Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 16
Rodrigo tiene un secreto que lo consume: Lourdes está en manos de su peor enemigo. Para salvarla, está dispuesto a sacrificar a Ivette, pero el precio no es solo créditos, sino una mujer que mata a sus amos. Mientras él negocia en las sombras, Alejandra descubre que el amor en este harem es la única trampa de la que no puede escapar.
RODRIGO
Resultaba desgastante la forma como los días pasaban sin que pudiera despejar mi cabeza de aquellos pensamientos que me llevaban una y otra vez a pensar en Lourdes, algo que por desgracia no se veía afectado por el cariño que me profesaba Alejandra, ni por la presencia de Ivette y Blanca por la casa, con quienes tenía sexo varias veces al día en un vano intento por hacer que esa chica saliera de mis pensamientos, por darme un descanso de la clase de escenarios horribles que se me presentaban una y otra vez en la cabeza al saber que estaba con ese patán que una vez fue el esposo de mi sierva.
Sí, aquello no era nada agradable y sabía que Alejandra sospechaba que las cosas no andaban bien, porque incluso yo era consciente de que mi comportamiento no había sido el mismo desde aquella mañana en la que regresé de la galería con Ivette rehabilitada y con Blanca como nueva sierva de mi harem, algo que por cierto no le agradó mucho a Alejandra, pero que muy pronto le dejó de importar al notar que algo malo había ocurrido en aquella sucursal de La Corporación.
No pude evitar comportarme distante con ella, consecuencia lógica de mi incapacidad en pensar en nada que no fuera Lourdes, en lo que le estaría haciendo ese hombre, en tratar de encontrar alguna forma que crear una ventaja a la hora de negociar con él para que pudiera apropiarme de esa chica, pensamientos que provocaron que me mostrara distraído y taciturno durante aquellos días, una actitud que se volvió demasiado frecuente, que hizo que Alejandra me mirara preocupada y que seguramente también incentivó algunas inseguridades que tenía con respecto de su estatus al interior del harem y con respecto del lugar que podría ocupar en mi corazón, pues para nada era común que le guardara alguna clase de secreto.
Como era de esperarse, Alejandra trató de averiguar qué me estaba pasando, tratando el tema siempre de alguna manera discreta, como queriéndome tomar por sorpresa, pero sin lograr nada con sus estratégicas aproximaciones, sin hacer que le revelara la razón de que me comportara de esa manera; y no es que me sintiera muy cómodo guardándole secretos a quien se había convertido en la única persona que en realidad me importaba en la vida, pero le verdad era que, aunque me avergüence decirlo y a pesar de lo que ya había pasado entre ese patán y aquella chica por quien cada vez me sentía más enamorado, no me sentía muy seguro de hablar de ese tipo con ella, porque no sabía cómo reaccionaría al saber que era su exmarido quien tenía en su poder a la última hermana de Anahí, ni tampoco tenía claro si el sacar el tema a la mesa le haría revivir de alguna forma las cosas que pudo haber llegado a sentir por él, algo que ahora podría sonar estúpido, pero que en aquel momento me atemorizaba, porque no quería perderla, no después de todo lo que habíamos pasado juntos, de haber desarrollado tantos sentimientos por ella, de haberme acostumbrado a tenerla siempre tan cerca que una vida lejos de Alejandra me parecía impensable, un miedo que se hizo aún más fuerte al considerar que, si la presencia de las dos rubias en el departamento no era del agrado de Ale, el agregar a la última hermana en la ecuación podría poner las cosas aún más tensas, un factor que al combinarse con la reaparición de su exesposo podría poner la balanza en mi contra, haciendo que tal vez en un arranque de despecho ella quisiera abandonarme y…
Por fortuna tanto Ivette como Blanca supieron mantener la boca cerrada durante los días que siguieron a ese infame encuentro, a pesar de que al parecer ambas se hubieran subordinado de forma natural a Alejandra, pues era ella quien les decía lo que tenían que hacer sin que ninguna de las otras siervas protestara de alguna manera o tratara de negarse a obedecerle.
Fue así como pasó casi una semana, llegando al día en el que las chicas regresaron de sus servicios, durante aquella mañana en la que las recibimos en casa, donde se turnaron para ducharse antes de que le ayudaran a Alejandra a preparar el desayuno, mientras yo las miraba con algo de detenimiento, observando sus rostros tristes y cansados, notando aquellos esfuerzos que desplegaron en un intento por demostrar ante mí una felicidad que no parecía ser real.
