Castigo corporal
Rebeca llega al despacho con un vestido ceñido y una historia de castigos que no es lo que parece. Filiberto, el psicólogo, intenta mantener la compostura mientras ella describe con detalle cómo su cuerpo ha sido expuesto y cómo sufre de abstinencia. La visita se convierte en una trampa de deseo donde la autoridad profesional se quiebra ante la voluptuosidad de la madre.
Como psicólogo del colegio Filiberto Parrales acostumbraba a olvidar los nombres de los chicos que visitaban su despacho, pero no le pasó lo mismo con la madre de uno de ellos, Rebeca Liente: de vez en cuando aún soñaba con su cruce de piernas, tres segundos en su despacho, una eternidad en su memoria. Le daban igual su empleo y los TDAH, los TEC, los TOC, los TEPT y los TCA, se confundían unos con otros, en algo que el psicólogo escolar resumía, como “demasiados mimos y demasiados móviles”. Pero las TETAS, esas TETAS le resultaban inconfundibles. Las de Rebeca, la madre de Serafín. Cuando se sacó el abrigo y las vio enmarcadas en el escote del suéter tipo barco le costó centrarse en trivialidades como los problemas de su vástago Serafín, un chaval al que en realidad no le pasaba nada fuera de lo común. Lo pensó cuando se dio cuenta de que el ascensor no funcionaba y tuvo que subir siete pisos andando. Luego se dio cuenta que había tres de oficinas. Así que eran diez.
Filiberto Parrales siempre había pensado que sus padres le odiaban. Quizás por eso le habían puesto el nombre del abuelo, aunque ellos le llamaban Fil. Por eso había estudiado psicología, para tratarse a sí mismo. Y por eso trabajaba de psicólogo en un colegio, un trabajo que ni le gustaba ni le dejaba de gustar pero le hacía vivir en una mediocridad que lograba que se sintiese seguro.
Llegó a la planta siete, en realidad diez, sin aliento pero como Serafín vivía cerca del colegio había pensado que era mejor aprovechar la hora del recreo y así no tener que hacerlo fuera del horario escolar. Había quedado a cenar con su novia en uno de los pocos momentos de relajo que ella se había permitido como pareja ahora que estaba toda histérica con los preparativos de su boda.
Serafín era un chico de quince años. Había tenido dos entrevistas con el chico y su percepción era que se parecía a él, sólo aspiraba a la normalidad, a pasar desapercibido y no meterse en líos ninguna. Si lo recordaba era por su madre: Rebeca Liente, que sólo acudió a la última de ellas, aquellos veinte minutos inolvidables gracias, entre otras cosas a su prodigioso cruce de piernas. Al parecer ella lo tuvo muy joven y el marido se había divorciado hacía diez años. Según la ficha de Serafín, Rebeca no se había vuelto a casar pero Filiberto la recordaba por la sensualidad de sus movimientos y la voluptuosidad de sus curvas.
Cuando llegó no había nadie en la puerta y dudó en si entrar. No lo hizo. Hasta que oyó unos tacones que se acercaban por el oscuro pasillo.
–Perdone, que estaba buscando los zapatos. En esta casa se recibe calzada.
Había olvidado ese tono clasista y altivo que la caracterizaba. Contrastaban con sus rasgos aniñados, ojos grandes, pómulos marcados y unos labios que cuando dudaba siempre se mordía durante unos segundos. Llevaba el pelo en un recogido descuidado, del que se rebelaban a ambos lados de su nuca unos mechones prodigiosos.
–Pase, por favor. Y gracias por venir.
La siguió por el pasillo oscuro. El ceñido vestido le enmarcaba un culito que oscilaba de un modo sexualmente pendular, como si aquella cadencia iluminase la penumbra cual luciérnaga provocativa.
–El colegio me envía a ver si Serafín está bien. Hace tres días que no viene...
–Está perfectamente –replicó ella con su tono imperativo, sin volverse– Pero castigado.
Llegaron al salón, vio a Serafín vestido de lo más formal sentado en un butacón del comedor con un grueso libro en su regazo. Le sorprendía que pudiese leer, las persianas medio bajadas sólo dejaban pasar algo de claridad en aquel día de primavera.
