Xtories

Unos vecinos influencers 24. Partido de voley

Clara pensaba que el silencio era su escudo, pero Teddy acababa de convertir su jardín en un escenario de humillación pública. Mientras el agua de la piscina se tiñe de secretos, el marido comprende que no está jugando a reconquistar a su esposa, sino siendo el testigo obligado de su propia destrucción.

LuzOscura906.1K vistas8.2· 18 votos

CAPÍTULO 24

Partido de voley

" No sé qué duele más: descubrir la infidelidad o fingir que no la ves. Porque en el primer caso se rompe la confianza, y en el segundo, se rompe uno mismo."

La noche se hizo espesa, cargada con el peso de lo no dicho. En la cama, el espacio entre el cuerpo de Clara y el mío parecía un abismo insondable. Ella respiraba con la regularidad del sueño, o de un sueño fingido, agotada por su fin de semana de farsa y limpieza. Yo miraba las sombras que el farol de la calle proyectaba en el techo, preguntándome hasta cuándo podría aguantar esta comedia macabra.

¿Estoy haciendo bien? La pregunta martilleaba mi cráneo con la fuerza de un tambor de guerra. ¿Es esto fortaleza o cobardía? ¿Estoy siguiendo el consejo lúcido y cínico de mi hijo, o simplemente me estoy escondiendo detrás de él para no enfrentar el dolor de cabeza?

Alex, con su lógica de adolescente despiadado, tenía un plan: esperar. Dejar que el fuego nuevo se consuma por sí solo, que el juguete brillante pierda su lustre. Era frío, era calculador, y en su cinismo había un tinte de sabiduría pragmática que me aferraba como un náufrago a un madero.

Pero luego estaba yo. El marido. El hombre que había visto, con sus propios ojos, cómo la mujer que amaba se transfiguraba en una extraña entregada a otro. ¿Cómo se supone que debía acostarme a su lado noche tras noche, fingir normalidad, compartir el café de la mañana, preguntarle por su día, como si no llevara grabada a fuego en la retina la imagen de su espalda arqueándose para otro?

Debería despertarla ahora mismo, pensé, un impulso salvaje recorriéndome. Agarrarla de los hombros y sacudirla hasta que los huesos crujan. Exigirle explicaciones, gritarle, hacerla llorar, arrastrar toda esta mierda a la luz para poder, al menos, respirar en medio de la podredumbre.

Pero entonces, otra voz, más quieta y cargada de culpa, se abría paso. La voz de la Clara que no era la mujer del jardín, sino la chica que se casó conmigo demasiado joven. La que cambió sus sueños de libertad por pañales y biberones porque yo quería ser padre. La que siempre estuvo ahí, firme, tirando de la familia sin una queja, apoyando cada uno de mis pasos, construyendo conmigo esta vida que ahora sentía hecha añicos.

Ella siempre dio de más. Siempre. Mientras yo construía mi carrera, ella cimentaba nuestro hogar. Nunca pidió nada para ella. Hasta ahora.

¿Y si esto es lo que necesita?, susurró la voz envenenada de la justificación. ¿Un capítulo de locura para compensar todos los años de cordura? ¿Unas cuantas noches de pasión animal para recordar que está viva, después de haberse pasado la juventud siendo madre y esposa? Si para agradecerle todo lo que ha hecho por mí, por nosotros, tengo que tragarme mi orgullo y dejar que se folle al vecino... ¿lo haría?

¿Pero qué estoy diciendo?

Un escalofrío de asco me recorrió. Eso no era gratitud, era masoquismo. Era cruzar una línea de la que no habría retorno. Permitir, consentir, incluso en la sombra de mi propia mente, la humillación más profunda. Ella pudo haber sido una santa, pero lo que hizo en el jardín no fue una aventura. Fue una ejecución. Una demolición calculada de todo lo que éramos. Y yo, aquí, cavilando si premiarla por ello.

Giré la cabeza sobre la almohada, mirando su perfil dormido. ¿Cuánto tiempo podría aguantar? Un día más. Una semana. Quizá un mes, arrastrándome por la casa como un fantasma, envenenándome con mis propios pensamientos en un bucle infinito de rabia, culpa y una lástima enfermiza que me carcomían más que el odio.

Alex tenía razón en una cosa: enfrentarla ahora, con el fuego aún ardiendo en ella, solo lograría que eligiera el fuego. Pero su plan, nuestra mentira compartida, no era una solución. Era un veneno de acción lenta. Y yo, acostado aquí, ya sentía cómo me carcomía por dentro, preguntándome no solo si podría aguantar, sino qué quedaría de mí cuando, y si, todo esto terminara. Quizá lo único que quedaría sería el eco de mi propio silencio, y el recuerdo de la mujer que una vez amé, perdido para siempre entre las sábanas de otro.