Tal vez fue el recuerdo de la forma como encontramos a Lucero cuando la compré, del estado tan deplorable con el que Ivette llegó a casa, de la suma de todas las horribles historias detrás de aquellas chicas o el hecho de saber que Lourdes podría estarla pasando muy mal con el amo que tenía; en realidad no sé qué me hizo sentir tan mal, pero algo dentro de mí de pronto me llevó a experimentar la necesidad de que las cosas cambiaran, de encontrar una forma diferente de ganar dinero, de no dejar que esas chicas siguieran teniendo aquella vida que las estaba obligando a vivir, porque no quería que lo que pasó con Ivette pasara de nuevo, no podía permitirlo, me daba miedo que una de esas mujeres muriera como una consecuencia de mi negligencia, una idea que me hizo entender que no estaba dispuesto a dejar que algo malo les pasara a esas chicas, no después de que me hubieran visto como una especie de salvador tras haberles dado una vida mejor de la que tenían cuando las compré.
Con el pasar de los minutos y sin que apenas me hubiera dado cuenta del momento en el que todo ocurrió, de pronto noté que la mesa estaba puesta y que las chicas ya se habían sentado alrededor de ella, luciendo algunas muy cansadas, otras con el ánimo por los suelos y otras más temerosas, un detalle que notaba un poco más en Blanca, quien al parecer se sintió abrumada al encontrarse en medio de todas esas chicas, después de que solamente hubiera compartido el departamento con Ivette, Alejandra y conmigo.
El desayuno se tramitó de una manera tranquila, mientras algunas de ellas comentaban cosas de sus servicios, haciéndome entender muy pronto lo mucho que se esforzaban en la tarea de encontrar algo positivo en medio de todo lo malo que les ocurría cuando estaban fuera de casa, provocando que de nuevo me sintiera culpable, que alguna clase de remordimiento me atacara mientras notaba lo mucho que se esforzaban por mostrarse complacidas con lo que hacían, por no dejarme ver lo mal que lo estaban pasando, como si creyeran que de alguna manera el demostrar tristeza representaría una falta de respeto o algo parecido.
- Tendrán una semana de descanso - dije de pronto, de la nada, sintiendo cómo las palabras se me escapaban de la boca, viendo cómo todas y cada una de aquellas mujeres me miraban con sorpresa, como si no hubieran entendido bien lo que acababa de decirles, mientras yo giraba un poco mi cabeza para mirar a Alejandra sentada justo a un lado de mí, tratando de disculparme con ella con la mirada, observando aquella expresión decepcionada que me obsequió, seguramente al saber que, al menos durante la siguiente semana, no estaríamos a solas como ella tanto lo había querido, como yo mismo lo había deseado - Alejandra estará a cargo del departamento. Quiero que la obedezcan en cada cosa que les mande a hacer y no quiero que le den problemas o las pondré a trabajar en el momento en el que lo hagan. Estaremos apretados aquí y creo que hará falta comprar algunas colchonetas, pero supongo que prefieren estar un poco incómodas a que las mande a trabajar ¿Me equivocó? - todas negaron con la cabeza, sin relajar aquellas expresiones de sorpresa que mostraban en sus caras, sin terminar de creer que aquello en realidad estuviera pasando - bien, ahora necesito que nos dejen a solas, no me importa en qué rincón del departamento se metan, solo váyanse - les ordené, viendo cómo las chicas intercambiaban miradas nerviosas sin entender nada, ni moverse de la mesa hasta que Alejandra, haciendo uso del poder que acababa de conferirle, tomó las riendas de la situación.
- Anahí y Liliana, les toca recoger la mesa y lavar los trastes; Ivette y Blanca, limpien el baño y asegúrense de que tengamos ropa limpia para toda esta semana; Lucero, por favor encárgate de la recámara, haz la cama y cambia las sábanas, también haz un recuento de lo que necesitamos para que estén más o menos cómodas durante las vacaciones que les ha dado nuestro amo - ordenó, dejándome notar la simpatía que sentía por Lucero tras ser la única a quien le pidió las cosas de una manera más amable, haciéndome sonreír un poco al ver que aquella posición de mando le sentaba tan bien, más aún cuando noté la velocidad con que todas esas mujeres la obedecieron, sin cuestionar nada ni quejarse, marchándose de inmediato de ahí en cuando recibieron sus órdenes.
- Saldré en un rato - comencé a hablar cuando al fin me quedé a solas con Alejandra, después de que las rubias hubieran recogido la mesa, notando la forma insegura y llena de incertidumbre con la que me miraba, mientras en mi cabeza se orquestaba un plan que tal vez podría funcionar para hacer que ese patán me entregara a Lourdes a cambio de entregarle a un par de siervas, un intercambio que esperaba que funcionara a pesar de saber que llevarlo a cabo me costaría una pequeña fortuna, pues si bien la única sierva a quien estaba dispuesto a cambiar resultaba ser una chica muy hermosa, sabía perfectamente que tendría que darle algo más a ese imbécil para que accediera a cerrar esa clase de trato conmigo - me llevaré a Ivette, tengo algo que hacer y… - mis palabras se detuvieron cuando noté aquel brillo en los ojos de Alejandra, provocado por las lágrimas que empezaban a acumularse en sus ojos, haciendo que me sintiera mal, pues sabía que aquel estado era provocado por mi silencio con respecto de aquello que me había molestado durante toda la semana.
