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Fantasías sexuales de las españolas 2 (Lola 7) XI

Lola no busca amor, busca placer sin ataduras. Pero cuando la ciudad se cierra y las oportunidades convencionales fallan, solo queda un camino: cruzar el umbral de lo prohibido. ¿Está preparada para entregar su cuerpo a extraños en un juego donde las reglas las impone ella?

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La noche siguiente prueba suerte de nuevo en el Airport, pero no consigue atraer a los hombres que le interesan. Luego va al Catamarán y se encuentra con un panorama también complicado: muy pocos hombres solos, casi todos acompañados y de los primeros, ninguno que cumpla unos mínimos requisitos. Vuelve frustrada. Con la cantidad de pesados que tenía que aguantar todas las noches cuando trabajaba… pero también la cantidad de hombres interesantes que veía. Y ahora que está dispuesta a ofrecerse, se da cuenta de que las cosas no son tan fáciles incluso para una mujer como ella, joven y guapa. Por supuesto que no faltan hombres, si hubiera querido hubiera podido llevarse a cualquiera, pero es que ella tampoco quiere un cualquiera. No por ella, que está dispuesta a hacer un sacrificio y acostarse con quien haga falta si con ello cumple sus propósitos, sino por su hijo. Quiere tener una mínima esperanza de que en el futuro no sea un imbécil ni un baboso, así que evita darle más vueltas al asunto. Esa noche se acuesta temprano y consigue dormir. Se levanta también pues temprano y descansada. De mal humor, pero despejada. La semana no está resultando como ella pensaba. Nota los signos que su cuerpo le envía referentes a que está ovulando y eso la cabrea aún más.

Mientras desayuna cavila que hay una alternativa que hasta ahora se ha resistido a explorar. Recuerda algo que le dijo Pablo la otra vez que vino. Ese mediodía se dirige a él cuando le trae su consumición.

- Pablo, me comentaste una vez algo de unas fiestas privadas que se hacían aquí.

El camarero la mira un poco perplejo. Sabe perfectamente a qué se refiere. A estas alturas no se lo hubiera ocurrido pensar que ella le iba a preguntar sobre ese tema.

- Ya le comenté precisamente eso: que son fiestas privadas. Yo solo he oído hablar, no he estado ninguna, no es fácil que te inviten. Es gente de dinero, allí no entra cualquiera.

- Y ¿qué sucede en esas fiestas?

Él la mira un poco de reojo mientras le sirve, en este caso una tónica con limón.

- Pues supongo que lo que sucede en los sitios donde hay mucha pasta y muy poca vergüenza. Que corre el alcohol, la droga y que la gente se desmadra.

- ¿En qué sentido se desmadra?

- Bueno, supongo que ya sabe a qué me refiero. Allí se entra en pareja pero los anillos se dejan en el guardarropa. Eso el que lleve pareja. Supongo que cuando la cosa se calienta hay barra libre. Y no solo de alcohol.

- ¿Es peligroso?

- No sabría decirle, con estas cosas nunca se sabe. La gente que tiene mucho dinero también se aburre mucho. Conozco una chica que contrataron, a veces también lo hacen, en esos sitios suele haber siempre más hombres que mujeres y hay que compensar, ya sabe.

- Entiendo ¿Y qué te contó la chica esa?

- Pues que fue una fiesta por todo lo alto. No repararon en gastos, poca gente y un catering de categoría, eso sí, todo muy discreto. No había más invitados que los que participaban, sin apenas camareros, ni sirvientes, ni curiosos, solo la mejor comida y bebida en abundancia y gente dispuesta a pasárselo bien. Había quien miraba, había quien se limitaba a satisfacerse sin participar, y había quien se tiraba de cabeza a la faena. Según me contó, aquello se convirtió a partir desde determinada hora en una especie de orgía romana. Ella participó, sabía a lo que iba y por lo que le pagaban. Si te contratan tienes que cumplir.

- ¿Y si vas porque quieres?

- Allí había mujeres que iban libremente, generalmente con sus parejas. A ella no le dio la impresión de que fueran molestadas u obligadas.

- ¿Tú sabrías como contactar con quién las organiza?

Pablo titubea, parece pensárselo un poco antes de contestar.

- Señora, le tengo aprecio así que mi consejo, si lo quiere tener en cuenta, es que con esas cosas hay que tener cuidado. El que sea gente de dinero y aparentemente educada no significa que no se les pueda ir la olla y, mucho menos, habiendo bebido o habiéndose metido algo. Yo no recomendaría a una mujer como usted ir sola a un sitio así, no hay garantías de que las cosas no se descontrolen.

