Xtories

El fuego que no se apaga

Lidia sabe que está cruzando una línea que no debería. Con cada botón desabrochado y cada mirada sostenida, el riesgo se vuelve adictivo. Pero mientras su esposo huele el secreto y el joven colega no suelta presa, la cuerda floja está a punto de romperse.

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El Fuego que no se apaga

El origen de la fiebre

Lidia Inés Morales, 32 años, abogada junior en el bufete más prestigioso del microcentro porteño. Mide 1,68, 59 kilos que reparte en curvas que parecen dibujadas a propósito: cintura de avispa, culo alto y redondo de squat diario, piernas largas, piel trigueña sin una marca. Pechos 90C naturales, firmes, con pezones grandes y oscuros que se endurecen con solo pensarlo. Se depila todo, a láser, menos esa rayita vertical de pubis negro azabache que deja “para que no parezca de nena”, dice ella en voz baja cuando se atreve a confesarlo.

Se casó con Francisco Javier Roldán hace cuatro años y medio. Él tiene 38, ingeniero en una petrolera, alto, fornido, celoso hasta la médula. Cuando la conoció, Lidia tenía 27 y todavía creía que los celos eran sinónimo de amor apasionado. Hoy sabe que son sinónimo de control.

La rutina se instaló sigilosa:

Se despiertan a las 6:15.

Él la abraza por detrás, le mete mano, casi siempre terminan cogiendo rápido y fuerte contra la mesada de la cocina o en la ducha.

Después él se va a la oficina en Remedios de Escalada y ella al centro.

A la noche él llega primero, cocina (cocina bien, hay que reconocerlo), la espera con vino y preguntas: “¿Con quién hablaste hoy?” “¿Por qué tardaste ocho minutos más en el almuerzo?” “¿Quién es ese ‘Lucho’ que te mandó un emoji de risa en el grupo de trabajo?”

Al principio a Lidia le gustaba sentirse deseada. Después empezó a sentirse vigilada. Ahora se siente asfixiada.

El sexo con Francisco es bueno, mecánicamente perfecto, pero predecible. Él la pone en cuatro, la agarra del pelo, le dice “puta mía” y se corre en dos minutos si está muy excitado. Ella finge gemir más alto de lo que siente, porque sabe que a él le encanta escucharla. Después, si es de noche, él se duerme abrazándola como si fuera un trofeo y ella se queda mirando el techo con la vagina todavía palpitando… pero no de placer, sino de vacío. Si es por la mañana, cada uno sigue con lo suyo como si nada hubiera pasado.

Desde hacía un tiempo, bastante largo, ella le reclamaba que quería algo más. – Quiero que juguemos, le dijo, a lo que él siempre le respondía que bueno, pero que en otro momento pensarían algo para hacer divertido, cosa que jamás concretaron.

Hace ocho meses entró Luis Ignacio “Lucho” De Luca al bufete. 24 años, recién recibido con medalla de oro en la UBA, hijo de un socio importante pero que empezó desde abajo para “hacer méritos”. Mide 1,85, hombros anchos de rugbier, pelo negro revuelto, ojos verdes que parecen siempre estar riéndose de un chiste privado. Voz grave, risa fácil, perfume cítrico que queda flotando cuando pasa.

El primer día se sentaron frente a frente por orden de la jefa de juniors. Lidia lo miró y sintió un vacío en el estómago que no era hambre. Durante semanas solo fueron saludos educados y algún comentario sobre expedientes. Hasta que una noche los agarró la tormenta en el estacionamiento subterráneo. Estaban los dos solos -aunque no juntos- esperando que aflojara. Lucho prendió un cigarrillo (prohibido, pero a quién le importaba) y empezó a hablar con sus amigos por teléfono en altavoz: «Boludo, te juro que me calientan más unas tetas marcadas bajo una blusa que un escote hasta el ombligo. […] Que no usen corpiño, que se les vea que están vivas, que los pezones se les paren con el frío del aire… odio los corpiños, parecen escudos que nos privan de poder ver lo mejor…».

