Rosa, la furcia o El paquete más deseado
El paquete que le entregan el vecino no es lo único que llega a su destino. Con la casa vacía y el alcohol en la sangre, Rosa decide que este verano será diferente: no se irá sola a la cama.
Por fin estábamos en agosto. Como cada año, había ido con mi familia al chalé de veraneo que tienen mis padres en la costa de Cantabria. La noche anterior había salido de juerga —¡cómo no!— así que cuando me levanté era muy tarde, casi a medio día. Pero gracias a que había dormido mucho no tenía nada de resaca. ¡Bien por mí!
De camino a la cocina no me topé con nadie más por la casa, lo que me resultó extraño. El misterio se desveló cuando leí un WhatsApp de mi hermana Lena en el que me decía que se habían ido de compras a la ciudad porque la mañana había amanecido con niebla y no invitaba a ir a la playa. Es lo que tiene el clima del norte, pensé. Pero al menos no te ahogabas de calor como en mi Valencia natal.
Me asomé al balcón de la cocina. Era cierto que el día estaba bastante nublado, pero el sol empezaba a abrirse camino. Además, la temperatura era bastante agradable. Regresé a la habitación, me puse un bikini azul y blanco y luego, aprovechando que me había quedado sola, fui de nuevo a la cocina y me serví un vermú rojo con hielo.
Con la bebida en la mano salí al jardín a echarme a la bartola. Para no enfriarme, me puse por encima del bikini una rebeca de punto escotada que mi hermana se había olvidado allí fuera. De esa guisa tan sexy me acomodé en la tumbona al lado de la piscina. Me gusta lucir atractiva siempre y en todo momento.
El día anterior me había dejado sobre el asiento el libro que estaba leyendo esos días. Se llamaba La tormenta tranquila y era una novela de género romantasy, de la escritora manchega River Luna. Era el primer tomo de una saga llena de erotismo y fantasía titulada La pasión del dragón. Eché un trago de vermú, cogí el libro, puse música chill out en el móvil y me abstraí por completo del mundo exterior.
En esas estaba, leyendo, achispándome y poniéndome cachonda —el libro era la leche de explícito—, cuando el vecino del chalé de al lado se presentó delante de mí. Llevábamos cuatro años compartiendo la etapa estival con los mismos inquilinos, una pareja de Madrid con dos hijos. Teníamos ya cierta confianza con ellos, aunque no demasiada. Mis padres eran poco sociables y su trato con ellos no pasaba de cordial.
El padre de familia se llamaba Fran y tendría unos cuarenta y cinco años. Era un hombre apuesto, alto y varonil, de hombros anchos y vientre fuerte. Tenía el cabello muy negro que empezaba a agrisarse en torno a las sienes, y un cautivador rostro recio y sin delicadezas que me recordaba al del exluchador de la WWE John Cena. No lo definiría como un tipo guapo, pero sí atractivo. De hecho, en el último par de años Fran me había ido pareciendo cada vez más apetitoso. Y ese verano en particular me di cuenta que su presencia me desataba pensamientos lujuriosos.
Estaba convencida de que la atracción que sentía por Fran era recíproca. En los últimos años mi cuerpo se había desarrollado en la senda adecuada. Tengo buenos pechos, más grandes y redondeados que los de la mayoría de mis compañeras de clase y del equipo de voleibol. Con respecto al trasero, otro tanto de lo mismo: el mío está más torneado que el de muchas de mis camaradas, que lo tienen tirando a plano o, en el peor de los casos, poseen masas de carne de fofa. (Eso último les pasa a muchas compañeras de clase, pero no a mí ni a mis compis de volei, claro). Años de practicar deporte, unidos a mi buena genética, me habían provisto de un cuerpo estilizado, tonificado y sensual. Y de siempre tengo una cara muy bonita, dulce y angelical.
Lo que quiero decir es que con el transcurrir de las estaciones me había ido convirtiendo en todo un bomboncito. Y me había fijado en que a mi vecino esa evolución no se le había pasado desapercibida. En los últimos días había pillado a Fran varias veces lanzándome miraditas furtivas al culete y al escote. Siendo sincera, percatarme de ello me desencadenaba un alegre sonrojo acompañado de sutiles chisporroteos eléctricos entre las piernas.
