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Confesionesjun 2024

Mi primera mamada por otro tío (y me gusta)

Nunca imaginó que una simple crema solar desataría una tormenta de sensaciones prohibidas. Entre el sol y la arena, la línea entre lo cotidiano y lo tabú se desdibuja, invitándolo a explorar un placer que nunca creyó posible.

Alberto15K vistas8.8· 16 votos

Llevaba una temporada vendiendo billares y futbolines.

En realidad, mi trabajo consistía en visitar bares, chiringuitos, campings y cualquier establecimiento que cumpliera unas espectativas de ocio como para poder poner un recreativo de monedas.

Por futbolin me daban 5000 pesetas, 10000 por billar.

Las playas, en los años previos a las Olimpiadas del 92, eran un hervidero de trabajo y libertad.

Se me daba bien. Me pedía unas cervezas, entablaba conversación y les hablaba sobre las ganancias que daban estas mesas. No tenían que aportar más que el local y recaudación a medias.

En cierta ocasión, en tierras malagueñas, llevamos uno de cada a un chiringuito a ras de playa. En una cala prácticamente inaccesible. Yo no veía muy claro cómo iban a bajar el tablero de mármol del billar por aquel inhospito acantilado. Pero mientras me pagaran mi comisión tampoco me importaría mucho.

Una vez allí, a pie de carretera, suerte tuvimos que nos ayudaron un par de recios chavales que estaban tomando cervezas en la barra del bar.

Nos sorprendió además, pues resultó ser una particular playa nudista dónde proliferaban más hombres que mujeres. Una de esas donde antaño se acumulaba un ambiente gay pero sin pluma. Mucho chico serio que no se planteaba salir del armario.

Los dueños del local nos invitaron a comer (al chófer y a mi), y para no desentonar nos desnudamos no sin cierto reparo.

Tras la comida, el chófer marchó a continuar ruta y yo me quedé a atar las condiciones del alquiler.

Más tarde, estuvimos tomando un rato el sol con aquella gente, quedándome dormido.

Me despertó uno de los chicos que nos habían ayudado. Tenía yo la piel ardiendo, ni se me ocurrió ponerme algo de bronceador sobre mii blanca piel. Aquel tipo se ofreció a ponerme una crema hidratante y yo me dejé.

Comenzó por mis hombros, el ungüento era fresco y el alivio inmediato, sentado como estaba, bajó por mis brazos, pecho y espalda, hasta que mi condición de hetero me hizo sentir incómodo. Él se dio cuenta y ofreciendome el bote de spray y sonriendo, me dijo:

-Toma, mejor sigue tú.

Me sentí ciertamente ridículo, en ningún momento pensé que me iban a importunar con ninguna caricia fuera de lugar, pero aún así cogí el bote y yo mismo me puse crema en las partes más blancas de mi anatomía, esto es, genitales, culo, muslos, etc. Me tumbé y continuamos tomando el sol. La conversación se tornó más íntima, sin presión pero en momentos, incómoda.

La conversación, aún así, era fluida. Ayudaba estar ambos tumbados boca abajo y apoyados en los codos para mantener las cabezas erguida y poder mirarnos.

En un momento dado, una de sus manos, al ir a coger un refresco, rozó brevemente mi cadera. Di un respingo, se disculpó, sonreímos (mi risa se me antojó nerviosa) y tras volver a disculparse, le dije que no podía dejar de sentirme violento pero que intentaba reaccionar en contra para no parecer un idiota.

- No te preocupes, es normal que te sientas así.

- Pero es qué...

No encontraba palabras para intentar explicar cómo me sentía, hasta que él forzó la conversación.

- Mira, hacemos ésto, te voy a poner crema de nuevo, si te violenta, me dices y paro.

- Vale.

Acerté a responder, nervioso como un flan.