Lidia estaba a dos autos de distancia, fingiendo buscar algo en el baúl. Escuchó cada palabra. Y sintió que se mojaba al instante.

Desde esa noche no pudo parar de imaginarlo. Se masturbaba pensando en él en la ducha mientras Francisco dormía. Se compró las micro tangas más chicas que encontró. Dejó de usar corpiño para ir a la oficina aunque hiciera frío y empezó a depilarse esa rayita vertical que él, sin saberlo, había pedido.

Es que, en su imaginación, abría las piernas y quería asegurarse de que él notara que no llevaba nada, o si llevaba, que era muy pero muy poca tela y por eso, acordándose de unas fotos que vio en Instagram, decidió dejarse una delgada línea vertical de pubis que, siempre, asomaría por encima de cualquier micro tanga que usara.

Lucho es casado también (con una nutricionista rubia que sube fotos perfectas a Instagram), y eso la tranquiliza: él nunca va a arriesgar su matrimonio por completo. Será solo una aventura. Un fuego rápido. Un secreto que los dos se llevarán a la tumba.

Pero Francisco huele algo. Siempre huele algo. Y Lidia sabe que si la descubre, no habrá perdón.

Esa es la cuerda floja en la que está parada ahora: entre el deseo que la quema viva y el miedo que la paraliza.

Y hoy, por primera vez, va a empezar a caminarla de verdad.

Lunes:

4:57 a.m. Lidia despierta boca abajo con la vagina todavía latiendo del sueño que acababa de tener. Francisco duerme boca abajo, un brazo pesado sobre su cintura como si la poseyera hasta dormido.

Ella espera, cuenta sus respiraciones. Cuando llega a ochenta sin que él se mueva, mete la mano hasta llegar a su cuevita sagrada. No lleva puesta ropa interior. El clítoris está hinchado y resbaladizo desde hace horas. Se frota despacio, recordando la frase que escuchó a Lucho en el estacionamiento: «Me calientan las mujeres que no usan corpiño… que se les marquen los pezones bajo la tela, que se vea que están vivas». No recordaba bien si eran esas las palabras exactas pero eso mucho no le importaba.

Desde ese día juró: mientras dure esta locura, no volverá a ponerse corpiño para ir al trabajo. Nunca más.

Con mucho cuidado de no moverse demasiado, se mete dos dedos hasta el fondo, los saca brillantes y se los chupa. Aumenta el ritmo, se folla con la mano entera, imaginando que es la boca de Lucho lamiéndole esa rayita vertical de pubis que se deja a propósito. El orgasmo la atraviesa en silencio: se arquea, aprieta los dientes contra la almohada, un chorro caliente le empapa la mano y la sábana. Se queda temblando, con los dedos todavía adentro, sintiendo cada contracción.

Se levanta sin ruido, va al baño, cierra con pestillo. Se limpia, se pone la micro tanga negra (solo un hilo y un triángulo mínimo que se hunde entre los labios y desaparece entre las nalgas). Se mira: perfecta, obscena, peligrosa.

6:18 a.m. Francisco la abraza dormido, le aprieta una teta y gruñe que quiere seguir. —Después, amor, llegamos tarde —miente ella con voz dulce y se escapa.

Mientras él se ducha, ejecuta el cambio maestro:

Plan visible (para Francisco):

Camisa blanca abotonada hasta arriba.

Sweater largo beige.

Pantalón negro recto.

Corpiño clásico blanco

Plan real (escondido en bolsa de lavandería dentro del bolso):

Blusa de seda marfil casi transparente.

Pollera tubo gris plomo, 10 cm por encima de la rodilla.

Blazer cruzado negro (imprescindible: sin él la echarían el primer día).

Se viste con el Plan A delante de él. Francisco la mira apenas: —Estás linda, prolija.

Ella sonríe, lo besa y sale.

En el ascensor vacío se cambia a la velocidad del rayo: Se saca todo, se pone la blusa de seda (los pezones se marcan como balas oscuras al instante), se calza la pollera, los tacones, y se abotona el blazer hasta arriba. Se mira: el blazer cruzado disimula perfectamente mientras esté cerrado o de pie; pero si se sienta y lo abre, o si se inclina… game over.