Por todo eso que acabo de decir, la aparición estelar del buenorro y salidorro del vecino en el jardín fue una sorpresa de lo más agradable.
—¡Hola! ¿Qué tal? —saludó Fran—. Perdona que te moleste, pero es que estuvo un repartidor llamando a vuestra casa durante un buen rato. Como nadie salía a abrirle la puerta, me acerqué yo a recibirlo.
Llevaba un paquete en las manos. Era una caja de cartón, típica de las compras online.
—Eh… ¡Hola! —respondí un poco sonrojada.
Paré la música y, al hacerlo, se me cayó el libro al suelo. Al agacharme a cogerlo se me abultaron las tetas bajo el bikini y noté la mirada del vecino alineada con mi escote. A ese tipo de detalles me refería.
Le expliqué a Fran que entre que tenía la música puesta, y que el sonido del timbre llegaba muy atenuado al jardín, no me había enterado de nada.
—¿No están en casa tus padres ni tu hermana? —preguntó.
—No, estoy sola —respondí, y sin querer, se me escapó una sonrisilla traviesa.
Me estiré de nuevo sobre la tumbona y dejé el libro sobre la mesa supletoria que tenía al lado.
Fran asintió con satisfacción y paseó los ojos por mi cuerpo expuesto al tímido sol. Su forma de mirarme pasó de disimulada a descarada en un parpadeo. Detecté incluso cierta malicia.
—Entiendo… —Fran alzó un poco la caja que sostenía en las manos—. El paquete creo que es para ti. Te llamas Rosa, ¿no?
—A ver, deja que mire... —cogí la caja de sus manos fuertes. En efecto, venía a mi nombre: Rosa Figueroa Vargas—. Sí, esa soy yo —confirmé—. ¡Muchas gracias!
—De nada, Rosa.
—Qué bien, es justo lo que estaba esperando —dije, refiriéndome tanto al paquete como, con segundas, a la visita del vecino—. No me llegó ninguna notificación avisándome de que estaba en reparto. De haberlo sabido hubiese estado más atenta al timbre. Perdona por las molestias.
—No te preocupes, no hay nada que perdonar. Pasa mucho últimamente. Eso de que no envían las notificaciones de entrega a tiempo, quiero decir. Los pobres repartidores están hasta el cuello de trabajo.
—Sí, es cierto.
Al levantarme de la tumbona para abrir el paquete, me di cuenta de que estaba bastante pimplada a causa del Martini. El vermú se me sube de la hostia, y más si lo tomo en ayunas, como era el caso. No sé si fue por el alcohol, o por a la lectura que traía entre manos —que era muy subida de tono, repito—, o por el simple efecto de la figura fornida del vecino de pie frente a mí, pero el caso es que me puse muy cachonda.
De repente, como si me iluminara un rayo de energía reveladora, tuve una idea fabulosa: tenía a mi alcance la oportunidad perfecta para intentar follarme a Fran, algo que llevaba días deseando. La ocasión era inmejorable no sólo porque no había nadie más en casa; es que, además —y esa fue una afortunada coincidencia—, el paquete recién llegado contenía una cosita que me daba la excusa perfecta para tirarle los tejos al tío de forma poco sutil. Así que, súper dispuesta a sacarle partido al cuerpo que Dios me había dado para el pecado y a satisfacer mi cachondez recién despertada, cogí la caja y le dije a Fran:
—Ya que estás aquí, ¿te puedo enseñar lo que hay dentro? Me gustaría que me dijeras qué te parece. Así podré decidir si me lo quedo o lo devuelvo. Creo que te va a gustar...
—¿Ah, sí?
—Sí. Pero me tienes que prometer que no le dirás nada a mis padres.
De primeras, el vecino se quedó bastante desconcertado. Pero enseguida se encogió de hombros y dijo con toda la pillería del mundo:
—Vale, por supuesto que sí. Mi boca será una tumba.
—¡Genial! Te lo enseñaré entonces. Ojalá que te guste como me queda, espero que sí. ¡Estoy segurísima de que sí! —repetí con mi entonación más tórrida.