El amanecer encontró la casa en silencio, pero mi mente era un torbellino. La duda de la noche se había transformado, por pura desesperación, en una resolución febril. Si la estrategia de Alex era la de la paciencia fría, la mía sería la de la reconquista activa. No podía quedarme de brazos cruzados mientras mi vida se desmoronaba. Tenía que luchar.

Bajé antes que ellos, con la determinación de un general que planea una batalla crucial. La cocina, aún impecable de su limpieza, se convirtió en mi campo de operaciones. No sería un desayuno cualquiera. Sería una declaración de intenciones.

Para Clara, preparé un cuenco de yogur griego, sobre el que dispuse una cuidadosa simetría de arándanos azules y fresas rojas cortadas en finas láminas. Espolvoreé nueces picadas por encima, buscando el contraste de texturas. Luego, unos huevos rotos, con las yemas aún temblorosas, acompañados de medio aguacate cortado en gajos impecables. Todo sobre una vajilla blanca, minimalista. Fitness. Saludable. Cuidado. El mensaje era claro: Me preocupo por ti. Quiero que estés bien.

Para Alex, un montón de tortitas esponjosas, bañadas en sirope de arce y con un pequeño trozo de mantequilla derritiéndose en la cima. Un guiño a su lado más dulce, al niño que aún era bajo esa capa de cinismo.

Para mí, simple tostadas con aceite. El sustento del soldado que se prepara para el largo asedio.

Y en el centro de la mesa, un jarrón con unas margaritas blancas y amarillas que había cortado del jardín al salir. Un toque de vida, de normalidad, de belleza doméstica. Esto es lo que somos, pretendían decir las flores. Esto es lo que debemos salvar.

Clara bajó, aún con el rastro del sueño en los ojos, y se detuvo en seco al ver la mesa. Su mirada recorrió el despliegue, el cuenco preparado especialmente para ella, las flores.

—¿Y todo esto, cariño? —preguntó, una sonrisa de genuina sorpresa y algo que parecía gratitud asomando a sus labios.

—Lo que te mereces —dije, y sentí que la frase sonaba justa, verdadera, a pesar de la tormenta que rugía dentro de mí.

Se acercó, me dio un pico rápido en la mejilla y se sentó. El leve contacto, el gesto doméstico de siempre, me produjo una punzada de dolor y de esperanza a partes iguales.

—Te ha venido bien el viaje a Galicia —comentó, tomando una cucharada de yogur—. Has vuelto con energías renovadas.

Y a ti el fin de semana de polvazos, pensé, con una crudeza que me hizo apretar la espátula que aún sostenía. La imagen de Teddy sobre ella, de sus cuerpos sudorosos, surgió con una nitidez enfermiza. Pero me la tragué. La ahogué en el mismo instinto de supervivencia que me había hecho preparar ese desayuno.

—Como anoche estabas tan cansada —logré decir, con una voz que esperaba sonara cálida y no tensa—, pensé que este desayuno haría que cogieras fuerzas.

Ella me miró, y me sonrió. Una sonrisa que llegaba a sus ojos, cansados, pero sincera. En ese momento, bajo la luz suave de la mañana, con el aroma a café y a tortitas recién hechas, la mentira era perfecta. Yo fingía ser el marido atento que iniciaba una nueva etapa. Ella fingía ser la esposa agradecida que no tenía un amante. Y nuestro hijo, que bajó en ese momento bostezando, era el único testigo de que aquel idilio era, en realidad, el campo de minas más peligroso en el que me había adentrado.

Alex bajó arrastrando los pies, con el pelo revuelto y la mirada aún dormida. Al ver la mesa, resopló.

—Guau, ¿qué pasa, es Navidad? —dijo, desplomándose en su silla.

—Alex —le espetó Clara con un tono de leve reproche—, dale las gracias a papá.

Mi hijo me lanzó una mirada rápida, casi de complicidad, antes de encogerse de hombros y clavar el tenedor en la pila de tortitas.

—Gracias —masculló con la boca llena, y acto seguido se puso a comer como si lo hubieran liberado de una huelga de hambre, devorando la comida con una concentración animal que, en otras circunstancias, me habría hecho sonreír.

Yo me centré en Clara. "Hoy me he pedido el día para quedarme contigo", le dije, intentando que mi voz sonara relajada, como si la idea se me hubiera ocurrido en ese mismo instante. "Podemos ir de compras, o ver la tele en el sofá... Me gustaría pasar tiempo contigo."