- ¿Una mujer como yo? ¿Cómo crees que soy yo? – pregunta Lola interesada y algo divertida.

- En la playa toda una señora y en mi bar una excelente clienta, que además deja muy buenas propinas. Lo demás no me importa demasiado, salvo que usted no tenga problemas.

- Gracias Pablo, pero si a pesar de eso estuviera interesada en participar en una de esas fiestas ¿dónde debería dirigirme?

Intercambian una mirada que ella le sostiene decidida. Él se da cuenta que aquella mujer que habla poco pero que dice mucho ya ha tomado su decisión.

- Hay un bar de cócteles en el paseo, al final, junto al espigón. Se llama El Barlovento. El dueño es un tal Eduardo Fuentes. Es con él con quien contactó esta chica.

- Gracias Pablo.

- De nada, pero tenga cuidado.

Esa noche Lola cruza el umbral del Barlovento para encontrarse un garito ampulosamente decorado, con muebles que simulan ser elegantes, moqueta y un aire que pretende ser distinguido pero solo se queda en anticuado. Llama la atención a pesar de que hoy viste más discreta. La parroquia, no muy numerosa, está bastante equilibrada: casi mitad hombres y mitad mujeres. La mayoría parejas. Ella toma asiento en un sofá junto a una mesita baja, cerca de la barra. Un camarero obsequioso se apresura a servirla. Pide un combinado de ron y pone su radar en funcionamiento.

Observa a la gente. La mayoría de las personas son un poco como el local, gente con ínfulas tratando de aparentar más de lo que es. Entre ellos, desperdigados, algunos especímenes en los que sí adivina un alto poder adquisitivo y ese clasismo que destilan los ricos viejos, aquellos que no han obtenido la buena posición gracias a un golpe de fortuna o a su esfuerzo, sino más bien como condición heredada. Nadie se cree más exclusivo que aquellos que no se han trabajado lo que tienen. En todo caso no es el típico bar de paseo marítimo. Lo confirma cuando le traen el combinado junto con la nota: no son precios populares ni turísticos. El aparentar tiene un coste.

- Perdone - le dice al camarero - ¿El señor Eduardo Fuentes?

- ¿Quién pregunta?

- Me llamo Lola. No me conoce, pero estaría interesada en hablar con él. Por favor, pásele mi recado.

El camarero hace un gesto de asentimiento. Lo ve dirigirse por fuera de la barra hacia una mesa junto a la puerta. Allí, un hombre trajeado con un fino bigotillo sobre el labio, ojos vivos y cigarrillo en la mano, recibe el mensaje. Sus miradas se cruzan a través del local, esquivando volutas de humo, cabezas y peinados enlacados. Cree verlo achinar un poco los ojos, quizás sea un poco miope o quizás simplemente sea un gesto que hace cuando valora. El intercambio de miradas sigue durante varios minutos en los que Lola aprovecha para encenderse también un cigarrillo e ir apurando su copa. Finalmente, el hombre se decide, se levanta estirándose la americana y camina hacia ella con una sonrisa en la cara.

- Hola, soy Eduardo ¿en qué puedo servirla?

- Encantada, me llamo Dolores, pero por favor, llámeme Lola.

- De acuerdo, Lola.

- Hay algo de lo que me gustaría hablar con usted, Eduardo. Me gustaría informarme acerca de determinadas fiestas que se celebran por la zona. Quizás esté interesada en participar, pero me gustaría saber exactamente en qué consisten.

Eduardo tuerce el labio y frunce el entrecejo en un gesto involuntario de incomodidad. Pero rápido recupera la compostura y se pone a la defensiva.

- Dígame quién le ha facilitado mi nombre.

- Eso no importa. No se preocupe, soy una persona muy discreta. Doy discreción y también la pido para mí misma.

- Mire, no sé qué le han contado, pero yo no tengo nada que ver con esas fiestas.

- No es eso lo que me han dicho.

- Y ¿qué es exactamente lo que le han dicho?

- Pues que de vez en cuando se celebran reuniones un poco especiales. Que son para gente de alto nivel, que no te vas a encontrar allí a gente de mal vivir, maleducados o violentos. Sólo personas con clase y ganas de divertirse. Y que usted recluta gente interesada en participar. Tengo entendido que faltan mujeres elegantes y dispuestas a divertirse, supongo que en ese tipo de fiestas siempre son un déficit. Yo podría estar interesada… si las condiciones son adecuadas.

