Xtories

El Cuadro de Fideos y mi Boquita

En la galería más exclusiva de la ciudad, el silencio se rompe con el crujido de unos tacones imposibles y una sonrisa falsa. Jinx no es lo que parece: bajo la fachada de la bimbo provocativa se esconde una mente fría que busca no el placer, sino la ruina de su presa. Cuando el Coleccionista cree tenerla bajo su control, descubrirá que la muñeca de trapo tiene dientes de acero y que su propia vaní

AnaisBelland1.8K vistas

La galería olía a sándalo y a silencio respetuoso. Era una exhibición de arte asiático, y la atmósfera era de solemnidad y elegancia contenida. Los invitados, un selecto grupo de críticos, coleccionistas y dinero viejo, se movían como sombras por las salas, susurrando admiraciones. Las mujeres vestían largos vestidos de seda negra o quimonos de gracia sobria. Los hombres, trajes oscuros y serios. Era un templo para la sutileza.

Y entonces, entró ella. Jinx.

El silencio se rompió. No por un sonido, sino por una ausencia de él. Todas las conversaciones se detuvieron, todas las miradas se giraron hacia la puerta como si una alarma de incendio hubiera sonado. Llevaba un vestido de PVC fluorescente, un verde lima nuclear tan brillante que parecía radiactivo. El material se adhería a su cuerpo como una pintura, reflejando las luces de la galería con una lujuria barata y provocadora. El vestido era un minidress, tan corto que revelaba el inferior de sus nalgas, dos hemisferios perfectos que el plástico ceñía sin piedad. Un escote profundo mostraba el valle entre sus dos enormes pechos de silicona.

Pero fueron sus pies los que hipnotizaron a la sala. Calzaba los **Pleaser Flamingo-808**. Una obra de arte del fetichismo con ocho pulgadas de plataforma transparente y un stiletto de cromo afilado como una aguja de dibujar. Dio un paso, luego otro. El crujido del plástico y el golpe metálico de sus tacones eran los únicos sonidos. Y entonces, ocurrió. El tacón de su pie derecho se deslizó sobre el mármol pulido.

—Whoa-aaa-aaa —exclamó, con un sonido que era mitad grito, mitad risa. Sus brazos se agitaron como los de un espantapájaros en una tormenta, buscando un equilibrio que no tenía. Tambaleó peligrosamente hacia un pedestal de mármol negro sobre el que descansaba una delicada vasija de porcelana de la dinastía Ming.

Un grito colectivo, contenido y aterrador, recorrió la sala. El Coleccionista contuvo la respiración. Pero Jinx, en un movimiento milagroso y absurdo, giró sobre sí misma, evitando el pedestal por centímetros. El giro la hizo perder el teléfono con funda de diamantes de imitación, que aterrizó con un estrépito en el suelo.

Se agachó para recogerlo, con la flexibilidad de una gimnasta, ofreciendo a la sala entera una vista implacable y perfecta de su culo, ceñido por el tanga de encaje. Se quedó en esa posición un segundo, examinando la pantalla de su teléfono, completamente ajena al escándalo visual que acababa de provocar.

—¡Uf! Por poco —dijo, al levantarse y guardar el teléfono en un pequeño bolso sin forma. —¡Mi teléfono es, como, mi vida! ¡Tiene todas mis canciones de cardio!

Y con eso, como si nada, continuó su camino, el balanceo de sus caderas tan arrogante y despreocupado como antes. Se dirigió directamente a una de las piezas centrales de la exposición: una delicada pintura de tinta sobre seda del siglo XV, que representaba un monte neblinoso y una grulla solitaria. Una obra de maestría, de quietud y contemplación. Una pareja de ancianos, expertos en arte, la observaba con devoción.

Jinx se plantó a su lado, inclinando la cabeza como un perro confundido.

—¡Wow! —exclamó, su voz de muñeca de goma rompiendo el encanto sagrado. —¡Mira! ¡Un gatito volador!

El anciano frunció el ceño, sin apartar los ojos del cuadro. —No, joven. Es una grulla. Un símbolo de longevidad y sabiduría.

