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Dominaciónene 2026

Una novia dominante es humillada y sometida 2

Ruth no solo le quitó a Pedro, le quitó el orgullo. Ahora Ana debe obedecer cada orden, incluso la más degradante, mientras intenta mantener la frágil estructura de su mundo. Pero cuando la rabia estalla, la sumisión se convierte en arma de doble filo.

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Tras aquella noche en el balcón, la situación en casa para Juan no fue tan dura en cuanto a castigos físicos, pero sí lo fue por lo distante que Ana se estaba mostrando con él. No era enfado, ni desprecio, ni castigo: era ausencia. Y eso, para Juan, era una forma distinta de corrección.

Todo tenía que ver —lo sabía— con lo que estaba sucediendo en la relación de Ana con Pedro y con Ruth.

Juan y Ana no eran un matrimonio convencional; eso saltaba a la vista. Su relación se articulaba en compartimentos estancos que no se mezclaban entre sí y que funcionaban con reglas propias.

En casa, Juan era esclavo de Ana las veinticuatro horas del día. Ella mandaba absolutamente en todo, sin necesidad de recordarlo. Juan hacía todas las labores domésticas; Ana no hacía ninguna. Cuando se quitaba la ropa al llegar, la dejaba donde quería, sabiendo que él la recogería. Mientras Juan cocinaba, Ana se ocupaba de sus cosas; solo se sentaba a la mesa cuando los platos estaban servidos y, al terminar, se levantaba y se iba. Recoger, limpiar y ordenar era tarea de Juan. Siempre lo había sido.

Fuera de casa, en cambio, eran una pareja normal. Ana no humillaba ni castigaba a Juan en público. Si algo le molestaba, esperaba a estar a solas para corregirlo. En la calle eran convencionales, incluso discretos, y nadie habría sospechado nada.

De la relación con Pedro no se hablaba mucho, pero tampoco era un secreto.

Ana no entraba en detalles con Juan ni se justificaba. Simplemente, cuando lo consideraba oportuno, dejaba caer alguna frase, algún comentario breve, suficiente para que él entendiera quién era Pedro y qué lugar ocupaba.

Juan no preguntaba. No lo necesitaba. Saber que Ana deseaba a Pedro, que se entregaba a él cuando él lo quería, lejos de inquietarlo, lo llenaba de orgullo. Para Juan, Pedro no era un rival, sino una figura superior, alguien digno de ocupar ese espacio.

Los detalles, los castigos, las humillaciones y los cambios de posición no los conocía por boca de Ana, sino por Lucía. A ella sí le contaba todo. Así fue como Juan terminó enterándose de lo sucedido tras el día de castigo, cuando Lucía pasó la tarde en casa.

La relación entre Ana y Lucía no se había visto afectada por lo ocurrido. Aunque a Ana le había jodido mucho, en el fondo entendía a su amiga. Lucía no había hecho nada por maldad ni por traición; simplemente había obedecido. Y eso, Ana lo comprendía mejor que nadie. Así que la perdonó y la invitó a pasar la tarde en su casa.

Ambas estaban sentadas en el sofá, tomando una copa de vino. Las dos iban muy guapas: top, minifalda y tacones. Hacía calor y no apetecía llevar mucha ropa puesta.

En un momento de la conversación, Lucía preguntó:

—Ana, ¿qué ha pasado estos días con Pedro y Ruth?

Ana resopló y bebió un sorbo antes de contestar.

—Uy, Lucía… tantas cosas que mejor te lo cuento por orden. Supongo que oíste cómo Ruth me castigó sin salir de casa hasta el día siguiente, ¿no?

—Sí, sí, algo oí —contestó Lucía—. Aunque, para serte sincera, estaba más pendiente de las órdenes de Pedro que de lo que decía ella. Pero algo me llegó.

Ana torció el gesto, pero continuó.

—Bueno, pues me quedé en casa y al día siguiente, por la mañana, me fui a la oficina a trabajar. Estaba en mi despacho cuando me llamaron para avisarme de que tenía una visita. ¿Y sabes quién era? Ruth. La muy zorra se plantó allí, en mi trabajo. No me quedó otra que hacerla pasar. Se sentó tan tranquila y me preguntó por qué estaba trabajando si debía estar castigada en casa. Imagínate la sorpresa… la muy puta viniendo a humillarme al despacho.

—Joder —dijo Lucía, con una sonrisa nerviosa—. La verdad es que Ruth es una mujer de armas tomar.

Ana se giró hacia ella de golpe.

