Xtories

Cómo instruyeron a mi mujer

Siempre creyó que conocía a su mujer. Hasta esa noche, cuando la ventana de la casa de campo se convirtió en un escenario prohibido y él, desde la oscuridad, descubrió que la inocencia era solo una fachada. Ahora, la pregunta no es si la perdonará, sino si podrá soportar verla feliz con otros.

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—Son una pareja muy agradable.

Acabábamos de llegar a casa después de cenar con una compañera de Rosa, mi mujer, y su marido. Aunque Rosa conoció en el trabajo a Eva hace ya varios meses, era la primera vez que yo los veía.

—¿No notaste algo extraño en Javier? — la pregunté entrando al dormitorio.

—¿En Javi? Salvo que debe sacarle quince años a Eva no he notado nada, ¿por qué?

—No lo sé, pero durante la conversación parecía como si te conociera de antes.

—Pues es la primera vez que le veo — me hizo un gesto con la mano como descartando el tema.

—Ya, ya, pero es como si supiera cosas de ti, no sé, seguro que es una tontería — me había quitado la ropa y contemplaba a mi mujer haciendo lo mismo. Nos casamos con veintiséis años y ahora, cinco años después, su cuerpo me parecía incluso mejor que cuando éramos novios. A mi mujer le gustaba ir al gimnasio a diario y correr los fines de semana. Me fijé en sus largas piernas tonificadas, en su estrecha cintura y su redondito y respingón trasero, en sus pechos firmes y grandes, en su preciosa carita de niña.

Estaba en ropa interior cuando mi mirada se cruzó con la suya. Me miró con sorna.

—¿Ves algo que te guste, maridito? — abrió los brazos dejando que la admirara.

—Ya lo sabes, cariño.

Me acerqué hasta tenerla en mis brazos y acariciar su espalda. Su piel era suave y cálida. Se puso de puntillas y me dio un beso en los labios.

—Me gusta cómo me miras — me dijo mimosa.

—A mí me gusta mirarte — aproveché para desabrocharla el sujetador.

—Vamos a la cama.

Estábamos somnolientos y abrazados después de hacer el amor y ponernos el pijama. Rosa era pudorosa en exceso y no le gustaba dormir ni siquiera en braguitas en pleno verano, y a mí me tocaba hacer lo mismo. Quizá por su educación religiosa. Hacíamos el amor con frecuencia, pero casi siempre en la postura del misionero. Me costó tres años de matrimonio y mucho insistir convencerla de probar al estilo perrito. Rosa lo disfrutó, sin embargo no lo acababa de ver natural y solo lo hacíamos así en ocasiones contadas. Por supuesto del cunnilingus o felaciones ni hablar: “eso es sucio”, me decía cuando se lo proponía. Tenía un cuerpo para el pecado y la actitud de una santa. Hacía tiempo que me había resignado a lo convencional y ya ni lo echaba de menos. Me dormí con una sonrisa al ver cómo se le cerraban los ojitos.

Habíamos convertido en costumbre cenar con Rosa y Javier todos los fines de semana. Hoy lo hacíamos en una terracita pequeña y coqueta a las afueras de la ciudad. Era un restaurante con jardín en el que se disfrutaba del frescor de la noche. Javier, sentado frente a mí, nos contaba una de sus aventuras en las que había despedido a un trabajador haragán de su empresa sin siquiera indemnización.

—Así que le despedí y encima me dio las gracias un montón de veces.

Nos reímos todos ante una historia tan absurda.

—No me lo creo — dije entre carcajadas —. Imposible.

—Ay, Santi. No sabes lo persuasivo que es Javi — me dijo Eva cogiendo mi mano sobre la mesa.

—Pero eso es demasiado — respondí incómodo pero sin retirar la mano por miedo a ofender a Eva.

—Jajaja, si yo te contara la de cosas que me convence para hacer no lo dudarías — el tono grave y susurrante de su voz dejó clara la naturaleza de “las cosas”.

—Ja, como si no lo disfrutaras, Evita — le dijo Javier cogiendo su otra mano y besando su palma.

Luego cogió la mano de Rosa y la miró a los ojos.

—Seguro que tú le das a Santi todo lo que necesita, ¿verdad?

Mi mujer se sonrojó y miró su plato vacío como buscando algo inexistente. Por suerte nos libró de la situación incómoda la llegada del camarero con los cafés. Rosa y yo recuperamos nuestras manos y la conversación retornó a temas menos íntimos.

—¿Sabéis que aquí al lado hay otro jardín para tomar copas? ¿Os parece si nos quedamos un rato? — sugirió Javier después de empeñarse en pagar la cuenta.

—¿Ah sí? ¿Aquí? — preguntó Rosa oteando alrededor.

—Sí, es del mismo propietario.

—La verdad es que después del calor del día se empieza a estar fresco y no me apetece meterme en casa — defendió Eva.

—Pues vamos — decidí viendo que a Rosa también le apetecía.

Era un sitio precioso. Rodeado por un seto de buganvillas, mesas bajas y sillas de mimbre llenaban casi todo el recinto. En una esquina había una pequeña tarima y un espacio vacío delante. Nos sentamos y pedimos unas bebidas que nos trajeron enseguida. Charlamos un rato y al poco una pareja se subió a la tarima. El chico se sentó y sacó un ordenador que conectó a unos cables. Enseguida empezó a sonar un bolero que la chica se puso a cantar con voz dulce y bonita.

—¡Me encanta! — exclamó Eva cogiéndonos las manos a Javier y a mí y levantándonos —. Vamos a bailar.

Rosa se levantó y no me quedó más remedio que acompañarla a la pequeña pista de baile. Digo que no me quedó más remedio porque no era muy buen bailarín, debía ser algo genético o algo así, pero me resultaba imposible seguir el ritmo de las canciones. A pesar de esto disfruté mucho de moverme arrítmicamente con Rosa en mis brazos, que se veía encantada.

Nos sentamos tras dos canciones y vimos a nuestros amigos bailar otro par más antes de que volvieran y se sentaran.

—No sois mucho de bailar, ¿no? — Javier se echó un poco hacia adelante y puso una mano sobre el muslo de Eva y la otra sobre el de Rosa.

—No, la verdad es que no consigo mantener el ritmo — le dije mirando de reojo la mano sobre Rosa, que no parecía darle importancia.

—Pues espero que no seas igual para todo, Santi — se rio entre dientes.

—Tuve un novio al que le pasaba lo mismo — dijo Eva dando un sorbo a su bebida —. Era un desastre. Hasta que le cogí yo, claro, jajaja. ¿Quieres que lo intentemos?

—No, mejor no — respondí cortado, llevaba muchos años sin bailar con nadie que no fuera mi mujer.

—Que sí, Santi, baila con Eva. Es una bailarina estupenda — Javier cogió de la mano a su mujer y la hizo levantarse. Me resultó violento negarme y salimos a la pista.

