Los Mochileros me dejaron Culo para arriba
Llegó al chalet buscando silencio, pero encontró la lujuria de dos desconocidos que no dejaron nada a la imaginación. Ahora, entre sábanas manchadas y el eco de sus insultos, comprende que su verdadera libertad no estaba en huir, sino en ser usada.
Volví a mirar por la ventana del chalet y una sonrisa amplia, casi infantil, se dibujó en mi rostro. Allí estaba, justo frente a mí: el lago cristalino reflejando el cielo patagónico, el bosque verde intenso abrazando la orilla y, a lo lejos, el pico nevado del volcán recortado contra el azul. Siempre había soñado con un lugar así para vivir, tranquilo, hermoso, lejos de todo. Pero a veces, en medio de esa alegría, un sombra me cruzaba la mente: mi ex marido.
Hacía pocos meses que él me había dejado, harto de mis infidelidades. Las llamo “tontas” porque realmente lo fueron: no por el acto en sí —que me encantaba—, sino por lo descuidada que había sido. Hace años, aquel verdulero del barrio me había partido en dos a vergazos salvajes entre los cajones de verduras, sobre un colchón sucio que olía a sexo viejo y a humedad. Ese mediodía llegué a casa con la concha y el culo palpitantes, enlechados, sin bombacha, oliendo a pija ajena. Mi marido lo olió antes de verme: me levantó la pollera, vio mis hoyos rojos y abiertos, y enfurecido me marcó las nalgas a cintazos hasta dejarme morada y llorando. “Para que aprendas a cerrar el culo a las pijas ajenas, gorda puta”, me gritaba mientras el cuero silbaba y ardía en mi carne. Pero no aprendí. El miedo al cinto no fue suficiente: seguí bajándome la bombacha en cuanto podía, hasta que unos meses atrás me encontró en la cocina, pollera enroscada en la cintura, volcada sobre la mesada mientras un vecino me medía el aceite con una poronga gruesa y profunda. Al tipo lo corrió a trompadas, a mí me recagó a cintazos otra vez y, esa misma noche, agarró sus cosas y se fue. Del divorcio me quedé con una camioneta nueva y una suma abultada de dinero que me permitió comprar este chalet cálido y cómodo en un pueblo cordillerano de la Patagonia. Y aquí estoy ahora, libre, mirando el lago y sintiendo que la vida volvía a empezar.
Llevaba más de quince días instalada, conociendo el pueblo, adaptándome al frío limpio de la montaña, al silencio de las noches. Quien piense que un lugar así es aburrido se equivoca rotundamente: aquí, como en cualquier parte, pasan cosas… y a mí, en solo tres días, me pasaron muchas.
Llegué un domingo por la tarde. El martes siguiente me levanté temprano, tomé la camioneta y bajé al pueblo a comprar provisiones. Entre las paradas entré a la ferretería por unos accesorios de baño que faltaban en el chalet. El ferretero hablaba con dos jóvenes mochileros, desaliñados, con pinta de andar de paso.
—Chicos, lo siento pero no tengo soportes para carpas. Lo máximo que puedo hacer es pedirlos a Bariloche, pero no llegarían antes del viernes —les decía.
—Y qué hacemos tres días sin carpa, señor, de noche hace un frío del orto —se quejaban ellos.
El ferretero se encogió de hombros. Los chicos salieron y él me atendió. Pedí lo mío y, antes de irme, le pregunté si conocía a alguien que hiciera arreglos en la casa. Me dijo que Don Miguel, el único que hacía eso en el pueblo, estaba de viaje. Vio mi cara de fastidio y agregó:
—Mire, señora Dolores, es un trabajo sencillo, cualquiera lo hace. Esos dos chicos que acabán de irse pasan todos los años por aquí, son buenos pibes, educados y trabajadores. Si les ofrece el trabajo, les hace un favor y se lo resuelve a usted.
Le agradecí y salí con una idea dando vueltas en la cabeza… no solo la del baño.
Los vi sentados en la baranda de la ruta, con sus mochilas. No lo pensé dos veces: paré la camioneta junto a ellos y bajé la ventanilla.
—Escuché lo de la carpa. Yo necesito que me instalen unos accesorios en el baño. Les pagaría bien. ¿Aceptan?
—¡Claro! —dijeron los dos al mismo tiempo, con una sonrisa enorme.
Tiraron las mochilas en la caja y subieron al asiento de al lado. Recién ahí me di cuenta de que mi vestido veraniego se me había subido tanto que se me veía entera la bombacha blanca, bien metida entre las nalgas. Pensé en bajarlo, pero… ¿para qué? Sabía perfectamente cómo iba a terminar esto.
Charlando en el camino me contaron que eran amigos de toda la vida, que todos los años hacían mochileros juntos. Yo les conté que era divorciada reciente y, cuando preguntaron por qué, no me guardé nada: les dije que mi marido me había encontrado cogiendo con otro y que por eso me dejó. Vi cómo sus ojos brillaron de golpe, cómo se miraron de reojo.
Al llegar al chalet bajé primero y, adrede, lo hice de manera que el vestido se subiera más y les mostrara mis nalgas gordas, redondas, con la bombacha blanca hundida en la raya profunda. Les hice la propuesta: instalaban los accesorios y, a cambio, les pagaba una suma linda y los dejaba dormir tres noches en la sala, en sus bolsas de dormir. Aceptaron encantados, agradeciéndome como si les hubiera salvado la vida.
