La Primera Infidelidad
Carla llevaba años sintiéndose invisible para su marido, hasta que la mirada de Raúl encendió una chispa que no pudo apagar. Lo que empezó como una fantasía en la oscuridad de la cama se transformó en una rutina de placer prohibido, donde cada encuentro con el mejor amigo de su esposo la alejaba más de la vida que había elegido.
Carla tenía treinta y cuatro años, llevaba ocho casada con Pablo y vivía con él en un piso céntrico de Sevilla, de esos con balcones que dan a calles estrechas y llenas de vida. Pablo era un hombre bueno, trabajador en una empresa de logística, de los que llegan a casa agotados, cenan algo rápido, ven un partido y se duermen en el sofá. El sexo entre ellos se había convertido en rutina: una vez por semana, luces apagadas, misionero breve y a dormir. Carla no era una modelo, pero se conservaba bien: metro sesenta y ocho, curvas suaves, pechos grandes y naturales que todavía desafiaban la gravedad, y un culo firme que mantenía gracias a las clases de pilates y las caminatas por el parque de María Luisa. Pablo seguía diciéndole que era guapa, pero ya no la miraba con hambre. Y ella, sin saberlo del todo, necesitaba volver a sentirse deseada.
Raúl era el mejor amigo de Pablo desde el instituto. Treinta y cinco años, uno ochenta y cinco, cuerpo esculpido en el gimnasio cinco días a la semana, tatuajes discretos en los brazos, barba bien recortada y una sonrisa fácil que desarmaba a cualquiera. Siempre había estado presente en sus vidas: barbacoas de verano, cumpleaños, partidos de fútbol en el bar de la esquina. Al principio Carla apenas le prestaba atención más allá de la cortesía. Pero con el tiempo decidió notar cómo la observaba: cuando se agachaba a recoger algo del suelo, cuando salía de la ducha envuelta en una toalla corta, cuando se ponía un vestido ajustado para alguna cena. Eran miradas fugaces, pero intensas. Una noche, durante una cena en casa, mientras Pablo estaba en la cocina abriendo otra botella de vino, Raúl se acercó por detrás y le susurró al oído:
—Joder, Carla… estás cada día más buena. Pablo tiene mucha suerte.
El aliento cálido en su cuello le erizó la piel. Se giró, sus ojos se encontraron y, por un instante, el salón se quedó en silencio. Carla sintió un calor líquido entre las piernas que no recordaba desde hacía años. Aquella noche, sola en la cama mientras Pablo roncaba, se tocó pensando en él: dedos frotando su clítoris hinchado, imaginando su boca allí abajo, sus manos fuertes sujetándola.
Aquella frase se le quedó clavada. Empezó a fantasear con él en la ducha, en la cama cuando Pablo dormía, imaginando sus manos fuertes, su boca en su cuello, su cuerpo encima del suyo. La culpa llegaba después, pero el deseo era más fuerte y persistente. Un día decidió dar el paso. Decidió escribirle por WhatsApp (tenían el número porque a veces coordinaban sorpresas para Pablo):
“Oye Raúl, ¿tú entrenas en el gimnasio de Nervión? Estoy pensando en apuntarme, pero me da corte ir sola”.
Mentira piadosa. Ya hacía pilates dos veces por semana, pero necesitaba una excusa para verlo a solas.
Raúl contestó casi al instante:
“Claro, yo voy allí. Si quieres te acompaño y te enseño las máquinas. Mañana a las 19h, ¿te va bien?”
Carla le dijo a Pablo que iba a empezar gimnasio para ponerse en forma, que era por salud y para desconectar después del trabajo. Él se alegró de verdad:
—Genial, amor. Así te relajas un poco. Me alegro mucho.
No sospechaba nada. Carla se miró al espejo esa noche, ajustándose el sujetador push-up y pensando en cómo Raúl la miraría.
La primera vez que quedaron “para entrenar” fue un jueves por la tarde. Carla llegó con leggings negros que se pegaban a sus piernas y a su culo, y un top deportivo que marcaba el contorno de sus pechos. Raúl ya estaba allí, con pantalones cortos que dejaban ver sus muslos definidos y una camiseta sin mangas que mostraba los brazos tatuados y los hombros anchos. La miró de arriba abajo y sonrió con esa media sonrisa suya:
—Joder, Carla… vas a hacer que me desconcentre toda la sesión.
