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La Esposa que Aprendió a Mirarse -8- ELVUELO

A tres metros de distancia, con el ruido de los motores como única cobertura, Gema decide que el viaje de vuelta no será aburrido. Mientras su esposo observa, paralizado, una extraña pareja se forma en la fila de al lado, desafiando cada límite de la decencia a la altura de crucero.

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EL VUELO

El regreso a casa desde Ámsterdam fue como si el viaje no hubiera terminado del todo. El vuelo de vuelta era nocturno, el avión medio vacío, luces bajas y ese ambiente somnoliento que invita a todo menos a dormir. Gema se había vestido para el viaje con esa mezcla de comodidad y provocación que solo ella sabe llevar: una minifalda negra muy corta, de esas que apenas cubren el culo respingón cuando se sienta, y debajo solo un tanga mínimo de encaje. Arriba, una camiseta fina de tirantes blanca, ajustada, sin sujetador. Los pechos altos se marcaban con claridad, los pezones endureciéndose con el aire acondicionado del avión y rozando la tela cada vez que se movía. El pelo castaño claro rubio suelto, cayéndole sobre los hombros, y ese bronceado de julio que todavía le daba un glow irresistible.

Nuestros asientos eran en fila de tres: yo en el pasillo, Gema en el medio, y un hombre mayor —cincuenta y tantos muy largos, moreno, bien vestido pero cómodo, auriculares colgando— en la ventanilla. Al principio fue todo normal: ella se sentó, cruzó las piernas —¡CRAC!—, la minifalda subió lo justo para mostrar el inicio de los muslos generosos y fuertes. Yo la miré de reojo, sabiendo que sin sujetador cada movimiento hacía que sus tetas se movieran ligeramente y que el hombre de al lado lo notara también.

Apenas despegamos, Gema se inclinó hacia mí para susurrarme algo al oído, pero al hacerlo su pecho rozó mi brazo y el hombre giró la cabeza Ella lo pilló mirando. En vez de cubrirse o cambiar de postura, sonrió despacio —esa sonrisa lenta y peligrosa— y se acomodó mejor, abriendo un poco más las piernas, dejando que la minifalda subiera hasta el límite. El tanga negro asomó apenas, un detalle que solo él y yo vimos porque estábamos tan cerca.

Y entonces susurró a mi oído…

—Sabes… aún me dura el calentón, cornudo…!!

Aquella frase me sorprendió, giré la cabeza de lado a lado, como intentando decir que no.

—No digas que no, sabes que solo pensarlo ya se te está poniendo dura esa polla chica que tienes, y lo hizo con el tono algo más alto, como buscando que el hombre lo escuchara.

El tonteo empezó sutil. Ella pidió agua a la azafata, se inclinó hacia adelante para coger el vaso, y sus tetas se apretaron contra la camiseta fina, los pezones duros marcándose como si pidieran atención. El hombre tragó saliva se removió en el asiento. Gema se giró hacia él, fingiendo inocencia.

—¿Te molesta si me apoyo un poco? —le preguntó, con voz suave, casi ronca.

—No… para nada —balbuceó él —¡EHHH-EHHH!—, los ojos bajando inevitablemente al escote.

Ella se rio bajito, se recostó un poco más hacia su lado, el muslo rozando el suyo. Durante el vuelo hablaron de Ámsterdam, de los canales, del barrio rojo. Gema le contó lo del barrio rojo con esa naturalidad provocadora, describiendo las ventanas iluminadas, las chicas en lencería, cómo se exhibían sin complejos. Él se ponía rojo, pero no apartaba la mirada. Ella cruzaba y descruzaba las piernas, la minifalda subiendo más cada vez, el tanga asomando, los muslos fuertes tensándose. En un momento se inclinó hacia él para enseñarle una foto en el móvil, y al hacerlo su pecho rozó el brazo del hombre, que se quedó quieto, la respiración acelerada

Yo miraba todo desde mi asiento, la polla dura bajo los vaqueros, excitado por verla jugar así. Ella me lanzaba miradas de reojo, mordiéndose el labio inferior carnoso, sabiendo perfectamente lo que me estaba volviendo loco.