Eva debió notar mi timidez y me puso la mano derecha en su cintura y me agarró la izquierda. Empezamos a movernos.

—Tienes que escuchar la canción. El ritmo normalmente lo marca la batería. Fíjate.

Sin dejar de movernos decía “pum” “pum” cada golpe de batería.

—Hazlo conmigo — me dijo al oído acercándose más a mí.

Aunque me sentí bastante tonto lo repetí con ella: “pum” “pum”.

—Muy bien. Ahora movemos los pies cada “pum”.

Hice lo posible para seguir sus instrucciones aunque me costaba concentrarme. Eva era una mujer guapísima con las curvas en los sitios justos y me estaba dedicando una sonrisa radiante. Su cintura era cálida y flexible en mi mano.

—Mejor, cariño. Sigue el ritmo.

Creo que me ruboricé cuando dijo “cariño”, lo que es seguro es que perdí el ritmo. Eva lo notó enseguida y volvió a marcar el ritmo con el “pum” “pum”. Intenté no perderlo. Respiré aliviado cuando terminé la canción pensando que lo dejaríamos, pero Javier y Rosa se nos acercaron y se pusieron a bailar a nuestro lado.

Seguí con Eva. Su mano apoyada en mi hombro se fue deslizando casi imperceptiblemente hasta que me acarició la nuca. Aunque era muy agradable me sentí incómodo, y más viendo a mi mujer bailando con Santi excesivamente pegados, aunque por las risas con que respondía a las cosas que la decía, a ella no le molestaba en absoluto. Me fijé en que la mano en la cintura de mi mujer se movía arriba y abajo como si estuviera acariciándola.

—Venga, Santi — me sacó Eva de mis cavilaciones —, no te despistes.

Me esforcé por recuperar el ritmo concentrándome en el baile. Aguanté quizá un par de minutos antes de que la mano viajera de Javier me volviera a distraer. Seguía recorriendo la cintura de Rosa, pero cada vez sus exploraciones llegaban más abajo. No lo suficiente como para hacerme intervenir, pero sí en la frontera de lo aceptable: justo donde empezaba la suave curva del trasero de Rosa. La miré pensando en rescatarla si la notaba incómoda, pero la sonrisa que le dedicaba a Javier me contuvo. No quería hacer el ridículo yendo a un rescate innecesario. Además, si de algo estaba totalmente seguro en la vida era en el amor y la fidelidad de Rosa.

Terminó la canción y me separé bruscamente de Eva. No quería bailar más. Al vernos Javier y Rosa se separaron también. Me extrañó el respingo que dio mi mujer, pero como siguió como si nada no le di importancia.

Estuve distraído el resto de la noche dando vueltas a si debería hablar con Rosa sobre el baile, pero quizá la sentara mal y no quería enojarla por lo que seguro que era una tontería. Aun así, observé que cada vez que Javier hablaba con mi mujer, ponía la mano en su muslo y le daba un apretoncito. Sería de esas personas cariñosas que lo hacía sin mala intención.

Era tarde cuando llegamos a casa. Para mi sorpresa por lo tardío de la hora, Rosa se puso juguetona. Y mi asombro aumentó cuando, después de besos y caricias, se arrodilló en la cama y se inclinó hasta aferrarse con las dos manos al cabecero.

—Házmelo por detrás, Santi.

No la di tiempo a arrepentirse. Excitadísimo por su insólita petición, la agarré de las caderas y la introduje rápidamente mi durísimo miembro. Rosa estaba muy húmeda y entró sin problemas. Nos corrimos casi a la vez tras unos gloriosos minutos y mi mujercita gimió como nunca la había escuchado. Después de limpiarnos y ponernos el pijama nos dormimos como angelitos.

Pasaron un par de semanas en las que no ocurrió nada reseñable. Nos absorbió el trabajo, el arranque de pasión de Rosa no se repitió… en fin, que todo volvió a la normalidad. Eva y Javier se marcharon a un pueblecito cercano a la ciudad y estuvimos un tiempo sin verlos. Se habían hecho una casa en la sierra, en una zona fresca y arbolada y justo acababan de terminar la obra. Fueron a revisar que todo estuviera como querían y a amueblarla. Por eso pasó un tiempo hasta que volvimos a reunirnos.

—Entonces, ¿cómo es la casa? — preguntó Rosa. Estábamos terminando el postre. En poco tiempo aparecería el monologuista que amenizaría la sobremesa.

—Una pasada — respondió una exultante Eva —. Tiene dos plantas y la fachada es casi toda de cristal. Me encanta tanta luz. Por no hablar de la piscina.

—Lo mejor — la interrumpió Javier — es la domótica. Los cristales de las habitaciones se oscurecen o aclaran a voluntad. La calefacción es por suelo radiante y la podemos conectar en remoto. Tiene todas las pijaditas que se pueden pedir.

—¡Qué envidia! — exclamó Rosa —. Sobre todo el jardín y la piscina, por muy bueno que sea un piso en la ciudad siempre será un piso. Deberíamos plantearnos — me dijo poniendo la mano en mi brazo — ver algo en el campo, cariño.

—Bueno, podríamos verlo, sí — ciertamente nuestras finanzas no iban mal, pero de ahí a comprar una casa había que echar muchos números.

—Haced una cosa — sugirió Javier —, mañana por la mañana nosotros volvemos a la casa. ¿Por qué no os venís y pasáis el sábado y el domingo con nosotros? Podéis mirar si os gusta la zona y si hay algo en venta.

Y así, sin comerlo ni beberlo, nos dio la dirección y acordamos ir también. No estaba muy convencido sobre comprar nada, pero no quise quitar la ilusión que iluminaba la carita de mi mujer.

Unos aplausos nos informaron que el humorista había aparecido. Se presentó y empezó a contar sus historias. Desplazamos un poco las sillas para verle los cuatro. Eva se quedó en un extremo, luego Javier, Rosa y yo en el otro extremo.

“Lo peor es cuando fui mayor y le pregunté a mi madre — relataba el artista —, mamá ¿cómo se explica que papá sea negro, tú blanca y yo amarillo?” “Mira chaval, si supieras la orgía que hubo ese día, lo que me extraña es que no ladres”.

Nos partimos de risa, Rosa incluida. La miré con prevención por si torcía el gesto. Normalmente no le gustaban los chistes picantes por su profundo pudor para todo lo relacionado con el sexo, pero afortunadamente se reía como los demás. A Javier le debió hacer mucha gracia porque se reía a carcajadas haciendo aspavientos. Se calmó finalmente poniendo una mano sobre el muslo de Eva y la otra sobre el de Rosa.

“Pero peor que eso — continuó la actuación — es cuando mi mujer me dijo que debía tener mucho cuidado con quedarse embarazada”. “Pero si me he hecho la vasectomía”. “Por eso, por eso”.