Jinx parpadeó, lentamente. —¿Una grulla? —repitió, como si la palabra no tuviera sentido. —O sea… ¿como un pájaro grande? ¿Por qué no pintó un unicornio? ¡Esos sí que son super chéveres!

La mujer del anciano soltó un pequeño jadeo ahogado, una mueca de dolor, como si le hubieran clavado una agujeta en el alma. Jinx, ajena al daño causado, ya se había aburrido. Su mirada recorrió la sala hasta posarse en una escultura de madera de unos dos metros de altura. Representaba a un Buda en meditación, sereno y sonriente. Pero la forma de la madera, la manera en que había sido tallada, era inconfundiblemente fálica. Era un pilar de éxtasis espiritual con una forma de éxtasis carnal.

Con la curiosidad de un niño, Jinx se acercó a ella. Sacó su teléfono y se hizo un selfie junto a la escultura, pero no antes de rodear con su mano la parte más prominente de la misma.

—¡Dios! —le dijo a la escultura, como si fuera una amiga. —¡Estás super, pero súper excitado! ¿Es por mí?

Hizo una mueca de beso para la cámara, su lengua de serpiente rozando el labial rojo. Luego, giró la base de la escultura con ambas manos, como si intentara abrir un frasco difícil. La madera pesada chirrió.

—¿No se mueve? —le preguntó a un guardia de seguridad que se acercaba con paso preocupado. —Es que, como, está tan durito… pensé que, como, salía algo.

El guardia se quedó sin palabras, la cara roja de vergüenza ajena. —Señorita, por favor, no toque las obras.

—¡Ay, perdon! —dijo ella, soltando la escultura con un chasquido. —Es que es que me gustan las cosas duras y grandes. Son más… divertidas.

El guardia se quedó sin palabras, la cara roja de vergüenza ajena. Jinx, ya aburrida de la escultura y del hombre aburrido, su mirada vagó por la sala hasta posarse en otro guardia de seguridad que estaba de pie en la esquina. Este guardia, más joven y apuesto, sostenía un pequeño aparato negro en la mano y hablaba en voz baja por él.

Los ojos de Jinx se abrieron como platos. No era el aparato lo que la interesaba, sino la forma en que sus dedos lo sostenían, la forma en que su mandíbula se tensaba al hablar. Una sonrisa pícara se dibujó en sus labios. Se dirigió hacia él con su andar de flamenco sobre los Pleaser, un balanceo deliberado que hacía que sus pechos de silicona temblaran con cada paso.

—¡Omg, hola! —exclamó, acercándose demasiado, invadiendo su espacio personal. Su perfume a fresas y plástico quemado lo envolvió. —Me encanta tu… cosita. Es muy negrita y dura. ¿La usas mucho?

El guardia joven se sobresaltó, mirando el walkie-talkie en su mano como si acabara de aparecer por arte de magia. —Señorita… esto… esto es un dispositivo de radio.

Jinx soltó una risita aguda y melodiosa, como si él estuviera siendo coqueto. —¡Ya! ¡Un dispositivo de radio! ¡Qué elegante! ¿Puedo? ¿Puedo hablarle a mi amiga Britney? Ella no me va a creer cuando le cuente que vi un hombre de madera con… —hizo un gesto vago y sugestivo con las manos, acariciando el aire—… con una energía que me pone… muy caliente.

Antes de que el guardia pudiera protestar, ella se inclinó hacia adelante, presionando sus pechos contra su brazo mientras alargaba su mano con uñas de fresa para agarrar el walkie-talkie. Sus dedos rozaron los suyos deliberadamente. Lo llevó a su oreja, como si fuera un amante que le susurra un secreto.

—¿Alo? ¿Brit? ¿Me oyes? —dijo en un voz baja y jadeante, causando que el walkie-talkie emitiera un chirrido agudo y estático. —Estoy en un lugar súper aburrido, pero hay un guardia con una voz… muy profunda. Y un hombre de madera que está super excitado y…

En ese momento, el guardia, intentando recuperar su equipo y su compostura, tiró de él con más fuerza de la intended. —¡Señorita, por favor, déjelo!