—¿Qué? ¿Acaso te gusta esa cabrona?

Lucía se quedó un segundo callada, algo avergonzada, aunque no arrepentida. Veía a Ruth como alguien atractiva y segura, casi tanto como Ana, pero supo enseguida que debía medir sus palabras.

—No, Ana, no he dicho eso —se apresuró a decir—. Perdona si te molestó el comentario, no se volverá a repetir, te lo juro.

Ana la observó unos segundos, evaluándola, y finalmente asintió.

—Eso espero —dijo—. Como te decía, me soltó que si ella impone un castigo, solo ella puede levantarlo. Que si dijo que hasta mañana no podía salir, era hasta las doce de la noche, a no ser que ella me diera permiso. Y como no me lo había dado, según ella me había saltado el castigo. Por eso decía que estaba disgustada conmigo.

Ana apretó los labios al terminar la frase. No era solo el castigo lo que le molestaba; era la seguridad con la que Ruth hablaba, como si el hecho de estar con Pedro le diera derecho a todo.

Y Ana pasó a relatarle la conversación que aquel día había tenido con Ruth en su despacho. Ruth había ido vestida con un vestido de vuelo que le llegaba a medio muslo y un escote que dejaba ver más de media teta. Al sentarse, dejó que la falda se subiera lo justo para mostrar los muslos, sin llegar a enseñar la ropa interior. Una vez acomodada, dijo sin rodeos:

—Levántate de esa silla y siéntate en esta, a mi lado.

Ana tuvo que abandonar su sillón y ocupar la silla de invitado junto a Ruth. El simple cambio de asiento la colocaba en una posición más vulnerable, marcando con claridad quién llevaba el control.

—¿Por qué no obedeciste mi orden? —preguntó Ruth.

—Lo siento, Ruth. No pensé que te estuviera desobedeciendo —intentó justificarse Ana—. Ya era el día siguiente y creí que el castigo había terminado.

Ruth sonrió con desdén.

—Parece que eres un poco lela, Anita. Te lo explicaré con paciencia, pero solo una vez: si yo pongo un castigo, solo yo lo levanto. El día acaba a las doce de la noche y hasta esa hora no podías salir, salvo que yo te lo permitiera. ¿Lo entiendes ahora, cortita?

—Sí, Ruth —respondió Ana, lo más sumisa que pudo—. Lo he entendido perfectamente y te doy las gracias por ser tan paciente conmigo.

—Dame tus bragas.

—¿Qué? —preguntó Ana, sorprendida.

—Mira, Ana —continuó Ruth—, esto también te lo digo por última vez: mis órdenes no se cuestionan ni se retrasan. Si te digo que me des tus bragas, te levantas, te las quitas y me las das. Sin preguntas, sin dudas, sin demoras. ¿Está claro, imbécil?

Asustada, Ana no contestó. Se limitó a obedecer: se levantó, se quitó el tanga y se lo entregó.

—Como hoy estoy generosa —dijo Ruth, sacando un pequeño látigo del bolso—, te voy a dejar elegir el castigo por desobediente. Primera opción: te apoyas en la mesa, te subes la falda y me dejas darte cinco latigazos aquí mismo. Segunda opción: esta noche, en casa de Pedro, recibes cien latigazos mientras le comes el coño a Lucía.

Ana se quedó blanca, no sabía que hacer. Las dos opciones eran inviables. Recibir 5 latigazos en su despacho era inviable, pues se oirían fuera y no tendría modo de justificar lo que estaba pasando. Cien latigazos eran directamente insufribles; además, tener que comerle el coño a Lucía… eso no. Lucía era su amiga y, en su relación, Ana siempre había estado por encima. Lucía nunca le hablaba de tú a tú; obedecía. Ana le daba órdenes, dentro y fuera de casa. Mientras que en un bar si Ana quería una cerveza se limitaba a decir: “Lucía, levántate y tráeme una cerveza”, Lucía, si quería pedir la cerveza solo se atrevía a decir: “Ana, quieres que te traiga una cerveza”. Ana dominaba por naturaleza, Lucía adoraba estar sometida a ella. En especial, Ana sabía cómo Lucía adoraba esas escasas ocasiones en que Ana le había dicho: “Lucía, ponte de rodillas y cómeme el coño”.

Así que verse en la situación de recibir 100 latigazos mientras tenía que comerle el coño a Lucía era un castigo igual de malo. Tenía que decir, así que dijo:

—5 latigazos aquí, gracias, Ruth.

