Xtories

Joven Otra Vez 2

Lorena siempre fue invisible, pero hoy su cuerpo grita lo que su voz callaba. Cuando el mundo empieza a mirarla con hambre, descubre que la verdadera tentación no es ser vista, sino dejarse desear.

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Después de tanto salto y risa, decidí que ya era hora de salir. El mundo me esperaba, y yo quería devorarlo entero con este cuerpo nuevo.

Corrí al armario, abrí las puertas de par en par y me detuve en seco, todo lo que colgaba allí era de la antigua Lorena: blusas holgadas de algodón floreado, pantalones elásticos de cintura alta, vestidos largos y discretos en tonos beige, gris y azul marino, ropa cómoda, práctica, de abuela. Saqué una falda que antes me quedaba perfecta y me la puse, ahora me llegaba casi a las rodillas, pero colgaba floja en las caderas y se arrugaba de forma rara en la cintura, un suéter que solía ser mi favorito se estiraba demasiado en el pecho y dejaba ver el contorno de mis senos nuevos de una manera que parecía ridícula, nada sensual, me probé unos jeans, y no pasaban de los muslos, una camisa blanca que no pude cerrar los botones por el tamaño de mis senos. Me miré en el espejo del armario y solté un bufido de frustración, nada encajaba, este cuerpo espectacular merecía algo mejor que ropa de anciana.

Molesta, me dejé caer de espaldas sobre la cama, todavía desnuda, con los brazos abiertos, fue entonces cuando lo vi, en el buró, junto al reloj despertador, había una bolsa negra brillante que no recordaba haber traído a casa, era la bolsa de la boutique de lencería, la misma en la que había estado con la extraña chica. Me incorporé de un salto y la abrí con manos ansiosas, dentro, cuidadosamente doblado, estaba el conjunto más provocador que jamás había imaginado poseer: un sujetador de encaje negro translúcido con detalles de satén, tan pequeño que parecía imposible que contuviera mis senos nuevos, una tanga a juego, apenas un triángulo diminuto de tela, medias con bordes de encaje, y un liguero delicado, todo en negro intenso, sexy, casi pecaminoso. También un vestido rojo. cortísimo, ceñido, con escote, no sabía si cubriría algo con el, lo saqué y lo sostuve frente a mí y era exactamente mi talla, como si lo hubieran cosido pensando en cada curva de este cuerpo que ahora era mío. En el fondo de la bolsa, había una tarjeta pequeña, la abrí y leí: “Espero que te guste mi regalo,” con una marca perfecta de labios en un rojo oscuro, como si ella hubiera besado el papel después de escribirlo. No había firma, no hacía falta, sabia de quien se trataba, sentí un escalofrío al recordar aquellos labios sobre los míos en el probador.

Me quedé mirando la ropa sobre la cama, era atrevida, demasiado. El vestido apenas cubriría mi trasero, el escote dejaría poco a la imaginación, y con la lencería debajo… cualquiera que me viera sabría exactamente lo que llevaba puesto, o lo que casi no llevaba ¿Salir así a la calle? A los 65 años nunca me habría atrevido ni a ponerme algo parecido, ni siquiera en la intimidad; pero ya no tenía 65 años, tenía 25 y un cuerpo diseñado para ser mirado, admirado y deseado, y en el fondo, siempre había querido eso.

Me levanté, respiré hondo y empecé a vestirme, primero la tanga, la tela se deslizó suave entre mis piernas, ajustándose perfectamente, cubriendo apenas mi vagina, dejando algo de mi bello púbico sobresaliendo de la tela, por detrás el diminuto hilo entrando entre mis glúteos, desapareciendo completamente entre ellos, luego el sujetador, mis senos entraron como si hubieran estado esperando toda la vida por ese encaje, eran tan firmes que no necesitaba de ningún sujetador para mantenerlos arriba, pero el encaje los hacia lucir aun mas sexy, las medias subieron lentamente por mis piernas largas, el liguero se ajustó a mi cintura. Por último, el vestido rojo, me lo puse por la cabeza y tiré hacia abajo: se adhería a cada curva como una segunda piel, marcando la cintura, realzando los senos, abrazando el trasero, me giré frente al espejo y me veía… peligrosa, deslumbrante, irresistible. Un calor familiar subió por mi vientre. Me puse unos tacones altos que, milagrosamente, tenía guardados desde hacía décadas y que jamás me atreví a usar y ahora me quedaban perfectos, me solté el cabello, me pinté los labios de un rojo intenso.