Fue terminar la frase y ver cómo su sonrisa se congelaba. Algo en sus ojos, una sombra de incomodidad, de pánico incluso, apagó de inmediato la cálida luz de gratitud del momento anterior. Su rostro se desdibujó.

—Es que hoy... —empezó, buscando las palabras con una torpeza que delataba su nerviosismo. Jugueteó con una fresa en su cuenco, evitando mi mirada.

—¿Qué pasa hoy? —pregunté, sintiendo cómo una fría punzada de presentimiento me recorría la espalda.

—Es que... había invitado a Teddy a casa. —soltó finalmente, como si no fuera gran cosa—A que me contara que tal el viaje. Lo de Lucy, quiero decir. Me tiene preocupada.

El golpe fue sordo y profundo, un navajazo en el estómago que me dejó sin aire. ¿El idiota de Teddy otra vez en casa? ¿No había tenido suficiente con todo el fin de semana? ¿Necesitaba follársela otra vez, en mi propia casa, a plena luz del día? ¿Iba a pasar la mañana con ella mientras yo, como un idiota, había pedido el día para "reconquistarla"?

Mientras ese huracán de bilis y dolor me arrasaba por dentro, mi boca, entrenada ya en la farsa, se movió con una calma espeluznante.

—Ah, ¿qué ha vuelto de Galicia?—dije, como si solo me interesara el dato geográfico

—Si ayer le escribí preguntando por Lucy. —Clara asintió, demasiado rápido. —Sí, hizo una mención. Pero me dijo que me lo contaría mejor hoy. Así que... en cuanto pueda, vendrá.

Yo algo molesto, pero intentando que no se me note —¿Y cuándo me lo ibas a contar?

Ella frunció el ceño, como si mi pregunta fuera absurda. —¿Contar el qué? Si es que simplemente va a venir a contarme eso. No es nada para contar. No lo veo así.

—Solo es para saber que iba a venir, nada más —repliqué, y supe que mi tono había perdido un grado de calor.

El desayuno estaba oficialmente jodido. El resto de la comida transcurrió en una conversación forzada sobre trivialidades, con Clara lanzando miradas furtivas al reloj y yo masticando mis tostadas con la textura de serrín. Cada minuto fue una eternidad, un suplicio en el que cada risa falsa de Clara me sonaba como los gemidos que recordaba demasiado bien.

Hasta que, por fin, sonó el timbre de casa.

El sonido, agudo e invasivo, cortó la frágil burbuja de normalidad como un cristal. Clara se sobresaltó, y una sonrisa nerviosa, expectante, iluminó su rostro de inmediato. Una sonrisa que no me había dirigido a mí en toda la mañana.

—¡Es él! —anunció, levantándose de un salto y arreglándose la camiseta sin ser consciente del gesto.

Yo me quedé sentado, con el último trozo de tostada convertido en una masa seca e imposible de tragar en mi boca. La batalla de la reconquista acababa de sufrir un bombardeo devastador. Y el enemigo no solo estaba a las puertas, sino que mi mujer le estaba abriendo, con una sonrisa en los labios.

Cuando la puerta se cerró tras Clara, dejándome solo con Alex, el aire se espesó de inmediato. Mi hijo seguía sentado, empujando los restos del sirope en el plato con una sonrisa burlona.

—¿Tú no tienes clase hoy? —le pregunté, con un deje de incredulidad.

Alex soltó una risa baja, casi un bufido. —Prefiero quedarme en casa hoy. Déjame, solo por hoy, papá —dijo, y su mirada se volvió intensa, significativa—. Por nuestro secreto.

Suspiré. Era innegable. Tenía a mi único aliado en esta guerra absurda. —Bueno, solo por hoy. Ya no te puedes escapar más.

—Total —añadió Alex con un cinismo que helaba la sangre—, mamá ni se va a acordar de que hoy tengo clase. Cuando ve a Teddy se le olvida hasta su nombre.

Me miró, y por primera vez desde que empezó todo, vi un destello de lealtad, de esa complicidad que trasciende incluso la crudeza de sus palabras. —Tienes razón. Como siempre, joder. Tienes razón.

Además, con Alex aquí, le estaban jodiendo el polvo a Teddy. O al menos, eso me repetía a mí mismo para no salir corriendo.

La puerta del salón se abrió y aparecieron ellos. Sonrientes. Demasiado sonrientes. Y con Teddy teniendo la mano posada en la cintura de Clara, con una familiaridad que me hizo apretar los puños bajo la mesa. Era una posesión, un recordatorio mudo de lo que había ocurrido aquí mientras yo no estaba.

