Xtories

El precio de mis noches

Lleva cinco años fingiendo placer mientras su marido la ignora. Esta noche, Susi le ofrece una salida y Kike le ofrece lo que nunca tuvo: la certeza de ser deseada. No es solo sexo; es la primera vez que siente que su cuerpo le pertenece.

SelenaValente2.3K vistas

1. Una mujer abandonada.

Cerré los ojos ante la cara absorta de Miguel situada a dos centímetros de la mía. Entonces empecé a pensar en lo que debía hacer en el hospital. Esta semana me tocaba rotación en urgencias, y tendría peor horario. Nos habíamos quedado sin leche para el desayuno y tenía que acordarme de comprar papel higiénico si no quería terminar usando toallitas. quizás también lejía porque el baño huele raro. Necesito recordar todo esto mientras él embiste cada vez más fuerte, más rápido, como si estuviera corriendo para llegar a algún sitio que solo existe en su cabeza.

—Sí… sí, así… ¡ah!

Al abrir los ojos vi que Miguel me miraba fijamente y me hacía un gesto de asentimiento. Yo trataba de mantenerme alejada de uno de los barrotes del cabecero de la cama, que me estaba golpeando en la coronilla a causa de sus embestidas. Aquella mirada y aquel mínimo gesto era la señal. Era el momento de arañarle ligeramente la espalda, (sin hacerle daño, obviamente) y de soltar un par de palabrotas para terminar de excitarlo. Y así lo hice, como cada vez, lanzando además un gemido que no me sonó demasiado entusiasta.

—¡Dame más! ¡Pedazo de cabrón! ¡Rómpeme con tú polla!

Esas cuatro palabras debieron de elevar su libido, porque cuatro empujones después por fin se aparta de mí. Se corre con un gruñido ahogado y se desploma un segundo antes de rodar a un lado. El peso desaparece. Libertad. Me subo el camisón empapado de sudor ajeno y añoro una ducha que no tendré hasta mañana.

—¿Te ha gustado? —murmura como siempre entre suspiros mientras trata de controlar su respiración aún agitada por el terrible esfuerzo realizado.

No entiendo por qué se molesta en preguntármelo siquiera ya que su falta de interés es evidente.

—Estupendo, cariño. Has estado magnífico —replico obediente para evitar un momento tenso.

Me giro sobre la cama agradecida de que ya hubiese terminado, pero contengo un bostezo, contenta de haber cumplido y finalizado con mi deber semanal bajo las sábanas y sintiendo todavía su semen resbalando entre mis muslos. El corazón me late fuerte, pero no de deseo: de rabia, de asco, de una tristeza tan honda que casi quema.

Despierta en la oscuridad, y mientras oigo los sonoros ronquidos de Miguel, me pregunto si la pasión es esto.

Cuando Miguel y yo nos casamos, cinco años atrás, era una inexperta recién salida de la protección paterna y del rigor del Colegio Mayor. No esperé a terminar la carrera para aceptar su petición de matrimonio, ya que en aquel momento sentía que era el único hombre sobre la tierra. El nuestro, había sido un corto noviazgo, salpicado de rápidos escarceos sexuales.

Yo quería saber. Quería arder. Y Miguel era tan guapo, tan correcto, tan prometedor… Pensé que él me enseñaría.

La noche de bodas fue igual: besos torpes, manos inseguras, tres empujones mal dados y él durmiéndose feliz mientras yo miraba la oscuridad con los ojos como platos y una sola palabra retumbándome dentro: “¿Ya?”.

Cinco putos años después, sigo esperando que empiece algo que valga la pena. Y ya no sé si odio más a Miguel… o a mí por seguir aquí.

Me quedo quieta, boca arriba, con las piernas todavía abiertas y el cuerpo pegajoso. Aprieto los muslos con fuerza, desesperada, buscando ese cosquilleo que hace un rato casi me rozó. Meto una de mis manos entre las piernas, pero solamente siento cierta repugnancia por la sensación del semen de Miguel en mi interior. Siento una leve chispa de algo similar al placer, que está ahí, débil, como una cerilla que se apaga antes de encender nada. Me muerdo el labio hasta hacerme daño; quiero…, joder, quiero que crezca, pero se escapa entre mis dedos como el agua.

Miguel ronca a mi lado, satisfecho, como si acabara de ganar un maldito premio.

Una vez reuní valor y se lo dije. Le dije que necesitaba más, que quería gozar como decían mis amigas que era su sexo. Él dijo que se esforzaría más, pero que tal vez el problema lo tuviese yo. Lo dijo así, sin pestañear, mientras se anudaba la corbata delante del espejo. Después, cuando me atreví a insinuar que quizá él podría ayudarme, que había leído cosas, que quería que me tocara de otra forma, que se tomara más tiempo para calentarme, me miró como si yo fuera una niña caprichosa y había dicho que si estaba insatisfecha, tal vez fuese por no saber hacerlo, que él hacía lo que un hombre tenía que hacer.

Desde entonces me da pánico decirle nada. “¿Otra vez con tus tonterías?”. Así que me quedo inmóvil, como una muñeca de trapo, y dejo que haga lo que quiera.

Esta noche ha vuelto a pasar. Justo cuando él se ha corrido dentro de mí, he sentido ese pinchazo dulce arriba del todo, en el fondo del vientre. Por un segundo he creído que esta vez sí, que iba a explotar. He apretado los músculos, he contenido la respiración… y nada. Se ha desvanecido. Otra vez.

Susi me lo ha explicado mil veces, con esa voz segura que tiene: “Es como si te cayera un rayo por dentro, Mapi. Te recorre desde la punta de los pies hasta la nuca, te retuerces, gritas, lloras de puro placer”. Yo la escucho y siento una envidia tan grande que me duele el pecho. Porque yo nunca he gritado. Nunca me he retorcido. Solo me quedo quieta, contando los minutos, fingiendo gemidos de un placer que no siento.

Me dan ganas de llorar. Yo le rogaría de rodillas si él me diera una sola pista, una sola caricia que no fuera para él mismo. Pero no. Para Miguel el sexo es un trámite que yo tengo que aprobar con nota. Y como suspendo siempre, la culpa es mía.

Aprieto más los muslos, furiosa. El roce de la piel húmeda me devuelve un eco de un breve cosquilleo. Me odio por intentarlo sola, aquí, al lado de él, con su semen enfriándose dentro de mí. Pero lo hago. Muevo la cadera despacio, buscando ese punto que Susi jura que existe. Cierro los ojos y me imagino unas manos que no son las suyas: lentas, curiosas, que saben esperar. Me imagino una boca que me besa donde nunca me han besado. Me imagino que alguien me desea de verdad.

El calor sube, tímido pero real. Contengo la respiración. Por primera vez en años siento que estoy a punto de…

Miguel se gira en la cama, gruñe algo en sueños y me roza con el brazo. El hechizo se rompe. El calor se apaga como si hubieran echado un cubo de agua fría.

Me quedo helada, con las lágrimas quemándome en los ojos.

Susi tiene razón: ninguna mujer con un poco de dignidad aguantaría esto.

Pero yo sigo aquí. Porque tengo miedo. Porque no sé quién soy sin él. Porque a veces, en lo más oscuro de la noche, todavía creo que la frígida soy yo y que nunca nadie va a querer encender esta maldita cerilla que llevo dentro.

Respiro hondo, me trago el llanto y me prometo, como cada jueves, que la semana que viene será diferente. Sé que es mentira.

