La que es infiel.. la paga
Roberto no solo la descubrió; decidió que el castigo debía ser visible. Ahora, Aurora camina por el barrio con las marcas del cinturón expuestas y la vergüenza ardiendo en su piel, sabiendo que cada paso es un recordatorio de quién manda en su cuerpo.
Aurora tenía 42 años y un cuerpo curvilíneo que todavía volvía locos a los hombres del barrio: tetas grandes y firmes que rebotaban al caminar, y un culo redondo que invitaba a manosearlo. Estaba casada con Roberto, un tipo celoso y dominante pero justo, de 45 años, que trabajaba en una fábrica y volvía a casa con los músculos tensos. Tenían un hijo de 18 años que vivía en una pensión cerca de la universidad a la que asistía.
Todo empezó cuando Roberto descubrió los mensajes en el celular de Aurora. La muy puta había estado cogiendo con el vecino, ese hijo de puta de al lado que siempre la miraba con ojos de lujuria. «Te voy a romper la concha de nuevo, zorra», le escribía el tipo, y Aurora respondía con fotos de sus tetas desnudas y su concha depilada, goteando de excitación. Roberto entró en furia. La agarró por el pelo en la cocina, la tiró al piso y le dio una paliza que la dejó temblando.
—¡Puta desobediente! ¡Te voy a enseñar a respetar a tu marido! —gritaba mientras le daba cachetadas y azotes en el culo con el cinturón de cuero.
Aurora lloraba y suplicaba perdón, pero en el fondo esa mezcla de dolor y humillación la ponía caliente: su concha se humedecía a pesar del miedo.
Después de la golpiza, Roberto la obligó a vestirse como una puta barata.
—Ponete esa minifalda roja que usabas para cogerte a otros, zorra —le ordenó.
Aurora obedeció con las manos temblorosas, poniéndose la falda cortísima que apenas le cubría el culo marcado por los verdugones rojos del cinturón. No le permitió usar bombacha.
—Nada debajo, puta. Quiero que sientas el aire en tu concha traidora.
Le revisó los agujeros antes de salir: metió dos dedos en su concha húmeda, la hizo gemir de dolor y placer; después le abrió el culo y escupió adentro, controlando que estuviera limpio y listo.
—Estos agujeros son míos, Aurora. Solo míos. Si te encuentro con otro, te arrepentís.
La sacó a la calle así, en pleno barrio de Parque Patricios, a las nueve de la noche, cuando la gente empezaba a salir a los balcones. Aurora caminaba delante de él, con las nalgas marcadas asomando por debajo de la minifalda; el viento la levantaba y exponía su concha rasurada y su culo rojo. Los vecinos la miraban: algunos silbaban, otros murmuraban.
—Mirá a esa puta, con el culo todo marcado —decía un tipo desde una ventana.
Roberto la empujaba y la hacía caminar lento para que todos vieran.
—Mostrales lo que sos, Aurora. Una puta infiel que necesita castigo.
Llegaron a la plaza del barrio, donde un grupo de hombres jugaba al fútbol bajo las luces. Roberto la sentó en un banco, le abrió las piernas y le metió la mano debajo de la falda, palpando su concha en público.
—Estás mojada, zorra. Te excita que te vean, ¿no?
Aurora negaba con la cabeza, pero su cuerpo la traicionaba: los jugos corrían por sus muslos y sus pezones se endurecían bajo la blusa fina. Uno de los hombres se acercó, un morocho fornido con shorts ajustados que marcaban su pija gorda.
—Roberto, ¿qué pasa con tu mujer? Parece que la castigaste bien.
Roberto sonrió con maldad.
—Sí, esta puta me fue infiel. Ahora la controlo yo. Mirá sus nalgas marcadas.
Le levantó la falda delante del tipo, exponiendo el culo rojo y rayado. El morocho se relamió.
—Qué concha linda tiene. ¿Puedo tocar?
Roberto dudó un segundo, pero la idea de humillarla más lo excitó.
—Tocá, pero solo un poco. Es mi puta.
El hombre metió la mano, rozó la concha de Aurora, que gimió involuntariamente.
