Fantasías sexuales de españolas 2 (Diana 3) IX
Cinco años de secretos, sudor y semen compartido. Ahora, con una familia que proteger y una vecina que coquetea, Hugo intenta borrar a la mujer que lo tenía hipnotizado. Pero el cuerpo no olvida, y el recuerdo de Diana sigue latiendo con la misma fuerza que el primer día.
Diana llega a la cala y se encuentra de vuelta al presente. Cree que encontrará allí lo que sintió ese día y espera que la recorra ese estremecimiento que ya hace tiempo que no abriga, salvo como recuerdo, prácticamente desde que dejó de verse con Hugo. Por un lado teme: no sabe lo que se va a encontrar allí ni está muy segura de a dónde está dispuesta a llegar, incluso se plantea si no está haciendo algo que puede resultar peligroso para ella, pero aquella sensación es tan buena… la hace sentirse de nuevo viva, le aguza las emociones, todo se vuelve más real y es justo lo que ella necesita, un chute de adrenalina que la espabile y la haga sentirse de nuevo viva. De modo que decide continuar adelante. Sortea las piedras y entra en la cala, ahora bastante desierta en comparación con esta mañana. La hora evidentemente no acompaña, pero ella prefiere que haya poca gente, lo importante es saber con quién se va encontrar allí, así que hace un rápido barrido con los ojos y se da cuenta que hay dos hombres, uno metido en el agua y otro un poco más apartado, en una toalla; dos chicos jóvenes con el pelo cortado a la moda, tatuajes tribales y cuerpo de gimnasio; un poco más alejados, una pareja bajo una sombrilla. Que haya otra mujer en aquel lugar de alguna forma la reconforta y le da ánimos. No puede ver bien al hombre que está en el agua, ni al otro que está tumbado en ese momento, pero los demás, la parejita de hombres y la otra parecen más jóvenes que ella y gastan muy buen tipo. Por un momento se siente un poco avergonzada. Ella está un poco más regordeta de lo habitual, las vacaciones y el buffet pasan factura y eso se nota en su barriguita y el culo, pero no se desanima: se quita el sostén y deja sus pechos al aire. Sigue teniendo unas tetas naturales, enormes y bien puestas, es su mejor arma y lo que llama la atención de la mayoría de los hombres que se fijan en ella, así que por el momento se limita para enseñar la bandera sin quitarse la parte de abajo.
La sensación de morbosa expectación no decae. No sabe lo que va a suceder, pero el simple hecho de estar allí la hace revivir emociones que ya creía perdidas. No puede evitar lanzar el pensamiento a su viejo amante ¿dónde estará Hugo ahora?
------------------------------------------------------------------------
Hugo se renueve inquieto en la hamaca. No le quita la vista a su hijo que juega en la piscina con los vecinos. A su lado, Puri le calienta la cabeza con su intrascendente verborrea habitual. Su vecina, joven como él y con un niño que es amiguito inseparable de su hijo, siempre se sienta a su lado y no pierde oportunidad de flirtear, disimuladamente para los demás (o eso cree ella) y con indudable descaro para él, que la ve ponerse en evidencia en las distancias cortas. Está aburrida, vacía. Según ella, su marido le hace poco o ningún caso y odia su papel de ama de casa.
- “¿En qué momento dejaría yo de trabajar?” - Siempre da vueltas sobre lo mismo. Hugo le gusta y no pierde ocasión de hacérselo saber, esperando que él deje de batirse en retirada y dé un paso en su dirección.
En más de una ocasión ha fantaseado con ello, es lo cierto ¿cómo no hacerlo? Los paralelismos con su aventura ilícita con Diana son muchos. El morbo de una relación prohibida, el subidón que te produce que una chica se te ofrezca (eso sí, esta vez más veladamente pero no por ello menos decididamente), la fantasía que crece en su cabeza y corrompe sus pensamientos más nobles, a lo que habría que añadir el pequeño detalle de que físicamente la chica está bastante mejor que Diana: un cuerpo más alto, muslos delgados pero prietos, un buen culito y unos pechos no tan generosos pero sí bastante redonditos y bien puestos, que por cierto, ahora le pasea generosamente por su cara con un bikini que le está demasiado ajustado y con una tela demasiado fina como para que no se le marquen los negros pezones.
