Xtories

Punto De Quiebre

Tenía el vaso lleno de veneno y decidió beberlo entero. No era deseo lo que la empujaba hacia la cama de un extraño, era fuego puro. Esta noche, el castigo no espera a nadie.

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Llevaba dos meses en una relación que no estaba siendo la mejor. No sé en qué momento se torció la situación. Tal vez desde el principio, cuando confundí la intensidad con conexión. Me estaba dando cuenta de que no habíamos tenido tiempo de conocernos y nuestra convivencia estaba llena de grietas.

Con él todo era ruido. Discutíamos por tonterías, por mensajes, por gestos. Me sentía vigilada, como si cualquier palabra pudiera encender una pelea. Me decía que me amaba, pero en su voz sentía todo lo contrario. Yo respondía con la misma rabia disfrazada de cariño. Había días en que quería desaparecer solo para no sentir esa tensión pegada a la piel.

Mi cumpleaños 18 se acercaba y, a pesar de toda la situación, quería pasarlo con él, como un intento de arreglar lo nuestro. Cuando se lo propuse me dijo que le gustaba la idea, pero que ese día tenía un compromiso y que no iba a ser posible.

Yo lo entendí, pero esa no era la primera vez que cancelaba un plan. Desde hacía unas semanas, siempre que intentaba salir con él me ponía excusas y me decía que no estaba disponible. Entonces las inseguridades comenzaron a aparecer.

Había pasado un año desde que mi vida había dado un giro inesperado cuando descubrí que mi ex me había sido infiel después de estar juntos durante seis meses. Después de ese dolor me juré que nunca más me pondría en esa posición de vulnerabilidad. Pero el destino, o quizás mi propia estupidez, me llevó a repetir el ciclo.

Empecé a desconfiar de mi pareja; veía los mismos patrones, las mismas señales que había ignorado antes. No soportaba la idea de volver a ser la engañada, la pobre idiota que no se dio cuenta de lo obvio. El rencor poco a poco se acumulaba y se mezclaba con mi inseguridad. Todo lo que podía pensar era: «¿Por qué esperar a que me traicionara?».

Y en algún punto decidí que, si todo iba a repetirse, esta vez sería yo quien tuviera el control, quien golpeara primero. Solo que antes de actuar necesitaba un detonante, una última gota que terminara de derramar el vaso. Hasta que por fin llegó.

Fue un fin de semana; el plan era salir de noche juntos a la fiesta de una amiga mía. Me estaba terminando de arreglar cuando él me llamó diciéndome, nuevamente, que no podría acompañarme, ya que le había salido un plan con sus amigos. Ese fue el último impulso que necesitaba.

Después de decirnos de todo por teléfono, entre una mezcla de gritos e insultos, decidí ir por mi cuenta a la fiesta y así poder despejar mi mente y tratar de pasar un rato agradable con mi amiga. Y tal vez terminar de desahogarme.

Una vez allí empecé a dejarme llevar. Como es común en alguien de mi edad, no sabía controlarme al momento de beber, aunque no me encontraba lo suficientemente borracha como para no saber lo que hacía.

Durante todo ese tiempo mi atención de vez en cuando se centraba en alguien en la fiesta: un chico completamente desconocido para mí que, sin saber si era la realidad o producto del alcohol, me parecía de muy buen ver. Poco a poco me acerqué hacia él con una actitud coqueta, a la cual él respondía sin titubear.

Estuvimos así durante un rato, jugueteando, amagando con llevarlo más allá, hasta que decidí tomarlo del cuello y después besarlo en medio de la fiesta. Hasta cierto punto podía notar las miradas: desde las indiferentes hasta las que estaban conscientes de lo que estaba pasando.

Internamente tenía una mezcla de emociones. Lo que sentía no era atracción genuina; era venganza pura, impulsada por esa mezcla de rencor e inseguridad que había sido potenciada por el alcohol. Una parte de mí me decía que estaba haciendo mal, pero ya era tarde: esa corriente me había llevado hacía rato.

Después de estar un rato así me acerqué a su oído y lo terminé invitando a mi casa, sabiendo que mi madre estaba fuera por trabajo. Salimos juntos entre las miradas de la gente, las cuales decidí ignorar.

Subimos al taxi y mi mente empezó a cuestionarme. El arrepentimiento ya asomaba en el horizonte, pero decidí ignorarlo. En el fondo pensaba que estaba actuando justificadamente. No era una decisión fría; era un impulso, una mezcla de rabia y cansancio.

En cuanto llegamos a casa lo invité a pasar y, cuando cerré la puerta detrás de él, no quise perder más tiempo. Lo empujé contra la pared del pasillo, apenas iluminado por la luz de la calle que se colaba desde las ventanas.

Mis manos fueron directas a su camiseta, tirando de ella hacia arriba con urgencia. Él respondió igual de rápido: sus dedos se clavaron en mis caderas, apretándome contra él mientras su boca buscaba la mía con hambre.

Sentí su erección contra mi vientre y un calor inmediato me recorrió entre las piernas. Lo besé con intensidad, mordiendo su labio inferior hasta que soltó un pequeño quejido. Sus manos subieron por mi espalda, pasando por debajo de mi blusa y desabrochando mi sujetador con una sola maniobra. Cuando cayó al suelo sentí el roce de la tela en mis pechos.

Él destapó mi delantera y bajó la cabeza de inmediato, atrapando uno de mis pezones con la boca, chupándolo fuerte, casi con violencia. Gemí sin poder evitarlo, arqueándome contra él, rozando mi entrepierna con uno de sus muslos.

