La cuarta ¿infidelidad?
Pablo sabe exactamente lo que Carla hizo esa noche. No grita, no llora; sonríe y la lleva a cenar. Pero cuando la puerta de casa se cierra, la máscara cae y el juego cambia para siempre.
Pablo estaba sentado en el sofá del salón, la televisión encendida en un partido que ya no veía, cuando el móvil vibró sobre la mesita. Eran las once y cuarto de la noche. Carla aún no había llegado de su “tarde de compras y cervezas con Laura”. Abrió WhatsApp sin pensar demasiado. El mensaje era de Laura. Solo tres palabras y una foto:
“Creo que deberías ver esto…”
Amplió la imagen y el aire se le quedó atrapado en la garganta. Allí estaba Carla, su mujer, arrodillada en lo que parecía el almacén de un bar. Cara y tetas salpicadas de semen espeso y brillante, mechones de pelo pegados a la frente por el sudor, labios hinchados y una sonrisa traviesa, casi orgullosa, mientras miraba directamente a la cámara con los ojos todavía vidriosos de placer. El semen goteaba lentamente por su barbilla, por el valle entre sus pechos, y había gotas secándose en su escote.
Pablo sintió un nudo en el estómago, pero no era solo rabia. Su polla se endureció de golpe contra los vaqueros, latiendo con fuerza mientras el cerebro procesaba cada detalle: la expresión de Carla no era de culpa, era de satisfacción absoluta. La misma cara que ponía cuando se corría muy fuerte.
Se levantó, fue al baño y se encerró. Se bajó los pantalones y se masturbó con furia, recreando la imagen en su cabeza: su mujer, la madre de su hija imaginaria, la esposa perfecta, convertida en una zorra cubierta de leche ajena. Se corrió en menos de un minuto, chorros potentes que salpicaron el lavabo. Limpió todo con calma, respiró hondo y borró el mensaje. No iba a confrontarla esa noche. No todavía. Quería saborear el control que ahora tenía.
Cuando Carla llegó, casi a las doce menos cuarto, traía el pelo revuelto, los shorts vaqueros ligeramente arrugados y un leve olor a sexo que el perfume barato no terminaba de tapar. Entró de puntillas, pensando que Pablo estaría dormido. Pero él estaba en la cocina, de espaldas, sirviéndose un vaso de agua. Se giró despacio y la miró con una sonrisa tranquila, casi dulce.
—Hola, amor. ¿Qué tal la tarde?
Carla se acercó, nerviosa pero intentando disimular.
—Bien… compras, charlas, unas cervezas. Laura está loca como siempre.
Pablo asintió, se acercó y la abrazó por la cintura. No dijo nada más. Solo la besó en la frente, un beso largo y lento, y luego en la sien. Su mano bajó por su espalda hasta rozar el borde de sus shorts, pero no fue más allá. Carla sintió un escalofrío, esperando que él notara algo raro en su piel, en su olor, pero Pablo solo murmuró:
—Estás agotada. Vete a la ducha y a dormir. Mañana hablamos.
Ella subió las escaleras confundida. No hubo sexo. Ni siquiera un roce más insistente. Solo esa calma extraña que la dejó inquieta toda la noche.
A la mañana siguiente, domingo, Pablo se levantó temprano. Preparó café, tostadas con tomate y aceite, y zumo de naranja recién exprimido. Cuando Carla bajó en pijama corto, con el pelo hecho un desastre y todavía somnolienta, él la recibió con una sonrisa cálida.
—Buenos días, preciosa. ¿Te apetece salir esta noche? Solo nosotros. Cena en ese italiano del centro que te gusta, unas copas después… como antes.
Carla parpadeó, sorprendida por el gesto.
—¿En serio? Me encantaría.
—Perfecto. Reserva a las nueve. Ponte guapa.
El día pasó lento, cargado de una tensión que ninguno nombraba. Carla se arregló con mimo: vestido negro de punto elástico que se pegaba a cada curva, escote profundo que dejaba ver el inicio de sus pechos grandes y naturales, medias finas negras, tacones de aguja de siete centímetros y labios rojos oscuros. Se miró al espejo y se sintió poderosa… y un poco asustada.
Pablo la esperaba abajo con camisa azul oscuro ajustada, pantalón chino negro y esa colonia que siempre le había gustado. La miró de arriba abajo con una intensidad que la hizo humedecerse sin tocarla.
—Estás espectacular —dijo simplemente, y le tendió la mano.
El restaurante estaba casi vacío entre semana. Mesa en la esquina, velas, música suave de fondo. Pidieron una botella de Rioja, risotto de setas para compartir, solomillo al punto y tiramisú de postre. Hablaron de tonterías: el trabajo de él, los planes de vacaciones, una anécdota graciosa de Marcos. Pero bajo la mesa, Pablo empezó a jugar.