Nos volvimos a carcajear. Las manos de Javier subían y bajaban por los muslos de las chicas. Miré a Rosa pero o no la importaba o no se daba cuenta con las risas. Puse mi mano posesivamente en su otra pierna y la cubrió con la suya dedicándome una sonrisa que me tranquilizó.

La actuación continuó. El humorista era muy bueno y nos reímos mucho con él. Vigilé a Javier, que siguió sobando la pierna a mi mujer y de vez en cuando la decía algo al oído que lo hacía reír.

“¿Te vienes a una orgía esta noche?". ¿Y cuánta gente habrá?". "Pues si te traes a tu mujer, tres".

Seguimos con el jolgorio. Esta vez cuando Javier se inclinó para murmurar a Rosa, ésta le miró cambiando la risa por una sonrisa tímida y negó con la cabeza. Tendría que preguntarla luego de qué iba la cosa.

El resto de la velada fue un infierno para mí. Javier se propasaba cada vez más, apoyando la mano en el hombro de Rosa, en su muslo e incluso en su cintura. Ciertamente no llegó a tocar nada indebido que pudiera recriminarle, y a mi mujer tampoco le debió sentar mal porque actuó con naturalidad, como si no pasara nada malo, divertida con el monólogo. Eva tampoco se molestó. Aunque veía los toqueteos de Javier, sonreía, supuse que era lo normal en él y ella estaba acostumbrada. Respiré aliviado de todas formas cuando dimos la noche por terminada y nos despedimos de ellos.

En casa me esperó otra sorpresa. Rosa estaba de ánimo e hicimos el amor, aunque eso no fue lo que me causó asombro. Ya os he comentado que lo hacíamos a menudo. Lo que me sorprendió fue que según estábamos haciendo el misionero, Rosa me empujó a un lado y se subió encima de mí agarrando mi miembro y metiéndoselo. Me cabalgó como una valquiria y me puso las manos sobre sus perfectas tetas para que se las amasara. Intenté recordar sin éxito la última vez que habíamos hecho algo parecido. Luego me dejé llevar y me olvidé de todo hasta que me vacié en su interior escuchando sus estentóreos gemidos de placer.

—Mira, mira, debe ser esa — había conducido casi hora y media y habíamos llegado por fin a la casa de Javier y Eva cerca de la hora de comer. Aparcamos junto a un seto que delimitaba la finca y caminamos por un caminito adoquinado flanqueado por césped hasta llegar a la puerta. Eva nos abrió y casi se me cae la mandíbula al suelo. Llevaba un diminuto bikini con un pareo prácticamente transparente rodeando su cintura.

—¡Qué bien, ya estáis aquí! —. Nos dio un caluroso abrazo a cada uno sin cortarse en aplastar los pechos en mi torso —. Pasad, pasad, que os muestro vuestra habitación y os enseño la casa.

La casa estaba integrada perfectamente en la cima de un monte y la entrada que habíamos utilizado estaba curiosamente en la segunda planta. Nos llevó a un enorme dormitorio donde dejamos nuestras cosas y nos enseñó el resto. Lo que más me gustó fue un salón que daba a la piscina. Con la pared entera de cristal la vista era magnífica. Rápidamente vimos el resto y bajamos a la planta baja. Otro salón, un despacho— biblioteca donde trabajaría Javier según nos dijo Eva, un baño y una amplísima cocina donde trasteaba Javier, el suelo era de la misma tarima clara que había en toda la casa.

—Hola chicos, ¿os ha gustado la casa?

Nos dedicó otro abrazo a cada uno y salimos al jardín. Rosa, más aficionada que yo a esas cosas exhaló admirada. Césped, parterres de flores, setos bajos, árboles, caminitos empedrados como el de la entrada, la piscina, todo ello se combinaba perfectamente dando una sensación, aún en mi ignorancia por estas cosas, de naturaleza bella y armoniosa.

—Es espectacular — exclamó Rosa dando palmas y girando para ver todo —. ¿Lo habéis diseñado vosotros?

—Ya me gustaría — se rio Javier —. Contratamos a un paisajista. Creemos que ha hecho un buen trabajo.

—Ya lo creo. Me encanta — alabó mi mujer.

—Gracias, cielo. ¿Qué queréis hacer hoy? ¿Os enseñamos los alrededores o nos quedamos en la piscina? — nos miró sonriente.

—A mí me gustaría conocer un poco la zona — Rosa había estado insistiendo en que pensáramos lo de comprar una casa.

—Pues después de comer nos damos una vuelta — ofreció Eva.

Entre la comida, explorar los alrededores y cenar en pequeño mesón del pueblo se nos pasó el día y para cuando caímos en la cama estábamos rendidos.

Nos despertamos y bajamos pronto, pero aún así encontramos a Javier y a Eva cuchicheando en la cocina. Desayunamos en una mesita en el jardín.

—Bueno chicos, me voy a poner el bikini — nos dijo Eva cuando terminamos de recoger la mesa —. Pienso estar todo el día en la piscina.

—Suena perfecto —. Convino su marido.

—Nosotros no caímos en eso y no hemos traído bañadores — dijo Rosa.

—No es problema, subid conmigo y os dejo unos.

Nos cambiamos en el dormitorio. Eva me había prestado un bañador de Javier y a Rosa uno de sus bikinis.

—¿No es demasiado provocativo? — Le dije al ver lo diminuto de las prendas.

—Tienes razón, pero se pone anudando las cintas y dice Eva que así no hay problema de talla. Me ha dado reparo rechazarlo. No quería decirle que su bikini es poco decoroso.

—Ya.

La ayudé a anudarlo. Lo cierto es que con el magnífico cuerpo de Rosa le quedaba de escándalo, pero no me convencía que se dejara ver así por Javier.

—Bueno, ponte una camiseta al menos.

—Claro, no pensaba bajar así.

Algo más tranquilo bajamos a la piscina. Javier y Eva salían del agua y se acomodaron en unas tumbonas a la sombra de un árbol después de que Eva conectara un pequeño equipo de música.

—Daos un baño o tumbaos con nosotros — nos propuso Eva.

—Creo que de momento prefiero la tumbona — contestó Rosa.

Se nos pasó gran parte de la mañana charlando. Yo me bañé un par de veces y no pude evitar mirar subrepticiamente el cuerpo de Eva de vez en cuando. Se acercaba la hora de comer.

—Necesito ir a por nata para cocinar — dijo Javier —, pero me da mucha pereza.

—Si quieres voy yo, cariño — le contestó Eva —. No me importa ir si me acompaña alguien, ¿qué dices, Santi?

—Claro, yo te acompaño — me sentí obligado a decir.

—Pues venga, voy a cambiarme y nos vamos.

Nos subíamos al coche cargados con un par de bolsas de víveres cuando me Eva me lo dijo:

—Supongo que Javi estará metiendo mano a Rosa a estas alturas. Para cuando lleguemos a casa imagino que ya la estará follando.

Miré atónito cómo se ponía tranquilamente el cinturón de seguridad. Me costó unos momentos comprender del todo lo que quería decir.