El otro la mira arriba y abajo. La valora, la escruta. Lola se deja de examinar, consciente de que su físico, su actitud y su presencia obtienen mucho más que un simple aprobado.

- Suponiendo que yo supiera algo de lo que me cuenta...

- ¿Sí?

- ¿Cuánto dinero habría que poner para que las condiciones fueran adecuadas para usted?

Ella sonríe.

- No hago esto por dinero.

Ahora sí consigue descolocar al otro, que reprime un nuevo gesto involuntario, esta vez de sorpresa.

- No es usted de la primera mujer sola que viene preguntando, pero me llama mucho la atención que sea la única que no le pone un precio. Si no lo hace por dinero ¿qué es exactamente lo que busca?

- Pues lo mismo que los hombres que acuden y que están dispuestos a pagar. Lo mismo que sus parejas. Solo diversión. No sabe usted lo aburrido que es viajar sola.

- Me hago una idea - contesta irónico.

- No le pongo precio a mi asistencia, le aseguro que estoy dispuesta a disfrutar y a hacer disfrutar, pero sí pongo condiciones.

- ¿Y cuáles serían?

- No ser la única mujer. Si llego a ese sitio y solo veo hombres me voy. Y también que se me respete. Si no me gusta lo que hay o no deseo hacer alguna cosa, me marcho y nadie me pone un dedo encima. Si en algún momento alguien me fuerza, o hay violencia, o simplemente no vuelvo a mi hotel por la mañana, puedo asegurarle que al día siguiente la ciudad va a estar patas arriba.

El otro ríe la ocurrencia.

- A mí también me han contado algo sobre esas fiestas y puedo asegurarle que no son de salvajes. Estoy seguro que disfrutaría - Sigue observándola con detenimiento - Y también estoy seguro que sería usted una gran novedad. Pero entenderá que si yo tuviera algo que ver con todo esto, mostrara mis reservas a facilitar la entrada a una completa desconocida.

- Me pongo en sus manos ¿que más necesita saber?

- Su nombre completo, quien es, a qué se dedica...

- Nada de eso es necesario para lo que nos interesa a ambos.

- Señora, todo esto es muy extraño. Entenderá la desconfianza.

- Por mi parte pasa lo mismo. Pero estoy dispuesta a darle un voto de confianza ¿No haría usted lo mismo conmigo? ¿Qué tiene que perder?

El otro sigue valorándola, estudiándola, ahora ya no físicamente, pero sí intentando leer sus pensamientos.

- Ya le he dicho que yo no tengo nada que ver con esas fiestas. Lo siento pero no puedo ayudarla.

- Bien, si cambia de idea de aquí al sábado mande recado al camarero del chiringuito que hay al lado del hotel Príncipe. Déjele una nota y él me la hará llegar.

Lola coge su bolso para pagar la consumición antes de marcharse, pero el otro la detiene.

- La copa está pagada.

- Gracias.

Ella se marcha dejándole pensativo. No necesita volver la vista atrás para saber que lo ha dejado intrigado.

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- ¿Que va a hacer? - le pregunta Pablo.

- Pensármelo - responde ella mientras se tumba en la hamaca.

- Ya sé que usted tiene la cabeza más dura que el ancla de un petrolero, pero no le recomiendo ir sola a ese tipo de fiestas. No tenía que haberle contado nada - masculla Pablo mientras se retira hacia la barra donde varios clientes lo reclaman.

Lola se queda sola en la arena, dándole vueltas al asunto. Gafas oscuras, crema protectora, mirada perdida en un punto muy mar adentro, la piel recibe con agrado los rayos de sol calientes que el espléndido clima malagueño le regala. En realidad, no hay mucho a lo que dar vueltas: la decisión ya está tomada. Es sábado y es su última noche en Málaga. El domingo toma un avión de vuelta. La semana no se ha podido dar peor. Contaba con su experiencia y conocimiento previo y esperaba que las cosas resultaran esta vez más fáciles, pero la suerte se ha vuelto en su contra. Tras dos días más en dique seco, decidió cambiar de lugar y en los sitios nuevos que ha visitado no ha encontrado nada que le sirviera aunque fuera mínimamente. Escasez de hombres y de gente en general, no es temporada alta y no abundan los turistas. Y los pocos que había no cumplían sus expectativas. Pensó en liarse con alguien de su hotel, había visto varios candidatos que podrían resultar interesantes, pero hasta en eso tuvo mala pata. Cuando por fin se decidió resultó que sólo uno de los candidatos estaba ya en el hotel. El hombre fue simpático, agradable y conectaron tanto que ella se pensó incluso la marcha atrás. Le estaba cayendo demasiado bien. Cuando le propuso subir a la habitación el otro la miró sorprendido y se rio de una forma extraña. Se mostró caballeroso, le acarició la mano y finalmente acabó confesándole que era homosexual.