Quitó un zapato con disimulo y deslizó el pie descalzo por la pantorrilla de Carla, subiendo despacio por la media hasta el interior del muslo. Ella dio un pequeño respingo, pero no se apartó. Los dedos de él siguieron ascendiendo, presionando suavemente la cara interna del muslo, rozando el encaje de las bragas. Carla abrió un poco más las piernas, el corazón acelerado. Pablo mantuvo la conversación normal, preguntándole por el postre, mientras su pie grande y firme presionaba ahora contra su coño, los dedos curvándose para frotar el clítoris a través de la tela húmeda en círculos lentos y precisos.
Carla mordió el labio, intentando no gemir. El pie de Pablo se movía con paciencia, alternando presión y roces suaves, sintiendo cómo las bragas se empapaban más y más. Cuando el camarero vino a retirar los platos, Pablo no retiró el pie; simplemente lo mantuvo quieto, presionando firme contra su sexo hinchado mientras ella respondía con voz temblorosa.
—Está todo… delicioso —dijo, y Pablo sonrió de lado, sabiendo exactamente a qué se refería.
Pagaron la cuenta y salieron al fresco de la noche. Caminaron abrazados hasta un bar de copas en una callejuela estrecha, luces tenues, sofás de terciopelo rojo y música soul que vibraba baja. Se sentaron en un rincón oscuro. Pidieron dos gin-tonics. El segundo apenas lo probaron.
Pablo se acercó más, su mano en la nuca de Carla, acariciándole el pelo.
—Ven conmigo —susurró, y la llevó al baño unisex del fondo. Cerró la puerta con pestillo. La luz era tenue, un espejo grande ocupaba una pared entera.
Sin decir una palabra, la empujó suavemente contra la pared y la besó. Fue un beso lento al principio, exploratorio, lengua rozando la suya con calma. Luego se volvió más duro: mordió su labio inferior hasta hacerla gemir, succionó su lengua, le agarró las tetas con ambas manos y las apretó sobre el vestido, pellizcando los pezones hasta que se marcaron como piedras.
—Arrodíllate —ordenó con voz grave.
Carla obedeció, las rodillas sobre las baldosas frías. Pablo se desabrochó el pantalón con calma, liberando su polla ya dura: gruesa, venosa, el glande brillante de precúm. Ella la tomó con ambas manos, acariciándola despacio, sintiendo cada vena palpitar bajo sus dedos. Se la metió en la boca poco a poco, succionando el glande con fuerza, la lengua rodeándolo en espirales húmedas. Bajó más, lamiendo las venas hinchadas del tronco, llegando hasta las bolas pesadas y arrugadas, chupándolas una a una con sorbos lentos y ruidosos mientras pajeaba la base con la mano derecha.
Pablo enredó los dedos en su pelo y empezó a mover sus caderas, follándole la boca con ritmo pausado pero profundo.
—Más hondo, Carla. Trágala toda como la buena zorra que eres.
Ella relajó la garganta, tomó la polla hasta la base, el glande golpeando su campanilla. Lágrimas le rodaron por las mejillas, saliva goteó por su barbilla y cayó sobre sus tetas. Pablo aceleró, embistiendo con más fuerza, bolas chocando contra su mentón, gruñendo bajito:
—Joder… qué boca tan puta tienes. Chupa más fuerte.
Carla se tocó el clítoris por encima de las bragas, frotando rápido mientras él le follaba la boca. Se corrió temblando, un chorrito caliente mojando sus dedos y las baldosas. Pablo no tardó más: salió de su boca, se masturbó dos veces y se corrió en su cara: chorros espesos y calientes que le cubrieron las mejillas, los labios, la nariz, cayendo en gotas gruesas sobre sus tetas. Carla abrió la boca, atrapando lo que pudo, tragando con la lengua fuera, mirándolo con ojos brillantes mientras lamía los restos de su glande.
Se recompusieron en silencio. Pablo le limpió la cara con papel del dispensador, la besó en la frente y salieron del baño como si nada hubiera pasado.
El trayecto en taxi a casa fue en silencio. Carla, todavía con el sabor de él en la boca y el coño palpitando, no sabía qué esperar. Al llegar al portal, Pablo abrió la puerta del piso con calma. Cerró con llave detrás de ellos. El clic resonó en el pasillo oscuro.
Carla dio dos pasos hacia el salón, quitándose los tacones con movimientos torpes, intentando recuperar algo de normalidad.
—Voy a… voy a darme una ducha rápida —murmuró, sin mirarlo, la voz temblorosa por primera vez en toda la noche.
—No —dijo Pablo simplemente.