—Imposible — respondí apretando los dientes —. Rosa no haría eso. Me quiere.

Hizo un gesto con las manos como diciendo “tú mismo”. Arranqué el coche y mantuve la serenidad para no estrellarnos antes de llegar a la casa. Simulando calma entré en la casa olvidando las bolsas.

—Vamos a mirar primero — Eva me cogió la mano y entramos en el salón mirador. Aterrado miré al jardín buscando febrilmente.

Exhalé un suspiro de alivio al verlos en la piscina. No estaban en una zona muy profunda, el agua les llegaba por la cintura. Eva se reía cerca de Javier pero todo parecía inocente. Miré ufano a Eva.

—Fíjate. Ya tiene desabrochada la cinta del cuello del bikini — señaló con la mano.

Observé con más atención y comprobé que tenía razón, pero eso no demostraba nada. En ese momento Javier se acercó a la espalda de Rosa, que sin inmutarse permitió que le desatara el bikini por la espalda. Agarrándolo por una de las cintas lo lanzó fuera del agua. Rosa se cubrió los generosos pechos con las manos y Javier la agarró por la cintura arrimándose aún más. Me quedé absolutamente pasmado cuando mi mujer se rio para terminar levantando los brazos y sus manos siendo reemplazadas por las de Javier, que no dudó en magrear las tetas de Rosa. Me volví para bajar y detenerlos.

—Espera Santi, ¿no confías en tu mujer? Veamos hasta dónde llegan — me sujetó y me hizo mirar de nuevo. Aturdido por lo que me parecía imposible me dejé manejar por Eva.

Javier ya estaba pegado completamente a Rosa. No los podía escuchar, pero ya no se reía aunque decía algo cada vez que Javier le retorcía los pezones o le estrujaba con fuerza las tetas. Salté sorprendido al sentir que me tocaban el miembro sobre el bañador.

—Me estoy poniendo cachonda viéndolos desde aquí — me dijo con voz mimosa subiendo y bajando la mano pegando sus pechos a mi brazo.

Yo no entendía nada. Mi cerebro funcionaba como su estuviera sumergido en brea, solo contemplaba estático cómo Javier abusaba de Rosa. Ahora había metido una mano bajo el agua y viendo cómo mi mujer se retorcía era fácil adivinar lo que la estaba haciendo.

—¿Quieres que te haga una mamada, Santi? — me dijo Eva restregando sus tetas en mi pecho.

Me llegaron las palabras, pero en mi estado de shock no contesté. Ni siquiera respondí cuando me bajó el bañador y me acarició el flácido miembro. Mis ojos estaban fijados como láseres en la pareja de la piscina y era incapaz de apartarlos. Javier se separó y caminó hasta la orilla, Rosa le siguió haciendo un puchero hasta que ayudándose con los brazos se sentó en el borde.

¡Estaba completamente desnudo! Rosa se acomodó entre sus piernas recorriendo sus muslos con las manos y mirando hipnotizada su gruesa y larga polla

—Ummmm.

Miré hacia abajo. Eva se acababa de meter mi miembro en su boca y lo chupaba con deleite. Hasta ahora había estado indiferente, pero era imposible no reaccionar ante esta situación. Mi polla se engrosó entre sus labios. Levanté los pies con desgana para terminar de quitarme el bañador.

—Ya era hora, Santi. Deja de mirar por la ventana y hazme caso — me dijo Eva sacándose mi polla antes de volver a engullirla.

Pero yo no podía. Miré justo para ver cómo Javier obligaba con una mano a mi mujer a bajar la cabeza y a meterse su polla en la boca. Luego usó las dos manos para dirigirla, para hacerla subir y bajar, para que le hiciera lo que a mí nunca había querido hacerme. Mi corazón se rompió y aún así no podía dejar de mirar.

Javier apartó las manos y le acarició los hombros y las mejillas. Le dijo algo antes de reírse. Rosa se la chupó unos minutos hasta que Javier se levantó y ayudó a mi mujer a salir del agua. Sonrió mientras la desataba el bikini y lo dejaba caer. Ambos estaban ya completamente desnudos. La abrazó y la besó, Rosa le devolvió ardientemente el beso mientras él recorría todo su cuerpo con las manos. Eso aniquiló lo poco que me quedaba de corazón.

Eva me dejó y se levantó. Tan ensimismado estaba en lo que ocurría abajo que no reaccioné hasta que me gritó desde la puerta.

—No te preocupes, Santiaguito, te la devolveremos después de follárnosla bien follada, pero puedes mirar.

Salí de mi estupor y corrí a la puerta, pero cuando llegué Eva se había ido y la puerta estaba firmemente cerrada. Como en todas las de la casa había un pequeño panel luminoso al lado, algo de un sistema de seguridad, nos había explicado Eva cuando llegamos. Pulse aleatoriamente en la pantalla un rato inútilmente hasta darme por vencido. Derrotado volví a la pared de cristal. Me temía lo que iba a ver.

Javier estaba sentado en el césped, Rosa de rodillas entre sus piernas abiertas le agarraba la polla con una mano y se la mamaba inclinando el cuerpo. Las manos de Javier acariciaban sus tetas colgantes. En esto apareció Eva. Desnuda. Sin que Rosa se percatar se arrodilló tras ella y le lamió la hendidura entre sus nalgas. Rosa saltó del susto, pero las manos de Javier volvieron a su cabeza y la obligó a continuar la mamada.

Eva ahondó sus lamidas y mi mujer levantó la cabeza. Pude ver su gesto de placer y sus labios entreabiertos gimiendo antes de que Javier la hiciera bajar de nuevo. Siguieron unos minutos en los que creo que Rosa se corrió dos veces. Luego nuestros jodidos “amigos” intercambiaron posiciones.

Eva recibió el cunnilingus de mi mujer y Javier… ¡JODER! Javier la agarró de las caderas y se introdujo en el dulce coñito de Rosa haciendo que arqueara la espalda de placer. Se me escapó una lágrima.

En pocos minutos Eva se corrió, Rosa se corrió y Javier aguantó sin correrse.

La pusieron boca arriba sobre la mesa en la que desayunábamos y la volvió a follar mientras Eva le comía las tetas. Luego la bajó al césped y se la metió de lado levantándola una pierna. Esta vez creo que se corrieron los dos, porque luego Eva la comió el coño mientras Javier miraba.

Y yo seguía sin poder dejar de mirar. He de confesar que mis pensamientos eran totalmente inapropiados. Llegué a desear que la estuvieran violando, que mi mujer se resistiera ferozmente en vez de advertir lo que disfrutaba y lo alegre que se prestaba a cada nueva cosa que la hacían.

