Xtories

De Esposa A Puta 3

El dinero cambia el sabor de la traición. Cuando la puerta se abre y el mundo real irrumpe en la suite, la humillación deja de ser un juego para convertirse en una sentencia irreversible.

Merovingiox16K vistas9.0· 30 votos

Aquí puedes leer la anterior entrega...

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Dentro de la suite, el caos carnal se había reiniciado y ahora continuaba en su apogeo: Ahmed, con la polla aún dura como el hierro forjado y reluciente de jugos estaba follando a Gloria en el sofá de cuero blanco ahora manchado de fluidos. La tenía a cuatro patas como una perra sumisa y rota, el culo en alto y abierto como una ofrenda, las rodillas hincadas en los cojines suaves, las tetas aplastadas y deformadas contra el brazo del sofá, los pezones rozando el cuero pegajoso. Embistía su ano con saña renovada, la polla desapareciendo entera en ese agujero dilatado, rojo e hinchado, lubricado con saliva fresca, cada salida dejando un anillo de espuma blanca y cremosa alrededor de la base venosa, el glande brillando. "¡Toma por el culo, perra! ¡Siente cómo te abro para siempre!", gruñía él, sudado y jadeante que a pesar de su edad y sus dos corridas anteriores volvia a tener vigor renovado.

Gloria gemía alto, con la cara enterrada en un cojín de seda pero alzada lo justo para gritar al techo: "¡Sí, encula a tu puta española! ¡Más profundo, Ahmed, párteme el culo con tu polla enorme!"

Sus caderas empujaban hacia atrás con avidez, recibiendo cada centímetro invasor, el cuerpo convulsionando de gusto que la hacía temblar como una hoja en tormenta.

Ahmed, sudado y riendo como un demonio sádico, completamente desnudo con el thobe deshecho y tirado en el suelo de la suitea pensó que los golpes furiosos en la puerta eran el servicio de habitaciones trayendo el Moët & Chandon Imperial que había pedido por el teléfono interno minutos antes, para celebrar su conquista con burbujas y más polla.

"¡PASAD!", gritó en árabe gutural y autoritario, sin dejar de follar ni un segundo, sus caderas chocando con las nalgas rojas de Gloria en un slap-slap rítmico y húmedo que hacía eco en la suite.

"¡Dejad el champán en la mesa de mármol y largaos pitando, que estoy ocupado enculando a esta perra española hasta que llore de placer!.

La puerta no estaba cerrada con llave –Ahmed era tan arrogante, tan seguro de su poder, que no lo necesitaba; los hoteles como este protegían a sus VIP con guardias invisibles–, y Federico la abrió de un empujón furioso, irrumpiendo como un toro enloquecido en la arena, el pomo golpeando la pared con un golpe sordo.

La escena lo golpeó como un tren de mercancías a toda velocidad, un mazazo visceral que lo dejó sin aliento: su mujer, su Gloria de toda la vida, desnuda como el día en que nació, el maquillaje corrido en surcos negros y gruesos por el rostro sudoroso, el cuerpo voluptuoso cubierto de sudor brillante, moretones púrpura en las caderas, marcas de mordidas rojas en el cuello y hombros, chupetones en los pechos, a cuatro patas en el sofá de cuero, con el culo en pompa obscena y la polla de Ahmed –esa polla monstruosa, venosa, gruesa como un brazo, brillante de fluidos corporales mixtos– desapareciendo hasta la raíz en su ano dilatado y rojo, estirándolo obscenamente alrededor de la base, el esfínter palpitando visiblemente.

El aire de la suite olía a sexo crudo e intensificado: sudor rancio, semen fresco y seco, jugos femeninos dulces y almizclados, un hedor pegajoso que invadió las fosas nasales de Federico y lo mareó, haciendo que su estómago se revolviera en arcadas. Gloria alzó la vista despacio, los ojos verdes vidriosos y desenfocados de placer post-orgásmico, el pelo rubio pegado a la frente en mechones húmedos, los labios hinchados y rojos de tanto chupar y gemir, la barbilla manchada de saliva.

