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Gabriela - Torbellino de Pasiones 2

Gabriela juró que solo serían vecinos, pero la tensión en el aire no miente. Cuando el soldador llega a su casa por trabajo, las barreras se derrumban y la culpa se mezcla con un deseo que ya no puede controlar.

Roger David8.9K vistas9.2· 10 votos

Gabriela sintió una punzada de culpa al pensar en César, que, a pesar de sus defectos, era su esposo y a quien había prometido fidelidad. Las risas burlonas de los hombres dentro del taller le recordaron, no obstante, de lo especial que se había sentido esos días siendo la amiga de don Braulio. Todo podía no ser más que una broma de muy mal gusto. O peor, que fuera vista como una conquista más del rudo soldador para pavonearse con sus ayudantes y amigos, lo que al parecer así era.

Gabriela se quedó unos momentos más, con la vista fija en la pantalla de su celular, tratando de procesar sus sentimientos. ¿Estaba dispuesta a arriesgar su matrimonio por esas extrañas sensaciones que don Braulio le proporcionaba, aunque para él fuera solo una aventura? ¿Era justo para César y para ella misma continuar con esa ambigüedad?

Finalmente, tomó aire con gestos de desilusión y caminó hacia su casa. Iba con la mente llena de preguntas y un corazón contrito por lo recién escuchado y la lealtad que sabía deberle a su esposo. Tenía mucho en qué pensar y decisiones importantes que tomar.

Al día siguiente, Gabriela despertó con una determinación firme. Había pasado gran parte de la noche pensando en lo sucedido, y aunque le costaba admitirlo, sabía que debía poner fin a la amistad con don Braulio. No era justo para César ni para su matrimonio continuar con eso. Después de una ducha renovadora se vistió con su uniforme de secretaria administrativa y, antes de salir, se miró en el espejo, tomando una profunda respiración.

Ya por la tarde, cuando la camioneta corporativa la dejó en la esquina de su casa, Gabriela caminó decidida hacia el taller. Sabía que Don Braulio iba a estar esperándola como siempre. Al llegar, lo vio levantar la mirada y sonreír al verla.

—Buenas tardes, vecina —saludó don Braulio, con su sonrisa habitual en el rostro, sin imaginar lo que Gabriela tenía para decirle.

—Buenas tardes, don Braulio —respondió Gabriela, con una seriedad que no había mostrado en días anteriores.

Don Braulio notó de inmediato el cambio en su tono y expresión. Dejó lo que estaba haciendo y se acercó a ella, preocupado.

—¿Todo bien, vecina?

Gabriela tomó una respiración profunda antes de hablar.

—Don Braulio, ayer cuando me fui, escuché lo que les dijo a sus ayudantes…

El soldador aún sin procesar de qué se trataba esa conversación, le preguntó:

—¿Y que se supone que les dije a mis ayudantes?

—Les dijo que yo era su novia y ellos se rieron burlescos. Luego usted y ellos hablaron otras groserías que me ofendieron. Quiero dejarle claro que yo soy una mujer felizmente casada, y que nunca le di esa confianza —continuó diciéndole Gabriela, manteniendo su azulada mirada fija en la de él—. Yo solo quería ser su amiga, pero parece que usted se confundió. A partir de ahora, seremos solo vecinos y nada más. ¿Escuchó?

Don Braulio parpadeó, sintiendo que se cagaba en los pantalones. Sin embargo, se sorprendió por la franqueza de esa rubia. Eso no se lo esperaba. Le recordó el día que la vio por primera vez defendiendo a su marido con la misma ferocidad de una leona. Después se pasó una mano por su desordenado cabello, claramente incómodo, intentando recordar que les había dicho a sus ayudantes el día anterior después que Gabriela se había ido a su casa, hasta que lo recordó.

—Vecina… Gabriela… Yo… —intentó justificar don Braulio, sabiendo que la había cagado, que tenía que resolverlo a como diera lugar. Pero Gabriela levantó una mano para detenerlo.

—No hay excusas, don Braulio. Yo respeto mucho a mi esposo y a mi matrimonio. Lo que pasó no debe repetirse. Espero que lo entienda —dijo, con firmeza en la voz.

Don Braulio asintió lentamente, viendo la determinación en los ojos de Gabriela.

—Lo entiendo. ¿Sabe?, no quise faltarle el respeto. Solo me dejé llevar... Esas son bromas entre hombres… Usted sabe…

—No, don Braulio. Yo no sé de esas cosas —le aclaró Gabriela más seria todavía—. Solo sé que, desde ahora, para mí, usted es el señor dueño del taller de soldadura de mi cuadra, y yo soy su vecina. ¿Está claro?

—Ok. Respeto su decisión. Seremos solo vecinos —respondió el soldador, con un tono más serio de lo habitual.

Gabriela sintió una mezcla de alivio y tristeza. Aunque le dolía poner fin a esa amistad, sabía que era lo correcto.

—Gracias, don Braulio. Ahora debo irme. Que tenga una buena tarde —dijo, girándose para marcharse.

—Igualmente, vecina —respondió don Braulio, observando cómo esa bella hembra se alejaba moviéndole las nalgas cadenciosamente. Es que ese soldador pensaba que Gabriela caminaba moviendo las nalgas para él. Pero Gabriela siempre había caminado de la misma forma.

Gabriela caminó hacia su casa sintiendo el peso de su decisión, pero también con una sensación de haber hecho lo correcto. Había enfrentado la situación con la misma frontalidad que la caracterizaba y esperaba que, con el tiempo, las cosas volvieran a la normalidad. Desde ese día intentó regresar a la rutina normal. No obstante, cada día que pasaba frente al taller de don Braulio, ya que debía pasar por ahí por obligación, sentía una mezcla de nostalgia y curiosidad. A pesar de su decisión firme, no podía evitar mirarse en el espejo y retocarse antes de bajarse de la camioneta corporativa. Era un hábito que no podía romper. Cada tarde, al pasar por el taller, Gabriela mantenía una expresión seria, de mujer fiel, y caminaba sin detenerse. Sin embargo, sus ojos siempre se desviaban de soslayo para ver qué estaba haciendo don Braulio. Lo encontraba trabajando, sudando bajo el sol o riendo con sus ayudantes. Aunque no se dirigían la palabra, había una notoria tensión en el aire, una sensación de complicidad silenciosa que ambos sentían, pero no reconocían.

Don Braulio, por su parte, notaba el cambio en Gabriela. Ya no se detenía a hablar con él, pero siempre veía esa mirada fugaz cuando ella pasaba. Aunque se lamentaba por haberse pendejeado, sentía que esa rubia estaba haciendo puro teatro, y que tarde o temprano iba a tener que abrirle las piernas. Pues, tras analizar la situación, a los días después se dio cuenta de que esa rubia fácilmente podría pedirle al tipo de la camioneta de su trabajo que la dejara en la otra esquina, así no tendría que pasar por al frente suyo. Sin embargo, seguía bajándose cerca de su taller para pasar caminando apretadito, debido a su ajustado uniforme de secretaria; que como siempre lo hacía moviéndole cadenciosamente las nalgas. Para él eso tenía sola una respuesta: esa hembra, a pesar de su última conversación, todavía estaba con ganas de probarle la verga. Aun así, lamentaba haber perdido esos momentos de complicidad, pero por el momento iba a respetar su decisión, aunque no podía evitar sentirse atraído por ella cada vez que la veía.

