Parte 1. Mi novia se toma muy enserio los retos
El reto era simple: coquetear. Pero cuando los labios de tu novia se encuentran con los de tu mejor amigo, las reglas del juego se borran. Y tú, parado en medio, descubres que tu deseo es más fuerte que tu moral.
Era una noche de viernes en nuestro departamento, el aire cargado de esa electricidad que solo surge cuando el vino fluye y las inhibiciones se aflojan. Samantha y yo estábamos en el sofá, mi brazo alrededor de sus hombros mientras veíamos una serie sin prestarle mucha atención. Sebastian, mi amigo de siempre, estaba tirado en el sillón de enfrente, con las piernas abiertas y esa sonrisa despreocupada que lo hace parecer invencible.
Samantha, fiel a su naturaleza curiosa y retadora, se giró hacia mí con los ojos brillando bajo la luz tenue.
—Matias… ¿nunca has fantaseado con verme coquetear de verdad con alguien?
—susurró, su mano deslizándose por mi muslo—.
Alguien como… Sebas.
Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de miedo y un calor traicionero que empezaba a subir por mi cuerpo. Siempre he sido el tranquilo, el que cede, el que observa en silencio. Así que, con la voz un poco ronca, solté:
—Pues… si tanto te pica la curiosidad, hazlo. Coquéteale esta noche. A ver hasta dónde llega él. Sebas arqueó una ceja, divertido.
—¿En serio, Mati? ¿Me estás prestando a tu novia?
—dijo con esa voz grave y segura.
Samantha soltó una risa baja, sensual, y se levantó del sofá como una pantera. Se acercó a Sebas despacio, contoneando las caderas, y se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaron de inmediato. Empezó suave: una mirada prolongada, un mordisco juguetón en su labio inferior mientras él hablaba, sus dedos rozando “sin querer” el antebrazo de Sebas cuando reía.Yo los miraba desde mi sitio, el pulso acelerado, la erección empezando a traicionarme bajo los jeans. Intentaba mantener la calma, repetirme que era solo un juego. Pero Samantha no juega a medias. Se inclinó hacia él, su aliento cálido en el cuello de Sebas mientras le susurraba algo que lo hizo sonreír con malicia. Le acomodó el cabello con dedos lentos, luego bajó la mano hasta su pecho, sintiendo los músculos bajo la camiseta. Sebas no se quedó atrás: su mano grande se posó en la rodilla de Samantha, subiendo apenas unos centímetros por el muslo desnudo, como probando el terreno.
—Samantha… —intenté decir, con voz débil—.
Solo coquetear, ¿vale?Ella me miró por encima del hombro, los ojos cargados de deseo y desafío.
—Tranquilo, amor. Tú querías ver hasta dónde llegaba él… y yo estoy disfrutando demasiado como para parar ahora.
Sebas, con esa actitud dominante que siempre ha tenido, apretó un poco más el muslo de Samantha y le dijo al oído, lo suficientemente alto para que yo oyera:
—Tu novio te está mirando con cara de que esto le encanta… ¿o me equivoco?
Samantha gimió suavemente, un sonido que me atravesó como un rayo. Se giró hacia Sebas y, sin aviso, lo besó. No fue un beso inocente. Fue hambriento, profundo, con lengua. Las manos de Sebas subieron de inmediato: una al cuello de Samantha, la otra apretando su cintura, atrayéndola hasta casi sentarla a horcajadas sobre él.Yo estaba paralizado, la respiración agitada, el cuerpo ardiendo. Quería detenerlos, pero mis manos no se movían. Solo podía mirar cómo la lengua de mi mejor amigo exploraba la boca de mi novia, cómo ella se arqueaba contra él, cómo sus caderas se movían apenas, rozándose contra la evidente erección de Sebas. Cuando se separaron, ambos jadeaban. Samantha tenía los labios hinchados, los ojos vidriosos. Se pasó la lengua por ellos, saboreando todavía a Sebas, y me miró fijamente. Sebas, sin soltarla, habló con voz ronca:
—Se salió de control, Mati… pero tu novia está empapada. Lo siento en sus bragas cada vez que se mueve.
Samantha soltó una risa entrecortada y, sin apartar la mirada de mí, deslizó su mano hasta la entrepierna de Sebas, palpando sin vergüenza la dureza bajo la tela.
—¿Lo sientes, amor? —me dijo, la voz temblorosa de excitación—.
Es por mí… y tú lo permitiste. Yo tragué saliva, incapaz de hablar. Mi propia erección dolía, traicionándome por completo. Samantha se levantó despacio, caminó hacia mí con las piernas ligeramente temblorosas y se sentó a horcajadas sobre mis piernas. Me besó con fuerza, y supe de inmediato que estaba probando el sabor de Sebas en su boca. Su cuerpo estaba caliente, sus pezones duros contra mi pecho. Se frotó contra mí, lenta, tortuosamente, mientras susurraba contra mis labios:
—Estoy tan mojada que me avergüenza… pero no puedo parar. Dime, Mati querido… ¿quieres que pare? ¿O quieres que Sebas venga aquí y me toque mientras tú miras? ¿Quieres verme correrme con sus dedos dentro de mí?
Sus caderas se movían con más urgencia, buscando fricción. Sebas nos observaba desde el sofá, ya con la mano dentro de sus jeans, tocándose sin prisa, disfrutando del espectáculo.Yo gemí contra su boca, las manos temblando en su cintura.
—No… no pares —susurré al fin, rendido—. Quiero verlo todo.
Samantha sonrió victoriosa, se giró hacia Sebas y le extendió la mano.
—Ven aquí, entonces. Mi novio quiere un show de verdad.
Y en ese momento supe que ya no había vuelta atrás. El reto había terminado… y la noche apenas empezaba.
Continua en la parte 2.
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