—Tú decisión no ha sido acertada, Anita. Pero es la que has tomado y se cumplirá. Venga, rápido, apóyate en la mesa, pon el culo bien algo y sube la falda. Hoy me da igual si gritas o no, es cosa tuya. Eso sí, no puedes moverte, el culo siempre expuesto lo que pase. ¿Te ha quedado claro?

—Sí, Ruth, gracias por explicarlo.

Mientras esas palabras salían de su boca en tono sumiso, Ana se dio cuenta de algo que la inquietó más que el propio castigo: aquella sumisión ya no era impostada para evitar un mal mayor. Le estaba saliendo sola. Estaba aceptando la dominación de Ruth, no porque quisiera someterse a ella, sino porque ese era el precio que debía pagar para no perder a Pedro. Y estaba dispuesta a pagarlo.

Se levantó, apoyó el pecho en la mesa, elevó el culo y subió la falda hasta la espalda, dejando bien expuesto su culo al castigo. Si entraba alguien, sería su perdición. No solo no tendría tiempo de recomponerse, sino que ni siquiera podría hacerlo: Ruth había sido clara, no podía moverse pasara lo que pasara. Pero no tenía alternativa. Las otras opciones eran peores. Someterse a Lucía era impensable. Y no aceptar el castigo significaba, probablemente, perder a Pedro.

En esos pensamientos estaba cuando el primer latigazo llegó sin aviso. Duro, fuerte, intenso y, sobre todo, sonoro. El dolor le recorrió todo el cuerpo; estaba segura de que se había oído en toda la nave. Y aún quedaban cuatro.

El segundo y el tercero llegaron casi juntos, sin apenas un segundo entre ellos. Esta vez no pudo evitar un gemido. Necesitaba gritar, pero no podía. Si al ruido del látigo se sumaba su voz, alguien acabaría entrando. Prefería ahogar el grito antes que exponerse a que la vieran semidesnuda, humillada, recibiendo latigazos en su propio despacho. Apretó los dientes, cerró los puños y esperó el cuarto golpe.

Cuando llegó, las piernas le temblaron tanto que terminó cayendo de rodillas.

—A ver, celosa —susurró Ruth, con una voz suave y aterradora a la vez—. ¿Te he dicho que te pongas de rodillas?

—No, Ruth — logró gemir Ana mientras, con un esfuerzo enorme, volvía a colocarse en la postura exigida.

Solo quedaba un latigazo, pero el dolor ya era insoportable. No entendía cómo Ruth había dicho que su decisión no había sido acertada si apenas estaba aguantando cinco. No quería ni imaginar cien.

El quinto golpe llegó con una fuerza brutal, impactando en ambas nalgas. No hay quinto malo, dicen. A Ana le pareció una broma cruel. Estaba segura de que ese latigazo había dejado marca; incluso no le habría extrañado ver alguna gota de sangre. Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas, mezcladas con un alivio inmediato: había terminado.

¿En qué momento había llegado a aceptar esa humillación? No se lo podía creer.

—Muy bien —oyó decir a Ruth—. Ahora sí ha terminado el castigo.

—Gracias por tu paciencia, Ruth.

Las palabras salieron solas. Ana ni siquiera entendía cómo habían podido salir de su boca.

—Eso está bien —respondió Ruth—. Veo que el castigo empieza a hacerte entender las cosas. Puedes sentarte aquí a mi lado… o quedarte de pie si no puedes sentarte —añadió, riéndose mientras la miraba.

Ana se llevó la mano al culo dolorido y supo que sentarse sería un suplicio.

—Gracias, Ruth, pero tienes razón. De momento no puedo sentarme.

—Mejor así —dijo Ruth mientras guardaba el látigo y el tanga de Ana en el bolso, dejándolos bien visibles—. Así continúa tu proceso de aprendizaje. Me voy. No hace falta que me acompañes.

Ruth se levantó, abrió la puerta y salió al pasillo, dejándola abierta. Ana, casi sin poder caminar, tuvo que ir a cerrarla; lo último que quería era que algún compañero pasara y la viera en ese estado. Con esfuerzo llegó hasta la puerta y la cerró.

¿Qué más me puede pasar?, pensó mientras regresaba a su escritorio y continuaba trabajando, aunque tuviera que hacerlo de pie.

Lo cierto es que ese día no pasó nada más. No tuvo noticias de ellos y, al llegar a casa, no quiso hablar con Juan. Él la recibió como siempre, de rodillas, moviendo el culo como los perros cuando ven llegar a sus amos. Ana ni siquiera lo miró. Pasó a su lado sin tocarlo.

