Xtories

Julio y Andrea: en la oficina

El uniforme le quedaba diminuto, pero Andrea sabía que ese era el punto exacto. Mientras la oficina entera contenía la respiración, ella fingía inocencia, sabiendo que cada mirada era un permiso y cada susurro, una invitación.

Dej4 vu12K vistas8.7· 12 votos

Era viernes por la tarde en la oficina, ese limbo temporal donde el reloj parece ralentizarse deliberadamente, y la mayoría de los empleados fingían productividad mientras ansiaban el fin de semana. Andrea, a sus 32 años con esa vitalidad y facciones casi infantiles que la hacían parecer eterna en sus veintes, trabajaba en el área de ventas: una maestra en cerrar tratos con su carisma natural, esa sonrisa angelical que desarmaba objeciones y su figura voluptuosa que, sin proponérselo (o tal vez sí), hacía imposible decirle que no. Julio, su novio de 33 años, era el jefe y único empleado de IT, en el cubículo oculto al final del pasillo, repleto de piezas y cables de computadora. No era solo el cliché del nerd con lentes y camisa a cuadros; Julio era un experto genuino, configurando servidores, depurando redes y resolviendo crisis digitales con una precisión que lo hacía indispensable, aunque invisible para la mayoría. Llevaban meses como pareja, pero su conexión se había forjado en años de miradas cruzadas en la oficina, un romance lento que floreció en confidencias compartidas durante pausas para café.

El código de vestimenta siempre había sido permisivo: "business casual" interpretado libremente, desde mezclilla con camisetas hasta vestidos veraniegos. Pero un correo electrónico del jefe de ventas lo cambió todo. El próximo lunes, la sucursal acogería la reunión anual con directivos de otras ciudades, y para proyectar profesionalismo —especialmente en ventas, quienes tienen contacto directo con clientes—, se implementaría un nuevo uniforme: camisas blancas con logo y nombre bordados, pantalones de vestir y zapatos negros para hombres; falda y tacones negros para mujeres. La empresa lo proporcionaría. Andrea lo leyó con una mezcla de curiosidad y emoción sutil, pensando: "¿Cómo se me verá la falda?".

Faltaba una hora para la salida cuando Adolfo, el Facility Manager —un tipo bonachón de mediana edad, con barriga incipiente y una pasión por el chisme de oficina—, irrumpió en el área de ventas con bolsas transparentes conteniendo prendas dobladas de manera impecable. "¿Qué creen? ¡Ya llegaron los uniformes!", exclamó con un entusiasmo que nadie compartía, como si estuviera repartiendo regalos navideños. Llamó a los vendedores uno por uno, pidiendo firmas de recibido. Cuando tocó el turno de Andrea, ella se acercó con su paso ligero, su cabello castaño ondulado balanceándose por debajo de los hombros. Firmó y tomó la bolsa, sus ojos iluminándose con alegría. Inmediatamente, corrió al cubículo de Julio, cruzando el pasillo con esa energía que siempre lo desarmaba.

"¡Mira, amor, ya llegó mi uniforme nuevo!", dijo radiante, su carita angelical —esos ojos grandes y expresivos, labios suaves curvados en una sonrisa tierna— haciendo que Julio sintiera una ola tibia expandirse desde su pecho. Estaba profundamente enamorado; cada vez que la veía, recordaba por qué: no solo su belleza, sino esa inocencia aparente que ocultaba una pasión ardiente.

Se alegró por ella y le preguntó si ya lo había abierto. Andrea desdobló la camisa blanca y la falda negra, charlando animadamente sobre los tacones que usaría —los mismos que llevó a la boda de la prima de Julio—. Pero al extender las prendas, la sorpresa fue evidente: eran diminutas.

