Casada con la familia: Parte I- El suegro
El anillo de boda aún le brillaba en el dedo, pero su mirada ya no pertenecía a su esposo. Al cruzar el umbral de la nueva casa, Elena no encontró solo a su cuñado, sino a un hombre mayor cuya virilidad latente la esperaba en la penumbra del salón. Lo que comenzó como una curiosidad prohibida se transformó en un ritual de sumisión y placer oculto bajo la mesa del desayuno.
El sol de la mañana de boda se filtraba tímidamente por los pesados cortinajes de la suite, dibujando largas rayas de oro sobre la alfombra de lujo. Me desperté con el cuerpo entumecido y una sonrisa tonta dibujada en la boca. Elena, a mis 25 años, por fin era Elena Martínez. El anillo de platino con su diamante solitario parecía pesarme en el dedo, un ancla maravillosa que me ataba a Alejandro, mi esposo, mi hombre.
Me giré para mirarlo. Dormía profundamente, con la boca ligeramente abierta, el pelo oscuro revuelto sobre la almohada. A sus 35 años, Alejandro era la personificación del éxito: traje impecable, mandíbula firme, una confianza que emanaba de cada poro. Y esa misma confianza se había manifestado anoche en la cama, dominándome con una intensidad que me había robado el aliento y me había hecho sentir, por primera vez, completamente mujer.
Pero esa mañana de felicidad pura se mezclaba con un nerviosismo que me revolvía el estómago. Hoy dejaba mi pequeño piso alquilado, mis dos plantas de aloe vera y mis noches de vino con las amigas, para mudarme a su casa. A *nuestra* casa. Una mansión de piedra a las afueras de la ciudad, un lugar que solo había visto de pasada, pero que ahora iba a ser mi nuevo mundo. Y ese mundo, además de Alejandro, venía poblado por fantasmas y extraños.
El trayecto en el coche fue silencioso. Alejandro conducía, una mano en el cambio y la otra sobre mi muslo, un gesto que era a la vez posesivo y reconfortante. Yo miraba por la ventana los árboles desfilando, con la maleta de la luna de miel en el maletero y el corazón en un puño. ¿Qué pensaría su padre de mí? Don Ricardo, un hombre viudo y de modales anticuados que solo había saludado con una breve inclinación de cabeza en la boda. ¿Y cómo me llevaría con su hijo, Mateo? Un adolescente de catorce años, del que Alejandro me había dicho que era "un poco tímido, pero un buen chico". Y luego estaba el otro. El hermano menor, Santiago.
Cuando Alejandro mencionó a Santiago, su tono cambió ligeramente. "Es un artista, vive a su aire. No pasa mucho tiempo en casa, así que no te preocupes". Pero en la boda, lo había visto. Santiago. Veintiséis años de pura y desafiante masculinidad. Ocho años menor que su hermano, pero parecía el mayor. Donde Alejandro era solidez y estructura, Santiago era fuego y caos. Llevaba el pelo un poco más largo, una barba de varios días que le enmarcaba una sonrisa fácil y unos ojos oscuros que parecían ver directamente a través de ti, despojándote de todas tus defensas. Mientras su padre le regañaba por haber llegado tarde, él simplemente le había devuelto la sonrisa, y luego sus ojos se encontraron con los míos por un instante. No fue una mirada de cuñado a cuñada. Fue una mirada de hombre a mujer, una evaluación lenta y deliberada que me había hecho ruborizarme y apartar la vista, el corazón latiéndome con una fuerza inusitada.
El coche se detuvo ante un portón de hierro forjado que se abrió silenciosamente. La casa era imponente, de dos plantas, con enredaderas trepando por sus muros de piedra y un jardín cuidadosamente cuidado. Alejandro tomó mi mano. "Bienvenida a casa, cariño".
