Xtories

Veterinaria en apuros

El sueño se desvanece al despertar, pero el deseo permanece. Cuando el repartidor llega a la clínica, la rutina profesional se quiebra bajo el peso de una tentación que no puede ignorar. ¿Qué pasará cuando la pasión cruce el límite del secreto?

Harlond23K vistas9.3· 12 votos

-¿Cómo quieres que te llame, ricura?

-¿Cómo quieres llamarme?-atinó a responderle la chica, mirándolo con cierto asombro reflejado en sus ojos de un curioso azul marino.

-Sé que te llamas Isabel María, pero los hay que te llaman Isa, Mari, e incluso Isa Mari-le respondió con un tono natural.

-Isa, llámame Isa y no pares de hacer eso-contestó, cerrando levemente los ojos y lanzando un profundo suspiro proyectado desde lo más hondo de su garganta.

Creyó percibir una suave risa, mientras los labios del joven, concienzudos y remarcados, dibujaban suaves besos que recorrían la pared interna de los muslos prietos de Isa.

-¿Sabes, Isa? Se me ha ocurrido una cosa-le susurró al oído, tras haberse recostado sobre ella y domeñar los labios sedientos de la mujer, compartiendo un apasionado beso de amantes enervados.

-Dime, no te lo guardes para ti-le respondió ella, mordiéndose levemente el labio inferior, mientras su mente intentaba desentrañar las ideas que revoloteaban dentro de la cabeza del joven.

-He pensado que podría dejarte así…-le reveló, besando la oquedad dibujaba en el cuello de Isabel.

-Así…, ¿ cómo?-preguntó en un tono inocente.

-Así como estás ahora mismo, con las manos atadas al cabecero de la cama, despatarrada, con este chochito tan encantador que tienes al aire-le expuso él, posando la palma de la mano derecha sobre el triángulo cobijado entre los muslos de la joven, al tiempo que ella lanzaba un quedo suspiro y le miraba con unos ojos tórridos de pasión.

-Y con esta camiseta ancha que llevas puesta, que solo dan ganas de meter la mano bajo ella y magrearte las tetas-continuó añadiendo con una sonrisa lujuriosa, animado por el brillo pasional de los ojos de Isabel.

A la joven le tuvo que gustar la idea, ya que notó como se esmeraba ella en restregar su húmedo coñito contra la palma de la mano.

-Yo preferiría que me pusieras a cuatro patas y me montes con todas tus ganas-le confesó ella, gustosa y la sonrisa del joven se ensanchó mientras sus dedos animados se colaban en las oquedades secretas del sexo ofrecido.

-Mmmm-gimió Isabel por lo bajo, entrecerrando los ojos.

-¡Isa, Isa, te está sonando el despertador!, ¡Isa!

-Mmm, sí, sigue-gemía ella, separando los muslos y ofreciéndole con todo lujo de detalles la visión de la grieta del deseo remarcada por sendos labios vaginales, coronada por el pequeño botón rosado del clítoris, y rematada por una fina línea de vello de un espectacular tono semejante al trigo agostado.

¿Isa?- preguntó una voz familiar muy cerca de ella.

-¿Sí?, ¿qué?, qué pasa?- preguntó adormilada la joven irguiéndose en la cama y luchando con todas sus fuerzas por mantener los ojos abiertos.

Reconoció a su lado la cara extrañada de Fede, su novio, un joven larguirucho de pelo lacio, corto y negro, expresión algo ratonil, que únicamente vestía unos calzoncillos grises y que no paraba de contemplarla.

-Tenías guardia hoy, o algo así me dijiste ayer- le recordó él.

-¡Es verdad!, menos mal que puse el despertador- agradeció Isabel, saliendo de la cama, únicamente vestida con unas braguitas azules.

Se encontraban ambos en la habitación de Fede, que era más espaciosa que la suya, aunque el calor de agosto ya comenzaba a notarse dentro. Caminó hasta el espejo de cuerpo entero e intentó alisarse inútilmente la cabellera ondulada que le enmarcaba el rostro alargado, de mejillas levemente hundidas pero que remarcaban gloriosamente su sonrisa de labios carnosos y la nariz fina y delicada.