–Ya, pero tantos días...
–Es que me tiene desesperada, don Filiberto.
–Fil, por favor. ¿Pero qué ha hecho?
–Pues ver porno, porno en el móvil, porno en el portátil, revistas porno –y tal como lo dijo cogió un cojín rulo –largo y estrecho, como un cilindro de apenas siete centímetros de diámetro de encima del sofá y empezó a pegar a su hijo, en la cabeza, en el cuerpo. El chaval levantó el brazo y se protegió de las tres enérgicas sacudidas. Como si fuese de lo más normal.
–Señora, no debería aplicarle un castigo corporal. Podría ser contraproducente.
–¡Pero es que no me hace caso! ¡Le he puesto aquí a leer al Biblia como ha dicho el padre Cansinos pero ni así!
–No será para tanto.
–Lo verá usted mismo –pero lo que vio Filiberto fue que al acercarse a su hijo para arrebatarle la Biblia, adelantaba la pierna, se inclinaba y tensaba el vestido hasta un límite que parecía que fuera a rasgarse en cualquier momento, marcándole aún más la rotunda figura, ciñéndole el culo, dibujando unos muslo que aparecían prietos como por arte de magia.
Volvió a enderezarse y Rebeca empezó a leer en voz alta:
–Vivía en Babilonia un hombre que se llamaba Joaquín. Estaba casado con una mujer llamada Susana, hija de Hilquías, que era muy bonita y respetuosa del Señor (...) A mediodía, cuando la gente se iba, Susana acostumbraba salir a pasear al jardín de su esposo. Los dos ancianos, que todos los días la veían salir a pasear, se llenaron de pasión por ella y tuvieron pensamientos perversos (...). Susana fue al jardín como de costumbre, acompañada solamente de dos muchachas. Y tuvo deseos de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. Fuera de los dos ancianos, que estaban escondidos espiándola, nadie más había allí. Susana les dijo a las muchachas: “Tráiganme aceite y perfumes, y cierren las puertas del jardín, porque voy a bañarme.” Ellas hicieron lo que les mandó; cerraron las puertas del jardín y salieron por una puerta lateral para traer lo que les había encargado. Como los ancianos estaban escondidos, no los vieron.
Cerró la biblia de un golpe. La lanzó sobre el sofá con hartazgo. Y volvió a tomar el cojín de rulo para golpear de nuevo a Serafín, entre la rabia y la impotencia
–¿Lo ve? ¡Justo ha escogido el pasaje de Susana y los viejos! ¿Se puede ser más vicioso.
Filiberto avanzó hacia ella, se interpuso entre el chico y su madre, le arrebató el cojín de rulo, comprobando que por suerte era más bien blandito, y la abrazó, para calmarla. Sintiendo su perfume que evocaba almizcles blancos y pétalos de flores, la hizo sentar en el sofá. Cuando ya estuvo más calmada y su respiración se serenó él sólo murmuró:
–Ya pasó, ya pasó.
–Es que no se imagina lo que es... Le doy la Biblia y en vez de buenos ejemplos él va al Cantar de los Cantares, a Betsabé, a Judith yaciendo con Holofernes, la vicioso Onan que cuando no se consolaba a sí mismo lo hacía con su cuñada, a Lot ofreciendo a sus hijas a los obsesos de Sodoma, a la provocativa Salomé bailando para Herodes, por no hablar de las hermanas Oholá y Oholibá, prostituyéndose con los egipcios. ¡Es un no parar! ¡Yo le invito a buscar a Dios y él sólo encuentra mujeres adúlteras!
Filiberto no sabía si era su perfume o su manera de hablar pero se le estaba poniendo dura. Ya estaba pensando que le vendrían bien las esforzadas hermanas Oholá y Oholibá para hacerle un trabajito. Sin embargo pudo recuperar la compostura
–El chico tiene que volver al colegio.