Apoyé la caja sobre las piernas, la abrí, saqué el contenido y se lo mostré al vecino. Era un bañador de muy poca tela, de color rosa fucsia, o rosa furcia, jaja. (Como yo, por cierto, ya que algunas de mis compañeras más envidiosas habían empezado a llamarme Rosa, la furcia. Para mí, más que un insulto es un piropo, así que que les den por ahí).
Volviendo al traje de baño, la prenda incluía un par de tacones altos a juego y unas gafas de sol del mismo color.
—Encantador... —dijo el vecino—. Tiene muy buena pinta. O sea, que seguro que te queda divino. Pero, no sé si... ¿Estás segura de que es de tu talla? Se ve muy poca tela.
—Esa es la idea —repliqué.
Le guiñé un ojo y sonreí mientras pensaba en mi próximo paso. O, más bien, calculando en cómo dar el paso. No soy una chica tímida, pero lo que me proponía hacer era un poco fuerte, una maniobra de auténtico zorrón. Deseaba actuar, de eso no tenía dudas, pero quería hacerlo bien, poniendo en marcha la secuencia de movimientos más adecuada.
El vecino acudió en mi ayuda, diciendo:
—Es muy bonito. Sólo de pensar en cómo te quedará puesto me hace volar la imaginación... Se intuye un efecto muy mono y arrebatador. Pero no se ve muy cómodo para ir a la playa, ¿no? ¿Es para otra cosa? Quiero decir, ¿eres modelo o algo así? —Me agradó que me dijera eso—. ¿Es para lucir en una sesión de fotos? Porque parece ese tipo de prenda. ¿O para lucirlo en una fiesta especial?
—Exacto —le dije—, has dado en el clavo. Es mi outfit para una fiesta que tengo esta noche en el yate de unos amigos. ¿Te gustaría ver cómo me queda?
—¿Que si quiero vértelo puesto? —preguntó casi tartamudeando y tragando saliva de manera un tanto atolondrada—. ¡Guau, sí, me encantaría! Seguro que estás que te sales con eso puesto.
—Pues prepárate y ponte cómodo. Lo vas a descubrir ahora mismo —susurré.
Me levanté de la tumbona con los tacones en una mano y el bikini en la otra. Y entonces otra idea exquisita cruzó por mi mente. Dejé la prenda y el calzado en el suelo y cogí el móvil. Puse la música a sonar de nuevo y empecé a contonearme delante de él.
Mi espectador, Fran, el vecino cuarentón, era más avispado de lo que parecía y entendió de qué iba la cosa al momento. Se acomodó en la tumbona que yo había dejado libre y se dedicó a observarme con una sonrisa de sátiro adornándole la cara. Creo que decidió que ya era hora de dejar de hacerse el tonto y el inocente.
Me marqué un baile erótico de narices. Comencé por desabrocharme los botones de la rebeca de punto que llevaba puesta sobre el bikini, poco a poco. Al mismo tiempo, meneaba las caderas de un lado a otro al ritmo lánguido de la música y miraba a Fran con ojos de tigresa. Mi exuberante y curvilínea figura, de asombrosas tetas, nalgas vigorosas y espíritu pervertido, lo hipnotizaron. Y mis ojos avellanados, que no levantaban la mirada de los suyos, solidificaron el embrujo. Para colmo, me humedecí los labios con la lengua y noté que mi gesto le provocó que la boca se le hiciese agua.
A continuación me arrodillé sobre la tumbona dejando las piernas de Fran entre las mías, y continué quitándome la rebeca. Primero un brazo, luego el otro. Por último, lancé la chaquetilla al aire. Estaba súper lanzada.
—¡Guau! —soltó Fran, seguido de un bufido. Se llevó las manos a la cara en una mueca de incredulidad, pero enseguida las apartó y se dedicó a comerme con los ojos. Sólo me miraba, sin hacer amago de tocarme.
Me incliné hacia delante y empecé a acariciarle el pecho por encima de la camiseta. Al mismo tiempo, con la otra mano me sobaba las tetas por encima del sujetador. Luego hice otra marranada máxima: le tapé los ojos a Fran con la mano derecha, y con la izquierda desplacé hacia abajo la parte de arriba del bikini y dejé las pechugas al aire. Se me habían puesto los pezones empitonados, y mucho. Siempre me pasa cuando me posee la calidez febril del apetito sexual. También se me eriza la piel enseguida y me pongo mojadita en menos de lo que se tarda en beber un vaso de agua.