En lugar de horror, vergüenza o arrepentimiento, solo gimió con voz ronca y suplicante: "Federico... lo siento, amor... pero es tan bueno, su polla me llena como tú nunca... ¡No pares, Ahmed, fóllame el culo!"

Ahmed miró al intruso con ojos entrecerrados, sin inmutarse ni un ápice, su polla aún hundida hasta los huevos en el culo de Gloria, pulsando visiblemente, y soltó una carcajada desvergonzada, gutural y prolongada que resonó en las paredes de la suite como un insulto divino, haciendo vibrar los cristales de las lámparas.

"¡Vaya, mira quién ha llegado! ¡El cornudo español en persona, el marido de pacotilla! ¡Bienvenido al espectáculo privado, idiota de camisa arrugada!"

Siguió embistiendo lentamente, un pistoneo burlón y deliberado que hacía gemir a Gloria en coros ahogados, sus tetas temblando contra el cuero, el ano tragando y escupiendo la polla con cada movimiento. "Mira cómo me follo a tu esposa,le encanta mi polla árabe larga y gruesa, ¿verdad, Gloria? Dile a tu maridito cornudo lo puta que eres, cómo prefieres mi semen al suyo." Ella, perdida en la niebla del placer, balbuceó entre gemidos, empujando el culo hacia atrás: "Sí... Federico, lo siento... pero me folla como un animal, su polla me parte el culo y me hace correrme como loca... ¡Fóllame más, Ahmed, ignóralo, rómpeme el culo en su cara!"

Federico rugió como un león herido, la rabia ciega nublando su visión con un velo rojo, las venas del cuello hinchándose, y se lanzó hacia Ahmed con un puño torpe y desesperado, blandiendo desde el hombro como un martillo: "¡Hijo de puta asqueroso! ¡Te mato, cabrón, suelta a mi mujer!"

Pero el millonario era más rápido, más ágil de lo que su edad sugería –entrenado en artes marciales beduinas y boxeo con entrenadores paquistaníes–, apartó a Gloria de un empujón suave pero firme, sacando la polla con un pop húmedo y obsceno que dejó su ano abierto como una flor carnívora palpitante, goteando burbujas blancas, y esquivó el golpe con gracia felina, girando el cuerpo para que el puño de Federico cortara el aire vacío. Ahmed rio a carcajadas, la polla tiesa balanceándose como un cetro de rey humillado, goteando jugos del culo de Gloria al suelo.

"¡Seguridad del hotel! ¡Este payaso histérico quiere interrumpir mi fiesta! ¡Echadlo a patadas, que no vuelva a manchar mi suite con su llanto y sus gritos!"

El jeque se dirigía a dos guardias del hotel que habían sido alertados por el recepcionista siendo consciente de lo que probablemente iba a pasar ya que no era la primera vez ni mucho menos–fornidos emiratíes de un metro noventa y cinco, con uniformes negros ajustados que marcaban músculos de gimnasio, pistolas Taser en las caderas y radios crepitando en árabe que irrumpieron por la puerta entreabierta como sombras eficientes, interceptando a Federico como halcones a una liebre herida. Lo sujetaron por los brazos con llaves de judo profesionales, torciéndole las muñecas hasta que gritó de dolor, arrastrándolo hacia la salida con fuerza imparable mientras él pataleaba y forcejeaba como un poseído, escupiendo saliva y lágrimas: "¡Suéltame, joder! ¡Es mi mujer, la estás violando, cabrón! ¡Gloria, para, por Dios, mírame! ¡Somos un matrimonio, eres una puta!"

Ahmed, de pie en medio de la suite como un coloso desnudo, con la polla tiesa y reluciente balanceándose, se acercó lo justo para que Federico oliera su aroma de macho dominante –sudor, semen, colonia–, y se mofó sin piedad, la voz un veneno dulce:

"Tu mujer es mi puta personal ahora, cornudo de mierda. Mírala: se corre con mi polla en el culo, chorreando como una fuente defectuosa, gritando mi nombre mientras tú lloras. Vete a llorar a tu habitación de tercera, con vistas al parking y un minibar vacío. Y dile a tus amigos en Madrid que Al-Mansour te ha puesto los cuernos más grandes que el Burj Khalifa, que tu esposa prefiere polla árabe a tu polla de lápiz.¡Largaos!"

