacia él y la besó suavemente. Sophie dudó, sus labios temblando, el sabor dulce de las fresas aún en su boca. Luego respondió, abriendo la boca para su lengua, el beso volviéndose hambriento, húmedo, el sonido de sus labios chocando llenando la cocina.

—Esto es una locura… —susurró ella entre besos, pero sus manos bajaron a su erección, apretándola con fuerza a través de la tela, sintiendo el calor y el pulso—. Dios… está tan dura… tan caliente…

Pablo gruñó, levantándola sobre la encimera de la cocina. El granito frío contra sus nalgas hizo que Sophie jadeara. Le quitó la camiseta de un tirón, exponiendo sus pechos pequeños y altos, pezones rosados erectos y sensibles al aire fresco. Se inclinó y chupó uno con hambre, sintiendo la textura rugosa del pezón contra su lengua, el sabor ligeramente salado de su piel. Su mano bajó por su vientre plano y tonificado hasta el short.

—Quiero follarte, Sophie. Aquí. Ahora.

Ella jadeó, arqueando la espalda, el pecho subiendo y bajando rápidamente.

—Pablo… sí… pero despacio… tengo miedo de que vuelvan…

Le bajó el short y las bragas de algodón blanco, el tejido húmedo pegándose a sus labios rosados antes de separarse. El aroma dulce y almizclado de su excitación llenó el aire, mezclado con el café y las fresas. Pablo se arrodilló, separando sus piernas largas y musculosas, la piel suave y ligeramente sudorosa bajo sus manos. Hundió la lengua en su entrada, saboreando los jugos dulces y calientes, la textura aterciopelada de sus labios vaginales contra su boca. Sophie gimió alto, sus manos en su cabello, tirando con fuerza.

—Oh… lame… sí, así… chupa mi clítoris…

Pablo succionó su clítoris hinchado, sintiendo cómo latía contra su lengua, mientras metía dos dedos en su coño estrecho y húmedo, follándola con ellos. El sonido húmedo y chasqueante de sus dedos entrando y saliendo resonaba en la cocina. Sophie temblaba, sus jugos chorreando por su barbilla, el sabor intenso y adictivo cubriéndole la boca.

—Voy a correrme… oh Dios… sí…

Se corrió con un grito ahogado, su coño contrayéndose alrededor de sus dedos en espasmos violentos, chorros calientes de jugos salpicando su cara y goteando por su cuello.

Pablo se levantó, se bajó los boxers, su polla gruesa y venosa apuntando hacia ella, el glande rojo y brillante de precum y sus jugos.

—Ahora te voy a follar como mereces.

Sophie lo miró con ojos lujuriosos, el pecho subiendo y bajando.

—Métemela, Pablo… quiero sentir tu polla grande dentro… lléname…

La penetró despacio al principio, la cabeza abriendo su coño joven y muy apretado, la fricción caliente y deliciosa haciendo que ambos jadearan. Sophie jadeó:

—Joder… es tan gruesa… me estiras mucho… siento cada vena…

Pablo empujó hasta el fondo, sus bolas tocando su culo natural y firme, el calor abrasador envolviéndolo por completo. Empezó a embestir lento, saliendo casi del todo —el aire fresco rozando su polla húmeda— y volviendo a entrar profundo, sintiendo cómo sus paredes lo apretaban como un puño caliente y resbaladizo. Sophie gemía con cada embestida, sus uñas clavándose en sus hombros, dejando marcas rojas que ardían.

—Más… más profundo… no pares… me encanta cómo me llenas…

Pablo aceleró el ritmo, follándola con saña sobre la encimera. Sus pechos pequeños rebotaban ligeramente con cada golpe, sus piernas largas envolviéndose alrededor de su cintura para clavarlo más adentro, los talones clavándose en su espalda. El sonido de carne húmeda chocando resonaba, mezclado con sus gemidos y el leve crujido de la encimera bajo su peso.

—Estás tan apretada… me estás volviendo loco… —gruñó él, el sudor chorreando por su pecho y goteando sobre los pechos de ella.

Sophie empezó a moverse con más decisión, empujando sus caderas hacia arriba para encontrarse con cada estocada. De repente, algo cambió en su mirada: la inocencia se transformó en hambre pura. Se convirtió en una loba.

—Bájame… quiero hacerte cosas que tu mujer nunca te ha hecho —susurró con voz ronca, el aliento caliente y entrecortado contra su oreja.

Pablo la bajó al suelo. Sophie lo empujó contra la pared de la cocina, el azulejo frío contra su espalda contrastando con el calor de su cuerpo. Se arrodilló frente a él, agarró su polla empapada de sus jugos y se la metió en la boca hasta la garganta sin dudar. Chupó con fuerza, lengua alrededor de la cabeza, garganta profunda hasta que sus labios tocaron la base, saliva chorreando por su barbilla y goteando sobre sus pechos pequeños. Pablo gruñó, agarrándole el pelo, sintiendo la vibración de sus gemidos alrededor de su polla.

—Joder… Marta nunca me la chupa así… nunca tan profundo…

Sophie sacó la polla, la lamió desde las bolas hasta la punta, saboreando el sabor salado de sus jugos mezclados, mirándolo a los ojos con una sonrisa traviesa.