—Me gusta mucho lo que veo —dijo el vecino cuando aparté la mano de sus ojos y le dejé contemplar el espectáculo. No fue capaz de apartar la vista de mi senos henchidos ni de mi ombliguito plano.
—Sí, ¿eh? Pues seguro que te va encantar el resto —murmuré, soltándome la cabellera y ondulándola de lado a lado.
Me despojé de la pieza de arriba del bikini y la tiré al suelo. Me sentía muy animada y lasciva y él tenía la cara de estar en el paraíso.
Para hacer mi desnudez completa sólo me faltaba por quitarme la parte de abajo del bikini azul y blanco. Tiré de la braguita de un lado para otro de manera que se entreviese que mi pubis estaba rasurado. En el rostro de Fran se esculpió el más puro reflejo del deseo.
Hice el numerito aún más excitante dándome la vuelta y presentándole el trasero. Desaté los hilos de la braga del bikini y dejé mi rajita y mi asterisco muy cerquita de su cara, para que no se perdiera ni el más nimio detalle.
—Hermosísimo —farfulló—. Precioso. Maravilloso.
Meneé las caderas a derecha e izquierda para que se le quedase bien grabada la visión en su cerebro de madurito cachondo y salido como un mandril. Luego cogí el bikini rosa recién entregado por el repartidor y me dispuse a ponérmelo muy despacio, sin prisas.
—Me lo estoy pasando en grande mirándote —me halagó el vecino—. Eres muy caliente.
Sonreí como si fuese una chica tontita que se derrite con los elogios. A los hombres les encanta eso, no falla.
Me introduje el bañador entre los pies y lo fui deslizando piernas arriba. Era un traje de baño de una sola pieza, un trikini de esos que en la zona de las ingles se estrecha, dejando las caderas y las ingles al aire. La fibra quedó bien pegada a mi chochito, que ya empezaba a echar chispas y salivar. Después encajé un seno en la tela y luego el otro. Las tiras apenas tapaban mis pezones erectos, dejando a la vista la mayor parte de la generosa curvatura de mis pechos.
Con la prenda por fin puesta, me senté al lado del vecino en la tumbona y pegué bien el culo a su pierna izquierda. Desde allí seguí contoneándome y tocándome mientras lo miraba con ojos de furcia. No en vano me llaman Rosa, la furcia, jeje.
Me faltaban por poner los taconazos rosas, y ese fue mi siguiente paso. Me los calcé sin levantarme. Fran se agachó frente a mí y me ayudó a cerrar el velcro alrededor de mis tobillos. Me gustó verlo así, postrado a mis pies, como un perrito faldero. Es muy fácil tener a los hombres comiendo de tu mano si eres una golfilla joven, bonita, de redondeces bien surtidas y traviesa. Disfruto mucho sometiéndolos a la adoración de mi cuerpo.
Una vez calzada, eché la espalda hacia atrás y apoyé las manos en la tumbona, detrás de la espalda. Alcé las piernas y las moví en el aire frente a la mirada hechizada del vecino, primero juntas de un lado para otro, y luego abriéndolas de par en par. La humedad de mi coñito traspasaba la fina tela, dejando adivinar mis delicados y flexibles pliegues vaginales. Un cameltoe en toda regla que provocó que Fran no pudiese apartar la mirada de mi sexo.
Inspirada por una nueva ocurrencia aún más cochina, derivada de lo que acababa de comentar Fran sobre si yo era una modelo, cogí el móvil y se lo ofrecí.
—¿Te importaría sacarme unas fotos? —le pregunté o, más bien, sugerí—. Para poder verlas luego… —y guardarlas como recuerdo de mi osadía, añadí hacia mis adentros.
—Sí, por supuesto. ¡Encantado!
Cogió el teléfono y se levantó de la tumbona. Activó la cámara y empezó a enfocarme desde distintos ángulos. Primero me estiré en la hamaca. Luego me puse cuatro patas con el culo en pompa, una pierna flexionada y la otra estirada, mirando a cámara. Para completar el look, me puse las gafas de sol rosas que combinaban con el trikini.