"¿Segura de que son las tuyas?", preguntó Julio, confundido, sosteniendo la falda negra que apenas parecía cubrir nada. "Sí, mi amor, mira", respondió ella, mostrando su nombre bordado en la camisa. Julio se acercó y le susurró al oído: "Amor, con esta falda y tu cuerpo... ya sabes...", hizo gestos con las manos aludiendo a sus grandes nalgas, "no te van a cubrir ni la mitad de las pompis. Y la camisa... mira qué chiquita está". Su voz era una mezcla de preocupación y celos incipientes, imaginando ya las miradas que atraería.

Decidieron ir juntos al escritorio del Facility Manager. "Hola, Adolfo, ¿estás ocupado?", preguntó Julio, mientras el hombre minimizaba rápidamente una ventana de YouTube. "Hola, Julito, ¿qué pasó?". Julio explicó el error de talla, apenado, pero Adolfo se encogió de hombros: "Esas son las tallas que especificó el manager de ventas. Yo solo compré lo que pidieron, y nadie más se ha quejado". Julio insistió, pero Adolfo cortó: "La instrucción es clara: uniformes a partir del lunes, sin falta, para cuando vengan los directivos. ¿Y a poco crees que voy a conseguir un reemplazo en fin de semana?". Andrea, optimista como siempre, minimizó el problema: "Sí me van a quedar, amor. Ni que estuviera tan gorda", bromeó. "Para nada", intervino Adolfo, recorriéndola con la mirada de arriba a abajo —deteniéndose en sus enormes tetas, cintura diminuta, caderas anchas y piernas perfectas—, "si tú estás preciosa". Julio se apenó por el cumplido atrevido, sintiendo un pinchazo de celos, pero Andrea lo recibió con gracia, tocando suavemente el brazo de Adolfo: "Qué lindo".

Ya eran las seis, y la oficina se vaciaba. Andrea se despidió de Julio con un beso rápido, pero él la retuvo: "¿Nos vemos este fin de semana? Te extraño..." —buscaba las palabras para no sonar muy atrevido— "íntimamente", terminó en voz baja. Ella se acercó, susurrando sensual al oído: "Yo también ando super cachonda, mi amor. Tengo ganas de mamarte esa verga que tanto me gusta, sentir cómo me llenas toda... quiero que me cojas bien duro". Su aliento cálido y húmedo contra su oreja hicieron que la erección de Julio surgiera instantánea bajo sus pantalones. Podía oler su perfume dulce, sentir el roce de sus tetas contra su hombro. Pero ella lo bajó de la nube: "Aunque me gustaría, este fin de semana tengo que preparar la presentación para los jefes. Lo siento". Dijo volviendo a su carita inocente. "No te preocupes, amor, yo lo entiendo", respondió él, disimulando su decepción, aunque su mente ya imaginaba escenas de masturbación solitaria.

Llegó el lunes. El zumbido monótono del aire acondicionado llenaba la oficina, un sonido que se rompió con el clic-clac decisivo de tacones altos negros. Andrea entró como un sueño: la falda negra diminuta enfundaba su tremendo culazo, subiéndose cada dos pasos lo suficiente para revelar el inicio de sus gordas nalgas, obligándola a ajustarla hacia abajo con un gesto inocente. Sus piernas, cubiertas hasta la mitad por medias negras de encaje que no eran parte del uniforme, se veían infinitamente sensuales, alargadas por los tacones que la hacían contonear las caderas hipnóticamente. La camisa blanca, ceñida en la cintura, con dos botones que no había podido abotonar (o no había querido), luchaba por contener sus enormes tetas blancas, dejando ver el encaje negro de un brasier sexy debajo. Sus pezones rosados se marcaban sutilmente, endurecidos por la brisa fría del aire acondicionado. Su maquillaje era formal pero atrevido: delineador negro acentuando sus ojos, sombra en los párpados y labial rojo oscuro que invitaba a besarla.