A la mañana siguiente, me siento en la mesita del office de Urgencias, con el café de máquina quemándome los dedos y el olor a desinfectante metido hasta en la garganta. Son las diez y media y ya llevo dos tráficos, una hemorragia digestiva y un niño con un lápiz clavado en la oreja. Tengo el pelo hecho un desastre, la bata manchada de algo que prefiero no identificar y los zuecos que parecen haber sobrevivido a una guerra.

Y pienso en lo poco glamurosa que es nuestra vida.

En el mismo momento, en algún lugar de Madrid, hay abogadas que ahora mismo están entrando en sus despachos con tacones de diez centímetros, el pelo liso perfecto, traje de chaqueta negro que cuesta lo que yo gano en un mes y un bolso de diseño colgado del antebrazo como si fuera una extensión natural de su cuerpo. Se sientan en sillas ergonómicas, cruzan las piernas y discuten contratos millonarios mientras huelen a perfume caro y a victoria.

Hay ejecutivas de cuentas que llegan en su Audi recién lavado, con la blusa de seda impecable y los labios pintados de rojo sangre, y pasan el día en salas de reuniones con vistas a la Castellana, bebiendo café de cápsulas y sonriendo con esa seguridad que da saber que, si quieren, esta noche cenan en Diverxo y follan con quien les dé la gana.

Hay comerciales de farmacéuticas que entran en las consultas con faldas lápiz, medias de cristal y una tablet bajo el brazo, soltando datos clínicos con esa voz sedosa que hace que hasta el cirujano más borde se pare a escucharlas. Salen a comer con los jefes de servicio, se toman una copa de vino blanco en la terraza y nadie les pregunta por qué no llevan anillo.

Y luego estoy yo, con mi puta bata verde llena de arrugas, olor a clorhexidina y a sudor de turno de noche, ojeras que ni el mejor corrector del mundo disimula y la sensación permanente de tener algo pegajoso en el pelo (probablemente mierda seca).

Porque la leyenda urbana dice que los hospitales son un nido de sexo: médicos follando con enfermeras en los cuartos de descanso, residentes subidos de testosterona metiendo mano en el ascensor, celadores que se lían con todo lo que se mueve. Y sí, pasa. He visto a la doctora Ramírez salir del almacén de material con el pelo revuelto y el pijama arrugado, y sé perfectamente con quién estaba. He oído los gemidos que salían del despacho de Cardiología a las tres de la mañana. Pero eso es la excepción, el uno por ciento que le da vida a la fantasía.

El noventa y nueve por ciento restante somos zombis con estetoscopio: agotados, mal pagados, oliendo a vómito y a antiséptico, con los pies destrozados y la libido enterrada bajo doce horas de guardia. Lo más cerca que estoy de un polvo en el hospital es cuando me rozo sin querer con el celador nuevo al pasar la camilla y siento una chispa que se apaga inmediatamente porque tengo que correr a atender al siguiente.

Miro el reloj. Susi lleva veinte minutos de retraso, seguramente liada con el paciente del box 6 que no para de vomitar. Apuro el café amargo y me pregunto si alguna vez seré como esas mujeres que veo en Instagram: arregladas, seguras de sí mismas, con la mirada de quien sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.

Luego pienso en Miguel, en su “tú debes de ser frígida” de anoche, en mi cuerpo que sigue sin saber lo que es un orgasmo de verdad, y me doy cuenta de que ni siquiera tengo fuerzas para envidiarlas. Solo tengo ganas de llorar en el baño de personal antes de que tenga que reincorporarme a urgencias.

La puerta del office se abre de golpe y entra Susi como un vendaval, con el pelo rubio platino suelto y brillante (¡cómo coño lo consigue con estos turnos!), la bata abierta dejando ver una camiseta ajustada que marca todo lo que tiene que marcar, los ojos azules maquillados incluso a las diez y media de la mañana y una sonrisa que parece decir “la vida es demasiado corta para no follar bien”.

—¡Joder, Mapi, pareces una momia recién desenterrada! —suelta sin filtro mientras se deja caer en la silla de enfrente y me roba medio donut de la bandeja—. ¿Otra noche de misión imposible con san Miguel el Misionero?

Me río a pesar de todo. Con ella siempre me río.

—Semanal, jueves, puntual como un puto reloj suizo —digo, y me encojo de hombros—. Lo de siempre.

Susi alza una ceja perfecta.

—¿Lo de siempre? ¿Eso es el minuto y medio de rigor, mirada al cabezal y “estupendo, cariño”?

—Noventa segundos si no tiene prisa —la corrijo.

Ella suelta una carcajada que retumba en todo el office.

—Mapi, cariño, lo que tú necesitas es que te empotren. Pero de verdad. Contra la pared, en el suelo, en la encimera de la cocina, donde sea. Que te dejen las piernas temblando y la voz rota de tanto gritar.

Me sonrojo hasta las orejas, aunque no debería. Con Susi ya no hay sorpresas.

—No todas podemos ser como tú, Susana.

—Y no deberías querer serlo, pero coño, ¡un término medio! —Se inclina hacia mí, baja la voz y me clava esos ojos que saben demasiado—. El sábado pasado me lie con un tío en la discoteca… Dios, Mapi, me levantó en volandas y me folló de pie en el baño. ¡De pie! Todavía me duele la espalda de lo brusco que fue.

Me muerdo el labio sin querer. La imagino perfectamente: ella envuelta en las piernas de un desconocido, gimiendo sin vergüenza, disfrutando como si el mundo se acabara esa noche.

—¿Y tú qué? —pregunta, seria de repente—. ¿Cuándo fue la última vez que sentiste algo que no fuera el deber cumplido?

Miro el café frío.

—Nunca —admito en voz tan baja que casi no me oigo. – Empiezo a pensar que Miguel tiene razón, y que soy frígida perdida.

Susi se queda callada dos segundos (récord mundial para ella) y luego me coge la mano por encima de la mesa.

—Escúchame. Tú no eres frígida. Tú eres una mujer de treinta y un años que nunca ha sido follada como merece. Eso es muy distinto.

—¿Y qué hago? —pregunto, y suena patético.

—Lo primero: dejar de creer las mierdas que te dice tu marido. Lo segundo… —se levanta, me agarra de la muñeca y me pone de pie— este sábado vienes conmigo. Sin excusas. Te pongo un vestido que te haga pecar de pensamiento, palabra, obra y omisión y te busco a alguien que te haga olvidar hasta de cómo te llamas.

—No puedo, Miguel…

—Miguel que se joda. —Me mira fijamente—. Una noche, Mapi. Solo una. Si después sigues queriendo volver a tu vida de momia sexual, por mí perfecto. Pero al menos sabrás lo que es que alguien te rompa a pollazos de verdad.

El busca nos pita a las dos al mismo tiempo. Nos reclaman en el box 3.

Nos miramos. Ella sonríe como el diablo.

—Piénsalo —dice mientras sale corriendo—. Y resérvate el sábado. Que te van a empotrar hasta que veas las estrellas.

Nos quedamos un segundo quietas en el pasillo, con el busca todavía vibrando en la cintura, pero ninguna de las dos se mueve. Yo bajo la mirada.

—Es que… también está Manuela —susurro—. Tiene cinco años, Susi. No puedo desaparecer una noche entera y ya.

Ella cruza los brazos, apoya la cadera en la pared y me mira como si yo fuera la niña pequeña.

—Mapi, cariño, existen las canguros. Existen mis primas, existen las vecinas de confianza, existe hasta la madre de Miguel si hace falta (que bastante le gusta presumir de abuela del año en Instagram). Una noche. Seis horas. No te estoy pidiendo que te vengas de Erasmus a Ibiza.