—¿Por qué no grabas también un vídeo? —propuse entonces—. Queda más real.
—Claro, es una idea genial —dijo tocando la pantalla y cambiando al modo vídeo.
Agarré las tiras del trikini y las junté en el centro del pecho, de manera que las tetas me quedaron por completo al aire, pezones sonrosados incluidos. Fran me enfocaba sin perder detalle, unas veces de pie y otras de cuclillas. Liberé también el coño de la tela y él tomó varios primeros planos.
Me apeteció subir aún más la apuesta y me llevé dos dedos a la boca y los chupé. Los dejé en la boca y empecé un mete saca digital. Con la otra mano comencé a acariciarme los labios vaginales. El vecino no perdía detalle de mi performance. Seguí succionándome los dedos y tocándome con fruición hasta que me quedó la vulva brillante de mis propios jugos.
—Eres súper atractiva —sollozó Fran con la boca seca—. Tremenda. Me estoy poniendo muy a tono, ¿sabes?
Fran llevaba puesta una camiseta blanca y pantalones vaqueros. Me fijé en que su entrepierna había un bulto enorme.
—Ya lo veo... Parece que hoy la cosa va de paquetes —le dije—, y que el paquete que trajo el repartidor no es el único que voy a recibir esta mañana. ¿Verdad que sí? Sííííí, porfaaaa, dime que ese bulto tan flamante que escondes ahí es también para mí.
—Es todo tuyo si lo deseas.
—¡Oh, sí! —grité, devorando con los ojos el paquete más deseado del verano—. Estoy deseando jugar con él. ¿Me das permiso para abrirlo ya?
—Antes déjame hacer una cosa, por favor. Date la vuelta y ponte mirando hacia la piscina.
Dejó el móvil sobre la mesilla supletoria y se acercó a mí. Le obedecí y le di la espalda. Se pegó a mi trasero y me palmeó bien las nalgas. Luego se agachó, se agarró a mis piernas, me las separó y empezó a lamerme el coño por detrás de arriba abajo y de abajo arriba. Sentir su lengua en mis pliegues me puso todavía más a cien, cosa que unos segundos antes habría jurado que era imposible.
El tipo no se cortó un pelo y hasta se puso a juguetear con la punta de la lengua alrededor de mi asterisco. Fue una sensación la mar de agradable, qué te voy a contar. Y de vez en cuando me propinaba una cachetada fuerte y yo me encendía más y más.
Para mi deleite máximo, en sus juegos de aproximación introdujo su deliciosa lengua cada vez más dentro de mi ano. Y después hizo otra cosa que también me gustó mucho: hundió la nariz en mi ojete mientras me chuperreteaba el clítoris. Fue una comida de coño épica. Fran terminó encaramado a mi trasero y a mis caderas como si la fuera la vida en ello, y yo, loca de placer, me estremecí con mi primer orgasmo del día.
Después de aquello, se quitó la camiseta y me giró. Me tomó la cara entre las manos, me besó y me empujó por los hombros hacia abajo. Recorrí con la lengua su pecho, su vientre y su ombligo, y terminé agachada delante de su entrepierna. Capté el mensaje y me puse a desabrochar los botones de la bragueta. De un tirón, liberé su miembro al mundo. La polla se sacudió en el aire. Era una tranca curvada hacia arriba, muy hermosa, gruesa y tiesa como una barra de gimnasia. La agarré con la mano derecha, saqué la lengua y empecé a revolotear alrededor del glande rosado e hinchado. La mano izquierda la reservé para mesar sus cojones contraídos. Tiré de ellos hacia abajo y el rabo se le puso aún más firme. Él estaba de pie y yo me había puesto de cuclillas, con lo que tenía su polla a la altura ideal para metérmela en la boca. Sin dejar de tirar de los huevos, me jalé el glande como si fuese agua en medio del desierto. Y luego el resto del falo.
Era una polla que sabía a limpio, venosa y despojada de vello. La depilación se prolongaba hasta las ingles, lo que me encantó. Comencé a hacerle una mamada con ansia, y él, ni corto ni perezoso, me tomó de la nuca y del cuello y se hizo con el control de mi cabeza. Se dedicó a follarme la boca con aplomo pero también con delicadeza.