—Está empapada, Roberto. Esta zorra necesita una verga.
Aurora sentía la vergüenza quemándole la cara, pero su concha palpitaba pidiendo más. Roberto la levantó del banco.
—Vamos a casa, puta. Pero antes vas a caminar con mi dedo en tu orto.
Le escupió en el ano y metió el dedo gordo, haciéndola caminar así por la calle, con la minifalda subida, la gente mirando y riendo.
—¡Miren a la puta de Aurora, con el dedo del marido en el orto! —gritaba alguien.
De vuelta en casa, Roberto la tiró en la cama matrimonial.
—Ahora vas a pagar de verdad, desobediente.
Le ató las manos al cabecero con su corbata, le abrió las piernas y le dio otra tanda de azotes en el culo hasta que las nalgas quedaron moradas. Aurora gritaba:
—¡Perdón, amor! ¡No lo hago más!
Pero Roberto no paraba. Sacó su pija dura, gruesa y venosa, y se la metió en la boca de golpe.
—Chupá, puta. Chupá la verga de tu dueño.
Aurora succionaba, ahogándose con el tamaño, las lágrimas corriendo por su cara mientras él le follaba la garganta.
—Tragá todo, zorra. Sos mi puta personal.
Después de correrse en su boca, obligándola a tragar cada gota, Roberto la volteó boca abajo.
—Ahora tu concha traidora.
Le escupió en la entrada y la penetró de un empujón, cogiéndola salvajemente, golpeando su cervix con cada embestida.
—¡Tomá, puta! ¡Esto es por cogerte al vecino!
Aurora gemía como una perra en celo, el dolor de la paliza mezclándose con el placer intenso.
—¡Sí, castigame! ¡Soy tu puta!
Roberto le pellizcaba los pezones, le mordía el cuello dejando marcas. Luego sacó la pija de la concha y la metió en el orto, sin lubricante extra, solo con los jugos de ella.
—¡Ahhh! ¡Duele! —gritaba Aurora, pero él empujaba más fuerte.
—Aguantá, zorra. Tu orto es mío para romper.
La cogió por el ano durante minutos eternos, alternando con la concha, controlando sus agujeros como un amo posesivo.
—Decime, puta, ¿quién te coge mejor? ¿Yo o ese idiota?
—¡Vos, amor! ¡Tu verga es la mejor!
Roberto se corrió dentro de su orto, llenándola de semen caliente. Pero no terminó ahí. La desató, la hizo arrodillarse y le ordenó:
—Limpia mi pija con la lengua.
Aurora obedeció, lamiendo los restos de semen y jugos, su concha goteando en el piso.
Para más humillación, Roberto la llevó al baño.
—Ahora, puta, vas a mear delante mío.
La sentó en el inodoro, le abrió las piernas y miró cómo orinaba, controlando hasta eso.
—Buena chica. Ahora lavate la concha.
Aurora se lavó, pero él metió los dedos otra vez, revisando.
—Mañana vas a salir sin bombacha de nuevo, con la minifalda. Y si veo que te coqueteás con alguien, te doy otra paliza en la calle.
Esa noche Aurora durmió con el cuerpo adolorido pero excitada. Al día siguiente, Roberto la despertó con su pija en la boca.
—Desayuno de puta.
La hizo chupar hasta correrse, luego le puso una bombacha vieja y rota.
—Hoy controlo esto todo el día.
Salieron al supermercado y en el pasillo de las verduras Roberto le metió la mano debajo de la falda, palpando la bombacha húmeda.
—Estás caliente otra vez, zorra.
En la caja, delante de la cajera, le susurró:
—Mostrale las nalgas marcadas.
Aurora se sonrojó, pero levantó un poco la falda, exponiendo los moretones. La cajera miró sorprendida, pero Roberto sonrió:
—Es mi puta desobediente.
De vuelta en el living, Roberto la desnudó completamente.
—Ahora jugá con tu concha delante mío.
Aurora se acostó en el sofá, abrió las piernas y se masturbó, metiendo dedos en su concha mientras él miraba, pija en mano.
