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Mi vida cambio y también mi trabajo…

Alba lleva años sintiéndose invisible en su propia vida, hasta que la mirada pesada de Ángel la devolvió a la realidad. Lo que comenzó como un masaje para aliviar dolores se convirtió en una necesidad insaciable: ser dominada, usada y pagada por el placer prohibido que su matrimonio ya no le ofrece.

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Mi vida cambio y también mi trabajo…

Me llamo Alba, tengo 40 años, estoy con David desde hace 15, y tenemos dos hijas maravillosas, de 10 y 7 años. Amo mi familia con toda mi alma, son mi razón de ser, pero la vida no es fácil. Trabajo como Masajista en un pequeño centro de terapias alternativas, dando masajes para aliviar dolores y estrés, pero el sueldo es miserable. David entre los dos apenas llegamos a fin de mes. Las facturas se acumulan, las actividades extraescolares de los niños nos dejan sin un euro extra, y las noches en las que nos sentamos a revisar las cuentas terminan en discusiones silenciosas, llenas de frustración. Siento un nudo en el estómago cada vez que veo a David depresivo, y yo, con los pies hinchados de estar de pie todo el día, fingiendo que todo va bien delante de las niñas. Los quiero, de verdad, pero a veces me ahogo en esta rutina asfixiante, soñando con un poco de alivio, con algo que rompa la monotonía gris de nuestra vida.

Todo cambió esa noche de reunión con los amigos de David. Era una reunión informal en un bar, cervezas, risas y charlas sobre fútbol. Yo estaba allí, pero por dentro me sentía invisible, como una sombra en mi propia vida. Entonces, Ángel se acercó. Ángel es uno de los amigos de David, alto, musculoso, con esa presencia imponente que siempre me había intimidado un poco. Tiene 44 años y siempre cuenta anécdotas con esa voz grave y segura que hace que todos lo escuchen. Esa noche, mientras los demás hablaban de un partido, él me preguntó por mi trabajo. “Masajista, ¿eh? tengo problemas lumbares crónicos. Me duele como el demonio al levantarme.

Le expliqué lo que hacía, cómo los masajes en puntos específicos podían aliviar la tensión en la espalda baja, liberando energía bloqueada. Mientras hablaba, sentí algo extraño: sus ojos oscuros clavados en los míos, una sonrisa ladeada que me hizo sentir vista, realmente vista, por primera vez en meses. Era como si una corriente eléctrica pasara entre nosotros, un cosquilleo en mi estómago que no era solo nervios. Mi corazón latió más rápido, y noté cómo mis mejillas se sonrojaban. Él asintió, interesado, y dijo: "Quizá deberías tratarme algún día… trate de convencerlo, accedió y le di mi número. David estaba cerca, riendo con los otros, ajeno y confiado. Esa noche, en la cama, no pude dormir pensando en esa conexión, en cómo Ángel me miraba fijamente a los ojos y hacia sentir viva, aunque solo fuera por un momento.

Unos días después, me llamó. "Alba, ¿puedes venir a mi casa esta tarde? Mi espalda me está matando". Dudé, pero el dinero extra nos vendría bien, y David estaba trabajando hasta tarde. Llegué a su apartamento, un lugar moderno y minimalista, con vistas a la ciudad. Ángel me recibió con una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y brazos fuertes, y unos vaqueros que no ocultaban su figura atlética. Me llevó al salón, donde había preparado una camilla improvisada con toallas. "Desnúdate de cintura para arriba", le dije, profesional, pero mi voz temblaba un poco. Él se quitó la camiseta, revelando un torso esculpido, con músculos definidos y una ligera capa de vello que bajaba hacia su ombligo. Tragué saliva, sintiendo un calor inesperado.

Empecé el masaje en sus pies, presionando los puntos reflejos de la zona lumbar. Mis manos se movían con pericia, pero cada vez que levantaba la vista, sus ojos me atrapaban. Había una tensión en el aire, espesa, como si el oxígeno se hubiera vuelto pesado. Sentía mi pulso acelerado, mis pezones endureciéndose bajo mi blusa, y un hormigueo en mi vientre que me hacía apretar los muslos. Él gemía suavemente con cada presión, sonidos graves que resonaban en mi interior, haciendo que mi mente divagara hacia pensamientos prohibidos. "¿Sientes eso?", le pregunté, y él respondió: "Sí, pero no solo en la espalda". Nuestras miradas se cruzaron de nuevo, y fue como un imán: no podía apartar la vista. El deseo crecía, incontrolable, y noté cómo mi respiración se entrecortaba.

No pude terminar el masaje. De repente, Ángel se incorporó, su cuerpo imponente sobre mí. Intenté retroceder, diciendo: "Espera, Ángel, esto no está bien, estoy casada...", pero él era mucho más grande y fuerte. Me tomó por la cintura con una mano, atrayéndome hacia él, y con la otra me sujetó la nuca, besándome con una fuerza brutal. Intenté resistirme, empujando su pecho, pero era como empujar una pared. Mi mente gritaba que parara, que pensara en David y las niñas, pero mi cuerpo traicionaba: un torrente de adrenalina y excitación me invadió. En lugar de miedo puro, sentía un placer perverso en su dominación, en ser sometida por alguien tan poderoso. Me levantó como si no pesara nada y me llevó al sofá, tirándome sobre él.

