Mi Novia la Bailarina XXIV- Julian Chaves
Julián sabe que el éxito de Mike no se mide solo en ventas, sino en las noches que pasan lejos de casa. Con bailarinas que rotan y reglas claras, el viaje se convierte en un juego de carne donde nadie pregunta por el corazón, solo por el placer.
RELATO DE NARRADOR (HISTORIA DE JULIAN)
Julián Chávez fue hijo de una familia adinerada. Nació en Costa Rica, pero antes de cumplir su primer año, su familia emigró a Miami. Los negocios de su padre marchaban bien y vivían en un barrio acomodado como Pinecrest. Toda su infancia y parte de su adolescencia transcurrieron en Estados Unidos, asistiendo a una escuela privada.
Pero entonces llegó la crisis del 2008, que destrozó el negocio de su padre y, con él, la vida de lujos. Obligados por las circunstancias, regresaron a Puerto Rico. La vida no era terrible, pero distaba mucho de la comodidad que conocieron. Si había que clasificarla, se podría decir que vivían en una clase media baja. Y es que no hay nada peor que haber sido rico y después ser pobre.
Julián miraba con celos y resentimiento a aquellos que, alguna vez, llamó amigos cuando el dinero fluía. Con los pocos ahorros que les quedaban, la familia abrió un modesto restaurante que más bien parecía un puesto callejero de pinchos, donde Julián trabajaba y ganaba algo para subsistir.
Una noche de viernes, acompañado por sus nuevos amigos, fue al bar local del barrio. Allí observó a un cantante callejero interpretar un par de canciones. Lo que le llamó la atención fue la impresionante voz de aquel muchacho. Movido más por el deseo de ayudar a su familia que por una vocación artística, se acercó al cantante, intercambiaron números y le propuso cantar en su restaurante.
Aparentemente, era la primera vez que ese artista recibía una propuesta así. El día del evento, el lugar se llenó con amigos y familiares del cantante. Todos pedían refrescos, platos de comida y cervezas. Lo que Julián le pagó al artista fue una mínima fracción de lo que ganó esa noche. Al principio, se sintió mal por lucrar con el talento de otro, pero luego comprendió que no se había aprovechado… había hecho un negocio.
Con el poco dinero que pudo ahorrar del restaurante, lo invirtió en cursos básicos de negocios: contabilidad, técnicas de negociación, emprendimiento. Y comenzó a organizar eventos similares.
Conoció a un excelente jugador de billar y, al ver que había un torneo en otro barrio, le consiguió un patrocinador: un local de pollos a la brasa. Acordaron que el jugador usaría la camiseta del negocio durante todo el torneo. Aunque su representado solo logró el subcampeonato, eso poco importó. El patrocinador pagó algunos dólares, tanto al jugador como a Julián.
Casos así se repitieron. Julián encontraba a alguien con talento y lo ofrecía como producto al resto del mundo. No lo sacó de la pobreza, pero sí le permitió empezar a generar ingresos constantes. Pronto tuvo una oficina, tarjetas de presentación y una pequeña red de talentos.
Un día, un amigo le mostró un video. Se trataba de un joven moreno cantando con un micrófono barato y una pista sencilla. Una mezcla entre rap, hip hop y reguetón. Julián no le vio mucho talento, pero decidió hacer el intento de conseguirle algún bar donde cantar.
Grande fue su sorpresa cuando, en el primer bar donde lo llevó, el dueño quedó encantado. Le pidió a Julián que lo llevara también a sus otros negocios: bares, discotecas y hasta un oscuro strip club. Así comenzó a correr el rumor de la agencia de Julián, que traía a un joven talento que todos querían tener.
En menos de dos meses, aquel chico generaba lo mismo que todos los demás talentos juntos. Julián quiso apostarlo todo. Quería grabarle un disco, consolidarlo como artista, convertirlo en la cara de su agencia. Pero necesitaban un nombre.
Una noche de copas entre sueños y ambiciones, eligieron uno: Mike.
Después de lanzar tres canciones propias, los conciertos empezaron a expandirse. De los barrios, pasaron a giras por toda Puerto Rico. Y de la buena relación profesional nació una gran amistad. Mike apreciaba a Julián por su esfuerzo en impulsar su carrera. Julián, por su parte, adoraba a Mike: de cada diez dólares que generaban, él se quedaba con seis.
Pero no solo se quedaba con el dinero. Si Mike tenía alguna chica después del concierto, no tenía problema en compartirla. Muchas accedían a besar o incluso acostarse con Julián solo por estar cerca de Mike. Él lo sabía, y lo permitía. Las veces que compartieron tríos, cuartetos u orgías se podían contar por docenas.
Cuando Mike ya era un artista consolidado a nivel nacional, con uno o dos conciertos fuera del país, Julián empezó a estudiar cómo triplicar los precios. Descubrió que el secreto no estaba tanto en el escenario o el sonido, sino en la producción del show. En particular, en el elenco de baile, que sí dependía directamente del equipo del artista.
Al principio contrataron a cuatro bailarines: dos parejas que cobraban muy poco y disfrutaban de bailar de los cuales una de esas duplas eran pareja romantica. Hicieron varios shows juntos, hasta que una noche, los gritos en un hotel despertaron a todo el equipo. Era el bailarin con pareja al descubrir a Mike penetrando a su novia en la habitación contigua.
Sobra decir que esa relación laboral terminó. Julián y Mike aprendieron una dura lección: no se podía trabajar con parejas románticas.
Y así emprendieron nuevamente la búsqueda. Julián encontró a dos chicos pobres, mejores amigos, pero con una mirada determinada, dispuestos a todo por una oportunidad. Marcelo y José Luis fueron integrados al equipo.
Cuando llegó el momento de buscar a las bailarinas femeninas para completar el elenco, fueron los propios Marcelo y José Luis quienes tuvieron la “mejor” idea: rotar constantemente a las chicas. Así evitarían que hubiera testigos constantes de los excesos cometidos durante los viajes.
Como dijo José Luis:
"Hay que ir cambiando la carne que degustaremos."
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