¿Me atrevería a salir así? Sonreí a mi reflejo, cogí el bolso más pequeño que encontré, metí mis cosas y abrí la puerta de casa.

Que el mundo se prepare, porque la nueva Lorena acababa de salir.

El corazón me estaba latiendo a mil, emocionada por estrenar este cuerpo en el mundo exterior. El vestido rojo se sentía como una caricia constante sobre mi piel, los tacones resonaban con autoridad en cada paso, y yo solo pensaba en lo lejos que llegaría esa tarde.

No vi a nadie, o mejor dicho, no lo vi a él, justo frente a mi puerta estaba don Arturo, mi vecino de al lado, un viudo de 68 años, bajito, con su eterna camisa a cuadros y su mirada curiosa. Antes casi estábamos de la misma altura; pero ahora, con mi nueva altura más los tacones, era como si él fuera un enano a mi lado. Mi vista pasó por encima de su cabeza calva sin registrarlo, di un paso adelante y… tropecé de lleno con él. Los dos caímos al suelo con un golpe seco, yo encima, él debajo, y mis enormes senos apenas contenidos por el escote profundo del vestido, aterrizaron directamente sobre su cara, Sentí cómo su nariz y su boca quedaban aplastadas contra el encaje y la carne suave, casi asfixiándolo, él soltó un gemido ahogado, sus manos instintivamente se posaron en mi cintura para intentar apartarme, pero solo lograron resbalar por la tela ceñida.

— ¡Dios mío! ­— dije, me incorporé de golpe, roja como un tomate, sentándome a horcajadas sobre sus piernas sin darme cuenta. — ¡Ay, perdón, perdón! ¡Lo siento muchísimo! —balbuceé, intentando ayudarlo a incorporarse sin levantarme del todo—. ¿Está bien? ¡No lo vi, de verdad!

Don Arturo parpadeó aturdido, su cara completamente colorada, con la marca de mi escote aún visible en sus mejillas. Se quedó mirándome, boquiabierto.

— ¿Quién… quién es usted? —preguntó con voz ronca, mientras por fin nos poníamos de pie.

Yo, todavía apenada y sin pensar, respondí lo primero que se me ocurrió:

— Soy Lorena, Lorena Ramírez.

Él frunció el ceño, confundido. Claro, Lorena Ramírez era yo, la Lorena de 65 años que él conocía desde hacía quince años, la que le pedía que le ayudara con las bolsas del supermercado, la que charlaba con él sobre el clima en el ascensor.

— ¿Lorena? Pero… —murmuró, rascándose la cabeza.

Vi su expresión y me di cuenta del error demasiado tarde, este cuerpo no podía ser de la misma Lorena, pensé rápido, sonreí con dulzura y puse mi mejor voz, dulce y cariñosa.

— Sí, Lorena Ramírez… la nieta… La abuela Lorena tuvo que viajar… de urgencia, a ver a una tía enferma en otra ciudad… y me pidió que viniera a cuidar el departamento unos días ¡Por eso no me había visto antes! — Dije, un poco nerviosa.

Don Arturo asintió lentamente, aunque seguía claramente desorientado, sus ojos sin embargo, ya no estaban en mi cara, bajaron directo a mis pechos, que subían y bajaban con mi respiración agitada. Siempre había sido así, un viejo inofensivo la mayoría del tiempo, pero con esa costumbre molesta de mirar descaradamente a cualquier mujer joven que entrara al edificio, con comentarios inapropiados y de doble sentido. Esa actitud hacia ellas me molestaba, le reclamaba; pero él no cambiaba, le daba igual, o tal vez me molestaba porque nunca se fijaba en mí, pero ahora… ahora yo era la mujer joven, y podía darle una pequeña lección. Me acerqué un pasito más, inclinándome ligeramente hacia adelante para que el escote hiciera su trabajo, y le sonreí con la voz más dulce y juguetona que pude.