Suspiré tratando de controlarme para no revelarle lo que estaba pasando, porque de verdad temía que su reacción al saber que me encontraría de nuevo con su exesposo, fuera una que de alguna manera cambiara algo en lo que parecía que comenzaba a sentir hacia mí, que pusiera en riesgo de alguna forma la relación que estaba teniendo con esa chica de quien cada vez me sentía más enamorado.
- Amo… yo… ¿Qué es lo que está pasando? - preguntó al fin, sin rodeos, sin tratar de sacarme información de esa forma discreta como trató de hacerlo durante los últimos días, haciendo que la mirara a los ojos y me encontrara con esa mirada preocupada y aprensiva con la que me observaba - no importa lo que sea, puede confiar en mí, no se lo diré a nadie, no haré nada que… - negué con la cabeza mientras trataba de organizar mis ideas.
- Sé que puedo confiar en ti, de eso no tengo duda, pero esto… - me detuve, tratando de serenarme y no cometer un error al revelarle lo que haría - lo sabrás cuando sea el momento, mientras tanto… mira, necesito que me ayudes con algo - le expliqué, tratando de desviar el tema, de distraerla con algo que creí que capturaría su atención y evitaría que pensara por un rato en aquello que le estaba ocultando - sé que tú eres buena para los negocios, lo has demostrado, así que necesito que pienses en alguna forma de seguir obteniendo buenas ganancias, pero reduciendo el tiempo que las siervas pasan en los servicios, porque no quiero que lo que pasó con Ivette se repita, ni tampoco quiero que cada vez que regresen a casa lo hagan con esas expresiones tristes y… - suspiré de nuevo, queriendo zanjar aquel tema porque en realidad no me ponía bien pensar en ello - trata de encontrar una forma, ¿De acuerdo? - le pedí, viendo cómo agachaba la cabeza, mostrándose derrotada en su intento de saber qué era lo que estaba pasando conmigo.
- Sí, amo, lo haré - contestó resignada, haciendo que sintiera un vacío en mi estómago mientras trataba de superar el hecho de saber que mi silencio le había molestado, que tal vez incluso la había lastimado al no decirle lo que estaba pasando, al creer que mi silencio se debía a que no confiaba del todo en ella.
- No quiero que me sigas llamando amo, solo llámame por mi nombre - expresé, observando cómo su cara se levantaba, cómo me miraba con los ojos muy abiertos mientras una lágrima recorría su mejilla, sin poder creer que le hubiera dicho aquellas palabras - ¡Ivette! ¡Ven aquí! - grité mientras me levantaba de la mesa bajo la atenta mirada de Alejandra - cuando regrese, y si todo sale bien, hablaremos y te responderé cada pregunta que tengas que hacerme, por ahora, solo encárgate de las chicas, del departamento y haz una lista de lo que necesitaremos para esta semana en la que tendremos casa llena, porque creo que vamos a tener que ir por algunas colchonetas, comida y… - mis palabras se cortaron cuando Alejandra brincó de su asiento y se abalanzó hacia mí, abrazándome con fuerza mientras sus labios y los míos se encontraban, antes de que se separara un poco, de que viera cómo pequeños arroyos de lágrimas se dibujaban en sus mejillas mientras una sonrisa enorme lo hacía en sus labios.
- Rodrigo, yo te… - se detuvo, dejando que viera un brillo temeroso en sus ojos, que notara cómo su determinación titubeaba, provocando que aquello que me dijo después no fuera lo mismo que pensaba decirme en un principio - tendré todo listo para cuando regreses… sí, yo me encargaré de todo - explicó, mostrándose avergonzada mientras su rostro se ponía cada vez más colorado e Ivette se presentaba ante nosotros. Ojalá me hubiera dicho lo que creo que quiso expresar en un principio.
Dejar de abrazarla y tener que renunciar a su calor fue algo horrible, pero sabía que tenía que ocuparme de algo, de un asunto que no podía esperar más, porque ya había pasado casi una semana desde que vi a ese imbécil con Lourdes y temía que hubiera esperado demasiado para ir por ella, que tal vez para ese momento ya no hubiera nada que recoger de aquel departamento que una vez fue de me sierva.
