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El Hombre Moderno: 5.- La Prometida Parte 1

Miguel no pudo cumplir su deber como hombre, pero encontró una salida inesperada: permitir que su prometida se acostara con otros. Ahora, cada video que recibe es una droga que lo adormece y lo excita a partes iguales, mientras él observa desde la sombra cómo ella goza con otros brazos.

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El graduarme de la universidad era un logro que no muchos podrían presumir. Cuando comenzamos el primer semestre de nuestra carrera, éramos casi cincuenta estudiantes, todos con el mismo sueño y el mismo objetivo. Pero al final, solo veinticuatro logramos llegar a la meta, y sí, Alberto Cortés también logró graduarse.

Renata también se graduó, con uno de los promedios más altos de su generación. Yo me sentía orgulloso, lo único mejor que lograr uno de tus sueños, es ver como tu alma gemela logra lo mismo al mismo tiempo.

Es muy difícil para mí reconocer cuando me equivoco, porque no siempre es evidente, y porque realmente, mi naturaleza masculina y obstinada me lo hace más difícil. Nadie quiere tragarse sus palabras, porque es algo humillante, aun si aprendemos algo al final. Alberto, creo yo, se convirtió en lo más cercano que tuve a un amigo en esos años de universidad. Pude ver más allá de su arrogancia y extrema confianza, pude presenciar sus debilidades y limitaciones, ya saben, todos esos defectos que nos hacen humanos, y al final fue lo que me hizo dar cuenta que este tipo era más que un neanderthal. Yo cumplí con mi parte del trato, y él hizo lo mismo: Nadie me fastidió durante la universidad, y yo me aseguré que terminara la carrera. Quizás no como alguien con un promedio alto, pero como alguien que estaba más que listo para enfrentarse a la vida.

Él no dejó de verse con Renata tampoco, incluso, un día antes de nuestra graduación, ellos se vieron y, como era costumbre, Alberto grabó el encuentro. El video me lo envió una hora después de que el encuentro terminase.

Como lo comenté anteriormente, un día después de nuestra graduación, yo le pedí a Renata que se casara conmigo. No tenía una fecha en mente, tampoco ella, pero habíamos trabajado tan duro y nos habíamos esforzado tanto, que pienso que ambos nos merecíamos un futuro juntos, complementándonos el uno al otro. Renata se emocionó, lloramos juntos, y aceptó ser mi esposa.

Claro que a mi familia no le importó poco o mucho lo que pasaban conmigo, creo que mi madre fue la única persona que expresó curiosidad al respecto. Y era entendible, fui hijo único, y más mujeres virtuosas siempre sienten esa conexión íntima con sus hijos, pero en cuando le dije los detalles, mi madre simplemente asintió y regresó a sus cosas. La familia de Renata, sin embargo, tuvo una reacción muy diferente. La madre de Renata se emocionó, gritaron juntas, y comenzaron a planear mil y una cosas para un futuro para el cual no existía una fecha. Gerardo, su padrastro, se mostró escéptico al principio. Aunque ya me conocía, él tenía dudas de que yo tuviera lo que se necesitaba para formar una familia con Renata.

Hasta cierto punto, reconozco que las preocupaciones de Gerardo eran válidas, pero también reconozco que con quien Renata deseé formar una familia no es asunto suyo. Después de todo, la decisión de una mujer como Renata no debía ser ni confrontada, ni mucho menos cuestionada, sobre todo, por personas que no tenían derecho a decidir sobre alguien más.

Sin embargo, me decidí a probarle a Gerardo que se equivocaba, y decidí que lo haría con creces. No sería sencillo y me tomaría algo de tiempo y mucho esfuerzo, pero esas dudas en la mente del padrastro de Renata serían mi impulso y mi motivación.

No me costó conseguir un buen trabajo en una empresa en expansión, y al mismo tiempo, comencé a consultar mis opciones para estudiar mi primera Maestría. A Renata no le haría falta nada, esa era una promesa que yo me había hecho a mí mismo. Por su cuenta, Renata comenzó a hacerse de una cartera de clientes amplia y variada, al ser una nutrióloga enfocada en el ámbito deportivo, no fue difícil que requirieran sus servicios en clubes deportivos.