El tiempo pareció detenerse; todos —hombres y mujeres— se congelaron, miradas fijas en esa diosa andante. Andrea caminaba con seguridad, como modelo en pasarela, sabiendo el efecto que causaba, aunque fingiera no notarlo. Su coñito depilado ya palpitaba bajo la tanga negra diminuta, mojándose al imaginar las erecciones que provocaba. Antes de salir de casa, se había mirado en el espejo: la falda apenas cubriendo la mitad de sus muslos gruesos, la camisa amenazando con desbordar sus tetas. Se había masturbado allí mismo, de pie, una mano en el espejo para apoyarse, la otra frotando su clítoris sobre la tela de la tanguita, de arriba a abajo. Sus dedos resbalaban sobre su humedad, imaginando manos ajenas, vergas duras presionando su cuerpo. Gemía bajo, el sonido haciendo eco en las escaleras de su casa, hasta que un orgasmo recorrió su cuerpo, sus tetas rebotando con el temblor, dejando su tanga chorreando. "Ups, se me hace tarde", se dijo, sonriendo traviesa antes de llamar a un taxi.

"Buenos días, muchachos", saludó con voz melosa, como si no viera las mandíbulas caídas. "Disculpen la tardanza, tuve un contratiempo", añadió con cara de niña inocente, aunque el "contratiempo" había sido su placer sexual. "No te preocupes, Andrea, valió la pena la espera. Te ves increíble", dijo Jorge, su jefe de cuarenta y tantos, ojos clavados en sus tetas. "Ay, gracias, George. Me encantó el nuevo uniforme", respondió ella, con un giro sensual para modelar, la falda subiéndose lo justo para un vistazo tentador. Oscar, bajito, con indicios de calvicie y unos kilos de más, casi se atraganta con el café, ajustándose disimuladamente la corbata.

La siguieron a la sala de juntas, hipnotizados por su contoneo. Sebastián, el practicante joven, ocultaba su erección con un folder que arrebató de un escritorio en el camino.

La sala era un cubículo grande con paredes de cristal, sillas ejecutivas alrededor de una mesa negra rectangular. Los directivos de otras sucursales ya esperaban, y al verla, sus semblantes formales se tiñeron de lujuria contenida. "Hoy vamos a repasar las metas del semestre y estrategias nuevas para captar clientes", dijo Andrea con voz profesional, ensayada. "Pero primero, tengo que conectar mi computadora", murmuró con un tono de voz más casual mientras se inclinaba hacia su laptop sobre la mesa, el escote y falda revelando más de lo debido. "Tienes que prender el proyector", sugirió Sebastián, que estaba sentado frente a ella, sin levantarse para no exponer su erección que ahora estaba más dura por la vista privilegiada que tenía hacia las tetas que colgaban tentadoras.

Andrea se estiró hacia el techo donde estaba montado el proyector. Fue en vano: no alcanzaba. La falda se levantó, mostrando su coñito cubierto por la tanguita negra, los labios hinchados marcándose. Un murmullo reprimido llenó la sala; el directivo más viejo sintió una erección tiesa por primera vez en años. Eduardo, alto, atlético, piel clara, guapo con cabello corto y barba de candado, se levantó. Se acercó demasiado de frente a ella, su perfume masculino invadiendo los sentidos de Andrea. Él levantó el brazo y encendió el proyector en silencio. "Gracias...", titubeó ella, mirando hacia arriba. "Eduardo", completó con voz grave. "Un placer", añadió con sonrisa encantadora, sin dejar de verla a los ojos.

Aún no lograba conectar la laptop, así que le mandó un mensaje a Julio: "Amor, me urge tu ayuda en la sala de juntas ejecutiva". En menos de un minuto, él entró, oliendo el perfume dulce de su novia, su corazón deteniéndose al verla tan sexy. "Pasa", lo sacaron de su ensimismamiento. Configuró rápidamente: "Listo, es que lo estaban tratando de conectar por HDMI, pero este es un cable DVI". Nadie entendió una palabra, Andrea solo guiñó un ojo y le dio las gracias. Su novio salió, pero desde fuera, a través del cristal, vio las miradas lascivas: manos bajo la mesa acariciando sus propias vergas por encima de los pantalones abultados. Su novia parecía una puta, y todos sincronizados, imaginaban la misma película porno —arrancando la falda para azotar ese culazo, chuparle las tetas mientras la penetran uno por uno y luego en grupo, todos al mismo tiempo llenando su boca, coño y culo con semen caliente—. Julio sintió celos abrasadores, pero su propia verga se endureció, traicionándolo.