- Vendrás conmigo a la galería - le ordené a Ivette, quien asintió de inmediato y caminó hacia la puerta mientras yo besaba de nuevo a Alejandra - nos vemos en un rato - me despedí, sin atreverme a decirle algo más lindo, algo que en realidad hubiera querido, sintiendo luego esa molesta sensación en el estómago al no saber cómo saldría el asunto de Lourdes y no tener idea de si ese idiota accedería al intercambio, de si el demostrar interés por esa chica empeoraría las cosas para ella ni de cómo reaccionaría Alejandra si las cosas salían bien y terminaba regresando a casa con Lourdes a mi lado, habiéndome deshecho de Ivette en un intercambio que no terminaba por gustarme, pero que hasta ese momento era lo único que se me había ocurrido para apoderarme de la última hermana que me faltaba reclutar en mi harem.
- Amo ¿Iremos por esa chica que vio el otro día en la galería? ¿Se le ha ocurrido algo para…? - preguntó Ivette mientras recorríamos las calles en mi camioneta
- Sí, algo se me ocurrió - dije, sin querer hablar más del tema, pero notando que Ivette de pronto agachaba la cabeza, que de manera repentina parecía ponerse triste, una actitud que me hizo sospechar que tal vez tenía una idea de lo que pasaría con ella, de que sería mi moneda de cambio, al menos en parte, para tratar de hacerme con la última hermana de Anahí que me faltaba comprar.
- ¿Sabe algo, amo? Sé que no soy del todo bienvenida en su vida, y está bien, no fui la mejor jefa con usted, ni tampoco la mejor persona, pero le agradezco que me dejara descansar estos días. No lo sé, estar con Alejandra, Blanca y con usted, de alguna forma se sintió casi como tener una familia - expresó, en lo que interpreté como un intento por manipularme y hacer que me sintiera mal ante la idea de dejarla ir, hasta que pronunció aquellas palabras con las que cerró su discurso durante nuestro trayecto a la galería - y aunque no lo crea, no me molesta ser la sierva a la que sacrifique para reunir a esas tres hermanas, porque sé que jamás seré tratada como trata a las otras y que nunca seré realmente una parte de ustedes, así que… bueno, solo quería decirlo, quería que supiera que no le guardo rencor por lo que va a hacer conmigo - me aseguró, para luego quedarse el resto del camino callada, sin mirarme, observando las calles a través de la ventana, haciéndome suspirar, sintiendo una inmensa culpa al considerar la posibilidad de que quizás Ivette realmente hubiera cambiado, de que tal vez hacía tiempo que había dejado de merecer mi odio, que quizás su deuda conmigo ya estaba pagada y no se merecería el futuro que le esperaba con el patán a quien estaba a unas horas de ofrecerla; sin embargo, tenía muy claro que ese idiota no cedería a una sierva con tanta facilidad, menos a una tan linda como lo era Lourdes, razón por la que aquella mañana acudí a la galería con la encomienda de encontrar a otra mujer hermosa y que no resultara tan cara para tratar de hacer que ese patán me entregara a Lourdes a cambio de Ivette y de la sierva que estaría a punto de comprar; un trato que no me gustaba, porque a pesar de todo Ivette se había logrado colar en alguna parte de mi corazón, pero que resultaba la única idea más o menos aceptable que se me había ocurrido desde que lo vi con Lourdes caminando por la galería.
- ¡Rodrigo! ¡Qué gusto me da verte! - me saludó Emilio en cuanto puse un pie en aquel establecimiento, pero no lo hizo con la efusividad de siempre, más bien creo que aquel gesto fue motivado por la curiosidad, por el morbo que probablemente le provocaba el saber si ya había pensado en algo para hacerme con los derechos de esa chica a la que por tanto tiempo habíamos estado buscando.
- Lo mismo digo, amigo, porque en realidad necesito de tu ayuda - le expliqué, llamando su atención de tal manera que lo hizo dirigirme una expresión llena de complicidad, como si estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa que le pidiera - necesito comprar una mujer, pero no debe ser cualquier chica, tiene que ser excepcionalmente hermosa, alguien que de verdad llame la atención, que cualquier hombre que pase cerca de ella no pueda evitar echarle un ojo, pero también necesito que su precio no sea tan elevado, porque será una inversión perdida pues pretendo intercambiarla por Lourdes con ese patán con el que la vimos el otro día por acá y tal vez también quiera algunos créditos a cambio de entregármela, así que… ¿Tienes a alguien así?