–¡Si no estudia! ¡Sólo tiene el sexo en su cabeza! ¿Sabe que hay peor que la Biblia? ¡Su historial de internet! ¡Que si MILF, que si voyeur, que si ENF, que si boobs... La mitad de las cosas no sé ni lo que son... ¿De dónde sacará esas obsesiones, Fil?
Filiberto la contempló sentada de perfil... la falda justo por las rodillas, ceñida a más no poder, la cintura estrecha, los tres botones del vestido oportunamente abiertos para que sus pechos pudieran ofrecer un canalillo y un escote apretado a más no poder... los pezones tensando la fina tela como si estuviesen tallados en diamante.
–¡No tengo ni idea! –y encima con su novia estresada por los preparativos de su boda hacía meses que estaba en dique seco.
Ella pareció calmarse.
–Disculpe este calor. Es que se nos ha roto el aire acondicionado. Necesito que venga un hombre a meterme mano al aparato... pero a fondo, que llevo años sin un buen repaso.
Filiberto tragó saliva. Aquello se estaba poniendo muy duro.
–Pero no le ofrecido nada. ¡Va a creer que soy una anfitriona desastrosa!
Se fue hacia la cocina con aquel cimbreo que hubiera derribado las columnas de Hércules. El psicólogo se preguntó si eran los altísimos tacones o si caminaba así de natural.
Cuando volvió lo hizo con una bandeja con una jarra de agua, dos vasos y un plato donde había un pedazos de fruta blanca pinchados en coquetos palillo. Se inclinó hacia él ofreciéndole el tentempié y una visión privilegiada de su escote con aquellos tres botones abiertos intentando contener unos volúmenes prodigiosos.
–Taquitos de melón. Aquí somos muy de comida sana. Yo no soy de esas que se echa cualquier pedazo de carne a la boca.
Filiberto se preguntó si aquello iba a acabar en algún momento. No tenía pinta. Se comió dos casi seguidos porque lo estaba devorando la ansiedad.
–¿Le gustan? Me los vendió mi frutero. Me dijo “este par de melones están en el punto justo”. Es un hombre que tiene muy buen ojo...
–¿Para la fruta?
–Sobre todo para los melones. Y para las buenas peras.
No, no iba a parar. Y Filiberto ya estaba a punto de ebullición. Como vía de escape fue él esta vez quien cogió el cojín de rulo y sin avisar le sacudió al sorprendido chico tres veces.
–¡Pero Fil!
–¡Mamá! –se quejó el zagal.
–¡Es que tenía malos pensamientos! ¡Estoy seguro!
–Pues parecía que no estaba haciendo nada.
–Créame, señora. Un psicólogo sabe de estas cosas.
–Llámeme Rebeca. Creía que no era partidario del castigo corporal.
El psicólogo dudó.
–Eh, bueno... sí... Salvo en casos muy extremos. Como este.
–¿Y cree que este es uno de esos casos? – y al decirlo cruzó las piernas y se paró el tiempo. Filiberto tragó saliva, se pasó el dedo entre el cuello y la camisa. Sentía que no podía respirar.
–Uhmmm, puede ser, sí.
–Pues culpa mía no es. Desde que su padre se fue con un putón de becaria de su empresa, uy perdón, ¿he dicho putón? ¡Es que lo recuerdo y me enciendo!. El caso es que desde que se marchó no he estado con otro hombre.¡ Y eso que a veces, como estas últimas noches, paso unos sofocos! ¡Me despierto de madrugada empapada en sudor! ¡Y eso que sólo duermo con una camisón finísimo y unas braguitas diminutas! ¡No paro de dar vueltas y más vueltas en la cama, con el cuerpo ardiendo y la boca seca! Al final muchas noches tengo que levantarme con todo el camisón pegado al cuerpo a beber agua fresca de la nevera. Por eso tengo siempre las persianas así. No quiero que ningún vecino mirón me vea. ¿Se imagina?
Sí, se lo imaginaba... con todo lujo de detalles. ¿Iba a acabar aquella tortura en algún momento? Para descargar algo de tensión volvió a agarrar el alargado cojín y descargó otra ristra de golpes sobre el pobre Serafín.
