Xtories

El Mafioso novato III

En la oscuridad del dormitorio, Augusto toma el control con una pasión inesperada, borrando las dudas de Pietro con cada caricia. Al amanecer, el peligro acecha en el despacho: tres hombres, una decisión irreversible y el peso de una familia que no puede fallar.

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Esta entrega se inicia con una breve prolongación al relato de Fiore “El esposo del Mafioso”. Que podrán encontrar publicado en la categoría de gays y cuya lectura recomiendo encarecidamente. Mis disculpas por la intromisión. Espero que no se sienta ofendido. Es un pobre homenaje a su genialidad, y que dota de contexto al resto del relato. Una vez más, mis sinceras, disculpas por la erratas, mis recientes, problemas de visión me obligan a usar el asistente de voz. En ocasiones se ve interferido por el ruido ambiental y aceras suyas, si no me percato de ello en el momento no puedo corregirlo. Gracias por su indulgencia.

Pietro entró en el dormitorio cogido a la mano de su esposo, tirando levemente de él, conduciéndolo hasta dejarle sentado en la cama.

Augusto se encontraba perplejo, sumido en sus pensamientos, la conversación que había mantenido con su hermana y su cuñada rondando todavía su mente. Se dejaba hacer por su esposo, sin participar de sus caricias. Su mente no estaba atenta a lo que ocurría en esos momentos, pero su cuerpo, como siempre, reaccionó al tacto de Pietro, excitándose, temblando de anticipación.

Dónde estás… Amor?

Como dices? — le miró confundido —. Estoy aquí.

No… tu cuerpo está aquí… conmigo — le susurró al oído, con tono sensual, incitante, apoyando el dedo índice sobre la sien de Augusto dando unos ligeros golpecitos —… pero tu mente no está en esta habitación. Que te sucede? En qué estás pensando?

Mientras hablaba, había recostado a Augusto, dejándolo con la cabeza apoyada en la almohada. Desvistiéndolo lentamente, comenzó besando la base de su cuello., lamiendo la piel sobre su clavícula, deslizándose hacia su torso, tomando el pequeño y erecto pezón entre sus dientes, jugando con su lengua trazando círculos sobre él.

Augusto aferró las sábanas con sus manos y arqueó el cuerpo hacia la boca de su esposo. Casi no podía articular palabra. Por fin, pudo reunir la concentración necesaria para contestar a su pregunta.

Pienso en mi hermana… en su sacrificio… en el futuro que le espera casada con Alonzo. No es eso lo que quiero para ella. Un matrimonio arreglado…la pérdida de sus ilusiones.

Piensas que mi hermano no está sacrificándose también? Que no la tratará con el respeto y cuidado que ella merece? Temes que la maltrate o humille de algún modo….?

Por supuesto que no. Sé que Alonzo no es un monstruo… pero son tan jóvenes, y el suyo será un matrimonio sin amor…

Igual que el nuestro — lo interrumpió Pietro, mirándolo intensamente a los ojos —. Te arrepientes de haberte casado conmigo? Dime… — en ocasiones, le entraban dudas que le corroían por dentro, se avergonzaba del modo en que había conspirado para lograr que Augusto se sintiese obligado a casarse con él.

Es distinto — tomó el rostro de su marido entre sus manos, alzando su rostro para que le viese bien, acariciando su rostro con ternura, los ojos brillando de amor —. Nosotros somos hombres adultos…. Ellos apenas acaban de dejar de ser niños. Además… — sonrío con picardía, buscando incitarle —. Tú si me amabas ya, desde hacía años… y yo, aunque no sabía que me estaba pasando, a pesar de mis miedos, me sentía atraído por ti,… así que en nuestro matrimonio había amor, aunque yo tardase en aceptarlo, existía la posibilidad clara de que fuésemos felices.

Me amas? — ya sabía que sí. Augusto se lo había dicho muchas veces, y sobre todo se lo había demostrado, pero necesitaba escucharlo de nuevo.

Sí, te amo — le miró fijamente, la voz seria, dejando clara su afirmación —. No sé en qué momento comencé a amarte. Ni siquiera sé si ya lo hacía cuando era apenas un adolescente, cuando sentía terror con solo escuchar tu nombre y aún así mis sentimientos me llevaban a confiar. Sabes que antes de aquella primera noche yo nunca había estado con un hombre, — pero ya había mantenido relaciones con mujeres. Mi hermana en cambio…

En cambio…? — pregunta en el aire.

Piénsalo Pietro — no quería expresar con palabras explícitas lo que pensaba —. Tú tienes fama de peligroso y mi hermana era tu prometida desde niña… qué crees que quiero decir?

Comprendo… — era algo tan obvio que nunca se había parado a pensarlo—… espero que Alonzo sepa verlo y se muestre paciente y generoso con ella.