Una tarde, mientras Gabriela pasaba frente al taller, otra vez poniendo rostro de mujer fiel, sintió una punzada de deseo y tristeza al mismo tiempo. Sabía que había hecho lo correcto al poner distancia entre ella y ese hombre. Pero una parte de su ser anhelaba esas tardes de conversación, de verle sus manos grandes y endurecidas por el trabajo que hacía, de ese olor a sudor en su cuerpo que siempre le sentía, el que se mezclaba con olores de fierros y grasas. Ese era el verdadero olor a macho, según le había dicho don Braulio a modo de broma durante una de sus amenas conversaciones.

Esa misma tarde, Gabriela, al llegar a casa, se encontró a César sentado en el sofá, con el ceño fruncido por el constante ruido del taller.

—¿Cómo estuvo tu día, Gabriela? —preguntó César, sin levantar la vista de la televisión.

—Bien, lo usual —respondió ella, quitándose los zapatos y dejándolos en la entrada.

La relación con César seguía siendo monótona y carente de la chispa que alguna vez tuvieron. Gabriela se sentía atrapada entre su deber y sus deseos, intentando mantener la paz en su matrimonio mientras lidiaba con sus sentimientos por don Braulio.

Una noche, mientras se preparaba para dormir, Gabriela no pudo evitar pensar en cómo las cosas habían cambiado desde la llegada de don Braulio a su barrio. Sabía que debía concentrarse en su matrimonio, pero la presencia del viejo soldador, el mismo que casi le había pegado a su marido, seguía siendo una constante en su mente. Cerró los ojos, intentando borrar esos pensamientos, pero la imagen del robusto soldador seguía apareciendo en su mente.

Al día siguiente, en el momento que Gabriela volvía de su trabajo en la van corporativa, se enfrentó al espejo una vez más, ajustando su maquillaje, frunciendo los labios y adentrándolos, terminando por alisar su cabello. Al bajarse de la camioneta, pasó por el taller con la misma seriedad de siempre, pero esta vez, al mirar de soslayo, vio a don Braulio mirándola directamente. Sus miradas se cruzaron por un segundo eterno, y Gabriela sintió un vuelco en el corazón, acompañado de un extraño hormigueo en el estómago. Fue un instante fugaz, pero cargado de una intensidad que no podía ignorar. Continuó caminando hacia su casa, intentando mantener la compostura, pero su mente seguía reviviendo ese momento una y otra vez.

Ese mismo día, durante la cena, César notó que Gabriela estaba distraída.

—¿Todo bien, Gaby? Pareces pensativa —comentó, mirando a su esposa con curiosidad.

—Sí, solo estoy un poco cansada, nada más —respondió ella, tratando de sonar convincente.

Después de la cena, mientras lavaba los platos, Gabriela se perdió en sus pensamientos. Se preguntaba qué era lo que realmente sentía por don Braulio. ¿Era solo una atracción física? ¿O había algo más profundo? Pues cada vez que lo veía se ponía muy nerviosa y a la vez feliz. Esa noche, mientras se preparaba para dormir, Gabriela se quedó mirando el techo, con los pensamientos volando a su alrededor. Sabía que debía ser fuerte y mantener su decisión de no involucrarse con ese soldador. Pero lo que no sabía Gabriela era que al parecer su corazón tenía preparados otros planes para ella.

A la mañana siguiente, Gabriela se levantó temprano y se preparó para el trabajo. Después de la larga jornada laboral, ya de regreso a casa, al bajar de la camioneta corporativa, pasó por el taller de don Braulio con la misma seriedad de siempre. Esta vez, sin embargo, el soldador no estaba a la vista. Gabriela sintió una extraña sensación de frustración. Durante las siguientes semanas, Gabriela trató de centrarse en su trabajo y en su matrimonio, evitando cualquier contacto visual con don Braulio. Sin embargo, las mariposas en el estómago aparecían cada vez que lo veía de reojo, y su corazón seguía latiendo con fuerza.

Un día, Gabriela decidió bajarse antes de la van corporativa antes de regresar a casa. Necesitaba despejar su mente y aclarar sus sentimientos. Caminó por el parque cercano, disfrutando del aire fresco y el sonido de las hojas crujientes bajo sus pies. Mientras caminaba, pensó en la conversación que había tenido con don Braulio el día después que lo escuchó burlarse de ella con sus ayudantes, hablando de forma grosera de su cuerpo, y diciéndoles que era su nueva novia, y cómo había cambiado todo desde entonces.

Esa tarde, al pasar nuevamente frente al taller, Gabriela vio a don Braulio trabajando solo. Sin pensarlo dos veces, se detuvo y se acercó a él.

—Buenas tardes, don Braulio —dijo, con una sonrisa tímida.

Don Braulio levantó la mirada, sorprendido. ¿La rubia lo estaba saludando? Su verga hizo rápidos movimientos por solo verla ahí de pie frente a él saludándolo, bien modosita con su ajustado traje de secretaria.

—Buenas tardes, vecina. ¿Cómo está usted? —respondió el excitado viejo, intentando hacerse el pendejo, dejando de lado su trabajo por un momento.

—Bien, gracias. Quería hablar con usted sobre lo que escuché ese día —dijo Gabriela, tomando una respiración profunda—. Me molestó mucho que usted me llamara su novia delante de sus ayudantes con un acento de burla, y más esas otras groserías. Yo no le había dado esa confianza.

Don Braulio la miró con seriedad, asintiendo lentamente.

—Lamento mucho si le hice sentir incómoda. No era mi intención faltarte el respeto. Solo quería hacerles una broma, a mis ayudantes, ¿sabe? Nosotros siempre bromeamos con cosas así. Pero ahora veo que me equivoqué —dijo, con un tono que parecía sincero.

Gabriela sintió una mezcla de alivio y confusión. No sabía qué más decir, así que simplemente asintió.

—Agradezco su comprensión, don Braulio. Espero que podamos ser solo unos buenos vecinos de ahora en adelante —dijo, despidiéndose con un gesto y volviendo a casa con una sensación de paz renovada.

Sin embargo, las cosas nunca volvieron a la normalidad. Cada vez que Gabriela se bajaba de la camioneta corporativa, seguía mirándose en el espejo y retocándose, pero ahora pasaba caminando con menos seriedad por el taller, pero aun sin detenerse. De soslayo, siempre se fijaba en lo que don Braulio estaba haciendo. Su corazón se aceleraba, y las mariposas en el estómago seguían recordándole que, a pesar de todo, algo profundo la atraía hacia ese hombre.

Don Braulio, aunque le estaba siguiendo la corriente a Gabriela, sabía que ese día que pasó a hablar con él, sobre el mal entendido con sus ayudantes, había sido solo para seguir calentándole la sopa, y lo había logrado. Cada vez que la veía pasar caminando hasta podía sentir los aromas de su vagina deseando su verga. Al menos eso era lo que él se imaginaba.

Durante esos días, Gabriela se encontraba sumida en un torbellino de emociones. Cada vez que pasaba por el taller de Don Braulio, su corazón latía con fuerza, deseando que él la detuviera para hablar, aunque fuera de cualquier cosa insignificante. En el fondo, anhelaba fervientemente que él tomara la iniciativa, que la sorprendiera con un gesto apasionado. En sus fantasías, se imaginaba a don Braulio tomándola por la cintura y besándola intensamente. La sola idea la hacía sonrojarse y reírse nerviosa. Una tarde, mientras se miraba al espejo y retocaba su maquillaje, Gabriela decidió que pasaría frente al taller con más lentitud, dándole a don Braulio la oportunidad de detenerla si así lo deseaba. Se bajó de la camioneta corporativa y, con una mezcla de ansiedad y anticipación, caminó frente al taller con pasos más lentos y, si cabe, más elegantes.