Están en la parte más alejada de la piscina, junto a una pared que da sombra, sentados en unas toallas sobre el césped. Esos pensamientos provocan en Hugo una reacción no deseada. Cuando deja ir su mente no puede evitar empalmarse, así que ha bajado la guardia y ahora se tiene que poner de lado para disimular el bulto que ha crecido en su bañador. Puri se ha dado cuenta, ambos lo saben y una sonrisa de satisfacción cruza su cara aunque disimula muy bien para no comprometer a Hugo. Se tumba y también y adopta una postura aparentemente indolente pero que tiene mucho de sensual, de cebo, le gusta que él esté caliente. Pero el muchacho trata de desviar su pensamiento y se dice a sí mismo que no debe cometer de nuevo los mismos deslices. Es inevitable la comparación y que le venga el recuerdo de Diana, que surge cada vez que Puri le provoca. Está decidido a no repetir errores, entre otras cosas, porque hay circunstancias que han cambiado. Una de ellas es que ya no es tan jovencito ni está tan desesperado, ni tampoco es el mismo el morbo que le inspira la chica a pesar de estar físicamente mejor y tener ese punto de inocencia impostada. No es la atracción brutal cocida a fuego lento que sentía por Diana. También por supuesto ha cambiado su situación: ahora él también está comprometido y es padre de familia. Tiene responsabilidades que van más allá de mantener vivo su matrimonio. Y por último el detalle fundamental: sigue enamorado de su mujer. Esta vez hay demasiadas cosas en peligro como para echarlas a perder por un polvo con Puri, por intenso y satisfactorio que pueda llegar a ser.
- Voy a ver a estos dos que no me fío – indica mientras pone distancia entre él y la tentación. Se sienta al borde de la piscina de los pequeños y mete las piernas en el agua. El frescor le relaja y consigue que se le baje la erección.
Se pregunta qué pasaría si en vez de Puri fuera su antigua amante la que estuviera de nuevo proponiendo maldades morbosas, y no con la mirada ni con los gestos como Puri, sino directamente como aquella vez hace tanto tiempo.
¿Sería capaz de negarse si fuera Diana? cree que sí, pero por si acaso, se alegra de haber pedido el contacto con ella y no tener siquiera su teléfono. Ha renunciado a explicarse el por qué no pudo vencer la tentación, el por qué tantas veces intentó dejarlo y no pudo.
La primera cuando se fue a la Mili pensando que la distancia y el tiempo sin verse jugarían a su favor. Y lo hizo solo para encontrarse a la vuelta con una propuesta clara y concreta. Su primera conversación seria no obtuvo el resultado esperado. Le dijo que no la amaba y que no estaba dispuesto a irse con ella si dejaba a Álvaro, pero esto no surtió el efecto que él esperaba. Diana contraatacó y toda su seguridad al volver de la mili saltó hecha pedazos cuando la levantó en sus brazos un mes antes de licenciarse y posteriormente, cuando ella le dijo bien a las claras que asumía que no tendrían una relación seria, pero que lo quería en su cama. Ahora sabe que era simplemente cuestión de tiempo, aunque aquel día se hubiera negado a subir a su piso hubiera sido en otra ocasión o lugar. Ella habría encontrado la forma de ponerlo frente a sus debilidades.
La siguiente oportunidad de dejarlo y hacer bien las cosas surgió con su boda. Hugo pensó (erróneamente de nuevo) que aquello marcaría un antes y un después, que a partir de oficializar su matrimonio ya no les quedaría más remedio a ambos que aceptar el fin de sus encuentros. Esa vana esperanza saltó hecha añicos precisamente en su noche de bodas.
Todavía se estremece y se le nubla el recuerdo por el placer bestial y morboso que le supuso a los dos follar la misma madrugada de su boda, en una habitación apenas a veinte metros de donde dormía su marido. Con qué desesperación ella se corrió y gritó sin importarle que la pudieran oír desde otras habitaciones, aunque fuera su mismo esposo el que se hubiera por fin despertado y la estuviera buscando. Tampoco olvida sus sonrisas de satisfacción ni sus miradas mientras desayunaban juntos, como si fuera él su marido y no Álvaro.