Abro la boca para replicar y ella levanta la mano.

—No, espera. No puedes pedirme que haga todo el trabajo por ti. Yo te ofrezco la salida, el vestido, el plan y hasta el tío si hace falta. Pero tú tienes que dar el paso. Yo no puedo divorciarme por ti, ni mandarle a la mierda, ni abrirte las piernas en la pista de baile. Eso lo haces tú o no lo hace nadie.

Me muerdo el interior de la mejilla.

—Miguel es un buen padre —digo, casi como si me disculpara—. Con Manuela es maravilloso, la lleva al colegio, le lee cuentos, la ayuda con los deberes…

Susi suspira, suaviza un poco la voz, pero no la mirada.

—No lo niego, Mapi. Miguel es un padre estupendo. Le pone la mochila, le corta las uñas y le compra los zapatos adecuados. Perfecto. Pero no es un buen marido. Y no te lo digo solo por el sexo de mierda que te da (aunque también). Te lo digo porque te anula. Porque cada vez que intentas hablar de lo que sientes te dice que estás loca, o que eres frígida, o exageras. Porque llevas años pidiéndole migajas y él te responde que la culpa es tuya por tener hambre.

Se acerca un paso, baja aún más la voz.

—Te anula cuando te mira como si fueras un electrodoméstico que no funciona bien. Te anula cuando te hace creer que nadie más te va a querer. Te anula cuando te convence de que tu deseo es un problema, no un derecho. Y lo peor de todo: tú te lo estás creyendo.

Se me escapa una lágrima traicionera. Me la seco rápido con la manga de la bata.

—No sé cómo salir de esto, Susi —admito, y suena a rendición.

Ella me coge las dos manos, fuerte.

—Pues empezando por una noche. Una sola. Sales, te pones guapa, te tomas tres copas, bailas hasta sudar y, si quieres y te apetece, dejas que alguien te toque como si fueras lo más valioso del mundo. Y cuando vuelvas a casa el domingo por la mañana, con los zapatos en la mano y el pelo hecho un desastre, vas a saber dos cosas con absoluta seguridad: que sigues viva y que puedes elegir.

—¿Entonces? —pregunta.

Trago saliva. El corazón me late tan fuerte que creo que lo oye todo el pasillo.

—Entonces… el sábado —digo al fin, con la voz temblando—. Pero busco yo la canguro.

Susi sonríe como si acabara de ganar la lotería.

—Esa es mi niña. Y ahora vamos, que el del box 3 se nos muere de verdad y nos cae la del pulpo.

Salgo del hospital a las con el tiempo justo, corro hasta el coche, arranco con el corazón en la garganta y pego dos bocinazos al tráfico de mierda de la M-30. Llego a la guardería a las 17:27. Faltan tres minutos para que empiecen a mirarme como si fuera la peor madre del mundo.

Abro la puerta del aula de los mayores y ahí está Manuela, sentada en la alfombra, con su mochila rosa a los pies y el mandilón puesto del revés porque se empeña en ponérselo sola. En cuanto me ve, los ojos se le iluminan como si hubiera estado esperando este momento toda su vida.

—¡Mamá! —grita, y viene corriendo con los brazos abiertos. Se me clava, se me estampa contra las piernas y me abraza tan fuerte que casi me tira.

—Hola, mi vida —le digo, agachándome para llenarle la cara de besos—. ¿Has tenido buen día?

—¡Síííí! Hemos hecho un volcán que explotaba de verdad y me ha manchado toda la camiseta de rojo, mira —se levanta la camiseta sin pudor alguno—. ¡Es lava!

—Pues lava muy bonita —le digo riendo mientras le firmo la hoja de salida a la profe, que ya me está mirando con cara de “la próxima vez a las cinco y media otra vez”.

En el coche, Manuela no para de hablar.

—Mamá, ¿sabes que Lucas dice que los unicornios no existen pero yo le he dicho que sí y que papá dice que cuando sea mayor me llevará a ver uno de verdad?

—¿Papá te ha prometido un unicornio? —pregunto, levantando una ceja por el retrovisor.

—¡Sí! Y también un castillo hinchable solo para mí, y una piscina de bolas en casa, y…

Vale. Miguel y sus promesas de padre del año.

Llegamos a casa. Abro la puerta y el olor a colonia cara me golpea antes de verlo. Miguel está en el salón, con la maleta abierta encima del sofá, doblando camisas con esa precisión que tanto le gusta.

—¿Qué haces? —pregunto, quitándole la mochila a Manuela.

—Tengo un congreso en Valencia —dice sin levantar la vista—. Me voy mañana temprano.

—Es viernes —se me escapa.

Él suspira, como si yo fuera una niña que no entiende nada.

—Mapi, yo no pongo las fechas de los congresos.

Manuela corre hacia él.

—¡Papi! ¡Me has prometido un peluche!

Miguel la coge en brazos, le da un beso rápido y la deja en el suelo.

—Claro que sí, princesa. Cuando vuelva de Valencia, ¿vale?

Yo aprieto los dientes y me voy a la cocina. Preparo macarrones con tomate y albóndigas porque es lo único que Manuela se come sin rechistar. Miguel baña a la niña; oigo las risas, los chapoteos, el «¡más espuma, papi!».

Cenamos los tres. Silencio. Solo se oyen los cubiertos y la voz de Manuela contando el volcán por tercera vez. Miguel mira el móvil. Yo miro el plato.

Cuando terminamos, él recoge su plato y dice:

—Mañana salgo a las seis. El vuelo es a las ocho.

Algo me aprieta el estómago. No es solo el congreso. Lo conozco. Esa forma de no mirarme a los ojos, esa calma demasiado perfecta.

—¿Seguro que es un congreso? —pregunto en voz baja.

Miguel levanta la vista, irritado.

—¿Qué insinúas, Mapi?

—Nada —miento.

Manuela bosteza. La llevo a la cama, le leo “El monstruo de colores” dos veces, le canto la cancioncita del cocodrilo hasta que se queda frita abrazada a su peluche de unicornio (ironías de la vida).

Vuelvo al salón. Miguel ya está en pijama, revisando el correo en el portátil.

—¿A qué hora vuelves el domingo? —pregunto.

—No lo sé. Depende de cómo termine todo.

Termine todo. Esa frase se me queda clavada.

Nos metemos en la cama. Me da un beso seco en la mejilla, de esos que no significan nada.

—Buenas noches —dice.

A los cinco minutos ya ronca.

Yo me quedo mirando el techo, con el corazón latiéndome tan fuerte que parece que va a despertar a la niña.

Y de repente lo sé: no es un congreso. Y de repente también sé que mañana, por primera vez en mi vida, no voy a estar en casa esperando a que vuelva.

2. Noche de chicas.

Sábado, 07:14

Miguel ya se ha ido. Ha cerrado la puerta con ese clic suave que hace siempre cuando no quiere despertarnos, pero yo estaba despierta desde las cinco, mirando el techo y sintiendo una mezcla de alivio y nervios que me revuelve el estómago.

Cojo el móvil.

07:17

He hablado con Marta (la canguro de confianza). Viene a las 20:30.

Salgo contigo esta noche.

Susana

07:18

¡HOSTIA PUTA, SÍ!

¡Ya era hora, reina!

A las 20:30 estoy en tu casa.

Y no, no acepto réplicas: paso a buscarte porque no me fío ni un pelo de lo que te vas a poner tú sola.

