Barrio de Belgrano, caserón de tejas
La cláusula del testamento exigía convivencia, pero nadie había previsto la intensidad de la química entre él y ella. En el caserón de Belgrano, la protección se convirtió en lujuria, y el dinero en un pretexto para explorar cada rincón del cuerpo ajeno.
Este había sido un año de mierda para mí, Tomás Cabrera. En julio, la mina que creí el amor de mi vida me dejó plantado como un poste de luz, con una excusa que ni ella se creía: "Necesito espacio para crecer". Espacio, claro, para otro tipo que apareció de la nada. Me dolió como un puñal en el pecho, pero seguí adelante, masticando la bronca en silencio. En septiembre, me robaron el Fiat 147, ese cacharro que era más un milagro rodante que un auto. El neumático más nuevo debía tener quince años, pero era mío, y lo usaba para todo. La denuncia obviamente fue solo para las estadísticas y el seguro era el más barato, Esas póliza llenas de letras chica.. Bueno.. que para sacarles un peso tenías que presentar pruebas que el auto fue abducido por extraterrestres… Y en noviembre, el golpe final: me comunicaron que el proyecto sobre optimización en energías renovables, en el que había invertido meses de laburo, se cancelaba por "falta de fondos". Así, de un día para el otro, me quedé sin laburo fijo. Por esas cosas raras de la caótica evolución del mundo conseguir laburo para un ingeniero ambiental orientado a la investigación es más difícil y menos viable económicamente que manejar un taxi.
No soy de los que se ponen a llorar como un mártir, no. Con la resignación silenciosa del tipo que va a la guerra sabiendo que puede perder, empecé mi replanteo estratégico. Tenía ahorros para unos meses, lo justo para pagar el alquiler del monoambiente en Ayacucho y Sarmiento, un cuchitril con vista a la pared del edificio de al lado. Mi dieta se volvió estricta: fideos con salsa de tomate, pollo hervido y muy poca carne roja, porque el asado era un lujo que no me podía dar. Me la bancaba con mates amargos y caminatas por el centro para no pensar mucho. Estaba reorganizando mi vida, buscando changas freelance en ingeniería, cuando todo se dio vuelta.
Fue a mediados de noviembre, un martes gris de esos que te pesan en los hombros. Sonó el teléfono fijo, ese que casi nadie usa ya, y atendí con voz de rutina. "¿Hablo con el señor Tomás Cabrera?", dijo una voz formal, con acento neutro pero educado. "Soy yo", respondí, intrigado. "¿Quién habla?" "Mi nombre es Álvaro Peña Quirós. Abogado e investigador privado. Es muy posible que usted sea nieto de Máximo Cabrera, quien falleció hace tres meses. En el caso de poder confirmarse su consanguinidad, usted sería heredero de una importante herencia. ¿Podríamos hablar sobre eso en mi oficina?"
Me quedé mudo un segundo, procesando. Máximo Cabrera... mi abuelo paterno, el viejo que nunca conocí bien. Mis padres me habían contado poco: un empresario que hizo plata en los '70 con importaciones, pero que se alejó de la familia por quilombos viejos. No lo vi desde chico, y su muerte me llegó por un aviso en el diario que ni leí completo. ¿Herencia? Sonaba a película barata. Acepté, claro, qué iba a perder. Quedamos en vernos dos días después en su estudio jurídico, en el microcentro, un edificio vidriado con aire a plata fresca.
Llegué puntual, con mi mejor camisa planchada y jeans limpios, tratando de no parecer un desocupado. Peña Quirós era un tipo de unos cincuenta, traje impecable, anteojos finos y una sonrisa profesional que no llegaba a los ojos. Me hizo pasar a su oficina, con vista al Obelisco, y me ofreció un café que acepté para calmar los nervios. "Señor Cabrera", empezó, abriendo una carpeta gruesa, "su abuelo dejó un testamento detallado. Tras confirmar con pruebas de ADN –que podemos hacer rápido–, usted sería el heredero principal. Estamos hablando de una suma millonaria: propiedades, acciones en empresas de energía, y una cuenta en dólares que ronda los dieciocho millones."