— Uy, vecino, disculpe de nuevo el tropiezo… es que con estos tacones y… bueno, con todo esto —hice un gestito rozando mis senos con los dedos y con una risita fingidamente tímida— a veces pierdo el equilibrio, ya ve, son un poquito grandes ¿no cree?

Él tragó saliva audiblemente, sus mejillas pasaron de rojo a granate.

— E… eh… sí, bueno… este… bastante… generosos, sí —balbuceó, sin poder apartar la vista.

Puse cara de inocente sorpresa y me llevé una mano al pecho, ajustándome el vestido, lo que solo logró realzarlos más.

— ¿Generosos? ¡Qué cosas dice! Aunque… ahora que lo menciona, a veces son un problema, como hace un rato, que casi lo asfixio, pobrecito —le guiñé un ojo y solté una carcajada suave—. ¿Estuvo cómodo al menos ahí abajo?

Don Arturo parecía a punto de desmayarse, sus manos temblaban, abrió la boca para decir algo pero solo salió un sonido raro, yo me incliné un poco más, casi rozando su rostro con el mío.

—Prometo tener más cuidado la próxima vez… aunque si me vuelvo a caer, espero este usted para sostenerlos de nuevo —susurré con tono juguetón, mientras me movía ligeramente para que se balancearan mis senos.

Él asintió sin palabras, los ojos como platos, me enderecé, le di una palmadita cariñosa en el brazo y, antes de que pudiera reaccionar, giré sobre mis tacones y empecé a alejarme por el pasillo, contoneé las caderas deliberadamente, sintiendo cómo el vestido se movía con cada paso, sabiendo que mis glúteos se marcaban perfectamente.

— Nos vemos pronto, vecino —canturreé por encima del hombro, con una sonrisa traviesa.

Escuché un suspiro largo y entrecortado detrás de mí mientras me acercaba al elevador. Por primera vez, don Arturo había probado un poquito de su propia medicina, y a mí me había encantado dársela.

Presioné el botón del ascensor por costumbre, pero en cuanto lo hice me arrepentí ¿Para qué esperar esa caja lenta si ahora tenía piernas largas, fuertes y llenas de energía? Sonreí para mí misma y giré hacia las escaleras, quería sentirlo todo, la juventud corriendo por mis venas, el aire en la cara, el cuerpo moviéndose como nunca antes. Empecé bajando despacio, probando, un escalón, luego otro, los tacones altos resonaban con cada paso, pero no tambaleaba, me sentía segura, entonces aceleré, dos escalones a la vez, luego tres, corrí prácticamente, el vestido rojo pegado a la piel, comenzando a moverse de su lugar, el cabello volando detrás de mí. Mis senos rebotaban con furia, arriba y abajo, casi escapándose del escote profundo, sentía un dolor agudo en el pecho con cada salto, pero no me detuve, al contrario, reía en voz baja, este cuerpo nuevo resistiría y en unos minutos el dolor desaparecería. Empecé a sudar; gotitas finas corrían por mi escote, por la espalda, entre los senos, mi respiración se volvió jadeante, pero era un jadeo de placer, de vida. Pasé por el quinto piso y saludé con una sonrisa radiante a una vecina mayor que subía lentamente apoyada en la barandilla; se quedó con la boca abierta, mirándome como si fuera una aparición, n el cuarto, dos señoras de mediana edad que charlaban se callaron de golpe; una me miró con envidia pura, la otra con una mezcla de molestia y admiración, no dije nada, solo seguí bajando, sabiendo que para todos era un espectáculo, esta mujer alta, curvilínea, vestida de rojo fuego, corriendo escaleras abajo con sus enormes senos saltando de un lado a otro, llegué al primer piso y sin pensarlo, salté los últimos tres escalones de una vez, aterrizando con ligereza, como una niña jugando en el parque, justo frente a mí, en el rellano de la entrada, estaban don Manuel y don Ernesto, dos vecinos ancianos que siempre se sentaban en el banco del portal a tomar el sol, se quedaron petrificados, mis senos, con el último salto, habían subido tanto que se salían del vestido, el encaje del sujetador se asomaba, la piel brillaba de sudor, y yo respiraba agitada, con el pecho subiendo y bajando rápido, el cabello un poco revuelto, las mejillas sonrojadas y el vestido subido a medio trasero. Los miré y sonreí con toda la dulzura del mundo.