Yo

07:19

Eres una cabrona

Susana

07:19

Una cabrona que te va a convertir en la mujer más follable de Madrid.

Te quiero, zorrón.

Prepárate.

Las dos ponemos el emoji de la cara que llora de risa y ella añade el del fuego. Me quedo mirando la pantalla con una sonrisa idiota.

Manuela entra en la cocina en pijama, arrastrando su mantita y con el pelo hecho una leona.

—Mamá, ¿entonces hoy me quedo con Marta?

—Sí, cariño.

—¡Bieeen! —da saltitos—. Pero si me quedo con Marta quiero ver «Frozen» y también «Vaiana» y comer palomitas y…

—Trato hecho, pero te vas a la cama después, ¿eh?

—¡Valeeee!

Me abraza las piernas y me mira con esos ojazos que tiene heredados de su padre.

—Mami, ¿tú vas a salir con la tita Susi?

—Sí.

—¿Y vas a volver muy tarde?

—Un poquito tarde, pero Marta dormirá aquí y mañana desayunamos tortitas juntas, ¿vale?

—Vale —dice, y de repente me da un abrazo fuerte fuerte—. Te quiero hasta el cielo y más allá, mami.

Y yo, que llevo toda la semana hecha mierda, siento que por primera vez en mucho tiempo me estoy haciendo un favor a mí misma.

A las 20:27 suena el timbre como si fuera una sirena de bomberos. Abro y entra Susi arrastrando dos bolsas enormes con ropa y un neceser que parece un botiquín de guerra.

—¡Fuera el pijama, enfermera! La “Operación resucitar a la muerta” empieza ya.

Cierra de un portazo, tira las bolsas en la cama y empieza a sacar vestidos como si fuera un desfile de alta costura.

—Había pensado ponerme algo sencillo… - le digo ante el despliegue que veo sobre la cama

—Sencillo y normal aquí no hay nada, cariño, para eso ya tienes el Zara. Tengo estas joyas que son ideales para lo que vamos a hacer esta noche. Tendrás pinta de zorra. Es eso lo que queremos, ¿no? Uno rojo de raso con escote que baja hasta donde empieza el pecado y una raja lateral que llega casi a la ingle.

Uno negro de satén con espalda al aire y dos tiras finísimas que apenas sujetan nada.

Uno dorado metalizado, corto, ajustado y con brillos que ciegan.

Y uno verde esmeralda con escote bardot y abertura delantera que grita “fóllame” en siete idiomas.

Me quedo mirando la montaña de tela con cara de pánico.

—Susi, esto es un exceso total. Ni loca me pondré uno de esos.

—Elige uno, bonita, porque no hay otra opción. Tú llevas cinco años de déficit, y hay que compensarlo.

Me obliga a probarme el rojo primero. Me subo la cremallera como puedo y salgo del baño con cara de “me voy a morir”.

Susi me mira, se tapa la boca y suelta:

—Joder, Mapi, estás para comerte entera… pero no con esas bragas de algodón beis de tu abuela... ¡Quítatelas ahora mismo, joder!

Me miro en el espejo y sí, la línea de la braguita se marca como si fuera un cartel de neón.

Después me pruebo el negro. Peor aún: las bragas de algodón que compré en un pack de tres en Primark asoman por los lados.

—Para, para, para —dice, y se parte de risa—. Si esto fuera un bosque protegido, la selva amazónica estaría menos poblada que tu coño.

Me miro abajo. Llevo… bueno, digamos que desde que nació Manuela el mantenimiento no es precisamente mi prioridad.

—¡Esto se arregla ahora mismo! —anuncia, y desaparece hacia el baño.

Vuelve con la espuma de afeitar de Miguel y su maquinilla.

—Siéntate en el bidé, abre las piernas y confía en mí.

—¿Qué?

—¡Que sí, mujer! Tengo el culo pelado de rasurarme, sé lo que me hago.

Entre risas nerviosas y vergüenza me siento. Susi me echa espuma y con una precisión de cirujana, empieza a pasar la cuchilla. En dos minutos tengo el pubis más liso que un campo de golf.

—Ahora ponte a cuatro patas en la cama —ordena, sin pestañear. – Y el culo en pompa.

—¿Perdona?

—Que sí, que el culo también. No quiero que mañana te arrepientas cuando estés en la posición del perrito y parezcas un kiwi.

Me pongo roja como un tomate, pero obedezco. Me arrodillo, apoyo las manos y siento el aire fresco detrás.

Susi silba.

—Joder, aquí sí que había lana para un jersey… Tranquila, en diez segundos estarás como una muñeca.

Pasa la maquinilla con cuidado, entre bromas:

—Oye, que digan lo que digan, los pelos del culo abrigan. En invierno te ahorras calefacción.

Me entra tanta risa que casi me caigo.

Cuando termina me da una palmada suave en el trasero.

—Listo. Ahora sí pareces una mujer de treinta y un años y no un osito amoroso. Pruébate el verde, que ese te queda criminal.

Me miro al espejo del pasillo: piel suave, depilada entera, el vestido verde abrazándome como una segunda piel, el escote dejando ver justo lo necesario y la raja enseñando pierna hasta donde la decencia permite (y un poco más).

Susi se pone detrás de mí, me coloca el pelo y sonríe con cara de diablo satisfecho.

—Esta noche, doctora, vas a hacer que más de uno se olvide de respirar.

Susi me mira con el vestido verde puesto y hace un gesto de desagrado.

—No. El verde está bien, pero hoy vamos a una guerra nuclear.

Saca el vestido metálico dorado de la bolsa, lo levanta y lo mueve como si fuera una bandera de victoria.

—Este. El dorado. Es una puta declaración de intenciones. Un arma de destrucción masiva.

Me lo paso por la cabeza y, madre mía… Es un tubo de tela metálica dorada brillante que me llega a medio muslo. El escote buche es tan profundo que prácticamente se me ve el ombligo. Si respiro fuerte, las tetas amenazan con escapar. Si me inclino un poco, se ve todo. Si bailo… bueno, medio Madrid va a saber cómo tengo el culo., y desde luego la espalda queda completamente al aire hasta el comienzo de las nalgas.

Me miro al espejo y me quedo de piedra.

—Susi… esto es… ¡esto no es un vestido, es un delito! Ni de coña llevaré este. Me quedo con el verde.

—Negativo, Houston. —dice, dándome una palmada en el trasero—. Hoy vas a ser la zorra más sexy del planeta. No discutas.

Se acerca, me mira de arriba abajo y chasquea la lengua.

—Y sin bragas, obviamente.

—¿Qué?

—Hace calor, Mapi. Y con este vestido la línea de una braguita sería un crimen contra la humanidad. Además —baja la voz y me guiña un ojo—, así, si esta noche alguien tiene suerte, no hay que perder tiempo con tonterías.

Me pongo colorada hasta las orejas.

—Estás loca.

—Y tú estás a punto de resucitar, así que cállate y obedece.

Ella se quita la ropa en dos segundos y se mete en un palabra de honor negro minúsculo, tan corto que roza lo ilegal. Sin sujetador. Los pezones se le marcan como si dijeran “hola”. Se mira al espejo, se coloca las tetas y sonríe.

—Perfecto. Hoy follamos las dos o morimos en el intento.

Voy al armario a por mis zapatos: unas sandalias negras de tacón medio que compré para la boda de una prima.

Susi me mira y pone cara de estar viendo un crimen en directo.

—¿Eso son zapatos o instrumentos de tortura ortopédica? ¡Quítate eso, anda!

