Xtories

Tanto me abrieron por atrás que mi marido me dejo

Llevaba años conteniendo el hambre de rudeza que su cuerpo pedía a gritos. Ahora, libre de las cadenas del matrimonio y con el culo aún abierto por la noche anterior, Dolores sabe que su nueva vida en la Patagonia solo comenzará cuando encuentre la próxima verga dispuesta a partirla.

Dolores3822K vistas9.5· 17 votos

Hace algunos años, después de aquel quiebre brutal en mi vida matrimonial —veintidós años de fidelidad rota por una sola tarde de lujuria desenfrenada con el verdulero—, sentí la necesidad imperiosa de confesarme. Lo hice en aquel relato que titulé “Me vio llegar sin bombacha”, quizás como una forma de exorcizar el terror que me había invadido: no solo el miedo al cinto de mi marido y a sus cintazos que me dejaron el culo marcado por semanas, sino un miedo más profundo, más oscuro, a esa concha mía que se había despertado hambrienta, insaciable, rogando por la rudeza autoritaria de vergas urgidas, gruesas, que me partieran en dos.

Aquella posesión salvaje del verdulero me había revelado algo que llevaba años reprimiendo: yo había buscado, conscientemente, que un hombre me tomara así, sin piedad, partiéndome a pijazos profundos mientras me insultaba, me escupía, me obligaba a la sumisión más absoluta que una ama de casa aburrida como yo fantaseaba en secreto entre las ollas y la ropa tendida.

Desde entonces pasaron años. Otros hombres me usaron, me dieron sus pijas con discreción, hasta que hace cinco meses, una fría mañana de invierno, mi marido —aún marido entonces— sospechó de mis salidas y se escondió en el patio. Apareció de golpe en la cocina mientras yo estaba en cuatro patas sobre la mesa, con el vecino resoplando atrás mío, embistiéndome el culo con furia, su verga gruesa entrando y saliendo de mi ojete dilatado mientras yo gemía como una perra en celo. El final fue rápido y violento: me cagó a cintazos hasta dejarme las nalgas moradas, le dio una paliza al vecino que casi lo mata, agarró sus cosas y se fue de casa para siempre. Nos divorciamos. Casi terminamos en juicio por los bienes, pero mi abogado me citó una tarde y me transmitió la oferta: una suma importante de dinero, una camioneta nueva, a cambio de que me fuera de la ciudad y no abriera la boca sobre ciertos “negocios turbios” en la fábrica donde él trabajaba.

Acepté sin dudar. Mis dos hijos ya eran grandes, vivían en Italia estudiando y empezando su vida allá. Se me abría la posibilidad de cumplir el sueño de siempre: mudarme a la Patagonia, lejos del barrio donde todos sabían que yo había sido la puta infiel que se dejaba abrir los hoyos a escondidas.

Mientras preparaba la mudanza, volví a escribir. Garabateé de nuevo aquella paliza histórica por el verdulero, pero no me atreví a compartirla. En cambio, publiqué recuerdos de mi adolescencia, de ese entorno humilde y caliente donde crecí. Al releerlos me reconocí: la misma Dolores que se entregó en la verdulería era la chica que ya fantaseaba con ser tomada con fuerza. Me asombraron esos veinte años de esposa “fiel”, aunque, siendo sincera, cuando mi marido venía caliente no había ternura: era puro dominio. Él no pedía, ordenaba. “Te voy a coger”, decía, y me dejaba culo para arriba a pijazos limpios, brutales. Era rudo, bien dotado, déspota hasta el hueso: me nalgueaba hasta dejarme marcas, me escupía en la boca o en el ojete para lubricar, me insultaba llamándome “gorda puta” mientras me montaba como a una yegua, tirándome del pelo, mordiéndome la nuca. Más de una vez, después de correrme temblando, terminaba meándome el orto o la espalda, marcándome con su orina caliente como si fuera su territorio.

Dos meses después del divorcio, compré una casita pequeña pero cómoda y coqueta en un pueblo montañoso de la cordillera patagónica. Cargué la camioneta y partí rumbo a mi nueva vida, con un solo propósito claro: disfrutar sin culpa de lo que era mi esencia. En pocas palabras, mantener mis agujeros lo más lustrados, usados y llenos posible.

Aclaro algo para desalentar fantasías: ser puta no significa ser despampanante. Yo soy vulgar de cara, media gorda, no muy alta, con tetas caídas que se bambolean, anteojos gruesos. No salgo a la calle y al rato tengo una fila de pijas. Pero siempre aparece algún hombre que necesita sacarse la leche con urgencia y no pone peros. Y aunque suene raro, es verdad: en el momento en que ese tipo me pone en cuatro, me abre las nalgas y me clava su verga hasta el fondo, bufando y babeando sobre mi espalda, me está amando con toda su alma animal. Y yo, sintiendo cómo me parte, cómo me llena, lo amo a él como al ser más deseado del universo.

Fueron casi tres días de manejo, unos 2000 kilómetros desde Buenos Aires. La primera noche paré en un parador de camiones cerca de Bahía Blanca, un hotel rutero con fonda donde pernoctan viajantes y choferes. Cenando sola en una mesa, conocí a Rosendo: acompañante de un camionero brasilero que iba a Ushuaia. Treinta y cuatro años, morocho, corpulento, desaliñado, con esa pinta de hombre que huele a ruta y a deseo reprimido.