Al terminar la junta, Andrea le escribió: "¡Amor, mi presentación fue un éxito! Ahorita te cuento en el área de café". Se encontraron allí, donde dos compañeros desconocidos ya se estaban sirviendo. "Mis ideas les encantaron a todos, estaban super atentos", dijo ella con entusiasmo. Mientras se acercaba para servirse un café, los tipos la notaron de inmediato, con ojos saltones y sonrisas pícaras. "Buenos días", saludaron al unísono. "Uff, está ardiente... el café", comentó uno, guiñando un ojo. Andrea tomó la dona más grande. "¡Hmm! Me gustan así grandotas", comentó ella con voz juguetona, "¿hay glaseadas?". "Yo con gusto te glasearía la dona", respondió el primero, riendo burlón. "Y si necesitas crema, nosotros te damos", añadió el otro, pasándole unos botecitos con un gesto cómplice. "Gracias, chicos, qué amables", contestó Andrea con su sonrisa inocente.

Ya solos, Julio murmuró: "Andrea, ¿no te molesta que te estén albureando?". "Ay, ni me di cuenta, qué bromistas", sonrió. Luego continuó despistada: "¿En qué estaba?... Ah, sí. Eduardo, el director de otra sucursal, me invitó al comedor ejecutivo para seguir discutiendo con los jefes mis iniciativas". Estaba entusiasmada; Julio, no. "Pero ¿no habíamos quedado en comer juntos? ¿Y quién es ese Eduardo?", sonó celoso, lo cual notó Andrea. "Es solo por esta vez, Julio, y te juro que es meramente profesional". Él accedió a regañadientes.

A la hora de comida, Julio se sentó en el comedor común con su bandeja de ensalada y sándwich, pero su apetito era lo último en su mente. Desde su mesa, tenía una vista parcial al comedor ejecutivo, un espacio vidriado reservado para gerentes y visitantes importantes. Allí estaba Andrea, sentada en una mesa redonda con Eduardo y un par de directivos más, riendo con esa carcajada musical que siempre lo había enamorado. Pero hoy, esa risa parecía dirigida específicamente a Eduardo: se inclinaba demasiado hacia él al hablar, su escote abriéndose un poco más con cada gesto, juntando las tetas al cruzar los brazos mientras escuchaba atenta, rozando casualmente su mano con las yemas de los dedos mientras señalaba algo en un documento. Julio sintió un nudo en el estómago, una mezcla de celos punzantes y traición. ¿Era su imaginación, o Eduardo la tocaba también, un roce sutil en el brazo que duraba un segundo de más?

"Te andan bajando la novia, Julito", comentó un compañero de contabilidad que se sentó a su lado, siguiendo su mirada con una sonrisa burlona. Julio negó con la cabeza, sonrojado, y clavó la vista en su plato, tratando de ignorar la escena. Pero no podía: cada vistazo robado avivaba su mente con imágenes de Andrea coqueteando, quizás dejando que Eduardo la tocara bajo la mesa. Terminó comiendo mecánicamente —odiaba la idea, pero lo excitaba imaginarla disfrutando de otro hombre—.

El resto de la tarde pasó en una niebla de trabajo rutinario para Julio: depurando un servidor que se había colgado, respondiendo tickets de soporte. Andrea le mandó un mensaje breve: "Todo bien en la comida. Después te cuento". Pero "después" no llegó. A la hora de salida, su teléfono vibró de nuevo: "Amor, me tengo que quedar horas extra. Los jefes se regresan mañana en la mañana y todavía no terminamos mi proyecto. Te amo". Julio respondió con un "Ok, cuídate", pero el silencio subsiguiente lo dejó inquieto. Pasó la noche solo en su apartamento, masturbándose furiosamente en la cama: imaginaba a Andrea en la oficina vacía, Eduardo besándola, sus manos grandes explorando su cuerpo. Eyaculó con un gemido ahogado, semen abundante salpicando su vientre, pero el alivio fue efímero, reemplazado por culpa y celos.