—¡Chicos! —anunció Teddy con su vozarrón de falso entusiasta—. Si nos echamos un partidito de voley en la piscina. Clara dice que por ella perfecto. ¿Qué os parece?

—Genial —saltó Alex de inmediato, levantándose—. Suena perfecto. Además, yo ya bajaba con el bañador puesto.

Me fijé entonces en que Teddy, que había entrado en mi casa como Pedro por su casa, también llevaba un bañador y una camiseta hawaiana. Lo tenía todo planeado.

—Perfecto, campeón —le dijo Teddy a mi hijo, y se chocaron los cinco con una naturalidad que me revolvió el estómago.

Todos me miraron. Yo no tenía ni pizca de ilusión, pero no iba a ser el aguafiestas. No delante de ella. No cuando tenía que reconquistarla. Forcé una sonrisa que me dolió en los músculos de la cara.

—Por supuesto que habrá partido —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Y voy a reventarte, Teddy.

Él soltó una carcajada, demasiado alta, demasiado confiada. —Eso banquero, habrá que verlo.

Clara se rió, una risa nerviosa, y se dirigió hacia las escaleras. —Bueno, os dejo. Voy a ponerme un bikini.

—Oye, Clara —la llamó Teddy con una sonrisa pícara y un tono de falsa advertencia—. No te pongas esos tangas que sueles usar, ¿eh? Y esos sujetadores de talla más pequeña que te sacan las tetas... hacen que nos despistemos y eso es trampa.

Clara se rió, una risa genuina, cómplice y siguió subiendo las escaleras. —Serás imbécil.

—¡Sí, sí! —insistió él, dirigiéndose ahora a nosotros como si compartiera un chiste—. Pero te conozco, y siempre haces trampas.

Me quedé mirando cómo Alex se reía, cómo Teddy se pavoneaba, y cómo el eco de la intimidad que acababa de revelar se colaba en cada rincón de mi casa. El partido de vóley no era un juego. Era la siguiente ronda. Y yo, con mi bañador puesto y el corazón envenenado, iba a jugármelo todo. O al menos, a fingir que lo hacía, con la esperanza de que Clara, en algún momento, volviera a ver en mí al hombre con el que se casó, y no al banquero al que su amante estaba a punto de "reventar" en la piscina.

Salimos los tres al jardín, el sol de la mañana calentando ya la losa de la terraza. Mientras Clara se ponía el bikini arriba, una ansiedad sorda me corroía por dentro. Estaba seguro, tan seguro como lo estaba Teddy, de que se pondría ese bikini negro minúsculo, el de tanga, ese que parecía más un hilo que una prenda. Y tenía miedo. Miedo de verla, de que todos la viéramos, de que en un salto o un movimiento brusco algo se desprendiera y la imagen se me grabara aún más hondo, si cabía, en el cerebro.

Mientras tensábamos la red y buscábamos la pelota de playa en el cobertizo, intenté romper el hielo envenenado que nos envolvía. —Y bien, Teddy, ¿qué tal el finde con Lucy? —pregunté, con un tono que pretendía ser de camaradería, ansioso por escuchar la mentira salir de su boca con todos sus detalles ridículos.

—Bien —me contestó él, de forma fría, sin apenas mirarme, concentrado en anudar un cabo de la red—. Entró en razón, al final. Parece que nos estamos entendiendo. Necesitamos un poco más de tiempo, pero vamos por el buen camino.

Menuda mentira, pensé, observando su nuca. Estuviste follándotela a mi mujer todo el fin de semana y ahora me sueltas esta mierda de telenovela. Pero yo, el tonto, el cornudo consciente, seguí el juego.

—Me alegro —dije, y las palabras sabían a ceniza.

Fue entonces cuando Clara apareció.

Y era, efectivamente, el bikini negro. Un tanga que dejaba al descubierto la curva perfecta de sus caderas. La parte de arriba, dos triángulos de tela que sujetaban un pecho firme y espléndido, que siempre había sido mi obsesión y mi gozo. Estaba impresionante. Un espectáculo de carne y sensualidad que me dejó sin aliento y, al mismo tiempo, me llenó de una rabia impotente. Era para Teddy. Todo eso era para él.

—¿Emparejados? —preguntó Clara, con una sonrisa pícara.

—Hemos hecho un sorteo —declaró Teddy, adelantándose y metiendo la mano en un bol donde supuestamente habían escrito los nombres—. Y te ha tocado compañera mía. Padre e hijo, contra vecino y vecina.

Ambos se rieron. Una risa cómplice, cargada de una confianza que me excluía por completo.