Sale corriendo al coche y vuelve con una caja.

—Toma. Elegantes, doce centímetros, tiras finas doradas que suben por el tobillo. Con esto vas a andar como si te follaran en cada paso.

Me las pongo. Son altísimas. Me tambaleo.

—Susi, me voy a romper el cuello.

—O el coño, que es lo que buscamos —contesta, y se parte de risa.

Se pone delante de mí, me agarra de la cintura y me mira a los ojos.

—Escucha, reina: esta noche te vas a olvidar de que existe un tal Miguel, un congreso en Valencia y la palabra “frígida” va a desaparecer del diccionario. Esta noche te vas a mover como si el mundo fuera tuyo y cada tío de la discoteca va a querer arrodillarse para besarte los pies. ¿Entendido?

Trago saliva. El corazón me late tan fuerte que creo que se me va a salir por el escote.

—Entendido.

—Repite conmigo: “Soy una diosa y hoy me van a comer entera”.

—Soy… una diosa… y hoy me van a comer entera.

—¡Más alto, coño!

—¡SOY UNA DIOSA Y HOY ME VAN A COMER ENTERA!

—Así me gusta. Terminemos ahora con la chapa y pintura.

Susi me sienta en el borde de la cama, con la cabeza echada hacia atrás mientras me pinta la raya del ojo con una precisión de francotirador.

—Quieta, coño, que si parpadeas te saco un ojo.

No contesto. Estoy mirando al vacío, con el estómago hecho un nudo.

Ella nota que me he quedado callada de golpe, baja el eyeliner y me mira por el espejo.

—¿Qué pasa, reina? Tienes cara de funeral otra vez.

Suspiro tan hondo que casi se me salen las tetas del vestido.

—Es Miguel… El congreso ese de Valencia me huele a mierda. Estoy casi segura de que tiene una amante.

Susi ni se inmuta. Se encoge de hombros como si le estuviera contando que ha llovido.

—Más que posible, amor. De hecho, me sorprendería que no la tuviera. Los tíos como él siempre tienen un plan B para sentirse realizados como hombres.

Me giro hacia ella, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Y si es verdad? ¿Y si lleva años riéndose de mí?

Susi me coge la cara con las dos manos, me obliga a mirarla.

—Escúchame bien: si Miguel tiene una amante, esa pobre mujer le va a durar lo que un helado en el desierto. Porque, Mapi, con todos mis respetos… tu marido folla como un robot oxidado. Un minuto y medio, y a dormir. La tía se va a aburrir en la tercera cita y le va a poner los cuernos a él también. Así que tranquila: el karma ya está haciendo su trabajo.

Me río a pesar de todo. Una risa amarga, pero risa.

—Además —continúa, mientras me pone máscara de pestañas—, esta noche la que se va a reír eres tú.

Se sienta a mi lado en la cama, cruza las piernas y me mira con esa cara de traviesa que pone cuando va a soltar una bomba.

—He quedado con dos tíos que están… uf. Nivel dios. Los he catado a los dos, palabra de Susi. Follan como máquinas, aguantan lo que les eches y encima son majos.

Me quedo con la boca abierta.

—¿Los dos?

—Los dos. Uno el mes pasado y el otro la semana pasada. Y como sé que tú eres de gustos refinados… te dejo elegir.

Opción A: Javi. Moreno, un par de tatuajes, lengua de serpiente que sabe cómo usar...

Opción B: Kike. Rubio, no es un adonis, pero la tiene… —hace un gesto con las manos, como si sujetara dos latas de Coca-Cola una encima de la otra— así de gorda y larga. Literal. Me dejó caminando raro tres días.

Me tapo la cara con las manos, entre vergüenza y el ataque de risa que me dio.

—¡Susi, por Dios!

—¿Qué? ¡Es información relevante! Yo te recomiendo Kike, porque la primera vez que me la metió entera pensé que me había partido en dos… del gusto. Pero tú eliges, reina. O los dos, que también se puede negociar.

Me mira, me guiña un ojo y remata:

—Mapi, vas a descubrir que tu coño funciona perfectamente… cuando lo maneja alguien que lo sabe manejar.

Llegamos a Kapital cuando todavía hay más luces que gente. El portero nos mira dos segundos y nos deja pasar sin hacer cola (Susi tiene ese superpoder, y por la mirada que me lanzó, yo debía de estar cerca de su nivel). Dentro huele a perfume, hielo seco y a ambientador.

Nos plantamos en la barra principal, la de la planta baja, y pedimos dos gin-tonics con Hendrick’s. El camarero, un chaval de veintipocos con camiseta negra ajustada, no disimula: me sirve el mío y sus ojos se le van directos al canalillo de mi vestido. Me da vergüenza y a la vez me gusta. Me escondo un poco en la penumbra de la sala, que todavía está a medio gas. Mejor así.

La música es puro top 40: primero “Poker Face” de Lady Gaga y luego “Te felicito” de Shakira. Los grupos que van llegando se dan besos ruidosos, se gritan por encima de la música, se hacen fotos.

Miro a Susi y casi me caigo de culo.

Está pegada a un tío alto, rubio con el pelo algo largo. Lleva una camiseta negra que le marca cada músculo. Le está comiendo la boca como si el mundo se acabara en cinco minutos. El vestido palabra de honor se le ha bajado tanto que una teta está a punto de declarar la independencia. Me giro, y en la pista varias chicas bailan en un círculo cerrado.

De repente noto unas manos que me tapan los ojos desde atrás. Huele a la colonia fresca de Susana.

—Sorpresa —oigo su voz al oído—. Te presento al pibón de la noche.

Las manos desaparecen y me giro.

Madre mía.

Es alto, más de metro ochenta y cinco, rubio oscuro, ojos grises clarísimos, barba de tres días perfectamente descuidada y una sonrisa que debería estar prohibida. Lleva una camisa negra y vaqueros oscuros que le quedan… peligrosamente bien. Me concentro en no mirarle el paquete.

—Mapi, este es Kike —dice Susi, guiñándome un ojo—. Kike, Mapi. Mi amiga más guapa y más necesitada de marcha del mundo.

Él me mira de arriba abajo sin disimulo, se muerde el labio inferior y extiende la mano.

—Encantado, Mapi. Susi me ha hablado mucho de ti.

Le doy la mano y, en vez de estrechármela, tira de mí y me planta dos besos que son cualquier cosa menos protocolarios. El primero roza la comisura de mis labios; el segundo es casi boca con boca. Y sus manos… Dios, sus manos bajan directas a mi espalda desnuda, me recorren la columna hasta la cintura y se quedan ahí, firmes, sin pedir permiso.

Susi se acerca a mi oído mientras Kike me sigue mirando con esa sonrisa de “te voy a comer entera”.

—Le he dicho que vas sin bragas —me susurra—. Y se le han puesto los ojos como platos. Tranquila, es discreto… pero está deseando comprobarlo.

Me pongo tan roja que creo que brillo más que el vestido.

Kike se inclina un poco hacia mí, sin soltar mi cintura.

—¿Bailamos? —pregunta, con la voz ronca—. O si prefieres nos quedamos aquí y seguimos conociéndonos...

Sus dedos bajan dos centímetros más, justo donde empieza el vestido y termina la decencia.

Y yo, que llevo cinco años sin sentir nada, noto que de repente tengo mucho, mucho calor entre las piernas.

—Bailamos —digo, y mi voz suena más segura de lo que me siento.

