Nuria, la prima de mi novia
Nuria creía que vivir con su prima y su novio sería un refugio temporal. Pero Ricardo tiene planes mucho más oscuros para ella, y Arantza ya sabe que la obediencia es el único precio para permanecer en su mundo.
Nuria, que había roto con su novio de Bilbao, llevaba más de un mes viviendo con Arantza y Ricardo, y aunque había aceptado la dinámica del hogar con entusiasmo, es decir la relación de sumisión de su prima con Ricardo, nunca había sido objeto de un seguimiento formal ni se le había asignado un entrenamiento físico. Un día, Ricardo decidió que era el momento de comenzar a aplicar las mismas normas y supervisiones a Nuria que ya tenía con Arantza.
Ricardo convocó a las dos mujeres a su despacho en casa. Arantza, siempre atenta a las indicaciones de Ricardo, se presentó rápidamente y le dio un beso en la mejilla. La otra prima llegó poco después, con una actitud tranquila y expectante. Se notaba que la jóven de melena marrón roijiza y ojos expresivos verdes que según la luz eran a veces más bien marrones estaba bien domada por su novio y que eso la tranquilizaba, calmando sus inseguridades.
Nuria por su parte, la prima morena de grandes ojos azules, tenía el rostro expectante de quién no sabe del todo que se espera de ella.
Ricardo inició la conversación de manera clara y directa. Explicó que era necesario comenzar a supervisar las tareas de Nuria y, si era necesario, corregir su desempeño. Además, mencionó que le asignaría un régimen de entrenamiento físico para ayudarla a mantenerse en forma y mejorar su estado físico.
Arantza, tras años de seguimiento, tenía una figura muy definida, con el vientre plano y los muslos duros, mientras que Nuria era deliciosamente curvilínea, pero de carnes más blandas, sus mamas inmensas se marcaban en la camiseta blanca y anunciaban su presencia alegre y acogedora.
Nuria aceptó la noticia con una actitud positiva, agradecida por la oportunidad de recibir orientación y apoyo. Sin embargo, Arantza, que estaba escuchando con atención, comenzó a sentirse incómoda. Se acercó a Ricardo con una expresión de preocupación.
—Ricardo, yo soy tu novia. Solo debes supervisarme a mí y mandar en mí, no en mi prima.
Ricardo, con una mirada serena pero decidida, respondió.
—Arantza, Nuria es parte de nuestra familia y necesita la misma orientación y apoyo que tú.
Mientras argumentaba esto, en realidad solo estaba pensando en el camino de la posesión y sumisión de Nuria, cuyos ojos azules le estaban haciendo enloquecer.
Ésta, notando la tensión en la sala, se dirigió a Arantza con una expresión comprensiva.
—Prima, entiendo que esto puede ser difícil. Estoy aquí para aprender y mejorar. Tu apoyo significa mucho para mí.
Ella deseaba ser controlada por Ricardo y no pensaba dejar que Arantza lo fastidiase.
Ricardo dirigió su atención nuevamente a Arantza y le dijo con calma:
—Recuerda, Arantza, quién decide en esta casa. Es importante que entiendas y respaldes mis decisiones para el bienestar de todos.
Tras reflexionar, la tierna abogada asintió lentamente, reconociendo que él tenía la autoridad.
—Lo comprendo, Ricardo. Si esta es la decisión que has tomado, lo apoyaré.
Éste sonrió al ver que Arantza aceptaba la situación y la recompensó con una leve caricia.
La de ojos verdes y marrones, aunque no la gustaba el cambio, se sentía aliviada por la resolución, se acercó a su prima y la abrazó.
—No te preocupes, Nuria. Vamos a hacerlo juntas. Estoy aquí para apoyarte, igual que tú me has apoyado a mí.
Aunque sus palabras eran tranquilizadoras, en su interior quedaba un leve punto de intranquilidad que prefirió ignorar. Sentía cierto orgullo por haber sabido aceptar y plegarse a la voluntad de Ricardo, entendiendo que eso fortalecía su lugar en la dinámica familiar.