Al día siguiente, martes, Julio llegó temprano a la oficina, ansioso por ver a Andrea. Su teléfono no paraba de vibrar con notificaciones. "Por fin me contestó", pensó, pero al abrir, vio que eran del chat grupal de la oficina —un grupo solo de hombres, donde compartían memes, chistes sucios y coordinaban pedidos de comida—. Mensajes inundaban la pantalla:

Joe: dise rodri ke es una chica de la oficinaRodrigo Conta: pos dicenOscar: No creo que una mujer de la oficina se atreva a hacer todo eso, seguramente es una prostituta.Sebastián: Esas tetotas solo pueden ser de dos mujeres: Andrea o la gorda de RHLeonardo: La del video lo único que tiene gordo es el culo, definitivamente no es la de RHLic. Diego: La morenita que acaba de entrar a mi equipo tiene un PERRO CULAZOMiguel Soporte: dicen que es una de ventas que ayer se vino vestida como putaLic. Diego: pero tiene las chichis chiquitasJoe: no sera lamisma?Paisano: buenos días jovenes, que vamos a pedir de comer hoyuSebastián: SiSebastián: AndreaSebastián: Está en mi equipoSebastián: Es una calientaSebastián: HuevosAdolfo: qué pasó ahí @Julio ya viste lo que andan diciendo de tu novia?Sebastián: Pero Andrea se nota que está operada y la del video se ve naturalDavid conta: si hubico a Andrea. No creo que este operada de las tetas, si acazo se habra hecho una BBLJoe: queseso

31 mensajes no leídos y contando. Julio sintió un sudor frío recorrer su espalda. Deslizó al inicio: un video reenviado, con vista previa borrosa, el icono de play en medio. Su corazón latió con fuerza; reprodujo sin sonido, ocultando la pantalla bajo su escritorio.

El video comenzaba en una habitación de hotel lujosa, luces cálidas iluminando una cama king size con sábanas blancas impecables. Una mujer —sin rostro visible, solo su cuerpo voluptuoso y labios rojos, pícaros— arrodillada en un piso alfombrado, frente a un hombre sentado al borde de la cama. Vestía solo medias negras de encaje y una tanguita negra diminuta, su silueta ante la luz tenue delineaba curvas prominentes. Sus manos delicadas agarraban una verga blanca enorme, larga y gruesa, con una vena protagónica que sobresalía a lo largo, la piel del glande tensa, brillante. Ella la devoraba con pasión: labios rojos envolviendo la cabeza, lengua lamiendo las venas pulsantes del tronco en espirales lentas, succionando con fuerza que hacía hundirse sus mejillas. La cámara, probablemente sostenida por el hombre, capturaba cada detalle: cómo su saliva chorreaba, goteando hasta los huevos, lubricando la mano experta que lo masturbaba desde la base. Ella gemía —Julio imaginaba el sonido gutural, vibrante— mientras lo tragaba profundo.

De pronto, ella se incorporó ligeramente, sus tetas pesadas colgando como globos de agua. El hombre vertió lubricante transparente y viscoso sobre su pene, el líquido resbalando por el tronco como miel caliente. Ella sonrió traviesa —aunque no se viera el resto de su cara— y apretó sus enormes tetas blancas y suaves alrededor de la verga lubricada, abrazándola en un túnel cálido. Comenzó a moverlas arriba y abajo, la verga deslizándose entre sus tetotas, el glande emergiendo en cada subida, rojo e hinchado, lubricante mezclándose con su saliva en un chapoteo resbaladizo. Sus areolas rosadas se difuminaban en la piel clara, y los pezones erectos eran frotados con cada movimiento, endureciéndose más, mientras ella aceleraba, tetas blandas rebotando con fuerza, piel sonrojada por el esfuerzo. El hombre jadeaba, sus caderas empujando hacia arriba para coger sus senos, lubricante salpicando. Ella gemía bajo, excitada por la fricción de sus manos contra los sensibles pezones, su coñito emanando jugos.