Todo iba tan bien, que hasta a Alberto le comenzó a ir bien, también consiguió un empleo en la misma empresa en la que yo estaba trabajando, no exactamente en el mismo departamento, pero nos veíamos a diario. Su presencia ya no me disgustaba, e incluso parecía tener cierta familiaridad y compañerismo conmigo, lo cual debe haberle resultado extraño al resto de los empleados, ya que siempre mantuve mi discreción y distancia.

Como era costumbre, Alberto fue un éxito inmediato con las chicas. El era en sí, un rompecorazones. No es una actitud con la que estoy de acuerdo, pero tampoco iba a juzgarlo. A pesar de habernos ayudado mutuamente en la universidad, era obvio que teníamos diferentes talentos y habilidades. Alberto no pasaba una semana solo, siempre era una chica de contabilidad, o alguien de sistemas. Afortunadamente, él siempre fue inteligente en mantener sus relaciones discretas. También fue afortunado al encontrar chicas que estaban más que dispuestas a mantener ese aire de discreción. Después de todo, tener una relación con alguien dentro de la empresa era mal visto, y en algunas ocasiones, era motivo suficiente para una suspensión temporal, o un despido definitivo.

Yo nunca lo acusé, ni intenté sabotearlo de ninguna manera. A pesar de que no estuviésemos en el mismo departamento, Alberto nunca dejó de ofrecerme su ayuda, ni de darme la mano en las raras ocasiones en las que sí necesité de él. Supongo que eso nos ponía parejos en cierto modo.

Justo antes de comenzar a estudiar mi primera maestría, me mudé a mi primera casa. Era rentada, pero en un buen vecindario, ya saben: Coto residencial, seguridad privada, buenos vecinos también. Renata y yo nos veíamos tan seguido, que le pedí que se mudara conmigo. Podríamos ayudarnos, y practicar para nuestro futuro también. Después de todo, mi madre siempre le solía decir a sus sobrinas “Si te quieres casar con Manuel, primero múdate con él”, era una muestra más de la sabiduría de las madres, no tengo idea de dónde sacó ese dicho, ni que tan popular era, pero siempre lo decía. Y ahora, para sorpresa de propios y extraños, yo estaba por comprobar si la sabiduría en esas palabras era válida o no.

Renata tardó un par de días en mudarse conmigo, y lo primero que hizo cuando la última caja con su nombré llegó a nuestra recámara, fue comenzar a redecorar la casa. Cierto, yo había invertido algo de tiempo y dinero en la pintura y las decoraciones, pero Renata tenía mucho más conocimiento en el área que yo, y además, si de todas formas íbamos a casarnos, era mejor que viviéramos en un hogar en el cual tanto ella como yo nos sintiéramos cómodos.

Mi primer día de maestría se acercaba, y yo ya tenía planeado como distribuir mi tiempo: En las mañanas trabajaría, y en las tardes, y parte de las noches, estudiaría. Eso por lo menos era el arreglo que tenía planeado de lunes a viernes, los fines de semana estarían dedicados por completo a mi prometida. Renata accedió y con su cartera de clientes, no había un día en el que no estuviese ocupada.

Por supuesto, el optimismo y la felicidad no duraron mucho. Combinar una maestría con mi empleo estando tan joven ocasionó mucha más tensión de la que yo esperaba, eso sin mencionar el tratar de incluir nuestra vida de pareja en la ecuación. Renata estaba, obviamente, mucho más acostumbrada a lidiar con ese tipo de situación que yo. No era cansancio físico lo que sentía, sino mental. Creo que el punto de quiebre llegó al primer mes, Renata y yo habíamos salido a cenar y a ver una película. Cuando regresamos a casa, Renata se sintió apasionada y con el ánimo de tener sexo. Subimos a nuestra recámara y ahí fue donde comenzó el desastre.

