Unos vecinos influencers 21. Cuatro en el
Armando bajó a la cocina con la intención de salvar su matrimonio, pero encontró a su esposa sirviendo el desayuno a otro hombre. No era una visita casual; era una exhibición. Y lo peor no fue verla, sino verla disfrutar siendo vista.
CAPÍTULO 21
Cuatro en el desayuno
"El chocolate tiene algo de infancia… y algo de pecado. Puede ser dulce y travieso, como una broma al borde de lo permitido. No se lanza como una palabra, se ofrece. Se comparte. Y cuando se lame de una cuchara, no solo se saborea se juega. Con quien lo ve. Con quien espera. Con quien no quiere mirar… pero mira."
La luz del amanecer se filtraba por las persianas, tiñendo la habitación de un gris pálido y frío. Me desperté solo. El espacio a mi lado, donde Clara debería estar, estaba vacío, las sábanas frías. Un puñetazo de soledad y ansiedad me golpeó en el estómago antes de que mi mente estuviera completamente despierta.
La noche anterior volvió a mí en un torbellino de imágenes nauseabundas: la espuma cegadora, los gemidos anónimos, la mano de Carlota en mí, mi propia y sucia confesión, la risa de todos, la mirada acusadora de Clara… y luego, el colofón siniestro: la pelea de Teddy y Lucy. El "juego" que había roto algo.
Me senté en la cama, apoyando la cabeza en las manos. No podía seguir así. Esto se estaba desmoronando. Tenía que hablar con Clara. Teníamos que hablar de lo de ayer. De todo.
Pero ¿qué iba a decirle? ¿La verdad?
Cariño, mientras tú no estabas, la novia de Andrés me masturbó en medio de la espuma y yo le confesé que deseaba que Teddy te estuviera follando a ti.
Era imposible. Sería el fin. No solo por la obscenidad del acto, sino por la traición psicológica, por ese deseo oscuro que había admitido. Clara no lo entendería. Nadie lo entendería.
Entonces, por primera vez, con una claridad que me aterró, supe que le mentiría. O, al menos, le ocultaría la verdad. La parte más horrible.
Si la otra vez que hice algo con Lidia fui corriendo a contártelo… ¿por qué no iba a hacerlo ahora si hubiera pasado algo?.Esa sería mi defensa. Mi coartada perfecta. Usaría mi "honestidad" pasada como escudo para mi mentira presente. Le diría que no había pasado nada. Que me había perdido en la espuma, que me había sentido abrumado, que había oído cosas pero que no me había involucrado.
Pero la conversación no podía acabar ahí. No esta vez. El silencio y las miradas de los últimos días, la forma en que se había pegado a Dani, la forma en que me había mirado después de la espuma… Era el momento de darle la vuelta a la tortilla.
Ya iba siendo hora de hablar las cosas y explicarlas y dejarlas claras. El pensamiento se enraizó en mí con una fuerza nueva. Ya me había cansado. Cansado de sus evasivas, de sus "dolores de cabeza", de sus susurros con Lidia, de su bikini nuevo y su actitud durante la fiesta. Cansado de ser el único que cargaba con el peso de la culpa y la paranoia.
Y soy yo el que piensa que ella hizo algo.La idea, finalmente formulada, me liberó. No iba a ser el acusado. Esta vez, sería yo quien plantearía las dudas. Con calma, pero con firmeza. Le preguntaría por Dani. Por lo de la fiesta de los jugadores. Por el "error" del que hablaba con Lidia. Le pediría que me mirara a los ojos y me dijera la verdad.
Después de tantos años casados, iba siendo hora de exponer nuestros miedos, de hablar con confianza… para eso éramos un matrimonio, ¿no?.Me aferré a esa idea como a un salvavidas. No sería un ataque. Sería una apertura. Una última oportunidad de salvarnos de la cloaca en la que nos estábamos hundiendo, impulsados por Teddy y su círculo de miseria.
Me levanté con una determinación que no sentía desde hacía semanas. El miedo seguía ahí, agazapado, pero ahora lo acompañaba una chispa de rabia, de dignidad recuperada. Iba a bajar, a buscar a Clara, e iba a intentar, por última vez, rescatar lo que quedaba de nosotros. O, al menos, iba a enfrentarme a la verdad, aunque fuera para descubrir que ya no quedaba nada que salvar.
Me vestí con una urgencia nerviosa me puse unos vaqueros, una camiseta blanca básica que me quedaba ajustada, un rápido brochazo de perfume en el cuello para enmascarar el olor a resaca y desvelo. La determinación de la habitación aún me ardía en el pecho. Iba a bajar, a enfrentar la conversación, a poner las cartas sobre la mesa. Iba a recuperar el control, o al menos, la ilusión de tenerlo.