Me atraganté con el café. ¿Dieciocho millones? Mi mente voló: adiós monoambiente, hola departamento en Palermo, viajes, quizás retomar el proyecto de renovables por mi cuenta. Pero el abogado levantó la mano, como anticipando mi euforia. "Hay una cláusula, Tomás. Específica y no negociable. Su abuelo protegió a una persona especial en su vida: Mirta López, una joven de 28 años con tres hijos pequeños. Vive en un caserón en Belgrano, propiedad de Máximo, y el testamento estipula que el heredero debe garantizar su protección y manutención hasta que ella se sienta en condiciones de valerse por sí misma. No es solo plata; implica convivencia temporal en la casa, para asegurar que todo marche bien."
¿Convivencia? Fruncí el ceño. "¿Qué quiere decir con eso? ¿Tengo que mudarme ahí?" Peña Quirós asintió. "Exacto. El viejo la consideraba como una hija adoptiva, o algo más... digamos, cercana. La rescató de una situación complicada hace 4 años: viuda joven, sin familia, con chicos chiquitos. Él la instaló en esa mansión de Belgrano R, con jardín y pileta, y le dejó fondos para vivir cómoda. Pero el testamento dice que el heredero debe supervisar personalmente hasta que Mirta declare, ante notario, que está lista para independizarse. Podría ser meses, o años. Si no cumple, la herencia se diluye en donaciones a ONGs."
Salí de ahí con la cabeza dando vueltas. Millones a cambio de jugar al guardián de una desconocida con pibes. Pero, che, ¿qué opción tenía? Firmé para el ADN, que confirmó todo en una semana: era nieto legítimo. Así que empaqué mis cuatro cosas del monoambiente y me mudé al caserón de Belgrano. Era una mole antigua, con techos altos, muebles de madera noble y un jardín que parecía un parque. Llegué un viernes por la tarde, con una valija y el corazón latiendo fuerte.
Mirta me abrió la puerta. Dios, qué sorpresa. No era lo que esperaba: alta, curvilínea, con pelo negro largo que caía en ondas, ojos verdes que te clavaban y una sonrisa tímida pero cálida. Vestía un jean ajustado y una remera suelta que marcaba sus formas sin esfuerzo. "Vos debés ser Tomás", dijo con voz suave, acento porteño puro. "Pasá, los chicos están en el jardín jugando." Los pibes eran tres diablitos: dos nenas de 9 y 7, y un varón de 5, corriendo como locos con una pelota. Mirta me sirvió un mate en la cocina amplia, mientras charlábamos. "El viejo fue como un padre para mí", explicó, sentándose frente a mí. Sus piernas cruzadas, el aroma a vainilla de su perfume... ya sentía una tensión en el aire, algo eléctrico que no esperaba.
Esa primera noche, después de acostar a los chicos, nos quedamos en el living con una botella de malbec. Ella contaba su historia: marido muerto en un accidente, sola con deudas, hasta que Máximo la ayudó. Yo hablaba de mi año de perros, y reíamos. Sus ojos se posaban en mí de una forma que me erizaba la piel. "Gracias por venir", murmuró, rozando mi mano al pasar el vaso. Ese toque fue como una chispa. Sabía que esto iba a complicarse, que la cláusula nos ataba en esa casa enorme, solos la mayor parte del tiempo. Y mientras la veía moverse, con esa gracia natural, empecé a imaginar lo que vendría: noches largas, cuerpos cercanos, deseos que no se podían ignorar.