Simplemente, no pude cumplir con lo que la sociedad llama “Deber de hombre”, no importa cuanto Renata acarició, tocó, y besó, no pude reaccionar como ella lo hubiera querido. Esto era muy serio, yo estaba demasiado joven como para comenzar con problemas de ese tipo, pero debo admitir que yo no era capaz de separar mis responsabilidades laborales y educativas de mi tiempo en familia. Estaba tensionado, e incluso malhumorado. Renata había hecho la observación, con justa razón, que nos hacía falta un vehículo. No importa lo limpio y puntual que era el transporte público, no podíamos depender de él para siempre. Tenía el ojo puesto en un vehículo, una de esas camionetas de cuatro puertas, con todos los lujos y prestigio, de lo que no estaba seguro, sin embargo, era de poder cubrir las mensualidades con la carga de trabajo que tenía.

Renata trató de consolarme, diciéndome que considerando las presionas a las que estaba sujeto, eso era normal, que no me preocupara, que ya habrá otra oportunidad. Sonaba como si me tuviera lástima, y eso era lo último que yo quería. Convertí lo que debió ser una sesión de amor pasional y carnal en una plática seria. Solo porque yo no podía satisfacer a mi prometida, no significaba que ella debería sufrir por ello. Estoy muy consciente de todo lo que ella había hecho con Alberto cuando estábamos en la universidad. También sospechaba que Alberto no era el único, en pocas palabras, yo sabía que mi prometida se involucraba con personas que eran discretas, y que no destruirían su vida, o su carrera. Pero, ¿Cómo decírselo? No tenía derecho a pedirle que dejara de hacer algo simplemente porque yo no me sentía seguro o cómodo, yo solo necesitaba expresarle que yo era una persona lo suficientemente abierta como para que ella disfrutara a plenitud, lo único que yo necesitaba era ser parte de su vida.

Finalmente, tomé sus manos y la miré a los ojos. “Renata…” Ella me sonrió, acariciando mis dedos. “¿Sí, Migue? ¿Qué pasó?” Respiré lento y profundo. “Yo… No quiero que tú te limites solo porque estoy pasando por… Dificultades” Ella frunció el ceño, claramente no estaba entendiendo lo que yo estaba diciendo. No dijo nada, simplemente estaba esperando por una explicación. “Yo… Yo sé que en la universidad tuviste… Eh… Encuentros con otras personas, entre ellos, Alberto” Ella palideció por un momento, no quitó sus manos de las mías. Ella era muy consciente de la aventura que habíamos vivido hacía mucho tiempo en la convención, era una experiencia que nos había estimulado a ambos, pero lo que hacía Renata ahora, era algo de lo que me estaba excluyendo. Ella tragó saliva. “¿Q-quién te dijo?”.

No lo negó, no tenía objeto, y ella lo sabía. Yo sonreí y besé sus manos. “No importa, ¿Cierto? Simplemente, fue algo que hiciste, y que… Quizás… Aun estés haciendo, ¿Verdad?” Ella me miró directo a los ojos, sus manos aún estaban tomando las mías, pero había cierto nivel de incomodidad e incertidumbre en su rostro. “Mira, tú me conoces, y sabes… Sabes que estoy dispuesto a muchas cosas con tal de demostrarte mi amor, espero que sepas eso” Ella asintió sin dejar de verme a los ojos. Era una buena señal, no estaba tratando de negarlo, no se estaba enojando tampoco, era como si genuinamente me estuviese dando la oportunidad de explicarlo todo.

“Apenas llevo un mes así, y esta maestría dura un año. Aún me estoy adaptando a este ritmo de vida, y quiero cumplir con todas nuestras expectativas, en especial las tuyas. Quiero ser la persona que llene nuestro hogar de todo lo que necesites y quieras. Pero no quiero que te frustres conmigo, sobre todo con… Bueno, con mi condición”. Renata suspiró, como si estuviese buscando una respuesta en mis ojos. “Miguel, ¿Qué me estás diciendo, exactamente?”.

El haberme preocupado por estructurar mis palabras, evitó que notara como sonaban. Yo estaba confundiendo a Renata sin necesidad. Quizás el acercamiento directo era la mejor manera de seguir adelante. “B-bueno… Que quizás… Esos encuentros que has tenido, quizás deberías seguir teniéndolos”.