Me dejé hacer. Me gusta que me follen la boca como variante a una buena felación, y eso era lo que estaba sucediendo. La mano que me apretaba el cuello se soltó y se ocupó de que mi larga cabellera no se interpusiese en su visión. Por su parte, la mano que empujaba mi nuca se quedó allí.
De vez en cuando, Fran se emocionaba demasiado y me daba una embestida tan profunda que desencadenaba una pequeña arcada en el fondo de mi garganta. Nada que no pudiese soportar: no era la primera polla que me comía, ¡ni de lejos! Ni era la primera vez que me exigían una garganta profunda. Los envites hicieron que se me llenara la boca de babas. Tomé el control un momento y escupí las babas sobre el propio miembro. Luego seguí mamando, inundándome la boca con más saliva y logrando que el falo me entrara aún más adentro.
El tío no era ningún salvaje. Estaba claro que le gustaba meter la polla a todo lo que daba, que disfrutaba de cada centímetro de carne que lograba introducir dentro de mi boca, pero lo hacía de forma lenta y controlada. Y cuando se pasaba de frenada, se detenía para dejarme recobrar el aliento. Luego volvía a la carga de forma gradual y medida. Entre eso, y que poco a poco mi garganta iba entrando en calor, las últimas arremetidas, más intensas y profundas, no me supusieron un reto inalcanzable. Hasta fui capaz de sacar la lengua sin desencajar la polla de entre mis dientes y conseguí lamer sus testículos bien apiñaditos en la bolsa escrotal.
—¡Ahora quiero que me folles! —le supliqué cuando se me cansó la mandíbula de tanto felar—. Hazme temblar con esa tranca dura que tienes.
Me deshice del trikini y me puse a cuatro patas delante de él. Sentí al momento cómo la polla resbaló dentro de mi sexo. Me penetró suave y lento primero, y rápido y fuerte después. Me agarró de los brazos para tener más empuje y me abrió a el coño base de bien. Luego se montó sobre mis caderas y me perforó aún más salvajemente, como un energúmeno. Me cogió el pelo por detrás, tiró fuerte de él y continuó clavándomela sin piedad un buen rato más.
Fran era un follador silencioso, pero yo gemía sin ningún disimulo, cada vez más fuera de mí. La piel me hervía, el coño me ardía y los pezones se me salían de las aureolas de lo enhiestos que estaban. Llegó a meterme en la polla tan adentro que sus pelotas golpearon varias veces la antesala de mi hendidura, y al notarlos ahí mi vulva convulsionó de placer.
Al poco, Fran me dio la vuelta para que me quedara de espaldas sobre la tumbona. Lo recibí encima con las piernas totalmente desplegadas. Siguió follándome todavía unos minutos más, y también me metió los dedos en la boca. Luego los sacó, se aferró a mi cuello con ambas manos y apretó fuerte. Estaba estrangulándome, y yo encantada. No llegó a asfixiarme, pero le anduvo cerca un par de veces y eso consiguió hacerme correrme de nuevo hasta casi perder el sentido.
Al recobrarme, para que Fran pudiera descansar, le pedí que se tumbase él en la tumbona y yo me puse encima. Cabalgué como una loca enchufada a su rabo empinado. Mis tetas se balanceaban delante de su cara y él no paraba de lanzarles mordiscos y chupetones. Cuando no hacía eso, cerraba las manos en torno a los pechos y me los exprimía como si quisiese sacarles leche.
En el sprint final monté la verga de Fran como si estuviese realizando un ejercicio cardiovascular que tenía que llevar al límite, apretando las ingles y con los abdominales tensos. Una sucesión de palpitaciones me hizo vibrar el coño, y de seguida me recorrió las entrañas otro orgasmo que me dejó aturdida una docena de segundos.
—Me… voy… a… correr... —me advirtió Fran, haciéndome regresar a la realidad del coito.
Como no se había puesto condón, descabalgué rápido y me incliné sobre su vientre, dándole la espalda y el trasero. Me abalancé con la boca abierta sobre la picha dura, enardecida y húmeda como si fuera un oasis en pleno desierto.