Entrenaron una hora: sentadillas donde él colocaba sus manos en sus caderas, corrigiendo la postura con toques que duraban demasiado; press de pecho donde su cuerpo rozaba el de ella al ajustar las pesas; remo donde su aliento le calentaba la nuca. Cada roce era intencionado, cada toque duraba un segundo más de lo necesario. Carla sentía su coño humedeciéndose bajo los leggings, los pezones endureciéndose contra la tela. Al terminar, ambos sudados y con la respiración acelerada, él le dijo:
—Vamos a las duchas individuales, hay menos gente a esta hora.
Carla sintió el pulso en las sienes. Caminaron por el pasillo en silencio. En cuanto llegaron al corredor desierto, Raúl la empujó suavemente contra la pared y la besó. Fue un beso profundo, hambriento, lengua que buscaba la suya, dientes mordisqueando su labio inferior, manos que bajaron directo a su culo y lo apretaron con fuerza. Carla gimió contra su boca, las piernas temblándole, su coño palpitando de deseo.
—Llevo meses queriendo hacer esto —murmuró él, mordisqueándole el labio inferior.
—Yo también —confesó ella, casi sin aliento, sintiendo su polla dura presionando contra su vientre.
Entraron en una de las duchas individuales. Cerraron la puerta con pestillo. Abrieron el agua caliente para que el vapor llenara el espacio y amortiguara cualquier sonido. Se quitaron la ropa a tirones: Carla levantó los brazos para que él le sacara el top, revelando sus tetas grandes con pezones oscuros ya erectos; Raúl se bajó los pantalones, liberando su polla gruesa y venosa, más larga y ancha que la de Pablo, el glande morado brillante de precúm. Carla se arrodilló sin dudarlo, el suelo húmedo bajo sus rodillas, tomó su polla con ambas manos y se la metió en la boca. El sabor salado del sudor mezclado con su excitación la volvió loca. Succiono el glande con fuerza, la lengua rodeándolo en círculos, luego lamió las venas hinchadas a lo largo del tronco, bajando hasta las bolas pesadas y arrugadas, chupándolas una a una mientras masturbaba la base con la mano derecha. Raúl gemía grave, la mano enredada en su pelo mojado, empujando su cabeza para que tomara más profundo.
—Joder, Carla… qué boca tienes, hostia. Trágala toda, puta.
Carla tosió al principio, pero relajó la garganta y la tomó hasta la base, sintiendo el glande golpeando su campanilla, saliva goteando por su barbilla. Lo chupó así durante minutos, alternando succiones rápidas y lamidas lentas, masajeando sus bolas con la otra mano.
Raúl la levantó de golpe, la giró, la puso a cuatro patas contra los azulejos fríos y resbaladizos. Le bajó los leggings y las bragas de un tirón, exponiendo su coño depilado y empapado, los labios hinchados y rosados. Metió dos dedos dentro sin aviso, curvándolos hacia arriba para frotar su punto G, mientras con el pulgar masajeaba su clítoris. Carla jadeó, empujando hacia atrás.
—Estás chorreando, Carla. Qué mojada estás para mí.
Entró despacio al principio, el glande abriéndola, centímetro a centímetro, hasta que sus caderas chocaron contra su culo. La llenaba por completo, estirándola más que Pablo nunca. Luego embistió con fuerza: cada golpe hacía que sus bolas chocaran contra su clítoris, enviando ondas de placer. Carla se corrió rápido, el cuerpo convulsionando, un chorro caliente y claro salpicando el suelo de la ducha, sus paredes vaginales contrayéndose alrededor de su polla.
Raúl no paró: le agarró las tetas desde atrás, pellizcó los pezones duros entre los dedos, tirando de ellos mientras follaba más rápido, el agua caliente cayendo sobre sus cuerpos sudorosos. Cambiaron: la levantó y la folló contra la pared, sus piernas alrededor de su cintura, polla entrando profunda en ángulo. Carla gemía alto, arañando su espalda.
—Fóllame más fuerte, Raúl… hazme tu puta.
Él obedeció, embistidas brutales que la hacían rebotar, hasta que se corrió dentro de ella: chorros calientes y espesos que llenaron su coño, goteando por sus muslos cuando salió, mezclándose con el agua.
Salieron de allí como si nada hubiera pasado. Carla se duchó rápido en casa, agua caliente lavando el semen de su interior, se cambió y, cuando llegó Pablo, le dio un beso en la mejilla. Se sentía culpable, pero también viva, excitada como no recordaba. Esa noche, mientras Pablo dormía, se tocó recordando cada detalle: dedos frotando su clítoris hinchado, imaginando su polla dentro de nuevo.
