Fuerteventura VI
Las fotos enviadas al amigo de la amiga eran solo el preludio. En la habitación, bajo la luz de la luna, mi esposa no solo aceptó la fantasía, sino que la exigió con una lujuria que nunca le había visto. Ahora, el guiri rubio espera en la playa, y ella quiere que lo pruebe.
FUERTEVENTURA VI
A veces es frustrante lo transparente que soy para mi mujer, aunque creo que comparto esa “cualidad” con el resto de hombres casados. No tardó Julia más de un segundo en percibir el extraño ambiente que había en nuestra mesa cuando llegaron ellas. Tras preguntarme curiosa qué pasaba y, ante mi poco convincente repuesta, me miró y con extraña sonrisa volvió a insistir, pero esta vez susurrando y dando por hecho que algo malo estábamos haciendo.
-Ya me lo contarás luego- añadió cambiando de tema y girándose para hablar con nuestros amigos, pregunto:
-Entonces, ¿os animáis mañana a conocer la playa de la que os hablamos?
-Claro- respondió Carmen, -pero no podremos ir a primera hora, porque tenemos que despedirnos de nuestros familiares- Si nos decís como llegar, iremos un poco más tarde. -
Por supuesto que les di las más precisas de las indicaciones para llegar: con tal de volver a contemplar el cuerpo de Carmen hubiera sido capaz de ir dejando migas de pan por el camino. Aun bajo la excitación que me habían producido las fotos mostradas por su marido, no podía imaginar cosa más sugerente que disfrutar de la desnudez total de su cuerpo en aquella playa solitaria. Y ello a sabiendas -ya no tenía duda alguna- de que Alberto tenía el mismo interés en ver a mi mujer. Acababa de confesarme que se había masturbado pensando en las tetas de Julia. Y me encantó.
Él, por su parte, no estaba dispuesto a terminar así la noche y quería más. Cuando pasadas tres cervezas nuestras mujeres se sintieron en la obligación de visitar el baño -juntas, por supuesto, como la mayoría de mujeres- se apresuró en sacar el móvil y sin comentario previo alguno me enseñó otra foto de su mujer a cuatro patas, completamente desnuda y con las piernas abiertas. A esas alturas de la noche, la excitación y el alcohol habían destrozado el sentido común y el pudor que deben existir cuando hablas de la mujer de otro hombre, por lo que ampliando la foto con los dedos pulgar e índice le solté a bocajarro:
-Dios… se la metía hasta el fondo!!
-Con el pollón que tienes seguro que le encantaría que se la metieras- respondió, para luego añadir en un susurro: -Y a mí me encantaría verlo-
- ¿Quieres que me la folle? - pregunté mientras buscaba lo que sabía perfectamente que había grabado un día antes y pasando por alto el halago a mi polla.
-Si- respondió sin titubear.
Era la primera vez que intercambiaba fotos de mi mujer con otro hombre (no ha sido la última) y la primera vez que alguien me confesaba sin pudor alguno tener ese tipo de fantasía. No sé cómo explicarlo, pero después de aquello olvidé los pocos temores que todavía conservaba. Si el admitía abiertamente que le gustaría ver cómo me follo a su mujer, yo no debería tener problema alguno en enseñarle aquello que tanto quería ver. Y así lo hice: le mostré un video de Julia durmiendo completamente desnuda, deteniéndome y deleitándome con su entrepierna. Grabado a escasos centímetros, el coño de mi mujer se mostraba hermoso y apetecible y podía apreciarse hasta el más pequeño detalle.
En eso estaba Alberto, cuando regresaron nuestras mujeres, interrumpiendo de nuevo el más excitante de los intercambios y aunque mi mujer, esta vez, no dijo nada, pude sentir claramente por su forma de mirarme que algo había intuido.
El resto de la velada lo pasé mirando sin rubor alguno el principio del canalillo sugerente que enmarcaban las tetas de Carmen y, sobre todo, cuando, se levantaba por cualquier razón, su culo que, embutido en unos vaqueros ajustados, me volvía loco. Y lo hacía a sabiendas de que Alberto era consciente de lo que estaba mirando y de la lasciva intención con que lo hacía, sin que hubiera protesta alguna. Al contrario, lo disfrutaba al igual que lo disfruté yo entonces y lo hago ahora, recordando su mirada clavada en la camiseta ajustada de Julia que mostraba claramente el tamaño de sus tetas y marcaba con nitidez sus pezones.
Tras repartir besos y concretar instrucciones y horarios nos despedimos de ellos dando por finalizado el día. En el camino hasta nuestra habitación, todavía excitado como un animal en celo, me puse detrás de Julia empujando mi dura polla contra su culo con tanta fuerza que de vez en cuando la levantaba. Ella reía al tiempo que preguntaba de qué habríamos estado hablando para ponerme así y protestaba por el miedo de que alguien nos viera de ese modo, aunque a esas horas pocos turistas quedaban despiertos.
