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Dominaciónene 2026

La jefa 2

La oferta era clara: obediencia incondicional. Para Elena, la entrevista no era una conversación, sino una prueba de fuego. Y cuando Adrián entró en la oficina, supo que había encontrado al súbdito perfecto.

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Después de la dimisión inmediata de Víctor el lunes por la mañana, Elena no perdió el tiempo. Publicó la oferta de empleo con una frase que solo los verdaderamente dispuestos entenderían: “Asistente personal. Requiere disponibilidad absoluta, obediencia incondicional y capacidad para soportar presión extrema”. Las entrevistas se programaron para esa misma tarde. La primera candidata entró al despacho con paso decidido, pero salió hecha una furia apenas diez minutos después. La segunda, sin embargo, fue un aperitivo interesante pero insuficiente.

Se llamaba Carla. 28 años, alta, morena con pelo liso hasta la mitad de la espalda, ojos negros profundos y un cuerpo que parecía esculpido para provocar: tetas grandes y firmes (copa D), cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo que tensaba la falda lápiz negra que llevaba. Entró con una sonrisa profesional, extendiendo la mano para un saludo formal.

—Buenas tardes, señora Elena. Soy Carla. Encantada de conocerla. Tengo experiencia en gestión administrativa y estoy ansiosa por discutir cómo puedo contribuir a su equipo.

Elena estrechó su mano con firmeza, observándola con esa mirada fría y evaluadora.

—Siéntate, Carla. Cuéntame por qué crees que encajas en este puesto.

Carla se sentó, cruzando las piernas con gracia, y comenzó a hablar de su currículum: máster en finanzas, tres años en una consultora, habilidades en software de gestión. Elena escuchaba en silencio, asintiendo ocasionalmente, pero sus ojos se desviaban a las curvas de Carla bajo la blusa blanca.

—Suena prometedor —dijo Elena finalmente—. Pero este puesto exige más que habilidades técnicas. Exige obediencia absoluta. ¿Estás dispuesta a eso?

Carla inclinó la cabeza, un poco confundida pero manteniendo la compostura.

—Por supuesto. En mi último trabajo, seguía instrucciones al pie de la letra. Soy muy disciplinada.

Elena se levantó lentamente, rodeó la mesa y se plantó frente a ella.

—Levántate. Quiero ver cómo respondes a una orden directa.

Carla dudó un segundo, pero se levantó, pensando que quizás era una prueba de postura o algo relacionado con el estrés laboral.

Elena se acercó más, invadiendo su espacio personal.

—Quítate la blusa. Despacio.

Carla parpadeó, riendo nerviosamente.

—¿Perdón? ¿Es en serio? Pensé que era una entrevista estándar.

Elena no sonrió.

—Es en serio. Si quieres el puesto, demuéstrame que obedeces sin cuestionar.

Carla tragó saliva, mirando hacia la puerta. Su mente corría: ¿era una broma? ¿Una prueba de límites? Recordó lo que decía el anuncio sobre “obediencia incondicional”. Quizás era un rol de alto estrés, como en algunas empresas con dinámicas raras. Sus dedos fueron a los botones, desabrochándolos uno a uno, revelando el sujetador de encaje negro.

—Bien —dijo Elena—. Ahora el sujetador.

Carla se sonrojó, pero lo desabrochó, dejando caer sus tetas grandes y pesadas. Pezones oscuros endureciéndose al aire acondicionado.

Elena extendió la mano y pellizcó uno suavemente al principio, luego con más fuerza.

—¿Te duele? ¿O te excita?

Carla jadeó, un gemido escapando.

—Duele… un poco. Pero… no sé. ¿Esto es parte de la entrevista?

Elena giró el pezón.

—Arrodíllate. Muéstrame sumisión.

Carla, con el corazón latiendo fuerte, se arrodilló. Pensaba: “Es una prueba psicológica. Si me voy ahora, pierdo la oportunidad. Puedo manejarlo.”