Luego, se levantó lentamente y se dio media vuelta, exponiendo un culo impresionante. Hizo a un lado el hilo de la tanga con dos dedos. Su coñito depilado, labios hinchados y húmedos, relucía bajo la luz. Se ensartó en la verga con un movimiento fluido, bajando hasta que sus nalgas gordas descansaron en los muslos del hombre. La cámara enfocaba perfecto: sus nalgotas rebotando y temblando con cada sentón, piel blanca contrastando con la oscuridad de la habitación, jugos vaginales escurriendo por el tronco. Ella daba sentones con ritmo experto, balanceando sus tetas pesadas.

Se paró despacio, mostrando cómo la piel de su coño apretaba la gruesa verga, reteniendo cada centímetro como si no quisiera soltarla, hilos de jugos conectando sus cuerpos. La pantalla se oscureció brevemente —el celular dejado boca abajo en la cama—, anticipación creciente invadía a Julio, pensamientos volaban por su mente a mil por hora... pero pronto lo levantaron. Ahora ella estaba boca arriba, tetas desbordando hacia los lados, pelvis alzada por una almohada que exponía su ano rosado y vagina abierta, invitantes. El hombre embarraba su verga por los pliegues húmedos de arriba abajo, desde el clítoris hasta el ano, como una brocha pintando lujuria. Tomaba jugos de ella para lubricar su pene tieso, y agregaba más del lubricante usado en las tetas —viscoso y resbaladizo— apuntando al cerrado anito.

Ella, en lugar de resistirse, dilataba voluntariamente, su ano guiñando de manera seductora, mientras se acariciaba el clítoris en círculos. El glande entraba poco a poco, estirando el anito apretado; Julio imaginaba los gemidos profundos que ella emitiría. La penetración anal comenzaba despacio, con un movimiento lento, casi imperceptible, hasta que la verga desaparecía entera en su culo. Ahí, ella empezaba a moverse en vaivén, ensartándose sola, demostrando su disfrute por el sexo anal: empujando con su propia cadera, coño chorreando jugos viscosos, evidenciando su excitación. El hombre aceleraba, metiendo y sacando el largo pene hasta el glande —nunca por completo— y embistiendo hasta el fondo, sus bolas chocando contra las gordas nalgas. Las enormes tetas rebotaban con cada empujón, la vulva húmeda completamente visible, abierta y dilatada.

Finalmente, el hombre sacaba la verga tomándola por la base y eyaculaba: chorros potentes y abundantes que llegaban hasta las tetas, dejando rastros largos del pubis al pecho, semen blanco contrastando con su piel sonrojada. Ella jadeaba, frotando el semen en su clítoris y pezón, para un último orgasmo con el cuerpo temblando. El video terminaba con ella recogiendo el semen de su cuerpo, deslizando sensualmente las yemas por el lunar en su pubis, el hombligo y sus suaves senos, lamiendo sus dedos con una sonrisa de satsfacción, casi burlona, como si la dedicara a su novio.

Julio tenía los ojos abiertos como platos, la boca seca, temblando de morbo, excitación, celos y adrenalina. Reconocía ese lunar en su pubis depilado —el mismo que besaba en la intimidad—. No podía esperar: se escapó al baño de la oficina, reproduciendo el video con auriculares. Escuchar los gemidos y lo que decía su novia agregaba un nuevo nivel de excitación. "Me encanta mamar tu deliciosa verga", "Ay Dios, qué rico", "Encájamela hasta el fondo", "Así, cógeme", "Cógeme duro", imploraba la mujer entre gemidos y gritos de placer. Su pene ya estaba duro como roca, latiendo en su mano mientras lo masturbaba al ritmo de la cogida de tetas y los sentones. Luego apretaba con su mano alrededor del glande, imaginando que era él quien perforaba el estrecho anito. Eyaculó chorros calientes en papel higiénico, reprimiendo un gemido. Regresó a su cubículo, sonrojado, con una mezcla de lujuria y enojo, y esperó el momento para encararla.

