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La hija del posadero (II)

Sabe que su mejor amiga duerme dos puertas más allá. Sabe que su esposo no debería notarlo. Y aún así esta noche ella decide no detenerse.

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Esta vez pidieron un mezcal, dulce y agresivo, servido en unos diminutos vasitos de madera. Carlos y Eunice brindaron; el ardor los hizo carraspear. Se rieron un poco de sí mismos, y ella le sonrió, intentando presionarlo para continuar la historia.

Para la Dos Aguas, tan hermosa como era, un rechazo convertía de inmediato el deseo en rencor. Ahora quería que Hipólito viniera a ella, que la deseara, que le rogase, pero no para fajar con él, sino para humillarlo. El problema era que no tenía tiempo: el chico se iría a su pueblo probablemente al día siguiente, a esperar que los resultados de su examen le llegaran por correo. Y, cuando viniera a Lagunilla, ella ya no podría verlo.

¿Por qué no? Porque la Dos Aguas jamás salía de la posada. Mira. La Dos Aguas, cuyo nombre real era Delia, era la hija más joven de Demetrio Arteaga. Sus dos hijos, que eran casi diez años mayores, se habían ido del pueblo muy jóvenes a buscar suerte. Demetrio, que era bastante posesivo, había acariciado la idea de que sus hijos administraran la posada, o de que tuvieran negocios cerca de ella. El gran fracaso de ese plan lo hizo ser más protector con la niña que, después de la educación más elemental, creció sin poder ir ni al mercado.

Fue una alegría inesperada para Demetrio ver el cariño y el trabajo que ponía Delia en la posada. No sólo consentía en hacer labores de mucama durante el día, sino que llevaba el registro y las cuentas del lugar, con buenas matemáticas y bastante prudencia. El viejo sentía que, al querer su trabajo y al querer el edificio de la posada, Delia lo estaba queriendo a él. No ignoraba lo que su hija hacía cada tanto con los estudiantes, pero sabía que era lo suficientemente dura como para dominarlos y lo suficientemente prudente como para no tener sexo con ellos, así que le concedía este pequeño espacio de libertad doméstica.

Por eso, la Dos Aguas sabía que la venganza que tanto necesitaba probablemente sería imposible. Hipólito llegó, la vio en el vestíbulo y exclamó, tomándola de las manos.

—¡Pequeña almita! Mi vida se ha decidido. Seré maestro.

—¡Qué son esas maneras, joven! —exclamó Demetrio desde el mostrador, al ver que Hipólito tomaba las manos de su hija. Había que cuidar las formas.

—Disculpe usted. Es la emoción de un joven.

—¡Pues nos alegrará mucho entonces que comparta su emoción con nosotros en la cena!

De noche, la posada servía una sopa de col y un par de rebanadas de pan remojadas en un guiso, que tenía muy poco de res. En la mesa, Hipólito le contaba a los cuatro o cinco huéspedes lo feliz que sería su vida ahora que tenía un futuro y una vocación. Demetrio, un poco aburrido de aquello, empezó a hablar con un hombre joven que había llegado esa misma tarde. Tenía una barba tupida y negra; su pelo largo, rizado y brillante contrastaba mucho con sus manos enormes y callosas. Demetrio empezó preguntándole a qué venía, con su tono bonachón de posadero

—A quedarme, a buscarme un cuartito por aquí —contestó el desconocido. —Voy a ser el aprendiz de Juan Pichardo.

—¿Juan Piedras, el de los retablos?

—Sí, señor.

—¿Y seguro que quiere quedarse en este pueblo alejado de la mano de Dios, al que solo vienen a estudiar los maestros?

—Sí, señor. Me gustó desde la primera vez que vine: yo mismo quería ser maestro, pero… qué cosas. Me distraje mucho en el examen.