—¡Qué mala suerte tengo! —se quejó Clara, en un falso dramatismo.

—Anda, mala suerte, yo que me ha tocado la peor —bromeó Teddy, y luego, bajando la voz en un tono que pretendía ser seductor pero que sonó a grosería, añadió—: Eso sí, el factor despiste, sí que lo vas a dar tú.

Y dicho esto, con una naturalidad que me dejó paralizado, le soltó una palmadita en el culo. Un gesto rápido, posesivo, íntimo.

—Pero ¿serás capullo? —dijo ella, riendo, y salió detrás de él para darle un tortazo juguetón en el brazo.

Yo me quedé allí plantado, con la pelota en la mano, con la cara de panoli más grande del mundo, viendo cómo un tipo le tocaba el culo a mi mujer en mi jardín, delante de mi hijo, y no hacía nada. Absolutamente nada. Solo sonreír, como un idiota, mientras por dentro cada célula gritaba y se retorcía de humillación. El partido aún no había empezado, y yo ya estaba perdiendo por goleada.

La escena era de una tensión insoportable, disfrazada de juego veraniego. El sol brillaba sobre el agua de la piscina, pero a mí me helaba la sangre. Cada risa de Clara, cada mirada cómplice que cruzaba con Teddy, era un recordatorio de la traición que se cocía a fuego lento en mi propia casa.

En una de esas carreras falsas, de esas que simulan persecución pero que no son más que un pretexto para el roce, Teddy se giró con una agilidad insultante. En vez de ser el perseguido, se convirtió en el perseguidor. Con una risa burlona, cerró sus brazos alrededor de la cintura de Clara y, sin mediar palabra, se tiró con ella a la piscina.

El salto fue un caos de agua blanca y espuma que nos salpicó a Alex y a mí, que estábamos en el borde. Durante un par de segundos que se me hicieron eternos, la superficie del agua fue un hervidero impenetrable. No vi nada concreto, pero mi mente, envenenada, proyectó todo tipo de imágenes: manos que se deslizaban por debajo del agua, cuerpos que se buscaban en la turbulencia, piernas que se enredaban. Estaba seguro, con una certeza que me nauseaba, de que bajo esa cortina líquida estaban ocurriendo tocamientos, miradas, sonrisas ahogadas que me excluían por completo.

Cuando el agua volvió a su tranquilidad, emergieron los dos. Clara jadeando, con el pelo pegado al rostro y una sonrisa amplia, genuina, de la que yo ya no era capaz de provocar. Teddy, junto a ella, gritó con ese tono de falso entusiasmo que tanto odiaba:

—¡Venga, padre e hijo! ¡Tirarse que empecemos el partido!

Su voz sonó estridente, un desafío disfrazado de invitación. Allí estaban, empapados y jadeantes, dueños y señores del juego, de la piscina, de la situación. Y yo, con el corazón latiéndome con furia en el pecho, tenía que fingir que todo era diversión, que no acababa de ver cómo el hombre que se había follado a mi mujer la agarraba y se la llevaba al agua como si fuera suya. Tomé aire, un aire que me ardía en los pulmones, y preparé mi mejor sonrisa falsa. El partido, al fin, iba a comenzar. Y yo iba a jugar a ganar, o al menos, a hacer que cada remate mío fuera un golpe sordo contra la cabeza de ese cabrón.

El partido comenzó con una energía tensa y falsamente cordial. El sol reverberaba en la superficie del agua, creando destellos cegadores. Nos distribuimos: Alex y yo en un lado, Teddy y Clara en el otro. La red, una frontera simbólica que separaba mi mundo destrozado del suyo de placer culpable.

El primer saque lo tomé yo. La pelota, amarilla y brillante, salió de mis manos con una fuerza contenida que la envió directa al fondo de su campo. Teddy, sorprendido, logró devolverla con un golpe de antebrazos torpe pero efectivo. Alex, ágil como un felino, se lanzó hacia delante y con un toque suave de yemas de los dedos, la colocó justo donde Clara no podía llegar.

—¡Eso es, hijo! —grité, y el elogio sonó a auténtico, un destello de orgullo en medio del caos.

—¡Bien jugado, campeón! —añadió Teddy desde el otro lado, con una sonrisa forzada.

Ellos empataron rápidamente. Teddy, a pesar de su actitud de gamberro, tenía un físico envidiable y un salto potente. Remachó un balón que Alex no pudo bloquear. El agua salpicó al recibir el punto.

—¡Ufff, menudo paquete, Teddy! —gritó Clara, riendo, después de que su compañero cerrara un punto con un remate cruzado imposible.