Entre ellos, como no podía ser de otro modo esa noche, la pareja de rubios guiris que, al cruzarse con nosotros hicieron ademán de detenerse. Como ya he hecho anteriormente, tengo que confesar que eran muy atractivos, tanto él como ella, y entiendo perfectamente que llamaran la atención de mi mujer. Ella, con parte de los botones superiores de su blusa desabrochados, reía y hablaba al oído a su pareja, señalándonos con la mirada. Era evidente que habían bebido y querían continuar la juerga.
Cuando pasamos a su altura, ralentizaron el paso, dijeron algo que no comprendimos y esperaron nuestra reacción mirándonos directamente mientras sonreían. Para mi asombro, sin parar de andar, Julia sonrió y les lanzó un beso con los labios y se quedó mirando fijamente al guiri, mordiéndose el labio inferior. Y todo ello, sin cortarse lo más mínimo para luego decirme, riendo con malicia: -joder que peligro tienen estos dos…-
Una vez en la habitación, Julia prefirió dar un inteligente rodeo antes de sacar el tema. Y ahora que lo pienso, veo con toda claridad que fui manipulado para que confesara cuanto ella quería oír. Mientras hablaba de las tiendas y compras que había compartido con Carmen se fue desnudando hasta quedarse solo con un fino tanga de hilo con el que se paseaba por toda la habitación -incluso salió un instante a la terraza- bamboleando las tetas sin parar de moverse de un sitio a otro.
Mientras yo la miraba sin perder detalle, comentó:
-No me extraña que te guste Carmen. Hay que reconocer que está muy buena…-
- ¿Y eso? - pregunté, realmente interesado.
-Pues he visto como la miraban los chicos- respondió. -Y, además, he compartido probador con ella…- añadió sonriendo maliciosamente.
-Cuenta, cuenta- rogué con la esperanza de oír lo que mi imaginación ya adelantaba.
-No ha pasado nada de lo que te gustaría, guarro- me recriminó riendo, -Es a ti al que te pone cachondo, ¿verdad? –
-Es mona- contesté con sorna.
Sin decir nada se acercó moviendo las tetas, se arrodilló delante de mí y empezó a bajarme las bermudas. Me miró a la cara y paso la lengua despacio desde mis testículos hasta el glande sin apartar sus ojos de los míos. Se metió mi polla en la boca durante unos segundos y luego preguntó:
- ¿De qué hablabas con Alberto cuando llegamos nosotras? -, preguntó sin dejar de masturbarme.
Creo que me hubiera costado mentir, pero la verdad es que ni siquiera lo intenté. Entre gemidos le confesé que Alberto había tenido la maravillosa idea de intercambiar fotos de nuestras mujeres desnudas y yo había accedido a ello.
No sé qué me movió a contárselo sin ofrecer resistencia alguna a pesar de no tener ni idea de la reacción que me podría encontrar. Le acaba de confesar, no solo que había violado la intimidad de una amiga, disfrutando las fotos que su marido me enseñaba, sino que además había exhibido su cuerpo desnudo a otro hombre.
Durante unos segundos guardó silencio, chupándome la polla con lentitud, para luego preguntar:
-Te ha puesto como una moto, ¿verdad?
-Si mucho- admití. - No sé por qué lo he hecho. -
Siguió preguntando: - ¿También te ha puesto enseñarle mis fotos? -
Era obvio, -Mucho-
- ¿Qué le has enseñado: tetas, ¿culo…?, insistió
-Todo- confesé mientras disfrutaba la felación.
Había mostrado mi mujer desnuda a otro hombre que se masturbaba pensando en ella y hubiera seguido haciéndolo si no nos hubieran interrumpido. Puede parecer una tontería y si lo analizas con calma te darás cuenta de que en los días que pasamos allí cualquiera pudo ver más piel de mi mujer que la que mostraba en las fotos que compartí con Alberto. Sin embargo, el contexto es diferente. Y también lo es el significado: implica compartir. Siempre había sido consciente de que mi mujer es muy atractiva y deseable y siempre me había preocupado que otros se interesasen por ella, llegando incluso a pedirle que no se pusiera ese pantalón tan corto o esa camiseta tan ajustada que marca sus enormes tetas.
Pero hoy me liberé de aquello mostrando el cuerpo desnudo de mi mujer a otro hombre al tiempo que yo disfrutaba de la suya. Quería exhibirla y presumir de ella. Poder comentar con alguien las tetas tan estupendas que tiene y confesar a mi amigo que yo también me iba a masturbar pensando en su mujer. Solo quien ha tenido experiencias similares puede comprender el grado de excitación que se alcanza en esos momentos.
No era consciente, entonces, de las fantasías de mi mujer. Fuerteventura había confirmado que era menos pudorosa de lo que pensaba y que no le desagradaba -más bien al contrario- mostrarse desnuda delante de desconocidos. Pero de ahí a enseñar su cuerpo desnudo a un amigo había un gran trecho que podía arruinar nuestras vacaciones. No ocurrió así, afortunadamente, y no tardé en comprender que, lejos de molestarle, mi travesura había desatado deseos ocultos.
Sacó mi polla de su boca, me lamió el capullo con lentos lengüetazos y durante un instante me miró directamente a los ojos con la más lasciva de las sonrisas dibujada en su cara. Estaba tan cachonda como pocas veces la había visto.