Pero todo escaló una noche de tormenta. Los chicos dormían, el trueno retumbaba afuera. Mirta entró a mi habitación –la que era del viejo, ahora mía– con una vela, porque se cortó la luz. “Tengo miedo a las tormentas”, confesó, sentada en el borde de la cama. Llevaba un camisón liviano, translúcido bajo la luz parpadeante. “Quedate un rato”, le dije, y ella se acercó más. Nuestras miradas se cruzaron, y de pronto, sus labios estaban en los míos, suaves y urgentes. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo la piel caliente bajo la tela fina. “Tomás…”, gimió, presionando su cuerpo contra el mío. La besé con hambre, bajando a su cuello, mientras ella desabotonaba mi camisa. Sus pechos se apretaban contra mí, firmes y llenos, y mis dedos exploraron, acariciando sus curvas con urgencia.
La tiré suavemente sobre la cama, y ella se entregó, arqueando la espalda cuando mis labios bajaron a sus senos, lamiendo y mordisqueando los pezones endurecidos. “Más…”, pidió, su voz ronca. Bajé la mano entre sus piernas, sintiendo la humedad a través de la tela. La deslicé adentro, frotando su clítoris con círculos lentos, mientras ella gemía y se retorcía. “Te quiero adentro”, susurró, y no pude resistir. Me quité los pantalones, mi miembro duro y listo, y entré en ella de un empujón, sintiendo su calor apretado envolviéndome. Embestí con ritmo, profundo, mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. “Así, Tomás, más fuerte…”, jadeaba, sus caderas moviéndose al compás.
Cambiamos posiciones: ella arriba, cabalgándome con furia, sus pechos rebotando, el sudor mezclándose. La volteé de nuevo, de espaldas, penetrándola desde atrás, agarrando sus caderas mientras embestía. Sus gemidos llenaban la habitación, y sentí su orgasmo llegar, contrayéndose alrededor mío. “Me vengo…”, grité, y exploté dentro de ella, colapsando sobre su cuerpo exhausto.
Pero eso fue solo el comienzo. Al día siguiente, en la pileta del jardín, con los chicos en la escuela, repetimos. Ella en bikini, yo en short. Nos besamos en el agua, y pronto sus manos estaban en mi entrepierna, masturbándome bajo el agua mientras yo chupaba sus tetas. Salimos, la tendí en una reposera, y lamí su sexo hasta que gritó de placer, su jugo en mi boca. Luego, la follé ahí mismo, al aire libre, con el sol quemando nuestra piel.
Los días siguientes fueron un torbellino. Compartíamos comidas, yo ayudaba con los pibes –jugando al fútbol con el chiquito, ayudando con tareas a las nenas–. Mirta era una madre dedicada, pero también una mujer vibrante, con una risa contagiosa y un cuerpo que pedía a gritos ser explorado. Una mañana, la encontré en la cocina preparando el desayuno, en short corto y top, el sudor perlado en su cuello por el calor de noviembre. "Hace bochorno, ¿no?", dije, y ella se giró, sonriendo. "Sí, Tomás, un calor que te derrite." Sus palabras colgaban en el aire, cargadas. Me acerqué a ayudarla con el café, y nuestros brazos se rozaron. Sentí su calor, su respiración acelerada. Esa fue la primera vez que la deseé de verdad, imaginando mis manos en su cintura, bajando por sus caderas...
Los días en esa casa de Belgrano se convirtieron en un puto delirio de sexo sin freno. Mirta era una mina que destilaba calentura por todos lados: tetas grandes y pesadas que se le marcaban bajo cualquier remera, culo parado que pedía palmadas a gritos, y una concha que se mojaba con solo mirarla fijo. Yo ya no disimulaba ni un carajo; cada vez que la veía pasar por el pasillo con esos shorts que se le metían en la raya del orto, se me paraba al toque y tenía que ajustar la pija para que no se note tanto.