Por la barba, la Dos Aguas no había podido reconocerlo antes. Hace apenas cuatro años, el aprendiz había sido su primer amante, su primer jovencito. Ahora la vida le había puesto la cara rechoncha y los brazos fuertes. La Dos Aguas se quedó apenada y pasó toda la cena mirando su sopa. Cuando por fin todos hubieron terminado y la Dos Aguas empezó a recoger los platos, el muchacho se ofreció a ayudarla. Cuando estuvieron un momento solos, camino a la cocina, el muchacho la tomó de los codos con cariño y le susurró.

—Cuánto tiempo, Dos Aguas —le dijo él, quitándose —¿Cómo has estado?

—Ha sido menos tiempo del que ha pasado por tu barba —rio ella. —He estado mal. Un muchachito acaba de humillarme.

—¿El mustio de la cena? —le preguntó. —¡Ay, Dos Aguas! No tiene caso atormentarse por un hombre como él.

Mientras estaba terminando este diálogo, el aprendiz le acercó los labios al cuello. La Dos Aguas dio un pequeño suspiro y dejó caer la cabeza sobre el hombro contrario, dejando que el aprendiz la besara. Luego, el hombre subió poco a poco hasta su oreja y la estrechó delicadamente entre sus labios, mientras con el pulgar acariciaba el mentón de la chica.

—No recordaba que fuera usted así —le dijo la Dos Aguas, casi gimiendo.

—No era así —contestó él, subiendo un poco su pulgar hasta acariciar el labio inferior de ella.

El aprendiz puso una de sus mano grandes y callosas sobre la blusa de ella, mientras la otra le acariciaba el cabello. La Dos Aguas casi podía sentir cómo esa mano se

—Ni siquiera me acuerdo de su hombre —le confesó la Dos Aguas.

—Sebastián Serrano, para lo que usted quiera —le contestó él, con una caballerosidad teatral.

Luego de esta presentación, Serrano le deseó las buenas noches y se despidió. La Dos Aguas quedó feliz y caliente. Le alegraba mucho sentirse nuevamente deseada y también le gustaba que, incluso con su nueva experiencia de hombre barbudo, Serrano siguiera respetándola. Sí, claro, le hubiera gustado hacer más. Pero ¿qué importaba? Al día siguiente iría a su habitación y entonces podrían fajar un rato. La Dos Aguas se acostó pensando en Serrano, pero, para su amargura, se durmió pensando en Hipólito.

Al día siguiente, la Dos Aguas tocó a la habitación del aprendiz.

—¿Ya está por salir, señor Serrano? —dijo del otro lado de la puerta.

Sin respuesta, la puerta del joven se abrió. Estaba en mangas de camisa, con un pantalón de vestir negro. Él mismo cerró la puerta detrás de ella y empezó a hablarle de cualquier cosa, mientras acariciaba los cabellos que se habían escapado de su trenza, y que se elevaban, rebeldes, sobre sus orejas. La Dos Aguas sintió una combinación muy extraña de vergüenza, excitación y cosquillas; llevada por este amasijo de impresiones, tuvo una grieta en su estrategia: fue retrocediendo hasta una pared.

Serrano la tomó de la cara y la besó. El beso fue largo e intenso, y dejó sin aliento a la Dos Aguas.

—¿Es demasiado? —le preguntó él, cariñosamente.

—Normalmente sí… pero no es un momento normal —contestó ella de golpe, como si no quisiera pensarlo mucho.

La Dos Aguas tomó entonces el pene de Serrano y sintió que ya estaba tan erecto como podía. Él con toda calma, quitó su mano.

—Tranquila. Ya llegaremos a eso.

Serrano empezó a besar sus clavículas, a jugar con el lóbulo de su oreja entre dos dedos. Había algo raro en su aliento. Le gustaba que la Dos Aguas lo escuchara. Le respiraba en el oído con calma y con profundidad, y ella se derretía. Él no parecía tener prisa; respiraba como si su excitación fuera la de un león perezoso.