Los guardias arrastraron a Federico a rastras por el pasillo alfombrado, él forcejeando en vano, patadas al aire que solo rozaban sus uniformes, mientras desde la suite abierta oía al jeque dirigirse a su esposa " La fiesta no ha terminado perra, te voy a encular hasta que no puedas ni caminar"

La puerta se cerró de un portazo seco y definitivo, y los guardias escoltaron a Federico hasta su habitación como a un borracho problemático, amenazándolo con la policía emiratí si volvía a causar alboroto –"El hotel no tolera dramas como éste señor, quédese en su habitación o vaya al bar o a la piscina pero no vuelva a subir al piso 30"–, soltándolo con un empujón en un banco de mármol del dormitorio.

Federico se derrumbó allí, destrozado en cuerpo y alma, humillado hasta la médula, con la imagen grabada a fuego en la retina: el culo de Gloria tragando esa polla monstruosa, sus gemidos de placer traicionero.

Lágrimas calientes rodaban por su rostro barbudo, sollozos rasgando su pecho,su mujer follada como una perra de lujo lo destruía por completo.

Dentro de la suite, con la puerta cerrada pero el eco del drama aún vibrando en el aire, Ahmed volvió a la carga como si la interrupción hubiera sido solo un chiste malo. "Tu cornudo patético ya se ha ido a lloriquear a vuestra habitación, ahora mi puta favorita y yo podemos seguir divirtiendonos", rio él, levantando a Gloria del sofá con manos posesivas y poniéndola boca arriba en los cojines manchados, las piernas abiertas en un escorzo lascivo que exponía su coño rojo e hinchado.

Embistió su coño de nuevo con un empujón seco, follándola con un ritmo frenético que hacía crujir el cuero y el sonido de los huevos golpeando inundaba la habitación. "Dime que soy mejor que el pringado de tu marido, dime que mi polla es tu Rey." "¡Sí, joder, Ahmed! ¡Mucho mejor que Federico, su polla es un chiste! ¡Tu polla enorme me parte en dos cada vez, me hace adicta!", gritó ella al tiempo que clavaba sus uñas en los brazos de él. Ahmed la besó entonces, lengua y dientes en una batalla húmeda, mordiéndole el labio inferior hasta hacerla sangrar un hilo fino, el sabor metálico mezclándose en sus bocas.

Luego la levantó como a una muñeca de trapo y la folló contra la puerta misma de la suite, cada embestida haciendo que el mueble de caoba temblara en sus bisagras, como si Federico aún pudiera oírlo desde el pasillo desierto, un eco burlón de su humillación. "¡Siente cómo tiembla la puerta por ti, zorra! Tu marido está abajo en vuestra habitación, quiero que oiga como te follo, seguro que se pajea escuchandonos..."

Gloria clavaba las uñas en su espalda, arañando y gritando: "¡Fóllame contra la puerta, que oiga cómo me revientas el coño, que sepa que soy tuya!"

Pasaron a la cama king size, donde Ahmed la ató con nudos sueltos pero firmes en las muñecas a la cabecera de hierro, follando su boca abierta hasta eyacularle en las tetas por tercera vez ese día, con su leche en ellas le azotaba las tetas con la palma abierta, dejando huellas rojas como latigazos. "¡Toma mi leche de jeque, puta española! Eres mía esta noche, toda la noche, hasta que amanezca."