Él sonríe, coge mi mano y me lleva hacia la pista. Nos metemos justo cuando empieza Flowers de Miley Cyrus, con esa voz profunda que te retumba en el pecho. La sala ya se ha llenado más, pero aún hay espacio para moverse. Kike me coge de la mano y me coloca delante suyo, de espaldas a él, sin pedir permiso, como si ya hubiéramos bailado juntos mil veces.

Sus manos vuelven a mi cintura, con los dedos abiertos, apretando justo lo necesario para que sienta que estoy atrapada… pero de la mejor forma posible.

—Muévete conmigo —me dice al oído, tan cerca que noto su aliento en la oreja.

Empiezo a mover las caderas despacio, siguiendo el ritmo. Él se pega del todo: su pecho contra mi espalda, sus muslos contra los míos. Noto perfectamente lo dura que la tiene ya, y el vestido es tan corto y tan fino que no hay forma de disimular.

Sus manos bajan un poco más, hasta la curva donde empieza mi culo. Me acaricia por encima del vestido, despacio, como probando hasta dónde puede llegar. Yo, en vez de apartarme, me aprieto más contra él. No sé quién soy esta noche, pero me encanta.

Justo cuando la pista empieza a llenarse de verdad, Kike me coge de la mano y me lleva hacia un lateral, donde hay unos sofás altos de cuero negro, aún medio vacíos.

—Ven, cinco minutos —dice, alzando la voz por encima de la música—. Quiero verte la cara cuando hablemos, no solo el culo cuando bailamos.

Me río, nerviosa, y me siento a su lado. Él se gira un poco hacia mí, apoya un brazo en el respaldo del sofá, detrás de mi cabeza, sin tocarme.

—¿Primera noche que sales en mucho tiempo? —pregunta, directo, con esa sonrisa tranquila.

—¿Se me nota tanto?

—Un poco —contesta—. Tienes cara de no saber si esto es real. Pero también tienes cara de quieres que lo sea. Me gusta esa mezcla.

Me muerdo el labio.

—La verdad es que… no suelo hacer esto. Nunca, en realidad.

—Lo sé —dice, sin dejar de mirarme a los ojos—. Susi me lo contó por encima. Y también me dijo que no te agobiara. Así que aquí estoy: sin agobiar. Solo charlando con la mujer más guapa que he visto en meses.

Me río incómoda, aunque halagada.

—Gracias, pero no soy tan guapa.

—Mapi —me corta, serio—. Eres espectacular. Y no lo digo por el vestido (aunque madre mía el vestido). Lo digo por cómo te mueves cuando nadie te está mirando, por cómo te muerdes el labio cuando estás nerviosa, por cómo me estás mirando ahora mismo como si tuvieras miedo y ganas a la vez.

Me quedo callada. Nadie me ha hablado así… nunca.

—¿Y tú? —pregunto para cambiar de tema—. ¿Siempre vas por ahí rescatando a chicas que no salen de casa?

—No —se ríe—. Normalmente soy más de “hola, qué tal, vamos a la pista”. Pero contigo… no sé. Me apetece ir despacio. O al menos fingir que voy despacio cinco minutos —bromea, y me guiña un ojo.

Se acerca un poco más, pero no me toca aún.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dice.

—Claro.

—¿Un mal matrimonio?

Trago saliva.

—Más o menos.

—Joder —susurra, como si le doliera—. Eso es un delito. Un delito muy grave.

Se queda callado un segundo, me mira de arriba abajo, pero con otra mirada: no solo deseo, también algo parecido a la ternura.

—Vale —dice al fin—. Regla de esta noche: tú mandas. En todo. Si quieres que pare, paro. Si quieres que acelere, acelero. Si quieres que nos quedemos aquí hablando hasta las tantas, me parece perfecto. Pero si decides seguir… te prometo que no vas a acordarte ni de cómo te llamas.

Y entonces sí, muy despacio, apoya su mano en mi rodilla desnuda. Solo la mano, caliente, tranquila, sin subir ni un centímetro más.

—¿Qué te parece? —pregunta.

Yo respiro hondo, siento el calor de su palma quemándome la piel y asiento.

—Bien… supongo. No sé.

Mientras Kike y yo hablamos en el sofá, giro la cabeza un segundo buscando a Susi y… la encuentro.

Está en la otra punta de la pista principal, justo debajo de uno de los focos rojos que suben y bajan. Y está dando un espectáculo por el que se podría cobrar entrada.

El tío alto de pelo largo la tiene pegada a la pared de espejos, una mano en su cintura y la otra perdida por algún sitio que no se ve desde aquí. Susi tiene la cabeza echada hacia atrás, el pelo rubio platino cayendo en cascada, y la boca abierta en una risa que se transforma en gemido cada vez que él le muerde el cuello.

El vestido palabra de honor ya ha perdido la batalla: una teta está completamente fuera, el pezón duro y brillante bajo las luces intermitentes. A Javi parece darle exactamente igual que haya doscientos ojos alrededor; le pasa la lengua despacio por el pecho, baja hasta el pezón y lo chupa como si estuviera solo en el mundo. Susi arquea la espalda, se agarra a su pelo y suelta un “joder” que casi se oye por encima de la música.

Hay gente que mira, gente que graba con el móvil, gente que se ríe y gente que se excita. A Susi le importa una mierda. Está en su elemento: puro fuego, cero vergüenza, cien por cien placer.

En un momento dado levanta la vista, me pilla mirando y me guiña un ojo con una sonrisa de oreja a oreja, como diciendo: “¿Ves? Esto es vivir, gilipollas”.

Justo en ese momento empieza «Unholy». El bajo retumba, las luces se vuelven rojas y él sonríe de medio lado. Kike me gira de golpe para tenerme cara a cara. Me coge las dos manos, las pone en su cuello y me pega a él de nuevo. Nuestras cinturas se encuentran, se separan, se vuelven a chocar. Cada vez que me inclino un poco, el escote buche hace su trabajo: mis tetas casi se salen y él no pierde detalle.

—¿Sabes lo que me está costando no meterte mano aquí mismo? —dice, con la boca pegada a mi cuello.

—Pues no te cortes —le contesto, y ni yo me reconozco la voz: ronca, segura, hambrienta.

Él se ríe, me coge la cara con una mano y me besa. No es un beso de prueba: es lengua, dientes, ganas. Me muerde el labio inferior y yo gimo dentro de su boca. La otra mano baja hasta el bajo del vestido, se cuela por debajo y me acaricia el culo desnudo, apretándome contra él.

—Sin bragas… —susurra contra mis labios—. Susi no mentía.

Sus dedos se deslizan un poco más, rozando la piel justo donde empieza el calor. Yo ya estoy empapada, lo noto. Me da igual que estemos rodeados de gente. Solo existimos él y yo.

Me gira otra vez, me pega de nuevo a su pecho y empezamos a movernos como si estuviéramos follando vestidos. Sus manos recorren mis costados, suben hasta rozar la parte baja de mis tetas, bajan de nuevo. Yo echo la cabeza hacia atrás, apoyada en su hombro, y él me besa el cuello, me lame el lóbulo de la oreja.

—¡Kike, necesito que vayas más despacio! —grito por encima de la música machacona—. ¡Hacía años que no pisaba una discoteca!

Él se ríe, me coge las mejillas un segundo con las dos manos y me planta un beso rápido en la frente.

—¡Iremos a tu ritmo, tranquila! La noche es larga —dice, y su voz suena tan cerca que me calienta la oreja—. ¿Y lo has echado mucho en falta?