Ella se detuvo en seco. Se giró despacio.
Pablo estaba de pie justo en la entrada, bloqueando el paso hacia el pasillo. En la mano derecha sostenía una fusta negra de cuero, fina, flexible, de unos setenta centímetros de largo. El mango era grueso, envuelto en cuero trenzado; la lengüeta en la punta era ancha, oscura, con los bordes ligeramente desgastados como si ya hubiera sido probada en algún sitio antes de llegar a esa casa. La había comprado esa misma tarde, después de borrar la foto del móvil de Laura y antes de preparar el café del desayuno.
La hizo chasquear una sola vez en el aire.
El sonido cortó el silencio como un latigazo seco. Carla dio un respingo involuntario, el corazón subiéndole hasta la garganta. El eco reverberó en las paredes del pasillo estrecho.
—¿Qué… qué es eso? —preguntó con voz muy pequeña, retrocediendo un paso hasta que su espalda chocó contra la pared.
Pablo no respondió de inmediato. Dio un paso hacia ella, lento, sin prisa. La fusta colgaba relajada a lo largo de su pierna, balanceándose ligeramente con cada movimiento.
—Sabes perfectamente qué es —dijo por fin, la voz baja, casi amable—. Y sabes por qué está aquí.
Carla sintió que el aire se volvía espeso. El calor del alcohol, del sexo en el baño, del juego bajo la mesa… todo se evaporó de golpe. Solo quedó frío. Un frío que le nacía en el estómago y le subía por la columna vertebral.
—Pablo… yo… —empezó, pero las palabras se le atragantaron.
Él levantó la mano libre y le puso un dedo en los labios, suavemente, casi con ternura.
—Chist. No ahora.
Bajó el dedo despacio por su barbilla, por el cuello, hasta detenerse justo sobre el escote del vestido, donde aún quedaban rastros invisibles del semen de él.
—Te he visto. Te he olido. He notado cómo llegabas a casa con las bragas pegajosas y la piel brillante. He visto cómo te brillaban los ojos después de “ir al gimnasio”. Y esta noche… —hizo una pausa, mirándola fijamente a los ojos—… esta noche he visto exactamente en qué te has convertido.
Carla sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó más fuerte contra la pared, las palmas abiertas buscando algo a lo que aferrarse.
—No… no es lo que piensas… —susurró, pero incluso ella sabía que sonaba patético.
Pablo inclinó la cabeza ligeramente, como si la estudiara.
—¿No? —preguntó con calma—. Entonces explícame por qué Laura me mandó una foto tuya arrodillada, con la cara y las tetas llenas de leche de otro hombre, sonriendo como si fuera el mejor día de tu vida.
El mundo se le vino abajo.
Carla abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Solo un jadeo corto, asustado. Las lágrimas le quemaron los ojos de repente, pero no se atrevía a parpadear, no se atrevía a moverse.
Pablo dio otro paso más. Ahora estaba a menos de medio metro. Ella podía oler su colonia mezclada con el leve sudor de la noche, y debajo de eso, algo más oscuro, algo que nunca había percibido en él.
—Raúl. Luis. Felipe. Y quién sabe cuántos más —enumeró despacio, sin alzar la voz—. Laura me lo contó todo. No porque quisiera salvarme… sino porque le excitaba la idea de que yo lo supiera.
Carla empezó a temblar. No era solo miedo; era pánico puro, visceral. El estómago se le contrajo en un nudo doloroso. Pensó en correr hacia la puerta, pero él estaba justo delante. Pensó en gritar, pero ¿a quién? Los vecinos no oirían nada a esas horas. Pensó en suplicar, pero la mirada de Pablo era tan tranquila, tan controlada, que le helaba la sangre.
La fusta volvió a chasquear, esta vez más cerca, el aire vibrando a centímetros de su muslo.
—Tenemos que hablar, Carla —dijo él, y por primera vez esa noche su voz tembló ligeramente, no de ira, sino de algo mucho más peligroso: una excitación contenida, fría, calculada—. Y esta vez… vas a escucharme tú.
Levantó la fusta despacio, la punta rozando apenas la piel desnuda justo por encima de la rodilla, subiendo milímetro a milímetro por el interior del muslo, levantando el borde del vestido.
Carla cerró los ojos con fuerza. Una lágrima le resbaló por la mejilla. El cuerpo entero le temblaba. No había excitación, no había morbo residual, no había juego. Solo miedo. Un miedo profundo, animal, que le apretaba el pecho y le impedía respirar.
Y en ese silencio absoluto, roto solo por el latido desbocado de su propio corazón, Pablo susurró una última vez:
—Quítate el vestido. Despacio...
[Creo que la continuación de la historia no será en la misma categoría... Os leo en comentarios;)]
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