Emilio suspiró con pesar tras unos segundos de estarme contemplando, agachando luego la cabeza, tornándose preocupado y un tanto pesimista, algo que al principio me hizo creer que se debía a la imposibilidad que entrañaba una petición como aquella que le hice, hasta que de pronto asintió de una manera un tanto sombría y después me miró como si no quisiera revelarme lo que estaba por decirme, una actitud que solo logré entender más tarde, cuando vi a la chica en la que mi amigo estaba pensando en aquel preciso instante.
- Sígueme, te mostraré a una sierva que llegó hace poco. En realidad es curioso que me plantees tal clase de reto, porque esa chica coincide con cada cosa que me has pedido, pero… - un nuevo suspiro salió de su boca, aunque en esa ocasión lo hizo con un ligero aire de temor, mientras recorríamos los pasillos de la galería en dirección del cubículo donde aquella sierva se encontraba - mira, no es una chica cualquiera, fue espía de Aurora y ha matado a todos los amos que ha tenido hasta ahora, entre los cuales se cuentan a un alto funcionario de La Corporación, cuatro tenientes, dos sargentos y un capitán de fuerzas especiales - dijo, haciendo que de pronto lo mirara como si esperara que se riera y me dijera que aquello no era más que una broma, algo que jamás ocurrió - es una mujer enojada con La Corporación y el Gobierno Central, quien al parecer se ha tomado demasiado en serio la tarea de matar a tantos hombres como pueda, algo que en realidad le ha resultado tan fácil porque… bueno, es anormalmente hermosa, tal y como la describiste hace un momento.
- ¿Y por qué la tienen en este lugar? ¿Por qué no la han encerrado o algo como eso? - preguntó Ivette, alarmada, sin ocultar el miedo que había contaminado su voz, haciendo que recordara que venía detrás de nosotros, provocando que Emilio resoplara con un cierto aire de ironía.
- Sí, bueno, los altos mandos de La Corporación creyeron que sería una buena idea tenerla en una galería, creen que si la compra alguien común y corriente no pasará nada, me refiero a una persona sin ningún cargo o rango militar, aunque… bueno, con el historial que tiene y a pesar de que su precio es risible, nadie la ha terminado por comprar, vamos a ver que ni siquiera la han usado mucho, al parecer el hecho de que sea una asesina consumada ha logrado espantar a la gente que viene aquí a pasar el rato. Mírala, es ella, está ahí - me indicó Emilio mientras señalaba una cabina, en cuyo interior se encontraba una mujer que en verdad era muy hermosa.
- ¡Carajo, parece una muñeca de porcelana! - exclamó Ivette mientras la observaba, y no era para menos, porque esa chica llamada Adahí, de verdad era espectacular: sumamente atractiva, con una peculiar y poco común combinación de un cuerpo muy esbelto, pero con un par de senos enormes y una cara angelical tan linda que seguía luciendo muy bella, a pesar de mostrar aquella expresión desesperada que le provocaba la ambrosía.
- Como lo dije, es muy hermosa, una cualidad que de alguna manera ha hecho que sus amos bajen la guardia y le retiren la ambrosía por algunos minutos, momentos que la chica ha aprovechado para terminar con ellos, así que… mira, en teoría mientras la mantengan con un flujo alto de ambrosía, la chica es completamente inofensiva, sin embargo, si llegaran a quitársela… - dijo Emilio, levantando las cejas y abriendo mucho los ojos mientras observaba a esa mujer metiéndose un par de dedos en el coño, esforzándose por provocarse a sí misma un orgasmo que no parecía que pudiera llegar demasiado pronto.
- Lo siento, pero, ¿Alguno de ustedes ocupará a esa sierva? - dijo un hombre a nuestras espaldas, provocando que lo mirara, encontrándome con un tipo enorme de casi dos metros de altura y un físico que seguramente tenía años de trabajo en el gimnasio, obsequiándome una imagen que me hizo sentir mucha curiosidad ante la posibilidad de ver lo que esa chica hacía con un hombre de tales dimensiones, un morbo especial que me llevó a apartarme del monitor y ver cómo el sujeto pagaba el precio por estar unos minutos con ella.
- Sabes que es una asesina ¿Cierto? - le pregunté sin poder evitarlo, el tipo sonrió.