Sus ojos vagaron desde la leve sombra de las ojeras por la falta de sueño hasta los brotes de las fresitas rosadas de los pezones, que lanzaban silenciosos desafíos a cualquiera que se atreviera a contemplar sus tetitas prietas.

Un leve rubor vistió las mejillas de la joven al descubrir sorprendida la pequeña manchita oscura que se adivinaba en la tela de las braguitas e intentó alejarse de allí, pero enseguida se vio proyectada hacia delante por un sonoro cachetazo.

-Ay, Fede!, ¿Qué haces?-le preguntó ella, sorprendida y un tanto enojada, volviéndose hacia el joven que se había puesto en pie y la devoraba con la mirada.

-Per…,perdona, Isa, creía que…, bueno, como estabas así-farfulló él, intentando excusarse y señalando con los ojos la huella indeleble de sus sueños.

Ella lo contempló inquisitiva, como si fuera un capitán juzgando a un torpe soldado que hubiera cometido un error, y reprimió el impulso de posar la mano sobre su pecho y empujarlo de nuevo contra la cama.

Sabía que, si lo hacía, acabaría ella tumbada sobre su cuerpo, buscando anhelante el contacto de los labios, derritiéndose con cada beso, con las caricias de los dedos en la piel embriagada de su espalda, expectante de que le bajara las braguitas para hacerla sentir como mujer.

Podía acabar sintiendo sus embestidas, aferrándose a su robusto cuerpo entre jadeos, suspiros y gemidos, podría dejarse llevar por sus encantos y suplicarle que le diera placer con su encantadora lengua y con los hábiles dedos que tanto parecían conocerla.

Sin embargo, un súbito relámpago de orgullo atravesó el cielo de sus ojos, y desvió los ojos de los suplicantes de Fede, buscando las prendas de su ropa.

-Tengo guardia y se me va a hacer tarde para abrir la clínica como siga aquí-se excusó, vistiéndose con celeridad y sin dignarse a volver a mirar a su novio, sabiendo que si lo hacía, no podría resistir su expresión de lástima y pena y acabaría reconfortándolo con la lujuria desencadenada de sus cuerpos lozanos danzando entre las llamas de la pasión.

-Volveré lo antes posible, corazón-le susurró, antes de salir por la puerta y correr escaleras abajo hacia el coche.

Accionó el motor y salió disparada hacia la carretera que comunicaba con la salida del pueblo, buscando la autovía, ya que la clínica se encontraba en otro pueblo. Encendió la música y pisó a fondo el acelerador, intentando dejar atrás el torbellino de pensamientos que se agolpaban en su cabeza.

Últimamente, la relación con Fede se estaba volviendo un poco tensa e incómoda. El joven seguía siendo el mismo encantador, amable y predispuesto del cual se había enamorado y con el que llevaba como pareja desde hacía diez años. Sin embargo, su carácter parecía que se estaba avinagrando, y a veces se comportaba como un crío con ella, temeroso e inquieto, como si sintiera que pudiera perderla.

Por ello, había ocasiones en que la atosigaba, intentando retenerla a su lado cuando ella lo que deseaba era salir y quedar con los amigos para compartir una cerveza y olvidarse de la rutina asfixiante de un oficio duro y agotador.

Se restregó los ojos, y sonrió bobalicona al recordar fragmentos dispersos del turbulento sueño húmedo que había tenido. Había sido tan vivido, como si el hombre que la había poseído hubiera sido real, como si realmente ella se hubiera encontrado desnuda, expuesta y deseosa de que aquel hombre hiciera con su cuerpo lo que se le antojara.

No ignoró el detalle de que estaba segura que habría acabado teniendo un orgasmo si el maldito despertador no hubiera hecho trizas aquella fantasía, experimentada junto a su adormilado novio, hecho que estaba segura que había contribuido a aumentar el morbo de la situación.

-Buenos días, Sonia-saludó a la joven que se encontraba detrás del mostrador de la sala de recepción de la clínica, tecleando como una loca en el ordenador.