La puerta se abrió antes de que tocáramos el timbre. Era Don Ricardo, un hombre alto y canoso, con el rostro surcado por arrugas que hablaban de una vida de preocupaciones. Me estrechó la mano con una firmeza sorprendente. "Elena. Un placer. Que te sientas como en tu casa". Su voz era grave, sin inflexiones. Sus ojos me analizaron de arriba abajo, no con la lujuria de Santiago, sino con la curiosidad de un coleccionista examinando una pieza nueva.
El recibidor era enorme, con un suelo de mármol que hacía eco de nuestros pasos. Un adolescente flacucho y pálido apareció por una puerta, con una consola en las manos. "Mateo", dijo Alejandro, y el chico levantó la vista apenas un segundo. "Hola", masculló, sin mirarme a los ojos, y desapareció tan rápido como había llegado. Tímido, en efecto. Casi invisible.
Y entonces, lo sentí. No lo vi, lo sentí. Una presencia en la escalinata que llevaba al piso de arriba. Apoyado en la barandilla de madera oscura, con los brazos cruzados sobre el pecho, estaba Santiago. Llevaba unos vaqueros rotos y una camiseta negra tan ajustada que marcaba cada músculo de su torso. No había sonrisa en su rostro esta vez, solo una intensidad silenciosa. Sus ojos recorrían mi vestido de verano, mis piernas, mi pecho, mi cara, como si estuviera memorizando cada centímetro de mi piel.
Alejandro, inconsciente, me presentó. "Santi, ya te puedes presentar formalmente a tu nueva cuñada".
Santiago descendió los escalones con una lentitud deliberada. Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude oler su perfume, una mezcla de cuero, tabaco y algo salvaje que no supe identificar. Tomó mi mano que Alejandro aún sostenía, pero su toque fue completamente diferente. Alejandro era seguro, protector. Santiago fue eléctrico. Sus dedos largos y ásperos rozaron mi muñeca, y un escalofrío recorrió toda mi espina dorsal.
"Elena", dijo su voz, un murmullo bajo y ronco que vibró en el aire entre nosotros. "Un placer. Mucho". No soltó mi mano. Me la mantuvo atrapada en la suya mientras sus ojos se clavaban en los míos. "Espero que este infierno de perros falderos y viejos amargados no te asuste demasiado. Si necesitas un poco de aire fresco, ya sabes dónde encontrarme".
Alejandro rio, dándole una palmadita en el hombro. "No le hagas caso, Elena, es un payaso".
Pero yo no estaba riendo. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, un ritmo frenético y traicionero. Santiago finalmente soltó mi mano, pero no antes de pasar su pulgar por mi palma, un gesto tan íntimo y fugaz que casi podría haberlo imaginado. Me dio una última sonrisa, esta vez llena de promesas no dichas, y se dio la vuelta, desapareciendo por un pasillo con la misma gracia felina con la que había aparecido.
Alejandro me guio hacia el salón, hablando de la decoración, de los recuerdos de su infancia. Pero yo no lo escuchaba. Mi mente estaba atrapada en el escalofrío de su toque, en la mirada de su hermano. Acababa de entrar en mi nuevo hogar, el hogar de mi marido, y ya sabía, con una certeza aterradora y excitante, que la parte más peligrosa y tentadora de esa nueva vida acababa de pasar frente a mí por la escalera.
Pasaron varias semanas. Las semanas se convirtieron en un mes. La rutina se instaló en la gran casa como una polvareda silenciosa. Por las mañanas, Alejandro se iba a la oficina, Mateo se encerraba en su cuarto con sus videojuegos y yo me enfrentaba al laberinto de habitaciones vacías y a la presencia fantasmal de Don Ricardo, que pasaba las horas en su estudio, rodeado de libros y el olor a tabaco en pipa. Santiago, como de costumbre, era una ausencia constante, un fantasma que solo aparecía para coger algo de la nevera y desaparecer de nuevo con una sonrisa cómplice para mí.