Abrí la puerta de la cocina con decisión, y el mundo se detuvo.
Allí estaban.
Clara, de pie frente al fogón, llevaba puesta unas diminutas bragas negras que abrazaba sus caderas con descaro y una blusa blanca corta, que apenas tapaba su pecho, abotonada apenas con un botón en el centro, dejando ver más de lo que ocultaba. La tela se ceñía a su piel como si conociera cada curva, cada suspiro contenido. Sus piernas, largas y cruzadas, vestidas únicamente con unos calcetines gruesos, blancos, que contrastaban con la desnudez deliciosa de todo lo demás. El sol de la mañana entraba por los ventanales y la acariciaba con una ternura silenciosa, dibujando sombras suaves sobre su abdomen firme.
Y Teddy, sentado a la mesa de la cocina, reclinado en la silla como si fuera el dueño de la casa, con una taza de café entre las manos.
Se callaron en seco al verme. El silencio fue elocuente.
Clara se giró, y una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su rostro. Era la sonrisa radiante, la de antes, la que no me había dirigido en días. Pero ahora, en este contexto, me resultó falsa como un billete de tres euros.
—¡Cariño! Buenos días —dijo, con una voz demasiado dulce—. Mira quién ha venido a vernos. Ha venido Teddy a vernos, bueno la verdad le he escrito yo.
Las palabras me golpearon. ¿Ella le había escrito?
—Ayer escuchamos gritos en su casa —prosiguió Clara, volviéndose para dar la vuelta a un crep en la sartén— y le he preguntado cómo estaba, que qué había pasado.
A mí no me estaba haciendo ni puta gracia nada de esto. La rabia, fresca y pura, empezó a hervirme en las venas, reemplazando la determinación serena de hacía un minuto. Vi cómo le ponía una pila de creps con chocolate y nata a Teddy, con una dedicación que no había tenido conmigo en semanas.
Y Teddy… Teddy la miraba. No disimulaba. Sus ojos recorrían las piernas de Clara, la curva de su culo bajo las bragas minúsculas negras que llevaba, la forma en que se movía, tan sensual y despreocupada, como si él fuera el destinatario natural de ese espectáculo. Y luego, desviaba la mirada hacia mí. Y sonreía. Una sonrisa pequeña, triunfante, de esas que no llegan a los ojos pero que lo dicen todo. Una sonrisa que entendía perfectamente que estaba disfrutando. Disfrutando de mi desayuno, de la atención de mi mujer, de mi incomodidad palpable. Disfrutando de verme parado en el marco de la puerta, el discurso de reconciliación convertido en cenizas en mi boca. Disfrutando de como estaba Clara vestida para él, si para él, ella lo había invitado, ella sabia que se iba a poner para recibirlo.
—Sí —dijo Teddy, tomando un bocado exagerado y mirándome fijamente—. Un problemilla con Lucy. Nada grave. Ya sabes cómo son estas cosas. Pero es muy dulce por parte de Clara preocuparse así. —Hizo una pausa, lamiéndose el chocolate del labio—. Y vaya manera de empezar el día, con este desayuno… y esta vista.
No lo dijo, pero no hacía falta. La tensión en la cocina era tan espesa que se podía cortar. Yo me había levantado con ganas de hablar. Y me encontraba con esto. Con mi mujer sirviendo en bandeja, literalmente, a mi torturador, mientras él se relamía en mi propia casa.
Me mordí la lengua. Hasta que sentí el sabor metálico de la sangre. Cualquier cosa que dijera ahora sonaría a rabieta de niño celoso.
Teddy estiró el brazo hacia el centro de la mesa y cogió un crepe. Lo colocó en su plato con calma, casi ceremonioso, mientras con la otra mano tomaba la cuchara de metal. La metió sin prisas en el bote de chocolate, removiendo apenas como si buscara la parte más espesa. Al sacarla, la cubría una capa densa, oscura y brillante. Sin apartar la vista del plato, llevó la cuchara a la boca y la lamió con lentitud, saboreando el chocolate hasta dejarla casi limpia. Después, la dejó al lado del plato, aún tibia del contacto.
Clara, que hasta entonces observaba todo con una media sonrisa, alargó la mano con total naturalidad, cogió la misma cuchara y la volvió a sumergir en el bote. El chocolate la recubrió de nuevo. Sin decir palabra, la llevó a su boca y la lamió exactamente igual que había hecho Teddy segundos antes. Su gesto era suave, distraído, pero su mirada se cruzó un instante con la de él, cargada de un brillo pícaro. Luego volvió la vista a su crepe como si nada.