-¡Buenos días, Isabel! Por fin llegas, creía que nunca lo ibas a hacer-masculló la joven morena, con un brillo acusador y de reproche reflejado en los grandes ojos negros que se ocultaban tras las gafas cuadradas que usaba.

Isa le sonrió falsamente, e ignoró el tono insidioso de su compañera. Sonia era otro de sus cotidianos quebraderos de cabeza. Había sido contratada por su jefe como auxiliar de veterinaria, pretendiendo que aprendiera cuanto pudiera de Isa, pero Sonia había resultado ser bastante impertinente, refunfuñona y escéptica con las instrucciones y directrices que le señalaba Isa, como si sintiera que Isa no fuera la que había estudiado la carrera de veterinaria y hubiera sido ella la que lo había hecho.

Afortunadamente, el carácter tranquilo y prudente de Isa conseguía mantener a raya las ganas que tenía de estamparle una bofetada a aquella creída chica, que mudaba completamente su carácter y se volvía dócil y sumamente amable cuando aparecía en escena el jefe de ambas.

-¿Te importa que aproveche que estás aquí para irme a desayunar? -le preguntó Sonia, a lo que Isa respondió con gran alivio que podía marcharse, deseando que se tomara el máximo tiempo posible realizando semejante tarea.

Sonia ladeó la cabeza al pasar por su lado y abandonó la clínica, mientras Isa se cercioraba de que todo en la clínica estuviera en orden, revisando los estantes y, posteriormente, la sala de operaciones y revisión clínica.

Enfrascada en esa tarea se hallaba cuando repentinamente sonó el timbre de la puerta. Contuvo un suspiro de resignación y anduvo hacia la puerta, abandonando la idea de que aquella iba a ser una apacible y tranquila mañana.

-Buenos días, le traigo el pedido que hicieron la semana pasada-le indicó un joven sonriente desde la puerta, aferrando un bloc de notas entre las manos.

-¿Es usted Isabel María Fernández?- le preguntó con cortesía el repartidor, ante la mirada estupefacta de la joven veterinaria.

-¿Se encuentra bien?-añadió, arrugando un poco el entrecejo.

-Sí, sí, disculpe, soy yo, creía que se iba a retrasar la entrega, normalmente tardan un poco más en traer el pedido-respondió al fin Isa, sonriendo.

-Son unos veinte sacos de pienso-indicó el joven, examinando las indicaciones de una de las hojas-tardaré un cuarto de hora aproximadamente, ¿dónde podría dejarlos?

-Tardará menos si le echo una mano-se ofreció Isa, sorprendiendo al repartidor, como si este no creyera que ella pudiera lidiar con el peso de los sacos.

-Como desee, señorita-le respondió el joven, con un tono dubitativo.

-Puede dejar los sacos en el almacén, se encuentra detrás del mostrador, no tiene pérdida ninguna-le indicó Isa, portando uno de los sacos y guiando al repartido por el interior de la clínica.

Le costaba un poco avanzar con aquel peso, pero el temblor que recorría los muslos de las piernas no respondía únicamente al lastre del saco. ¡No se llamaba Isabel si el repartidor no era clavado al hombre de sus sueños!

Compartía con él la misma expresión adulona, los ojos castaños y chispeantes, la sonrisa sugerente, la mustia sombra de una incipiente barba de unos días poblando las mejillas, el mentón afilado, la nariz ligeramente respingona.

Además, el tono de su voz tenía un carácter grave y sereno, capaz de reconfortar al espíritu más inquieto y asustadizo, y poseía unas robustas manos, semejantes a las de un herrero.

-En esta balda puedes depositarlo-indicó Isabel, flexionando las rodillas para dejar el saco, tal y como le habían enseñado en las clases de gimnasio para proteger la posición de la espalda.

Mientras hablaba, giró levemente su rostro hacia el del joven, y el corazón casi le da un vuelco cuando pescó los ojos del repartidor clavados en su culo.

Lejos de sentirse avergonzado, la miró como si aquello no hubiera tenido importancia alguna, e Isabel le sonrió con cierta picardía.

Pasó al lado del chico y el vello de la nuca se le erizó cuando la palma de su mano rozó con la aspereza de la del hombre.