Él cenaba al lado, me preguntó en un portoñol cálido qué ciudad era esa. Charlamamos. Le dije que podía sentarse conmigo para no comer solo. Aceptó. Me contó que venían de Fortaleza, siete días en la ruta. Yo le conté del divorcio reciente, de mi mudanza a la montaña. La conversación se volvió íntima sin darnos cuenta. Las horas volaron, cerraron la fonda y salimos al estacionamiento oscuro.

Caminábamos cuando de pronto Rosendo se agarró la bragueta y dijo, con voz ronca:

—Sabes, Dolores… lo más difícil de estos viajes es aguantar esta necesidad… —y apretó su bulto duro sobre el pantalón.

Yo fingí sorpresa, pero mi concha ya se humedecía.

—Peeero… yo creía que los camioneros siempre encontraban mujeres dispuestas…

—Es que yo solo soy acompañante. Mi patrón ahora mismo está tirándose a una puta en el camión. Yo, lo máximo, una chupada rápida en la oscuridad.

No lo podía creer: este brasilero grandote me confesaba que tenía las bolas a reventar de leche, y se lo confesaba precisamente a mí, que llevaba meses soñando con bajarme la bombacha y que me abrieran como a una nuez madura.

—Ayy, pobre Rosendo… si yo pudiera ayudarte en algo… —dije, clavándole la mirada en la bragueta que ya se marcaba enorme.

—Dolo… lo único que me atrevo a pedirte es que me dejes abrazarte, sentir el calor de una mujer.

Sonreí, lo abracé. Él se pegó fuerte y sentí su poronga dura, gruesa, palpitante contra mi ombligo. Era tan alto que pensé que podría cogerme de pie por ahí mismo.

Lo inevitable empezó: nos besamos con hambre, lenguas chocando, saliva mezclada. Me manoseó las tetas caídas por encima de la remera, me apretó las nalgas gordas con fuerza. Yo le palpé la verga: era enorme, venosa, caliente como un hierro.

—Te quiero culear, Dolores —me gruñó al oído.

—Sí… sí, Rosendito… —susurré, temblando de ganas.

—Vamos a tu habitación.

Apenas cerramos la puerta, me agarró las nalgas con ambas manos, me besó metiéndome toda la lengua hasta la garganta y dijo:

—Mañana vas a tener que manejar parada, porque te voy a despatarrar a chotazos.

—¿Me vas a dar duro, Rosendito? ¿Te gusta romperles el culo a gorditas calientes como yo?

Me bajó el jogging y las bragas de un tirón, me sacó la remera y me dejó en tetas. Me miró con lujuria:

—Dicen que las gordas son putonas tragavergas… ¿será cierto?

Me sentó en el piso, espalda contra la cama, quedé casi debajo de sus piernas. Se desabrochó el pantalón, lo bajó junto con el bóxer y sacó su verga: grande, morocha, gruesa, con venas hinchadas y la cabeza brillosa de pre-leche. La contemplé unos segundos, babeando, hasta que él la agarró y me la clavó en la boca de un empujón.

Rosendo me gastó la boca a vergazos: me follaba la garganta profundo, me agarraba del pelo, me hacía arclear mientras sus bolas peludas me golpeaban la barbilla.

—Trágamela toda, puta… tragá esta pija brasilera…

Saliva, lágrimas, gemidos. Después me levantó, me tiró en la cama boca abajo, me abrió las nalgas y me escupió abundantemente en el ojete. Metió dos dedos, luego tres, dilatándome. Me clavó su verga en la concha primero: embestidas brutales, profundas, que me hacían gritar y mojar las sábanas. Me bombeó hasta que me corrí temblando, la concha contrayéndose alrededor de su grosor.

Luego pasó al culo: me abrió más, escupió de nuevo y empujó. Sentí cómo me desgarraba, cómo me llenaba el recto con su carne dura. Me nalgueaba fuerte con cada embestida, dejando mis nalgas rojas.

—A las gordas putas como vos hay que pintarles la caca de blanco… —repetía jadeando.

Me rompió el orto con furia hasta que eyaculó adentro: chorros calientes, espesos, que me inundaron el recto hasta rebalsar.

Se despertó una hora antes de que partiera el camión, solo para volver a usarme. Me puso en cuatro otra vez, me nalgueó hasta hacerme gritar, me volvió a sodomizar con saña, recordándome una y otra vez que a las gordas como yo nos encanta que nos llenen el culo de leche. Eyaculó de nuevo profundo, dejándome chorreando.

Después se vistió y se fue. Yo me quedé en la cama del hotel, culo para arriba, viendo cómo cerraba la puerta. Sentí el ojete abierto, palpitante, dilatado. Me tiré un pedo largo y húmedo que expulsó leche caliente por mis muslos. Me quedé dormida así, satisfecha, usada.

Al mediodía, al pagar la cuenta, vi que la mucama había entrado a la habitación. Cuando arranqué la camioneta, la vi hablando con el conserje: me miraban y se reían a carcajadas. Seguro ella le contaba de las manchas enormes de semen y jugos en las sábanas, del olor a sexo que impregnaba todo. Sonreí para mí y seguí rumbo sur, con el culo aún abierto y la concha palpitando de ganas por lo que vendría en mi nueva vida.