Nuria agradeció el apoyo de su prima y la disposición de Ricardo para guiarla. Con la conversación resuelta, el proceso de supervisión y entrenamiento comenzó, con el objetivo de mantener la armonía en el hogar y asegurar que ambas estuvieran cómodas sometiéndose al informático.
Ricardo decidió implementar un nuevo sistema para organizar y controlar las tareas domésticas. Para ello, le encargó a Arantza que creara una hoja de cálculo en Excel detallando todas las tareas de la casa, divididas por días y áreas específicas. Este Excel sería esencial para asegurarse de que las responsabilidades se cumplieran correctamente y para asignar el trabajo a las dos de manera equitativa. Ricardo planeaba cambiar las tareas de una semana a otra y asignarlas de forma caprichosa, con el objetivo de que Nuria aprendiera todas las labores del hogar y que ambas primas se mantuvieran atentas a las indicaciones, que podían variar según su criterio.
Además, decidió que las primeras semanas todas las tareas serían exclusivamente manuales. Fregar los platos, lavar la ropa, y otras labores debían realizarse sin la ayuda de electrodomésticos y para fregar el suelo debían hacerlo arrodilladas, sin usar fregona, como una forma de inculcar disciplina y esfuerzo. También estableció que debían limpiar la moto de Ricardo un mínimo de dos veces a la semana y después de cada uso, asegurándose de que siempre estuviera impecable. Ambas mujeres aceptaron la decisión, conscientes de que Ricardo tenía la última palabra en la organización del hogar.
Arantza dedicó varias horas a crear el Excel, detallando cada tarea con precisión y añadiendo columnas para marcar el estado de cada una. Se aseguró de que el documento fuera claro y fácil de seguir para evitar confusiones. Cuando lo entregó, Ricardo revisó minuciosamente cada detalle, haciendo pequeñas correcciones antes de aprobarlo y comenzar con la distribución de responsabilidades.
Con discreción, Ricardo estableció una nueva norma para Nuria: no debía usar sostén mientras estuviera en casa. Aprovechó un momento mientras ella comenzaba sus tareas para acercarse y susurrarle al oído
—No hay más motivo que mi deseo de verte así. Estarás más cómoda.
Nuria, aunque inicialmente sorprendida por la petición, no preguntó nada más. Deseosa de agradar a Ricardo y mostrar su disposición a adaptarse a las reglas del hogar, simplemente asintió. La mezcla de autoridad y serenidad en las palabras de Ricardo le dejó claro que no era una sugerencia, sino una indicación que debía cumplir.
La belleza de los pechos de Nuria bajo la ropa pero sin sostén le dejó anonadado, no podía imaginar que unos pechos de ese tamaño estuvieran tan altos y redondeados, parecían mantenerse erguidos sin esfuerzo, como si la gravedad no les afectara.
Una tarde, mientras Nuria fregaba los cacharros en la cocina, Ricardo se acercó silenciosamente. Con un gesto natural, la abrazó desde atrás, apoyando ligeramente su barbilla en su hombro, como solía hacer al principio con Arantza.
—Lo estás haciendo bien, pero fíjate más en no dejar restos, Nuri —dijo, guiando su mano suavemente hacia una zona que había pasado por alto.
Nuria, con las mejillas levemente sonrojadas, asintió mientras continuaba fregando bajo la supervisión de Ricardo. Sus correcciones eran siempre precisas, pero también aprovechaba esos momentos para acariciar su cabello o su cintura con sutileza, creando un ambiente de cercanía que no pasaba desapercibido. Cuando Arantza no estaba cerca prefería sopesar sus pechos con las manos, disfrutando de su generoso tamaño y turgencia. “Cada uno de estos debe pesar el doble que los de Arantza” pensó mientras los apretaba ligeramente.