— Buenos días —dije con voz alegre y un poco entrecortada—. Soy la nieta de la señora Lorena.

No había ninguna necesidad de decirlo, ellos no me habían preguntado. pero al pronunciar esas palabras: “la nieta de la señora Lorena” sentí una emoción extraña y deliciosa recorrer mi cuerpo, era como firmar mi nueva identidad.

Me acomodé el vestido con calma, metiendo delicadamente los senos de vuelta en su sitio, alisé la tela sobre mis caderas, me pasé los dedos por el cabello para ordenarlo un poco, los dos ancianos seguían mudos, con los ojos muy abiertos, les guiñé un ojo, giré sobre mis tacones y empujé la puerta del edificio.

El sol de la mañana me recibió como un abrazo, la calle estaba llena de vida, de gente, de posibilidades, respiré hondo, sentí el aire fresco en mi piel caliente y sudada, era el comienzo de todo, mi nueva vida acababa de empezar.

Comencé a caminar por la calle, el aire olía a pan recién horneado, a café, a ciudad viva, y entonces lo sentí: las miradas, docenas de ellas, cayendo sobre mí como lluvia, los hombres que frenaban en seco en la acera, mujeres que giraban la cabeza con disimulo (o sin él), conductores que bajaban la velocidad sin darse cuenta, era exactamente como cuando caminaba con aquella chica extraña, pero esta vez los ojos no estaban en ella, estaban en mí.

Un calor extraño, delicioso, me recorrió el cuerpo, en mi anterior yo siempre había sido la mujer discreta, la que pasaba desapercibida, la que elegía colores neutros y ropa holgada incluso de joven, sería, reservada, casi invisible por decisión propia. Ahora, sin proponérmelo, todo en mí gritaba lo contrario, el vestido rojo ajustado, los tacones altos, el contoneo natural de mis caderas, el rebote de mis senos con cada paso, me encantaba, me sentía poderosa, deseada y viva.

Pasé frente a una cafetería con mesas en la terraza y sin pensarlo dos veces, entré, me senté en una mesa junto a la ventana, crucé las piernas con lentitud y pedí tres pastelillos: uno de chocolate, uno de fresa, uno de crema y una malteada grande de vainilla con extra de helado. La mesera me miró sorprendida, pero sonrió y anotó.

Cuando llegó el pedido, me quedé mirando la bandeja como si fuera un tesoro, tomé el primer bocado del pastel de chocolate y cerré los ojos, el bizcocho suave, el relleno cremoso, el azúcar explotando en mi lengua, gemí sin darme cuenta, un sonido bajo y satisfecho que salió de lo más hondo, hacía décadas que no probaba algo así; los problemas de azúcar, la presión, el colesterol, el miedo constante a un malestar que duraba días, todo eso pertenecía a la otra Lorena, ahora podía comer sin culpa, sin miedo. Tomé otro bocado, y otro, y sorbí la malteada con la pajita haciendo ruido deliberado, como una niña traviesa. chupé la crema montada con la lengua, lamí la cuchara, dejé que el chocolate se derritiera en mis labios, cada sabor era una explosión nueva, cada textura una caricia, no me di cuenta del espectáculo que estaba dando. Alrededor, las mujeres de las mesas cercanas me miraban con diferentes grados de desagrado: una madre con su hija adolescente frunció los labios, dos amigas de mediana edad murmuraban algo sobre “una vaca exhibicionista” y “una zorra que quería llamar la atención”, para ellas yo era una descarada que se pavoneaba con su cuerpo y su comida. Con los hombres era otra historia, un ejecutivo en traje no podía apartar los ojos de mi escote, un chico joven con auriculares se quedó con la boca abierta, un mesero tropezó al pasar junto a mi mesa, sus miradas eran puro deseo, hambre, ganas de acercarse, de tocar, de poseer.