Don Braulio estaba afuera, revisando unas piezas metálicas. Al ver a Gabriela, su mirada se suavizó y una sonrisa se dibujó en su rostro. Gabriela sintió que las mariposas en su estómago se agitaban aún más.

—Buenas tardes, vecina —le saludó don Braulio, acercándose un poco a ella.

—Buenas tardes —respondió Gabriela, deteniéndose.

Hubo un momento de silencio incómodo, durante el cual ambos parecían buscar las palabras adecuadas.

—El clima está agradable hoy, ¿no crees? —le dijo don Braulio, tratando de iniciar una conversación trivial.

Gabriela asintió, sintiendo que su corazón latía a mil por hora.

—Sí, está muy agradable —le respondió, junto con tomarse el cabello, recomponiéndoselo sin que lo necesitara.

Don Braulio, dándose cuenta de esos detalles, dio un paso más cerca, notando el nerviosismo de esa rubia. Quería decirle tantas cosas para volver a ganarse su confianza y poder seguir avanzando hacia ella, pero no encontraba las palabras adecuadas.

—¿Sabe? —comenzó a decir—. A veces es bueno detenerse y disfrutar de las pequeñas cosas. Como una buena conversación —dijo, mirándola a los ojos.

Gabriela se perdió en su mirada por un momento, sintiendo que sus fantasías estaban a punto de hacerse realidad.

—Tiene razón, don Braulio —dijo con voz suave, dando un paso hacia él.

El mundo pareció detenerse mientras ambos se miraban intensamente. Gabriela por segundos fantaseó que don Braulio, tomando la iniciativa, la envolvía en sus brazos y la besaba intenso, pero sabía que eso no podía ser. Si se había acercado a él era solo para que fueran amigos.

Y don Braulio no andaba tan apartado con las románticas fantasías de Gabriela, pues si fuese por él se la llevaría al fondo de su taller, le levantaría la falda, le bajaría sus medias junto con la ropa interior que debería llevar puesta, la que imaginaba pequeñísima, y le mandaría una chupada de cocha que la dejaría viendo las estrellas, pero por miedo a volver a cagarla se contuvo. Debería volver a actuar como haciéndose el pendejo, para que esa rubia le creyera. Sin embargo, no pudo resistir la tentación de acercarse un poco más, hasta que ambos estaban a solo unos centímetros de distancia. Gabriela sintió el calor de su cuerpo y el latido de su propio corazón resonando en sus oídos.

—Gabriela —dijo el soldador en un susurro, usando su nombre—. Si alguna vez necesita hablar, aquí estaré.

Gabriela, con los ojos brillando con una mezcla de deseo y gratitud, asintió.

—Gracias, Don Braulio —respondió, antes de dar un paso atrás—. Lo tendré en cuenta.

La rubia se despidió con una sonrisa y continuó su camino hacia su casa, sintiendo que sus fantasías y la realidad comenzaban a entrelazarse de una manera que nunca había imaginado.

Desde el día en que Gabriela había puesto en su lugar a Don Braulio, su relación con César continuó de manera rutinaria, pero con un notable aumento en la tensión. César seguía siendo el hombre tranquilo y poco expresivo que siempre había sido, sin darse cuenta de las alteradas emociones que Gabriela vivía cada día. Aunque ella mantenía la casa impecable y seguía siendo la esposa dedicada, había algo en su mirada y en sus acciones que revelaba un descontento interno. Gabriela se esforzaba por mantener la paz en su hogar, pero no podía evitar sentirse atraída por la emoción y el riesgo que representaba don Braulio.

Durante esos días grises en los que Gabriela decidió cortar las conversaciones con el soldador, él se sintió desilusionado y un tanto irritado. Cada vez que la veía pasar sin dirigirle la palabra, había sentido una mezcla de frustración y anhelo. Aunque pretendía estar ocupado con su trabajo, sus ojos siempre la seguían disimuladamente, observando cada movimiento. Notaba cómo Gabriela pasaba con seriedad, sin detenerse, pero también percibía esas miradas fugaces que ella lanzaba hacia el taller, como si quisiera asegurarse de que él la estuviera observando, lo que increíblemente hacía que se le parara la verga.

Y por supuesto, a pesar de su resolución, en esos días Gabriela no podía evitar sentir una fuerte atracción hacia don Braulio. Las mariposas en su estómago y las fantasías que la invadían cada vez que pensaba en él la mantenían en un constante estado de agitación. Finalmente, después de días de contención, y después de esa última conversación, los sutiles coqueteos entre el soldador y Gabriela comenzaron a resurgir.

Don Braulio, por su parte, notó el cambio casi de inmediato. Aunque Gabriela seguía manteniendo las apariencias de seriedad, había un brillo especial en sus ojos y una suavidad en sus gestos que delataban sus verdaderos sentimientos. Las conversaciones entre ellos, aunque breves y aparentemente triviales, estaban cargadas de circunstancias futuras, y de la complicidad de que ambos sabían que algo iba a suceder entre ellos. Cada intercambio de palabras, cada mirada, cada sonrisa disimulada, reforzaban ese clandestino vínculo que se estaba formando entre ellos.

Gabriela, aunque consciente de lo que estaba ocurriendo, no podía evitar sentirse emocionada por esos momentos robados. Sus encuentros con don Braulio se convirtieron en el punto culminante de su día, algo que esperaba con ansias. Mientras tanto, César, ajeno a todo, seguía inmerso en su rutina, sin notar los cambios sutiles en el comportamiento de su esposa.

Durante esos días, don Braulio se encontraba dividido entre el respeto que por obligación debía demostrarle a Gabriela, y los deseos de profundizar su relación hasta lograr acostarse con ella. Sabía que cualquier movimiento en falso podría alejarla para siempre, pero también era consciente de que ambos estaban jugando un juego peligroso, pues ella era casada, y él también. Sin embargo, el atractivo de Gabriela, más la alta calentura a la que lograba transportarlo cuando conversaban eran innegables, algo demasiado fuerte para ignorar.

Ese viernes, el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados. Don Braulio, sintiéndose generoso por haber pagado a sus ayudantes, decidió cerrar el taller un poco antes. Sabía que Gabriela pasaría en su camioneta corporativa, y la idea de invitarla a una cerveza le daba un ligero cosquilleo de emoción.

Cuando Gabriela llegó, su rostro se iluminó al ver a don Braulio esperándola con una sonrisa. Aunque había algo inquietante en la atmósfera, la curiosidad y la atracción que sentía por él superaban sus dudas.

—¿Qué tal, vecina? —dijo don Braulio, con un tono relajado—. ¿Le gustaría tomar una cerveza?

Gabriela, sintiendo una mezcla de nervios y emoción, aceptó la invitación. Entraron al taller, donde el ambiente era fresco y el aroma a metal y soldadura era intenso. Don Braulio sacó dos cervezas de un refrigerador pequeño en la esquina y, mientras se sentaban, en unas bancas de palo hechizas, su mirada se posaba sobre ella, admirando su belleza y gracia. La rubia, al sentarse femeninamente, había subido una pierna sobre la otra, acción que hizo que su ajustada falda administrativa se le subiera unos buenos centímetros, revelando una buena porción de sus apetitosos muslos, enfundados en medias trasparentes de color natural.

—No tienes idea de cuánto he esperado este momento —murmuró don Braulio con un tono en la voz de más confianza. Lo hizo mirándole las piernas y después su cara. Luego levantó su botella en un brindis informal—. ¡Por ti!