—Más rápido, puta. Quiero verte correrte.
Ella gemía:
—¡Ah, sí! ¡Mi concha arde!
Se corrió fuerte, squirteando jugos en el piso. Roberto la premió cogiéndola de nuevo, esta vez en misionero, besándola con rabia mientras la penetraba.
—Sos mía, Aurora. Solo mía.
Pero la humillación continuó. Esa tarde invitó a dos amigos del trabajo.
—Miren a mi mujer, la puta infiel.
Los tipos entraron y Roberto les mostró las nalgas marcadas.
—Pueden tocar, pero no cogerla. Solo yo.
Los amigos manoseaban su culo, su concha, pellizcaban sus tetas. Aurora estaba avergonzada, pero su concha chorreaba.
—Por favor, Roberto, no.
Él reía:
—Callate, zorra. Esto es tu castigo.
Uno de los amigos sacó su verga y se pajeó mirando, corriéndose en sus tetas. El otro le escupió en la concha.
Después de que se fueran, Roberto la llevó a la cama otra vez.
—Ahora, puta, vas a rogar por mi pija.
Aurora suplicó:
—Por favor, cógeme. Rompeme los agujeros.
Él la complació, cogiéndola en todas las posiciones: de perrito, con el culo en pompa y las nalgas rojas expuestas; de costado, metiendo dedos en su ano mientras la penetraba; cabalgando, con ella saltando en su verga como una puta enloquecida.
—¡Tomá leche, zorra! —gritó al correrse en su concha, llenándola hasta que desbordara.
Días después, el control se intensificó. Roberto le ponía bombachas con un agujero para acceder fácil a su concha. En el parque la hacía sentarse sin falda cubriendo, exponiendo todo.
—Abre las piernas, puta.
Gente pasaba y veía su concha abierta, marcada por los dedos de él. Una vez, en un bar, la hizo chuparle la pija debajo de la mesa, tragando semen mientras pedía una cerveza.
—Buena puta obediente.
Roberto decidió que la humillación tenía que escalar. Aurora ya había pagado con palizas, conchas expuestas en la calle y vergas metidas en todos sus agujeros, pero él quería más. Quería que la vergüenza le quemara la cara delante de alguien conocido, alguien que la viera todos los días y después la mirara distinto. La vieja de la agencia de lotería, doña Marta, una señora de 68 años, viuda, chismosa empedernida, que siempre le preguntaba a Aurora por el marido, por el hijo, por la vida del barrio. Doña Marta era la que vendía los billetes de lotería, la que sabía todo de todos, y Roberto la odiaba en secreto porque una vez le había dicho “esa mujer tuya es muy llamativa, che”. Ahora iba a usarla.
Era jueves al mediodía, hora muerta en la agencia. Roberto agarró a Aurora del brazo y la llevó casi a rastras. Ella llevaba la misma minifalda roja del castigo anterior, corta hasta el culo, sin bombacha, con las nalgas todavía marcadas por los últimos azotes: moretones violetas y líneas rojas cruzadas como un mapa del dolor. Caminaba con las piernas juntas, intentando que la falda no se subiera, pero cada paso hacía que el aire le rozara la concha rasurada y húmeda. Roberto le había metido un plug anal chico antes de salir.
—Para que te acuerdes quién controla tu orto, puta.
Entraron a la agencia. Doña Marta estaba sola detrás del mostrador, contando billetes con los anteojos bajos en la nariz. Levantó la vista y sonrió al principio.
—Buen día, Aurora. Roberto. ¿Qué se les ofrece hoy? ¿Quieren algún cupón para la quiniela?
Roberto empujó a Aurora hacia adelante, hasta que quedó pegada al mostrador. Le puso una mano en la nuca, como si fuera un perro al que hay que mantener quieto.
—No vinimos a jugar, doña Marta. Vinimos a que Aurora le cuente algo. Algo que tiene que saber todo el barrio, pero mejor que lo escuche de su boca primero.
La vieja frunció el ceño, confundida. Aurora empezó a temblar, la cara roja como tomate.