- Lo sé, eso le agrega un poco de emoción a las cosas - respondió, antes de que lo viera meterse en la cabina, de que observara cómo esa mujer lo miraba con toda la lujuria que podía albergar una chica como ella, levantándose de la cama para acercarse a él, tratando de abrazarlo hasta que el tipo la arrojó a la cama y se desnudó, al mismo tiempo que la sierva se abría de piernas para su provisional amo, gimiendo, observándolo con deseo, con una mirada tan lasciva que resultaba extrañamente seductora en esa chica, porque era verdaderamente hermosa y no podía negar que incluso a mí lograba encantarme con su belleza, algo de lo que se dio cuenta Ivette mientras estábamos ahí parados, quien no esperó a que le diera una orden para acercarse a mí y comenzar a tocar mi entrepierna, sin que yo se lo ordenara, pero sin que tampoco tuviera la más mínima intención de pedirle que se detuviera, mientras contemplaba con morbo la forma como esa mujer recibía entre sus piernas a ese tipo enorme que comenzó a penetrarla sin demoras, provocando gemidos que escaparon de esa chica, sonidos que me erizaron la piel, que me hicieron colocar mi mano en las nalgas de Ivette y apretarlas mientras ella no dejaba de sobar mi pene por encima del pantalón.
- Creo que ya entiendes en dónde radica el peligro de esa chica - comentó Emilio tras haberme echado un vistazo, antes de que volviera a concentrar su atención en la escena al interior de la cabina, encontrándose con esa imagen en la que el hombre le comía los senos a esa asesina mientras ella sacudía sus caderas bajo el cuerpo de su amo, gimiendo enloquecida, entregándose a ese tipo como si la vida le fuera en ello, provocando que el muchacho se viniera en ella de una manera tan repentina que creo que incluso a él lo tomó por sorpresa, mientras Ivette metía su mano en mi pantalón y comenzaba a masturbarme directamente, piel con piel, dejándome sentir el calor de su tacto a la vez que contemplaba cómo Adahí hacía que el hombre se recostara y luego se metía su pene en la boca, limpiándolo, succionándolo, bebiéndose hasta la última gota de semen que en él había, logrando que se endureciera de nuevo en cosa de unos pocos segundos, para después montarse sobre su cuerpo y comenzar a cabalgarlo.
Aquella escena logró sobrepasarme, haciendo que me excitara como jamás lo había hecho en el pasado, porque ver a una mujer tan hermosa que parecía ser tan inalcanzable para alguien como yo y saber que podría tenerla a cambio de una no muy abultada transacción de créditos, me hizo ponerme tan duro que en algún momento tomé a Ivette de la nuca y la obligué a arrodillarse frente a mí, a meterse mi miembro en la boca sin que me importara estar a un lado de Emilio, sin que de hecho recordara a mi amigo mientras observaba con morbo y obsesión la mirada embelesada que esa chica le obsequiaba a su amante a la vez que el hombre musculoso la tomaba de los senos y le robaba gemidos tan sonoros y estremecedores que me hicieron tomar la cabeza de Ivette y empujarla contra mi cuerpo cuando mi eyaculación fue inminente, obligándola a tragarse toda mi leche hasta que no hubo nada más que expulsar de mi interior, al tiempo que observaba el enloquecido orgasmo que Adahí estaba tendiendo mientras el hombre bajo su cuerpo se venía dentro de ella, dejando que su semen escurriera hasta mojarle los huevos, antes de que el tipo arrojara a la sierva a un lado y luego se levantara de la cama para vestirse y salir de la cabina, sin hacer caso de las suplicas que esa chica le dirigía para que se quedara un poco más de tiempo con ella.
Un suspiro y la sensación que me provocó sentir a Ivette arreglándome la ropa, fue lo único que precedió al momento en el que me acerqué al monitor y la compré, llevándome una escalofriante sorpresa al ver que solamente tendría que desembolsar 760 créditos por esa chica, mientras de alguna forma sentía una extraña satisfacción al pensar que tal vez esa noche dormiría con el patán que tenía a Lourdes, claro, siempre y cuando las cosas salieran tal y como yo pretendía que resultaran.
ALEJANDRA
La charla que tuve con Rodrigo esa mañana, el sentir que me veía diferente, el hecho de que me permitiera llamarlo por su nombre; todo ello me dejó en una nube cuando se fue del departamento acompañado por Ivette, logrando que me sintiera querida, que sonriera al creer que aquello era prueba de que me quería, de que sentía algo por mí que me diferenciaba de las otras chicas, un momento muy hermoso que me permití disfrutar durante algunos minutos, hasta que la duda volvió a atacarme, haciendo que me preguntará ¿Qué era lo que me estaba ocultando? ¿Por qué no quería decírmelo? ¿Si la posibilidad de llamarlo por su nombre solamente era una estrategia para que dejara de molestarlo? Preguntas que de alguna manera me llevaron a analizar lo que me pidió hacer, aquello de que encontrara la forma de que las chicas pasaran menos tiempo en sus servicios, una petición que de manera inevitable me llevó a creer que tal vez ese sería el primer paso para tratar de tener a tantas mujeres en casa como le fuera posible, como si ya no quisiera estar a solas conmigo, como si la tentación de tener a todas esas siervas a su disposición fuera algo tan irresistible que de pronto no quisiera renunciar a estar con ellas, que mi compañía no le resultara suficiente como para querer estar solo conmigo.
