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Interracialdic 2025

En el altiplano Parte 7

El miedo al embarazo la paraliza, pero el calor entre sus piernas la traiciona. Bajo la lluvia del altiplano, Isabella debe decidir si huye de su propia carne o se deja arrastrar por el instinto primitivo de un joven que no la suelta.

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Era una semana larga y sofocante en el altiplano boliviano, con el sol quemando el pueblo pobre como un castigo divino. Isabella, la española rubia de 40 años con ojos verdes y cuerpo sensual –tetotas grandes y firmes que aún desafiaban la edad, culito redondo y piel blanca que contrastaba con el polvo andino– se arrepentía amargamente de esa noche loca con Inti. "¿Qué coño hice? Ese crío indígena me folló como un animal y yo me dejé... dios, podría estar preñada. En este agujero perdido no hay ni una farmacia, ni píldoras del día después. ¿Y si llevo un chamaco moreno en la barriga? Mi marido me mata, mi vida se va a la mierda", pensaba aterrorizada mientras caminaba por las calles de adobe, evitando miradas curiosas de los vecinos. Se sentía sucia, excitada aún por el recuerdo de esa verga oscura y gruesa, pero el miedo al embarazo la consumía. "No, no puedo volver a caer. Soy una mujer casada, madura... él es solo un niño tímido, por dios".

Inti, el indígena de 18 años con piel morena y ojos negros, no dejaba de rondarla. Torpe como siempre, la seguía a la choza donde se hospedaba, trayéndole mate o frutas como excusa. "Señora Isabella... ¿cómo está hoy? Anoche fue... increíble. Quiero verte de nuevo", balbuceaba él, sonrojado, su voz temblando de nervios y deseo. Isabella lo rechazaba con frialdad: "Inti, para ya. Fue un error, un momento de debilidad. Soy mayor que tú, casada... vete a buscar chicas de tu edad. No vuelvas a acercarte". Pero por dentro, el terror la atenazaba: "Si ya estoy preñada, ¿qué más da? No, no pienses eso. Tengo que resistirme, volver a España lo antes posible".

Los días pasaban en una tensión agobiante. Isabella intentaba contactar a Javier por teléfono, pero la señal era pésima en el pueblo. Reflexionaba sola en la choza: "Ese semen indígena... espeso, caliente... podría haber fertilizado mis óvulos maduros. A mis 40, sin hijos, y ahora esto. Miedo puro, pero... una parte de mí se excita con la idea de un chamaco mestizo. No, Isabella, contrólate". Inti insistía, apareciendo al atardecer con regalos simples como una manta tejida. "Por favor, señora... solo quiero hablar. Usted es tan hermosa, tan blanca... me hace sentir cosas que nunca sentí". Ella lo echaba: "¡Basta, Inti! No entiendes, esto no puede ser. Déjame en paz".

Pero al quinto día, bajo una lluvia torrencial que convertía las calles en barro resbaladizo, Isabella salió a caminar para aclarar la mente y se topó con Inti en un sendero apartado. Él la miró con ojos suplicantes: "Señora... no puedo olvidarla. Solo un momento, por favor". Ella suspiró, cansada de resistir, el terror al embarazo mezclado con un calor traicionero entre las piernas. "Inti, esto es una locura. No deberíamos... pero bueno, solo habla, nada más". Cedió un poco, dejándolo acercarse bajo la lluvia, sus ropas empapadas pegándose a sus curvas sensuales.

Inti, temblando, extendió una mano torpe y comenzó a sobarla: primero el brazo blanco, luego subiendo a su cintura, rozando el costado de sus tetotas grandes. "Señora... su piel es tan suave... déjeme tocarla un poco". Isabella jadeó, el miedo y la excitación luchando: "Inti, no... para... oh, dios, eso se siente... no, detente". Pero no lo apartó con fuerza; se dejó hacer, su cuerpo respondiendo contra su voluntad. Él, envalentonado, metió las manos bajo su blusa mojada, sobando sus tetotas firmes con manos callosas, pellizcando los pezones rosados que se endurecían al frío y al toque. "Qué tetas tan ricas, señora... grandes y blancas... quiero probarlas".

La lluvia arreciaba, y ellos cayeron al barro resbaladizo. Inti le levantó la blusa, mamando sus tetas con avidez torpe pero apasionada: chupando un pezón con labios inexpertos, lamiendo el otro con lengua caliente, succionando como un cachorro hambriento. "Mmm... sabe a miel, señora... déjeme mamarla más". Isabella gemía bajito, resistiéndose verbalmente pero no físicamente: "Inti... no, esto está mal... ahhh... no pares... dios, me excitas tanto... pero si me preñas de nuevo...". El terror la invadía, pero el placer ganaba; se dejó hacer, tumbada en el barro, su piel blanca manchada de tierra.

Inti se bajó los pantalones empapados, sacando su verga oscura y gruesa, venuda y dura como una rama andina, goteando precum mezclado con lluvia. "Señora... voy a metérsela... déjeme preñarla otra vez". La posicionó en misionero sobre el barro, abriéndole las piernas blancas y musculosas, y la penetró lento al principio, sintiendo su concha depilada y rosada apretarlo. "Ahhh... qué apretada está... tome, señora". Bombeaba con ritmo juvenil, embistiendo profundo mientras la lluvia los empapaba, el barro chapoteando con cada movimiento. Isabella se dejaba hacer, gimiendo sin control: "Ohhh... Inti... más despacio... ahhh... sí, así... me vas a preñar, crío... dios, qué miedo... pero qué rico... mmm... no pares...". No lo abrazaba, solo gemía pasiva, su cuerpo temblando de placer y terror, imaginando su útero maduro llenándose de semilla indígena.

Inti aceleró, gruñendo: "Señora... me vengo... tome mi leche... préñese con mi chamaco moreno". Eyaculó chorros calientes y espesos dentro de ella, inundando su concha hasta que rebosaba, mezclándose con el barro y la lluvia. Isabella gimió largo: "Ahhhh... sí... me llenas... oh, dios, estoy preñada seguro ahora...". Se quedaron allí, exhaustos en el lodo, ella arrepintiéndose de nuevo pero sabiendo que el fetiche la había vencido otra vez.

Mientras tanto, Javier y Aymara seguían su aventura en La Paz, ajenos al drama racial en el pueblo, pero Isabella ya planeaba huir, aterrorizada por el posible embarazo indígena.

Fin de la parte 7.

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