Renata frunció el ceño una vez más. “¿Estás dándome permiso de irme a coger con otras personas?” Yo sacudí mi cabeza de inmediato. “Renata, yo no soy nadie para “darte permiso” para hacer nada, tú haces lo que haces, y no tengo ninguna objeción a ello” Ella se mantuvo en silencio por unos segundos, no estaba negando nada, parecía que ella genuinamente estaba tratando de entender lo que yo estaba diciendo. Mi corazón latía fuerte dentro de mi pecho, ya que los pensamientos intrusivos hicieron que me imaginara a mi chica con otras personas. Y a pesar de que hasta hace poco, yo no me hubiera sentido completamente cómodo con esa posibilidad, las cosas habían cambiado, y yo ya había aceptado mi rol en la vida, aunque Renata no estuviera completamente enterada.

“Entonces necesito que me digas, exactamente y lo más claro posible, qué es lo que estás diciendo… Migue, sabes el tipo de persona que soy, y el tipo de relación que tenemos. Reconozco que he empujado tus límites en el pasado, pero también te recuerdo que desde que comenzamos a andar, yo te advertí el tipo de persona que era, ¿Recuerdas?” Yo sonreí, besando sus manos de nuevo. “Lo recuerdo, y sin importar las objeciones y los obstáculos, yo te acepto y te aceptaré siempre. Siempre te voy a amar sin importar lo que pase”.

Renata asintió una vez más, esperando mi explicación. “Lo… Que haces, y con quien lo hagas, yo no tengo derecho de exigirte nada, ¿De acuerdo? No te voy a pedir que pares… Pero… Bueno…” La explicación era más difícil de estructurar de lo que pensaba, con un suspiro, mi prometida intervino. “Quieres estar al tanto de todo lo que hago, y con quien lo hago… Así como pasó con Alberto en la universidad, ¿Verdad?”.

Me quedé helado, ¿Me habría traicionado Alberto? Quizás le dijo todo a Renata a pesar de todo, mi preocupación debió ser notoria, porque ella sonrió, calmándome. “Migue, por favor… Alberto grababa nuestros encuentros con su teléfono, nunca hizo un esfuerzo por disimular, yo sabía que era cuestión de tiempo para que te enteraras. Y que quizás, te ibas a armar de valor para terminar la relación, o… Que buscarías la manera de beneficiarte, y creo que ambos sabemos exactamente que fue lo que hiciste, ¿Cierto?” Me sonrojé y vi hacia abajo, finalmente, sentí las manos de Renata en mi rostro, con una sonrisa me besó tiernamente.

“¿Y tú qué harás?” Parpadeé un par de veces, no sabía como interpretar esa pregunta. “¿A qué te refieres?” Renata simplemente se encogió de brazos. “Sí, o sea… Tú me estás dando carta blanca para hacer lo que yo quiera, con quien yo quiera, siempre y cuando tú tengas todos los detalles… ¿Eso significa que tú harás lo mismo?” No es que no me esperara esa pregunta, es que nunca había pensado en hacer eso. Además, todos los que me conocen saben que no soy la persona más sociable del mundo. Tomando un respiro, sacudí mi cabeza. “No, yo nunca podría hacerte eso, la idea nunca me cruzó por la mente”.

Esa era la verdad, desde el momento en el que Renata y yo comenzamos nuestra relación, no tuve ojos para nadie más. Si alguien intentó flirtear conmigo, o si me envió algún tipo de señal, nunca me di cuenta. Renata estaba analizando mis palabras. “Entonces… Quieres que te mantenga al tanto de mis travesuras… ¿Y cómo preferirías que lo hiciera? ¿Fotos? ¿Video? ¿Ambos?” Ella tenía una sonrisa maliciosa en su rostro, su provocadora pregunta hizo que me sonrojara y que ella riera. “Vaya, vaya, Miguelito… Eres un pervertido de primera. Nunca había escuchado hablar de un hombre que prácticamente le diera vía libre a su prometida de hacer todo lo que ella quiera, con quien ella quiera” No había rencor, ni presión tampoco. Ella terminó por asentir. “De acuerdo, si eso es lo que quieres, entonces… Eso es lo que haremos”.