Consiguió Eva que se corriera otra vez y, sin dejarla más de un minuto para reponerse, volvió a chupársela a Javier. La condenada parecía haberle cogido el gusto por el entusiasmo con que se aplicaba. Cuando estuvo a punto, Rosa se subió sobre él en la misma silla y ella solita se introdujo la gorda polla. Eva la abrazó por la espalda y le metió un dedo en la boca. Mi mujer lo lamió y chupó como si fuera una polla sin dejar de cabalgar. Con el dedo húmedo, a Eva solo se le ocurrió deslizarlo por la espalda de Rosa. No podía estar seguro desde arriba, pero mi mujer se detuvo con todo el cuerpo tenso. La mano de Eva se movía dentro y fuera. Rosa reanudó paulatinamente la cabalgada con un gesto de placer. Deduje que al tiempo que Javier la follaba el coño y la magreaba las tetas, Eva la follaba el culo con el dedo.

A pesar de los abusos se veía a Rosa muy excitada. El rostro sudoroso, los labios entreabiertos y los ojos brillantes. Una sonrisa curvaba sus labios. Estaba preciosa.

Casi sin darme cuenta me agarré el miembro y me masturbé lentamente. Me avergonzaba en grado sumo ser tan débil, pero la expresión de placer de mi mujercita no tenía precio. Vi cómo se corría una primera vez y seguía cabalgando hasta correrse una segunda al tiempo que yo derramaba mi semen en la bonita tarima marrón claro del suelo.

Todavía siguieron lo que me parecieron muchas horas aunque puede que no fuera tanto. Sí que me quedó claro que Rosa dejó de ser pasiva. Se inclinó agarrándose a un árbol y movió el culo sugerentemente para que Javier la complaciera. Luego le chupó las tetas a Eva y la comió el coño. Estaba desatada. Al final convenció a Eva, que se resistía supongo que exhausta, para que tumbada sobre la mesa la penetrara con dos dedos en el culo hasta que se corrió gritando.

Quedó medio desvanecida y no vio cómo se iban Javier y Eva agarrados de la mano y con unas radiantes sonrisas en el rostro.

Al cabo terminó espabilándose. Levantó la cabeza y miró en torno viendo que estaba sola. Caminando con dificultad llegó a la ducha de la piscina y estuvo un largo rato bajo el agua. Yo la vigilaba desde arriba. Entró en la casa y tras un par de minutos escuché sus pasos apresurados que llegaban a la puerta. Tras unos pitidos la puerta se abrió y vi cómo, cabizbaja y todavía desnuda, llegaba a mi lado.

—Lo siento mucho. Te amo, Santi. Te amo mucho. ¿Puedes perdonarme?

La ignoré sin poder mirarla. En realidad no sabía qué decir, no sabía cómo me sentía. Escuché sus primeros sollozos y me quedé tieso como un palo cuando se me abrazó llorando a lágrima viva. Sus piernas fallaron y nos dejamos caer al suelo sin que me soltara un instante.

—Lo siento mucho, de verdad — su voz entrecortada por el llanto —. No sabes cuánto.

La dejé llorar hasta que mi resolución se ablandó y la devolví el abrazo. Mis ojos estaban húmedos.

—Perdóname, Santi. No me dejes, te quiero.

Ante mi mutismo su llanto arreció. Estaba desolada. Acaricié su espalda intentando comprenderla.

—¿Qué ha pasado? — la pregunté con la voz ronca.

—Ha sido culpa de Eva — me explicó casi en susurros —. En el trabajo me contaba su vida sexual y yo fui tan tonta de contarle la nuestra. En las veces que nos hemos visto, tanto ella como Javier me metieron miedo diciéndome que te iba a perder, que era demasiado recatada, que si encontrabas a otra mujer que te diera más que yo me dejarías — terminó de hablar entre hipidos.

—¿Por eso estuviste más ardiente?

—Creo que sí, por favor, perdóname.

—¿Y lo de hoy? ¿Cómo ha podido pasar?

Intentaba tranquilizarla frotando su espalda. Ella se aferraba a mi pecho como si al soltarlo me pudiera perder para siempre.

—Pues cuando os habéis ido me ha convencido para bañarnos. Me ha dicho que era guapísima y que tenía un cuerpo precioso, que tú debías estar frustrado por no poder disfrutarlo como se merece.

Pensé que en el fondo no estaba equivocado.

—Ha insistido tanto y con tan buenos argumentos que he terminado dándole la razón. Luego me ha dicho las cosas que tenía que hacerte y dejar que me hicieras. Me he avergonzado muchísimo. Mi fallo ha sido que cuando me ha preguntado si sabría hacerlo ingenuamente le contesté que no.

—Ya, y se ofreció a ayudarte.

—Sí. Yo me negué, claro, pero es tan convincente y persuasivo que dejé que me quitara el bikini. Según él los preliminares son muy importantes y quería que yo supiera cómo tenías que tocarme los pechos como preliminar al sexo. Lo siento mucho, Santi, pero lo hacía tan bien que una vez que empezó no fui capaz de resistirme, hasta me tocó la rajita. Me excitó tanto que me dio miedo dejarme llevar y para que me dejara de tocar cuando se ofreció a enseñarme a masturbarte y a hacerte una felación le dije que sí. Inocentemente pensaba que sería algo teórico, pero no.

—Lo imagino — algo me impidió decirle que lo había visto todo.

—Sí. Se sentó en el borde de la piscina y le cogí el pene con una mano, así —. En ese momento Rosa me dejó fuera de juego asiendo mi miembro. No me había vuelto a poner el bañador y lo tenía al aire —. Me guio al principio para que supiera cómo bombear y luego me dejó hacerlo sola. Mientras lo hacía su pene creció poco a poco, como el tuyo hace ahora.

Cohibido comprobé que tenía razón. ¿Cómo podía excitarme oyendo su infidelidad? Me parecía imposible, pero mi miembro era la prueba.

—Tras un rato la tuvo tan dura y grande que me dijo que usara las dos manos, parecía una buena idea así que le obedecí. Su pene estaba muy caliente y me dieron ganas de hacerle correrse —. Su mano, una sola, seguía subiendo y bajando mi longitud —. Me alabó y me dijo que lo estaba haciendo muy bien y que te iba a encantar. ¿Es verdad? ¿Te gusta? — Asentí con la cabeza —. Me gustó tanto oírlo que cuando me pidió que me la metiera en la boca sólo me resistí un poquito y cuando me empujó la cabeza hacia abajo cedí enseguida. A partir de ahí me fue dando instrucciones detalladas. Primero me la tuve que meter todo lo que me cupo y luego subir apretando los labios. Luego me dijo que la lamiera por fuera de abajo arriba. Mira, fíjate.

Me quedé de piedra al ver que bajaba la cabeza y se metía mi miembro en la boca, aspiró subiendo y luego lo recorrió con la lengua. La sensación fue increíble.

—¿Quieres que te lo siga contando? — me preguntó levantando una mirada dulce hacia mí.

—Sí, sigue.