Guarda el Plan A en el bolso, respira hondo.

7:19 a.m. – mensaje de Francisco ❤️ “Te veo parada en el garaje hace rato. ¿Todo bien?”

Se le hiela la sangre. Escribe temblando: “Se me cayó una lente, amor. Ya salgo. Te amo.”

7:43 a.m. Llega al bufete, sube al séptimo. En el ascensor se asegura de que el blazer esté bien abotonado hasta arriba. Cuando las puertas se abren, cruza el pasillo con el blazer puesto, saludando al guardia y a las primeras compañeras con sonrisa profesional. Nadie nota nada raro.

Llega al escritorio compartido, cuelga el blazer en el perchero con cuidado (solo ahora, en su lugar, lejos de pasillos y cámaras principales). La blusa de seda queda expuesta: los pezones duros y marcados, la tela pegada a sus tetas desnudas. Se sienta frente al lugar vacío de Lucho. Cruza las piernas, abre apenas las rodillas. El aire acondicionado sopla frío directo sobre sus tetas desnudas. Los pezones se endurecen todavía más.

8:06 a.m. Entra Lucho.

Y ahí, recién ahí, empieza el día más peligroso de su vida.

8:06 a.m. Lucho entra al piso con el vaso de café en una mano y el celular en la otra. Camisa celeste ajustada, mangas arremangadas, pantalón de vestir gris que le marca el paquete cuando camina. El perfume lo precede como una advertencia.

Lidia ya colgó el blazer hace minutos. Está sentada con la blusa de seda pegada a los pechos, los pezones duros apuntando directo hacia él. Se inclina hacia adelante para saludarlo, dejando que la tela se tense todavía más.

—Buen día, Morales —dice él con esa media sonrisa que le tuerce la boca—. ¿Dormiste bien o seguís pensando en el expediente ese de los hermanos Gómez?

Ella se ríe bajito, se inclina más para tomar un lápiz (movimiento calculado) y deja que la blusa se abra apenas por el escote. Los pezones se dibujan claritos bajo la tela fina.

—Pensé en varias cosas —responde, mirándolo fijo—. En el expediente… y en otras cosas aún más interesantes….

Lucho arquea una ceja, se sienta frente a ella y enciende la computadora. Durante los primeros veinte minutos finge trabajar. Pero Lidia también. Cada vez que él baja la vista al teclado, ella abre las piernas cinco grados más. La pollera se sube sola. La micro tanga se hunde tanto que el hilo trasero le roza el ano cada vez que respira.

8:34 a.m. Lucho deja caer el mouse. Se agacha a buscarlo debajo del escritorio. Lidia abre las piernas de golpe, treinta grados, casi en V. La pollera se arruga arriba de los muslos. La tanga es tan chica que los labios mayores se asoman por los costados. La rayita vertical de pubis brilla oscura contra la piel trigueña.

Él se queda agachado tres segundos más de lo necesario. Cuando sube tiene los ojos vidriosos y la respiración un poco más pesada.

—¿Todo bien? —pregunta ella con voz inocente. — Sí, perfecto —contesta él, ronco—. Solo… revisaba un cable.

9:02 a.m. Lidia se estira hacia atrás para alcanzar la impresora. La blusa de seda se tensa como una segunda piel. Los pezones se marcan tanto que parecen querer perforar la tela. Lucho la mira fijo, sin disimulo. Ella siente que se moja de nuevo; un hilo caliente le baja por el interior del muslo.

9:17 a.m. Vibración. Francisco ❤️ “Te veo en el piso 7 hace rato sin moverte. ¿Estás en una reunión?”

El pánico le atraviesa el pecho. Responde rápido y guarda el celular.

9:25 a.m. Se levanta para ir al baño, se pone el blazer abotonado hasta arriba antes de salir del área de escritorios. Camina por el pasillo con él puesto, por si acaso. En el baño se encierra, y se mira en el espejo mordiéndose el labio. No puede creer lo que está haciendo.

Vuelve, cuelga el blazer otra vez y sigue el juego.