Mi corazón dio un vuelco, era extraño que yo sintiera emoción ante el prospecto de ver a mi prometida con otro. Más extraño todavía, que haya tenido el valor de decirle a mi chica lo que yo quería y que todo haya salido tan bien. “¿P-puedo pedir algo?” Finalmente pregunté con un hilo de voz. Renata sonrió de forma pícara una vez más. “Claro. Pero de que lo haga, ya es una historia diferente” Yo tragué saliva, y suspirando, finalmente hablé. “C-condones… Preservativos… ¿OK? Y-yo los compro, si quieres, pero… Preferiría que estuvieras… Ya sabes, lo más protegida posible”.

Esta vez, Renata se rio. Era una risa que comenzó inocente, como si algo hubiese sido gracioso, pero poco a poco comenzó a tener un tono un poco más siniestro. “No nada más consientes a que alguien más me ponga las manos encima, ¿Sino que aparte te ofreces a conseguir los condones que usarán conmigo? Sabía que tenías gustos peculiares y muy bajos, Miguel, pero no sabía que tan bajos eran realmente” Yo me sonrojé, intentando disimular mi incomodidad con una risita, mi prometida se me acercó, susurrando en mi oído. “Trato hecho, pervertido… Yo que tú, los conseguía ya, porque tengo unas ganas enormes de coger, y si tú no vas a poder hacer la faena, entonces, encontraré a alguien que me deje satisfecha” Metió su lengua en mi oído y sonrió. “Y no te preocupes… Te enterarás de cada detalle, eso tenlo por seguro”.

Esas habían sido las palabras mágicas, y la máxima evidencia para mí mismo. Ya no había marcha atrás. Quizás al principio no se sentía así, pero había cruzado una línea más, había roto un límite más. Sentí una tremenda erección, y Renata se dio cuenta. Con una risita provocadora, me miró a los ojos. “Vaya que no estabas bromeando… De verdad que te excita el que yo ande de traviesa con otros”.

Tragué saliva, no sabía qué decir a eso. Por un lado, ella estaba ejerciendo su derecho a la libertad sexual, y yo no pensaba limitarla en nada. Por otro lado, el sentir tanto placer de esa forma se sentía, no sé, extraño, quizás hasta mal. Pero al final de cuentas, si Renata no iba a tener objeciones, pues realmente no había un problema real, ¿Cierto?

Ella me tiró a la cama y comenzó a besarme lenta y apasionadamente. Debo admitir que Renata y yo no tenemos muchas oportunidades de estar juntos, es algo de las pocas cosas que no han cambiado entre nosotros. Pero me gustaría pensar que esas contadas ocasiones han sido especiales y memorables para ella. En cuanto me desabrochó el pantalón y bajó mis calzoncillos, se rio de nuevo. “Ahí está el amiguito, ¡Cuánto tiempo!” Cualquier otro hombre de limitada comprensión hubiera sentido esas palabras como un insulto, pero no yo. Yo las entiendo como una forma afectuosa, una de tantas cosas que existen entre mi prometida y yo. Ella comenzó a besar mi pene, su mano comenzó a masajear mi escroto y yo no tenía más alternativa que disfrutar del toque maravilloso de Renata.

Mi prometida no se molestó en quitarse la ropa, simplemente se levantó su falda, y se hizo su panti a un lado. Sin advertencia y sin consideración alguna, se metió mi pene de un sentón. El gruñido de satisfacción era lo único que yo necesitaba escuchar. Después de unos minutos, comenzó a moverse. Eran movimientos circulares, lentos, provocativos. Yo llevé mis manos a sus caderas, pero ella las tomó y las dirigió a sus pechos.

Era una sensación increíble, algo que quisiera vivir más seguido, pero no me iba a poner en la posición de un arquetipo de macho que exige que su chica lo complazca cuando se le pega la gana. Era algo que tenía que salir de Renata, lo cual hacía cada encuentro incluso más especial para mí.