—Quítame todo —le ordené, susurrando en su oído.

No me hizo esperar. Sus dedos bajaron al botón de mis jeans, los desabrochó y los bajó junto con mis bragas en un solo movimiento. Me quedé desnuda frente a él, temblando, no sé si de frío o de adrenalina. Él se sacó la camiseta, luego los pantalones. Su miembro salió como si fuese una caja sorpresa: duro, pesado y con un palpitar que pude notar contra mi vientre.

Lo tomé de la nuca y lo llevé hasta el salón, empujándolo sobre el sofá. Me subí encima de él sin preliminares, sin caricias suaves. Solo quería sentirlo dentro, sin importar que doliera un poco. Escupí en mi mano y la bajé entre mis piernas mirándolo a los ojos. Él intentó agarrarme las caderas, pero yo le aparté las manos.

—Quieto —susurré, para después hundirme sobre él de una vez.

El estiramiento fue inmediato. Cerré los ojos y dejé que el placer me recorriera entera. Empecé a moverme despacio al principio, sintiendo cada centímetro dentro de mí. Yo solo escuchaba su respiración acelerándose debajo de mí y cómo los músculos de su abdomen se tensaban cada vez que bajaba hasta el fondo.

Luego aceleré. Mis caderas golpeaban contra las suyas con un ritmo furioso, casi castigador. Un ruido seco y constante que llenaba la habitación. Sentía sus manos apretándome el culo, abriéndome más y ayudándome a bajar más fuerte. Cada vez que lo hacía un gemido roto se me escapaba, y parecía encantarle.

Me incliné hacia adelante, con mis pechos rozando el suyo, y lo besé otra vez, mordiendo y lamiendo sus labios como si quisiera comérmelo vivo. Él levantó las caderas para encontrarse conmigo, penetrándome desde abajo con la misma violencia que yo le daba. El sudor nos pegaba la piel. El olor a sexo, a alcohol y a rabia lo llenaba todo.

Sentí que me acercaba; había sido rápido, demasiado rápido. Me incorporé, apoyé las manos en su pecho y cabalgué con más fuerza. Él metió una mano entre mis piernas y su pulgar encontró mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos e intensos.

Mi orgasmo llegó con un grito que no supe contener, con mi cuerpo temblando sobre él y contrayéndome alrededor suyo. Yo seguía moviéndome sin parar porque no quería que terminara todavía. Quería que siguiese rompiéndome.

Me bajé de él y me puse a un lado, ofreciendo mi centro húmedo y sensible a cuatro patas. Él no tardó en responder a mi petición y, con un gruñido gutural, se clavó dentro de mí una última vez, tan profundo que dolió un poco. Me tomó del pelo y comenzó a embestirme.

Sentía cómo el fuego dentro de mí se avivaba con cada golpe, los cuales me hacían apoyarme contra el reposabrazos mientras mi mente se preguntaba cómo había llegado tan lejos. Poco a poco sus quejidos se volvían más intensos; soltó mi pelo y tomó mi cintura con fuerza, una clara señal de que estaba a punto de acabar, hasta que el momento llegó.

Salió de mi interior y vertió su espesa y caliente esencia mientras sus dedos se hundían en mi carne como si quisiera dejar marcas. Una vez terminado me dejé caer sobre el sofá bocabajo mientras él se sentó detrás de mí.

Me quedé así unos segundos, respirando agitada, sintiendo cómo mi centro seguía palpitando mientras algunas gotas se resbalaban por mi cintura. Con nuestras respiraciones de fondo siendo nuestra única compañía auditiva.

Sin decir nada, solo sentí cómo se levantó del sofá, escuché cómo se vestía gracias al tintineo de su cinturón y después simplemente salió de mi casa. Y en ese momento supe que el daño ya estaba hecho.

Después de eso, el silencio se sintió distinto. Ni alivio ni placer, solo un vacío que me pesaba en el pecho. Me levanté y fui al baño, me miré en el espejo y no encontraba a la misma persona. Había cruzado un límite con la misma facilidad con la que antes juraba que nunca lo haría.

Quise convencerme de que lo hice por justicia, por desquitarme, pero en el fondo sabía que no era cierto. Lo hice por rencor, por miedo y por no sentirme pequeña otra vez. Pero sabía que era una excusa patética.

Mi pareja se enteró pronto esa misma noche. Probablemente alguien en la fiesta le contó en el momento en que me vieron salir de ahí con alguien más. A las pocas horas del encuentro me llamó para confrontarme y no le negué nada.

Para mi sorpresa no hubo gritos ni insultos, solo un "no puedo seguir con alguien así" que se me quedó grabado en la cabeza. Todo ese caos durante dos meses para terminar en una frase que dolió más de lo que esperaba. No traté de explicarme porque no había nada que decir. Él tenía razón.

Al día siguiente me desperté con el cuerpo pesado y con la culpa llegando de golpe. Me quedé mirando el techo, reflexionando y llegando a la conclusión de que no soy mejor que mi ex. Ni siquiera soy diferente. Solo fui más rápida.

Creí que adelantándome me iba a sentir fuerte, dueña de algo. Pero no, no gané nada. Ni poder, ni paz, ni orgullo. Solo gané una reputación que no se lava con agua ni con alcohol.

Aprendí a vivir con eso y a madurar con el tiempo. Pero aún con ese peso en la conciencia, con la cara de ese desconocido que usé como arma grabada en mi mente y con la certeza de haber aprendido una lección: la verdadera fuerza no está en devolver el golpe, sino en no convertirse en quien te lo dio.