El resto del día transcurre igual: blazer puesto solo para moverse por pasillos, oficinas compartidas o cuando pasa algún senior; blazer colgado y tetas libres solo en el escritorio frente a Lucho.

11:42 a.m. De la nada, Lucho le propone ir al archivo del subsuelo ya que hacía varios días que tenían que buscar documentación del caso.

Lidia se dice a sí misma: “Es ahora o nunca!.”. Se pone el blazer bien abotonado, toma una carpeta y un sobre grande vacío como excusa y, tras darle la carpeta a Lucho, lo sigue.

En el ascensor se desabrocha solo el primer botón. Las puertas se abren. El pasillo está vacío.

—¿Estás segura de lo que estás haciendo?, pensó Lidia, y su respuesta mental, tras desabrocharse otro botón fue —Nunca estuve tan segura.

….

Subsuelo 2 – 11:47 a.m. El pasillo huele a papel viejo y a polvo. Las luces fluorescentes parpadean cada tanto, como si también tuvieran miedo.

Lucho camina dos pasos adelante, carpeta en mano, pero se nota que no le importa el expediente. Lidia lo sigue con el blazer abotonado solo hasta la mitad: cada paso hace que la seda se ajuste y se suelte, dejando ver flashes de sus pechos desnudos.

Lucho abre la puerta del archivo con la tarjeta magnética. El clic suena demasiado fuerte.

Adentro está oscuro, salvo por la luz roja de salida de emergencia. Filas y filas de estanterías metálicas llenas de cajas. Silencio absoluto.

Cierra la puerta detrás de ellos. Pone el pestillo interno.

El corazón de Lidia late tan fuerte que está segura de que él lo escucha.

Lucho deja la carpeta en cualquier estante y se da vuelta. La mira de arriba abajo, lento, casi sin disimulo.

—¿Sabés que estás muy linda, no? —susurra. Ella se encoge de hombros, y mientras lo mira a los labios se desabrocha otro botón. —Vos también. -dice casi de manera imperceptible.

En ese momento un ruido metálico los apartó del momento que estaban viviendo y sirvió para que comenzaran a tratar de encontrar lo que fueron a buscar.

Él caminó por un pasillo hasta llegar a un punto en el cual se vio obligado a sentarse en el piso para buscar en una estantería muy baja.

Ella aprovechó la situación y se subió a unas escaleras. La idea era mostrar pero no estaba segura de querer hacerlo de manera muy evidente, por lo que eligió un lugar que estaba a unos dos metros de distancia de Lucho. Así, previo a quitarse el blazer, se subió, poco a poco, hasta el último escalón.

La visión de Lucho era óptima, pero al igual que ella, no quería que eso fuera muy evidente, y para verla debía levantar mucho la cabeza, por lo que prefirió hacer una mirada cada tanto. Sin embargo, llego a ver el hilo negro y el triangulito de tela de la micro tanga que ella llevaba puesta.

De pronto, ella simuló un mareo y le pidió que la ayudara a bajar.

De inmediato él se paró y se acercó ayudándola hasta que logró volver al suelo.

En ese mismo momento él da un paso adelante. Quedan a solo treinta centímetros.

Lidia siente el calor de su cuerpo, el perfume cítrico mezclado con algo más fuerte: deseo puro.

Lucho levanta la mano y, sin pedir permiso, desliza un dedo por el borde de la seda, rozando la curva del pecho. Lidia se estremece entera.

—¿Desde cuándo no usás corpiño para venir a trabajar? —pregunta él, voz ronco. —Desde que te escuché decir que te mataban las mujeres que no lo usan —contesta ella sin bajar la vista.

Lucho suelta una risa baja, peligrosa. Se acerca más. Sus labios quedan a dos centímetros de los de ella.

—¿Y la tanga esa? ¿También es por mí?

Lidia abre las piernas apenas, lo justo para que la pollera se suba, y, con ayuda de sus manos, la llevó hasta su cintura. —Mirá vos mismo.

Él baja la mirada. Ve la rayita vertical de pubis, los labios mayores hinchados que asoman por los costados de la tela mínima. Suelta el aire despacio, como si le doliera.