Ella sentía estrecha y apretada, cada movimiento era sublime. Quería durar lo más posible, ya que pude ver como ella se sonrojaba, y poco a poco se desabrochaba su blusa, podía ver su brasier, y en pocos momentos más, podría ver sus hermosos pechos al descubierto. Sus movimientos se incrementaron, y se hicieron casi frenéticos, sus gemidos eran provocadores y causaron que mi imaginación volara por todas partes. ¿Quién sería el siguiente que la haría gemir de esa manera? ¿Quién sería el afortunado que le pondría las manos encima y le hiciera gozar? Me mordí los labios, tratando por todos los medios de contenerme, pero entre los ojos de Renata, su espectacular cuerpo, y mi imaginación traicionera, fracasé de forma monumental.

“¡Renata, me voy a correr!” Por lo menos alcancé a advertirle, tanta habladuría de que se cuidara para que fuera yo el responsable de un cambio enorme en nuestras vidas, eso sería el máximo fracaso. Renata se movió y tomó mi pene con su mano, meneándolo lo más rápido y duro posible. Arqueando mi espalda de puro placer, llegué a mi orgasmo, manchando la mano de mi prometida. Su toque era angelical, y yo dudaba que existiera un solo hombre que podría resistirse a sus encantos. Le sonreí mientras ella se recostó a mi lado.

“Después de este breve episodio… ¿Aún estás seguro de lo que me pediste?” Yo simplemente asentí, ¿Qué había que discutir o negociar? Se acercaban tiempos de mucho estrés para mí, y no estaría disponible para satisfacer a Renata, obviamente, la ruta progresiva era la mejor: Dejar que ella encontrara su propio placer con quien ella quisiera. Por supuesto, yo tendría que estar enterado de todo, ella se cuidaría siempre, y al final del día, ella volvería a casa conmigo. Era el compromiso perfecto.

“Estoy completamente seguro, amor” Ella asintió y se quedó callada. Después de unos momentos, ella finalmente sonrió. “De acuerdo… Pero lo haré únicamente cuando esté de humor, y cuando tenga tiempo de ello. Hay días muy cansados” Yo le sonreí y tomé su mano, era una cosa más en la que estábamos de acuerdo, para poder ser exitosos en la vida, es necesario estar dispuestos a sacrificar mucho, ahora estaba viviendo esa filosofía en carne propia.

Esa noche nos quedamos dormidos, no cenamos, no vimos ninguna de las series que habituamos a ver al final de nuestros días. Después de ese maravilloso orgasmo, sentí cansancio extremo, y terminé por cerrar mis ojos y dormir.

Las siguientes semanas fueron igualmente brutales para mí, la presión en el trabajo estaba creciendo, ya que se estaba discutiendo la adquisición de una pequeña empresa que comenzaba a desarrollar algoritmos para la Inteligencia Artificial, y había pláticas de posibles despidos. A los trabajadores de esa empresa, a pesar de ser solo un puñado de personas, eran realmente talentosos, y la mayoría de las posiciones que ellos tenían, eran las mismas posiciones dentro de la empresa para la que trabajaba yo. Como podrán imaginar, esa era una preocupación más. Me resultaba difícil pensar que me fueran a despedir, sobre todo porque siempre me concentré en el trabajo y en dar muy buenas resultados. Yo incluso diría que despedir a Alberto sería una muy mala idea, a pesar de no estar en el mismo departamento, yo estaba consciente de su etiqueta de trabajo, y a pesar de las conquistas laborales que había hecho, era lo suficientemente inteligente como para ser considerado indispensable.

Mis estudios de Maestría eran, afortunadamente, predecibles, y tenían un ritmo similar a la universidad. Yo llegué a considerarlo solo protocolo para que me dieran la pieza de papel que me identificaba como un Maestro, pero después de conocer a Alberto y convivir con el durante años, decidí no pecar de confiado.