Una mañana los pibes estaban en el jardín. Yo bajé a la cocina y la encontré inclinada frente a la heladera, buscando algo. El culo en pompa, la tanga fio dental asomando por arriba del jean bajo. Me acerqué por detrás sin decir nada, le agarré las tetas con las dos manos y le apreté la pija dura contra la raya. "Buen día, puta rica", le gruñí al oído. Ella soltó un gemido y empujó para atrás, restregándose como perra en celo.
"Tomás, me vas a romper la concha otra vez...", dijo jadeando, pero ya se estaba bajando el jean sola. Le bajé la tanga de un tirón y le metí dos dedos directo, sin preámbulos. Estaba empapada, chorreando como una canilla abierta. "Mirá cómo tenés la concha, hija de puta, siempre lista para que te cojan", le dije mientras le bombeaba los dedos fuerte, curvándolos para rozarle el punto G. Ella se agarraba de la mesada, abriendo más las piernas, gimiendo como loca. Le escupí la mano y le empecé a frotar el clítoris hinchado, rápido y duro, hasta que se corrió temblando, chorreada de jugos que le bajaban por los muslos.
No esperé ni un segundo. Me bajé el pantalón, saqué la pija dura y venosa, y se la clavé de una hasta el fondo. "Tomá, puta, toda la poronga adentro", le grité mientras la empezaba a reventar contra la heladera. Cada embestida era un golpe seco, mis huevos azotándole el clítoris, el ruido de carne contra carne llenando la cocina. Le agarré el pelo, tirando para atrás, y le metí tres dedos en la boca. Los chupó como si fueran otra pija, babeando toda, mientras yo la cogía como un animal.
"Quiero que me cojas el culo también, Tomás, rompéme todo", suplicó con la voz rota. La saqué de la concha, brillante de sus jugos, y se la apoyé en el ojete. Escupí abundante y empujé despacio; estaba apretadísimo, pero ella empujaba para atrás, queriendo más. Cuando entró la cabeza gritó, pero de placer puro. La metí entera, hasta las bolas, y empecé a sodomizarla fuerte, alternando: unas embestidas en la concha, otras en el culo, hasta que los dos agujeros estaban rojos e hinchados. "Sos una puta anal, Mirta, te encanta que te partan el orto", le decía mientras le daba palmadas fuertes en las nalgas, dejándolas coloradas.
Se corrió otra vez, esta vez por el culo, apretándome tanto que casi me saca la leche ahí mismo. La saqué y la puse de rodillas en el piso. Me agarró la pija con las dos manos, oliendo a concha y culo, y se la metió hasta la garganta sin asco. Me la mamó como una profesional: lengua en los huevos, garganta profunda, baba chorreando por todos lados. "Corréte en mi boca, quiero tragarme toda tu leche", rogó mirándome con ojos de puta. Agarré su cabeza y le cogí la boca a fondo, hasta que exploté: chorro tras chorro caliente directo a su garganta. Se lo tragó todo, lamiendo la punta para sacar la última gota, sonriendo con la boca brillosa de semen.
Pero con Mirta nunca alcanzaba. Esa misma noche, después de acostar a los chicos, me esperó en el living completamente en bolas, sentada en el sillón con las piernas abiertas, tocándose la concha depilada. "Vení, Tomás, comeme hasta que me mee de placer". Me tiré de rodillas y le hundí la cara entre las piernas. Le chupé la concha como un desesperado: lengua adentro, chupando los labios gordos, mordisqueando el clítoris. Le metí la lengua en el culo mientras con los dedos le frotaba el punto G, hasta que empezó a temblar y se corrió a chorros, squirteando en mi cara, empapándome todo.
Después me montó en el sillón, se empaló la pija de una y me cabalgó como una loca, tetas rebotando, culo golpeando. "Cogeme como a una puta barata", gritaba mientras se frotaba el clítoris. La puse en cuatro en el piso, le abrí el culo con las manos y le metí la pija en la concha otra vez, bombeando como un martillo. Le escupí el ojete y le metí dos dedos mientras la penetraba, hasta que volvió a squirtear, mojando toda la alfombra.