-¿Cómo te llamas?-le preguntó Isa.

-Joan, aunque todos me conocen como Juan, señorita Isabel.

-Oh, por favor, me puedes llamar Juan, ¿te puedo tutear?

-Por supuesto, creo que tenemos hasta la misma edad-le respondió encantado Juan.

Continuaron transportando los sacos al interior del almacén, ayudándose mutuamente en ocasiones con los más voluminosos o pesados. Al hacerlo, se iban indicando entre sí para no chocar y golpearse con nada de la clínica, mirándose a los ojos de tanto en tanto, compartiendo sonrisas y comentarios.

-¿Tienes mucha faena hoy, Juan?

-No, solo tengo que descargar este pedido y otro más a media hora de aquí.

-Entonces te puedes permitir una generosa pausa-comentó para sí misma Isa, aunque el tono quizá fue demasiado alto, ya que Juan asintió con la cabeza, con una expresión confusa en su rostro.

-¿Por qué iba a tomarme una pausa?-preguntó Juan.

Isa se ruborizó ligeramente, y agradeció que se sintiera un poco sofocada para disimular su reacción. Se mordió la lengua, sopesando las palabras, y refrenando el primer impulso que había sentido.

-Tengo unas escaleras portátiles rotas, y necesito alcanzar unos polvos especiales para el cuidado de la piel de un gato, pero requiero que alguien me sostenga o apoyarme en alguien-le indicó Isabel, mirándolo con una mirada límpida y amable.

-No me importa en absoluto echarte una mano-le respondió Juan.

-Esta es la estantería-señaló Isa, alzando su cabeza. Al joven no le hizo falta imitar el gesto para comprobar que se encontraba a una buena distancia.

-¿Cómo lo haremos?-preguntó.

-Podría auparme en tus hombros, como si fueras un papá llevando a caballito a su cría-ofreció Isa, tras una pausa reflexiva.

Juan asintió, confiado, y apoyó las rodillas en el suelo, permitiendo que Isabel se sentara sobre los hombros.

-Con cuidado, Juan-indicó Isa, más preocupada por el joven que se esforzaba en levantarse que por su propia integridad.

-Descuida-le respondió con seguridad e Isabel sonrió, confiada y admirando la fuerza que exhibía. Estuvo tanteando unos instantes los diversos tarros y frascos colocados en la balda superior, hasta que encontró el que necesitaba.

Tan concentrada estaba en la tarea que solo cuando aferró el bote descubrió que Juan le estaba insinuando caricias con los dedos sobre su piel. Se aturulló tanto que no pudo impedir que se le escurriera entre los dedos el frasco, sepultando a ambos bajo una nube de polvo blanca.

-¡Hostia!-exclamó Isa, tosiendo levemente por la tormenta que se había desatado sobre ellos.

-¡Ay!-se quejó Juan, tras lo cual se escuchó un sonoro golpe metálico.

Milagrosamente, y pese al ataque de tos que empezó a sacudir a Juan, este pudo bajar a Isa sin ningún problema.

-La condenada de mi ayudante no cerró bien el dichoso tarro-se excusó Isa, restregándose la cara con las manos mientras Juan continuaba tosiendo y se ocultaba con una mano parte del rostro.

-¿Estás bien?-le preguntó Isa, acercándose hacia él y depositando una mano sobre su hombro, en un gesto preocupado.

-Sí, no te preocupes, aunque tengo que parecer que acabo de pelearme con un saco de harina-comentó Juan, recuperándose y sacudiéndose el polvo de la ropa.

-¡Ah!, te has hecho una pequeña herida en el labio-señaló preocupada Isa, depositando un dedo cuidadosamente sobre el pequeño bulto enrojecido que había en el labio superior de Juan.

Este arrugó el rostro, contrayendo levemente sus facciones, e Isa no supo discernir si por un instante el chico había sentido dolor por el contacto de la piel sobre la herida, o bien la extraña sacudida facial se debía a una expresión de placer.

Turbada, creyó percibir la suave caricia del labio sobre la yema del dedo, como si la estuviera invitando a que continuase en el mismo sitio, pero enseguida retiró la mano, como si se hubiera visto sacudida por una descarga eléctrica.