A partir de ahí continuaron viéndose, quizás incluso más que antes. Tardó en encontrar un momento y una excusa para volver a plantear que debían dejarlo. Le molestaba incluso la seguridad con que ella lo miraba cada vez que planteaba el tema y le sonreía, como sabiendo que volvería a tenerlo entre sus piernas más pronto o más tarde. La oportunidad pareció surgir con su embarazo. Tres años después, en los que habían pasado rachas que se veían a menudo y otras que se veían bastante poco, incluidos algunos meses que había pasado trabajando fuera de la ciudad, altibajos que sin embargo no supusieron una ruptura. Cuando ella por fin quedó embarazada de Álvaro él encontró la fuerza para oponerse a seguir viéndola. Y al principio pareció que funcionaba. Incluso creía que Diana también la había asumido la necesidad de sentar la cabeza. O eso o es que estaba demasiado preocupada con su próxima maternidad y todo lo que implicaba.
El caso es que desde que ella le dio la noticia y aprovechando que Hugo había empezado a salir con una chica, este intentó la enésima despedida. La chica fue una de tantas intentonas que apenas le duró unas semanas, lo suficiente para darse cuenta de que no eran compatibles, pero trató de aprovechar el tirón y sin comentarle a Diana que habían cortado trató de evitarla, cosa que consiguió durante tres meses en que ella aparentemente tampoco hizo demasiados intentos por contactarlo. Todo parecía indicar que por fin Hugo había superado su adicción. Inevitablemente echaba de menos los encuentros y los ansiaba, pero ahora creía tenerlo controlado y estaba dispuesto a no volver a caer. Sin embargo, todo saltó por los aires con una nueva llamada de Diana. El tono de la llamada era totalmente distinto, ella parecía agobiada, incluso desesperada y no era solo por sexo. Algo le decía que la chica no estaba bien. Según ella solo quería hablar y desahogarse. Y eso fue lo que se encontró: una diana confundida, llorosa, más necesitada de palabras que de placer.
La verdad es que cuatro años después de casada parecía haber tomado las riendas de su matrimonio, y con un Álvaro que siempre iba a remolque de ella, había conseguido estabilizarse. El tener ya su propia vivienda donde podían practicar sexo con tranquilidad y a discreción, el hecho de que Álvaro bebiera ya bastante menos, el tenerlo retirado de las malas juntas y más próximo a su familia con lo cual lo tenía controlado y la felicidad de vivir juntos con la ilusión que dan los primeros años de matrimonio, hacían que la chica estuviese feliz y contenta y fuera razonablemente optimista acerca de su futuro. Tanto como para plantearse tener un hijo. Las broncas con su marido eran cada vez menores y en parte era debido a que (aunque muy puntualmente) aún se seguía viendo con Hugo, lo cual le proporcionaba una buena válvula de escape para aquellos momentos en los que necesitaba desfogar, darse una alegría como decía ella y quitarse el estrés, el aburrimiento o cualquiera que fuera el estado que la ponía de los nervios. Tanto era así que ella misma había renunciado los tres primeros meses de embarazo a buscar a su amante, tan ilusionaba que estaba con su próxima maternidad. Pero el cuarto mes todo cambió: Álvaro insistía en no follar con ella, cosa que Diana no entendía. Afirmaba que podía ser malo para el niño, que ya estaba muy gorda, que mejor contentarse con un poco de sexo oral o manual.
Diana incluso llegó a hablar con el médico que le aseguró que no había ningún inconveniente para seguir practicando sexo mientras ella se encontrara bien y no tuviera problemas, que todavía era muy pronto para dejarlo, pero su marido se cerraba en banda. El hecho de dar más atención al bebé incluso antes de haber nacido le hizo aflojar un poco la vigilancia y pudo observar que Álvaro volvía a beber una vez más y sospechaba que incluso podía haber vuelto a las andadas de tener algún rollo en el trabajo, aunque a él lo negaba vehemente.
Los cambios en su cuerpo, la falta de desahogo sexual, los vaivenes hormonales que la hacían sentirse vulnerable, nerviosa y distinta y, sobre todo, que empezó a darle a la cabeza pensando que su marido no estaba para nada preparado para tener un hijo y que le iba a tocar a ella cargar con todo el peso de sacar adelante al crío, hicieron mella. Hacerse cargo de la casa y seguir trabajando no le había supuesto tampoco un esfuerzo insuperable, pero ella sabía lo que se le venía encima con un pequeño y comenzaba a darse cuenta que quizás no había sido tan buena idea quedarse embarazada.