Gabriela, haciéndose la que no se había dado cuenta de esa ocular comida de piernas, sonrió, sonrojándose, sintiendo que las barreras entre ellos se desvanecían poco a poco. La conversación fluyó con naturalidad, llenándose de risas y anécdotas sobre la vida cotidiana. El viejo soldador se hacía el canchero y el chistoso. Sin embargo, cuando sus ojos se encontraron, Gabriela no pudo evitar sentirse un poco nerviosa, sobre todo cuando, al levantarse para servirse otra cerveza, su mirada se posó en el cuartucho que hacía de oficina para don Braulio.

En una esquina, desordenada pero acogedora, había un escritorio lleno de papeles y herramientas, pero lo que más le llamó la atención fue la cama que ocupaba un espacio inesperado en la habitación. La vista la puso a la defensiva, y su corazón empezó a latir más rápido.

—¿Y… Y esa cama? —preguntó Gabriela, tratando de mantener la voz tranquila mientras se giraba hacia don Braulio, quien la observaba con una sonrisa divertida.

—Oh, eso… la cama… —respondió él, encogiéndose de hombros—. Es solo para los días en que me quedo trabajando hasta tarde. A veces, el trabajo se acumula, y no tengo tiempo de ir a casa.

Gabriela intentó ignorar la incomodidad que le provocaba esa información, pero no pudo evitar que su mente divagara hacia la imagen de ellos dos allí, en ese pequeño espacio, ocupando la cama que don Braulio tenía para los días que se quedaba trabajando hasta tarde. La química entre ellos era innegable, pero también había una línea que no se atrevía a cruzar.

—Ok —dijo Gabriela, intentando desviar la conversación—. No me gustaría pensar que tiene otra razón para tener una cama aquí.

Don Braulio soltó una risa profunda, y su mirada se volvió más intensa.

—No se preocupe. Solo pienso en trabajar. Aunque la compañía siempre es un buen aliciente.

A medida que pasaba el tiempo, el ambiente se tornó más relajado, y Gabriela comenzó a disfrutar de la velada, sintiendo que ese encuentro era especial. Sin embargo, en su mente aún había un eco de advertencia. La atracción que sentía por don Braulio la hacía sentir viva, pero también inquieta, y más con esa cama tan cerca. Pero, no. Ella estaba casada y lejos de serle infiel a Cesar. O sea, si algún día en ella nacieran sentimientos hacia otro hombre, haría lo correcto. Le pediría el divorcio a Cesar y luego se acostaría con ese otro hombre. Antes ni muerta, se juramentaba mirando la cama en el fondo del taller.

La charla continuó, y aunque no ocurrió nada significativo entre ellos, la confianza que otra vez empezaba a gestarse era notoria. En el fondo Gabriela sabía que estaba cruzando una línea delicada, pero esa tarde, en el pequeño taller, el mundo exterior parecía desvanecerse, dejándola en su propia burbuja de emociones.

Gabriela salió del taller de don Braulio con una sensación de ligereza que no había experimentado en mucho tiempo. La noche ya había caído, y el aire fresco acariciaba su rostro mientras caminaba de regreso a su casa. Sus pensamientos eran un remolino de emociones y sensaciones. No podía evitar sonreír al recordar las miradas y la conversación con don Braulio. Había algo en él, en su rudeza y en su manera de tratarla, que la hacía sentir viva y deseada.

Al llegar a su casa, se encontró con César en la sala, viendo televisión. Al verla entrar, él levantó la vista y frunció ligeramente el ceño.

—¿Dónde estuviste? —preguntó César con un tono más curioso que acusador—. Te demoraste más de lo habitual.

Gabriela sonrió, tratando de ocultar cualquier señal de su encuentro.

—Me quedé conversando un rato con una compañera del trabajo y nos fuimos a servir una cerveza. Se me fue el tiempo, lo siento —mintió.

Gabriela le hubiera dicho la verdad a su marido, pero no podía decirle que había estado en el taller de don Braulio después del impasse que tuvieron aquel día que el corpulento soldador quiso pegarle.

César pareció aceptar la respuesta, y Gabriela sintió un alivio momentáneo. Fue a la cocina, preparó algo ligero para cenar y, mientras lo hacía, su mente volvía a la pequeña oficina de Don Braulio, a la cama en el rincón del fondo, y a las posibilidades que esa imagen evocaba.

Esa noche, César buscó la cercanía de Gabriela en el lecho conyugal para hacerle el amor. Él la abrazó, y ella, aún envuelta en la emoción de la tarde, le correspondió como siempre lo hacía, con cariño y dedicación. Sin embargo, mientras sus cuerpos se entrelazaban, y Cesar la penetraba, la mente de Gaby vagó hacia unas cuantas casas más allá. Sus pensamientos no estaban en la habitación con César, sino en el taller, con don Braulio. Gabriela, sintiendo las torpes embestidas de su marido, cerró los ojos y dejó que las imágenes de la oficina y de don Braulio ocuparan su mente. Sentía su cuerpo respondiendo a César, pero su deseo y pasión estaban en otra parte. Se imaginaba en el taller, con su cuerpo desnudo en los brazos de don Braulio, sintiendo sus manos rudas sobre la piel, susurrándole al oído que ella era su novia secreta, más las groseras palabrotas que le había escuchado decir hace un tiempo a sus ayudantes; palabrotas llenas de lujuria y deseo. Cuando Gabriela finalmente alcanzó el clímax junto a Cesar, fue el rostro de don Braulio el que apareció en su mente, y no el de su marido. Se sintió culpable, pero a la vez, más viva que nunca. Después, mientras César dormía, Gabriela se quedó despierta, mirando un punto indeterminado de la habitación, reviviendo cada momento de la tarde. Sabía que estaba jugando con fuego, pero la emoción y el deseo que sentía eran irresistibles. La rubia se prometió a sí misma que debía ser cuidadosa. Pero mientras acariciaba suavemente el cabello de César, sus pensamientos seguían volviendo a don Braulio, y una sonrisa involuntaria se formó en sus labios.

Al día siguiente, sábado, Gabriela despertó con un mar de emociones turbulentas en su interior. La luz del sol entraba por la ventana, pero en lugar de calidez, le produjo una sensación de ansiedad. Recordaba cada instante de la intimidad con César, pero era la imagen de don Braulio la que dominaba sus pensamientos. Se sentía atrapada entre la culpa y la emoción, sabiendo que había compartido un momento tan íntimo con su esposo mientras su mente anhelaba a otro hombre. Mientras se preparaba para el día, se miró en el espejo y se sintió extraña. La culpa la invadía, y a la vez, una chispa de emoción la hacía sonreír. ¿Cómo era posible que pudiera sentir tanto por don Braulio, un hombre que apenas conocía y que la doblaba en edad? Se cuestionaba si su deseo era una traición o simplemente una respuesta a la monotonía que había invadido su vida con César.

Cuando César despertó, Gabriela hizo un esfuerzo consciente por actuar con normalidad. Se movía por la casa tratando de parecer despreocupada, pero en cada interacción con él sentía una mezcla de ternura y distancia. En los momentos en que conversaban, ella se reía de sus chistes y sonreía, pero en el fondo, su mente seguía divagando hacia la figura tosca y robusta de don Braulio. A veces, su mirada se perdía, como si buscara algo más allá de César.