—Dios, Lidia…

Ella le agarra la mano y se la pone directo entre las piernas. Está empapada. El hilo de la tanga está perdido entre los labios. Lucho desliza un dedo por la tela mojada, presiona el clítoris. Ella gime bajito, se agarra de sus hombros.

Él la empuja contra la estantería. Las cajas se mueven, suenan. No importa.

Le abre el blazer del todo. La blusa de seda se pega a sus tetas; los pezones están tan duros que duelen. Lucho baja la cabeza y se mete uno en la boca por encima de la tela. Chupa fuerte, muerde apenas. Lidia arquea la espalda, se le escapa un “ay, por Dios” que suena demasiado alto.

En ese preciso segundo vibra el celular que lleva en el bolsillo del blazer. Ella se congela.

Lo saca con mano temblorosa. Pantalla: Francisco ❤️ Llamada entrante.

El pánico la atraviesa como un rayo.

Lucho la mira, todavía con el pezón en la boca. Ella le hace seña de silencio, pulgar en los labios.

Aprieta el botón verde y pone altavoz (porque sabe que si no contesta ahora, él va a sospechar más).

—Hola amor —dice con voz lo más normal que puede. —Amor, ¿dónde estás? —la voz de Francisco suena tranquila, pero Lidia conoce ese tono: es el que usa cuando está oliendo algo—. Te veo en el subsuelo hace cinco minutos sin moverte.

Lidia cierra los ojos. Lucho, el hijo de puta, aprovecha y le mete la mano por debajo de la pollera. Le corre la tanga a un costado y le mete dos dedos hasta el fondo de una sola vez.

Ella aprieta los dientes para no gemir.

—Estoy… bajé a buscar un legajo viejo… con Lucho —dice, y la voz se le quiebra en la última sílaba porque él empieza a mover los dedos adentro, lento, curvándolos justo ahí.

—¿Con Lucho? —repite Francisco. Lucho acelera, le pone el pulgar en el clítoris y la mira fijo mientras la folla con la mano.

—Sí, amor… es para el caso Gómez… ya subimos —logra decir Lidia, y se muerde el labio hasta sangrar.

—Apurate, no me gusta que estés tanto tiempo ahí abajo sola con él —dice Francisco, y corta.

El silencio que queda es ensordecedor.

Lucho saca los dedos despacio, brillantes, y se los lleva a la boca. Los chupa mirándola fijo.

—Estás loca de verdad —susurra. —Y vos también —contesta ella, temblando.

Se miran un segundo eterno. Ninguno se mueve para seguir. Porque los dos saben que si cruzan esa última línea, ya no hay vuelta atrás.

Lidia se abotona el blazer con dedos torpes. Se baja la pollera. Se pasa la mano por el pelo.

—Volvamos —dice, voz ronca. Lucho asiente, ajustándose el pantalón donde se le marca todo.

Salen del archivo en silencio. Suben en ascensores separados (por si acaso).

Cuando Lidia llega al escritorio, el blazer está bien cerrado otra vez. Se sienta. Abre las piernas apenas. Mira a Lucho por encima del monitor.

Él le manda un mensaje interno desde su computadora: “Esta noche no duermo pensando en tu gusto….”

Ella responde: “Yo tampoco.”

Y en la pantalla del celular aparece un nuevo mensaje de Francisco: “Te espero despierto. Tenemos que hablar.”

Lidia cierra los ojos. Siente los dedos de Lucho todavía adentro. Siente el miedo y el deseo mezclados como nunca.

Y desea mañana volver a hacer exactamente lo mismo.

Pero peor.

….

23:52 Lidia llega al edificio con el corazón en la boca. Antes de bajar del ascensor ya se cambió en el garaje: blazer colgado en el perchero del auto, blusa de seda guardada en la bolsa de lavandería, pollera cambiada por el pantalón negro recto, corpiño puesto, camisa blanca abotonada hasta arriba y sweater largo beige otra vez. Afuera parece la abogada prolija de siempre. Adentro está empapada, los muslos pegajosos, la tanga perdida entre sus labios menores.