Al mediodía, la encontró en el pasillo vacío, cerca de la máquina de café. "Andrea, tenemos que hablar", murmuró, su voz temblorosa pero severa, arrastrándola a un cuarto de suministros desierto. Cerró la puerta, el espacio estrecho obligándolos a estar cerca: podía oler su perfume dulce, sentir el calor de su cuerpo voluptuoso presionando contra el suyo. "Vi el video. Eres tú con Eduardo, ¿verdad? Ese lunar... no mientas".

Andrea lo miró con su carita angelical, pestañeando inocente, pero sus ojos brillaban con lujuria secreta. "Ay, amor, ¿no me digas que tú también? Ya van varios que me preguntan lo mismo. ¿No crees que lo habrán sacado de internet? Muchas mujeres tienen lunares, y además una verga tan grandota... larga... y gruesa... solo podría ser de un actor porno". Se acercó más, senos suaves presionando contra él. "¿No será que te excita imaginarme con otro?". Susurró las palabras al oído, su aliento cálido haciendo que su piel se erizara, y el pene se erectara bajo el pantalón. Ella lo notó, sonriendo traviesa, y deslizó una mano por su entrepierna, apretando su verga dura a través de la tela. "Mira cómo estás, de solo pensarlo. ¿Te calienta imaginar que me cogieron anoche con esa vergota?".

Julio jadeó, celos ardiendo en su pecho, pero su cuerpo respondía: caderas empujando contra su mano. "Andrea... dime la verdad. ¿Eras tú? ¿Te lo metió... por atrás?". Ella mordió su labio inferior, fingiendo inocencia mientras lo masturbaba lento bajo los boxers, arriba y abajo, sintiendo el calor de su pene. "Mi relación con Eduardo es meramente profesional. Pero si tanto te excita... ¿qué te imaginas que sentía la mujer del video? Yo creo que primero, al chupar esa verga gruesa, sentía cómo le llenaba toda la boca, apenas le cabía, y disfrutaba de la textura venosa latiendo en sus labios, tragando profundo con dificultad por el tamaño. Y luego, con el lubricante resbalando entre sus senos, sentía el calor de la verga dura deslizándose, frotándose los pezones muy rico con cada movimiento, mientras su coñito se mojaba con anticipación, deseando tenerla adentro. Me imagino que se mojaba tanto al ver la cara de su amante excitado y gimiendo, evitando venirse. Luego cuando se le sentó encima... hmm..! qué rico habrá sentido esa vergota llenándola por completo".

Sus palabras eran un torrente de lujuria, mano acelerando el ritmo sobre su pene, pre-semen manchando la tela. Julio gemía, imaginando cada detalle como si lo viviera: "¿Y... el anal?". Andrea se arrodilló despacio en el suelo alfombrado del cuarto, desabrochando el cinturón y pantalón para liberar una verga dura que saltó como resorte. "Ah, cuando le dieron por el culo... me imagino la excitación que sentía al saberse grabada en una pose que exponía cada rincón de su cuerpo. Que sentía el lubricante viscoso untado en su anito apretado, el glande presionando lento, estirándola poco a poco, un dolorsito que rápido se convirtió en placer puro, llenándola hasta el fondo. Por la manera en que movía su cadera, yo creo que incluso disfrutó más del sexo anal que el vaginal. Y luego cuando su amante se empezó a mover... ¡uff! Cada embestida profunda la hacía temblar, su coño chorreando de placer". Envolvió sus labios alrededor del glande de su novio, succionando suave al principio, lengua girando en círculos, saboreando su pre-semen. Julio jadeaba, manos en su cabello ondulado, caderas empujando instintivamente.