—Vale. Me indicó que era importante lamer los testículos así que se lo hice. Cuando se cansó me la tuve que meter de nuevo en la boca. Sus manos en mi cabeza me ayudaban con la velocidad y profundidad de la felación. Me dijo también que mi lengua tenía que jugar con su glande. Intenté hacerlo bien para aprenderlo para ti, así que me puse muy contenta cuando me alabó y me dijo que mi técnica era estupenda. Ya no me ayudaba con las manos, pero puse todo mi empeño en hacérselo bien, no quería fallar. Debí cumplir porque se reía y me llamaba golosa. Verás, verás qué bien lo hago.

Volvió a bajar la cabeza y repitió la rutina anterior, salvo que esta vez continuó lamiendo mis huevos y siguió haciéndome una mamada de campeonato. Tan buena era la sensación que estaba a punto de correrme cuando súbitamente Rosa levantó la cabeza. Sustituyó la mamada por unas caricias lentas.

—Me explicó Javier que tenía que parar cuando palpitara o se correría antes de tiempo, aunque él duró mucho más que tú, a lo mejor es porque la tuya es más pequeña y me cabe entera en la boca, puede ser. Luego salí de la piscina y en un descuido me desató la braguita del bikini. Me dio mucha vergüenza pero intenté no demostrarlo para no pecar de inocente. Me besó por sorpresa y manoseó todo mi cuerpo. Parecía un pulpo. A esas alturas que me tocara toda no me pareció muy importante, pero lo del beso no me acababa de convencer, eso es algo para ti. Para poder dejarlo le pedí que me dejara volver a chupársela. Aunque te tengo que confesar, Santi, que me había gustado mucho sentir su pene tan caliente y duro en mi boca y no me importaba repetir. Al principio se negó, pero le prometí que dejaría que después me enseñará lo que quisiera y cedió.

—¿Le prometiste…?

—Sí, Santi. Pensándolo más despacio creo que me embaucó, en fin, no estoy segura — su mano seguía bombeando despacio mi miembro —. El caso es que estaba yo a gatas chupándole el pene cuando Eva llegó por detrás sin que me diera cuenta y me lamió el trasero. Me asusté tanto que Javier tuvo que regañarme para que volviera a chupárselo. Seguí metiéndomelo en la boca dejando que Eva me lamiera. Nunca había sentido nada igual y por favor, perdóname pero me corrí muy pronto. La sensación fue maravillosa.

En este punto Rosa bajó la cabeza y me la mamó unos minutos. Sentir su lengua rodeando mi glande casi me hace eyacular, pero se detuvo y siguió con la mano justo a tiempo.

—¿Quieres que te siga contando, cariño, o termino la mamada? — me dedicó una sonrisa pícara. Ya me había masturbado una vez antes y si me corría otra vez llegaría a mi límite y no quería quedarme sin vigor tan pronto.

—Sigue contando.

—Pues verás, me habían dado un orgasmo fabuloso y no me dejaron descansar hasta que lo repitieron y me volví a correr. Después se aprovecharon de mi agotamiento y Eva se puso delante de mí. Sus piernas abiertas enseñando la vagina. Como me ordenaron la lamí entera. Al principio me dio algo de asco, aunque pronto me gustó el sabor y lo hice con gusto. Tan enfrascada estaba que no me di cuenta de lo que pretendía Javi hasta que me penetró metiéndomela hasta el fondo. Lo lamento muchísimo, cielo, pero recibir ese pene tan grande fue como una descarga eléctrica de placer que me recorrió entera. Me dijo que no pararía hasta que se corriera Eva, así que la lamí y chupé el clítoris tragándome sus jugos hasta que lo hizo. Cuando Javi lo vio me embistió de forma un poco salvaje y no pude evitar correrme muy fuerte otra vez. En ese momento agradecí que Javi no se corriera y me llenara la vagina con su semen.

Rosa hizo una pausa y me dio un lametón juguetón en la cabeza del miembro. Antes de continuar con la historia me cogió una mano y la llevó a su pecho. Al acariciarlo me sorprendió lo duros que tenía los pezones.

—Por fin me dejaron levantarme. Al llevarme a la mesa creí que nos sentaríamos un rato para descansar, pero me equivoqué. Lo que hicieron fue tumbarme de espaldas, Javi me cogió los tobillos levantando y separando mis piernas y me la volvió a meter. Me decía que era bueno que probara varias posturas. Como le prometí que me dejaría enseñar lo que quisiera, lo consentí. o Intenté contenerme ya que me estaba gustando demasiado, salvo que Eva empezó a morderme los pechos. Fue muy bruta. Me los mordió muy fuerte y no se salvaron ni mis pezones. Cada mordisco era como una descarga eléctrica. Tuve que gemir embargada por el placer, lo confieso —. Puso su mano sobre la mía y me hizo apretujarle más las tetas —. Así Santi, más fuerte — prosiguió la narración —. No pude resistirlo y me corrí otra vez, ya ni sé qué número era. Oye Santi, por cierto, se te están poniendo los testículos azules. ¿Quieres correrte ahora antes de que siga? Luego te la chupo para que te recuperes, con Javi funcionó muy bien.

—Sí, Rosa. Me gustaría — me encantaba que me masturbara tan despacio pero iba a reventar.

—No te preocupes que yo me encargo.

Retomó la mamada acariciando mis testículos con la mano. La bastó un minuto tenerme a punto.

—Rosa, Rosa, que me corro — la di golpecitos en el hombro alarmado para no vaciarme en su boca.

Pero mi mujer no me debió escuchar porque engulló mi miembro enterito y no me quedó más remedio que correrme en su garganta. Pensé que se retiraría despavorida y me insultaría muy cabreada. Cuál sería mi sorpresa cuando se tragó cada chorro según salía. El último lo guardó en la boca y me besó para compartirlo conmigo. Me dio un asco tremendo, pero no quise hacerla un feo y tuve que tragar mi parte.

—¿Mejor, cielo? — me dijo acariciando mi mejilla con dulzura y limpiándose con el dedo una gota de semen de la comisura de los labios chupándola después. Asentí estupefacto —. Espera que te limpie un poco antes de seguir.

Pensé que lo haría con un pañuelo o algo, pero me quitó los restos con la lengua.

—¿Por dónde iba? Ah, sí. Después de lo de la mesa Javier me hizo tumbarme de lado en la hierba y me levantó una pierna. Se colocó en posición y me volvió a penetrar. Fui débil porque me gustó mucho, pero un montón, perdóname, cariño.

La mano de Rosa volvió a tomar mi miembro. A pesar de estar blando y pequeño lo acarició con mimo. Magreé sus pechos con fuerza, como le gustaba ahora, para compensarla.