—Me voy a la cama. No quiero cenar, no quiero hablar y no quiero que me molesten. Hoy duermes donde te dé la gana menos en mi habitación. Y si me molestas lo más mínimo, duermes en el balcón.

Dicho eso, se encerró en el dormitorio y fue directa a la ducha. Dejó que el agua caliente recorriera su cuerpo. Cuando las primeras gotas tocaron las heridas del culo, estuvo a punto de gritar de dolor, pero se contuvo. Si lo hacía, Juan acudiría corriendo y no tenía ganas de dar explicaciones. Apretó los puños, cerró los dientes y esperó a que el dolor inicial remitiera.

Cuando pasó, apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos. Entonces sí, empezó a disfrutar del agua.

Y fue ahí cuando apareció Ruth.

La vio entrando en su despacho con aquel vestido de vuelo que dejaba ver unas piernas preciosas, con esos tacones imposibles que le daban un aire de poder. Volvió a imaginar el escote, las tetas a punto de salirse. No le gustaba reconocerlo, pero estaba buena. Muy buena. Una muñeca rubia, perfecta, segura de sí misma.

Sin darse cuenta, llevó la mano a su coño. Empezó con caricias suaves, casi mecánicas, que poco a poco se volvieron más rápidas, más insistentes. El dolor del culo se mezcló con el calor que le subía desde dentro. La imagen de Ruth seguía ahí, y aunque la odiaba, su cuerpo reaccionaba. Terminó masturbándose con rabia, con ansia, hasta correrse de forma intensa.

De odiarla había pasado a usarla como musa para correrse.

Eso no significaba que hubiera dejado de odiarla. Eso no iba a cambiar.

Tras la ducha, miró el móvil. No había llamadas ni mensajes de Pedro ni de Ruth. Lo dejó sobre la mesilla, se metió en la cama y decidió dormir. Al día siguiente ya vería.

Para su fortuna, la jornada laboral transcurrió sin sobresaltos. Nadie apareció. Nadie llamó. Nadie le recordó nada.

Y aun así, Ana supo que nada había terminado.

Por eso salía tan tranquila del trabajo al finalizar el día, satisfecha de que nadie se hubiera enterado de lo ocurrido la víspera en su despacho. Pero al llegar a la calle el corazón se le detuvo al ver, aparcado frente a la salida de la nave, el coche de Pedro con los dos dentro.

Se acercó despacio, con una mezcla de timidez y miedo.

—Hola, Pedro. Hola, Ruth —dijo al llegar a la ventanilla del conductor.

—Si quieres subir al coche —respondió Pedro—, dame primero tus bragas.

Joder, pensó Ana. ¿Cómo me voy a quitar las bragas aquí, delante del trabajo? Era un riesgo, sí, pero a esa hora quedaba poca gente. No se detuvo más. Se quitó el tanga y se lo dio.

—Siéntate atrás —ordenó Pedro, poniéndole en las manos otras bragas—. Es el tanga de Ruth. Lo ha llevado puesto todo el día, así que probablemente tendrá algún resto de orina y de flujos del orgasmo que acaba de tener. Supongo que no te importará metértelo en la boca antes de entrar.

La idea le produjo una repugnancia inmediata. Cada orden era una humillación mayor. Pedro no añadió nada, pero el mensaje era claro: si no obedecía, se irían y la dejarían allí, sin bragas bajo la falda. No pensó más. Se metió el tanga en la boca y entró en el coche.

Pedro arrancó. Durante unos minutos nadie habló. Luego aparcó en una zona tranquila y se giró hacia ella.

—Vamos a aclarar la situación —dijo—. Ahora mismo Ruth y yo, por así decirlo, somos novios. Lo que había entre tú y yo se acabó.

La frase le cayó como un golpe seco. Se le vació el cuerpo. Intentó hablar, pero el tanga se lo impedía. Entonces Ruth intervino:

—Ana, cuando Pedro habla, tú callas y escuchas. ¿Está claro?

Ana asintió, incapaz de articular palabra, con el corazón desbocado. Pedro continuó:

—Eso no significa que no volvamos a vernos. Me gustas y no quiero perderte, pero las condiciones cambian. Podrás seguir jugando con nosotros, sabiendo que Ruth está por encima de ti. Si ella te manda algo, lo haces. Si vienes a mi casa y estamos follando, te alegras y participas. Me gusta el sexo contigo y a Ruth le encantan estos juegos, pero tú vas por debajo de ella. Te doy tiempo para pensarlo; elige tú cuánto. Pero si aceptas, aceptas sin condiciones y sin quejas.