"Por favor, no...", murmuré, pero mis palabras eran débiles, y él lo sabía. Me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis pechos en el sujetador, y los devoró con su boca, mordiendo y lamiendo con una hambre animal, nunca me habia sentido asi antes. Sentí un dolor agudo mezclado con placer, mis pezones sehincharon notablemente provocando eso una sensibilidad y excitacion máxima, enviando ondas de electricidad a mi clítoris. Intenté cerrar las piernas, pero él las separó con sus rodillas, su peso aplastándome contra el sofá. Me sentía vulnerable, expuesta, pero eso solo aumentaba el fuego en mi interior. Cuando me bajó los pantalones y las bragas, quedé desnuda ante él, debería de estar aterrada y llorando pero solo estaba ruborizada por la vergüenza y el deseo mientras veia como se desvestía. Dios, su polla... Era mucho más grande que la de David, gruesa, venosa, dura como una roca, curvándose ligeramente hacia arriba. Medía al menos 20 centímetros, con una cabeza hinchada y roja que palpitaba. Sentí un vacío en mi coño, un anhelo desesperado por sentirla entre mis manos y dentro de mi a pesar de mi resistencia emocional.

“Quiero a David…”, sollocé, pero Ángel sonrió con malicia: "No pasa nada. Solo follaremos, y te pagaré. Será c”como un servicio por quitarte tu tiempo en el trabajo. Sus palabras me confundieron, pero también me excitaron; el tabú, la degradación, me hacía mojarme más. Mientras me penetraba, su polla abriéndome como nunca, estirando mis paredes internas hasta el límite. Grité de dolor y placer, sintiendo cada vena rozando mis terminaciones nerviosas. Me sentia como una quinceañera a pesar de haber dado a luz dos veces, el placer era desmedido: ondas de éxtasis irradiando desde mi coño hasta mi cerebro, borrando todo pensamiento racional. Me follaba con embestidas salvajes, su pelvis chocando contra la mía, sus bolas golpeando mi culo en un sonido grotesco. Me sentía sometida. Mis uñas se clavaban en su espalda, arañando su piel sudorosa, mientras mi mente gritaba dentro de mi: “No pares, destrózame". El me cogía con firmeza mis tetas y chupaba mis pezones que estaban visiblemente hinchados de su insistencia, jamas me había sentido tan deseada.

Me giró como a una muñeca, poniéndome a cuatro patas en el sofá, su polla ahora entraba aun más profundo. Sentía su grosor aun expandiéndome, el ángulo perfecto rozando mi punto G, haciendo que chorros de jugos salpicaran. Sus manos agarraban mis caderas con fuerza, dejando moretones que después escondería y también me azotaba el culo con fuerza marcado su mano en dolor ardiente convirtiéndose en placer. "Eres mía ahora", gruñía, y yo gemía: "Sí, fóllame". Mi mente era un torbellino: culpa por David, pero un placer abrumador que me hacía arquear la espalda, empujando contra él. Cada embestida me hacía sentir dominada, pequeña bajo su fuerza, y eso me llevaba al orgasmo tras orgasmo, mi coño contrayéndose alrededor de su enorme verga, ordeñándola.

Luego me levantó, pegándome contra la pared en posición de pie, podía verme frente un espejo, con una pierna mía envuelta en su cintura. Su polla me empalaba verticalmente, haciendo que entrara aún más hondo. Sentía su sudor goteando en mis pechos, su aliento caliente en mi cuello mientras me mordía el lóbulo. Yo me miraba y no me reconocía mientras el placer era intenso, mis paredes internas masajeando su longitud, y el sometimiento total: no podía moverme, solo recibir sus golpes brutales. Mi clítoris rozaba su pubis peludo, enviando chispas, y exploté en un clímax que me dejó temblando, mis jugos corriendo por mis muslos.

Me llevó a la cama, donde me hizo montar. Sentada de espaldas a él, controlaba el ritmo al principio, pero él me guiaba con manos férreas en mis caderas, haciendo que rebotara en su polla. Sentía cada centímetro deslizándose dentro y fuera, el grosor estirándome, y el placer mental de ser usada como un juguete. Giré, mirándolo a los ojos mientras cabalgaba, sus manos amasando mis tetas, pellizcando mis pezones inchados. El dominio en su mirada me hacía sentir sucia, excitada, y el orgasmo me golpeó como un tren, mi coño apretándolo hasta que él eyaculó dentro de mí, su semen caliente llenándome, desbordando.

Al final, exhausta, yacía en sus brazos, mi cuerpo dolorido pero satisfecho. "Te pagaré 100 euros por sesión", dijo, y accedí. Lo que empezó como un masaje terapéutico se convirtió en mi mayor y mas secreto oscuro.