–¡Fil! ¿Cree que ha vuelto...?
–Sin duda. Para mí que es una fijación.
–¡Ni con usted se corta! ¡Qué desgracia ha caído sobre esta familia!
Se va a convertir en el tipo de hombre que no soporto. Como el mecánico de la esquina. Fue a llevarle el coche por un ruidito. Era muy poca cosa sí, pero me molestaba. El caso es que ese día fui a última hora y ya no había mucha gente. Y me había puesto una faldita como esta. Bueno como esta, no. Bastante más corta porque justo ese día Serafín dijo que iba ayudarme con el programa de lavado y la falda había encogido. Pero cuando me di cuenta ya la llevaba puesta y no quería que me cerrasen el taller. Así que me fue así, que total eran dos calles y dentro del coche no iba a verme nadie.
–Pero vamos, no sería tan corta...
–Hombre un poco como así –y ella misma se subió la falda tres dedos y así con las piernas cruzadas, sus muslos lucían ya lustrosos y tentadores.
–Bueno, pero eso es normal... Muchas chicas jóvenes...
–Buf, para ser de verdad honesta, a lo mejor era un poco más –miró hacia el suelo ruborizada–. Me incomoda confesarlo pero a lo mejor era así –y se lo volvió a subir tres dedos más–. Lo hago sólo para que usted se haga una idea. Mi amiga Felisa dice que iba un poco escandalosa.
Filiberto fue a relamerse. La punta de la lengua asomó un momento por la comisura de los labios. Pero se refrenó a tiempo. Se hubiera sentido orgullo de no sentir tanto dolor en su polla, palpitando de manera repetida contra la tela de su pantalón, inflamado como una peritonitis lujuriosa.
–¡Que va a ser escandalosa! ¡Pero si es la moda! ¡Para nada!
–Pero eso usted, que es un hombre bueno. En cambio ese Kevin es tan zafio. Nada más llegar abrió la portezuela del coche y claro, ahí estaba yo con la dichosa faldita. Toda expuesta. Abrió el capó y dijo que era el embrague. Me hizo poner el pie izquierdo en el suelo, ya me dirá para qué... Y me iba haciendo pisar el embrague. Pise el embrague, pise el embrague... Y claro yo me quedé así –y descruzó las piernas para abrirlas ante su estupefacto interlocutor–. Yo creo que era un truco del muy ladino, porque a más pisaba así –y hacia el gesto– más se subía la maldita faldita –y se la subía ella misma, aunque, por suerte ya quedaba poco o nada que subir–. Para mi desgracia llevaba unas braguitas como estas, demasiado pequeñas y de encaje transparente. Espero que no me viese el pubis. ¿Me ve usted el pubis ahora?
–No, no –negó con la cabeza. Se le veía con toda claridad. Oscuro, moreno, depilado.
–Me quita un peso de encima. Pensé que se había aprovechado de mí.
–Para nada, para nada –pero cogió el alargado cojín de rulo y golpeó con tres rápidas descargas al chico –¡Para que no seas como ese desaprensivo, Serafín!.
–¡Es que me quedaron dudas! ¡Porque el molesto ruidito siguió! ¡Y me dijo que volviese la semana que viene!
–Le aconsejo que se ponga pantalones.
–Eso haré, no me fio del tal Kevin, ese cuello de toro. Ese brazo con tatuajes, esos músculos tan marcados. Y esa mirada viciosa –suspiró, con sus pecho más agitado por una respiración entrecortada. No parecía disgustarle tanto– No como usted. Fil, usted se ha comportado con respeto. Cuando usted llegó iba a cambiarme porque seguro que no se ha dado cuenta pero estos tres botones del vestido no me abrochan. Los ojales han dado de sí y no me aguantan el busto. He caído en la cuenta e iba cambiarme cuando ha sonado el timbre, de manera que sólo me ha dado tiempo a ponerme los zapatos. Otro no hubiera dejado de mirarme, ya que he tenido la mala suerte de ponerme este sujetador que me va un poco pequeño y que me aprieta los pechos, y me los junta, que incluso me hace un poco de daño. Pero con usted me he sentido supercómoda.