Con ganas de continuar el juego preguntó para provocarme: - ¿Te gustaría que estuviera Carmen aquí chupándote la polla? -
-La verdad es que sí- confesé. - ¿Y a ti?, ¿te gustaría comerle la polla a Alberto?
Respondió riendo: -Si quieras que lo haga, lo hago sin problemas- y añadió, descolocándome por completo -pero a quien de verdad me gustaría mamársela es al guiri rubio-
Mientras trataba de asimilar su respuesta la incorporé y le quité con violencia el minúsculo tanga. La eché sobre la cama y por no sé por qué extraña razón le separé las piernas cuanto pude antes de introducir mi pene en un coño abultado y húmedo que lo recibió con facilidad. Realmente estaba preciosa como pocas veces, gimiendo y balanceando las tetas con cada embestida, pero yo no podía dejar de pensar en lo que había dicho:
- ¿qué pasa, quieres chuparle la polla al guiri?, pregunté excitado
-Me encantaría- dijo -Y si me la mete como tú ahora, todavía mejor.
Mil ideas e imágenes se mezclaban en mi cabeza mientras la follaba y, aun así, quería más detalles. Le saqué la polla, me puse de rodillas frente a ella y agarrando por la parte posterior de los muslos la acerqué hasta mí, pero sin penetrarla, pensando que sentiría yo si alguna vez la viera así de abierta delante del guiri que, por lo visto, tanto le ponía.
- ¿Antes o después de mí? - quise saber excitado.
Y ella sabía perfectamente lo que quería oír -los dos juntos– respondió, deslizando las palabras -Me gustaría follar con los dos a la vez. Sé de amigas que lo han hecho y a mí también me gustaría probarlo.
-Nunca me lo has contado. – Insistí: ¿De verdad te atreverías con dos pollas al mismo tiempo?
-Por supuesto que sí! - se apresuró a contestar, añadiendo: -tu mujer tiene tetas y coño de sobra para vosotros dos. Y si no me crees, pregúntale a Alberto. –
No supe interpretar esta respuesta. No sabía si Julia estaba sugiriendo que Alberto ya había comprobado que el cuerpo de mi mujer podía satisfacer dos hombres o si hacía referencia a las fotos que antes había disfrutado. En cualquier caso, yo quería seguir:
¿Y qué parte me reservarías a mí, llegado el caso?
-jajaja- rio maliciosamente- Preferiría que fuera barra libre, que cogierais lo que os apeteciera… pero si tengo que elegir… prefiero chupártela y que veas como él se folla a tu mujer en primer plano y en directo, no en una foto. No me digas que no te encantaría verlo, ¿tú te atreves?
He compartido muchos momentos irrepetibles con ella, pero pocas veces recuerdo haberla visto más desinhibida. La volví a penetrar sin miramientos para no admitir que, por supuesto, que en ese momento me hubiera atrevido, porque estaba fuera de mí. Con mi polla metida hasta el fondo de su coño, mi mujer me estaba confesando que quería follarse a otro hombre. Y todo lo que había pasado esa noche dejaba claro que esta vez no se trataba de una de las bromas inocentes que a veces usábamos en la intimidad para conseguir excitación. No, era un deseo claro y decidido que confesaba sin rubor alguno. Supongo que el jueguecito de las fotos con Alberto le había excitado y ahora quería ir más allá-.
Mientras gemía con más intensidad al alcanzar el orgasmo imaginé la polla del guiri entrando y saliendo del coño de mi mujer, completamente abierta de piernas. Le vi agarrando sus tetas, mientras ella me la chupaba mirándome a la cara y no pude más. Sin embargo, no me corrí dentro de ella: en el último momento saqué mi polla y me masturbé mientras ella, más relajada tras correrse, me miraba fijamente. Me incliné sobre sus tetas y eché varios potentes chorros que la llenaron de leche mientras ella, sin parar de mirarme, acercaba sus pechos con las manos para que no se derramara.
Más tarde, limpios y calmados, mientras Julia se abrazaba a mí para dormir, yo no podía parar de pensar en lo mucho que cuatro días en aquella isla nos habían transformado y no dejaba de imaginar situaciones morbosas que, hasta hace bien poco, me parecían ciencia ficción. Me preguntaba si realmente sería capaz de compartir mi mujer con el guiri. Desnudarla para que otro hombre la follara y luego follarla yo. Y me daba miedo la respuesta. Me dormí sin poder parar de ver la polla del guiri, el coño de Carmen o la cara lujuriosa de Alberto al contemplar las fotos de mi mujer desnuda.
Recuerdo haberme preguntado, con una mezcla de temor y excitación, si todavía habría tiempo para nuevos descubrimientos, sin saber que lo mejor aún no había comenzado y que por obvias razones de aburrimiento del lector, deben ser objeto de próximos capítulos.
Continuará… (siempre, por supuesto que el lector lo demande)
P.D. Querido lector no dudes en comentar y valorar mi relato en la web o transmitirme lo que desees. Es muy gratificante leerte y siempre refuerza la motivación para continuar la historia. Gracias
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