Si es como su hermano, lo hará — le sonrío sin disimular su amor —. Tú no fuiste conmigo, nunca me he sentido intimidado a tu lado, ni siquiera cuando te enfurecerías conmigo. Cuando te defraudé…

Deja atrás esos malos pensamientos… mi esposo. Eres mío… — no eso de forma hambrienta —. Dejemos de hablar de ellos por ahora. Tenemos un asunto más importante entre manos.

Desde luego que sí — empezó a tornar la camisa de Pietro, desvistiéndole despacio, saboreando la piel que quedaba al descubierto a su mirada, mientras su marido terminaba de desnudarle a él.

Cuando Pietro se sitúa sobre él, su miembro endurecido, cálido y palpitante rozando su el abdomen, Augusto se zafó de su cuerpo en actitud juguetona. Lo tumbó de costado y se sitúa tras él abrazándome desde atrás.

Alzó la pierna de Pietro colgándola sobre sus músculos, en esa postura, las nalgas de su marido quedaban entreabiertas, guió miembro hasta su canal, deslizándolo por el, sin intentar penetrarle, tan solo que sus pieles se rozaran, con una mano presionando, su abdomen, llevó la otra al miembro del Pietro, comenzando a acariciarle mientras deslizaba una y otra vez su erección por el canal de su esposo. Percibiendo el calor que radiaba su piel. La humedad que se formaba en torno a su entrada, como palpitaba sobre él,anhelante, dilatándose con deseo.

Pietro se estremecía con su contacto. Su piel erizada. La emoción inunda su pecho. Augusto, muy rara vez, sentía el deseo de tomarle, solía ser al contrario, pero cuando ocurría lo disfrutaba de un modo difícil de explicar. No se trataba solo de un placer físico, lo consideraba una demostración de amor y entrega por parte de Augusto.

Llevo su mano hasta la muñeca de Augusto, acompañando el movimiento de su mano sobre su miembro, arqueando las caderas hacia delante y atrás, siguiendo el ritmo con el que su marido le estaba masturbando.

Augusto presionó el glande sobre su anillo, punteándolo rítmicamente, pero sin penetrarle, hasta que considero que ya estaba listo para recibirle. Le sujeto con mayor firmeza por él abdomen y comenzó a adentrarse en él, lentamente, suave, pero firme. Dándole tiempo a que se adaptase sobre él, hasta chocar la pelvis contra sus nalgas, dejando escapar un gemido que se unió a los suspiros y jadeos de Pietro, caer su cabeza hacia atrás, apoyándose en él con un pesado suspiro, agarrándose de su brazo y entrelazando su pierna con la de Augusto cuando éste comenzó a aumentar el ritmo de sus embates.

El clímax crecía en el interior de ambos, ruborizando su piel, pensando sus cuerpos, acelerando su respiración. Las paredes de Pietro palpitaban alrededor del miembro de Augusto. Buscando llevarlo más a su interior. Augusto acelera el ritmo, escuchando los jadeos de su esposo la sangre, agolpándose en sus oídos con un rumor sordo, su abdomen dándose, la pierna de Pietro, temblando sobre la suya. Con un gemido ronco, se derramó en él, inundando su interior, mordiendo su hombro, marcándole como suyo. Notando como Pietro aumentaba la presión que ejercía sobre él cuando también explotó sobre su mano, tres espasmos sacudieron su cuerpo, mientras él semen descendía por entre sus dedos. Pietro giró la cabeza y tomó la boca de su esposo y en un beso apasionado, urgente, rendido. Con respiración, jadeante y pesada.

Augusto se descojo caer, boca arriba, saliendo del cuerpo de su esposo, abrazándolo por la cintura, manteniéndolo pegado a su cuerpo, rozando sus pieles sudorosas. Recuperando el aliento.

Nunca más… me oyes, jamás vuelvas a dudar de mi amor por ti…o me veré obligado a aplicarte un correctivo, “Capisco…amore”? — susurró contra la piel de su pecho besándolo.

“Capicci… mío caro” — le respondió Pietro, con una sonrisa satisfecha, en los labios, y los ojos cerrados. Aún con la respiración agitada. Probándose al imaginar que tipo de correctivo le podría aplicar Augusto, si todo serán como aquel quizá debería provocarle más a menudo pensó antes de sumergirse en la laxitud que inundaba su cuerpo reenviándose al soporte que le invadía.

***************

Aquel día, contrario, a su costumbre, el Consejo había decidido reunirse en la mansión principal de los Zanoli.

El cielo, como si prescindiese la gravedad y alcance del “orden del día” por así decirlo, había amanecido gris, frío y ventoso.

Clarissa pasaba, nerviosa, por sus aposentos. Intentaba decidir qué ropa ponerse. Por supuesto todos ellos conocía más o menos su edad, pero intentaba dar una impresión madura a aquellos hombres. Enviarles un mensaje de firmeza y fiabilidad. Hacerles llegar un mensaje de continuidad de los acuerdos alcanzados diez años antes, tras la muerte de la madre de Pietro y Alonzo, acabando así con una posible venganza, vinculando el destino de los Fiore y sus negocios a la familia Zanoli.