La última corrida fue en sus tetas: me paré encima suyo, ella de rodillas, y le pinté las tetas y la cara de leche espesa, viendo cómo se la untaba y se lamía los dedos.
Y así seguíamos, día tras día: cogiendo en cada rincón, sucios, sin límites, hablando guarro, oliendo a sexo todo el tiempo. La casa olía a concha, a semen, a sudor. La cláusula del viejo era una excusa; en realidad, nos habíamos convertido en dos animales que no podían parar de follar.
Y todavía faltaba mucho más por venir...
La cláusula nos ataba, pero el deseo nos unía más. Cada noche era una aventura: en la cocina, contra la mesada; en el baño, bajo la ducha caliente; en el living, con ella de rodillas chupándome hasta el fondo. Sus labios expertos, su lengua juguetona, me volvían loco. Y yo la devoraba, explorando cada centímetro de su cuerpo con mi boca y manos.
Una mañana, Laurita se sentó a mí lado en un banco del jardín y me disparó a boca de jarro “¿vos ya sos nuestro nuevo papá?” Me quedé paralizado, Atine solo responderle con mis dudas. “¿A ustedes les gustaría?” con una sonrisa me respondió “Si! Mami dice que que es muy feliz contigo porque le haces las cosas de los papás muy bien, que por eso grita mucho cuando juegan juntos” mierda me dije! La pendejita en su mundillo chiquito sabe sin saberlo que la tengo a la madre con la pija adentro, y la madre ya no oculta que está enviciada de mis empujadas de caquita plena nnalgada. Y en ese mismo momento algo se me acababa de ocurrir.
Llamé al estudio de Peña Quirós un martes a la mañana, con la voz todavía ronca de tanto gritarle guarradas a Mirta la noche anterior. Ella estaba arriba duchándose después de que la había dejado con la concha roja y el culo lleno de mi leche, y yo no podía sacarme de la cabeza la idea que se me había ocurrido mientras la cogía en cuatro sobre la mesa del comedor.
–Necesito verlo urgente, doctor. Es sobre la cláusula del testamento –le dije a la secretaria.
Me dio turno para el día siguiente al mediodía. Llegué al microcentro con traje y camisa, tratando de parecer serio, aunque por dentro llevaba la cabeza llena de imágenes de Mirta de rodillas chupándome la pija hasta el fondo mientras me miraba con esos ojos verdes de puta en celo.
Peña Quirós me recibió en la misma oficina vidriada, café de por medio. Cerró la carpeta, juntó las manos y me miró fijo.
–Decime, Tomás, ¿qué pasa? ¿Algún problema con Mirta o los chicos?
Respiré hondo, me acomodé en la silla y largué todo de una.
–Mire, doctor… la cosa es así. Yo con Mirta… estamos juntos. De pareja, digamos. Me la cojo todas las noches, a veces dos o tres veces. En la cama, en la cocina, en la pileta, donde pinte. Ella se corre como loca, me pide que le meta por todos lados, me chupa la pija hasta tragarse todo… Estamos re calientes el uno con el otro. No es solo sexo: dormimos juntos, desayunamos juntos, criamos a los pibes como si fuéramos familia de verdad.
El abogado levantó una ceja, pero no se inmutó. Estos tipos han oído de todo.
–Entiendo –dijo tranquilo–. ¿Y qué querés saber exactamente?
–Si esto cumple con la cláusula del viejo. Él quería que yo la “proteja” hasta que ella se sienta en condiciones de valerse por sí misma. Pero si ya estamos de pareja, si yo la banco en todo, la mantengo, la cojo rico y la hago feliz… ¿eso no cuenta como que ya está protegida? ¿No podría ella firmar ante escribano que ya se siente segura conmigo para siempre y listo, liberamos la herencia completa sin esperar años?