Todas sus ganas de copular, la necesidad de cariño de su marido, el aumento de las broncas y la perspectiva de lo que se le venía encima se le juntaron en un cóctel que la pusieron de los nervios y por primera vez desde hace mucho tiempo, volvió a dudar de la viabilidad de su matrimonio.
- Pero ¿por qué no quiere hacerlo contigo? - insistió Hugo.
- Porque dice que me ve gorda y que puede ser peligroso para el niño.
- Eso es absurdo: si tú estás bien y el médico te ha dicho que puedes…
- Sí, es absurdo… en cuanto a lo otro, lo cierto es que estoy más gorda y deforme - añadió ella mirando hacia abajo y dejando caer un par de lágrimas mientras hipaba.
Era la primera vez en toda su vida la veía llorar. Seguía sin estar enamorado de ella, pero después de tantos años el cariño era inevitable y no pudo evitar consolarla de la mejor manera que supo.
- Es normal, tu cuerpo está cambiando. Cuando lo tengas volverás a ser la de antes y ¡qué carajo! si has cogido un poco de peso y tienes los tobillos hinchados ¿qué más da? por otro lado ser madre te sienta muy bien, yo te veo más guapa que nunca.
Su deseo de reconfortarla era genuino. A pesar de todo habían compartido tanto que no soportaba verla tan triste y agobiada en un momento de su vida tan delicado. Pero casi al instante se dio cuenta de que una vez más navegaba por el lado equivocado. Al contacto de sus manos siguió un abrazo que continuó con un beso que pretendía ser de consuelo, un ligero roce de sus labios contra su pelo. Pero ella buscó su boca. Aquello se convirtió entonces en un muerdo húmedo e intenso preñado de morbo y deseo.
Hugo se estremece solo de recordar aquel calor que le subió de los pies a la cabeza, como su cuerpo pareció revolverse por dentro provocándole una serie de calambres que poco a poco se fueron acallando y transformándose en latidos. Su corazón palpitaba, su pene palpitaba, su frente palpitaba, su vientre palpitaba…todo se convirtió en un retumbar que se iba sincronizando hasta que el latido que provenía de su sexo se impuso a todo lo demás. Jamás había sentido tanto apetito sexual. Siempre se ponía muy caliente cuando quedaba con Diana, pero ese día realmente estaba rabiando de deseo. Todo su cuerpo era como una herida abierta que gritaba pidiendo el único bálsamo que podía calmarla.
Ella sacó los pechos hinchados y lo tomó de la cabeza enterrándole la cara en ellos y acallando la débil protesta que intentaba formular. El viejo juego de hacer aflorar los remordimientos para luego dejarse llevar al pecado. Al principio eso la molestaba pero luego, Diana había aprendido a disfrutar de ese pequeño tira y afloja que ya era habitual como preliminar de sus encuentros. Y cuanto más decidido parecía su amante a decir: “no, esta vez no”, más disfrutaba ella cuando por fin lo tenía entre sus piernas.
Todo eso ya lo sabía también Hugo. Rutina repetida tan cierta como que las mareas suben y bajan, vienen y van, pero el ciclo permanece inalterable. Se preguntó si alguna vez sería posible romper ese círculo vicioso. Si a la resignación dejaría de seguir alguna vez el placer intenso y a este el remordimiento y luego la determinación, que iba a estrellarse siempre frente al muro de la provocación de su amante, al que seguiría una vez más la incapacidad para resistirse y de nuevo la resignación para iniciar otra vez el ciclo. Cada vez igual y sin embargo también cada vez diferente, con algún nuevo morbo, con algún nuevo elemento que atizaba el fuego.
En esa ocasión era su embarazo: estaba tan caliente que ni siquiera le permitió llevarla a la cama, allí mismo en el sofá la penetró directamente, sin preliminares. Su vulva y sus labios hinchados lo recibieron como la sed al agua. Estaba muy húmeda y el flujo era diferente. El sexo desprendía más olor de lo habitual como si hubiera feromonas en el aire. Su vagina era como un túnel empapado en aceite por el que su falo resbalaba sin poder detenerse ni pegarse a ninguna de sus paredes. A ninguno de los dos se le pasó por alto el placer extra que suponía poder follar sin condón, piel contra piel como ella misma se encargó de remarcar en un lenguaje crudo y soez que los acompañó durante toda la sesión de sexo.