—Pero bueno, cuéntanos más —dijo Armando, apoyando los codos en la mesa—. ¿Qué ha pasado ahora?
Teddy se encogió de hombros, medio riendo.
—Pues eso, que a Lucy no le sientan bien las fiestas. No es tan fiestera como yo.
—Es que tus fiestas son una locura, tío —le soltó Armando, con una risa sarcástica—. Cualquiera acaba ingresado.
Clara soltó una carcajada ligera, divertida.
—Bueno… es una niña todavía. Ya madurará.
—¿Madurar? —Teddy negó con la cabeza mientras tomaba otra vez la cuchara, con el pretexto de coger más chocolate. La hundió en el bote con un movimiento lento, casi pausado. Cuando la llevó de nuevo a los labios, esta vez no bajó la mirada. La lamió con calma, dejando que el chocolate desapareciera de la cuchara poco a poco, mientras sus ojos se mantenían fijos en Clara.
Ella lo notó. Y sonrió apenas, pero no apartó la vista.
—Lucy es una niñata pija —continuó Teddy, rompiendo el momento con un bufido—. Caprichosa, dramática… todo mal.
—Bah —replicó Armando—. No la veo tan mala. Es buena niña. Solo que… para aguantarte a ti hay que tener el temple de una santa.
Los tres se rieron, y Teddy no se lo tomó a mal.
—La verdad… soy un desastre como novio. Pero también tengo edad de disfrutar, ¿no?
—Eso sí —dijo Clara, apoyando la barbilla sobre su mano—. Sois muy jóvenes. Os queda mucha tontería por delante.
Teddy le sonrió con descaro, mientras lamía lo último de chocolate de la cuchara.
—¿Y tú ya la superaste? —le preguntó con un tono cargado de algo más.
Clara arqueó una ceja. Cogió un trozo del crepe y, con un gesto casi automático, lo untó con chocolate desde la cuchara que él acababa de dejar.
—Digamos que… la tontería vuelve cuando menos te lo esperas.
Armando los miró a los dos, entre risueño y confuso.
—¿De qué habláis? Me estoy perdiendo algo, ¿no?
—De chocolate, Armando —dijo Clara, sin apartar la vista de Teddy—. Solo chocolate.
—Pero cuéntanos más, hombre —insistí, cruzando los brazos sobre la mesa—. Algo tuvo que ser el detonante. Ayer escuchamos eso de que “no iba a formar más parte de ese juego”que se iba. ¿Qué pasó?
Teddy suspiró, largo, como si ya hubiera repasado esa conversación mil veces en su cabeza.
—Nada. Solo eso. Llevamos unas semanas raros… mal, la verdad. —Hizo una pausa mientras giraba el bote de chocolate entre sus dedos—. A ella no le ha gustado la nueva casa. No se siente cómoda en este barrio, no le gusta el ambiente, ni mis horarios, ni mis amigos… no la culpo. Pero que no la pague conmigo.
Clara, que hasta entonces escuchaba en silencio, apoyó una mano suave sobre el brazo de Teddy.
—A veces uno espera que el otro adivine lo que siente… pero nadie puede leer la mente. —Su voz sonó cálida, sin juicio.
Teddy asintió, mirando su propio plato como si buscara respuestas en los restos del crepe.
—Las cosas se hablan, joder. No puedes mandarme a la mierda sin decirme antes que no estás a gusto aquí. —Su tono era calmo, pero dolido—. Yo la he notado rara, claro que sí, pero nunca me ha dicho nada. Nunca. Y no puedo estar con alguien que no muestra lo que siente. Me desconcierta. Me enfría. Me hace dudar de todo.
Esas palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba. Me removieron algo por dentro. Porque eso… eso era también lo que me pasaba a mí con Clara.
No hablábamos. Ni cuando tocaba. Y a veces yo tampoco sabía si estaba bien, o si ya no sentía nada.
Miré a Clara en ese momento y ella me sostuvo la mirada. Fue una mirada silenciosa, honesta… como si también entendiera lo que Teddy acababa de decir, como si lo aplicara a nosotros dos. Como si, sin decirlo, aceptara que estábamos fallando en lo mismo.
Entonces, justo cuando el ambiente parecía cargarse de algo más profundo, ocurrió algo tan simple como inesperado: Clara, distraída al intentar cortar un pedazo del crepe, volcó un poco el bote y una pequeña línea de chocolate se deslizó por el dorso de su mano, manchando también su muñeca.
—¡Ay, joder! —río, levantando la mano con cuidado—. Qué desastre.