Tumbado como estaba a mi derecha, embadurnó su mano izquierda con aquella crema protectora y comenzó un masaje circular sobre mi espalda para bajar por los riñones hasta los glúteos. Mi respiración se agitó, mientras mi cabeza funcionaba a cien por hora analizando las sensaciones que percibía con la mínima caricia. No dije nada y el tipo asintió percibiendo podía continuar.

Tras masajear unos minutos ambos cachetes, su dedo corazón se aventuró hacia el canalillo.

Comencé a sentir una erección que intenté disimular acomodando con un hueco en la arena bajo la toalla.

Él seguía masajeando mi trasero. De nuevo los glúteos, vuelta a bajar un dedo por la raja, etc.

No me disgustaba la caricia y mientras, de nuevo, en mi cabeza pugnaban ideas contradictorias, casi sin darme cuenta, separé un poco las piernas, ofreciendo un ángulo más ancho que le facilitara maniobrar.

En ningún momento cruzamos comentario alguno, yo no quería hablar, me sentía turbado y él, comprendiendo se podía frustrar la iniciativa, se abstuvo de realizar ningún comentario.

Vertió un chorro de crema sobre sus dedos y comenzó a masajear con cierta fricción la entrada a mi ano, con movimientos suaves y circulares, rápidamente sentí cómo la falange de su dedo atravesó por dónde jamás pensé podría realizar tal maniobra.

Se me escapó un suspiro. Breve, pero contenido. Cómo si mi diafragma pudiera relajarse para poder inhalar oxígeno con fuerza otra vez.

Aliviada esta tensión inicial, acomodé las caderas para permitir que los muslos pudieran separarse algo más. Sentí como una segunda falange penetraba, salía, volvía a entrar rápidamente de mi ano para que la falange distal comenzará a moverse en círculo ensanchando el esfinter.

Ya no pensaba en nada. Tan solo me dejaba hacer. Un ardor cálido se apoderada placenteramente como no había sentido en otras prácticas sexuales. Enterré la cara en la toalla y comencé a respirar entrecortadamente.

Una vez franqueada la entrada percibí como acompañaba los movimientos para introducir también el dedo anular, retirando e introduciendo ambos dedos en su totalidad.

Cuando pensé que aquel movimiento me iba descargar lo más parecido a un orgasmo, retiró los dedos y con gesto rápido metió su mano bajo mis testículos hasta abrazar mi miembro y estirarlo hacia abajo quedando éste forzado entre mis muslos. Se acomodó en su toalla y comenzó a masajear mi polla sin compasión. Ahora la frotaba, ahora la amasaba.

Como la postura resultaba incómoda y forzada, sin mediar palabra percibí un gesto que me invitaba a darme la vuelta.

Había llegado el momento de la verdad. Accedí, Colocándome boca arriba y manteniendo las piernas separadas y con la rodilla derecha flexionada y caída obligandola a abrirme más, cerré los ojos.

La posición permitió que mi miembro quedara firme mirando al cielo.

Mientras su mano izquierda subió por la cara interna de mi muslo izquierdo, con la mano derecha asió mi pene y comenzó un vaivén ascendente y descendente con un ritmo suave. Estaba masturbándome, cuando volví a sentir sus dedos atravesar la ya dilatada entrada de mi culo.

Los pensamientos raros volvieron a mi mente, sin embargo los deseché rápidamente. Me había propuesto disfrutar la experiencia y luego, ya veríamos.

Como seguía con los ojos cerrados no atiné a calcular el siguiente paso. Una sensación húmeda y cálida se apoderó circularmente de mi glande.

Me la estaba mamando otro tío (y me gustaba), su lengua comenzó a moverse arriba y abajo, a salivar realizando movimientos circulares acompañada por la mano que subía y bajaba y aquellos dos, o puede que más dedos que entraban y salían de mi culo con pericia.

No tardé en correrme, primerizo como era en estas prácticas. Sentir como aquella boca golosa se tragaba mis líquidos, aún gustándome, volvió a crearme confusión de pensamientos.