—Bésame los zapatos —ordenó Elena.

Carla inclinó la cabeza, besando el tacón con labios temblorosos, lamiendo ligeramente.

Elena levantó el pie.

—Succiona el tacón. Como si quisieras impresionarme.

Carla obedeció, succionando con más entusiasmo, saliva brillando.

—Ahora las medias. Con los dientes.

Carla mordió el borde y bajó la media, dientes rozando la piel. Repitió con la otra.

—Tanga. Quítamelo.

Carla tiró del encaje con los dientes, exponiendo el coño de Elena.

—Lame. Hazlo bien.

Carla dudó más tiempo esta vez, mirando arriba.

—¿Lamer? Eso es… sexo. No puedo. Pensé que era una prueba, pero esto cruza la línea. Me voy.

Se levantó, recogió su ropa rápidamente, vistiéndose con manos temblorosas.

—Esto es acoso. No me interesa el puesto si implica esto. No voy a hacer algo así por un trabajo.

Elena se encogió de hombros, sin inmutarse.

—Vete. No sirves.

Carla salió, puerta cerrando con fuerza, lágrimas de rabia asomando mientras caminaba por el pasillo. Un aperitivo fallido.

Elena suspiró, aburrida. Luego llamó al siguiente candidato.

Se llamaba Adrián. 25 años, delgado pero definido, pelo castaño corto, ojos verdes expresivos. Entró con una sonrisa confiada, extendiendo la mano.

—Buenas tardes, señora Elena. Soy Adrián. Gracias por la oportunidad. Tengo un currículum sólido en asistencia ejecutiva y estoy emocionado por discutir mis habilidades.

Elena lo miró, notando su postura erguida, traje ajustado.

—Siéntate. Cuéntame por qué quieres este puesto.

Adrián se sentó, hablando con fluidez: dos años en una firma legal, gestión de agendas complejas, discreción absoluta, capacidad para trabajar bajo presión. Pensaba que era una entrevista normal para un puesto de asistente ejecutivo. Elena asentía, pero sus ojos ya evaluaban su cuello, sus manos, la forma en que cruzaba las piernas.

—Suena bien —dijo finalmente—. Pero este rol exige obediencia total. ¿Estás preparado para órdenes directas, sin cuestionar?

Adrián sonrió, seguro.

—Absolutamente. Soy muy adaptable y disciplinado.

Elena se levantó, cerró la puerta con llave y se acercó despacio.

—Levántate. Quiero ver cómo respondes bajo presión real.

Adrián se levantó, un poco confundido pero manteniendo la compostura profesional.

—¿Una prueba de estrés? —preguntó, con tono ligero.

Elena lo miró fijamente.

—Arrodíllate.

Adrián parpadeó varias veces.

—¿Arrodillarme? ¿Aquí? ¿Es… parte de la dinámica del puesto?

Elena no respondió con palabras. Solo cruzó los brazos y esperó.

Adrián dudó, miró la puerta cerrada, pensó en el sueldo anunciado, en la reputación de Elena como jefa implacable. Finalmente, con las mejillas rojas, se arrodilló lentamente sobre la moqueta.

—Bien —dijo Elena, voz baja y controlada—. Ahora bésame los zapatos.

Adrián levantó la vista, incrédulo.

—¿Besárselos? Esto… esto no es una entrevista normal.

Elena apoyó el tacón en su hombro, presionando ligeramente.

—Bésalos. Muestra que puedes obedecer sin discutir.

Adrián tragó saliva. Su mente luchaba: humillación, excitación extraña, miedo a perder la oportunidad. Inclinó la cabeza y besó el cuero negro con labios temblorosos. Un beso tímido, apenas un roce.

—Más —ordenó Elena—. Lame la punta. Despacio.