-Tenemos un pequeño botiquín en la clínica, si quieres, puedo curarte-le propuso Isa, aparentando calma, pese a que el temblor de las piernas no le desaparecía.

-No te preocupes, no es nada-le respondió Juan, sonriéndole-puedo ayudarte a recoger este pequeño estropicio.

-No, no hace falta-le replicó Isa, asiendo la escoba y el recogedor, pero se detuvo ante el repartidor, que se interpuso en su camino y aferró con firmeza sus manos.

-No será ningún problema-le insistió Juan, mirándola a los ojos con seriedad.

Los ojos de Isa se dejaron embaucar por la oscuridad atrayente que se percibía en los del joven hombre, al tiempo que el repartidor se sentía como el marinero cuyas fuerzas ya extintas se hunde inexorable en las profundidades zafiras del océano herido por una virulenta tormenta.

Vencidos, los ojos zafiros de Isa resbalaron por la cornisa de la nariz hasta intentar aferrarse en el refugio saliente de los labios de Juan, acercándose hasta ellos hasta que las bocas se ambos se fundieron en un beso inicial.

Tras unos segundos, Isa reunió fuerzas de flaqueza y se separó de Juan, inspirando con brusquedad como si se hubiera olvidado de respirar.

Ambos se miraron, extrañados, confundidos, buscando en el otro la muda respuesta a la pregunta que los sacudía y agitaba. Incluso Juan estaba agitado.

Sin apenas mediar respuesta, sin ser capaz de articular una sola palabra de las que arañaban su garganta, Isa no pudo más que correr al encuentro de Juan, estrellándose contra su pecho y buscando con ansias esos labios que la habían hecho sentir como si se encontrara flotando en una nube.

-¡Ah, Juan!-suspiró ella por lo bajo, cerrados los ojos, notando aún el calor prendado de la boca de Juan en los labios. El joven apoyaba sus manos en los hombros de la veterinaria, pero pronto abandonaron aquel confortable refugio, zigzagueando por su espalda hasta posarse sobre las caderas de la joven.

Isa le miraba, los ojos húmedos, brillantes, los labios agitados, batallando por reunir el valor para contárselo. Él acogió la mano temblorosa sobre el pecho apoyada con una de las suyas, al tiempo que con la otra acariciaba su mejilla y le recolocaba un mechón de cabello tras la oreja.

-Parece que al final también te voy a manchar un poco-comentó Juan, enseñando la palma de la mano blanca por el polvo.

Isa sonrió, sin atreverse a reír, sintiéndose avergonzada por lo que estaba permitiendo que ocurriera. Algo dentro de ella se revolvió. ¿Permitiendo? ¿Acaso era ella la única responsable allí?

-Creo que será mejor que pongas el cartel de “Cerrado”-murmuró Juan al oído de Isa, mientras volvía a aferrar con firmeza las posaderas de la veterinaria.

Isa se apartó un tanto del joven y se sumó a la sonrisa zalamera que le estaba dedicando.

-No creo que a estas horas nos vaya a interrumpir nadie.

-¿Y qué estábamos haciendo que no queremos que nos interrumpan?-le preguntó Juan, con un tono intrigado.

-Si te lo preguntaras a ti mismo, sabrías la respuesta-le contestó Isa, apretándose contra el cuerpo de Juan hasta apretujar el miembro endurecido del joven.

Una vez más, las bocas volvieron a fundirse en un beso que parecía infinito. Las bocas se enfrentaban entre sí, los labios entrechocaban y se apartaban, las lenguas se reencontraban y combatían las gargantas por apropiarse un poco más de aire.

Ambos empezaron a sentirse acalorados, sofocados por la proximidad de los cuerpos, e Isa se desprendió rápida de la bata blanca que llevaba, a la cual siguió con la misma celeridad la camisa negra del uniforme de trabajo.

Juan, por su parte, pugnaba con el cinturón del pantalón, pero Isa lo detuvo con ambas manos, sonriéndole.