En el desayuno, César intentó entablar una conversación del día a día, pero Gabriela respondía con frases breves, evitando profundizar en los temas que él planteaba. La preocupación de César por los ruidos del taller la sacaba de su ensueño, y aunque le decía lo que él quería oír, su mente siempre regresaba a la imagen del soldador. Cuando su marido se inclinaba para darle un beso o la abrazaba, Gabriela correspondía con cariño, pero había un ligero titubeo en sus movimientos, como si aún estuviera en conflicto consigo misma. Se sentía desleal a César, y a la vez, atrapada en una vorágine de deseos hacia don Braulio. Esa dualidad la frustraba, y mientras el día avanzaba, Gabriela intentaba concentrarse en sus tareas, pero su mente se desviaba constantemente. Se preguntaba si debería volver a evitar a don Braulio, o si su deseo era simplemente un síntoma de la insatisfacción en su vida matrimonial. En cada momento de interacción con César, Gabriela se esforzaba por ser la esposa cariñosa que siempre había sido, pero había un velo de distancia entre ellos, un secreto que latía en su interior. El pensar a escondidas en don Braulio le daba una sensación de emoción que había estado ausente por mucho tiempo, y aunque luchaba con la culpa, no podía evitar sentirse viva y enérgica por primera vez en años.

Todo lo que le estaba sucediendo a Gabriela en las últimas semanas era de lo más extraño. Ella no era una mujer débil de carácter; durante sus años de matrimonio jamás había considerado traicionar a su marido, ni en pensamiento ni en la práctica. Sin embargo, en esos días, se encontraba pensando a diferentes horas sobre un hombre que había llegado a trabajar en su cuadra y que, además, casi había golpeado a su esposo. Para colmo de sus problemas, esa semana recibió una noticia en su trabajo que no lograba descifrar si le agradaba o le desagradaba: comenzaría a trabajar de forma remota.

El primer día en su casa, después de recibir la noticia de que comenzaría a trabajar en modalidad de teletrabajo, una mezcla de emociones invadió a Gabriela. Por un lado, se sentía aliviada y emocionada por la oportunidad de tener más tiempo en casa, lo que significaba que podría organizar mejor su rutina y dedicar más tiempo a sus tareas. Sin embargo, al mismo tiempo, una punzada de nostalgia la golpeó al pensar en lo que significa este cambio en su vida diaria. Sabía que teletrabajar le permitiría evitar el ajetreo diario de la oficina, pero al mismo tiempo, sentía que perdería una parte del vínculo alcanzado con don Braulio. Desde que había comenzado a pasar por su taller, esas breves charlas y miradas llenas de complicidad habían aportado un nuevo brillo a su vida, algo que la hacía sentir viva y deseada. Esa expectativa de ver al robusto soldador cada tarde había sido un respiro de aire fresco en su rutina monótona. Mientras pensaba en esto, se asomó por la ventana de su casa y miró hacia el taller, que estaba a solo cuatro casas de distancia. Recordó los momentos compartidos con ese hombre maduro, las risas, las conversaciones y esa chispa de atracción que no podía negar. La idea de no pasar más por delante de su taller la entristecía de una manera inesperada. Gabriela sabía que era una decisión práctica, pero no podía evitar sentirse un poco vacía al imaginar que no volvería a ver esa figura robusta y cautivadora todos los días.

En ese instante, se preguntó si podría encontrar la manera de mantener las conversaciones con don Braulio por las tardes. Quizás podría hacer un esfuerzo por acercarse a él más a menudo. Aunque su trabajo remoto le demandaría gran parte de su tiempo del día, Gabriela se prometió a sí misma que, a pesar de los cambios, haría lo posible por no perder la chispa que había encontrado en su vida, aunque eso significara arriesgarse un poco más.

Eso último también se debió a que el día anterior César se había mostrado inicialmente indiferente cuando Gabriela le compartió la noticia del teletrabajo. Mientras ella le explicaba las ventajas de la nueva modalidad, como tener más tiempo en casa y la posibilidad de organizar mejor su jornada, él apenas había levantado la vista de su teléfono. Su reacción fue más bien fría, como si no le importara mucho. Sin embargo, al notar que Gabriela parecía emocionada, César hizo un esfuerzo por involucrarse en la conversación. Con un tono neutro, comentó que estaba bien, que era una buena oportunidad, aunque a él le parecía que trabajar desde casa podría llevar a que Gabriela se distrajera más. La frase dejó entrever su carácter crítico y su inclinación a ver lo negativo en lugar de lo positivo. Al final, cuando Gabriela preguntó si tenía alguna opinión, él simplemente respondió:

—Supongo que está bien. Solo asegúrate de no dejar que te distraigan las cosas de la casa.

Aunque César intentaba mostrarse comprensivo, era evidente que no podía evitar su naturaleza crítica.

En fin, con el teletrabajo en marcha, Gabriela se sintió revitalizada. Tenía la libertad de organizar su tiempo, y pronto ideó una forma de ver a don Braulio sin que César sospechara. Decidió que las tardes serían el momento perfecto para hacer las compras en el minimarket, un pequeño establecimiento a solo un par de cuadras de su casa. Así, cada día, saldría a comprar lo necesario para la cena, disfrutando de un pretexto que le permitía pasar frente al taller de don Braulio.

El primer día que implementó su plan, el corazón de Gabriela latía debido al nerviosismo. Cuando salió al minimarket, se aseguró de lucir impecable, como siempre lo hacía para su trabajo, pero esa vez había un propósito adicional: el deseo de ver a don Braulio. Al pasar frente al taller, notó que él estaba afuera, organizando algunas herramientas. Cuando sus miradas se encontraron, ella sintió un cosquilleo en el estómago.

—¡Hola, vecinita! —exclamó don Braulio con su tono profundo y supuestamente amistoso, dejando a un lado las herramientas. Luego la miró de pies a cabeza, dándose cuenta de que no estaba vestida de secretaria. Pero que el vestido que usaba le dibujaba a la perfección cada una de sus curvas

Gabriela se sonrojó un poco, y aunque trató de parecer casual, no pudo evitar sonreír al verlo.

—Hola, don Braulio. ¿Cómo está? —respondió, mientras su mente jugaba con la idea de la misteriosa oficina y la cama que había visto hace días atrás.

Gabriela le habló a don Braulio del teletrabajo. El viejo soldador movía la cabeza y opinaba como si ese tema de verdad fuera de su interés. Y sí, algo de interés tenía al respecto, pero este era para saber si con esa nueva modalidad la rubia seguiría visitándolo por las tardes. Pues sabía que al paso que iban tarde o temprano iba a conseguir cogérsela.

Don Braulio se acercó un paso más, apoyándose en el marco de la puerta.

—¿No se te antoja una cerveza? Tengo algunas frías aquí adentro —sugirió con un guiño, y un movimiento de cabeza como para hacerla entrar al taller.

Gabriela sintió un torrente de emociones; la idea de compartir un momento a solas con él la entusiasmaba y la asustaba a la vez.

—Quizás otro día, don Braulio. Hoy tengo que volver pronto —contestó Gabriela, aunque una parte de ella deseaba aceptar la invitación, y entrar a su mundo de fierros.

—Entiendo. Pero recuerda que aquí estoy, esperando cuando quieras —dijo don Braulio, con su mirada fija en ella, transmitiendo una mezcla de picardía, excitación y seriedad.

Gabriela, que presintió lo que podría estar sintiendo ese viejo, continuó su camino hacia el minimarket, sintiendo una mezcla de euforia y nerviosismo. La interacción había sido breve, pero suficiente para avivar el fuego de su atracción hacia ese hombre. Mientras recogía los productos de la tienda, su mente no podía evitar divagar sobre qué se sentiría estar en los brazos de ese macho tan rudo y tan hombre para sus cosas, sintiendo que la atracción entre ellos aumentaba con cada mirada y conversación. Porque claro, por lo que había escuchado la otra vez en el taller, en la oportunidad que don Braulio les dijo a sus ayudantes bromeando que ella era su novia, significaba que ella también le atraía. Extrañamente, a estas alturas, esa conversación ya no le molestaba, le entretenía, y le gustaba recordarla.