Las citas se convirtieron en rutina. Tres veces por semana “al gimnasio”. A veces en el coche de Raúl en el parking subterráneo del centro comercial: una mamada rápida mientras él conducía hacia un rincón oscuro, su polla dura en su boca, succionando profundo mientras él gemía y sujetaba el volante; luego la follaba en el asiento trasero con las ventanillas empañadas, ella cabalgándolo, tetas balanceándose, frotando su clítoris contra su pelvis hasta correrse. Otras veces en su casa, cuando su novia trabajaba turno de noche. Allí Raúl le enseñó cosas nuevas: la primera vez anal con mucho lubricante, untando su ano rosado, metiendo un dedo, luego dos, dilatándola despacio mientras le lamía el coño; luego su polla entrando centímetro a centímetro, la estrechez extrema haciendo que ambos gimieran, él embistiendo lento al principio, luego fuerte, bolas golpeando su coño húmedo, hasta correrse dentro con un gruñido animal. Rimming profundo: la ponía a cuatro patas, separaba sus nalgas y lamía su ano con lengua plana, círculos lentos, metiendo la punta dentro mientras frotaba su clítoris con dedos; Carla se corría gritando, chorros mojando las sábanas. Squirting: dedos curvados dentro de su coño, frotando rápido el punto G mientras le lamía el clítoris con succiones fuertes, hasta que ella explotaba en chorros abundantes, empapando todo.
Una tarde inolvidable: Carla le dijo a Pablo que tenía clase extra de spinning hasta las diez de la noche. En realidad, Raúl y ella fueron directos a su piso. Nada más cerrar la puerta, él la desnudó en la entrada: le quitó el top de un tirón, chupando sus pezones erectos con fuerza, mordisqueándolos hasta que dolían de placer; luego los pantalones, arrodillándose para lamer su coño a través de las bragas antes de quitárselas. La llevó al sofá, le separó las piernas y le comió el coño durante veinte minutos: lengua profunda explorando sus pliegues húmedos, succiones fuertes en el clítoris hinchado, dedos en el punto G frotando rítmico. Carla se corrió tres veces, gritando su nombre, el cuerpo convulsionando, chorros salpicando su barba y el sofá.
Luego la folló en misionero, mirándola a los ojos, polla entrando profunda y lenta: “Dime que eres mejor puta conmigo que con Pablo”. “Sí… soy tu puta”, respondió ella, las piernas alrededor de su cintura, clavando uñas en su espalda. Cambió de posición: la puso encima, cabalgándolo, su polla llenándola por completo, ella rebotando con fuerza, tetas balanceándose, frotando su clítoris contra su pelvis hasta otro orgasmo que la dejó temblando. Finalmente la colocó a cuatro patas y la penetró analmente despacio: glande presionando su ano, entrando con un pop suave, centímetro a centímetro hasta la base; luego embistidas brutales, mano en su pelo tirando, la otra frotando su clítoris rápido. Carla gemía sin control, sintiendo cada vena de su polla estirándola. Cuando estuvo al límite, salió y se corrió en su cara: chorros calientes y espesos que le cubrieron las mejillas, los labios, la nariz, la lengua fuera. Carla lo lamió todo, saboreando el semen salado mientras lo miraba con ojos brillantes, tragando lo que podía.
Después, tumbados en la cama, Raúl la abrazó por detrás, su polla aún semidura contra su culo.
—Esto no puede parar, Carla. Te necesito así cada día.
Ella no contestó. Solo cerró los ojos y pensó que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía realmente deseada, viva, follada como merecía.
Ahora sigue yendo “al gimnasio” tres veces por semana. Pablo está contento porque dice que la ve más feliz, más en forma, con más energía. Raúl y Carla han follado en todos los sitios imaginables: el coche, el baño del gimnasio, incluso una vez en la cocina de su propia casa mientras Pablo veía fútbol en el salón (ella salió “a por hielo” y volvió en cinco minutos con el semen aún goteando por su pierna, coño palpitando).
Carla no sabe cuánto durará. A veces piensa en contárselo a Pablo, otras en dejarlo. Pero cada vez que recibe un mensaje de Raúl, se moja solo de leerlo. Su primera infidelidad… y no tiene ni idea de si será la última.
Si este relato te ha puesto a mil, valora con 5 estrellas y deja un comentario: ¿quieres saber si Pablo se entera? ¿Si Raúl la deja embarazada? ¿O si acaban en un trío? Los comentarios más votados decidirán si escribo la continuación.
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