Un trozo grande de crema del pastel se deslizó y cayó justo sobre la curva superior de mi seno izquierdo, quedando allí como una gota blanca y brillante contra la piel, sin pensarlo, sin vergüenza, con el dedo índice lo recogí lentamente y me lo llevé a la boca, lo chupé despacio, cerrando los ojos otra vez, saboreando la mezcla de crema y mi propia piel, solo cuando abrí los ojos vi las reacciones: una mujer se llevó la mano a la pecho como escandalizada, su esposo no parpadeaba, un hombre mayor dejó caer su comida. El silencio en la lugar era casi cómico, yo solo sonreí, me limpié el resto y seguí comiendo, no me importaba lo que pensaran, por primera vez en mi vida, era el centro del mundo, y pensaba seguir siéndolo.

El día pasó como un sueño despierto, caminé por el centro comercial, entré a tiendas solo para probarme ropa que antes ni habría mirado: tops cortos, shorts ajustados, vestidos aún más atrevidos que el rojo que llevaba puesto, reí sola al ver cómo todo me quedaba perfecto, no compre nada, hoy no quería distraerme cargando bolsas.

La gente no dejaba de mirar, hombres que se giraban descaradamente, mujeres que cuchicheaban entre ellas, algunos incluso sacaban el teléfono para grabar o fotografiar disimuladamente. Escuché fragmentos de conversaciones: “¿Quién es esa?”, “Parece modelo”, “Qué descarada”, “Mira cómo se contonea”, cada susurro era un reconocimiento de que ya no era invisible.

Al atardecer, con las piernas un poco cansadas pero felices, me senté en una banca de un parque cercano, había comprado una hamburguesa grande con todo: doble carne, queso derretido, tocino, lechuga, tomate, mostaza y kétchup, me la comí con ganas, dejando que que la salsa me manchara los dedos y sin darme cuenta, también las comisuras de los labios y un poco la barbilla. Mordía con apetito, gimiendo bajito de placer con cada bocado, hacía años que no comía algo tan grasoso, tan prohibido, tan delicioso. Estaba lamiéndome un dedo cuando él se acercó, un hombre de unos treinta y tantos, alto, bien vestido, con una sonrisa segura y ojos que recorrieron todo mi cuerpo sin disimulo, se detuvo frente a mí con sus manos en los bolsillos.

— Disculpa, —dijo con voz cálida— no pude evitar verte desde allá ¿Estás sola?

Sonreí, con la boca todavía medio manchada de ketchup.

— Por ahora, sí —respondí, sin limpiarme.

Él soltó una risa baja.

— Hay un club muy bueno a dos cuadras de aquí. Música increíble, ambiente genial, abre justo ahora ¿Te gustaría venir conmigo? Te invito una copa.

Miré la hamburguesa a medio terminar, luego a él, luego al cielo que ya se teñía de naranja y morado, un club, nunca en mi vida había entrado a uno, ni de joven, mucho menos de vieja. Bailar hasta tarde, luces, música fuerte, cuerpos moviéndose, alcohol, desconocidos, todo eso siempre había sido territorio prohibido, algo que solo veía en películas; pero esta Lorena ya no tenía prohibiciones. Me limpié la boca con el dorso de la mano (dejando probablemente más manchado que antes), me puse de pie y tiré el envoltorio en la papelera.

— Vamos —dije, mirándolo directo a los ojos—. Me muero de curiosidad.

Él sonrió más amplio, me ofreció su brazo y yo lo tomé sin dudar.

Mientras caminábamos hacia el club, con el eco lejano de la música ya llegando desde la calle, sentí que el día perfecto estaba a punto de volverse una noche inolvidable.