Teddy se inclinó hacia ella con una sonrisa que rompía la tensión del momento. No pidió permiso. Solo tomó su muñeca con suavidad, con los dedos apenas rozando su piel. La miró un segundo, como esperando una señal… y luego pasó la lengua, lenta, por la línea de chocolate que se deslizaba sobre la piel de Clara.
Clara no se movió. Solo le sostuvo la mirada con los labios entreabiertos, como si el aire se hubiera vuelto más denso de pronto.
Yo los miré en silencio, sin saber muy bien si debía bromear, decir algo o mirar hacia otro lado. Pero no dije nada. Porque había algo más en ese gesto. Algo que iba más allá de lo físico. Era como si hablaran otro idioma en el que yo no tenía ni una palabra.
Teddy se apartó, despacio, sin dejar de mirarla.
—No podías quedarte así —dijo, en voz baja.
Clara sonrió, pero no dijo nada.
El silencio se alargó unos segundos. Y por primera vez, ninguno de los tres supo qué decir.
Clara seguía con la muñeca levantada, como si aún sintiera el calor de la lengua de Teddy sobre su piel. No dijo nada, pero su mirada se mantuvo sobre él un poco más de la cuenta. Esa especie de electricidad sutil entre los dos era difícil de ignorar.
Yo traté de devolver la conversación a terreno más seguro, aunque ni yo mismo sabía si quería que eso pasara.
—¿Y no intentaste hablar con ella antes de que explotara todo? —pregunté, fingiendo normalidad mientras agarraba mi taza.
Teddy se encogió de hombros, pero su voz ahora sonaba más dura, menos contenida.
—Lo intenté, claro que lo intenté. Pero ella se cierra. Cambia de tema. Se va. Dice que está cansada, que mañana lo hablamos. Y el mañana nunca llega. Así no se puede construir nada. Yo puedo tolerar muchas cosas, pero no la indiferencia.
Clara apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia Teddy, como si ese acercamiento fuera también simbólico.
—A veces uno se protege cerrándose —dijo en voz baja—. Porque tiene miedo de que, si habla, todo se rompa del todo.
Teddy la miró con atención. No como quien escucha una frase cualquiera, sino como quien reconoce algo que también siente.
—Ya, pero el silencio también rompe —respondió él—. Solo que más lento… y más sucio.
La forma en la que se estaban mirando era directa. Clara no bajaba la vista. Yo los observaba desde mi lado de la mesa, sintiéndome cada vez más como un testigo accidental de algo que no estaba seguro de querer ver.
Teddy volvió a coger la cuchara. Esta vez, sin siquiera mirar el bote, metió los dedos en su interior y sacó un poco de chocolate, untándolo en la parte interior de su muñeca, como un gesto casual... pero nada en ese momento era casual. Levantó la vista hacia Clara.
—¿Tú también te cerrarías? —le preguntó, como si la pregunta fuera para mucho más que una conversación cualquiera.
Clara ladeó la cabeza, y sonrió con una mezcla de desafío y ternura.
—No… —dijo, muy despacio—. Yo no soy de cerrarme. A veces… solo observo.
Teddy extendió la muñeca hacia ella.
—¿Entonces? Observa esto.
Ella no dudó. Se inclinó hacia él, despacio, y lamió el chocolate de su piel, igual que él había hecho con ella antes. Fue lento, deliberado. No una provocación abierta, pero tampoco una broma. Cuando terminó, sus labios rozaron apenas el borde del hueso de su muñeca antes de separarse.
Yo sentí cómo el aire se volvió espeso. El corazón me dio un golpe seco en el pecho, y no supe si era celos, rabia o solo una incomodidad que no quería nombrar.
—No sabía que hablábamos en chocolate ahora —intenté bromear, con la voz algo tensa.
Teddy se rió, sin despegar los ojos de Clara.
—A veces el cuerpo dice lo que la boca calla.
Clara bajó la mirada por fin, pero seguía sonriendo. Era como si entre los dos existiera una conversación paralela, subterránea, que no necesitaba palabras.
Yo los miraba y sentía que algo se me escurría entre los dedos. Y aún así… no decía nada.
Teddy se recostó en su silla y, por un momento, volvió a ponerse serio.
—Lucy me dijo que ya no quería jugar más. Que no era lo que esperaba. Que este mundo no era para ella. —Hizo una pausa, y luego bajó la voz—. Pero nunca entendí a qué mundo se refería… si al mío, o al nuestro.
Clara susurró, casi como si hablara consigo misma:
—Tal vez nunca estuvo en ninguno de los dos.
Justo cuando el aire parecía volverse irrespirable de tanta carga entre ellos dos, se escucharon pasos apresurados por el pasillo. Y entonces, como una ráfaga de realidad, apareció Alex en la cocina, con el pelo revuelto y esa energía suya de siempre, como si no notara nada raro.