Me echo a reír como una idiota, cojo su mano y tiro de él hacia el fondo de la pista, donde Susi y Javi están montando su propio espectáculo.

—¡Muchísimo! —le contesto mientras avanzamos entre la gente—. ¡Me había olvidado de que esto existe!

Llegamos al lado de ellos justo cuando suena un temazo de los que suenan cada dos horas en la radio. Susi me ve, abre los ojos como platos y suelta un grito de guerra:

—¡¡Mapi!! —me agarra del brazo y me mete en su círculo—. ¡Javi, mira qué reina he traído esta noche!

Javi me saluda con un “hostia, qué guapa” y sigue bailando pegado a Susi como si fueran una sola persona. Me siento genial. Soy consciente de las miradas y me encanta.

Yo me pongo a moverme, sin pensar, solo sintiendo. El ritmo es tan machacón que parece que me han metido la cabeza en una lavadora en el programa de centrifugado. Todo es ruido, calor y olor a perfume.

Kike se coloca detrás de mí otra vez, pero esta vez más suave: una mano en mi cintura, sin apretar demasiado, solo marcando el ritmo. Me dejo llevar. Levanto los brazos, cierro los ojos un segundo y cuando los abro veo que hay por lo menos cuatro o cinco tíos mirándome descaradamente. Uno hasta se muerde el labio. Y yo, que normalmente me escondería, me crezco. Sonrío. Muevo más las caderas. El vestido dorado brilla como si tuviera vida propia.

Susi me coge de las manos y bailamos cara a cara un segundo, gritándonos cosas que no se entienden pero que nos hacen reír como locas.

De pronto me doy cuenta de que estoy sudando, jadeando y con las piernas temblando.

—¡Estoy hecha polvo! —le grito a Kike, riéndome—. ¡Me había olvidado por completo de lo agotadores que resultan estos sitios!

Él se acerca, me pasa el brazo por la cintura y me pega a su cuerpo un segundo para que descanse.

—Pues todavía no hemos empezado de verdad —susurra, con esa sonrisa traviesa—. ¿Quieres agua, aire, o seguir sudando conmigo?

Miro a Susi, que ya tiene la lengua metida hasta la garganta de Javi otra vez, y decido que no quiero parar.

—Seguir sudando —contesto, y le doy un beso rápido en los labios antes de volver a moverme.

Seguimos bailando, riéndome con la boca abierta como una cría, sintiendo el bajo en el estómago y la música en los huesos. De pronto, en medio de un giro, me cae encima todo el peso de lo que está pasando en esta discoteca con este tío. Manuela está en casa con Marta, y yo aquí zorreando y dejándome tocar por un desconocido. ¿Qué coño estoy haciendo? Soy una madre irresponsable.

Sé que Miguel, aunque seguramente esté ahora con otra, no se merece esto, o por lo menos yo no soy así.

Me da un pinchazo de culpa tan fuerte que me mareo. Miro hacia la salida buscando con la mirada mi bolso, mi chaqueta, una excusa.

Justo entonces noto las manos de Kike rodeándome la cintura desde atrás, firmes, cálidas. Baja la cabeza y me besa despacio en el cuello, justo donde el pulso me late como loco.

—Eh —susurra, solo para mí—. ¿Dónde vas?

—Esto no está bien. Estoy casada… y tengo una niña pequeña. No debería estar haciendo esto.

Me giro entre sus brazos, lo miro a los ojos y la culpa y el deseo se me pelean en la garganta.

—Si quieres te llevo a casa – dice tranquilo.

La verdad es que tengo ganas de morderle el cuello, de abalanzarme sobre él. La culpa y el deseo pelean como la lava de un volcán cuando entra en contacto con el agua. Finalmente, me dejo ir…

—Si me quieres follar, vámonos —le digo, casi sin aliento—. Pero ahora. Antes de que me arrepienta.

Él no pregunta, no sonríe con superioridad, no hace ninguna broma. Solo asiente, serio, me coge de la mano y empieza a abrirse camino entre la gente hacia la salida. Y yo, que nunca he hecho nada parecido en mi vida, le sigo con mis dedos entrelazados con los suyos. Y no pienso más.

Salimos del taxi casi sin hablar. El trayecto ha sido un infierno lento: su mano en mi muslo, subiendo y bajando sin prisa, rozando el borde del vestido pero sin llegar nunca del todo a donde yo ya estoy ardiendo. Cada vez que el coche frenaba en un semáforo, él me miraba de reojo y sonreía; yo apretaba los muslos y respiraba por la boca.

Subimos en el ascensor. En cuanto se cierran las puertas, me empuja contra la pared, me coge la cara con las dos manos y me besa como si lleváramos años sin vernos. Su lengua abre mi boca, lenta, profunda, sin prisa. Yo gimo sin querer y él responde apretándose más, dejando que sienta lo excitado que está.

—Tranquila —susurra contra mis labios—. En mi casa nadie nos interrumpirá.

Llegamos al ático. Abre la puerta, enciende solo una lámpara tenue y me quedo parada en medio del salón: El suelo es de madera oscura, tiene unos sofás grises enormes, ventanales que dan a todo Madrid encendido. Pero no me da tiempo a mirar mucho.

Me coge por la cintura, me gira y me pega a la cristalera. La ciudad brilla debajo de nosotros. Su pecho contra mi espalda, sus manos suben despacio por mis costados, rozan los laterales de mis pechos, bajan otra vez.

Él se quita la camisa sin prisa, la tira al suelo. Lo veo por el reflejo del cristal. Tiene el torso definido, pero no en exceso, la piel bronceada, un tatuaje pequeño en el costado que quiero lamer ya.

Sus manos vuelven a mi vestido. Baja la cremallera centímetro a centímetro, como si estuviera abriendo un regalo caro. El vestido cae al suelo y me quedo completamente desnuda, solo con la luz de la ciudad bañándome.

—Joder, Mapi… —susurra, y su voz suena rota.

Me gira despacio, me mira de arriba abajo, se muerde el labio. Yo tiemblo, y no de frío.

Se arrodilla delante de mí, sin prisa, me abre las piernas con las manos y me besa justo encima del clítoris, suave, como probando. Yo me agarro a sus hombros porque las rodillas me fallan.

—Eres preciosa. ¿Quieres que siga?

Asiento, incapaz de hablar.

Tiene las pupilas tan dilatadas que casi le ocupan el iris entero y la tensión que transmite me hace encogerme ligeramente.

—No —dice con voz ronca—. No te escondas de mí.

Me coge por las muñecas, de forma suave pero con insistencia, y me las aparta del cuerpo. El corazón me late desbocado mientras sus ojos recorren lascivos mi desnudez.

Sé que no estoy haciendo lo correcto, pero mi boca es incapaz de articular una sola palabra. Una parte de mí, aquélla deseosa y necesitada, oculta a la fuerza durante tanto tiempo, me pide a gritos que siga y yo le hago caso.

No puedo apartar la mirada de sus manos suaves que se mueven por mi cuerpo, con unos dedos largos y fuertes que me acariciaban el estómago con calidez. Recorre con las puntas de los dedos la parte inferior de mis pechos, abarcándolos con la palma de la mano. Noto cómo las aréolas se van endureciendo hasta ponerse rugosos y ásperos.

Mientras me acaricia haciendo círculos en las areolas con las puntas de los dedos, me besa suavemente en la boca, apenas introduciendo levemente la punta de la lengua. No muestra la menor prisa. Se regodea en cada caricia, en cada gesto.

—Te gusta, ¿verdad? — siento su aliento cálido en mi oído.