—Roberto, por favor… no…
—Cállate, zorra. Contale. Contale cómo te cogiste al vecino. Detalle por detalle. O te levanto la falda acá mismo y le muestro el culo marcado y la concha goteando.
Doña Marta abrió los ojos grandes, pero no dijo nada. Se acomodó los anteojos y cruzó los brazos, como esperando el chisme del siglo.
Aurora tragó saliva. La voz le salió finita, entrecortada.
—Doña Marta… yo… yo le fui infiel a Roberto. Con el vecino de al lado, el de la casa verde… el Daniel.
La vieja soltó un «¡Ay, Dios mío!» pero no se movió. Estaba clavada, fascinada.
—Seguí, puta —ordenó Roberto, apretándole más la nuca—. Contale cómo pasó. No te hagas la santa ahora.
Aurora cerró los ojos un segundo, respiró hondo.
—Fue… hace unos días. Roberto estaba en el turno noche. Daniel vino a pedir azúcar… entró a la cocina… me miró fijo… me dijo que siempre me había querido coger… yo estaba con una remera ajustada, sin corpiño… se me veían los pezones… él se acercó… me agarró las tetas por encima de la tela… me las apretó fuerte… yo me dejé… me puse caliente… me levantó la remera… me chupó los pezones… uno y otro… mordiendo… yo gemía… después me bajó el short… me metió los dedos en la concha… ya estaba mojada… muy mojada… me dijo “qué concha rica tenés, Aurora”… me dio vuelta contra la mesada… me bajó la bombacha… me abrió el culo con las manos… me escupió en el agujero del orto… y me metió la pija de una… sin aviso… me dolió al principio pero después… después me gustó… me cogía fuerte… me agarraba del pelo… me decía “sos una puta casada, te encanta que te rompan el orto”… yo le decía que sí… que me cogiera más… que me llenara… él me dio vueltas… me puso en cuatro en el piso de la cocina… me metió la verga en la concha… me pellizcaba el clítoris… me hacía correrme… dos veces… después me puso boca arriba en la mesa… me abrió las piernas… me cogía mirándome a los ojos… me escupía en la cara… me decía “traga mi leche, zorra”… y se corrió adentro… todo adentro… sentí el semen caliente llenándome… después se sacó… se limpió la pija en mi bombacha… y se fue… yo quedé ahí… con la concha chorreando… las piernas temblando… oliendo a sexo…
Doña Marta tenía la boca abierta, la respiración agitada. Se abanicaba con un cupón viejo.
—Madre santa… Aurora… ¿y Roberto se enteró?
Roberto soltó una risa seca.
—Se enteró porque la puta dejó los mensajes en el celular. Fotos de la concha abierta, de las tetas marcadas por mordidas… todo. Por eso la estoy castigando. Mire cómo la tengo.
Sin aviso, Roberto levantó la minifalda de Aurora por atrás. La tela subió hasta la cintura, exponiendo el culo entero: moretones negros y violetas, líneas gruesas rojas del cinturón, y el plug anal negro brillando entre las nalgas. La concha estaba hinchada, los labios abiertos y brillantes de humedad. Doña Marta se tapó la boca con la mano, pero no apartó la vista.
—Mire lo que le hice, doña. Le marqué el culo para que se acuerde. Y le controlo los agujeros. Este plug lo lleva puesto desde anoche. Cada vez que camina se le mueve adentro y se pone más caliente. ¿Verdad, puta?
Aurora asintió, con lágrimas en los ojos, pero la concha le palpitaba visiblemente.
—Sí… amor… me muevo y… me roza… me pone caliente…
Roberto metió dos dedos en la concha de Aurora delante de la vieja, los sacó empapados y se los limpió en la cara de ella.
—¿Ve, doña Marta? Esta zorra se moja contando cómo la cogieron. Le encanta la vergüenza.
Doña Marta tragó saliva, la voz ronca.
—¿Y ahora qué vas a hacer con ella, Roberto?