Ana guardó silencio. Es una propuesta de mierda, pensó. Pero sabía que quedarse sin Pedro era peor. No necesitaba tiempo. La decisión ya estaba tomada. Además, no era un camino sin salida: si algún día no quería seguir, se iría. Punto.

Señaló su boca pidiendo permiso para quitarse el tanga. Ruth asintió. Ana lo retiró y solo dijo una palabra:

—Acepto.

—Muy bien —respondió Pedro.

Sin decir nada más, arrancó y siguió conduciendo.

Tras unos minutos de silencio, en los que Pedro conducía y Ruth miraba el móvil sin levantar la vista, Pedro habló de nuevo:

—Vamos a recoger al sobrino de Ruth. Acaba de cumplir los dieciocho. Quiero que, sin ser descarada ni directa, lo pongas cachondo. No te voy a decir cómo. Es cosa tuya. Pero si te pasas o no llegas, habrá castigo.

Ana notó el golpe seco de la orden. No contestó. El coche ya se detenía.

El chico subió y las presentaciones fueron rápidas. Ana apenas las oyó. Tenía la cabeza en otra parte, midiendo lo que estaba a punto de hacer. Esto no va conmigo, pensó. Nunca he hecho esto. Nunca he querido hacerlo. Pero también sabía que negarse no era una opción.

Cuando volvió a sentarse detrás, sintió el peso de las miradas, aunque nadie la mirara de frente. Sabía que Pedro y Ruth observaban cada movimiento sin necesidad de hacerlo evidente.

Empezó por lo más simple. Se acomodó de lado, como si buscara una postura más cómoda, y dejó que la falda se subiera unos centímetros. Notó el aire en los muslos. Le ardió la cara. Solo es piel, se dijo. Solo piel. Aun así, sintió la humillación clavársele por dentro.

Habló con voz neutra, pero al hacerlo se inclinó un poco hacia delante. El escote se abrió más de lo habitual. Sabía perfectamente lo que estaba mostrando y no le estaba haciendo gracia. Nunca había sido exhibicionista ni calientapollas, pero ahora tenía que hacerlo y tenía que hacerlo bien. Delante de los ojos inquisidores de Ruth, que la miraba a través del espejo del parasol del coche. Frente a un joven de 18 años que no le interesaba para lo más mínimo por muy bueno que estuviera. Ante la indiferencia de quien era su droga sexual. No le gusta la situación, pero se subió la falda otro poco al cambiar de postura. Esta vez fue deliberado. Cada centímetro que subía es una rendición más.

Notó cómo la atención del chico se desviaba hacia ella y aunque no quería mirarlo, pues en su interior prefería no confirmar nada, giró su cabeza sonriendo para que él supiera que estaba autorizado a mirar. Separó ligeramente las piernas. No fue un gesto amplio ni teatral, pero para ella fue brutal. Sintió una mezcla de vergüenza y rabia consigo misma. Esto no me define, se repitió. Esto no soy yo. Y aun así, lo estaba haciendo.

Decidió no ir más lejos, hasta ahí era capaz de llegar, por lo que quedó en esa postura, con las piernas algo abiertas y la falda solo tapando su sexo desnudo hasta que el coche se detuvo.

Al despedirse, se acercó más de lo necesario. Lo justo para que el contacto fuera incómodo para ella. El escote volvió a quedar expuesto por un segundo. Fue suficiente.

Cuando el chico se marchó, nadie dijo nada hasta que Pedro rompió el silencio con una risa breve.

—En cuanto llegue a casa, se hará una paja.

Ruth rió también. Ana no.

No le dijeron si había cumplido. No le dijeron si había fallado. Ese silencio la dejó peor que cualquier reproche. Se quedó quieta, mirando al frente, con la certeza clara de que aquello no había terminado… y de que acababa de cruzar una línea que nunca había querido cruzar.

—Así que allí estaba yo —continuó Ana contándole a Lucía—, sentada en el asiento de atrás, sin que me dijeran nada. Ni bien ni mal. Nada.

—Pero… ¿el chico estaba bueno? —preguntó Lucía, con curiosidad.

Ana la miró de lado.

—A ver, degenerada, que tiene dieciocho años —respondió, y las dos rieron brevemente—. Pero sí, hay que reconocer que es guapo.

En ese momento sonó el móvil de Ana. Miró la pantalla.

Ruth.

Notó una punzada seca en el estómago. Ya no le molestaba tanto que la rubia la llamara, pero prefería que fuera Pedro. Aun así, respiró hondo y contestó con una voz exageradamente amable.