—¡Anda! —exclamó con una sonrisa enorme al ver a Teddy—. ¡Si ha venido el fiestero mayor!
Teddy se giró y, sin pensarlo dos veces, se levantó para chocar los puños con él, pero en vez de hacerlo normal, hicieron ese saludo raro que solo ellos entendían: un toque de nudillos, luego palmas, un giro con los dedos y un golpe en el pecho que cerraron con una risa compartida.
—Te estás volviendo lento, chaval —le dijo Teddy, señalándole el pecho.
—Tú solo dices eso porque te gané al FIFA la última vez —replicó Alex con una sonrisa de superioridad fingida.
Después se inclinó hacia Clara, le dio un beso rápido en la frente y le dijo con cariño:
—Buenos días, mamá.
—Buenos días, mi amor —respondió ella, acariciándole la nuca con ternura.
Yo me disponía a saludarlo, pero él no me dio tiempo. Me soltó un golpe seco en la espalda que casi me saca el aire.
—Ey, viejo —dijo, entre divertido y cariñoso.
—¿Así saludas a tu padre ahora? —bufé, fingiendo molestia mientras sonreía.
Alex fue directo a la bandeja, agarró un crepe con las manos como si no tuviera la más mínima intención de usar cubiertos, lo untó con chocolate —sin preocuparse de toda la ceremonia que habíamos tenido los adultos— y se dejó caer en la silla junto a mí.
Le dio un buen bocado y cerró los ojos exageradamente.
—Mmm… mamá, qué rico te ha salido. En serio. Deberías abrir un restaurante o algo.
—Lo que debería es ponerte a ti a cocinar un día —replicó Clara, dándole una mirada divertida—. A ver si así aprendes lo que cuesta.
—Paso —dijo él con la boca medio llena—. Yo soy más de comer que de cocinar. Como papá.
—¡Eh! —protesté, pero él ya estaba devorando su crepe como si llevara horas sin comer.
La entrada de Alex lo cambió todo. La tensión entre Clara y Teddy no desapareció del todo, pero se disipó, como si se escondiera bajo la mesa, esperando un nuevo momento para salir. Y yo… yo agradecí esa interrupción más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Teddy volvió a sentarse, pero ahora su postura era más relajada, con una sonrisa sincera mientras miraba al chico como si fuera parte de la familia.
Y en cierto modo… lo era.
La repentina observación de Alex cayó en la cocina como una bomba de realidad.
—Mamá, ¿tú crees que son formas de recibir así a un invitado? —dijo con una sonrisa pícara, señalándola con la mitad de un crepe—. Si vas solo con un botón, se te van a salir las tetas.
Teddy soltó una carcajada, pero le lanzó una mirada de reproche juguetón. —Cállate, mocoso. Tu madre va perfecta. Elegante y cómoda. Es lo que tiene el estilo, que no lo entiendes.
Clara se rió, una risa demasiado alta y forzada, llevándose las manos al pecho en un falso arrebato de pudor. —¡Ay, Dios mío, es verdad! Ni me di cuenta... con las prisas por hacer los creps. Qué despiste, ¿verdad?
Claro que te diste cuenta, pensé. Lo sabías perfectamente. Sabías que habías invitado a Teddy. Sabías que vendría. Y elegiste esa blusa y esas bragas con la misma precisión con la que un cazador elige su carnada. No fue un despiste. Fue una puta declaración de intenciones. Todo esto pasaba en mi cabeza sin ser capaz de exteriorizarlo.
Sin decir nada más, Clara comenzó a abrocharse los botones de la blusa. Lo hizo con torpeza, porque la tela, ajustada ya de por sí, se rebelaba contra la abundancia de sus pechos. Uno por uno, fue forzando las presillas, y los tres —Teddy, Alex y yo— nos quedamos mirando, hipnotizados, cómo tenía que estrujarse y recolocarse los senos para poder encerrarlos en la tela. Fue un espectáculo a la vez vulgar y íntimo, un acto que debería haber sido privado pero que ella estaba realizando delante de todos, sobre todo delante de él. Teddy no disimuló su mirada; la devoraba con una intensidad que me hizo apretar los puños bajo la mesa.
Cuando por fin logró abrocharse el último botón, jadeando levemente por el esfuerzo, la blusa le quedaba como una segunda piel, marcando cada curva con una obscenidad aún mayor que cuando estaba abierta.
Clara nos miró a los tres, con las mejillas sonrojadas, y soltó una risa nerviosa. —Venga, ya está, el espectáculo ha terminado —dijo, intentando romper el hielo con una voz que pretendía ser ligera pero que delataba un temblor—. ¿Nunca habéis visto a una mujer vestirse? Dejad de mirarme así, que me estáis poniendo colorada. A ver, Armando, ¿me pasas la mermelada?