Al final opto por un traje sastre de color rojo con ribetes negros que realzaba su feminidad a pesar de que vestía pantalones en lugar de falda. Su aspecto era sobrio y elegante. Y le confería un cierto aura de autoridad.

Cuando bajo al vestíbulo, los tres hombres que la aguardaban la miraron con aprobación.

Me he retrasado mucho?—preguntó inquieta.

No, en absoluto. Acaban de juntarse. Nos esperan en mi despacho — contesto Pietro —. He pensado que su ambiente será más de su agrado que el del despacho de Alonzo — ironizó —, no son muy dados a las modernidades.

Augusto tomó la mano de su hermana entre la suyas, notando su temblor, besó su mejilla y susurro en su oído - Gracias por tu sacrificio.

Clarissa sonrío nerviosa, negando con la cabeza, - No tenemos otra opción.

Cuando entraron al despacho, todas las cabezas, se giraron hacia ellos, mirándolos expectantes, asombrados por la presencia de Clarissa.

Pietro cento tras la mesa de su despacho flanqueado Alonzo de pie a su derecha y por Augusto a su izquierda. Clarissa se situó unos pasos tras él.

Gracias por acudir a mi llamada — era Alonzo quien se dirigía a ellos, quería dar la impresión desde el principio de unidad entre ellos tres, dejarles claro que formaban un todo —. A mis oídos han llegado rumores… hemos considerado seriamente la situación. — miró hacia Pietro, cediéndole la palabra.

Creo que hemos encontrado una solución que calme los ánimos y deje satisfechos a todos.

Los miembros del Consejo se miraron entre sí, todos y cada uno de ellos sabía bien lo que había comentado los últimos días y cuál es eran las posturas de los otros. Por fin, uno de los “Campieri” más antiguos, que había sido hombre de confianza de Leandro, el padre de Pietro y Alonzo, tomó la palabra. Miró fijamente a los tres hombres.

Y qué solución es esa?

Un triunvirato — respondió Augusto, asumiendo de esta forma el control de la conversación, ignorando los murmullos que habían crecido tras esa declaración —. Ni Pietro, ni Alonzo ni yo mismo, contamos con la satisfacción y apoyo de todos el Consejo, cada uno de vosotros y por vuestros propios motivos, en los que no entraré, preferís a uno de nosotros. No consentiremos que el poder de esta familia se diluya de un modo tan indigno. Por eso creemos que lo mejor sería que cada uno de nosotros se encargue de llevar una sección de los negocios, pero que las decisiones importantes sean tomadas entre nosotros tres por unanimidad, antes de llevarlas al Consejo.

Y además, para garantizar — le interrumpió Alonzo —, que el acuerdo firmado hace diez años por nuestros padres, para que el control de esta familia en el futuro sea heredado por un Zanoli- Fiore, tomaré por esposa a la hermana de Augusto. Ya no existirán desconfianzas entre las familias

El rumor de los cuchicheos se extendió por el despacho. Todos miraban, inquietos, hacia el miembro de Consejo que había lanzado la pregunta, casi como si lo hubieran erigido en su portavoz.

Y dime, muchacha — se dirigió por primera vez a Clarissa que sentía como las miradas de todo el mundo se clavaban en ella — tú que tienes que decir? Acatarás la voluntad de Pietro? Te casarás con su hermano? Acaso crees que estás preparada para una responsabilidad así?

Augusto se separó un poco del lado de Pietro, permitiendo que su hermana tomara su puesto para dirigirse al Consejo. Clarissa tragó saliva para humedecer su garganta reseca, miró a los miembros del Consejo uno a uno lentamente, respiro profundamente y se dirigió a ellos con voz clara y firme

Durante más de la mitad de mi vida, he sido instruida en lo que significa ser la esposa de un jefe de la organización. Durante los últimos diez años estuve prometida Pietro, mi destino ya estaba fijado entonces, puesto que este matrimonio al final no tuvo lugar, no veo ningún motivo por el que deba cambiar mi destino, buscando otro tipo de matrimonio, pues he sido educada para entrar a formar parte de los Zanoli. Lo lógico es que afecte la propuesta de Alonzo. La voluntad de Leonardo y de mi padre era unir las familias y así será. — temblaba por dentro, pero consiguió proyectar la imagen de firmeza que la situación requería.

Bien, — intervino Pietro, levantándose de su sillón, posando la mano sobre el hombro de Clarissa — ya han escuchado nuestra decisión. Si alguien no está de acuerdo que lo manifieste ahora, tome mi sitio y que dé su solución. Si no es así, el asunto esta zanjado.

Las miradas se cruzaban entre todos, los pensamientos eran los mismos, uniéndose, quizá podían rebelarse contra uno, pero alzarse contra los tres unidos, era algo impensable, entre otras cosas, significaría una traición a la propia organización. Al final todos permanecieron en silencio sentados en sus sitios.