Filiberto miró hacia los lados, tragando saliva, como buscando una cámara oculta. Fue a coger el rulo para golpear a Serafín para así descargar algo de toda esa energía acumulada de mala manera... Pero el chico fue más rápido y se levantó corriendo cruzando el salón, con tan mala suerte que con una pierna rozó la bandeja y toda la jarra de agua se volcó sobre la desnudas piernas y el regazo de su sexy y explosiva madre.
–¡Lo que faltaba! ¡Ahora estoy toda mojada! –exclamó la ingenua pero a la vez incitante progenitora.
El chico había desaparecido por el pasillo oscuro. Normal, harto de recibir guantazos por una espiral de lujuria que no podía ni entender ni detener. Rebeca se había puesto en pie. Y se fue hacia una puerta, tal vez su dormitorio. Él buscó el baño, lo encontró al segundo intento y volvió con una pequeña toalla. Pero Rebeca Liente ya había desaparecido. Dudó un momento pero la decisión estaba clara, ir en dirección contraria al umbrío pasillo por donde se había ido el joven Serafín y en cambio se encaminó hacia la puerta a la que se había dirigido la aún joven madre.
Entró en el cuarto y la encontró con el vestido empapado a medio quitar. No había mentido el sujetador blanco era ciertamente escaso para recoger aquellos voluminosos senos, cuyos pezones estaban a punto de desbordar los bordes de puntillas de aquella preciosista pieza lencera. Al verlo se sorprendió y abrió su boca dibujando una O perfecta con sus voluptuosos labios.
–¡Señor Parrales!
Y asustada se intentó tapar sus pechos con sus manitas, que era como si dos gorriones intentasen tapar el sol. Al hacerlo el vestido cayó a sus pies descubriendo las braguitas, que, en efecto, como había descrito su propietaria, eran pequeñitas, blancas y transparentes. Al parecer aquella mujer no sabía mentir.
–¡Por Dios, salga de aquí! ¡Hace diez años que ningún hombre entra en mi dormitorio!
Pero no se iba a parar. Filiberto avanzó hacia ella. Clavó la rodilla en tierra y empezó a secarle los muslos. La notó temblando. ¿Miedo? ¿Excitación?
–No puedo dejarla así de empapada, podría resfriarse.
Rebeca intentó retroceder pero él no la dejó. La secaba con una mano y con la otra la aguantó para que no se alejase. Lo hizo sujetando aquel culo prieto, con unas nalgas que le sorprendieron por su firmeza, duro como un balón de futbol.
–Por favor, pare. Que a más me seca más mojada me siento.
Y era verdad, porque él había ido subiendo con la toalla, los muslos, las ingles, la vagina, el abdomen, tan plano; el ombligo prodigioso... Olía su perfume, su olor... Dejó caer la toalla y la abrazó. Ella seguía temblando. Tal vez porque notaba su miembro hinchado pegado a su cadera, duro, venoso, abultado. Pero era imposible que aquello volviese a su tamaño normal porque aquella mujer
–Fil, que no va a usted a poder controlarse.
–Si cualquier hombre la viese así desnuda...
–Nadie me ha visto así –dudó un momento–. Bueno, un poco sí. El pasado otoño salía de la tienda de informática de la plaza central, esa que siempre está llena de cerebritos y nerds, aficionados a juegos de rol... Yo había comprado un portátil y salía cargada. Y el viento me jugó una mala pasada con mi falda de vuelo y con las manos ocupadas no me la puede bajar tan rápido como me hubiese gustado. Me dio mucha vergüenza pero me vieron hasta las ideas.
–¿Todos esos gafotas te vieron? –y poco a poco la empujaba hacia la cama.
–Las gafas se les empañaron, creo –risitas–. Ellos estaban dentro y yo fuera. Pero es que este verano en la feria gastronómica del barrio me cayó por accidente salsa de carne de un guiso de una vecina. Y un perro, un enorme mastín, olió la salsa, se soltó de su dueña, una señora ya mayor y se lanzó sobre mí. Me arrancó el vestido delante de todos. Intenté taparme, pero no hubo manera. El perrazo era demasiado rápido. ¡Pasé un vergüenza! ¡Acabé envuelta en unos manteles del puesto de tartas. ¡Deja de tocarme las tetas así! ¡Las tengo muy sensibles!