—¡Ay, tan fuerte! —gimió Jinx, pero el sonido era de placer, no de dolor. La tirada la desequilibró. Sus ojos se abrieron con una falsa sorpresa mientras su cuerpo realizaba una caída en cámara lenta. En lugar de caer de forma desgarbada, giró sobre sí misma, una bailarina herida. El minivestido se levantó, mostrando el destello del tanga de encaje y la piel perfecta de sus muslos. Aterrizó de forma espectacular contra un trípode de cámara que un fotógrafo había dejado apoyado en una pared.

El trípode se desplomó con un estruendo metálico, y la cámara, afortunadamente con una correa atada, quedó colgando a un centímetro del suelo, balanceándose peligrosamente.

La sala entera se giró hacia el ruido. El guardia joven miraba su walkie-talkie ahora rayado en el suelo. El fotógrafo corría hacia su cámara.

Y Jinx se quedó en el suelo, en medio del caos, con las piernas ligeramente abiertas, el vestido enrollado alrededor de sus caderas, el pecho subiendo y bajando con cada respiración agitada. Miró hacia arriba, a las caras de horror y fascinación que la rodeaban, y una sonrisa de culpable, casi triunfante, se dibujó en sus rojos labios antes de ocultarla.

—¡Whoopsie! —dijo, con una vocecita de niña traviesa. —Es que… es muy difícil pensar en caminar derecho cuando todo lo que siento es… cosquilleo por dentro.

Fue en ese preciso momento cuando el Coleccionista, que había observado todo el desastre con una erección dolorosa y una fascinación absoluta, decidió que era hora de rescatar a esa obra de arte del caos… y aislarse con ella.

Se acercó como un tiburón olfateando sangre.

—Qué contraste tan... vibrante —dijo él, su voz un ronroneo bajo y pegajoso. —Una joya en medio de tanto... gris.

Jinx se giró, como si se diera cuenta de su presencia por primera vez. Su sonrisa se ensanchó, vacía y luminosa. —¿Una joya? —preguntó, con su vocecito que sonaba a chupete de fresa y a plástico derretido. —¿Como de las que brillan mucho?

—La joya más brillante de todas —corrigió él, posando una mano en su culo, apretando la carne firme a través del frío PVC. —Deberías estar en un pedestal, no aquí.

—¿Un pedestal? —repitió ella, encantada. —¿Como una estatuita de esas que mi abuela tiene? ¡Las que son de cerámica!

Él se rio, un sonido gutural, animal. Luego, su rostro se volvió más serio, casi conspiratorio. Se inclinó hacia ella, como si fuera a compartir un secreto de estado.

—Escucha —susurró, con un falso dramatismo. —Todo esto que ves aquí… es arte para el público. Es… arte seguro. Pero hay una pieza, en una sala privada. Una pieza muy especial.

Jinx abrió los ojos como platos, fascinada. —¿Especial? ¿Como brilla en la oscuridad?

El Coleccionista sonrió, disfrutando de su ingenuidad. —Más que eso. Es un arte tan poderoso, tan… emocionalmente intenso, que es demasiado peligroso para la sala principal. La emoción que provoca… puede ser abrumadora. Solo para mentes… fuertes.

—¿Abrumadora? —repitió Jinx, su vocecita ahora un poco asustada. —¿Como… como una película de miedo? ¿Me voy a poner a llorar?

—Quizás —dijo él, con una shrug teatral. —No estoy seguro de que estés preparada para ello. Dicen que solo las personas con un corazón… muy fuerte, o un alma muy simple y pura, pueden soportarlo sin quebrarse.

El halago era tan condescendiente, tan perfecto, que Jinx lo tragó entero. Se irguió, inflando su pecho de silicona con orgullo. Una sonrisa de orgullo iluminó su rostro.

—¡Pues yo sí puedo! —exclamó, con toda la convicción del mundo. —¡Yo tengo un corazón súper fuerte! ¡Y mi alma es super pura! ¡Me lo dijo mi tía! ¡Dijo que era como la de un unicornio!

—¿Un unicornio? —repitió él, casi soltando una carcajada. —Entonces sin duda. Eres la candidata perfecta. Ven, valiente guerrera. Vamos a ver si tu alma de unicornio puede sobrevivir a… la verdad.