Les expliqué el trabajo y me puse a preparar la comida. No tardaron ni media hora en terminar. Vinieron a la cocina oliendo a hombre joven, a esfuerzo. Marcos, el más robusto, alto, morocho, con brazos fuertes, se paró atrás mío mientras yo estaba frente a la mesada y dijo:
—Qué vista hermosa tiene desde esta ventana, señora.
—Sí, mirá… allá está el volcán —le contesté, señalando con el dedo.
Él se acercó más, se pegó a mi espalda para “mirar” y sentí su pija dura apoyada justo en la zanja de mi culo. Por instinto me eché un poco para atrás, refregándome contra ese bulto que ya estaba tieso y prometedor. Fue un roce breve, pero suficiente: las cartas estaban sobre la mesa.
Comimos los tres. Darío, el otro —más flaco pero con cara de pícaro y ojos intensos— se quedó dormido en el sillón de la sala después de la comida. Les dije que acomodaran las bolsas donde quisieran y me fui a mi habitación. Me quité el vestido y el sostén, quedando solo en bombacha blanca, las tetas caídas y pesadas al aire, los pezones ya endurecidos por la expectativa. Estaba por meterme en la cama cuando oí la puerta del baño. Miré por la rendija: era Marcos. Cuando cerró, salí sigilosa a la cocina a buscar un vaso de agua… así, en tetas y bombacha, sabiendo perfectamente el riesgo.
Y el riesgo apareció detrás de mí, en la cocina a media luz.
—¿No tenés miedo de andar así por la casa con dos mochileros adentro? —susurró Marcos, con voz ronca—. ¿No te da miedo que te queramos zurcir a pijazos, viéndote tan puta?
Me reí nerviosa, como una tonta excitada.
—Jaja… no creo que dos chicos lindos como ustedes quieran cogerse a una gorda vieja como yo.
—Te equivocás de cabo a rabo —dijo, y se agarró la pija por encima del pantalón, marcando un bulto enorme—. Ponte en cuatro y te dejo el orto gordo de la leche que te voy a regar.
No dije nada. Me di vuelta para volver al cuarto, pero él se puso delante, me metió una mano entera entre las piernas, palpándome la concha ya mojada por encima de la bombacha, y me clavó la lengua en la boca. Me apretó las nalgas con la otra mano y empezó a nalguearme fuerte, empujándome hacia el dormitorio.
—Vamos a tu cama, putona… te voy a enseñar cómo me cojo a las gordas busconas como vos.
Ya frente a la cama, se bajó los pantalones y sacó una poronga de caballo: gruesa, larga, venosa, con la cabeza brillosa de pre-leche. Me la apoyó en la espalda con fuerza y me empujó boca abajo sobre el colchón. Se tiró encima, me lamió la oreja, me mordió la nuca y susurró:
—Ahora me voy a culear a una gorda putona… vas a sentir lo que es una pija de verdad.
Su verga dura se deslizaba por mi raya profunda mientras me nalgueaba con saña, haciendo temblar mis cachas. Gemí como una gatita en celo. Miré de reojo y ahí estaba Darío en la puerta, despierto, con una pija gruesa y cabezona en la mano, pajeándose lento. Parecía incluso más caliente que Marcos.
Sin decir palabra, Darío se acercó, me agarró de los cachetes de la cara y me refregó su pijota por toda la cara, por los labios, dejando rastros de pre-leche. Me la metió en la boca hasta la garganta y empezó a cogerme la boquita con furia, agarrándome del pelo.
Al mismo tiempo, Marcos se acomodó atrás, me bajó la bombacha de un tirón, escupió en mi concha y gruñó:
—Te voy a desconchar, gorda puta.
Y me clavó toda su poronga de una embestida. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba hasta el fondo, cómo sus huevos peludos golpeaban mis labios. Empezó a bombearme salvajemente mientras Darío me follaba la boca, ahogándome con su grosor.
Los dos pendejos me sometían con una lujuria animal. Me insultaban sin parar: “gorda puta”, “vieja tragaleche”, “tetona culo roto”, “buscona insaciable”. Me molieron a pijazos los tres días enteros. Por las noches dormíamos los tres en mi cama grande: yo en el medio, una pija en la concha, la otra en el culo o en la boca. Me hicieron tragar cantidades de leche espesa y caliente; les fascinaba verme arrodillada, chupándoles los huevos pesados y peludos hasta vaciárselos en la garganta.
Me nalgueaban hasta dejarme moretones, me mordían las tetas caídas, me escupían en los hoyos para lubricar antes de romperme otra vez. Me pusieron en todas las posiciones: en cuatro, de cucharita, yo arriba cabalgando hasta que me temblaban las piernas, de costado con uno en cada agujero.
El viernes a la tarde se fueron, con las pijas vacías y satisfechas, las mochilas al hombro y una sonrisa de oreja a oreja.
Yo miré las sábanas: manchas enormes de guasca seca, chupones morados en mis tetas pesadas, moretones rojos en las nalgas de tantas nalgadas. Y cuando fui al baño esa tarde, me senté y cagó todo fácil, sin esfuerzo: esos pendejos me habían dejado el ojete como un bebedero de patos, abierto, relajado, todavía palpitando con el recuerdo de sus vergas jóvenes y duras.
Sonreí frente al espejo. La vista del lago seguía allí, hermosa. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentía exactamente donde quería estar: usada, llena, viva.
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