—Porque yo soy joven y hambrienta… y tú estás a punto de descubrir lo que es una verdadera mamada.

Volvió a tragársela entera, moviendo la cabeza rápido, una mano masturbando la base con giros firmes, la otra masajeando sus bolas hinchadas y calientes. Luego se la sacó, escupió sobre ella con abundancia, el saliva cayendo en hilos gruesos, y la frotó contra sus pezones pequeños, untándolos con una mezcla pegajosa de saliva, precum y sus propios jugos.

—Ahora quiero que me folles la boca como si fuera mi coño —dijo, abriendo la boca de nuevo, la lengua fuera.

Pablo agarró su cabeza y empezó a follarle la garganta con embestidas controladas pero profundas. Sophie gemía alrededor de su polla, lágrimas de esfuerzo en los ojos, pero sin apartarse, la garganta contrayéndose alrededor de él con cada empujón.

Después de varios minutos, Sophie se levantó, jadeando, saliva brillando en su barbilla y pecho. Se giró y se inclinó sobre la encimera, ofreciéndole su culo natural y firme. Separó sus nalgas con las manos, exponiendo su ano rosado y apretado.

—Fóllame por detrás… pero primero lame mi culo. Marta no te deja, ¿verdad?

Pablo se arrodilló de nuevo, separando sus glúteos. El aroma almizclado y ligeramente salado de su piel lo golpeó. Sacó la lengua y la pasó alrededor del agujero, lamiendo despacio, sintiendo la textura arrugada y caliente contra su lengua, luego empujando la punta dentro. Sophie gimió alto, el sonido vibrando en su pecho.

—Oh sí… lame mi culo… méteme la lengua… más profundo…

Pablo obedeció, follándole el culo con la lengua mientras metía tres dedos en su coño, curvándolos hacia arriba para rozar su punto G. Sophie empujaba hacia atrás, frotándose contra su cara, los jugos chorreando por sus dedos y goteando por su muñeca.

—Ahora métemela… en el coño primero… pero después quiero tu polla en mi culo.

Pablo se puso de pie, la penetró de nuevo en el coño desde atrás, embistiendo con fuerza brutal. Sus caderas chocaban contra su culo firme, el sonido de carne contra carne resonando, el sudor resbalando por sus espaldas. Sophie gritaba:

—Más duro… rómpeme… sí, así… siento cada vena dentro de mí…

Se corrió otra vez, su coño contrayéndose violentamente, chorros calientes de squirt salpicando el suelo y sus muslos, el olor intenso de su orgasmo llenando la cocina.

Pablo salió, su polla brillante y palpitante.

—Ahora el culo… despacio al principio.

Sophie escupió en su mano con abundancia, lubricó su polla y su ano con saliva espesa. Pablo colocó la cabeza en la entrada apretada y empujó. Sophie jadeó, relajándose, el anillo muscular cediendo lentamente.

—Joder… entra… despacio… oh Dios… me estás abriendo…

Centímetro a centímetro, su polla gruesa abrió su culo, la presión brutal y caliente envolviéndolo por completo. Sophie temblaba de placer y dolor mezclado, el sudor perlando su espalda.

—Fóllame el culo… despacio al principio… luego fuerte…

Pablo empezó a moverse lento, saliendo y entrando, sintiendo la fricción intensa y el calor abrasador alrededor de su polla. Sophie empujaba hacia atrás, pidiendo más, sus gemidos volviéndose más roncos.

—Más rápido… fóllame el culo como una puta… quiero sentirte hasta el fondo…

Pablo aceleró, embistiendo con saña, sus manos agarrando sus caderas estrechas, las uñas dejando marcas rojas en su piel pálida. Sophie se masturbaba el clítoris con furia, los dedos resbaladizos moviéndose en círculos rápidos.

—Voy a correrme otra vez… córrete dentro de mi culo… lléname… quiero sentir tu semen caliente dentro…

Pablo no aguantó más. Con un gruñido profundo eyaculó dentro de su culo, chorros calientes y abundantes inundándola, el pulso de su polla resonando en sus paredes. Sophie se corrió al mismo tiempo, su cuerpo convulsionando, el ano contrayéndose alrededor de él en espasmos, gritando en silencio para no alertar a nadie, el sudor chorreando por su frente y goteando sobre la encimera.

Se derrumbaron en el suelo, sudorosos, jadeantes, el olor a sexo, sudor y café impregnando el aire. Sophie se giró, lo besó con lengua profunda, el sabor de su propia excitación aún en su boca.

—Esto fue… mucho mejor de lo que imaginaba. Tu mujer no sabe lo que se pierde.

Pablo la abrazó, aún dentro de ella, sintiendo los últimos espasmos de su cuerpo.

—Nuestro secreto. Y repetiremos… muchas veces.

Mientras oía el coche de Marta acercándose por la calle, el motor ronroneando en la distancia, Sophie se limpió rápidamente, sonriendo con picardía.

—Vístete. Y recuerda: ella no tiene que saber nunca lo que acabamos de hacer.