Era una noche de insomnio. Alejandro roncaba suavemente a mi lado, exhausto por una semana de reuniones. El aire de la habitación era denso y pesado. Me levanté con cuidado, sin hacer ruido, y bajé a la cocina a por un vaso de agua. El silencio de la casa era absoluto, roto solo por el zumbido del refrigerador. Pero al volver por el pasillo, una luz tenue y un sonido extraño me detuvieron en seco.
Provenía del salón. La única luz era el parpadeo azul y plateado de la pantalla gigante del televisor. Y el sonido... el sonido era el de una mujer. Un gemido agudo, prolongado, lleno de un placer falso y cinematográfico que se cortaba de repente para dar paso a un gruñido masculino. Mi primer instinto fue la vergüenza, el de retroceder y subir a mi cuarto a fingir que no había oído nada. Pero una curiosidad malsana, una que no sabía que poseía, me mantuvo clavada en el umbral de la penumbra.
Me asomé con el cuerpo pegado a la pared. Allí, sentado en su sillón de cuero favorito, estaba Don Ricardo. Estaba de espaldas a mí, completamente inmerso en la escena que se desarrollaba ante él. En la pantalla, una rubia con un cuerpo imposible era tomada por dos hombres a la vez. Pero mi atención no estaba en la televisión. Estaba en él. Su pijama estaba desabrochado, y su mano, una mano de hombre mayor, con venas prominentes y nudillos gruesos, se movía con un ritmo firme y seguro sobre su erección.
Y qué erección. Era grande, más grande que la de Alejandro, y sorprendentemente gruesa. Se alzaba desde su entrepierna como un trozo de mármol pulido, con la piel tensa y el glande oscuro y brillante bajo la luz parpadeante de la TV. No era el miembro de un anciano; era el de un hombre en plena posesión de su virilidad, un falo poderoso y exigente. Lo observaba, fascinada, mientras su mano subía y bajaba, apretando el eje, frotando la punta. Los gemidos de la actriz se mezclaban con su propia respiración agitada, un sonido áspero y controlado que me puso la piel de gallina.
No pensé. Actué. Una idea, audaz y perversa, se apoderó de mí. Quería verle la cara. Quería que me viera. Me fui en silencio a la cocina, mi corazón martilleando en mi garganta. Preparé una bandeja con un plato, un sandwich de jamón y un vaso de leche. Mi mano temblaba ligeramente mientras lo hacía.
Volví al salón y, en lugar de anunciar mi presencia, me detuve justo a su lado, en el borde del cono de luz.
"¿No tiene sueño, suegro?".
Se sobresaltó como un adolescente pillado in fraganti. Su mano se apartó de su miembro con un movimiento brusco, pero ya era demasiado tarde. Me había visto. Se giró en el sillón, con los ojos muy abiertos por el susto, el rostro iluminado por la luz pornográfica. Su miembro, duro y magnífico, permaneció erguido, palpitando sobre su muslo, completamente expuesto.
Nos quedamos así, en un silencio denso y eléctrico. Él, con el pánico pintado en la cara. Yo, con la bandeja en las manos y la mirada clavada, irremediablemente, en su sexo. No podía apartarla. Era como si un imán atrajera mis pupilas. Era imponente, viril, y me sentí una traidora por el deseo que empezaba a arder en mi vientre.
"Yo... yo solo...", tartamudeó él, sin saber qué decir.
"Disculpe la interrupción", susurré yo, sin quitarle los ojos de encima. "Traje un poco de leche... pensé que podría tener sed".
Mi voz sonaba tranquila, serena, lo que pareció desconcertarlo aún más. Esperé a que se recuperara, a que se cubriera, que dijera algo. Pero no lo hizo. Al contrario, vi algo cambiar en su expresión. El pánico inicial fue reemplazado por otra cosa. Una especie de orgullo desafiante. Lentamente, su cuerpo se relajó en el sillón. No hizo ningún intento de ocultarse. Al contrario, abrió un poco más las piernas, como si estuviera exhibiendo su tesoro. Parecía disfrutar, de una forma casi perversa, del efecto que su desnudez tenía en su joven nuera.