La dinámica en el hogar seguía ajustándose a este nuevo sistema, con las primas aceptando los cambios y adaptándose a las expectativas de Ricardo. Aunque algunas reglas eran más exigentes de lo esperado, ambas primas se comprometían a cumplirlas con esmero, buscando la aprobación y satisfacción de Ricardo en cada paso.
Al segundo día, Nuria cometió un descuido en una de sus tareas asignadas. No terminó de limpiar una de las habitaciones como se esperaba, olvidando barrer bajo la cama, lo que provocó que Ricardo decidiera intervenir. En lugar de tomar una decisión directa sobre el castigo, éste le pidió a Arantza que decidiera qué castigo debería aplicar a su prima. Arantza, que aún se sentía algo celosa por la atención que Ricardo le prestaba a Nuria y por la forma en que se estaba integrando en la rutina, optó por un castigo innecesariamente severo.
El castigo propuesto por Arantza consistía en que Nuria debía pasar dos horas realizando tareas adicionales que no estaban en su lista de responsabilidades normales. Estas tareas incluían limpieza profunda de varias áreas de la casa y reorganización de armarios, lo cual, aunque no era peligroso, era bastante agotador y demandante.
Ricardo, aunque encontró el castigo un poco excesivo, escuchó a la pelirroja con una actitud divertida. Disfrutaba observando cómo las dinámicas de poder y obediencia se desarrollaban entre las dos primas, con Arantza tratando de mantenerse por encima de su prima y él mismo, como siempre, en la cúspide. El informático se dio cuenta de que era el momento de ir un paso más allá.
Con una sonrisa en el rostro, le dijo a Arantza que el castigo propuesto había sido excesivo y que ella recibiría el mismo castigo. La pelirroja, que al principio se sorprendió por la decisión, pronto reflexionó que se trataba de una lección para que entendiera la importancia de mantener el equilibrio y la justicia en las decisiones. Pero se trataba de algo más, el iba a recordarles su autoridad a ambas terneritas.
—Échate sobre mis rodillas, quiero que Nuria vea como te azoto— le dijo Ricardo con una amplia sonrisa.
Nuria se sonrojó, pues el ver a un hombre azotar a su novia le pareció acto intimo que no debía hacerse delante de otras personas y se sintió como una voyeur, mientras notó la humillación en la mirada de su prima, que obedeció a Ricardo sin rechistar, tratando de disimular su disgusto.
Mientras ponía ambas nalgas de la joven de ojos verdes y marrones del color rojo de los tomates maduros, Ricardo, con un tono amable y juguetón, le explicó a Arantza que el castigo debía ser equitativo para las dos y que, a veces, era necesario experimentar las mismas consecuencias que se impone a los demás para comprender la situación en su totalidad. Ella aceptó el castigo con una actitud de resignación y humildad.
—Ahora te toca a ti.—Ricardo se dirigió a Nuria con una sonrisa divertida y relajada, anticipando el placer de azotar por primera vez a la morena de ojos azules profundos como el mar.
Ella se mostró nerviosa, mientras levantaba su falda, tendida sobre las rodillas de Ricardo, como su prima había hecho minutos antes. Era la primera vez que un hombre la azotaba, pero no sería la última.
Arantza esperó arrodillada, viendo como su inseguridad y sus celos crecían mientras la mano experta de su hombre castigaba las nalgas de Nuria, cada vez más enrojecidas, hasta que esta no pudo evitar empezar a sollozar. En ese momento, el la acarició suavemente los glúteos, observando como había subido su temperatura al tiempo que cambiaban de color. Después, cuando ella estuvo un poco más calmada, siguió golpeándola con fuerza y alegría.
Cuando él consideró que era suficiente, liberó a la publicista y ambas se pusieron a realizar las tareas que la propia Arantza había seleccionado como castigo.
Mientras las dos castigadas realizaban las tareas adicionales impuestas por Ricardo se ayudaban mutuamente, compartiendo comentarios y risas sobre la situación. A pesar de la dificultad del trabajo adicional, el tiempo juntas les permitió fortalecer su vínculo. Al final del período de castigo, ambas se abrazaron cariñosamente, mostrando su aprecio por el apoyo mutuo.