Pensar en ello fue devastador, porque inevitablemente me hizo creer que en realidad estaba desechando la posibilidad de que viviéramos solos en un departamento, de que las chicas tuvieran un lugar apartado de nosotros y pudiéramos vivir nuestro…
No, definitivamente no podía pensar más en él de esa forma, porque hacerlo me dolía, porque era algo muy estúpido enamorarme de un chico a quien le gustaba tanto estar con tantas mujeres, un hombre con quien jamás podría visualizar una relación normal, porque aquello que vivíamos no lo era, porque yo solo era una sierva y él era mi amo, el mismo que podría deshacerse de mí de un momento a otro, cuando dejara de desearme o cuando decidiera que ya no le era útil, porque ¿Cómo se suponía que pudiera vivir de esa forma si el hombre de quien me había enamorado no era capaz de darme la más mínima sensación de seguridad de que no me echaría de su vida con la misma facilidad que se desharía de cualquiera de las mujeres que se encontraban en esa casa?
- Ale ¿Estás bien? - preguntó la dulce voz de Lucero, quien de pronto apareció parada a un lado de mí, despertándome de mi letargo, haciendo que la mirara sin terminar de comprender que estaba llorando, que las chicas en la casa me miraban con aprensión al notar lo mal que lo estaba pasando.
No fui tan fuerte como para mantenerme ecuánime ante la terrible incertidumbre que me provocó Rodrigo con aquella petición, con el hecho de que se hubiera ido con Ivette y no conmigo, sabiendo que pasó casi una semana entera ocultándome algo que lo molestaba, sin tener idea de por qué razón no era capaz de confiarme lo que fuera que le hubiera ocurrido.
Derrumbarme frente a esas mujeres fue inevitable, tanto como lo fue el que Lucero se acercara a mí y me abrazara, sin decir nada por algunos minutos, solo estando ahí para mí, conmigo, siendo la amiga que necesitaba que fuera, el soporte que impidiera que me hiciera pedazos a mí misma.
- ¿Pasó algo con el amo? ¿Te dijo algo malo? - preguntó la chica cuando al fin logré tranquilizarme lo suficiente como para detener mi llanto, mientras las demás me miraban atentas, incluyendo a Blanca, quien al parecer aun no terminaba de sentirse parte de aquel pequeño grupo de mujeres al servicio de un mismo amo.
- Me enamoré de Rodrigo - dije, sintiendo que aquella era la mayor revelación de mi vida, antes de que Liliana soltara un bufido con el que me hizo entender que aquello no era una gran revelación.
- ¡Liliana! ¡Compórtate! ¡Ten algo de respeto! - la reprendió Anahí, mirándola con severidad y también con algo de miedo, como si temiera que yo pudiera tomar alguna clase de represalia en contra de su hermana menor.
- Lo siento, no pretendía ser irrespetuosa, pero… - Liliana resopló con exasperación - a ver, que sé que soy muy molesta, eso ya lo saben todas… o casi todas… como sea… lo que quiero decir es que eso no es nada nuevo, desde que llegamos aquí a todas nos quedó muy claro que entre tú y el amo hay algo muy intenso, porque es más que evidente lo que sientes por él y es demasiado obvio que el amo está perdidamente enamorado de ti - dijo con ese tono de voz que me hizo sentir una tonta, hablando como si aquello fuera algo tan evidente que todas lo daban por hecho, que hacía que mi llanto resultara algo tan ridículo a pesar de que yo no lo entendiera - a ver, es que no es posible que no lo veas, eres la única en quien confía ciegamente, con quien habla, a quien le cuenta sus planes, vamos a ver que, de no ser una sierva, tal vez ya hasta te hubiera propuesto matrimonio, así que…
- Ale - la interrumpió Lucero, hablando con la misma sutileza con que siempre lo hacía, pero lo bastante fuerte como para que su voz se impusiera sobre la de Liliana, a quien Anahí le dio un pellizco para hacer que se callara - ¿Qué ha pasado con el amo? ¿Por qué te pusiste así? - me preguntó, haciendo que el silencio se apoderara de pronto de la habitación.