Coloqué la bandeja en una mesita auxiliar y, en un arrebato de audacia que me sorprendió a mí misma, me senté en el sofá que estaba justo frente a él, a solo un par de metros de distancia.
"No se preocupe", dije, mi voz apenas un murmullo. "Entiendo que estando solo... tenga necesidades".
Sus ojos se entrecerraron, estudiándome. No había reproche en mi rostro, solo una curiosidad intensa.
"No tiene por qué detenerse por mí", animé, sintiendo el poder fluir por mis venas. "De hecho... le ruego que continúe".
Él me miró fijamente, como si intentara descifrar un enigma. Y entonces, una sonrisa torcida, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Su mano volvió a su miembro. Lentamente, volvió a envolverlo con sus dedos. Y comenzó a masturbarse de nuevo.
Esta vez era diferente. No lo hacía para él. Lo hacía para mí. Sus ojos estaban clavados en los míos mientras su mano se deslizaba arriba y abajo, con más lentitud, con más deliberación. Yo no apartaba la mirada. Observaba cada detalle: la forma en que su pulgar rozaba el glande, la forma en que sus testículos se movían en su bolsa peluda, la forma en que su respiración se hacía más profunda. El sonido de la televisión se había convertido en un mero ruido de fondo. La única banda sonora que importaba era el de su respiración y el crujido del cuero del sillón.
Un calor húmedo se había instalado entre mis piernas. Mis pechos se sentían pesados, los pezones duros y doloridos contra el tejido de mi camisón. Me sentía sucia, excitada, más viva que nunca.
Se estuvo masturbando así durante varios minutos, un espectáculo privado y electrificante. Su ritmo se aceleró, su respiración se convirtió en un jadeo. Vi cómo sus muslos se tensaban, cómo su abdomen se contraía. Y entonces, sin poder evitarlo, extendí mi mano. Con un cuidado infinito, como si tocara un animal sagrado, mis dedos encontraron su bolsa peluda y pesada. La acaricié, sintiendo el calor, el peso de sus testículos en mi palma.
Eso fue todo lo que necesitó.
Con un gruñido ahogado, arqueó la espalda. Un chorro espeso y blanco de semen brotó de su glande, cayendo sobre su abdomen, su pecho y... sobre mi mano. El líquido caliente y viscoso me cubrió los dedos, un manantial de vida que me marcó como suya. Se corrió mucho, más de lo que jamás hubiera imaginado, un torrente que no parecía tener fin.
Cuando terminó, cayó de nuevo en el sillón, jadeando, con el cuerpo temblando. Se giró para mirarme, con los ojos llenos de una mezcla de asombro y disculpa. "Elena... yo... lo siento mucho".
Pero yo no estaba escuchando. Bajé la vista hacia mi mano, extendida sobre mi regazo. Brillaba a la luz de la televisión, cubierta de su semen. La levanté, observándola con una fascinación casi científica.
"No pasa nada", susurré,
La noche siguiente fue un eco de la anterior. El mismo silencio pesado de la casa, el mismo insomnio que me empujaba fuera de la cama. Esta vez, no fue la curiosidad lo que me llevó al salón, sino una anticipación febril. Sabía que lo encontraría allí. Y así fue.
La escena se repitió, casi idéntica. Él en su sillón, la luz azul de la televisión bañando su cuerpo ya desnudo, su mano moviéndose sobre su erección. Pero algo había cambiado. Ya no hubo susto, ni tartamudeos. Me detuve en el umbral y nuestros ojos se encontraron al instante. No hubo palabras. No las necesitábamos.