-Una cosa es morrearte conmigo, y otra querer empotrarme ya como si fuera una pueblerina-le apostilló Isa, observándole con una mirada retadora-vas a tener que convencerme un poco más para que me baje las bragas, ¿sabes?

-Lo que usted diga, veterinaria-le contestó Juan, acercándose a ella y ladeando el cuello buscando el hueco que se adivinaba en el de Isa.

-Uy, veterinaria, pocos me llaman así, casi todos se dejan llevar porque soy joven y me creen inexper….-decía Isa, pero un repentino gemido acalló sus palabras.

-Me muero por ver ese culito en pompa-le susurró Juan al oído, estremeciendo a Isa de los pies a la cabeza.

-¿Y a qué esperas para verlo?-le preguntó Isa, en voz baja, besándolo en la boca.

-Me acababas de decir que tenía que convencerte un poco más-le objetó Juan.

-Esa diablura que has hecho con la lengua y los labios en mi cuello me ha convencido-le confesó Isa, sonriendo con picardía.

-¿Permiso para bajarle las braguitas?-le formula pícaramente Juan al oído, a lo que Isa le respondió:

-Concedido.

El joven mantuvo una sonrisa complacida mientras Isa se desabrochaba el pantaloncito y su amante se lo bajaba. Amante, esa palabra quedó flotando en la mente de la joven chica, impresionándola, vivificándola. Entrecerró los ojos cuando sintió como la tela de sus braguitas negras iba acariciando la piel de sus muslos hasta detenerse en los tobillos.

-Mmm-gimió ella, apoyando el culo sobre la superficie de la mesa, mientas Juan se las ingeniaba para colarse entre las piernas y apoyar sus dedos en los muslos de Isa, separándolos, apreciando con claridad el exuberante sexo de la veterinaria.

Inesperadamente, el joven se detuvo, alzando su mentón hacia el rostro de Isa y esta captó el mensaje que sus ojos apremiantes le lanzaban, silenciosos y suplicantes.

-Anda, hazme diabluras ahí abajo-ronroneó Isa, acariciándole el pelo con una mano.

Y entonces fue sintiéndolo…La lengua deslizándose cerca de su rajita, la yema del dedo corazón acariciando sus muslos, sus besuqueos en la cara interna de los muslos, robándole su furor interno, humedeciéndola, trazando senderos invisibles que reptaban y bifurcaban buscando una meta tan cercana…

-Mmm, sí-gimió ella, en voz baja, con la respiración agitada.

La lengua se deslizaba, arriba y abajo, lenta e inexorable, prudente y bestial, inclemente y sugerente, un dedo la acompañaba, como si fuera su escudero fiel, se insinuaba hacia dentro, se contenía, temerosa, dubitativa, arrastrándola hacia la lujuria, hacia el placer desenfrenado.

-Sigue, sigue, no pares-susurraba ella.

-¿Y si lo hiciera?-le preguntó el joven, separándose un poco de su cuerpo, mientras el dedo acosador continuaba en su interior.

-Te echo a patadas de aquí-amenazó Isa, pero su voz, quebradiza al batallar contra los gemidos, no sonó tan contundente como hubiera deseado.

-¿Y si me niego a irme?-le comentó Juan, volviendo a besarla en el coñito.

-En ese caso, voy a tener que desarmarte-le respondió Isa, con una sonrisa misteriosa, haciéndole un gesto lascivo con la mano. Los ojos de Juna chispearon, divertidos.

De repente, el asalto se recrudeció e Isa solo pudo dejarse llevar, arqueando la espalda y cerrando los ojos mientras aquella lengua inquisidora la sumía en un placer desorbitado.

Los gemidos se atropellaban en su garganta, poderosos e indomables, e incluso a duras penas era capaz de mantener una respiración uniforme. Juan empezó a penetrarla con dos dedos, mientras su lengua se concentraba en asaltar al maltrecho y orgulloso clítoris, y aquello fue más de lo que pudo soportar Isa.

Mordiéndose el labio inferior, sintió como sus entrañas convulsionaban, como su fulgurante coñito restallaba y expulsaba su dulce néctar, el cual el laborioso Juan se esmeraba en recolectar.