Con la punta de los dedos sigue recorriendo la parte superior de mis pechos. Siento que un rubor rosado va apoderándose de mi piel. Trago saliva cuando siento que las manos se desplazan por mis costados, rozándome brevemente las nalgas para pasar rápidamente a mis muslos temblorosos. La palma de su mano acaricia mi pubis. Agradezco infinitamente el trabajo de Susi con la maquinilla.

Hipnotizada por la cálida y ronca cadencia de su voz, me dejo hacer cuando él me separa los muslos suavemente y mi sexo queda expuesto a los ojos de un tío al que acabo de conocer. Me siento como una zorra, pero no quiero que pare. Siento la humedad en el sexo, y cómo los tiernos pliegues de carne se van abultando, húmedos y brillantes, respondiendo a sus caricias.

Lento, profundo, con la lengua y los dedos, sin prisa, como si tuviera toda la vida. Yo me apoyo en el cristal, la ciudad borrosa detrás, y por primera vez en muchísimo tiempo siento que me estoy excitando de verdad.

Me tumba en la cama, me besa el cuello, el pecho, los pezones hasta hacerme arquear. Luego se pone de pie al borde del colchón y se baja los vaqueros despacio.

Cuando la veo, se me corta la respiración.

Es enorme. Gruesa, venosa, recta, con la cabeza brillante e hinchada. Mucho más grande que nada que haya visto nunca. Me quedo mirándola como hipnotizada, con la boca entreabierta y un calor líquido entre las piernas.

Él se da cuenta y sonríe, lento.

—¿Te gusta?

Asiento sin palabras. Me incorporo de rodillas en la cama, me acerco gateando y la cojo con las dos manos (aún así me sobra espacio). ¡Vaya rabo que se gasta el tío! Está caliente, dura como acero, late bajo mis palmas. Acerco la cara, respiro su olor y se me escapa un gemido.

Abro la boca y empiezo despacio: lamo la punta, recorro la vena gorda de abajo con la lengua, la beso como si fuera lo más rico del mundo. Él gruñe, me coge el pelo en un puño suelto y me guía.

—Más profundo, preciosa.

Abro más la boca, me la meto hasta donde puedo. Llego a la mitad y ya siento que me llega a la garganta. Salivo, respiro por la nariz, empujo más. Él empuja un poco también y me da una arcada. Me salen lágrimas, pero no paro. Me encanta.

Empiezo a mover la cabeza más rápido, con ruido, con saliva chorreando por la barbilla y cayendo sobre mis tetas. Cada vez que me la meto entera toco fondo y me ahogo un segundo, pero vuelvo a por más. Él jadea, me agarra el pelo más fuerte.

—Joder, Mapi… así… me vas a matar.

Saco la lengua, lamo los huevos, los meto en la boca uno a uno mientras le pajeo con las dos manos. Luego vuelvo arriba, me la trago hasta que la nariz me roza el pubis y me quedo ahí, tragando, hasta que él suelta un gemido roto.

—Espera, para un poco, loca… así… no voy a aguantar nada.

Me levanta, y comienza a besarme suavemente los labios, luego hunde la cabeza entre mis pechos y toma un pezón con su boca.

—Vamos a la cama....

Me da la mano, y me guía hasta el dormitorio. Me empuja suavemente sobre la cama, y yo empiezo a sacarme las sandalias.

—Déjatelas puestas.... No hay nada más sexy que una mujer desnuda con tacones.

Me tiende boca arriba mirando el techo, mientras sigue chupándome primero un pezón, después el otro. Lo más recóndito de mi cuerpo responde con una oleada de calor que siento entre las piernas.

Cuando sus dedos exploradores se posan en el clítoris moviéndolos en círculos, se me escapa un gemido ahogado. Siento los pliegues de mi vulva resbaladizos.

El interior de sexo está tan encharcado que noto que algo me gotea entre las nalgas. Las caricias en el clítoris, con estos movimientos rítmicos me provocan ligeras contracciones en la pelvis. Noto cómo me abro a él de forma instintiva, invitando a que sus dedos continuaran aquella delicia.

Me pone de espaldas a él, sentado al borde de la cama. Me coge por las caderas y me baja despacio, muy despacio, hasta que siento que estoy llena de él. La polla más enorme que he visto, me llega más adentro que nunca y siento cada centímetro rozando un punto que nunca había tocado nadie.

Empiezo a moverme yo sola, arriba y abajo, lento al principio, buscando más y más.

Él me agarra las tetas desde atrás, me pellizca los pezones y me susurra al oído:

—Aquí, ¿verdad? Justo aquí…

Y sí, es ahí.

Cada vez que bajo, la cabeza de su polla presiona exactamente ahí, ese lugar que con Miguel nunca existió.

Es como si me encendieran una mecha desde dentro.

Acelero.

Mis caderas se mueven solas, desesperadas.

El placer sube en espiral, rápido, demasiado rápido.

Siento un calor líquido que me crece desde el fondo del vientre, que me aprieta, que me quema.

—Kike… no puedo… me voy a…

—Córrete, preciosa. Quiero sentirte.

Es como si, de repente, algo dentro de mí se rompiera en mil pedazos… pero de la mejor forma posible. Primero noto un calor que se concentra justo ahí, donde él me presiona, un calor que crece tan rápido que me asusta. Después viene una especie de nudo, una tensión que me aprieta el vientre y me hace contener la respiración sin querer. Creo que voy a explotar, que algo va mal, porque nunca he sentido nada tan fuerte. Y entonces explota.

Una corriente eléctrica me atraviesa desde el fondo del coño hasta la punta de los dedos, tan intensa que me arqueo entera y se me escapa un grito que no sabía que tenía dentro.

Todo mi cuerpo se pone rígido y al mismo tiempo se deshace: las piernas me tiemblan sin control, el vientre se me contrae una y otra vez, como si algo me apretara y me soltara en oleadas.

Siento que me corro por dentro, que me mojo más que nunca, que me sale algo caliente y líquido que no puedo parar.

Es placer, pero también miedo, porque no entiendo qué me está pasando.

Y exploto de nuevo. Ahora resulta que soy capaz de correrme dos veces seguidas. Menudo inútil eres Miguel. No se parece a nada que haya sentido antes.

Nunca me había corrido de esa forma. Ni una sola vez en cinco años de matrimonio. Y ahora estoy llorando encima de un desconocido, temblando, con el cuerpo en llamas y el alma en pedazos. Él me abraza fuerte por detrás, me besa el cuello, la oreja, la sien. Me incorporo, y me apresuro a terminar el trabajo. Me meto aquel enorme pedazo de carne en la boca. Sabe a mí, a los líquidos con los que se la he empapado. Se la lamo de nuevo desde los huevos hasta la punta del capullo. Siento que me la quiero tragar entera, tengo ganas de polla y esta vez quiero el premio final.

—No pares… me corro…

Y explota.

Caliente, espeso, mucho. El primer chorro me golpea el fondo de la garganta y trago sin pensar. Sigue, chorro tras chorro, y yo sigo tragando, gimiendo, con la boca llena de él. Cuando termina, me quedo un segundo más, lamiendo suave, recogiendo hasta la última gota, hasta que él me aparta temblando.

Me mira desde arriba, respirando fuerte, con los ojos llenos de deseo.

—Ven aquí —dice con la voz rota. – y hace algo que pensé que nunca podría pasar. Me besa. Nuestras salivas se mezclan con su semen y mis fluidos. Siento el verdadero sabor del sexo. Nada me había preparado para aquello.