Arantza, con una actitud más relajada y reflexiva, aún molesta por haber tenido que compartir un acto que hasta entonces había sido intimo, sólo entre ella y su hombre, aceptó el abrazo con cierta reticencia. Nuria vio que Ricardo las observaba y dijo.
—Gracias Ricardo por integrarme en la dinámica compartida, merecía esos azotes. Y gracias Arantza por tu ayuda y cariño.
Arantza, aún enfurruñada permaneció en silencio, pero Ricardo se acercó y la tomó suavemente de la barbilla.
—Ahora te toca a ti, agradece, cariño.
—Gracias Ricar por supervisarme y enseñarme y por tu paciencia conmigo.
—¿Y qué más?— la miró a los ojos con dureza.
—Gracias por integrar a Nuria en nuestra intimidad. Y a ti, Nuria, gracias por estar aquí compartiendo con nosotros— Ricardo, vio las lagrimas de Arantza que comenzaban a brotar mientras hablaba y se las secó con un beso. Nuria también la besó en su otra mejilla.
—No te dejes llevar por los celos, amor.— dijo Ricardo uniéndose al abrazo colectivo con ambas primas, lo que hizo que Arantza se relajara finalmente, dejando pasar el momento de inseguridad. Él agarró con fuerza a ambas “terneras” de sus nalgas doloridas, manteniendo el abrazo mientras ellas reconfortadas y agradecidas le mimaban con besos y caricias.
El ambiente en la casa se llenó de una sensación de unidad y camaradería, con ambas chicas reconociendo que el proceso de aprendizaje y las pruebas compartidas habían fortalecido sus relaciones. Arantza comenzaba a aceptar de forma explicita el nuevo papel que Ricardo había decidido para su prima.
Aquella noche, tras dormirse Arantza, Ricardo fue a la cama de la bella prima de cuerpo generoso, obsesionado por el deseo que sentía por ella.
Los ojos de Nuria eran de un tono azul intenso y parecían brillar en la tenue luz de la habitación. Ricardo no pudo evitar sentirse atraído por ellos desde la primera vez que la vio y sintió que caía más y más bajo su hechizo.
Un influjo malicioso le hizo desear poseer los ojos de aquella mujer, desdibujar con su semen ese azul intenso y dejar que cada uno de sus pequeños espermatozoides penetraran los ojos de Nuria como si fueran dos inmensos óvulos. Éste sería el tratamiento que realmente merecía Nuria.
Ricardo recorrió todo su cuerpo con sus manos hasta que ella de forma natural se abrió buscando un contacto más profundo, momento en que la penetró con su pene desnudo, primero con suavidad y ternura, profundizando un poco más en cada embestida hasta que ambos comenzaron a enloquecer de excitación y deseo.
La penetración se volvió rítmica, profunda y ambos sintieron una cercanía que llevaban mucho tiempo ansiando y una excitación y un deseo que eran ya incapaces de contener. Nuria, desbordada de sentimientos y de placer estaba ya al borde del orgasmo.
Llegado ese punto, él salió del cálido interior de la tierna morena, se encaramó sobre su pecho y después sobre su cuello, reteniendo los brazos de Nuria con sus rodillas, y le explicó lo que pensaba hacerle. Ella quiso oponerse, pero una punzada de lujuria le hizo desear complacer a Ricardo en todo y en aquel momento le pareció una buena idea permitirle lo que el quisiera.
De repente, el cuerpo de Nuria se quedó quieto, jadeando con respiración entrecortada y Ricardo, ayudándose con la mano, sintió que la liberación de su orgasmo era inminente. Una oleada de placer le recorrió y supo que no podía contenerse más.