Al cabo de un mes, se concretó la compra de esa pequeña empresa que les mencioné, y su personal, así como sus programas y propiedades intelectuales, también fueron adquiridas. Como lo supuse, comenzaron varias rondas de “entrevistas” que usualmente terminaban con un despido. Para evitar rumores de favoritismo, todos tuvimos nuestra entrevista. En mi caso muy personal, me hicieron preguntas mundanas, lo clásico que escucharías de una evaluación de rutina de RH, “¿Estás cómodo en la empresa?” “¿Te gusta el trabajo que haces para nosotros?” “¿Qué más podemos hacer para que te sientas más cómodo?”, fui una de las pocas personas que no fue despedida. Para mi sorpresa y beneplácito, ese fue también el caso para Alberto. Ahora, no estoy acusando a nadie de nada, pero la persona que estaba encargada de estas entrevistas era una más de las conquistas de Alberto. Me gustaría pensar que su talento y su trabajo fueron los factores decisivos que salvaron su trabajo, aunque era difícil no pensar que su talento en la cama pudo haber sido un tercer factor misterioso.

Después que se actualizó la lista de empleados, se anunció una reestructuración de los departamentos, más que nada, para enfocar nuestro trabajo en desarrollo de algoritmos de comunicación para la Inteligencia Artificial, y poder mantener la misma dinámica de trabajo. En pocas palabras, Alberto fue transferido a mi departamento y comenzamos a trabajar juntos.

Con las cosas en mi trabajo normalizadas hasta cierto punto, pude relajarme un poco. O por lo menos, ya no necesitaba preocuparme por mi futuro. Eso no significaba que podía descuidarme, aún tenía que completar mis estudios y escalar dentro de la jerarquía de la empresa. Estaba más decidido y motivado que nunca.

A los pocos días, mientras estaba en el trabajo, me llegó un mensaje de Renata. Con una sonrisa, lo abrí, y me congelé. Renata renta una pequeña oficina que actúa como su consultorio, y es donde pasa la mayor parte de las mañanas. La fotografía mostraba a Renata sentada en su escritorio con las piernas ligeramente abiertas, la falda se había recorrido hacia arriba y se podía ver su ropa interior. El mensaje que había mandado era una sola palabra. “Probando”.

Recordando como ella tenía su oficina, y por la perspectiva de la imagen, pude adivinar que ya sea una cámara o su teléfono estaba recargando en un librero que tiene frente a su escritorio. Sudé en frío al recordar nuestro trato. ¿Acaso había encontrado a alguien ya? Sentí una presión extraña y placentera en mi pecho, quería ver más, pero tendría que conformarme con esa imagen. Seguramente, no tardaría en enviarme algo más.

Pasaron horas, seguí trabajando normalmente, salí a comer, y justo cuando estaba por regresar a terminar mi jornada, llegó otro mensaje de mi prometida. Me congelé, podía ver la notificación esperando ser abierta. Miré a ambos lados y con nerviosismo, abrí el mensaje.

“¿Lo reconoces?” Se me cortó la respiración, era un hombre de cabello tupido y barba cerrada, alto y atlético. Lo había visto en televisión, un famoso boxeador que tenía años haciendo olas en el ámbito internacional. El tipo de hombre que me propuse nunca ser. ¿Qué estaba haciendo en la oficina de Renata? ¿Estaba ahí para una consulta? La imagen había sido tomada desde ese punto en el librero, Renata sonreía con mucho interés mientras el hombre estaba sentado en su silla. Enfocando la imagen un poco más, pude notar el reloj a espaldas de Renata, esa imagen había sido tomada hacía casi tres horas.

Me inquieté y me excité. Me regresé a terminar mi jornada laboral lo más pronto posible, aún tenía mis estudios de ese día, y no podía permitirme distracciones como esas. Pero mi imaginación volaba, y mi curiosidad me quemaba. ¿Había sido solo una fotografía inocente? Quizás Renata conoce más de la carrera de ese hombre, quizás es hasta fan de él y solo quería compartir un momento especial conmigo.

Intenté relajarme y seguir con mi día. Justo cuando estaba a mitad de mis estudios, me llegó otra notificación, era otro mensaje, también de Renata. Bajo circunstancias normales, yo hubiera ignorado ese mensaje y continuado con mis estudios, pero yo nunca le podría hacer eso a Renata, además que la curiosidad seguía comiéndome por dentro. Sentía la emoción, la excitación, y casi hasta el deseo, y no fui decepcionado.