Con esa ridícula promesa colgando en el aire, él la guio a través de una cortina de terciopelo hacia una sala más pequeña, más íntima. La única luz provenía de un foco que iluminaba una escultura de bronce, abstracta y fálica. La puerta se cerró tras ellos con un chasquido suave y definitivo.

—Esto es arte real —murmuró él, girándola para que quedara de espaldas a él, frente a la escultura. —Tocable.

Sus manos subieron por su cintura, hacia sus pechos. No hubo preámbulos. La trató como lo que era para él: un objeto. Un trofeo. Apretó sus pechos con fuerza, pasando los pulgares sobre los pezones ya duros bajo el plástico. Jinx dejó escapar un gemido, un sonido ensayado, perfecto. El gemido de una muñeca a la que le dan cuerda. Luego, con la voz rota por un placer fingido, susurró:

—Wow… eres súper fuerte… me siento como… como un heladito que se derrite.

Él se rio. El cierre metálico del vestido chilló al deslizarse hacia abajo. El PVC se desprendió de su piel como una segunda piel muerta, cayendo en una piscina de plástico verde a sus pies. Quedó solo con un tanga de encaje negro y los imposibles Pleaser.

La luz del foco la devoró. Su cuerpo no era un cuerpo, era un manifiesto. Un bronceado spray perfecto, sin una sola línea fuera de lugar, un color dorado y profundo que la naturaleza nunca podría crear, brillaba bajo la luz artificial. Sus enormes pechos de silicona, liberados del plástico, se mantenían desafiantes, con dos pequeños anillos de platino atravesando los pezones, brillando bajo el foco como pequeñas guardias de un tesoro prohibido.

Su estómago era un lienzo de tableta de chocolate, plano y musculoso por horas de gimnasio deliberado, pero adornado con un piercing de ombligo del que colgaba un pequeño diamante de imitación que parpadeaba con cada respiración. Una fina cadena de oro falso rodeaba su cintura, descendiendo en una V hacia el tanga, un mapa hacia el tesoro. El tanga de encaje negro era un trazo mínimo, casi invisible contra su piel bronceada, apenas suficiente para ocultar una pequeña zona de vello depilada con una precisión quirúrgica, un detalle de perfección obsesiva.

En la curva lumbar, justo encima de su culo, un pequeño tatuaje de un par de alas de hada, un diseño genérico sacado de un catálogo, un sello de su propia y deliberada banalidad. Sus piernas eran largas y tonificadas, terminando en los pies aprisionados en los Pleaser Flamingo-808. Incluso sus uñas de los pies estaban pintadas del mismo rojo brillante y desafiante que sus labios. Cada centímetro de ella era una mentira hermosa, una inversión en la fantasía.

—Arrodíllate —ordenó.

Y ella obedeció. Se arrodilló sobre el frío suelo de mármol, la imagen misma de la sumisión. El sonido de los tacones de cromo al posarse fue como el disparo de un arma de partida. Él desabrochó su pantalón, sacando su erección, dura y arrogante. Se la acercó a sus labios.

—Abre, muñeca.

Ella abrió la boca, los ojos fijos en él, llenos de una falsa devoción. El olor a su colonia, a cuero y a macho, la envolvió. Con la punta de la lengua, rozó la punta, lamiendo la pequeña gota de líquido preseminal. Sabía a sal y a poder.

—¡Wow! —exclamó, como si fuera un descubrimiento. —Es como un gigante helado de fresa. ¡Pero caliente!

Lentamente, envolvió el glande con sus labios, el rojo brillante de su pintura contrastando con la piel oscura y ardiente de él. Sus uñas, con una manicura francesa impecable, se posaron suavemente en la base, rodeándolo. El blanco puro de sus uñas era un stark contraste con la carne erecta. Comenzó a moverse, no con la torpeza que su voz sugería, sino con una pericia de cirujana. Su lengua bailaba a su alrededor, trazando la vena pulsante de la parte inferior, mientras su boca creaba un vacío perfecto, una succión húmeda y rítmica.

—Dios… sí… —gimió él, agarrándola por el cabello rubio, moviéndola a su antojo. —Así, zorra tonta… solo sirves para esto…

Ella lo miró desde arriba, con los ojos llenos de lágrimas falsas de esfuerzo. Se detuvo un segundo, su mano todavía trabajando la base.