El tonteo iba incrementando los roces, miradas y comentarios subidos de tono y el aire entre los tres empezaba a cargarse. Gema se había girado un poco más hacia el hombre, el cuerpo inclinado, el hombro casi pegado al suyo. La minifalda ya no intentaba siquiera cubrir nada, al sentarse de lado, la tela se había subido hasta la cintura y el tanga negro de encaje quedaba completamente a la vista, apenas un triángulo diminuto que se perdía entre sus nalgas redondas y firmes. Ella lo sabía. Y lo disfrutaba.

—¿Sabes? —le dijo al hombre en voz baja, pero lo suficientemente clara para que yo también la oyera—, en el barrio rojo hay chicas que se quedan ahí sentadas horas, enseñándolo todo… y a veces solo con un tanguita como este. —Señaló con un dedo el borde del encaje que rozaba su piel bronceada ¿Crees que se mojan solo con que las miren?

El hombre tragó saliva audiblemente. Sus manos estaban apoyadas en los muslos, los dedos crispados

—No… no lo sé —respondió con la voz ronca—. Pero… imagino que sí.

Gema soltó una risita suave, casi felina.

El hombre aún miraba el borde del tanga de Gema, levantó la mirada mirando hacia mí.

—¿Y… él quién es? —preguntó en voz baja, casi un susurro ronco, señalándome con un leve movimiento de cabeza. ¿Es… tu novio? ¿Tu amigo?

Gema soltó una risita baja, traviesa sin apartar la mirada de mí ni un segundo. Se inclinó un poco más hacia el hombre, dejando que su pecho rozara el brazo de él

.

—Solo es mi marido —dijo con esa naturalidad provocadora que me volvía loco—. Y no te preocupes… le gusta mirar.

Hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior y luego añadió, mirándome fijamente a los ojos

—Le encanta. Se pone durísimo cuando imagina que otro me toca, cómo me haría gemir… mientras él se queda ahí, quietecito, sin poder hacer nada más que mirar y ponerse como una piedra sin que nadie lo toque.

El hombre dejó escapar un sonido entre sorpresa y excitación —¡HA-HA-HA!—, como una risa incrédula. Su mano se posó en la pierna de ella, con confianza, deslizándola arriba y abajo, y cuando lo hizo Gema soltó un gemidito agudo —¡EEEEP-EEEEP!—, las caderas se le movieron involuntariamente hacia adelante

—¿En serio? —preguntó él, ahora ya sin disimular la curiosidad morbosa—. ¿Y a ti… te gusta que él mire?

Gema asintió despacio, sin apartar los ojos de mí.

—Me pone cachonda saber que está sufriendo de gusto. Que se muere por tocarme… pero no puede. Que solo puede mirar

—Míralo —le dijo al hombre, señalándome con la barbilla. Mírale la cara. Está rojo, está temblando… y apuesto a que ya está excitado solo de vernos hablar.

Y era real, mi pollita apretaba lo que podía dentro del pantalón, mi corazón latía fuerte —¡DUM-DUM-DUM-DUM-DUM!—, y mi cabeza estaba a medias entre pedirle a mi mujer que parara o que se lo follara en el baño del avión. Yo no podía negarlo. La tenía dura hasta el punto del dolor, el prepucio retraído, la punta mojada filtrándose a través de la tela. Cada palabra de Gema era como un latigazo directo a mi excitación humillante

El hombre sonrió por primera vez, una sonrisa lenta, casi cruel —¡JAJAJA!—. Volvió a mirarme un segundo, evaluándome, y luego volvió a mirar a Gema.

Sin más preámbulos, metió la mano bajo lo poco que ya cubria la minifalda. Gema volvió a arquear la espalda contra el asiento, los ojos entrecerrados.

Ella me miró, los ojos vidriosos de placer, la boca entreabierta.

—¿Quieres que siga? —susurró entre jadeos —¡HUFF-HUFF-HUFF!—. Así es como te gusta verme… mientras tú solo miras.

Y siguió moviendo las caderas al ritmo que la mano del desconocido tocaba ya el encaje del tanga, sin que este apartara la mirada del rostro de ella buscando una expresión de placer.