Esperaría este tipo que también yo se la chupara? Supongo que mi lividez y el pronto retraimiento de mi reacción le debió alertar de que algo no funcionaba bien.

Le confesé mis temores y comprensivamente me dijo que no tenía que sentirme obligado a nada. Comenzamos a charlar sobre la experiencia. Él me preguntaba cuales habían sido mis sensaciones, qué me había gustado o qué no, de ser así.

A mi me costó mucho hablar de ello teniendolo delante. Le confesé que si bien la manada había estado bien, lo que me había impresionado más era el placer que había sentido cuando introdujo sus dedos en mi culo. Le pregunté sobre tópicos tipo si dolía cuando te penetran con un pene de buenas dimensiones, que si era posible dilatar más, cosas así. Me confesó que me había percibido estrañamente relajado para lo estrecho que había sentido mi ano, que había ido con mucho cuidado para no dañarme y que no siempre las relaciones eran así.

La pasión, el ímpetu del "aquí te pillo aquí te mato" muchas veces producía desgarros.

Aunque la cosa se había enfriado por el cariz último de la conversación, el tenerlo ahí, enfrente, con su polla todavía erecta y excitada me producía cierto desasosiego qué, cómo si de un imán se tratara, me costaba desviar la vista y dejar de mirarla.

En un momento dado, y no sin cierto rubor infantil, alargando la mano, dije:

Puedo?

Su sonrisa cómplice lo dijo todo.

Con un dedo alcancé a tocar la cabeza de su glande. El tacto, obviamente no me sorprendió, yo tenía una igual, igual menos gruesa, pero esta polla se me antojaba como más esponjosa en la cabeza.

Su dueño se reclinó hacia atrás apoyando las manos también y aquel miembro pareció cobrar vida, obrando movimientos de vaivén y oscilación en su punta.

Dudé unos instantes, pero qué coño, había decidido jugar!!

Abriendo la palma de mi mano derecha abracé el tronco de aquel trozo de carne caliente y comencé un movimiento ascendente y descendente como intuí debía hacer.

A ver, si bien era una polla ajena, práctica en hacerme pajas si que tenía.

Me gustó verlo desde otra perspectiva. Aceleré algo el ritmo y rápidamente algunas gotas de líquido seminal perlaron el orificio que coronaba aquel vástago caliente.

Me tumbé en la toalla y acerqué la punta de mi lengua hacia la roja cabeza.

No me podía creer que estuviera haciéndolo.

Abrí los labios y con cuidado me introduje aquello hasta esperar el glande. Sentí un mínimo rechazo producido por un atisbo de arcada, pero tras recuperarme enseguida la primera impresión me resultó salada al paladar.

(Estás chupando una polla), chasqueó un relé en mi cerebro, y sin darme cuenta estaba subiendo y bajando la lengua mientras cerraba los labios para evitar que se escapara las saliva que el efecto de la gravedad provocaba. Comencé a acompañar con mi mano los movimientos de la boca, así me resultaba más fácil no atragantarme al poder controlar cuanto trozo me introducia cada vez.

Tardó más que yo en correrse, por lo que pude practicar más rato movimientos con la lengua. Al rato, sentí entre mis dedos cierto temblor en las venas del tronco y comprendí que se iba a correr. Me preparé mentalmente para lo inminente y sin soltar la mano descargo su placer en mi boca.

No os voy a contar chorradas. Fue un desastre. La primera andanada me provocó una arcada que me obligó sin darme cuenta a abrir la boca y retirarla, el segundo chorro me entró por la nariz impidiendome respirar. Otro me acertó en un ojo. Todo fue muy rápido Él gritaba (de placer), yo renegué y maldije pero recomponiendome mas o menos atiné a volver a metermela en la boca y disfrutar la experiencia.

Intenté tragarme aquel líquido pero me dieron arcadas y no lo conseguí aquella vez.

Más tarde, tras asearnos dándonos un baño en la playa, le confesé que me quedaba con las ganas de probar a que me follara.

Esa experiencia os la cuento otro día.