—¿Hago bien? —preguntó con su vocecito de niña. —¿Sabe a chicle de fresa?

Él solo pudo gemir, empujándola de nuevo hacia su miembro. Ella lo tomó con más profundidad, sintiéndolo crecer en su garganta, tocando el fondo. Una de sus manos bajó a masajiar sus testículos, acariciándolos con una delicadeza que lo volvía loco, rascando suavemente la piel sensible con la punta de sus uñas. Él estaba cerca, muy cerca.

Pero ella no se apresuraba. Disfrutaba de su poder, el poder que él le cedía sin saberlo. Retiró su boca lentamente, dejando un hilo brillante de saliva y pre-cum uniendo sus labios con la punta de su erección. Con la lengua, lo limpió, como un gata lamiendo crema.

—Mmm… está delicioso —murmuró, más para sí misma que para él. Luego, hablándole a su miembro como si fuera una mascota: —Eres un chico grande y fuerte, ¿verdad? A Jinx le gustan los chicos grandes y fuertes.

Volvió a meterlo en su boca, pero esta vez fue diferente. Más lento. Más profundo. Cada movimiento de su cabeza era un estudio en la seducción. Su lengua se enroscaba alrededor de él, trazando patrones intrincados que lo hacían temblar. Usaba el borde de sus dientes con una presión tan ligera que era casi doloroso, un borde afilado de peligro en medio de un océano de placer. Sus manos no estaban inactivas. Una masajeaba sus testículos con un ritmo constante, la otra acarizaba el interior de sus muslos, acercándose peligrosamente a su ano sin llegar a tocarlo, una promesa eléctrica que lo mantenía en vilo.

—Joder… Jinx… qué boca… —soltó él, totalmente perdido.

Ella lo soltó de nuevo, sonriendo. —¿Mi boquita? ¿Es mi boquita tu favorita?

—Sí… sí, tu boquita es mi favorita, tonta…

—¿Más que las otras? —preguntó, con una falsa inocencia que lo enloquecía.

—¡Más que ninguna!

Ella pareció considerar esto, con un dedo posado en sus labios hinchados y brillantes. —Hmm… okay. Pero… ¿sabes qué? —dijo, con su voz de muñeca rota. —¡Mi boquita está cansadita! ¡Pero mis amiguitas quieren jugar también!

Con eso, se incorporó un poco, presionando sus enormes pechos juntos con los brazos. La silicona se deformaba creando un canal perfecto y oscuro entre ellos. Escupió un largo hilo de saliva entre sus tetas, lubricándolas, y luego atrapó su erección en ese conducto de carne caliente y resbaladiza.

Comenzó a moverse hacia arriba y hacia abajo, sus pechos masajeándolo, la piel bronceada rozando su piel. La cabeza de su miembro aparecía y desaparecía entre sus pechos con cada embestida. Ella miraba hacia abajo, como si fuera un milagro.

—¡Dios, eres una bestia! —murmuró, en un éxtasis genuino de adoración. —¡Tan grande y fuerte! ¡Mis tetas te adoran! ¡Eres su rey!

Él estaba delirante de placer. El calor, la presión, la visión de aquella diosa tonta rindiéndole culto a su miembro. Agarró sus hombros y comenzó a mover las caderas, follando sus pechos con fuerza.

—¡Sí, mi rey! ¡Follas a mis tetas! **¡Las revientas, mi rey! ¡Las revientas!**

El ritmo se volvió frenético. El sonido de su piel golpeando la suya llenaba la sala. Los anillos de sus pezones brillaban con cada movimiento. Ella inclinó la cabeza hacia abajo y estiró la lengua, lamiendo la cabeza de su miembro cada vez que emergía del túnel de su carne. El sabor a sí misma, a él, a la saliva, era embriagador.

—¿Te gusta cómo te las muevo, mi rey? —preguntó, con la voz rota por el esfuerzo y el deseo. —¿Están lo suficientemente duritas para ti? ¿Aprieto bien?

—¡Sí! ¡Aprietas como una profesional! —gruñó él, perdido en el frenesí.