La frase, inocente en otro contexto, me golpeó como un puño. Paquete. Mi mente, de inmediato, viajó al bikini negro, a lo que ese "paquete" había estado haciendo todo el fin de semana. Alex me lanzó una mirada rápida, casi de advertencia, y me concentré en el siguiente punto.

El marcador ficticio en nuestras cabezas iba alternándose. Ganábamos un punto con un buen trabajo en equipo entre Alex y yo, luego ellos lo recuperaban con la química, a veces torpe, a veces sincronizada, que habían desarrollado. En una jugada, Clara hizo una finta, fingió rematar y en el último segundo dio un toque suave que se me escapó entre los dedos.

—¡Muy buena, Clara! —la felicitó Teddy, y le dio una palmada en el hombro. Su mano se quedó allí un segundo más de lo necesario.

—¡Eso es trampa, mamá! —protestó Alex, pero con una sonrisa, manteniendo la farsa de la normalidad.

—¡Estrategia, hijo! —replicó ella, orgullosa, y su mirada brilló con un triunfo que no me estaba dirigido a mí.

Yo remaché el siguiente punto con una furia contenida que hizo que la pelota saliera despedida como un proyectil. Teddy ni siquiera intentó bloquearla.

—¡Toma! —soltó, sin poder evitarlo.

—¡Vaya disparo, banquero! —reconoció Teddy, secándose el agua de la cara, pero con los ojos desafiándome—. ¡A ver si repites!

Y así continuó el partido. Una montaña rusa de puntos, de salpicaduras, de comentarios que en la superficie eran de juego limpio pero que por debajo estaban cargados de dobles sentidos y de toda la porquería que habíamos visto y callado. Cada sonrisa de Clara a Teddy era un cuchillo. Cada palmada de Teddy a Clara, un recordatorio. Y cada mirada de complicidad con mi hijo, el único cable a tierra que me mantenía cuerdo en medio de aquel grotesco espectáculo veraniego. Jugábamos al vóley, pero la partida real, la que decidiría el futuro de mi familia, se libraba bajo el agua clorada, en los espacios entre puntos, en el silencio ensordecedor de todo lo que no se decía.

El partido transcurría en su burbuja de falsa normalidad. El sol, el cloro, los gritos de "¡mía!", las risas forzadas. Todo era una capa delgada de hielo sobre un abismo. Hasta que ocurrió.

Clara se preparó para rematar un balón alto que Alex le había enviado. Yo, en la red, seguí su movimiento, listo para el bloqueo. Ella saltó, su cuerpo se arqueó en el aire, una silueta perfecta y letal contra el cielo azul. Y entonces, justo en el momento del impacto, sucedió.

Sus ojos, que habían estado fijos en la pelota, se desviaron hacia nosotros. Hacia mí. Y en ellos no había concentración, sino un velo de placer bruto. Su boca se entreabrió y de ella escapó un gemido. No un grito de esfuerzo, no. Era un gemido corto, gutural, inconfundiblemente sexual, el mismo que había atravesado la ventana del salón. Un sonido que me heló la sangre al instante. Al mismo tiempo, puso los ojos en blanco, una expresión de éxtasis que no tenía nada que ver con un juego de piscina.

El tiempo se distorsionó. Todo se ralentizó hasta la náusea. Vi cómo Alex, a mi lado, se estiraba desesperadamente para llegar al balón, su cuerpo en suspensión, ajeno al cataclismo que se desarrollaba frente a nosotros. Y entonces, mi mirada, guiada por un instinto visceral, bajó. Detrás de Clara, semisumergido, estaba Teddy. Su cuerpo estaba pegado al de ella, su rostro era una máscara de concentración lúbrica. Y por la posición, por el modo en que sus caderas se fundían con las de ella bajo el agua turbia, por el gemido que acababa de escupir mi mujer, no había duda.

Le estaba metiendo la polla en el coño. Ahí mismo. En la piscina. Delante de su hijo y de su marido.

El mundo se había reducido a ese rincón de la piscina. El gemido de Clara aún colgaba en el aire húmedo, un fantasma de placer que lo ensuciaba todo. Y Teddy no se detuvo.

Mientras Alex, confundido, nadaba hacia la pelota que había caído cerca de ellos, Teddy continuó. No era una penetración completa, frenética, sino algo mucho más obsceno por su lentitud y su descaro. Bajo el agua que se rizaba a su alrededor, sus caderas se mecían en un movimiento sutil, pero inconfundible. Un mete-saca lento y profundo, aprovechando la posición, aprovechando la distracción, follándose a mi mujer delante de mis ojos.