Hugo se revuelve inquieto como siempre que recuerda esos momentos con Diana. Una erección brutal se forma en su entrepierna. Se va a la ducha y se remoja intentando que el cambio de temperatura desaloje la sangre de su pene y deshaga el bulto. Desde la toalla su vecina le sonríe con picardía. La muy chismosa no lo pierde de vista y parece haberse dado cuenta del detalle. Quizá piense que esa erección es en su honor y por eso parece satisfecha. Hugo consigue solo a medias su propósito ¿Porqué se tendrá que acordar de Diana siempre en los momentos más inoportunos?
En fin, se vuelve a sentar al borde de la piscina y rememora ese encuentro con su amante. Dos veces más se corrió en su interior y la cuarta no consiguió llegar, no por falta de esfuerzo, que ella lo intentó ordeñar reclamándole desaforada que la volviera a poner perdida. Pero él simplemente no pudo llegar a una cuarta vez. El vocabulario que salía por su boca era tremendo, nunca la había oído decir tal cantidad de guarrerías. Estaba desatada. Como si los cambios hormonales la hubieran trastornado. El nivel de morbo rompió todos los límites con ella exigiéndole que la llenara de semen una y otra vez y diciéndole que necesitaba que la follase todos los días. Él se tuvo que imponer y parar porque ya tenía el falo irritado a pesar de lo lubricada que estaba. Simplemente no podía seguir follando aunque ella le demandaba más y más. Fue necesario salir casi huyendo del piso porque Diana estaba como nublada y no lo dejaba marcharse, sin importarle que su marido pudiera estar al llegar. Como el primer polvo que echaron juntos pero multiplicado por cinco. Es que no había límite para el sexo con ella.
A partir de ahí comenzaron unos meses frenéticos en los que (como bien le decía ella), si hubieran podido, hubieran follado todos los días, pero aunque no fue así, se vieron con mucha frecuencia y Diana siempre le exigía que terminara adentro. Siguieron copulando a pelo hasta que faltó un mes y poco para el parto, cuando las molestias por la barriga y la aparición de algunas contracciones le hicieron por fin bajar la libido, y ahora sí, hicieron poco recomendable el tener relaciones sexuales con esa intensidad.
No se volvieron a encontrar a solas hasta tres meses después de dar a luz. Como siempre, una nueva oportunidad de romper la relación era la esperanza de Hugo. De que el ser madre y el reciente parto la apartaran de esas calenturas que los arrastraban siempre al mismo pecado. Y así pareció ser, al menos los dos primeros meses, con una Diana volcada al cuidado de su hija. Pero cuando le tocó reincorporarse al trabajo y al comprobar que su marido tampoco colaboraba de buen grado en las tareas asociadas al cuidado de la niña, entró de nuevo en su habitual depresión sembrada de dudas. Y una vez más necesitaba su medicina, su válvula de escape. Y de nuevo Hugo volvió a caer en la tentación, escuchó de nuevo la llamada de la sirena y no pudo resistirse porque ella dominaba su voluntad. Hasta que en aquel encuentro pasó algo que por fin le decidió a actuar.
Era la primera vez que estaban juntos en varios meses. En esta ocasión ya no pudo ser en su piso, donde había dejado la hija al cuidado de su hermana, sino en una habitación de hotel donde ya se habían visto otras veces. Ni se molestaron en fingir que querían ponerse al día y hablar tranquilamente, su excusa habitual para quedar. Era cierto, no obstante, que desde que tuvo a su hija apenas habían hablado y que Hugo deseaba saber cómo le iba en su papel de madre. Y también que dedicaron la primera media hora a hablar del tema, de cómo iba la relación con Álvaro y de la última chica con la que Hugo había salido y con la que solo había durado una semana. Se confiaban sus cosas y sus intimidades como el matrimonio que no eran.
- Estás más delgada y un poco pálida.
- No paro con la niña, está comiendo a todas horas y duerme regular. Por la noche tiene cólicos y desde hace diez días que he empezado a trabajar, apenas descanso. Menudas ojeras tengo, estoy hecha un desastre.
Precisamente a pesar de las ojeras y de su aspecto un poco demacrado, aún le llamaba la atención su figura con curvas mucho más contenidas que cuando estaba embarazada y con los pechos hinchados por la leche, que destacaban todavía más grandes de lo que habitualmente eran. Uno le estaba goteando y le había mojado la camisa.