La follada se extendió toda la noche en cuanto Ahmed recupero su erección, un tapiz interminable de posturas y fluidos: en el jacuzzi de la terraza, bajo la brisa nocturna, ella cabalgándolo como una vaquera acuática, el agua burbujeando alrededor de ellos; en el suelo del balcon, ella de rodillas mamando mientras él le dedeaba ambos agujeros con cuatro dedos, estirándola como a una muñeca hinchable; un polvo anal lento contra la cristalera, con la ciudad como testigo, sus siluetas proyectadas en los rascacielos lejanos; misionero en la cama con aceites de masaje untados, resbaladizos, que hacían cada embestida un deslizamiento pecaminoso.

La noche caía sobre Dubái como un manto de estrellas indiferentes e impasibles, y en la suite presidencial, la follada continuaba en oleadas intermitentes: en la tumbona de la terraza, con ella lamiéndole las bolas mientras él fumaba un puro; en el minibar, ella inclinada sobre el granito frío, enculada mientras bebían champán de la botella; un último en la cama, misionero lento y posesivo bajo las sábanas revueltas.

Ahmed la llenó una vez más esa noche, una descarga en el coño que llego hasta su útero,Gloria perdió la cuenta de los orgasmos y se durmió acurrucada contra su pecho sudoroso, el cuerpo dolorido y palpitante en coño y culo, pero saciado como nunca, el anillo de boda aún en su dedo como una ironía cruel.

Federico, en su habitación solitaria del piso 15, bebío whisky del minibar hasta el amanecer, oyendo los ecos distantes de la ciudad: risas de otros turistas, música árabe pulsante, el rumor eterno del Golfo. Su matrimonio estaba roto, pulverizado en esa suite de lujo.

Al amanecer, con el sol tiñiendo el Golfo de oro liquido despertaron y se ducharon juntos en el baño de mármol y oro, donde él la folló de nuevo contra la pared de cristal empañado, levantándola con las piernas alrededor de su cintura, embistiendo analmente bajo el chorro caliente que limpiaba el sudor pero no la suciedad del alma, el vapor envolviéndolos como un velo de culpa y pecado.

El Jeque cumplió su parte del trato, le enseño a Gloria la transferencia de 500000€ que había realizado a su cuenta bancaria, los otros 500000€ habían sido ingresados horas antes al poco tiempo de subir Gloria al super deportivo de Ahmed cuando esté le hizo una proposición indecente, una proposición que fue incapaz de rechazar.

1 millón de euros transferidos a su cuenta bancaria si se convertía en su puta, todos sus agujeros a su disposición hasta el amanecer, sin preguntas ni dudas, Gloria se comportaría como la mayor de las putas a cambio de una cantidad que podría cambiar totalmente su vida y la de su marido.

Para el jeque solo era calderilla, una cantidad que sus empresas facturaban en un solo día y que el utilizaba para sus caprichos sexuales, era un hombre que nunca perdía el tiempo seduciendo, siempre hacía la misma propuesta y aunque ya hacía tiempo que habia perdido la cuenta de las mujeres casadas conquistadas si que sabía que jamás ninguna la había rechazado.

Gloria le pidió un extra por la humillación de Federico, la entrada de su marido en la suite no estaba prevista pero aún así ella se había comportado como la puta que tenía que ser, el jeque rio satisfecho, Gloria se había portado bien, excelente incluso, en su lista de putas casadas se había situado entre las tres primeras gracias precisamente a su manera de improvisar cuando el cornudo apareció en escena así que no dudo en ingresar otro cuarto de millón en la cuenta de la mujer.

Ahmed le dejo una bata a Gloria ya que su vestido había sido destrozado durante el encuentro en la suite y se despidió de ella de manera cortés y educada como si todo lo acontecido fuera normal, un mero trámite empresarial para el. Gloria bajo a su habitación con el cuerpo dolorido después de la maratón de sexo –el coño hinchado y sensible, el ano palpitando con un fuego residual, las tetas marcadas de mordidas y azotes, el cuello cubierto de chupetones que el maquillaje apenas ocultaría–.

Ya solo quedaba explicarle todo a Federico, solo esperaba que su esposo pudiera comprender y perdonar, el 1.250.000€ de su cuenta ayudaría o al menos eso esperaba Gloria...

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