—Hola, Ruth. Qué bien que me llames, me hace mucha ilusión. Gracias.

—Hola, calientapollas celosa —respondió Ruth, sin el menor rastro de cordialidad—. Te llamo para dos cosas. La primera: hoy no vengas a casa. Pedro y yo nos vamos a cenar al Voltaire.

Ana sintió el impacto de lleno.

No solo no iba a ver a Pedro.

No solo se iba con Ruth.

Era el Voltaire. El restaurante que ella le había enseñado. El sitio al que iban juntos. El lugar que sentía como suyo. Ruth no lo decía al azar; sabía perfectamente dónde estaba hiriendo.

—Y la segunda —continuó Ruth, sin darle tiempo a reaccionar—: a mi sobrino le has gustado. Ya te diré cuándo tienes que ir a follar con él.

—¿Cómo? —se le escapó a Ana antes de poder contenerse.

—¿Cómo que cómo? —la cortó Ruth—. ¿Tienes alguna duda?

—No… no sé… —intentó decir Ana.

—Ni “no sé” ni hostias —la interrumpió Ruth—. Si te digo que hagas algo, lo haces. Tu única respuesta válida es: “sí, gracias”. ¿Lo has entendido o te lo tengo que explicar despacio, celosa de mierda?

Ana apretó el móvil con fuerza.

—Sí, Ruth —dijo al fin—. Gracias.

Colgó.

Ana sabía que lo que acababa de aceptar no le gustaba, que no era el terreno sobre el que le gustar jugar. Una cosa era exhibirse hasta ponerlo cachondo, pero ella no era una puta a la que mandaran a follar con quien Ruth decidiera. Ella solo follaba con Pedro y con Juan, con nadie más. Ir a follar con otro por mandato de Ruth no tenía nada que ver con su deseo.

Pero también sabía que Ruth había elegido el Voltaire por una razón. Y que esa llamada no iba solo de órdenes, sino de marcar territorio.

Durante unos segundos, Lucía la miró en silencio. La sorpresa se le había quedado reflejada en la cara, aunque enseguida intentó neutralizarla para no incomodarla. Pero Ana ni la miró, sino que giró la cabeza hacia la cocina y dijo:

—Juan, esta noche salimos juntos a celebrar tu cumpleaños.

—Es verdad… hoy es el cumpleaños de Juan —dijo Lucía, dudando—. ¿Y te ibas a follar con Pedro y Ruth en vez de celebrar el cumpleaños de tu marido?

Ana la giró su cabeza despacio en dirección a Lucía:

—Te estás jugando un bofetón, Lucía.

En ese momento Juan asomó por el salón, pero al oír el tono de Ana prefirió retroceder y volver a la cocina. Desde allí podía oírlas, pero no verlas. La voz de Ana volvió a imponerse:

—No sé qué te pasa hoy, pero me estás decepcionando mucho. ¿De verdad quieres que te castigue como a Juan?

—No, Ana, perdóname —respondió Lucía de inmediato—. No sé qué me ocurre hoy. Si merezco castigo, eres tú quien decide. Yo no soy nadie para discutirlo.

Ana la observó unos segundos, en silencio.

—¿Te acuerdas de la postura que Ruth me obligó a adoptar sobre la mesa de mi despacho?

Lucía asintió, sin levantar la vista.

—Pues ahí tienes una mesa. Ya puedes ponerte y subirte la falda.

Lucía se quedó helada.

Ana era su amiga, su mejor amiga. Pero también era la persona a la que obedecía sin cuestionar. Aquella orden no era un juego ni una provocación: era colocarse por completo por debajo de ella.

Sin pensarlo demasiado —los nervios no le dejaban margen— se levantó del sofá y caminó hasta la mesa del comedor. Se apoyó sobre ella y levantó la falda, quedando expuesta y totalmente accesible a Ana. Se quedó quieta, esperando, con el cuerpo tenso y la cabeza vacía.

Al principio solo sintió vergüenza. Una vergüenza seca, incómoda, que le subía por la espalda. Sabía que estaba haciendo algo que nunca había hecho así, de esa manera, sin una orden posterior clara, sin saber qué vendría después.

Pero pasaron unos segundos… y entonces notó el calor. Para su sorpresa no tenía miedo ni nervios. Era una respuesta física que no esperaba y que la desconcertó más que la propia orden. Sintió cómo su cuerpo reaccionaba a estar ahí, expuesta, obediente, completamente disponible. Aquello la dejó descolocada.