La normalidad forzada de su petición final era tan falsa como su sonrisa de antes. El hechizo se había roto, pero la grieta que dejó era más profunda y oscura que nunca.
El silencio incómodo que siguió a la petición de la mermelada lo rompió Teddy. Su voz era baja, una brasa bajo la ceniza.
—La verdad... —dijo, encogiéndose de hombros con una estudiada naturalidad—, antes estabas mejor. Y desde luego, más cómoda.
Alex, siempre rápido para seguir una corriente que no entendía del todo, añadió con una sonrisa de complicidad: —Sí, mamá. Estás muy rara de repente. Relájate.
Clara dejó el crepe sobre la encimera con un golpe seco. Se giró y nos miró, primero a Teddy, luego a Alex, y por último a mí, con una chispa de genuina exasperación en los ojos, una mezcla de rabia y de algo que parecía desesperación.
—¿Sabéis qué? —espetó, alzando las manos en un gesto de rendición falsa—. Os jodéis. Los dos. —Su mirada incluyó a Teddy y a Alex, pero sentí que la descarga me alcanzaba de lleno a mí también—. Primero va uno de cal y luego otro de arena, me jode que me miréis como si estuviera en un escaparate y ahora que me abrocho, tampoco. Me estáis volviendo loca.
Las últimas palabras las dijo con la voz quebrada, pero no por la tristeza, sino por la frustración contenida. Era la queja de alguien que está siendo empujado a un papel y se resiste, o quizá, la de alguien que lo está disfrutando tanto que el simple hecho de tener que fingir normalidad le resulta insoportable.
Teddy no dijo nada. Solo esbozó una sonrisa pequeña y complacida, como si esa fuera exactamente la reacción que esperaba. Alex se rió, creyendo que todo era una broma familiar más.
Y yo, desde mi lado de la mesa, seguí mirando la mermelada que tenía delante, sin atreverme a pasársela, preguntándome si aquel estallido era el principio del fin o simplemente otra capa más en el juego perverso en el que, voluntariamente o no, nos habíamos metido todos.
Teddy apoyó los codos en la mesa, girando la taza entre las manos con una expresión pensativa.
—Sabéis… tengo una casa en Galicia. Pequeña, antigua, en medio de la nada. —Se rió para sí mismo—. Es de esas que se heredan, no porque uno las quiera, sino porque te caen encima.
—¿Y qué haces allí? —preguntó Clara, con curiosidad real.
—Pescar. —La respuesta fue tan simple que nos hizo a todos mirarlo en silencio—. Es lo único que hago cuando voy. Me levanto temprano, me llevo una caña, me siento en una piedra y espero. Es… jodidamente relajante.
—¿Tú, relajarte? —bromeé, alzando una ceja—. Eso sí que no me lo creo.
—Te sorprendería, tío. No sabéis lo que es escuchar solo las olas, el viento y algún pájaro lejano. Ni una notificación, ni un grito, ni música… Solo el mar. —Teddy parecía más tranquilo solo de hablar del lugar—. Podríais veniros algún finde, si os animáis. No es una casa de lujo, pero tiene su encanto.
—Yo paso —soltó Clara al instante, tajante—. Me gusta el mar, pero no tanto como para dormir con humedad y pelearme con mosquitos del tamaño de pájaros.
Alex se rió, todavía con un trozo de crepe en la boca.
—A mí me mola la idea, ¿eh? Pescar, perderse unos días… suena bien.
—¿Tú pescando? —le pregunté, medio en broma.
—¡Claro! ¿Por qué no? Nunca lo he hecho, pero me imagino tirado con una gorra y los pies en el agua… ya me veo.
—Lo dices así y hasta a mí me apetece —confesé, sorprendiéndome de mi propia reacción—. No estaría mal desconectar un poco. Además, pasar tiempo contigo —dije, mirando a Alex—. Hace siglos que no hacemos algo solo tú y yo.
Alex me dio un codazo amistoso.
—Pues venga, vamos. Unos días entre tíos, sin móviles, sin drama, sin horarios. Me apunto.
Teddy asintió, animado.
—Entonces está hecho. De verdad, no os vais a arrepentir. Tiene algo ese sitio… no sé cómo explicarlo, pero te limpia la cabeza. Te pone en orden sin que te des cuenta.
Clara apoyó la mejilla en su mano, observándonos con una media sonrisa.
—Solo os falta una guitarra y una hoguera para terminar de sonar como anuncio de cerveza.