—Azótame el culo —le pedí. Obedeció y no paró de zurrarme hasta dejarme las nalgas enrojecidas, o así las sentí al menos.
Seguí chupándosela y pajeándosela. Fran se llevó una mano a la entrepierna, juntó la polla y los testículos y los empujó con fuerza adentro de mi boca. Sumergió la verga hacia el fondo de mi garganta hasta que el escroto se pegó a mis labios. Yo gozaba comiendo cuanta más carne podía. «Cuanto más, mejor» es uno de mis lemas de cerderío preferidos. Varias veces me hizo atragantarme y toser, pero aquello no me detuvo.
Seguí mamando y succionando con osadía. Tragué, me ahogué, escupí y volví a engullí la polla una y otra vez. Fran se había quedado anclado en el silencio preorgásmico. De pronto lanzó un gruñido y, por fin, comenzaron a impactar descargas lechosas contra las paredes internas de mi paladar. Fueron unos impactos tremendos que se repitieron siete u ocho veces.
Como estaba inclinada cabeza abajo, cuando abrí la boca para tomar aire la lefa resbaló por mis labios sobre mi barbilla. Me hubiera gustado tragarme la corrida en lugar de desperdiciarla, pero no quería que el vecino descubriese que era una puta redomada tan de sopetón. ¡Soy pudorosa hasta que pillo confianza! Así que lo que hice fue: cerré la boca y dejé que el semen restante se filtrase por entre las comisuras de mis labios. Luego, sin limpiarme la cara, giré la cabeza hacia Fran y le dije:
—Gracias por recoger mi paquete. —Sin dejar de mirarlo fijamente, con la esperma goteándome por el mentón, me aferré con las dos manos a su polla semiablandada y añadí—: Y, sobre todo, gracias por este paquete relleno de crema tan sabroso.
—Encantado —murmuró él con dificultad. El orgasmo lo había dejado extasiado.
Enseguida, Fran abrió la boca como decir algo más, pero permaneció callado. Me miraba fijamente. Noté un debate interno, un querer añadir un comentario pero no atreverse del todo.
—No te cortes, puedes decir lo que sea que estés pensando. Te prometo que no me voy a escandalizar.
Le sonreí y meneé la punta de la lengua con la boca abierta de par en par. El semen seguía escurriéndose por mi carita hermosa y noté que algunos hilillos colgaban de mi barbilla. ¡La dosis láctea había sido considerable!
Fran se decidió por fin y me soltó:
—¿Qué pasa? ¿Es que no te gusta tragar la leche?
Lo dijo como soltándome una regañina. Así que era eso, granujilla...
—¡Claro que me gusta! —protesté, y para demostrárselo rebañé con el dedo la esperma de la cara y me lo metí en la boca. Chuperreté el dedo hasta dejarlo impoluto, y luego tragué poniendo todo el énfasis del mundo en que Fran oyera el sonido de mi garganta rapiñando toda la lefa y saliva depositadas en mi boca.
—Eso está mejor —sentenció Fran.
—Un placer hacerte feliz —respondí, sonriendo toda coqueta y haciendo bailar las pestañas.
El trago de semen me dio serenidad y me hizo sentirme completa y satisfecha. Me dejé caer en la tumbona y contemplé, llena de paz y ternura, cómo Fran se vestía para volver a su casa.
Antes de desaparecer de mi campo de visión, el vecinito cachondo me dijo:
—Cuando hagas otra compra online, puedes enviarla a mi dirección si quieres. Me paso el día en casa solo, teletrabajando, mientras mi mujer y los niños se van a la playa o al pueblo.
—¡Es bueno saberlo! —contesté.
En cuanto Fran se fue, me llegó un WhatsApp de mi hermana avisándome de que no tardaría en llegar con nuestros padres. Consciente de que estaba sudada y tenía la cara pegajosa por la corrida que se había deslizado por ella, me lancé de un salto a la piscina para limpiarme en el agua.
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¡Gracias por leerme! Este relato es un adelanto de mi próximo libro, que planeo publicar en unos meses. Mientras tanto, si te apetece disfrutar de mi anterior compilación de relatos eróticos en formato ebook, puedes acceder a Cuentos para orgasmar en Amazon y Kindle Unlimited.
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