Entramos al club y el mundo cambió de golpe, la música retumbaba como un corazón gigante, graves profundos que se metían en el pecho, luces estroboscópicas rojas, azules y violetas cortaban la oscuridad, el aire olía a perfume, sudor y alcohol, los cuerpos se movían en todas direcciones, pegados unos a otros, brillando bajo las luces. Era exactamente como había imaginado la juventud que nunca viví: salvaje, libre, sin reglas.

El hombre (aún no sabía su nombre) me guio entre la multitud con una mano en mi cintura baja, al llegar a la pista, su palma bajó un poco más y se posó directamente sobre una de mis nalgas, apretando con seguridad.

— Pasemos —dijo cerca de mi oído, con su aliento caliente contra mi cuello.

Sentí un sobresalto eléctrico, en mi vida anterior, habría apartado esa mano de inmediato, habría protestado, me habría ido; pero esta Lorena… esta Lorena sonrió. Giré la cabeza, le devolví una mirada juguetona y asentí, mi nueva vida tenía que ser diferente… totalmente diferente.

Empecé a bailar y bailé como si llevara años esperando ese momento. Cerré los ojos, dejé que la música me tomara por completo, movía las caderas en círculos lentos y profundos, levantaba los brazos, dejaba que el cabello se agitara. El vestido rojo se pegaba a mi piel por el calor, mis senos rebotaban al ritmo, el sudor comenzaba a correr por mi escote. Me sentía poseída, liberada, no me importaba si lo estaba haciendo bien o con gracia, solo lo hacia. Él bailaba pegado a mí, sus manos explorando, primero rozando la cintura, luego subiendo a los costados de mis senos, después bajando de nuevo a las caderas y al trasero, cada toque era más atrevido, más posesivo, sus dedos se hundían en la carne suave de mis nalgas, apretaban, acariciaban, sentía sus palmas calientes sobre la tela fina, a veces deslizándose por debajo del dobladillo del vestido, y yo… yo no protesté, al contrario, me inclinaba hacia él, le devolvía el roce, disfrutaba la sensación de ser deseada tan abiertamente.

Horas pasaron así, o eso me pareció, la música cambiaba, las luces giraban, la pista se llenaba y vaciaba, pero nosotros seguíamos allí, pegados, sudorosos, cada vez más cerca, de repente, su mano derecha apretó con fuerza una de mis nalgas, casi doloroso, y me jaló violentamente hacia él, su otra mano subió a mi nuca y sus labios chocaron contra los míos en un beso profundo, hambriento, su lengua invadió mi boca sin pedir permiso, sabia a alcohol y deseo puro. Me quedé helada un segundo, solo había besado a un hombre en toda mi vida, a mi esposo, con quien me casé a los 19, en una época en que las cosas se hacían así. Siempre eran besos sencillos, castos, rutinarios con los años, nunca, jamás, había sentido unos labios desconocidos, una lengua ajena, una urgencia así, este hombre ni siquiera sabía mi nombre, ni yo no sabía el suyo, y aun así, por un instante, respondí. Mis labios se abrieron, mi lengua rozó la suya, un calor abrasador bajó directo entre mis piernas; pero el impacto fue demasiado grande, el corazón me latía a mil, la cabeza me daba vueltas, me separé de golpe, jadeando, y sin decir palabra corrí hacia el baño, abriéndome paso entre la gente, entré y me apoyé contra la pared, respirando agitada, con las piernas temblando, llevé mis dedos a los labios, aún hinchados por el beso tan apasionado, entonces lo noté: estaba empapada, mi tanga de encaje negro estaba completamente mojada, mi sexo palpitaba con una intensidad que no recordaba haber sentido nunca, ni siquiera en mis noches más apasionadas de recién casada. Me miré en el espejo del baño: el cabello revuelto, los labios rojos e hinchados, las mejillas encendidas, el escote brillando de sudor, sonreí, temblorosa, excitada, asustada y feliz al mismo tiempo. Esta era la nueva Lorena y apenas estaba empezando a descubrirla.

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