Adrián sacó la lengua, lamió la punta del tacón, sabor a cuero y barniz. El acto era ridículo, humillante… y algo dentro de él empezó a despertar. Su polla se movió ligeramente en los pantalones.

Elena levantó el pie más alto.

—Succiona el tacón. Como si fuera algo valioso.

Adrián abrió la boca, succionó el tacón entero, lengua rodeándolo en círculos húmedos. Saliva goteando por su barbilla. Su respiración se aceleró.

—Buen chico —susurró Elena—. Ahora las medias. Con los dientes. Baja una.

Adrián mordió el borde de la media negra, la bajó despacio, dientes rozando la piel suave del muslo. El aroma de su perfume y piel caliente le golpeó. Repitió con la otra pierna, ahora con más confianza, polla ya semierecta.

—Tanga. Quítamelo con la boca.

Adrián dudó un segundo más largo, pero la excitación ya lo dominaba. Enganchó los dientes en el encaje y tiró hacia abajo, dejando expuesto el coño depilado de Elena: labios rosados hinchados, clítoris asomando, humedad visible.

—Lame —ordenó ella.

Adrián miró arriba, voz temblorosa.

—¿Lamer? ¿Aquí? ¿En serio?

Elena agarró su pelo suavemente pero firme.

—Lame. O vete ahora mismo y olvídate del puesto.

Adrián cerró los ojos, respiró hondo… y se inclinó. Lengua plana desde el ano hasta el clítoris, primer contacto tímido, sabor salado y dulce. Luego más valiente: succionó los labios mayores, metió la lengua dentro, explorando.

Elena gimió bajito.

—Así… más profundo… chupa el clítoris.

Adrián succionó con fuerza, lengua dando vueltas rápidas, metiendo dos dedos curvados para frotar el punto G. Elena empujó sus caderas contra su cara, corriéndose con chorros calientes que salpicaron su boca y barbilla. Adrián tragó por reflejo, aturdido.

Elena respiró hondo.

—Quítate la ropa. Todo.

Adrián se desnudó con manos temblorosas. Cuando los bóxers cayeron, su polla estaba completamente dura, goteando precúm.

Elena sacó un dildo negro grueso del cajón.

—Date la vuelta. Manos en el escritorio.

Adrián obedeció, culo en pompa, respiración agitada.

Elena lubricó los dedos y metió uno despacio.

—¿Te gusta?

Adrián jadeó.

—No… no sé… es raro… pero…

Elena metió dos, curvándolos hacia la próstata.

—Tu polla dice que sí.

Adrián gimió alto, polla palpitando.

Elena presionó el dildo en la entrada.

—Relájate. Vas a tomarlo entero.

Entró centímetro a centímetro. Adrián jadeó, dolor inicial dando paso a placer intenso cuando golpeó la próstata.

—Joder… señora… sí… más…

Elena empezó a embestir, lento al principio, luego más fuerte, mano masturbando su polla al ritmo.

Adrián gritaba de placer, cuerpo temblando.

—Soy suyo… por favor… no pare…

Elena sacó el dildo, se tumbó en el escritorio.

—Ahora fóllame. Métemela.

Adrián la penetró profundo, embistiendo con fuerza, perdido en el placer.

Elena se corrió de nuevo, squirteando sobre él.

—Córrete dentro. Ahora.

Adrián explotó, chorros calientes llenándola, gritando mientras se vaciaba.

Elena lo sacó, lo puso de rodillas.

—Limpia tu semen de mi coño.

Adrián lamió todo, lengua profunda, tragando su propia corrida mezclada con ella.

Elena se ajustó la falda, lo miró desde arriba.

—Estás contratado. Mañana a las ocho. Trae lubricante y plugs. Vas a ser mi asistente… y mi sumiso personal.

Adrián, de rodillas, polla aún goteando, sonrió con rendición total.

—Gracias, señora. Acepto el puesto. Mi cuerpo y mi voluntad son suyos.

Elena sonrió. Perfecto.