Rebeca ya se encontraba debajo y no paraba de jadear.
–No podemos hacer nada. Mi hijo está en casa. Lo oirá todo.
–Es lo que necesita...
–No, no... nunca he hecho nada...
–Es lo que mejor le sentará: un castigo corporal.
–Pero no puede, no se atreverá, Fil...
–Así dejará de exhibirse, de mostrarse como una golfa...
Ella se retorcía bajo el peso del cuerpo de Filiberto. Parecía que se resistía, pero no lo bastante para que él no le estuviese bajando ya las bragas, que, oh de nuevo, gracias por la sinceridad, estaban sorprendentemente húmedas. Como ella misma había adelantado.
–¿Cree que soy un caso extremo, Fil?
–Peor, la veo como un caso perdido.
–Fueron accidentes... Incluso hace unos días. Cuando vino el repartidor de comida de china y me pilló en la ducha. Salí con envuelta en una toalla. Pero era demasiado pequeña. Y al ir a pagar se me cayó y, claro, me vio toda entera. Suerte que ese mismo día me había depilado.
Filiberto había logrado desenfundar su aparato de gran calibre y ya se había abierto paso entre sus piernas, camino de su destino final.
–¿Lo ve? Está tan descontrolada que hasta el chino la ha visto en bolas.
–La comida es china. El repartidor, negro. ¡Ahhh! ¡Me la está metiendo!
–¡Castigo corporal! ¿No era usted tan partidaria? Pues aquí tiene.
Meter y sacar. Meter y sacar. Una y otra vez mientras le agarraba el culo, le mordía las tetas... las tenía duras como piedras, con los pezones sacudiéndose como con vida propia. El sujetador desbordado del todo. Los cuerpos sudorosos.
–¡Nooooo! ¡Noooo!! –Rebeca chillaba poseída.
–Si quieres paro...
–¡Noooo! ¡No pare! ¡Siga! ¡Siga! ¡Más fuerte!
–¿Y si nos oye su hijo?
–Las paredes son gruesas. ¡¡¡¡Ohhhh!!! ¡Dios! ¡Qué grande!
La siguió follando. Ella se corrió. Una vez, dos veces... Un orgasmo por Salomé, otro, más fuerte aún, por Betsabé. La mujer difícil se lo puso fácil, para empezar a ella misma.
Se estaba abrochando los pantalones. La vio medio envuelta en la sábana, exhausta.
–Déjese de Biblia. Que Serafín vuelva al cole y que luego juegue con la Play. Como todos los chicos.
–Gracias por preocuparse tanto. Tal vez...
–Tal vez ¿qué?
–Tal vez podría volver, la semana que viene. Para que hablásemos de él. Los jueves tiene entreno, no llega hasta tarde.
–Uhmmm, podríamos pedir comida china.
–Pero podría estar en la ducha. No quisiera que se enfadase si, sin querer, se me vuelve a caer la toalla. Usted ya ha demostrado que es muy estricto.
Filiberto abrió la puerta del dormitorio y se volvió.
–Entonces tendría que volver a castigarla. Por su propio bien.
–Venga el jueves que viene, por favor. Así le podré contar como me fue en el taller con ese turbio de Kevin. Entre eso y los problemas de Serafín necesitaré apoyo psicológico.
–Puede que lo haga.
–En todo caso, ya sabe lo que pasa con el castigo corporal. Usted mismo me dijo que podía resultar contraproducente. De aplicármelo tan a menudo podía hacer que en vez que me comportase mejor fuese todavía más mala –y lanzó una risita traviesa.
Filiberto cerró la puerta y salió. En el pasillo se cruzó con Serafín. La mirada del chico no permitía albergar dudas. Ahora le odiaba. Y no creía que fuese por los golpes de cojín. Esos ya había quedado desde el principio que no dolían.
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