La Esposa Correcta. Capítulo 6
Bajo la sombra de un árbol, el silencio es más ruidoso que cualquier grito. Julián sabe que Luis no viene, pero le asegura que la presencia del esposo es suficiente para romperla. ¿Qué pasa cuando el miedo a ser descubierta se convierte en el mayor placer?
Bajo el aguacate
Fue Julián quien propuso el paseo.
No lo hizo como una invitación especial, sino con esa naturalidad suya que convertía las decisiones en algo inevitable.
—Hace buena tarde —dijo—. Podemos bajar por el camino de los campos.
Clara dudó apenas un segundo. Ese camino ya no era neutro. Pero asintió.
Caminaron despacio. El aire olía a verde y a tierra húmeda. Clara notaba el cuerpo sensible desde hacía días, como si algo en ella estuviera siempre un poco adelantado. Julián iba a su lado, tranquilo, marcando un ritmo cómodo.
—A estas horas Luis suele estar —comentó ella, sin saber por qué lo decía.
Julián miró hacia delante.
—Hoy no.
No explicó cómo lo sabía. No hizo falta.
Cuando llegaron a los campos, estaban vacíos. Demasiado. El silencio allí no era el mismo que en otros sitios: era abierto, vigilante. Clara sintió un leve nudo en el estómago. Aquella tierra no era suya. Nunca lo había sido.
Julián se desvió del camino y señaló un árbol grande, frondoso, cuyas ramas caían pesadas, formando una sombra espesa.
—Vamos a sentarnos un momento —dijo.
Clara lo siguió.
El aguacate era enorme. El tronco ancho, las ramas bajas, envolviéndolo todo. Bajo su copa, el mundo parecía apagarse un poco. El sonido del camino quedaba lejos. Demasiado lejos.
—Aquí no deberíamos… —empezó Clara.
—Escucha —dijo Julián, en voz baja.
Clara se calló.
No se oía nada. Ni pasos. Ni voces. Solo el campo respirando.
—Es suyo —añadió él—. Todo esto.
Esa frase le recorrió el cuerpo de arriba abajo.
Se sentaron primero frente a frente. Luego más cerca. Clara notaba la espalda apoyada en el tronco, la sombra cerrándose sobre ellos como un refugio que no terminaba de serlo.
—¿Te has fijado alguna vez —dijo Julián— en cómo te mira?
Clara levantó la vista.
—¿Quién?
—Luis.
El nombre cayó con peso.
—Aquí —añadió Julián—. En su sitio.
Clara tragó saliva.
—Podría aparecer en cualquier momento.
Julián asintió despacio.
—Por eso baja la voz.
No era una petición. Era una orden suave.
Clara obedeció sin pensarlo.
—Dime —continuó él—. ¿Te gusta que te mire así?
Clara negó con la cabeza primero. Luego se quedó quieta.
—No debería.
—No te he preguntado eso.
El silencio se tensó. Clara sentía el pulso en la garganta.
—Sí —admitió al fin, casi sin voz—. Me gusta.
Julián levantó la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara. El gesto fue lento, medido, como si también escuchara el campo.
—No te muevas —dijo.
Clara se quedó inmóvil.
Los dedos de Julián rozaron su mejilla, bajaron por el cuello, apenas un contacto. Clara cerró los ojos un instante.
—Si apareciera —susurró él—, no tendrías tiempo de pensar. Solo de sentir.
Eso fue lo que la desarmó.
Clara apoyó mejor la espalda en el tronco. Las ramas parecían envolverlos más. Cada pequeño ruido —el viento, una hoja cayendo— la hacía contener el aliento.
—Aquí no… —murmuró—. Aquí nos puede ver.
—Lo sé.
Julián no se apartó.
—Por eso —añadió—. Por eso ahora.
El miedo no la empujó a levantarse. Hizo justo lo contrario. Clara notó cómo el cuerpo reaccionaba con una urgencia incómoda, cómo la respiración se le aceleraba sin permiso.
—Mírame —dijo Julián.
Clara abrió los ojos.
—Así te mira él —continuó—. Con atención. Sin prisa. Sabiendo que no te vas a ir.
Los dedos de Julián siguieron moviéndose, siempre por encima de la ropa, describiendo recorridos lentos, seguros. Clara apretó los labios para no hacer ruido.
—No hables —ordenó él, cuando notó que iba a decir algo.
El campo seguía en silencio. Demasiado.
Clara sentía la presión crecer, amplificada por la idea constante de ser vista, de no estar a salvo del todo. Cada segundo bajo ese árbol era una mezcla de riesgo y alivio.
El clímax llegó de golpe, silencioso, contenido. Clara se aferró al tronco, cerró los ojos y se quedó quieta, obediente incluso en eso, mientras la sensación la atravesaba sin aviso.
Cuando pasó, se separó de Julián con torpeza. Se arregló la ropa deprisa, como si el tiempo hubiera empezado a correr de golpe.
Notó entonces la tela húmeda, incómoda de repente, pegada a la piel.
Dudó un segundo.
Luego, sin mirar a Julián, se la quitó despacio y la guardó en el bolsillo interior del bolso.
No supo explicar por qué lo hacía. Solo supo que no podía volver a casa con ella puesta.
—Vámonos —susurró—. Por favor.
Julián asintió.
Caminaron de vuelta sin hablar. Clara miraba a los lados, alerta, como si en cualquier momento alguien pudiera aparecer entre los árboles.
Antes de salir del campo, se giró un segundo. El aguacate seguía inmóvil, cubriéndolo todo con su sombra espesa.
Julián la observó de reojo.
—No tienes que decidir nada hoy —dijo—. Pero no te engañes: esto ya no se puede desver.
Clara no respondió.
Siguió caminando, con el cuerpo aún sensible y una certeza incómoda creciendo por dentro. No era solo lo que había pasado bajo el árbol. Era la sensación persistente de que, aunque Luis no hubiera aparecido, algo de él había estado allí todo el tiempo.
No supo decir qué. Pero tampoco pudo quitárselo de encima.
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