- Me estoy volviendo loca porque no sé lo que le pasa, lleva toda la semana comportándose muy raro, lo he notado distante, frío, incluso hoy se fue con Ivette y no quiso decirme a dónde se iba ni qué haría afuera y…y… él nunca me había guardado secretos y no puedo dejar de pensar que tal vez… que quizás…
- No, no pienses tonterías - intervino Anahí de pronto, de una manera tan repentina que me hizo mirarla a los ojos mientras me observaba como lo haría si estuviera frente a una niña terca que no logra entender que uno más uno es igual a dos - a ver, ninguna de nosotras se está entrometiendo en lo que tienes con él, para empezar, porque creo que todas tenemos claro que si no llevamos la fiesta en paz contigo, nuestros días por acá estarían contados, así que si eso es lo que te tiene así, puedes estar tranquila; en cuanto a lo que esté haciendo con esa tal Ivette… bueno, no sé qué haga ni por qué no te lo dice, pero sus razones tendrá para guardarlo en secreto, así que supongo que lo mejor que puedes hacer es esperar a que regrese y ver qué pasa, porque seguro que no es nada malo, dudo mucho que Rodrigo… que el amo haga algo que pueda lastimarte intencionalmente.
- Pero ¿Entonces por qué…? - comencé a decir, antes de entender que en aquella habitación solo había una persona además de mí que estaba al tanto del asunto de lo que pretendíamos hacer para que Rodrigo y yo viviéramos solos, a apartados de todas aquellas mujeres que me rodeaban.
Lucero me miró de pronto de una manera diferente, abriendo un poco más los ojos, permitiéndome entender que entendía lo que me preocupaba, que de alguna forma el contenido de la plática que tuvimos aquella otra ocasión en la cocina, estaba adquiriendo relevancia durante aquella mañana.
- Crees que el amo cambió el plan ¿Cierto? - preguntó, sin aclararle nada a las demás, a pesar de que todas intercambiaron miradas entre ellas al no entender lo que pasaba.
- Me dijo que no quiere que sus servicios duren tanto tiempo, me pidió pensar en algo para generar ganancias sin que tengan que estar tanto tiempo en los servicios y… - suspiré, tratando de controlarme antes de seguir hablando - creí que los dos queríamos estar más tiempo a solas, pero con esta última petición… no lo sé, a veces siento que no siente lo mismo que yo siento por él - confesé con pesimismo, antes de que notara que Lucero miraba a Blanca con una expresión inquisitiva, de que yo misma volteara a ver a la pelirroja y notara lo nerviosa e incómoda que parecía estar, un estado que se intensificó cuando notó que nuestras miradas estaban puestas en ella.
- Tú sabes algo ¿Cierto? Tú estabas con Rodrigo e Ivette cuando estuvieron en la galería la última vez ¿Verdad? - le dijo Lucero, con un tono severo y un tanto acusador, mirándola con cara de pocos amigos mientras Blanca nos miraba a una y otra sin saber qué hacer, demostrando un miedo que incluso me hizo sentir incómoda, antes de que la chica al fin abriera la boca, hablando nerviosa y temerosa.
- Por favor, chicas, no me hagan decirles nada, no puedo hacerlo. El amo me ordenó que no dijera nada y no quiero desobedecerlo - respondió, tragando saliva al final, haciendo que Lucero y yo intercambiáramos una mirada cómplice sin que al parecer ninguna de las dos nos decidiéramos por hacer algo en particular, por tratar de torcerle el brazo para que hablara y de esa forma pudiéramos al fin disipar todas las dudas que me molestaban.
- No estás empezando bien por acá, Blanquita, porque ya escuchaste al amo, Alejandra está a cargo después de él, así que si sabes algo, lo mejor que podrías hacer es quedar bien con la jefa - dijo Liliana, empleando ese tono aparentemente inocente, pero que iba cargado de amenaza por donde quiera que se le mirara - además, no es como que una de nosotras le vaya con el chisme al amo, así que vamos, desembucha lo que sabes que aquí nadie dirá nada ¿Cierto? - sugirió Liliana, haciendo que de inmediato todas asintiéramos en dirección de Blanca, quien de pronto se sintió tan abrumada y acorralada que no le quedó más que hacer que relatar lo que había pasado, haciendo que mis ojos se abrieran como platos cuando supe quién tenía a Lourdes, mientras miraba las expresiones sorprendidas en los rostros de Anahí y Liliana, hasta que el silencio volvió a apropiarse de nosotras y no pudimos hacer nada más que mirarnos las unas a las otras, pero sin tener una idea clara de lo que en aquel momento estaría pasando con Rodrigo, ni del plan que seguramente estaba poniendo en marcha para tratar de llevar a casa a la única hermana que nos faltaba reclutar.
Espero que hayan disfrutado del relato. Si desean apoyar mi trabajo, pueden hacerlo suscribiéndose a mi página de PATREON (donde esta serie ya terminó) o adquiriendo el TERCER tomo de la serie en AMAZON (capitulos 14 - 19) (links en mi perfil) Gracias por leer, compartir, comentar y valorar. Linda noche.
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