—Javi… me está tocando… el viejo me está metiendo mano en el avión… ¿cornudo, te pone cachondo verme así? Dímelo, ¿quieres que deje que siga tocándome?.

Me rocé mi polla intentando situarla bien dentro de mis pantalones, la presión dentro de ellos me molestaba, no logré articular palabra, solo asentí con la cabeza y un leve susurro ¡SIIIII!!

Gema tomó la mano derecha del hombre con suavidad, la llevó despacio hasta al interior de sus braguitas. Los dedos de él temblaron un instante al sentir la piel cálida

Ella abrió un poco más las piernas, el tanga quedó a la vista, húmedo ya, pegado a los labios hinchados

Los dedos masculinos rozaron primero el encaje —¡BRUSH-BRUSH!—, trazando el borde. Luego apartaron la tela mínima a un lado —¡FLICK-FLICK-FLICK!—. Cuando la yema del dedo corazón encontró el clítoris hinchado, Gema dejó escapar un suspiro silencioso —¡HAAAAA… HAAAAA!—. Él empezó a mover los dedos en círculos lentos, suaves —¡SLICK-SLICK-SLICK-SLICK-SLICK!—, mientras con la otra mano le apartaba el pelo del cuello, y se inclinaba para depositar pequeños besos húmedos justo debajo de la oreja —¡CHU-CHU-SMACK-SMACK-SMACK!—

Gema giró la cabeza hacia mí un instante. Sus ojos brillaban con lujuria y burla.

—Tiene sus dedos sobre mi coño… ¿lo estás disfrutando…?

Luego volvió a cerrar los ojos y se mordió el labio inferior

El hombre le tomó la mano y la guió hasta su entrepierna. Los dedos de Gema se cerraron sobre el bulto. Empezó un movimiento lento, arriba y abajo, mientras él seguía frotándole el coño con dos dedos ahora, antes de introducirlos despacio.

El hombre aceleró un poco el ritmo, curvándolos hacia arriba, la hizo arquear la espalda apenas —¡AAAHHH-AAAHHH-AAAHHH!—

Gema bajó la cremallera Metió la mano dentro, sacó la polla gruesa, caliente. La agarró con firmeza y comenzo un sube y baja lento pero perfecto extendiendo la humedad con el pulgar.

Ambos se pegaron, juntaron sus labios, comenzaron a besarse, como si yo no existiera. Sus manos se movían al mismo ritmo. Dedos dentro de ella —¡PLOP-PLOP-PLOP-PLOP-PLOP!—, la mano alrededor de él se escuchaba la piel de su polla subir y bajar. Suspiros cortos y respiraciones entrecortadas. El pulgar de ella presionando debajo del glande. Él metiendo los dedos más profundo, frotando el clítoris rápido

Y una pregunta de gema, sin mirarme cruzo aquel silencio ¿Quieres que se la coma cornudo?

Y aquello los hizo estallar, casi al unísono, se tensaron mientras se comían la boca, un último suspiro largo de Gema —¡AAAAAAAAAHHHHHHHHHH…!—, un gruñido bajo del hombre —¡GRRRRRRRRR-GRRRRRRRR!—. La polla palpitó fuerte, chorros calientes salpicando la mano de ella. Al mismo tiempo, el coño de Gema se contrajo alrededor de los dedos, orgasmo silencioso y jadeo apenas audible —¡HAAAAA… HAAAAA…!—

Después, quietud. Solo respiraciones calmándose —¡SIGH-SIGH-SIGH-SIGH…—

Gema sacó la mano despacio, retiro la lefa que quedaba sobre la polla de el, y disimuladamente lsse limpio los dedos con su propia boca, golosa, dejandolos limpios y humedos, cuando termino volvio a tomar la polla del hombre, se la guardo dentro del pantalon le subió la cremallera con torpeza, todavía temblando. Ninguno dijo nada.

Ella se giró hacia mí, me miró con esa sonrisa satisfecha y perversa, y susurró bajito, solo para mis oídos:

—¿Ves, cornudo? Todavía me dura el calentón… y a ti también y me beso...

El comandante del avion comenzaba a avisar que llegabamos a nuestro destino.