Ese día, el camino de regreso a casa, después de las compras, fue con un sin fin de pensamientos. Gabriela se preguntaba cómo sería la próxima vez que lo viera, y aunque trataba de mantenerse enfocada en su vida con César, la idea de pasar más tiempo con don Braulio le hacía olvidar las preocupaciones cotidianas, creando un destello de emoción en su vida.

La semana transcurrió con una rutina casi predecible para Gabriela. Sus visitas al taller de don Braulio seguían siendo breves, pero cada encuentro era un agradable aliciente en su día, un instante de emoción que le alegraba la rutina. Aunque no había nada significativo entre ellos, Gabriela disfrutaba de esos momentos de complicidad. Sin embargo, una noche, mientras estaban sentados en la sala después de la cena, César descolocó a Gabriela con su solicitud.

—Gaby, he notado que las protecciones de las ventanas traseras están comenzando a oxidarse —le dijo, con un tono de preocupación que a Gabriela le pareció algo inusual—. Podrías hablar con ese tipo del taller, ese tal don Braulio, para que les dé un tratamiento con anticorrosivo. He escuchado que trabaja bien.

Gabriela sintió distintos tipos de emociones al escuchar el nombre de don Braulio en la boca de su marido. Intentó mantener una expresión indiferente, pero por dentro, su mente estaba trabajando a mil por hora. La idea de tener a don Braulio en su casa, aunque fuera para un trabajo tan mundano como tratar el óxido de las protecciones de las ventanas traseras de su casa, la emocionaba. La posibilidad de que él estuviera allí, en su espacio privado, incluso por un corto tiempo, encendía un fuego en su interior.

—Claro, César, puedo ir a decirle… Pero… Pero tú discutiste con él la otra vez y casi te pega —le recordó Gabriela con un tono de voz casual. No lo entendió muy bien en ese momento, pero, por alguna razón, le gustó hacerle ver a su marido que don Braulio había estado a punto de demostrarse superior a él.

—¿¡Qué dices, Gaby!? —alegó Cesar al instante—. Si hubiera peleado con él, sin que hubieses intervenido, le hubiera dado una paliza —terminó respondiendo más por orgullo de hombre que por otra cosa. Pues no estaba muy seguro de si hubiera podido vencer al soldador en una pelea. Pero no podía dejar que su esposa tuviera esa idea en la cabeza.

—Claro, cariño… Sé que le hubieras ganado… Me refería más bien a que te pelaste con él —corrigió Gabriela, a sabiendas de haberse salido con la suya diciéndole eso a Cesar. Ella sabía que si hubieran peleado don Braulio hubiera sido su marido el más perjudicado. Pero no podía decírselo.

César tomó aire, y siguió con lo que había pensado con respecto a los trabajos en su casa.

—Sí, pero eso ya pasó hace rato. He escuchado muy buenos comentarios de cómo trabaja. Además, los ruidos molestos han disminuido, lo que me hace pensar que de verdad está poniendo de su parte después de la conversación que tuve con él.

Gabriela sintió un poco de pena por Cesar. Seguía recordando con claridad que ese día don Braulio casi le pega si es que ella no hubiera intercedido. Después se vino lo de los groseros comentarios de ese hombre con sus ayudantes, con los que se burlaban de ella y de su matrimonio, por ende, de Cesar también. Y como ella a sus espaldas, pasando por alto esas burlas, tenía hasta ese día una amistad secreta con ese hombre. Y no solo una simple amistad, pues ella, aunque no quisiera reconocerlo del todo, se sentía atraída por ese mal hablado soldador.

—Tienes razón, Cesar. Don Braulio parece que después de todo te hizo caso. Iré a hablar con él apenas pueda.

César sonrió, satisfecho con su respuesta.

—Perfecto. Creo que sería una buena idea. Además, así puedes aprovechar de conocerlo mejor, y tal vez te dé algunos consejos sobre el mantenimiento de la casa.

Gabriela asintió, aunque por dentro se sentía un poco abrumada. La idea de estar con don Braulio a solas en su hogar la llenaba de nervios y emoción. La perspectiva de la proximidad física y emocional con él era electrizante.

Esa noche, mientras se preparaba para dormir, Gabriela no podía dejar de pensar en lo que estaba a punto de suceder. Se imaginaba a don Braulio en su hogar, en un entorno más íntimo, donde las miradas y las sonrisas pudieran ser más prolongadas. La idea de que él estuviera en su casa, aunque esto fuese solo trabajando en las ventanas de su casa, la hacía sentir como si estuviera en una nube.

«¿Qué pasaría si él me mira de esa forma que me gusta tanto? ¿Y si hay un roce accidental? —se preguntaba, sintiendo mariposas en el estómago.»

Se reía de sí misma por ser tan soñadora, pero el deseo de ver a don Braulio en su hogar era más fuerte que nunca. Y aunque sabía que debía mantener las cosas bajo control, no podía evitar la emoción que la invadía.

Al día siguiente, Gabriela despertó con una mezcla de nervios y emoción. La idea de ver a don Braulio en su casa le hacía sentir como si estuviera a punto de tener una cita con su primer amor. Después de que César salió para el trabajo, ella se metió en la ducha y dejó que el agua caliente la relajara. Mientras el vapor llenaba el baño, no podía evitar imaginar cómo sería la dinámica entre ella y don Braulio en su propio hogar.

Después de la ducha, se tomó su tiempo para arreglarse. Se eligió un sensual vestido casadero de una sola pieza de color verde agua, con bordes que caían justo por encima de las rodillas. Se peinó con cuidado, dejando que sus mechones rubios cayeran suavemente sobre sus hombros. Se miró al espejo y se sonrió, sintiéndose segura de su apariencia. Era como si estuviera preparándose para una cita, y en cierto modo, así se sentía. Mientras se maquillaba, pensaba en las palabras que le diría a don Braulio. «Solo le ofreceré un pequeño trabajo —se decía a sí misma, tratando de calmar la emoción que la invadía. Sin embargo, en el fondo sabía que este encuentro significaría mucho más para ella.»

Finalmente, con un profundo suspiro, Gabriela salió de casa. Caminó hacia el taller de don Braulio, sintiendo cómo su corazón latía más rápido a medida que se acercaba. Al llegar, notó que el ambiente estaba lleno del sonido familiar de la soldadura y el tintineo de herramientas. Se detuvo un momento antes de entrar, ajustándose el vestido a la cintura y respirando hondo. Cuando cruzó la puerta del taller, don Braulio estaba trabajando en una estructura metálica. Se giró al escucharla entrar y sus ojos se iluminaron al verla.

—¡Buenos días, vecina! —dijo, sonriendo con una calidez que hizo que el corazón de Gabriela diera un vuelco.

—Buenos días, don Braulio —respondió, Gabriela, sintiendo un intenso hormigueo en el estómago—. Vine a hablarle sobre las protecciones de las ventanas de mi casa. César me sugirió que hablara con usted sobre un tratamiento anticorrosivo.

—Claro, claro —dijo don Braulio, limpiándose las manos con un trapo, poniendo voz de experto en la materia—. Es un trabajo sencillo. ¿Cuándo quieren que lo haga?