Ella mamaba con pasión creciente: boca bajando profundo, garganta contrayéndose, saliva chorreando por el tronco mientras lo tragaba entero, y luego lo masturbaba mientras continuaba con su narración. "Me imagino que gritaba de placer, sintiendo cómo esa vergota la abría, el lubricante facilitando la penetración intensa, orgasmeando con cada empujón hasta que él eyaculaba chorros calientes sobre su cuerpo". Su cabeza subía y bajaba rápido junto con una mano en la base, tetas rebotando bajo su blusa con el movimiento. Julio no aguantó: "Me vengo...". Ella apretó los labios alrededor, atrapando toda la eyaculación en su boca —chorros salados y espesos llenándola—. Tragó todo con un gemido grave, tomando con el dedo la única gota que escurría hacia su barbilla, para luego lamerlo, su garganta moviéndose visiblemente.

Se levantó, labios aún húmedos y brillantes, y lo besó apasionado: lengua invadiendo su boca con sabor salado residual, semen mezclado con su saliva, un beso profundo y húmedo que lo dejó temblando. Al separarse, lo miró con picardía: "Qué imaginación tan sucia tienes, amor". Ajustó su falda con un guiño inocente y salió del cuarto, dejando a Julio solo con su confusión y excitación residual. Él se recompuso como pudo y regresó a su cubículo, el pene aún sensible bajo los pantalones.

Ese mismo día, consumido por la incertidumbre que lo carcomía desde dentro, Julio decidió investigar. Como jefe de IT, tenía acceso privilegiado a los logs de la red wifi de la oficina, incluyendo chats y correos de cada usuario, un poder que rara vez usaba pero que ahora parecía necesario.

Quiso empezar por la raíz del problema. Sospechaba que Jorge, el manager de ventas, había pedido una talla de uniforme más pequeña a propósito, quizás para exponer a Andrea ante todos. Buscó en el historial de Jorge: primero, un correo enviado a Adolfo con la lista de empleados y tallas; luego, un chat privado con Andrea que lo dejó helado.

Andrea: hola GeorgeAndrea: sobre las tallas del uniformeAndrea: ponle XS a mi falda y camisa, quiero que me queden bien pegaditas, ya sabes, para impresionar a los jefes;)Jorge: hola Andreita, segura? va a ser imposible concentrarnos en la oficina. De por sí...Andrea: jaja ay GeorgeAndrea: ese es el puntoJorge: jaja bueno, en ese caso, no puedo esperar para verte con el nuevo uniforme:$

El intercambio fluía con complicidad, confirmando que Andrea no solo sabía de la talla diminuta, sino que la había solicitado expresamente. Julio sintió un vuelco en el estómago, pero prosiguió, ahora con la intención de desenmascarar al compañero que había subido el video —quizás Sebastián o Adolfo, los más chismosos—. Analizó los paquetes de datos subidos por medio de la red wifi esa mañana, filtrando por archivos de video y comparando tamaños y duraciones con el clip pecaminoso. Su corazón se aceleró al hallar una coincidencia exacta: mismo peso en megabytes, misma longitud en minutos y segundos, subido alrededor de las 8 a.m., minutos antes de que el chat grupal explotara.

Rastreó el usuario: no era un empleado cualquiera. El IP y el dispositivo registrado apuntaban directamente a... Andrea. Su propia novia había subido el video, probablemente tomado con su celular durante esa noche "de horas extra". Julio se quedó congelado frente a la pantalla, el mundo girando en un vértigo de más preguntas que respuestas. ¿Por qué? ¿Para humillarlo? ¿Para excitarlo?

El descubrimiento lo dejó con una mezcla de traición y morbo irresistible. Debía ponerle un alto de una vez por todas, confrontarla con las pruebas... pero odiaba admitirlo: quería más.