Alex, sin comprender la totalidad del cuadro, pero sintiendo la electricidad enfermiza del momento, tocó la pelota y la lanzó débilmente hacia el campo de ellos. La pelota cayó a un metro de Clara, chapoteando sin importancia.

Pero Clara no miraba la pelota. Me miraba a mí. Sus ojos, vidriosos por el placer, se clavaban en los míos. No había vergüenza, ni arrepentimiento. Había un desafío. Una expresión de zorra satisfecha que parecía decir: "Mírame. Mira cómo me folla este tío. Mira cómo me hace sentir algo que tú nunca pudiste."

Y entonces, Teddy, envalentonado por su mirada, por mi parálisis, puso sus manos en las caderas de Clara, hundiendo los dedos en la carne por encima del tanga negro. Y aumentó el ritmo. El movimiento bajo el agua se volvió más brusco, más urgente. El agua comenzó a salpicar con fuerza alrededor de sus cuerpos entrelazados. Las tetas de Clara, contenidas a duras penas por el bikini, se sacudían con cada embestida, a punto de liberarse por completo. Su respiración se convirtió en jadeos cortos, y sus ojos no se apartaban de los míos, desafiándome, humillándome con cada espasmo de placer que recorría su cuerpo.

Y entonces, volvió a gemir. Un sonido más largo, más gutural, que se escapó de su garganta y se mezcló con el chapoteo del agua y el zumbido de sangre en mis oídos. Fue un gemido de entrega total, de orgasmo, aquí, en nuestra piscina, delante de su hijo.

Justo en ese momento, la pelota, ignorada, tocó el borde de la piscina y quedó flotando, testimonio mudo del juego que todos habíamos abandonado.

Yo esperaba el clímax final, que Teddy la empotrara contra el borde y acabara de una vez con la última brizna de mi dignidad. Pero entonces, algo cambió en Clara. Su expresión de éxtasis se quebró. Quizá fue la mirada de horror congelado de Alex, que finalmente lo había entendido todo. Quizá fue ver mi rostro, no ya de rabia, sino de un dolor tan profundo que debió de traspasar incluso su embriaguez de lujuria.

De repente, se giró bruscamente y empujó a Teddy con ambas manos en el pecho.

—¿Qué haces, imbécil? —le espetó, su voz un chillido estridente cargado de algo que podía ser pánico o rabia.

Teddy, sorprendido, se dejó empujar, resbalando en el agua.

Ella no dijo nada más. No me miró a mí, no miró a Alex. Con el rostro congestionado, salió de la piscina de un salto y, agarrándose el pecho que casi se le escapaba del bikini, echó a correr hacia la casa, dejando un reguero de agua y de silencio a su paso.

El hechizo se rompió. Teddy se quedó en el agua, jadeando, con una sonrisa tonta y confusa. Alex y yo, inmóviles, lo mirábamos desde nuestro lado de la piscina. El partido había terminado. Y lo que había quedado al descubierto era tan monstruoso que ni siquiera la rabia podía ya contenerlo. Solo quedaba el vacío, el frío, y la imagen imborrable de los ojos de Clara desafiándome mientras otro hombre la poseía.

La escena era surrealista, degradante. Teddy salió del agua con una calma obscena, subiéndose a la orilla de la piscina como si fuera el dueño de la finca. Y allí estaba, empalmado, la marca de su erección claramente visible a través del bañador mojado que se le pegaba al cuerpo. Un monumento a mi humillación.

—Joder, me he quedado a medias —resopló, con un tono de queja frívola, como si hubiéramos interrumpido una partida de cartas—. Al final la muy puta me ha dejado a medias.

Algo en mí se rompió. La última cuerda que sujetaba mi cordura se soltó de cuajo. El agua me llegaba al pecho, pero la rabia me elevó, haciéndome salir de la piscina en dos zancadas, plantándome frente a él. El cuerpo me temblaba, pero no de frío.

—¿Tú estás enfermo? —le escupí, la voz ronca, cargada de un odio puro que sabía a metal y bilis—. ¿Cómo te atreves a follártela delante de mí? ¡¿Delante de mi hijo?!

Teddy no retrocedió. Al contrario, una sonrisa cínica y tranquila se extendió por su rostro. Me miró con desprecio, como si yo fuera el desquiciado, el que no entendía las reglas de un juego que él había escrito.

—Porque es lo que siempre has querido, banquero —dijo, su voz un hilacho venenoso—. Siempre. Lo has querido y no te has atrevido. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la casa, hacia donde había huido Clara—. Y ella también. Ella también ha querido verte mirar. Ver cómo la miras mientras un hombre de verdad se la folla. Es parte del juego para ella. La hace sentir... viva.