Gabriela sintió que la conversación fluía de forma natural. A pesar de la tensión en el aire, se esforzó por mantener la conversación centrada en el trabajo, aunque en su mente la idea de que estarían solos en su casa la emocionaba enormemente.

—¿Podría ser mañana a las diez? Quiero tener todo despejado para el trabajo. Ya sabe, para que todo salga bien —le dijo Gabriela, tratando de sonar casual, aunque su corazón latía con fuerza por la anticipación.

Don Braulio la miró. Su expresión se volvió más seria mientras asentía.

—Está bien, vecina. A esa hora estaré en su casa —respondió el soldador. Su voz grave sonaba ligeramente juguetona—. ¿Está segura de que su esposo no se molestará? A veces los hombres son celosos con sus cosas.

Gabriela sintió un pequeño escalofrío ante la insinuación.

—No, no se preocupe por eso. Fue Cesar quien me pidió que le diera este trabajo. Por lo demás solo será un trabajo de mantenimiento —le dijo, intentando mantener la conversación en un tono profesional.

—Pero yo soy meticuloso, Gabrielita. Me gusta que la clientela quede conforme con lo que les hago… Sobre todo, con las dueñas de casa que son las más exigentes.

—¿De… De verdad?

—Pos, sí. Verás lo conforme y satisfecha que vas a quedar cuando termine ese trabajo que te voy a realizar.

—Ok.

—Perfecto, entonces. Mañana a las diez —dijo don Braulio, más que excitado con su juego de palabras, revelando en su mirada que había más en juego que solo un trabajo.

—Vale, a esa hora tendré todo listo para que trabaje tranquilo —fue la respuesta de Gabriela, que no sentía las piernas al haberse entregado a ese juego de palabras con doble sentido.

Mientras se despedía, Gabriela sintió una mezcla de nervios y emoción al salir del taller. Caminó de regreso a casa con una sonrisa en el rostro, sabiendo que el día siguiente sería especial. Ya no se trataba solo de las protecciones de las ventanas, se trataba de la oportunidad de pasar tiempo a solas con don Braulio. Su mente estaba llena de expectativas, y aunque sabía que debía mantenerse en la realidad, no podía evitar soñar de cómo se desarrollaría el encuentro. La reciente conversación con doble sentido la tomó solo como lo que era, un simple juego de palabras, aunque no estaba muy segura si el viejo estaba hablando en serio o solo jugando.

La mañana del día acordado llegó, y Gabriela se despertó con una mezcla de emoción y nervios. Después de ducharse se arregló con esmero, eligiendo un vestido celeste que acentuaba su figura y que realzaba el brillo de sus ojos azules. Se ordenó el cabello cuidadosamente. Mirándose al espejo, se dio un último toque de brillo labial, sintiéndose más atractiva que nunca. A medida que se acercaba la hora, su corazón latía con fuerza. Se preguntaba cómo reaccionaría don Braulio al verla. Cuando el reloj marcó las diez, se asomó por la ventana, esperando ansiosamente su llegada. A lo lejos, vio la figura robusta de don Braulio acercándose. Se acercaba con su sucio overol de trabajo y con su sudada camiseta algo arrugada, pero la forma en la que caminaba, con confianza y determinación, hacía que su corazón se acelerara aún más.

Gabriela abrió la puerta justo cuando él llegó. Le saludó con una sonrisa natural que iluminaba su rostro.

—¡Hola, don Braulio! Gracias por venir —dijo, tratando de sonar tranquila, aunque su voz delataba una ligera excitación.

—Hola, vecina —respondió don Braulio, recorriendo rápidamente su figura con su ardiente mirada, antes de encontrarse con sus ojos—. Estoy listo para ponerme manos a la obra.

Gabriela, superando esa ardiente mirada, lo guio hacia la parte trasera de la casa, mostrándole las ventanas que necesitaban atención. El aire de su hogar de inmediato se colmó de sensaciones extrañas y prohibidas. Mientras la nerviosa rubia le explicaba al soldador lo que Cesar y ella necesitaban, se dio cuenta de que cada palabra que salía de sus labios parecía estar cargada de un significado diferente, y que esa conversación no era solo de trabajo. Aun así, los acontecimientos se estaban desarrollando con normalidad.

Mientras don Braulio comenzaba a trabajar, Gabriela se mantuvo cerca, observando sus movimientos. No podía evitarlo. Cada vez que él levantaba la vista y sus miradas se encontraban, el tiempo parecía detenerse. Ambos sentían una energía vibrante entre ellos, una atracción que crecía con cada segundo que pasaban juntos. El momento de la verdad llegó de manera inesperada, pero a la vez inevitable. Gabriela, llevando un vaso de jugo fresco, se lo ofreció a don Braulio con una sonrisa nerviosa. Al entregárselo, sus manos se encontraron, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Fue un instante que pareció durar una eternidad, en el que ambos sintieron una intensa energía en el aire, como si el mundo a su alrededor se desvaneciera. En ese instante, las ganas acumuladas a lo largo de las semanas alcanzaron su punto de ebullición.

Don Braulio, incapaz de resistir más, dejó el vaso a un lado y atrajo a Gabriela hacia él, tomando su cintura con firmeza. Sus miradas se entrelazaron, y el tiempo pareció detenerse. Era un momento de pura ansiedad y deseos prohibidos, un reconocimiento de lo que habían estado sintiendo el uno por el otro en todo ese tiempo. Sin pensarlo, sus labios se encontraron en un beso intenso, cargado de deseo y pasión contenida. Las lenguas se entrelazaron con desesperación, como si estuvieran tratando de recuperar todo el tiempo perdido. No había más dudas ni inseguridades; solo el deseo de probarse y sentirse.

Mientras se besaban, sus lenguas se revolvían ansiosas, sus manos se movían por el cuerpo del otro, y la pasión aumentaba con cada segundo. Don Braulio, sin pensárselo mucho, comenzó a masajear suavemente la cintura de Gabriela, deslizando lentamente sus manos hacia sus caderas, y finalmente hacia su perfecto trasero. Al notar que ella no reaccionaba, subió su vestido y comenzó a sobar sus nalgas desnudas. La suavidad de la piel de Gabriela lo dejó sin aliento. Esas carnes nalgales eran tan suaves, tan suculentas, tan perfectas. Era como estar tocando la más fina seda del lejano oriente. También sintió la tirante tela de su femenina prenda interior. Por lo que sentía en las manos, y su tirantez, la prenda interior de Gabriela debía ser pequeñísima, se decía sin parar de besarla, con el miembro endureciéndosele cada vez más.

Pero la verdadera sorpresa llegó cuando la dureza de la erección de don Braulio se clavó en la vagina de Gabriela. Aunque ella había sentido algo similar de vez en cuando con su marido, la diferencia era notable. Esta vez, el bulto que se le clavaba en la zona vaginal, era más grande, más rígido, y más duro. Era como un hierro incrustándose en su vagina, una experiencia tan nueva y sorprendente que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no comenzar a mover su vagina de manera instintiva. Para Gabriela aquel momento era tan intenso, tan emocionante, tan lleno de lujuria, que, aunque se estuviera besando con un hombre que no era su esposo, no podía evitar preguntarse ¿qué pasaría a continuación si no se detenía? Y, si no lo hacía, ¿cómo iba a afectar eso a su vida y a su futuro?

Finalmente, no se detuvo. Gabriela siguió besándose intenso con el soldador, dejando que la tocara, sintiéndole el bulto en la vagina.