Renata estaba sentada en su escritorio, en la misma pose que la primera foto que mandó, pero su falda se había subido hasta la cintura, no tenía ropa interior puesta, sus pechos estaban de fuera, y ella tenía una sonrisa burlona en su rostro. Al enfocarme en la imagen, me di cuenta de que su rostro estaba manchado de semen. Había sucedido, ella realmente lo había hecho. Intenté disimular mi repentina excitación, me excusé de la clase y me dirigí a toda velocidad al sanitario más cercano, me encerré en un puesto de baño y puse el pasador. Abrí la imagen de nuevo, justo al tiempo que me llegaba otro mensaje de Renata.

El mensaje tenía anexado un video de dos minutos. “Si te gustó la foto, te va a encantar el video. Asegúrate que estés solo cuando quieras verlo, o si quieres ser más pervertido de lo que ya eres, consíguete a un par de espectadores más”.

Renata me estaba provocando, podía imaginarme esa sonrisa burlona, pero yo no podía evitar sentir esa excitación. Me froté el mentón mientras veía la imagen una vez más, estaba claro que era el final de la faena, y la amplia sonrisa de mi prometida me decía que había disfrutado hasta el último segundo. Regresé al video, la vista anticipada era suficiente para darme a entender que es lo que vería, o Renata había tenido problemas para grabar el encuentro completo, o esos dos minutos eran una crueldad editada que ella había enviado específicamente para provocarme aún más. Sin importar cuál haya sido la realidad, había funcionado.

Un gemido casi exagerado fue lo primero que escuché al reproducir el video. Podía ver a ese hombre atlético mientras se cogía a mi prometida en el escritorio. Los movimientos bruscos y rápidos estaban tirando todos los objetos del escritorio. El hombre estaba sudando copiosamente y lo mismo se podía decir de Renata. Los gemidos eran tan intensos que parecían gritos, llegué a preguntarme si alguien los había escuchado.

“¡Sí! ¡Sigue así! ¡Más duro! ¡Cógeme más duro!” Renata había entrelazado sus piernas en la cintura de ese hombre, no tenía intenciones de dejarlo ir. Los movimientos frenéticos continuaban. No sé en qué momento pasó, pero me di cuenta de que ya tenía mi erecto pene en mi mano. El hombre forzó un beso pasional y Renata respondió de la misma manera, sus lenguas se entrelazaron. De pronto, el hombre puso sus manos en el cuello de mi prometida y comenzó a asfixiarla. Debí sentirme alarmado, incluso enojado, pero esos movimientos prohibidos entre ellos me tenían completamente hipnotizado. El rostro de Renata se había enrojecido casi tanto como el cuerpo del hombre, le estaba clavando las uñas en la espalda, mientras que el atleta seguía con sus movimientos frenéticos.

Después de unos instantes, él dejó de asfixiarla, Renata chilló de placer. “¡No mames que rica verga tienes! ¡Métemela más!” Envalentonado, el hombre cambió sus movimientos, ya no eran tan frenéticos, pero eran más rudos. Cada empuje hacía que mi prometida gimiera cada vez más fuerte, y de pronto se cumplieron los dos minutos del video.

Lo que había visto había sido más que suficiente para que eyaculara, gruñí de satisfacción, e incluso manché la puerta del puesto del baño con mis fluidos. Algo que yo normalmente consideraría bajo e imperdonable, pero al estar sentado en el retrete, con mi pene de fuera, tratando de recuperar la cordura, me hizo dar cuenta que la puerta era el menor de mis problemas.

Esa no sería la última vez que Renata me provocaría de esa manera, hubo más encuentros entre ella y otros hombres, y siempre que regresaba a casa, me entregaba el video completo y hasta me contaba, con mucha emoción, todos los detalles de lo que había pasado. Era una realidad nueva, y extraña. Pero era una realidad con mi prometida, no solo me acostumbré a esta realidad, sino que desarrollé una obsesión por verla con alguien más. Los videos dejaron de ser efectivos y yo necesitaba emociones más fuertes. Fue en ese momento que me di cuenta de que era necesario dar el siguiente paso, y tendría que pasar pronto.