—Voy a seguir castigándola. Hoy la llevo al supermercado sin bombacha, con el plug puesto. Si se porta bien, esta noche le saco el plug y le meto mi pija en el orto hasta que llore. Si no… la traigo de nuevo acá y la hago contar lo mismo pero con más detalles… y quizás le deje que usted le toque la concha para comprobar cuánto se moja la infiel.
La vieja se sonrojó, pero había un brillo raro en los ojos. Murmuró:
—Pobre Aurora… pero se lo buscó, che. Una mujer casada no hace esas cosas.
Roberto bajó la falda de golpe, le dio una palmada fuerte en el culo que hizo saltar a Aurora y sonar el plug.
—Vamos, puta. Decile gracias a doña Marta por escucharte.
—Gracias… doña Marta… por escucharme… —susurró Aurora, con la voz quebrada.
Roberto la sacó de la agencia agarrada del brazo. Afuera, en la vereda, le susurró al oído:
—Mañana volvés sola. Le vas a pedir un cupón… y le vas a contar cómo te cogí anoche. Detalle por detalle. O te ato en la plaza y dejo que los pibes del barrio te vean la concha abierta.
Aurora caminó con las piernas temblando, el plug moviéndose adentro, la concha chorreando por la pierna. Sabía que Roberto no iba a parar. Y en el fondo, aunque le ardiera la cara de vergüenza, su cuerpo pedía más castigo, más humillación, más verga controlando cada agujero.
Aurora, a pesar del dolor inicial, se volvió adicta al castigo. Cada paliza terminaba en cogidas brutales, con él controlando sus bombachas, sus agujeros, su vida.
—Soy tu puta, Roberto. Castigame siempre.
Y él lo hacía, con verga dura y mano firme, en ese barrio donde todos sabían que Aurora era la mujer desobediente que necesitaba ser domada.
La rutina se volvió un ciclo de infidelidad fingida y castigo real. Una noche, Aurora le confesó:
—Me cogí al carnicero hoy.
Mentira, pero quería la paliza. Roberto la azotó hasta sangrar, luego la cogió por horas, metiendo la pija en concha, orto y boca, alternando.
—¡Puta sucia! ¡Te lleno todos los agujeros!
Ella gritaba de placer:
—¡Sí, rompeme! ¡Soy tu zorra infiel!
En una salida al cine, Roberto la hizo ir sin bombacha, minifalda negra. En la sala oscura le metió la mano, dedo en concha durante la película.
—No gimas fuerte, puta, o te castigo aquí.
Aurora se mordía los labios, corriéndose en silencio mientras la gente alrededor ignoraba. Después, en el baño del cine, la dobló sobre el lavabo y la cogió por atrás, tapándole la boca.
—Tomá verga, desobediente.
El hijo volvió una vez y los encontró: Aurora arrodillada, chupando la pija de Roberto.
—Mamá es una puta, hijo. Aprendé a tratar a las mujeres.
El chico se fue avergonzado, pero Aurora siguió succionando.
Meses después, Aurora era una esclava sexual total. Roberto le tatuó «Puta de Roberto» en el pubis, controlaba sus salidas, le revisaba la concha diariamente. Cada infidelidad, real o no, terminaba en palizas y cogidas maratónicas.
—Abre el orto, zorra. Hoy te rompo.
Y ella obedecía, gimiendo:
—¡Cógete mi concha traidora!
En una fiesta barrial, Roberto la exhibió: minifalda, nalgas marcadas visibles. Bailaba con ella, manoseándola delante de todos.
—Esta es mi puta. ¿Quieren ver?
Levantó la falda, mostró la concha. Los hombres aplaudían, excitados. Uno pidió:
—Déjala que nos chupe.
Roberto negó:
—Solo miren. Es mía.
Pero en casa la castigó por excitarlos: la ató, le vibró la concha con un juguete hasta que suplicó parar, luego la cogió hasta el amanecer.
Aurora amaba su vida de puta castigada. Cada marca en las nalgas era un recordatorio de su desobediencia y su placer. Roberto, con su verga siempre lista, controlaba todo: bombachas, agujeros, alma.
—Sos mi puta eterna, Aurora.
Y ella respondía:
—Sí, amor. Cógeme para siempre.
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