No debería gustarme, pensó.

Y sin embargo, no podía negar lo evidente: en esa posición, esperando por su castigo, sabiendo que Ana la había colocado ahí y que no tenía nada que decidir, su cuerpo estaba respondiendo. No con euforia, sino con una calma extraña, casi reconfortante. Fue entonces cuando se dio cuenta de algo que la sacudió por dentro: un calor procedente del interior de su sexo recorría todo su cuerpo. Se notaba mojada, pero no se atrevía a tocarse por si ofendía a Ana. Se dejó llevar por la agradable sensación que la humedecía de saber que no solo estaba obedeciendo, estaba a gusto haciéndolo.

Tan concentrada estaba en asimilar esa revelación —la humillación, la obediencia, el deseo mezclados de una forma nueva— que tardó en darse cuenta de que a su alrededor no había ningún ruido.

Ana se había ido y la había dejado allí sola. Por lo que Lucía permaneció inmóvil, expuesta, humillada… y consciente de que estaba dando el paso a la sumisión feliz y excitada. Solo la certeza de que había dado un paso más abajo…y de que, contra todo pronóstico, su cuerpo lo estaba disfrutando.

Ana había salido en silencio del salón. Sabía que estaba disgustada con Lucía, pero también sabía que buena parte de esa rabia no era justa. Venía de Ruth, del Voltaire, de la llamada. Descargarla sobre Lucía sin pensarla sería demasiado fácil.

Por eso la dejó allí. Sola. En la postura. Sabiendo que también eso era un castigo.

Se fue a la cocina, donde sabía que estaría Juan. Lo encontró limpiando, como siempre. No quería mirarlo ni arrastrarlo a su estado de ánimo. Pasó de largo, hacia el pasillo, y dijo sin detenerse:

—Reserva donde quieras, menos en Volaire. A las diez. Para nosotros dos.

Nada más. Se encerró en la habitación y se sentó en la cama. Respiró hondo.

Había aceptado ser la amante sumisa de Pedro y Ruth, y no tenía sentido seguir enfadada por algo que había decidido asumir. Pero tampoco podía permitirse desbordarse. No así.

Lucía era otro asunto. No quería castigarla porque era su amiga, su mejor amiga, su confidente. Siempre lo había sido. Pero también sabía que, si ahora retiraba la mano, si fingía que no había pasado nada, Lucía podía empezar a confundirse. Y el respeto —ese respeto silencioso que siempre había existido entre ellas— no era algo que Ana estuviera dispuesta a perder.

Tomó la decisión con calma. No desde la ira, sino desde el control.

Cuando volvió al salón y la vio todavía allí, en la misma postura, sintió una punzada breve de satisfacción por saber que su dominio sobre Lucía seguía intacto.

—Buena chica obediente —dijo a modo de saludo.

—Gracias —respondió Lucía de inmediato, buscando hacer lo correcto.

Ana se apoyó en el respaldo de una silla y la observó unos segundos antes de hablar.

—Voy a ser sincera contigo —dijo al fin—. Me pasé antes. Los últimos días, el plantón de hoy… todo eso me ha ofuscado. Pero eso no quita que tú te has permitido una falta de respeto que no te voy a admitir.

Lucía no dijo nada. Su silencio no era desafío; era aceptación.

—¿Te acuerdas de aquellas veces —continuó Ana— en que te he dicho que te pusieras de rodillas y me comieras el coño?

Lucía asintió casi imperceptiblemente. Ana lo sabía. Siempre lo había sabido. Sabía cómo reaccionaba Lucía en esas ocasiones, cómo su cuerpo se rendía sin resistencia.

—Esto no es una de esas veces —añadió Ana—. Y precisamente por eso vas a hacerlo.

Se acercó un paso.

—Ahora mismo te desnudas y me comes el coño en el balcón.

Lucía sintió el golpe de la orden. No porque fuera nueva, sino porque no lo era. Porque entendió, de golpe, que aquello que antes había sido excepcional, íntimo, casi un regalo, ahora se convertía en castigo. En algo expuesto. En algo que ya no se le daba, sino que se le exigía.

—Sí, Ana —dijo—. Gracias.

Lucía, rápidamente se quitó el vestido y el tanga y se fue tras Ana hacia el balcón. Lucía obedecía sin dudar, y su cuerpo respondía como siempre, aunque sabía perfectamente que nunca recibiría ese placer de ella. Una vez le había preguntado si a ella le apetecía comerle el coño y la respuesta de Ana no pudo ser más clara. Entre risas le contestó un rotundo: “¿comerme un coño? ¡Ni de coña!!