—Aquí Javi fue tan atento de proseguir con mi enseñanza. Me explicó que decir cosas sucias excitaba a los hombres y que debía hacerlo si quería que estuvieras contento conmigo. En ese momento, con su pene tan grande entrando y saliendo de mí, no se me ocurría nada salvo gemir como podía, por eso fue tan amable de darme unos ejemplos que tuve que repetir. Entre las cosas que me propuso fueron: “cómo me gusta tu polla” o “fóllame más fuerte” y también “rómpeme el coño”. Yo las grité como una buena alumna y luego le dije otras de mi cosecha demostrando que estaba aprendiendo: “métemela más, más adentro” y “tu polla me vuelve loca”. Creo que Javi se alegró tanto de que me aplicara en sus lecciones que no pudo evitar correrse. Tengo que reconocer que al sentir su semen llenando mi coño, tan ardiente y abundante que parecía no acabarse nunca, tuve un orgasmo larguísimo y demoledor. ¡Mira, Santi, mira, tu pene ya está grande otra vez!

Se acercó y estuvimos un rato besuqueándonos. La sensación de su manita en mi miembro y sus suaves labios en los míos era embriagadora. Mis manos no se despegaban de sus preciosas tetas.

—No me distraigas que pierdo el hilo — me dijo con una risita —. A ver, ah sí. Tenía tanta leche en el coñito que se derramaba por fuera, pero Eva fue tan amable de limpiarme como he hecho antes contigo. ¿Ves como he aprovechado mis lecciones? Solo que ella fue tan hábil que hizo que me corriera otra vez. Ahora que lo pienso creo que está experiencia ha hecho que me corra muy fácilmente, no sé, bueno, ya lo descubriremos. Después de eso me apetecía volver a tener una polla en la boca, así que Javi fue tan amable de prestarse voluntario. Me dejó chupársela hasta que me encapriché por follar otra vez. Para que no tuviera ni que moverse, me subí a horcajadas en su regazo, le agarré esa preciosa polla que tiene y bajé hasta tenerla toda enterrada en mi coño. Me encanta esa sensación. Sentirme tan llena, tan completa. Ahora me arrepiento de haberte negado antes probar otras cosas.

Me volvió a sonreír con picardía y apretó mis manos con las suyas para aumentar la presión en sus senos. Gimió antes de bajar hasta mi miembro y darle unos húmedos lametones.

—Me estoy distrayendo. Deja que siga. Estaba tan feliz montando a Javier diciéndole cosas guarras cuando llegó Eva desde atrás y me metió un dedo en la boca. Me pidió que lo chupara como si fuera una polla y eso hice. ¿A qué no te imaginas qué hizo luego?

Dije que no aunque lo sabía perfectamente.

—Pues me lo metió en el culito. Al principio me dolió un poco, pero luego estuvo genial. No sabía que se podía disfrutar por ahí también. Fue fantástico notarme llenos el coño y el culo a la vez, sentir cómo me los frotaban por dentro. Ni sé las veces que hicieron que me corriera.

Rosa me soltó el miembro por primera vez desde que empezó con la historia. Me preocupó que terminara, pero fue una falsa alarma.

—Ven, cariño —. Se levantó y tiró de mí hasta un sillón —. Siéntate que lo entenderás mejor si te lo demuestro. Como te decía, primero le hice una mamada cojonuda — me la hizo a mí casi sacándome el cerebro por la polla —. Luego me senté, me lo metí y le cabalgué un rato — y dicho y hecho su trasero empezó a subir y bajar —. Apriétame las tetas como me hizo Javi, que me gusta mucho —. Obedecí su sugerencia encantado —. Así, bien, ahora retuérceme un poco los pezones. Genial, lo haces muy bien. Eres tan buen alumno como yo, jajaja.

Después de botar unos minutos en mi regazo y dejarme contemplar su hermoso rostro congestionado me cogió una mano, eligió el dedo corazón y se lo metió en la boca. Mi excitación aumentó al ver cómo se deleitaba chupándolo. Tras unos momentos me lo sacó y lo llevó a su trasero.

—Sé bueno, Santi. Métemelo en el culito — acompañó la petición dándome un beso húmedo y profundo. Con mucha precaución para no hacerla daño metí la punta del dedo en su agujerito.

—Más, cariño. Métemelo entero.

Dudé. Mientras lo hacía, vi que al retirar una de mis manos una de sus tetas había quedado libre. Aluciné al ver que ella misma se la estrujaba con más fuerza que yo. La apreté muy fuerte la otra y hundí el dedo en su culo. Gimió arqueado la espalda.

—Sí, cariño, así, así — jadeó redoblando la cabalgada —. ¡Qué cachonda me pones! ¡Cómo me gusta que me llenes con tu polla!

Su imagen tan exótica y sus palabras sucias me precipitaron al orgasmo. Me hubiera gustado durar más, pero fue imposible.

—Rosa, me corro, cariño.

—Espera, espera, que estoy a punto. Mueve más el dedo. Síiiiiiiiiii…

Nos corrimos los dos gritando como bestias. Era como si toda la vida hubiéramos ido en patinete y ahora condujéramos un Ferrari. Rosa me rodeó el cuello con los brazos y sentí cómo se estremecía de placer. Su gozo me satisfizo más que el mío propio. Seguí bombeando en sus dos agujeros hasta que exhaló y dejó de temblar, aunque no me decidí a sacar el dedo de su culito. Me gustaba la sensación de hacerlo mío.

—Uf, ha estado bien, ¿verdad, cariño? — me dijo Rosa mirándome con los ojos brillantes y una expresión satisfecha.

—Muy bien, cielo. Has estado muy… apasionada — no me atreví a decir “salvaje”.

—Es que he descubierto un mundo nuevo, sin inhibiciones y lleno de placer.

—Eso parece, sí.

—¿Me comes ahora el coño, Santi? Me gustaría mucho — su sonrisa se merecía todo.

—Claro, lo que quieras.

Se levantó y mi polla se salió de su coñito haciendo un “plop” que la hizo reír. Se sentó al lado y abrió las piernas sin ningún pudor. ¡Qué lejos quedaba mi esposa mojigata y recatada! Me arrodillé entre sus piernas y lamí su rajita. Algo de mi semen escurría de su agujerito y tuve que tragarlo, pero aguanté el rechazo al escuchar los suspiros gozosos de Rosa que me decía cosas para animarme o instruirme, no estoy seguro: “así, así, mete más la lengua”, “el clítoris, muérdelo”. Llegó a separarse los labios vaginales para mejorar mi acceso. Se corrió pronto por enésima vez atrapando mi cabeza con sus muslos y atrayéndome más fuerte con sus manos en mi cabeza gritando como una loca.

—Genial, Santi — dijo poco después cuando respiró con normalidad —. Lo haces casi tan bien como Eva.

Me envanecí tontamente, pero a nadie le amarga un dulce y menos una alabanza. Nos besuqueamos cariñosamente.

—Tienes mi sabor en la lengua — se rio Rosa despreocupadamente —. Venga, arriba.

Se levantó y tiró de mí. Supuse que nuestro desahogo carnal había concluido, pero me di cuenta de mi error al verla inclinarse con las manos en la ventana y mover el culo hacia mí seductoramente.