—¡Ya lo has dicho! —saltó Alex—. ¡Papá, tú sabes tocar la guitarra!
—Eso era hace siglos —protesté.
—Perfecto. Te llevas la vieja y la desempolvas —dijo Teddy, riendo—. Clara, tú te lo pierdes.
—No me importa —respondió ella, divertida—. Me quedaré aquí, en mi cama, con café caliente, duchas largas y cero peces.
—Y cero mosquitos —agregó Alex, con una carcajada.
La cocina se llenó de esa risa fácil, sin pretensiones, la que solo aparece cuando uno se siente cómodo. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí en calma. Sin tensión, sin máscaras. Solo nosotros cuatro, hablando como una familia improvisada pero real.
Quizá sí necesitábamos ese viaje.
Teddy dejó la taza en la mesa con un pequeño golpe seco, como si hubiera tomado una decisión en ese instante.
—Hoy es jueves —dijo, mirando primero a mí y luego a Alex—. ¿Os parece bien salir mañana por la mañana?
Me giré hacia él, medio en serio, medio en broma.
—¿Mañana? ¿Tan rápido?
—Claro —dijo Teddy con esa naturalidad suya que siempre lo hacía sonar como si tuviera todo bajo control—. ¿Qué vamos a esperar? La casa está lista. Son solo unos días. No hace falta llevarse mucho.
A mí me sonó todo tan repentino que hasta me asustó. No por el viaje en sí, sino por lo que implicaba: salir de la rutina, improvisar, cambiar el ritmo de golpe. Y sin embargo, algo en mí también lo necesitaba.
—¡Estoy de acuerdo! —saltó Alex, entusiasmado—. ¡Mañana mismo! Joder, qué buena onda.
Teddy se encogió de hombros, con una sonrisa más contenida. Su mirada bajó un poco, y su tono cambió, más bajo, más honesto.
—Es que… me vendría bien. Ya sabes. Después de lo de Lucy... —hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Creo que me va a venir bien desconectar.
Y lo dijo de esa forma tan simple, tan humana, que no pude decirle que no. No porque me diera pena, sino porque entendí exactamente a qué se refería.
Asentí, sin mucho teatro.
—Vale. Vamos. Nos vendrá bien a los tres.
Vi cómo los ojos de Alex se iluminaban como cuando era niño y le decía que íbamos a la montaña o al cine.
—¿Tú qué dices, Clara? —le pregunté, girándome hacia ella—. ¿Te parece bien? ¿Tú qué harás?
Ella apoyó la espalda en la silla, se cruzó de piernas y soltó un suspiro con una sonrisa tranquila, casi aliviada.
—Me parece perfecto. Os vendrá bien respirar aire distinto… pescar, hablar de cosas de hombres, o no hablar de nada. Y yo… —se encogió de hombros—. Yo estoy encantada. Me quedo aquí con mis plantas, mi libro, una serie tonta y cero obligaciones.
—¿Segura? —insistí, mirándola bien.
—Segurísima —respondió, sin dudar—. Me hace feliz veros así. De verdad.
—¡Eres la mejor! —dijo Alex, dándole otro beso rápido en la frente mientras se levantaba de la silla con energía—. ¡Me voy a hacer la maleta ya mismo! ¡Papá, me llevo tu mochila negra!
—Si me la devuelves entera, sí —dije, sonriendo.
—¡Hecho!
Y se fue corriendo, subiendo las escaleras como si fuera un niño otra vez. El golpe de sus pasos rebotó en las paredes de la casa, dejando detrás una energía contagiosa, limpia.
Teddy lo siguió con la mirada, con una expresión cálida, relajada. Luego volvió a mirarme a mí, y por un segundo, no dijo nada. Solo asintió una vez, como agradeciendo algo sin necesidad de decirlo.
Clara nos observaba a los dos con esa paz suya que a veces me desconcierta. Había algo en su mirada que mezclaba orgullo, alivio y cariño.
Teddy se estiró en la silla, dejó la taza vacía sobre la mesa y miró hacia la escalera por donde Alex había desaparecido.
—Bueno… —dijo, poniéndose de pie con lentitud—. Me voy yendo, así os dejo preparar las mochilas. Voy a pasar por casa a coger las cañas y un par de cosas más.
Clara también se levantó, empezando a recoger los platos. Al pasar junto a la mesa, tomó el bote de chocolate para guardarlo, pero Teddy le detuvo la mano con suavidad.
—Espera… —murmuró, con una sonrisa ladeada.
Ella lo miró, arqueando una ceja, sin saber qué venía esta vez.
Él metió la cuchara en el bote una última vez, sacó un poco del chocolate, y sin aviso, se acercó a ella y dibujó una línea fina y oscura justo sobre la clavícula, donde la blusa dejaba un pequeño espacio de piel al descubierto.