Ricardo convulsionó cuando su semilla comenzó a brotar de él a impulsos regulares. Los ojos de Nuria se abrieron para su placer mirándolo fijamente a la vez que tratando de no pestañear y Ricardo sintió una sensación de satisfacción que no podía explicar del todo.
Acercó la punta del pene al ojo izquierdo de la chica, después al derecho, el semen entro abundante y espeso en ambos, aunque ella conscientemente trababa de mantener los ojos abiertos, instintivamente lo trataba de evitar, parpadeando para tratar de limpiarlos.
El semen se escapaba por las comisuras de los ojos, pero Ricardo metódicamente lo recogía con la punta del miembro y se lo frotaba de nuevo en ambos ojos, asegurándose de que todos los espermatozoides tuvieran la oportunidad de acceder a los globos oculares de Nuria.
Ella empezaba a sentir mucho escozor y ciertos nervios, al ver que Ricardo no aflojaba y seguía obsesionado, frotando el pene por su cara y ojos, a pesar de que empezaba a ser un pequeño calvario para ella.
Al cabo de un minuto maravilloso, que para Nuria duró una hora, Ricardo quedó satisfecho y le puso la herramienta en la boca, para que ella la pudiera lamer mientras Ricardo se iba relajando satisfecho.
—Hoy te has portado muy bien Nuria, eres mi favorita y mi protegida, siempre podrás contar conmigo.
Nuria, confusa, agradeció las palabras de Ricardo, que regresó a su propia cama, donde abrazó con cariño a Arantza que dormía relajada.
A la mañana siguiente, Nuria se despertó con los ojos rojos e hinchados. Ahora se sentía avergonzada y ansiosa, sin querer que los demás la vieran en ese estado. Pero Arantza, como siempre, se dio cuenta enseguida y fue a buscarla.
—¿Qué te ha pasado en los ojos? —preguntó frunciendo el ceño—. Están súper hinchados.
Nuria bajó la mirada, incómoda.
—No lo sé... Me desperté así y no quiero que nadie me vea —murmuró, apenada.
Sin decir nada más, Arantza le tomó la mano y la llevó al baño.
—Venga, no te preocupes, que esto lo arreglamos en un momento —dijo, sacando un pañuelo para limpiar suavemente los ojos enrojecidos—. Cierra los ojos, anda, que voy a ponerte un poco de colirio.
Mientras Arantza cuidaba de su prima con paciencia, Ricardo apareció en la puerta, apoyado en el marco, observando la escena. Su mirada pasó de culpable a maliciosa en un instante, y, con una sonrisa juguetona, rompió el silencio.
—A ver... ¿qué está pasando aquí? Nuria, ¿has llorado toda la noche porque no te dejé dormir con nosotros en la cama grande?
Ésta no pudo evitar soltar una risita, a pesar de todo.
—No, tonto —respondió, todavía algo incómoda—. Creo que algo se metió en mis ojos mientras dormía, pero no sé qué fue.
Ricardo, sin perder su tono bromista, alzó una ceja.
—¿Un ejército de bichitos traviesos que organizaron una rave en tus ojos?
Nuria se echó a reír, más relajada, y hasta Arantza dejó escapar una carcajada mientras seguía concentrada en su tarea.
—Listo, ya está. —Arantza terminó de aplicar el colirio y la miró satisfecha—. Mejor, ¿no? Solo necesitas descansar un poco más.
Él causante del estropicio, desde la puerta, no podía quedarse callado.
—Eso, y mientras tanto, ponte unas gafas de sol en casa. Así mantienes el misterio —añadió con tono burlón.
Nuria dejó escapar una risa suave, sintiéndose más animada.
—Gracias, chicos. De verdad, sois los mejores.
Ricardo le guiñó un ojo, rematando la escena con otra de sus bromas.
—Siempre, Nuri. Pero, oye, la próxima vez que montes una fiesta en tus ojos, avísame. Seguro que fue un fiestón.
Los tres rieron juntos, dejando que la atmósfera ligera disipara cualquier incomodidad, y continuaron con su día con una renovada tranquilidad.
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