Isa sonreía, exultante, liberada, con la piel erizada, sintiéndose vivificada. Y cuando observó ese bulto en los pantalones, esa prominencia avasalladora, irresistible, no pudo contenerse. Sentía el deseo impregnado en su cuerpo, retenido en sus ojos, pero él no la insistía. Solo permanecía expectante, quieto, aguardando lo que ella quisiera.

Y sabía qué quería. Hundirse en las profundidades de esa mirada salvaje, sentirse deseada, colmarlo del mismo placer que ella había recibido. Sin culpas, sin remordimientos, tal vez más adelante, ahora no. Ahora solo estaba ese vigoroso mástil ante su mirada admirada, incrédula. Como si fuera la primera que viera en su vida.

La acogió entre los dedos de una mano, le dio un par de sacudidas, observando su forma, percibiendo su dureza, su anchura y su calor.

Era la primera polla que ese día recibía la bienvenida de sus labios, y la segunda que su lengua conocía en su vida. Podría haber habido otras, le decía una voz maliciosa desde lo más profundo de su ser. Sí, había ido a fiestas, discotecas, bailes, ferias…Había sentido alguna traviesa mano en su culo en esas noches, había detectado alguna mirada achispada, alguna sonrisa sugerente, alguna proposición indecente… La vida universitaria, se decía.

Sin embargo, ante todas aquellas posibilidades, había estado él, su reflejo incrustado en sus recuerdos, sus palabras grabadas en la memoria. Y cuando había regresado al piso, se había encerrado en la habitación, le había llamado, o había esperado a que acudiera para abrazarlo, besarlo, desnudarlo, acariciarlo, dejarse llevar, abrirse de piernas, recibirlo…

-Mmm, qué bien lo haces-susurraba Juan para sí, relamiéndose con el gozo que experimentaba. Y allí se encontraba Isa, en cueros, arrodillaba sobre su propia ropa, lamiendo y besando un miembro desconocido, pero ansiado, dejándose contemplar, inmersa en su fechoría, esa mirada clavada en su cuerpo desnudo, reptando libidinosa por sus menudos pechos, surcando su vientre, escudriñando la manita cobijada entre los muslos.

-Mírame, veterinaria-le susurró él, de pie, poderoso, enérgico.

Las miradas se encontraron, se lanzaron un silencioso reto, ansiándose, rogándose. Y cuando quiso darse cuenta, Isa se encontró tumbada sobre la mesa, pero con las nalgas sostenidas por las poderosas manos de Juan. Las piernas descansaban sobre sus hombros, y él le sonreía, triunfal y glorioso, hundiéndose en ella.

Isa separó los labios, jadeante, sofocada, sintiendo como aquel impetuoso ariete se abría paso en su cuerpo, perfilando su contorno en sus entrañas, humedeciéndola, enardeciéndola.

-Mmmm, sigue, sigue, no pares, no pares-lo apremiaba ella, mientas las estocadas se sucedían, fuertes, decididas, seguras. Y aquellos dedos apresando su culo, que casi parecía que alejaban cada nalga para buscar más espacio dentro del coño de Isa, como si pretendiera encontrar cada uno de sus escondites y recovecos.

-Sigue, sigue, más, más-urgía ella, cerrando con fuerza los ojos, aferrándose al borde de la mesa, resistiendo las embestidas, mientras algunos botes y papeles caían al suelo.

-¡Dame más, dame más, más, más!-insistía ella, jadeante, gimiente, sedienta de placer, angustiada por la ínfima espera que tenía que soportar para recibir otra de aquellas acometidas.

Le dio la vuelta con los ojos cegados por el ardor, apoyó su mano contra su espalda, la mejilla contra la mesa, las tetas aplastadas, las piernas medio temblorosas.

Se rindió a las venideras acometidas, a la brutal polla que la horadaba, al inesperado tirón del cabello, a la poderosa cachetada, al estrépito de su garganta mientras el coño le ardía y se fundía con ese mástil deseado.

Y fue entonces cuando lo vio. Su silueta remarcada en el umbral de la puerta, la mano aún aferrada al pomo,

-Pero, Isa-atinó a decir, los ojos como platos.