Cada palabra era un puñal. Porque en su retorcida lógica, en el pozo negro de mi propia morbosidad pasada, encontraba un eco de verdad. Un eco que me hacía sentir aún más sucio, más cómplice.

—Si tantas ganas tienes de follártela —continuó él, desafiante, abriendo los brazos—, sube y fóllatela ahora. Aprovecha el cabreo. A lo que está cachonda. A ver si eres hombre.

La tentación, brutal y enfermiza, me atravesó. Subir, agarrarla, reclamarla a la fuerza, marcar mi territorio como un animal. Pero antes de que pudiera responder, o de que mi cuerpo reaccionara, Teddy negó con la cabeza, como leyendo mi mente.

—No. No es el momento —dijo, con una frialdad calculadora que me heló—. Ahora mismo está cabreada y cachonda. Quiero dejarla con las ganas. Quiero que hierva en su propia calentura. Ella sola volverá. Ella sola vendrá a pedir polla. Y se la daré. Subir ahora es un error. Es de principiantes.

Me quedé mirándolo, boquiabierto, la rabia dando paso a un asco infinito. No solo era un cabrón. Era un estratega. Un manipulador que conocía los hilos de mi mujer mejor que yo. Y lo peor es que sabía que tenía razón. Clara, en su estado, no me recibiría con los brazos abiertos. Volvería a Teddy. Él lo sabía. Y yo también.

La escena alcanzó un nuevo nivel de degradación, una obscenidad que traspasaba cualquier límite imaginable. Antes de girarse para irse, Teddy se detuvo. Con una sonrisa burlona y retorcida, se pasó la mano lentamente por la todavía prominente erección. Luego, con una deliberación que buscaba ser repulsiva, se llevó los dedos a la boca y los chupó, cerrando los ojos un instante en un falso éxtasis.

—Mmmm... —hizo, exagerando el sonido—. Sabe a flujo de Clara. A tu mujer, banquero. —Su mirada, cargada de un desafío vomitivo, se posó primero en mí y luego en Alex, que seguía en el agua, pálido y paralizado—. ¿Queréis probar?

Volvió a pasar la mano por su polla, embadurnándosela con el mismo fluido imaginario —o no—y nos la ofreció, extendiendo la mano hacia nosotros como si fuera un manjar. Era una provocación tan brutal, tan calculada para hundirnos en la miseria, que ni siquiera la rabia podía florecer. Solo quedaba un asco infinito, una incredulidad absoluta.

—Bueno, vosotros os lo perdéis —concluyó, con un encogimiento de hombros, al ver nuestra inmovilidad.

Y entonces, el muy cabrón, lo hizo. Allí mismo, de pie en el borde de mi piscina, bajo el sol de la mañana, se agarró la polla con una mano y comenzó a masturbarse. Su mirada no se despegaba de nosotros, de nuestros rostros congelados en un estupor horrorizado. Éramos dos voyeurs forzados, dos espectadores atrapados en la pesadilla más sórdida. Los movimientos de su mano eran rápidos, expertos, un acto de supremo dominio y humillación. No duró mucho. Con un gruñido ronco, se corrió, y un chorro blanco salpicó el agua clorada de la piscina, a pocos centímetros de donde estábamos nosotros, mezclándose simbólicamente con la esencia de Clara que él pretendía haber saboreado.

Sin inmutarse, metió la polla ya flácida en el agua para limpiársela, y luego nos miró de nuevo, con una sonrisa cínica y triunfal.

—Si queréis contarle lo que acaba de pasar... a Clara —dijo, y su tono era juguetón, malvado—, seguro que le pone cachonda. Le encanta saber que la deseamos hasta este punto.

—¡Nos vemos! —gritó, con un gesto despreocupado, y acto seguido, salió por la puerta del jardín hacia su casa, silbando, como si acabara de tener una mañana perfectamente normal.

Alex y yo nos quedamos solos en la piscina. El agua, que antes era refrescante, ahora se sentía sucia, contaminada. Flotaba en el aire un silencio espeso, cargado de la imagen de lo que acabábamos de presenciar. No eran solo cuernos. Era una violación de todo lo sagrado, un espectáculo de poder y perversión del que habíamos sido testigos forzosos. Yo miraba la mancha blanca que se diluía lentamente en el agua, y supe que, por mucho que intentara reconquistar a Clara, esta imagen, este último acto de Teddy, se quedaría para siempre entre nosotros, envenenando cada respiro, cada mirada, cada intento de normalidad. La guerra no solo se había redefinido. Había descendido a los infiernos.

Continuará…