- Pues yo creo que ser madre te sienta bien. Te veo muy guapa - lo dijo con tal convicción y seguridad que a ella se le encendieron los ojos, mientras seguía su mirada que no dejaba de fijarse en sus tetas.
Se desabotonó despacio y las libero de su prisión, apretando las aureolas y permitiendo que la leche brotara en gotas blancas que mojaron la sábana.
- Quítate toda la ropa ¡ya! - Le ordenó mientras ella se sacaba el vestido y sin ningún preámbulo arrojaba sus bragas al suelo.
Aquel último polvo fue el delirio. No solo era el deseo aguantado en los últimos cuatro meses, sino también la necesidad de salir del círculo vicioso y de la rutina, de ver una luz al final del túnel, de olvidarse de todo y de todos por un momento. Diana estaba sedienta y lo atrapó de nuevo entre sus muslos sin darle opción a otra cosa que no fuera una cópula salvaje.
Los recuerdos se agolpan de forma inconexa y confunden a Hugo. No recuerda muy bien la secuencia en que fornicaron, pero sí recuerda los grandes pechos con los pezones muy duros goteando leche materna cada vez que los apretaba. Recuerda besos húmedos con lengua, marcas de bocados en su cuerpo y arañazos en su espalda, calor y humedad, jadeos que se transforman en gritos y palabras fuertes, muy fuertes. Una novedad de sus últimos meses de embarazo, mientras estuvieron viéndose antes de dar a luz. Diana, llevada de las ganas y el deseo, ponía palabras a lo que su cuerpo y su mente demandaba. En los años anteriores hablaban mucho pero nunca mientras follaban. Sin embargo, en estas semanas ella lo espoleaba con frases vulgares pero muy morbosas del estilo de ¡Métela fuerte! ¡Rómpeme el coño! ¡Dame duro hasta que me duela! ¡Dime que quieres follarme, que me deseas, que soy tu puta!
Hipérboles y exageraciones dichas en pleno frenesí que realimentaban el deseo y lo elevaban exponencialmente hasta que llegaban al clímax. Esa vez tampoco fue una excepción.
Todos se confunde en una amalgama de sensaciones extremas y placenteras pero lo que sí recuerda muy bien, fue el instante en que la tenía debajo y (a pesar de los golpes contra su vagina) parecía que era ella la que lo estaba follando a él, levantando el culo y atrayéndolo con sus muslos, con las tetas moviéndose rítmicamente con cada empellón. No ha guardado recuerdo de todas las palabras sucias que ella dijo, solo de las últimas. Cuando llegaban al clímax y él trató de retirarse porque estaban sin protección, Diana se lo impidió cerrando las piernas contra su culo y abrazándose a él.
- Sigue, sigue ¡no se te ocurra sacarla!
- Puedes quedarte embarazada ¡no seas loca! - Consiguió articular Hugo pero sin retirarse.
- ¡Fóllame cabrón! ¡Lléname de leche si hace falta pero no la saques! ¡No me importa! ¡El próximo hijo que tenga será tuyo!
Estas palabras lo enardecieron y perdió ya todo control que pudiera quedarle. La excitación brutal expulsó de su cuerpo los últimos restos que le pudieran restar de lucidez e intensificó la cópula hasta que se corrió en su interior. Diana lo recibió extasiada desencadenando su propio orgasmo.
- ¡Sí! ¡Me corro, me corro! – le gritaba a pulmón lleno sin que le importara que todo el hotel la oyera.
Fue la guinda del pastel, un polvo bestial que los dejó a los desmadejados, inertes y temblorosos. Unidos en un abrazo animal. Fue también el último día que estuvieron juntos. Cuando pudo recuperar cierto grado de conciencia se prometió a sí mismo que todo se acababa allí.
En la semana siguiente se negó a contestar las llamadas de Diana. La esquivó una y otra vez hasta que por fin se dio cuenta que eso no conducía nada y que solo era retrasar lo inevitable. Quedaron en un bar a la vista de todos, en parte para evitar tentaciones y también en parte para tratar de impedir que ella le hiciera una escenita. Llevaba su discurso muy bien preparado pero todo el torrente de palabras que tenía listo, brotó desparramado e inconexo frente a su mirada inquisitoria cuando le comunicó que lo suyo se había acabado, que ya no era posible seguir.
- Pero ¿qué te pasa?