Él sonrió. Una sonrisa lenta, de conocimiento, de poder. Sabía por qué estaba ahí. Sabía lo que quería. Y yo, con mi mirada fija en su miembro, se lo confirmé. Le animé con los ojos, con la ligera inclinación de mi cabeza, con el deseo que debía irradiar de mí como el calor de una hoguera. Él entendió. Su sonrisa se ensanchó, y su mano se movió más despacio, como si quisiera prolongar el espectáculo, como si supiera que esta vez la obra de arte no sería solo para él.
Bajo esa luz parpadeante, me arrodillé. Las rodillas se posaron sobre la alfombra suave, frente a él. Estaba a su altura, a la altura de su sexo. Mi mundo se redujo a eso: a su miembro duro, palpitante, a los pelos grisáceos de su entrepierna, a su olor a hombre maduro y a jabón. Extendí mi mano y la envolví alrededor de su eje. Era más cálido de lo que imaginaba, más vivo. La piel era suave, pero por debajo sentía la dureza de acero. Comencé a mover mi mano, imitando el ritmo que había visto la noche anterior, pero con una fuerza, una seguridad que él no tenía.
Él se recostó en el sillón, con los ojos cerrados, entregándose por completo a mi toque. Un gemido bajo y profundo escapó de sus labios, un sonido mucho más real que cualquiera de los que salían de la televisión. Sentí su poder en mi mano, sentí cómo crecía, cómo se tensaba. Noté cómo su respiración se aceleraba, cómo sus caderas comenzaban a moverse al compás de mi mano. Sabía que estaba cerca.
Justo entonces, abrió los ojos y me miró con urgencia. "Cariño... ten cuidado", jadeó, su voz ronca por el placer. "Que voy a manchar todo...".
Pero yo ya lo había pensado. Una sonrisa pícara se dibujó en mis labios. "No te preocupes", susurré, con una confianza que me sorprendía. "Tengo un truquito".
Y sin darle tiempo a procesar lo que había dicho, me incliné. Con la mano todavía sujetándole la base, abrí la boca y me tragué su polla de un solo golpe. El sabor a su piel, a su masculinidad, inundó mis sentidos. Él soltó un gruñido de sorpresa y éxtasis, y su mano se aferró a mi pelo, no con fuerza, sino como un ancla en medio de la tormenta que le estaba proporcionando.
Sentí cómo el glande golpeaba el fondo de mi garganta. Comencé a mover mi cabeza, arriba y abajo, mientras mi mano se encargaba del resto, masturbando lo que no podía caber en mi boca. Y entonces, sentí la contracción final. Su cuerpo se tensó por completo, y un chorro caliente y espeso de semen golpeó el fondo de mi garganta. Y otro, y otro. No paraba. Los fui tragando uno tras otro, con avidez, sintiendo cómo su esencia caliente descendía por mi garganta, nutriéndome, marcándome. No dejé caer ni una gota.
Cuando terminó, me aparté lentamente, limpiándome los labios con el dorso de la mano. Lo miré. Estaba completamente rendido, con los ojos cerrados y una expresión de pura paz en su rostro. Me levanté y, sin decir una palabra, me fui a mi cuarto, con el sabor de él aún en mi boca.
A la mañana siguiente, el desayuno fue una comedia de lo más surrealista. Alejandro, impecable en su traje, se servía un café. Mateo seguía sin existir. Y Don Ricardo leía el periódico, sin levantar la vista, como si la noche anterior no hubiera existido.
"Oye, Elena", dijo mi marido, dándome un beso en la mejilla. "Ayer hablé con mi padre. Me ha dicho que le caes muy bien. Que eres muy maja".
Me quedé helada con la taza de café a medio camino de los labios. Levanté la vista y crucé una mirada furtiva con mi suegro por encima del periódico. Él no bajó el periódico, pero vi cómo el borde del papel temblaba ligeramente. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios, oculta para todos menos para mí.
"Qué bueno, cariño", conseguí decirle a Alejandro, mientras un calor que no tenía nada que ver con el café se extendía por mi pecho. Muy maja, sí. La nuera más maja del mundo
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