—Para que me recuerdes mañana… cuando estés sola aquí. —Su voz sonó baja, sin urgencia, como si el gesto fuera más importante que la frase.
Clara se quedó quieta, con una media sonrisa, y bajó la mirada al pequeño manchón brillante que quedaba justo sobre su piel. No dijo nada. No protestó. Pero tampoco se movió.
—Eres un payaso, Teddy —dijo por fin, sin mirarlo, mientras tomaba una servilleta para limpiarse.
—Lo sé —respondió él, antes de inclinarse y, sin pedir permiso, lamer el rastro con una lentitud innecesaria.
Cuando se incorporó, sus labios aún brillaban con restos de chocolate.
Yo lo observé sin decir una palabra. Clara, esta vez, sí se giró directamente hacia la nevera para guardar el bote, como si de verdad necesitara alejarse un segundo.
—Bueno, familia —dijo Teddy con un tono mucho más ligero mientras se dirigía hacia la puerta—. Mañana a las ocho paso a recogeros. Mochila, gorra y ganas de no hacer nada.
—Nosotros estaremos listos —le respondí, con la voz medida.
—Perfecto. Nos vemos, guapa —le dijo a Clara, que no se giró.
—Hasta mañana, maestro de la pesca —respondió ella, sin dejar de recoger.
—Y de otras cosas —añadió él, en voz baja, solo para que lo escuchara ella.
Y se fue, cerrando la puerta con ese ruido suave que deja las palabras flotando en el aire.
Clara siguió recogiendo sin apuro. No hizo ningún comentario.
Y yo… me quedé mirando el borde de su blusa, donde aún quedaba una pequeña marca marrón que no se había limpiado del todo.
Pensé en muchas cosas en ese momento.
La puerta se cerró y el eco de los pasos de Teddy se perdió en el pasillo. El silencio se instaló por un momento en la cocina, pero no era incómodo. Solo distinto.
Clara siguió limpiando como si nada. Guardó la bandeja, metió los platos en el lavavajillas, limpió la encimera. Como si todo estuviera bajo control. Como si no acabara de pasar lo que había pasado.
Yo, sin embargo, no podía quedarme callado. Algo me ardía en la garganta, como una espina que no sabía si debía escupir o tragar.
—¿Siempre sois así? —pregunté al fin, apoyando los codos en la mesa.
—¿Así cómo? —respondió sin girarse, como si realmente no supiera a qué me refería.
—Tú y Teddy. Ese tonteo. Ese… juego raro.
Clara se detuvo un segundo. Luego se giró, apoyando la espalda contra la encimera, con los brazos cruzados y una sonrisa tranquila, casi divertida.
—Teddy siempre ha sido así. Tontea con todo el mundo. Es parte de su personalidad. No es nada.
—¿Nada? —repetí, sin ocultar del todo la incredulidad.
—Nada —insistió, como si cerrara la puerta del asunto con una sola palabra—. Le gusta coquetear, sentirse gracioso, provocar un poco. Pero no hay fondo. Nunca lo ha habido. Ni contigo aquí, ni antes, ni ahora.
—¿Y tú? ¿Nunca se te ha pasado por la cabeza…?
—¿Liarme con él? —terminó por mí, sin cambiar el tono—. No. Mira, Armando… yo lo conozco demasiado bien. Sé lo que hay y lo que no hay. Y no quiero complicaciones.
Me quedé un segundo callado. No por falta de ganas de discutirlo, sino porque no encontré el hueco exacto por donde meter la duda sin sonar celoso, inseguro o ridículo.
—No sé, Clara. Desde fuera… no parece tan “nada”.
Ella se acercó a la mesa, recogió una miga de crepe con los dedos y la tiró al plato.
—Desde fuera todo parece más. Siempre ha sido así. Pero tú estás dentro. —Me miró fijamente, sin dureza—. Confía en eso.
La forma en la que lo dijo no fue defensiva, ni evasiva. Solo firme. Clara tenía ese talento raro de cerrar un tema con calma, sin necesidad de elevar la voz ni explicar demasiado. Como si su palabra fuera suficiente.
Y quizá, para mí, lo era.
Asentí despacio y me levanté de la silla.
—Voy a preparar mi mochila antes de que Alex se lleve hasta mis calcetines.
Ella sonrió.
—Buena idea.
Me giré hacia las escaleras y justo antes de subir, volví a mirarla. Seguía allí, en la cocina, con esa paz suya que siempre me desarmaba.
Y aunque aún me quedaban preguntas, decidí que por ahora, no hacía falta ninguna respuesta.
Continuará…
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