—¿Me la metes, cariño? Es que no me canso de follar.

Estaba tan sexy y provocativa que mi miembro se endureció instantáneamente. Apreté los cachetes de su precioso culo con las manos y la embutí en su interior. Estaba tan lubricada que se deslizó suavemente.

—Fóllame fuerte, amor. Dale.

Obedecí sus instrucciones. Siempre había hecho el amor con Rosa como nos gustaba, con mimo y cariño. Esta vez, sin embargo, me excitó tanto su abandono febril que me dejé llevar. Con precaución al principio clavé los dedos en el culo que tanto me gustaba. Me animó sentir que su coñito se apretaba. Le agarré después las tetas, pero no con suavidad sino con furia, casi como si las estuviera ordeñando.

—Sí, Santi. Métemela toda. Domíname con tu polla — su reacción fue tan buena y caliente que me dejé llevar.

La agarré del pelo y tiré para que arquera la espalda. Gimió. Los globos de su culo me golpeaban chocando conmigo y los golpeé con la mano abierta. Gimió más.

—Soy tuya, cabrón — jadeó entrecortadamente—. Hazme lo que quieras.

Cuando su trasero brilló enrojecido por los azotes mojé un dedo en sus propios flujos y se lo clavé en el ano de un solo golpe.

—Cómo me pones, Santi — gritó desatada —. Méteme otro, corre.

Gimió profundamente al recibir el segundo dedo. La bombeé el culo sin piedad sin dejar de taladrar su apretado coño. Se corrió sin aviso. Quizá por las veces que me había vaciado ya aguanté más que ella, así que seguí follándola sin darle tregua. Me hizo sentir fuerte y poderoso.

—Me vuelves una zorra, cariño. Seré tu zorra — me dijo entre jadeos de placer —. ¿Quieres que sea tu puta? Lo seré si me lo pides.

—Sí, amor mío, desde ahora serás mi puta y harás todo lo que te pida.

La di otro azote para sellar nuestro acuerdo antes de que nos corriéramos por última vez al unísono. Caímos al suelo exhaustos y nos quedamos mucho rato respirando afanosamente recuperándonos del esfuerzo.

—Cielo, tenemos que ducharnos e irnos — me dijo Rosa levantándose tras un buen rato de estar abrazados en el suelo —. La nota que me dejó Eva decía que a las nueve se activaba la alarma y teníamos que estar fuera para esa hora.

Me levanté con las piernas flojas viendo a Rosa que me sonreía radiante, como si acabara de salir de un spa. Nos duchamos y conduje hasta nuestra casa. Nos dormimos agotados al poco de llegar. A partir del día siguiente comenzó nuestra nueva vida.

Poco cambió en cuanto a nuestras rutinas de trabajo y horarios. En cuanto al sexo el cambio sí que fue notable. Al principio me follé a Rosa cuando me apetecía y como quería, aunque la dinámica en la pareja se transformó paulatinamente sin que me diera cuenta hasta que fue tarde para ponerle remedio.

Según llegaba Rosa del trabajo se quitaba los pantalones o la falda que llevaba y se sentaba en un sillón del salón. Yo le preparaba una de las infusiones que le gustaban y se la tomaba mientras le comía el coño de rodillas con su mano dirigiendo mi cabeza a su gusto. Por supuesto después de sus orgasmos tenía que lamerla para dejarla limpia.

Follábamos muy poco. Rosa prefería tumbarse boca abajo y correrse con mis dedos en su culito al principio y con un consolador que compró después. El consolador era de un tamaño más que respetable. Decía que le recordaba a la polla de Javi.

Al menos no había perdido la afición por las mamadas. A menudo me la chupaba y lo hacía tan bien que siempre me vaciaba en su boca demasiado pronto. Al menos para mí era una auténtica gozada. Hubiera sido mejor si al terminar no se hubiera reservado en la boca la mitad de mi semen y me lo hiciera beber con un tórrido beso. “Los matrimonios tienen que compartir, amor”, me decía.

Los días que me portaba bien o teníamos algo que celebrar me dejaba follarla. Aunque ella elegía las posturas era una gozada disfrutar de su cuerpo y de su voraz coñito. Claro que los días que no estaba contenta conmigo se sentaba en mi cara para que la comiera el coño en esa posición. Tenía que esmerarme mucho para no asfixiarme antes de que se corriera.

Un día llegó contentísima del trabajo, se la veía radiante. La pregunté con curiosidad.

—Es que ha sido un día estupendo, amor mío. Eva estaba empeñada en que tenía una laguna en mis conocimientos — me explicaba ilusionada llenando mi cara de besitos —. Le ha pedido ayuda a Manolo, el de contabilidad, y ha sido tan amable de completar mi educación. ¿Sabías que es mucho mejor que te dé por culo una buena polla en vez de los dedos o un consolador?

—Ah, no, no lo sabía.

—Pues sí, tenías que ver a Manolo lo atento que ha sido para demostrármelo, aunque Eva insiste en que debo probar eso y más cosas. ¿A ti qué te parece, cielo?

—Me parece que tu experiencia se va a incrementar enormemente — le dije resignado pensando en que después del sexo anal la enseñaría a hacer una cubana, o el sesenta y nueve, o BDSM, o fisting, o la doble penetración o quizá la lluvia dorada.

—Sí, eso pensaba — me contestó meditabunda. De pronto la cara se la iluminó con una sonrisa —. ¿Quieres que lo hagamos luego?

—Claro, lo estoy deseando — al menos yo sería uno de los que dieran por culo a mi esposa.

—Estupendo, cariño, además, tu polla es pequeña y me hará menos daño al principio, que tenías que ver el pollón de Manolo, los gritos que me ha hecho dar hasta que ha entrado entera.

—Ya.

—Bueno, cielo, a lo nuestro — la seguí hasta el salón —. Cómeme el coño como tú sabes que hoy vengo más caliente de lo normal. Si lo haces bien, además de darme por culo luego te dejo que te corras en mi cara. Me lo ha hecho Manolo y no estoy segura de si me gusta, así salgo de dudas.

—Oye, amor — le dije antes de arrodillarme —, en vez de que te coma el coño ¿por qué no me cuentas cómo ha sido la lección?

Me miró frunciendo el ceño hasta que lentamente una pícara sonrisa le curvó los labios. Se movió para dejarme sitio y dio unas palmaditas a su lado.

—Bájate los pantalones y siéntate — obedecí y su mano agarró suavemente mi miembro —. Te quiero tanto que te voy a contar la lección de hoy y todas las que vengan después, amor mío. Verás, estaba terminando el trabajo de hoy cuando Eva…

¿Por qué aguanto esta situación? os preguntaréis. Porque en el fondo amo inmensamente a mi mujer y si tengo que compartirla… en fin, qué se le va a hacer.

Ah, también es cierto que en la lista de cosas que me excitan, escuchar las “lecciones” de Rosa está muy arriba, pero que muy, muy arriba.