Abre la puerta del departamento con la llave temblando. Silencio. Solo la luz tenue de la cocina.

Francisco está sentado a la mesa, en boxers y remera vieja, una copa de Malbec casi vacía. El celular boca abajo al lado del plato.

—Llegaste tarde —dice sin levantar la vista. Ella deja las llaves en el bowl de cerámica, intenta que suene normal. —Mucho quilombo con el caso Gómez… terminé muerta.

Él la mira por fin. Ojos cansados, pero algo más: una sombra que ella conoce demasiado bien.

—¿Todo bien con Lucho? —pregunta, y la forma en que dice el nombre le pone la piel de gallina. —Normal, como siempre —miente ella, quitándose los zapatos—. Ayudándome con unos legajos viejos.

Francisco se levanta, camina despacio hasta quedar a medio metro. La observa de arriba abajo. Se detiene en el cuello (donde quedó una marca roja apenas visible del mordisco de Lucho). Se detiene en el pelo revuelto. Se detiene en sus manos, que tiemblan un poquito.

—¿Estás nerviosa? —pregunta, voz baja. —No, cansada nomás —contesta ella, y se ríe forzada.

Él se acerca más. Le huele el cuello despacio, como un perro que rastrea. Lidia se queda quieta, conteniendo la respiración. Siente que si estornuda la descubre.

—Olés… distinto —dice él. —Perfume nuevo de la oficina —miente otra vez, y se aparta con naturalidad para ir a la heladera—. ¿Querés agua?

Francisco no contesta. Se queda mirándola mientras ella abre la botella con dedos torpes. Se bebe medio litro de un trago.

Él agarra su celular, lo desbloquea, lo mira un segundo. Después lo bloquea otra vez y lo deja sobre la mesada.

—¿Sabés que hoy tu puntito azul estuvo cuarenta y tres minutos quieto en el subsuelo 2? —pregunta como al pasar. Lidia siente que se le aflojan las rodillas. —Bajamos a buscar cajas antiguas, te dije —responde, y se obliga a mirarlo a los ojos.

Él asiente lento. —Claro. Cajas antiguas.

Silencio denso.

Después se acerca, la abraza por detrás, le besa la nuca. —Es que te extraño cuando llegás tarde, solo eso —susurra. Ella cierra los ojos, siente su erección contra el culo. —Perdón, amor —dice, y la voz le sale ronca de verdad.

Él la aprieta más fuerte, le mete una mano por debajo del sweater y le aprieta una teta con fuerza. Lidia gime sin querer. Francisco se detiene.

—¿Estás muy mojada hoy también? —pregunta, y la mano baja hasta el botón del pantalón. Ella lo agarra de la muñeca. —Estoy muerta, Fran… mañana seguimos, te juro.

Ella se queda quieta un segundo eterno. Después la suelta, le da un beso en la sien. —Como quieras —dice, y se va al cuarto.

Lidia se queda sola en la cocina. El corazón le late tan fuerte que lo escucha en los oídos. Saca el celular del bolsillo del pantalón, lo prende con manos temblorosas.

Un mensaje nuevo de Lucho, 23:49 “Mañana sin tanga. Quiero verte chorrear en la silla.”

Ella sonríe, aterrorizada y encendida a la vez. Responde: “Sin tanga y sin blazer apenas pueda.”

Guarda el celular, respira hondo y entra al cuarto. Francisco ya está acostado, de espaldas, fingiendo dormir. Ella se mete en la cama despacio, se acurruca contra él. Él no se mueve.

En la oscuridad, Lidia se lleva una mano entre las piernas por encima del pijama. Está empapada otra vez. Se muerde el labio para no gemir.

Mañana va a ser peor. Mañana va a ser muchísimo mejor.

Y Francisco lo huele. Pero todavía no tiene la prueba.

Todavía.

Fin del relato… (o del primer round).

Si te gustó el relato y quieres una segunda parte, házmelo saber por mail (siempre contesto) o dejando un comentario. Si no, espero que les haya gustado y nos encontraremos en otra aventura....