- Si seré tonta ¡tendría que haberlo supuesto! - se dijo.

Era extraño encontrar un hombre que entendiera tan bien a las mujeres y que se acoplara a la primera con ellas, que se mostrara tan detallista y cuidadoso, y que tuviera esa conversación tan fresca y alegre pero a la vez tan profunda. Solo alguien con espíritu femenino se comportaba así en aquella España de los años 70.

Después de eso, un último disparo que también le salió mal.

Eligió a alguien solo por su físico. Esta vez volvió al Airport ya cansada y aburrida de dar vueltas a tontas y locas. Hubo un hombre que le gustó. Aparentemente solo, no podía saber si estaba esperando a alguien o no. Les dio la impresión de que sí porque miraba mucho el reloj. Desesperada por conseguir su objetivo decidió adelantarse: las audaces ganan.

El tipo la verdad es que estaba muy bien, con un porte de galán clásico de Hollywood, a lo Clark Gable. Delgado, guapo, bigote roto por los bordes, peinado hacia atrás, traje impecable. En lo físico bien, en el trato formal, pero poco más. No pudo conseguir indagar nada de él porque era poco hablador y muy reservado. Constantemente la mirada como tratando de valorar si la espléndida mujer que tenía delante, era una embaucadora o el ofrecimiento que le hacía veladamente era real. Cuando al fin se decidió a probar suerte y él se mostró desnudo y sin barreras, resultó ser un tipo desagradable y engreído que quiso tratarla como a una cualquiera. Aquello le resultó tan áspero que fue incapaz de tener sexo con él. Así que lo dejó plantado a pie de cama y se marchó.

Esa mañana se había levantado aburrida y desesperada. Solo había copulado una vez y sus días fértiles se acababan. Entonces llegó Pablo con la nota que le había dejado un enviado de Eduardo. Podría ser su última oportunidad en su última noche. Está dispuesta a arriesgarse aunque su amigo camarero tiene razón. No sabe dónde se está metiendo.

El tiempo pasa rápido para ella ahora que tiene planes. Cuando quiere acordar se le ha hecho la hora de comer. Se levanta y se acerca a la barra. Espera en su esquina, la más alejada y también la más discreta, la que usa cuando quiere hablar con Pablo y hay más gente. Él se acerca.

- ¿Va a comer aquí hoy? Tengo pescaíto fresco y le puedo preparar una fritura para chuparse los dedos.

- Venga esa fritura entonces. Que me lleve buen recuerdo de aquí. Oye Pablo ¿no conocerás algún taxista de confianza que me pueda prestar un servicio esta noche?

- ¿Qué es exactamente lo que necesita?

- Que me lleve a una villa. Según esto, no debe estar muy lejos. Y que me espere hasta que acabe para traerme de vuelta. Tengo que darle algunas indicaciones para asegurarme que todo va bien. En caso contrario debe avisar a la policía ¿Conoces a alguien?

- Mi hermano Manuel.

- ¿Es taxista?

- No, qué va ¡si no sabe conducir! Es camarero. Pero puede sustituirme esta noche. Yo la acompañaré.

Ella lo mira con consideración.

- Eso es muy amable de tu parte pero igual paso toda la noche allí.

- No importa, mi hermano puede abrir mañana también. Además, bastantes noches pasé sin dormir en la Legión y también fuera de ella como para que me asuste doblar turno si fuera menester.

- ¿Seguro que puedes?

- Claro que puedo. No la voy a dejar que vaya sola a un sitio de esos.

- ¿De esos? - pregunta ella divertida.

- De esos llenos de señoritos y de pijos. Me fío menos de ellos que de cualquier quinqui malagueño. A estos por los menos los ves venir.

- Gracias Pablo, por todo.

- No hay de qué. Además, pienso cobrarle, no se piense que le va a salir gratis.

- Por supuesto.

Lola le dedica la mejor de sus sonrisas. Hace mucho que (quitando a su marido), no sonreía sinceramente a ningún hombre. Saber que Pablo la lleva y estará afuera esperándola le da seguridad y ánimo para lo que va a hacer esa noche, que no es otra cosa que dar un salto a ciegas. No sabe muy bien hacia dónde. Pero el tiempo se acaba y ya está decidido. Su principal objetivo es no tener que volver a Málaga.