Pero esa falta de reciprocidad no le generaba un conflicto interno; al contrario, incluso le excitaba saberse usada por Ana, ser solo, en esas ocasiones, un instrumento de satisfacción sexual.

Se arrodilló en el suelo, metió su cabeza bajo la falda de Ana y encontró su coñito rosado y depilado, con los labios vaginales ligeramente salidos, con el botón del clítoris asomando por la excitación. Hacia él dirigió su lengua para lamerlo en círculos como si de suaves caricias se tratara. Tras casi un minuto empezó a oír los gemidos de Ana, por lo que empezó a llevar su lengua a la vagina, separando los labios para iniciar una leve penetración de la punta de la lengua y conseguir sacar más gemidos de su diosa. Notaba como los jugos vaginales impregnaban su cara y su dulce sabor fue un aliciente para atrapar el clítoris con sus labios y absorberlo hacia el interior de su boca, donde fue atacado a discreción por la lengua. En ese momento notó como Ana apoyaba su pie en el murito del balcón para que Lucía pudiera tener más acceso al interior de sus piernas, a la vez que su cabeza fue empujada por las manos de Ana haciendo que boca y nariz estuvieran atrapadas en su vagina. La falta de aire no fue obstáculo para Lucía, sino que la incitó más a chupar con más ansia y con más rapidez, a lamer hasta donde alcanzaba su lengua, a besar y a atrapar con sus labios los labios vaginales de Ana, hasta que su diosa estalló en un orgasmo. Sin mediar palabra, Ana quitó las manos de la cabeza de Lucía, separó un poco su coño de la cara, se levantó la cara y empezó a orinar sobre Lucía, quien apenas tuvo tiempo para cerrar los ojos; no así la boca, por lo que parte del líquido llegó a su garganta. No había recibido ninguna orden, así que optó por quedarse quieta y dejar que la orina recorriera en su caída hacia el suelo, su cara, sus pechos y su coño. Qué ganas de correrse tenía, así que llevó sus dedos a su coño para tocarse, acto que fue atajado por la voz de Ana:

— Joder, tía, mira cómo me has dejado el balcón por no haberte bebido mi orina. Chica, es que hay que decírtelo todo.

— Perdona, Ana. Como no me dijiste nada supuse que no querías que hiciera nada.

— Supuse, supuse —repitió Ana con tono burlón—. Si alguna vez quieres suponer, supón siempre lo que más me va a gustar. ¿Crees que me gusta ver cómo has dejado todo el balcón meado?

Lucía, que seguía de rodillas, miró hacia el suelo para constatar algunos charcos de orina en el suelo. Pero la orina era de Ana, no de ella. Sin embargo, lo único que dijo fue:

— Ahora mismo lo limpio, en cuanto Juan me traiga una balleta, porque en el estado que estoy, no puedo entrar en tu casa.

—Sí, ahora le digo a Juan que traiga algo para limpiar y que traiga tu ropa y zapatos para que no me manches el suelo al salir.

— Pero —balbuceó Lucía— ¿no puedo ducharme ante de salir?

— No. Quiero que tal y como estás, te vistas y te vayas para tu casa. Así olerás a mi toda la noche. ¿No te parece una gran idea?

— Sí, Ana —contestó resignada—. Sin duda es la mejor idea.

Al momento llegó Juan con un cubo con agua y varias bayetas. Al ver la cara de decepción de Lucía por la humillante última orden, acarició su cara y le dijo:

— Ahora mismo estás sintiendo lo mismo que siente ella por lo que le está haciendo Ruth. Así que puedes imaginar lo mal que está.

— Cuidado al tocarme — le advirtió Lucía —, que estoy meada entera.

—Jajaja — se rió Juan— Yo en vez de cantar “litros de alcohol” puedo cantar “litros de orina de Ana corren por mis venas”. Para mí lo extraño es limpiar su orina del suelo con una bayeta y no con mi lengua. Así que no me pasa nada por acariciar tu cara ahora –dijo Juan tranquilizador mientras le pasaba una bayeta para empezar a limpiar.

— Tienes razón, no debo ser egoísta. Debo centrarme en hacerle las cosas fáciles, no ser una carga más para ella. Gracias, Juan, por abrirme los ojos. Venga, vamos a limpiar que tienes que ir a celebrar tu cumpleaños.

Y juntos limpiaron los restos de la orina de Ana que, en una mala decisión, Lucía había dejado caer al suelo.