En ese momento, don Braulio, siempre besando a Gabriela, comenzó a empujar suavemente las nalgas hacia él con las manos, lo que hizo que esa rubia vagina apenas protegida por las telas del vestido y de su delgada prenda femenina, se incrustara aún más profundamente en su dura erección, no al grado de penetrarla, pero aplastándola delicioso.

Gabriela, perdida en el beso, comenzó a moverse lentamente, creando una fricción estimulante entre su vagina y la verga de don Braulio.

En eso, don Braulio, después de separarse del beso, dejando a Gabriela en éxtasis, quiso poner a prueba a esa rubia para ver qué tan caliente podría estar. Con un movimiento suave pero firme, se bajó el overol liberando su poderosa verga ya endurecida. Se la sostuvo frente a Gabriela, con la cabeza apuntando hacia ella, en un desafío silencioso.

Esa era la primera vez que Gabriela veía un miembro masculino fuera de su matrimonio. Y vaya qué miembro era el que estaba viendo. Era inmenso, muy distinto al de César. Había visto uno que otro por ahí en videos porno. Pero, como ella no era aficionada a ese tipo de material, no prestaba mucha atención a las dimensiones vergales de esos actores. Pero esto era distinto. Don Braulio era un señor que trabajaba a cuatro cuadras de su casa, no un actor porno. Sin embargo, por lo que sus ojos estaban viendo, y tal como lo había sentido en su vagina momentos antes cuando estuvieron besándose y punteando, don Braulio poseía una verga de grosor y tamaño más que considerable, se decía, mirándosela y tragando saliva.

En eso, la sorprendida rubia sintió la presión de la mano del soldador en uno de sus hombros, instándola a agacharse. Sin poder contenerse, tal como si hubiese caído en una especie de trance morboso, Gabriela, sin vacilar, se puso de rodillas, sin dejar de mirar y estudiar ese soberbio aparato masculino. El viejo, mirándola con ojos saltones, no se la creía. Era como si esa rubia-puta hubiera estado esperando todo ese tiempo por un momento como ese. O sea, no había estado tan equivocado cuando se decía que su hermosa vecina andaba sedienta de verga. Ese Cesar sí que era un estúpido. ¿Cómo podía mantener en esas condiciones a esa tremenda hembra?, se preguntaba sin quitarle los ojos de encima a Gabriela, esperando que de una vez por todas comenzara a chupársela.

Y claro, la verga de don Braulio era una gruesa pieza de carne oscura de lo más impresionante, algo rugosa, y muy venosa, digna para una musa poseedora de los mismos atributos físicos de los que Gabriela era dueña. La rubia vio que ese robusto miembro masculino, el que fácilmente debería estar entre los veinticinco y treinta centímetros de longitud, estaba latiendo acelerado, botando copiosas emisiones de un líquido transparente por la punta, lo que le hizo que se le hiciera agua la boca. Sin darse cuenta, en una reacción netamente instintiva, le tomó la verga fuerte desde la mitad del tronco, comenzando a jalársela despacio, apretándola y sintiéndola, sin quitarle los ojos de encima. En su vida había experimentado una sensación de satisfacción como tal. Ese robusto aparato masculino le transmitía fuerza y seguridad.

A medida que Gabriela estudiaba la verga de don Braulio con detalle, frotándola despacio, observó cómo una de sus venas, la más llamativa de todas, serpenteaba a lo largo del miembro, trazando un camino de excitación hasta terminar y perderse en el cuello del glande. También le gustó estar viendo esa cabeza amoratada y húmeda, muy parecida a un casco militar de los nazis, encontrando que su circunferencia era perfecta, redondeada y carnosa, con una pequeña fisura que se abría en la cima, como si estuviese invitándola a descubrir el salado néctar que debía contener en su interior si es que la chupaba. Pero eso no fue todo. Sus azules ojos vieron que los testículos de don Braulio colgaban pesados debajo de su verga, como dos bolsas de terciopelo llenas de caliente simiente masculina, ofreciendo un contraste intrigante entre lo suave y lo duro.

En síntesis, el musculoso miembro de don Braulio, según los ojos de Gabriela, era toda una obra maestra en lo que a masculinidad se refiere, un himno que la llamaba a olvidarse de sus buenas costumbres y un faro que la guiaba hacia lo clandestino, pero que sabía iba a ser un encuentro inolvidable y lleno de pasión si es que se atrevía a probarlo. Aun así, su primera incursión en la infidelidad.

Fue el fuerte aroma que desprendía el grueso vergón, con una mezcla de sudor y líquido preseminal, los que terminaron por embriagar los sentidos de Gabriela, intensificando su deseo de probarla. Sin pensarlo más, estando puesta de rodillas en el patio trasero de su casa, se inclinó hacia adelante, abrió la boca y se la introdujo entre los labios, degustando por vez primera su sabor fuerte y salado. Con la cabeza de la verga y parte del tronco introducidos en su cavidad oral, la rubia, con expresión de placer, la envolvió con la lengua, comenzando a chuparla suavemente.

Don Braulio, apenas sintió la calidez de la boca y lengua de Gabriela, se estremeció de gozo ante la sensación. Sus robustas caderas comenzaron a empujar hacia adelante involuntariamente.

Gabriela aceptó esos movimientos, abriendo más la boca, aceptando más de su gran pene dentro de ella.

Con las manos en la base de su verga, don Braulio comenzó a guiar su miembro dentro y fuera de la boca de Gabriela, estableciendo un ritmo firme. Gabriela siguió sus movimientos, succionando y chupando con cada embestida. Sus suaves mejillas se hundían y relajaban demostrando las fuertes succiones eróticas que le estaba dando a esa verga. Así se la estuvo chupando por varios minutos, haciendo trabajar su boca y lengua diligentemente, como si estuviera preparando esa verga para el siguiente nivel. En eso, don Braulio, conectado mentalmente con Gabriela, le retiró la verga de la boca, haciéndola ponerse de pie, para otra vez besarla apasionadamente, abrazándola de las nalgas.

Con una pasión ardiente, Gabriela se abalanzó sobre don Braulio. Sus labios se unieron con los de él en un beso hambriento. Mientras se besaban, Gabriela volvió a tomar suavemente ese robusto pene erecto y comenzó a masturbarlo.

Don Braulio, a su vez, mantuvo a Gabriela bien tomada de las nalgas, sobándoselas con deleite. Sus tactos, apretones y movimientos manuales sobre esas brillantes nalgas eran posesivos y acaparadores. Mientras lo hacía, con la punta de los pies se quitó los zapatos, para después hacer lo mismo con el overol y los calzoncillos, los que lanzó hacia cualquier parte con los pies. El quedar en esas condiciones en la casa de la rubia Gabriela lo hizo sentir tan caliente como poderoso. Sentía que poco a poco iba tomando posesión de ese hogar. Para don Braulio, lo que estaba viviendo con Gabriela superaba con creces lo que había esperado para ese día.

En tanto, el beso continuaba con la lengua del soldador y la de Gabriela entrelazándose en un sensual baile erótico. Cada movimiento de Gabriela mientras masturbaba a don Braulio hacía eco con el ritmo de su beso. Finalmente, después de varios minutos de estar intercambiando sus salivas, don Braulio se separó del beso, como preguntándole a Gabriela si estaba dispuesta a seguir con el delirio de calentura que los dominaba.

Fue en eso que Gabriela, como si se hubiera desdoblado, sintiendo unas deliciosas palpitaciones vaginales, olvidándose que tenía marido, y de su estado de casada, tomó al fornido soldador de la mano, invitándolo sin palabras a seguirla a su habitación matrimonial.