Peña Quirós se quedó callado un rato, abrió el testamento original, leyó en voz baja un par de líneas y después me miró de nuevo.
–La redacción es ambigua a propósito, Tomás. Tu abuelo escribió: “El heredero deberá garantizar personalmente la protección y bienestar de Mirta López hasta que ella, de manera libre y voluntaria, declare ante escribano público que se considera en condiciones de independizarse sin necesidad de auxilio económico ni habitacional adicional”.
Hizo una pausa y siguió:
–No especifica que tenga que ser una relación platónica, ni prohíbe una relación sentimental o sexual. De hecho, si Mirta declara que su bienestar está asegurado porque vos sos su pareja estable, porque vivís juntos, porque la mantenés y porque ella elige quedarse contigo por amor o deseo… eso podría interpretarse como cumplimiento pleno de la cláusula.
Sonrió apenas, por primera vez.
–Obviamente, tendría que ser una declaración sincera. No vale que la presionen o que lo hagan solo por la plata. Pero si ella realmente quiere estar con vos –y por lo que contás, parece que sí–, podría firmar mañana mismo y la herencia se libera por completo. El caserón pasa a tu nombre definitivo, los fondos se desbloquean del todo, tomas control de la empresa, todo queda legítimamente legado al heredero universal y todo se termina, y agrego con una sonrisa, solo quedaría preguntarte si me aceptas a mí y nuestra firma de abogados para seguir defendiendo tus intereses.
Me quedé mirándolo, con la pija medio parada solo de pensar en volver a casa y contárselo a Mirta.
Obviamente Dr, usted seguirá patrocinando todos mis asuntos, ha demostrado su honestidad y competencia.
–¿Y no hay riesgo de que algún juez diga que es un fraude o algo así?
–Muy bajo –respondió–. El testamento prioriza el bienestar subjetivo de Mirta. Si ella dice que se siente protegida y feliz a tu lado, y hay evidencia de convivencia real (facturas juntos, fotos, los chicos llamándote papá o lo que sea), ningún juez va a meterse. Además, tu abuelo era un tipo… digamos, poco convencional. Creo que esto le hubiera hecho gracia.
Me levanté, le estreché la mano fuerte.
–Entonces arme la estrategia los papeles, doctor. Voy a hablar con ella esta misma noche. Y créame que Mirta va a firmar con una sonrisa… probablemente después de que la deje temblando de tanto correrse.
Salí de ahí caminando por Corrientes con una erección que apenas disimulaba el saco. Subí al taxi y ya le estaba mandando un audio a Mirta:
–Amor, preparate que cuando llegue te voy a contar algo que te va a poner re caliente… y después te voy a coger hasta que no puedas caminar. Quiero que mañana firmes que sos mía para siempre.
Ella me respondió con un audio jadeando, tocándose seguro:
–Vení ya, Tomás… tengo la concha empapada solo de pensar en lo que viene. Te espero en bolas en la cama.
Y así fue: esa noche la cogí más fuerte que nunca, sabiendo que al día siguiente íbamos a sellar no solo la herencia, sino algo mucho más grande. La puse boca abajo, le abrí el culo con las manos y se la metí hasta el fondo mientras le susurraba al oído:
–Mañana vas a firmar que sos mi mujer, mi puta, mi todo… Te estoy pidiendo en casamiento, mí amor, pero no poniéndote un anillo sino rompiendotelo así a vergazos.
Ella gritó que sí, se corrió a chorros empapando las sábanas, y yo me vacié adentro como si quisiera dejarle marca eterna.
Al otro día, en la escribanía, Mirta firmó con letra firme y una sonrisa pícara, mirándome de reojo mientras el escribano leía la declaración. Peña Quirós nos guiñó un ojo disimulado.
Y para hacer esto más formal, doctor, vamos a casarnos el mes que viene.
La cláusula se cumplió.
Y nosotros… nosotros recién empezábamos a disfrutar de verdad.
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