- Estamos locos, no podemos continuar con esto, se nos está yendo la pinza…
- No sé a qué te refieres.
- Lo hicimos sin protección el otro día y me dijiste que querías quedarte embarazada de mí.
- Bueno, es que llevábamos muchos meses sin vernos y yo tenía muchas ganas – él permaneció con la misma mirada absorta, que pretendía ser neutra pero que en esta ocasión en vez de indecisión transmitía nerviosismo. Contra lo primero Diana estaba acostumbrada a luchar y ganar, pero lo segundo la descolocaba - ¡venga Hugo! fue solo una forma de hablar. Ya sabes, en la efusión del momento se dicen cosas así… creí que te gustaba que dijera esas cosas.
- Y me gusta, ese es el problema, que no soy capaz de decirte que no a nada.
- Bueno pues si tanto te agobia el tema, no te preocupes, que a partir de ahora empiezo a tomar la píldora: así lo podemos hacer tranquilos.
- No es solo eso Diana – menea la cabeza sin enfrentar la mirada, esquivando el cuerpo a cuerpo - Es que llevamos ya cinco años igual, esto no está bien, no lo estuvo desde primer día… creo que es hora ya de que lo dejemos.
Hugo todavía ignora de dónde sacó las fuerzas aquel día para romper con su amante. Porque ella no lo sabía, pero era la ruptura definitiva. Si lo hubiera sabido quizás habría actuado de otra manera, pero se confió, pensaba que era otra vez el ciclo de lamentaciones y remordimientos y que la rueda seguiría girando. Pero esta vez no. Él se mantuvo fuerte y a pesar de que hablaron varias veces no volvió a quedar con ella a solas, para desesperación de una Diana que empezaba a entender que se había quedado sin lo que ella llamaba su válvula de escape. Lo había visto tan afectado que no había querido tensar la cuerda insistiendo, no sea que se fuera a romper. Decidió dejarle un tiempo, como otras veces, para que se cociera en su propio jugo, pero en esta ocasión el paréntesis jugó en su contra.
Hubo un último intento de retomar la relación adúltera, pero él lo capeo aduciendo que estaba saliendo con una nueva chica y que esta vez le parece que iba en serio. Sólo era cierto la primera parte, pero ella lo creyó o simplemente se dio por vencida, difícil saberlo.
Después vinieron nuevas oportunidades laborales, el traslado a otra ciudad, su noviazgo (esta vez de verdad), su matrimonio, su hijo y su regreso a casa. No había vuelto a ver a Diana y hacía años que no tenía comunicación con ella, pero se interesó a través de terceros y pudo saber que seguía casada con Álvaro. Como no frecuentaban ya amistades comunes y vivían en distintas zonas, hasta ahora no se habían cruzado, pero se preguntaba que sentiría el día que la volviera a ver, que se dirían.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Romance Parroquial 2 (Traición y amor puro)
Eduardo creía estar haciendo justicia al mostrarle a Emily la traición de su esposo, pero el precio fue el aborto de su bebé.
Comparte:Infidelidad descubiertaInfidelidad consentidaRelacion profesor alumna
- Hetero: Infidelidad
Merry Christmas
Elisa odia la Navidad por lo que revela de las personas. Por eso, en lugar de ir a la cena familiar, carga sus bolsas y sube a un loft donde el…
Comparte:Infidelidad consentidaLactofiliaCuckold
- Hetero: Infidelidad
Morir una vez más… (3)
Entre la muerte inminente en el desierto y la carne viva del hospital, descubre que la verdadera batalla no es contra los enemigos, sino contra su…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaCuckold
- Hetero: Infidelidad
Eloy y Marisa - 7
Eloy ya no puede soportar la mirada de su esposa, pero la convención los obliga a fingir felicidad.
Comparte:Infidelidad consentidaInfidelidad descubiertaRelacion profesor alumna
- Hetero: Infidelidad
Amiga… ¿me prestas a tu novio?
Nunca imaginé que mi novia me 'prestaría' a su amiga para una boda. Pero cuando el alcohol y la soledad de un hotel rural nos dejaron solos, la…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaConexion inesperada
- Hetero: Infidelidad
Una mala decisión. Parte 1
Le ofrecieron la oportunidad de su carrera, pero el precio era su dignidad. En la puerta de su despacho, la mirada de su supervisor no prometía…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaConexion inesperada