Luego tocó el turno de la blusa. Serrano se coló debajo de la blusa de la Dos Aguas, y comenzó a pasar el dorso de su mano (que era la única parte suave de su mano, callosa y firme) por el vientre de ella. Después de estar un rato allí, la sorprendió con la rapidez con la que tomó uno de sus pechos, de golpe. Lo estrujó con cuidado, pero con firmeza, por encima del brasier. Cuando ella le estaba a punto a exigir que no maltratara su brasier, él sonrió y quitó la mano, que llevó hasta la parte superior de las copas, donde acarició la piel muy poco a poco. Luego, coló dos dedos en la copa izquierda y apretó el pezón. En un segundo los dedos ya estaban fuera, e intentaban hacer lo mismo con la otra copa.

La Dos Aguas estaba caliente y frustrada. El estilo de Serrano era muy sugestivo, pero la extraña mezcla de tranquilidad y rapidez que tenían sus movimientos no la dejaban terminar de excitarse. La dejaban queriendo más. Entonces se decidió: le soltó el cinturón y le bajó los pantalones y la ropa interior.

El pene de Serrano saltó vigorosamente. Era corto, ancho y compacto. Tenía un glande enorme; un tronco moreno y palpitante. La Dos Aguas intentó masturbarlo y, entre asombrada y coqueta, afirmó:

—Casi no me cabe en la mano.

—Oh, disculpa. Permíteme —dijo Serrano, retirándole la mano del pene,

Entonces tomó a la Dos Aguas de los hombros y la hizo girarse; el impuso una mano sobre la espalda para que se reclinara contra la pared y le levantó la falda. Cuando Serrano le acercó el pene, ella cerró las piernas y lo atrapó entre sus muslos. Él, encantado, empezó a darle arremetidas, muy espaciadas y muy fuertes, como si estuviera penetrándola. Y, de hecho, finalmente Serrano tomó su miembro y lo elevó hacia a la vagina de la Dos Aguas.

—No podrías —le dijo ella, con un tono autoritario, que intentaba esconder el miedo que empezaba a sentir.

—¿Ah, no? —contestó Serrano.

Entonces el glande de Serrano rozó apenas los labios de la chica. La cara de la Dos Aguas se rompió en un gesto de terror.

—Por favor, no —le pidió.

Inmediatamente Serrano retiró su miembro.

—No lo haría, Dos Aguas. No haré nada que no quieras. Pero no digas que no podría.

Entonces le dio la vuelta, le puso dos dedos en la vagina y empezó a masturbarla. Mientras lo hacía, la Dos Aguas cerró los ojos y se entregó a sentimientos confusos. Recordaba cómo montaba a los jovencitos por encima de la ropa. Recordaba a Hipólito. Trataba de recordar cómo había sido fajar con Serrano hacía cuatro años. Las imágenes se le confundían y empezaba a fantasear con un hombre que tenía rasgos de todas sus parejas.

La Dos Aguas sólo dejó de pensar cuando Serrano se arrodilló y empezó a besar su pubis, respirando seductoramente sobre su clítoris. Cuando lo puso entre sus labios y comenzó a lamerlo muy despacio, la chica lo miró a los ojos y por fin se dejó llevar. Así, de pie, llegó al orgasmo. Se le vencieron las piernas, y Serrano tuvo que tomarla de las nalgas para ayudarla a caer sin lastimarse.

***

—Lo que no me queda claro —dijo Eunice —es cómo es eso de que Serrano arremetía a la Dos Aguas, cuando ella tenía el miembro entre sus piernas.

—Él con las piernas extendidas; ella con las rodillas juntas —contestó Carlos.

—Suena muy impráctico. No estoy segura de que se pueda.

—Sé de buena fuente que sí.

—Tendrás que hacerme una demostración, entonces.

—¿Aquí? —preguntó Carlos, encantado con la idea.

Eunice rió.

—A lo mejor al rato. Quiero saber cómo termina esto.