Ella sonrió, una sonrisa de pura victoria. —No soy profesional —dijo, con un jadeo. —Solo soy una bimbo que quiere hacer feliz a su rey.

Esa frase, esa combinación de sumisión y habilidad experta, fue lo que lo empujó al borde. Estaba a punto de explotar, a cubrir su rostro y su pecho con su esencia.

Fue en ese momento, en el pico máximo de su egolatría, cuando ella lo atacó. No con el cuerpo, sino con la única arma que nadie esperaba: su estupidez.

—Es que… eres tan listo… —dijo, entre jadeos, mientras él la usaba. —**O sea,** como el hombre que hizo el cuadro de fideos.

Él, perdido en el frenesí, solo pudo gruñir. —¿Qué… qué dices?

—¡El otro! ¡El que lo copió **super** bien! —continuó ella, con la voz rota por el placer que ella misma fingía sentir. —¡Qué listo debe ser para engañar a todo el mundo! ¡Debe ser **superpoderoso**… igual que tú!

La comparación era tan absurda, tan halagadora, que su cerebro embotado por el lujurio la aceptó como una verdad reveladora. Se sintió como un dios.

—Yo… yo soy más que un simple copista —soltó él, con la voz entrecortada por el esfuerzo.

—¡Wow! ¿De verdad? —exclamó Jinx, abriendo los ojos como platos. —¿Tú también haces copias así de buenas? ¿De… cosas de verdad?

Él estaba a punto de correrse. La pregunta, en lugar de alertarlo, lo llenó de un orgullo desmedido. Quería que esta muñeca supiera qué clase de hombre la estaba dominando.

—No hago copias… yo *mejoro* el original —gruñó, apretando la mandíbula. —El Rothko… yo lo mandé hacer. La firma es mía.

El silencio que siguió a su confesión fue más ensordecedor que sus propios gritos. Jinx se detuvo. Su cuerpo se tensó. El movimiento de sus pechos cesó.

Él abrió los ojos, confundido. ¿Por qué se había parado?

Ella lo miró desde abajo, y la máscara de tonta se había hecho añicos. Sus ojos ya no eran un vacío azul. Eran dos fragmentos de hielo, calculadores, despiadados. Lentamente, lo liberó de sus pechos, pero no se movió. Se quedó arrodillada, mirándolo.

—La firma es tuya, ¿eh, Coleccionista? —dijo, y su voz ya no era un susurro de fresa. Era sedosa, fría, como el acero.

El Coleccionista abrió la boca, pero no salió ningún sonido. El shock y la frustración física lo paralizaron. Acababa de confesar su mayor secreto, su mayor delito, a la mujer que creía más estúpida del mundo.

Ella sonrió. Una sonrisa horriblemente hermosa.

Se levantó lentamente, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz. Pero no se vistió. Se acercó a él, y antes de que pudiera reaccionar, su mano se cerró como una garra sobre su miembro, todavía erecto y dolorido. La otra agarró sus testículos con una fuerza que le quitó el aliento. Se irguió sobre él, una diosa victoriosa calzada en armas de cromo y plástico.

—Tú crees que me posees —susurró al oído, su voz un veneno dulce. —Pero no es así. Soy yo la que te posee a ti.

Apretó. Él gimió, un sonido de dolor puro que se mezclaba con un deseo incontrolable. Sus rodillas flaquearon.

—Soy yo la que decide cuándo respiras, cuándo sientes, cuándo… sufres.

Su mano comenzó a moverse, ya no para dar placer, sino para infligir una tortura exquisita. La mano con la manicura francesa impecable se convirtió en un anillo de porcelana y acero en la base de su erección, apretando justo lo suficiente para cortar la circulación, para convertir la sangre que lo mantenía duro en un prisionero en su propia carne. La otra mano, con una delicadeza cruel, comenzó a masajear sus testículos, no con la urgencia del placer, sino con el ritmo lento y metódico de un relojero desmontando un mecanismo.

—Ahora vas a venir —susurró, su aliento caliente y frío a la vez en su cuello. —Pero no será un clímax de placer. Será una firma. Tu firma en mi contrato. Tu rendición total.

Él temblaba, un hombre roto, atrapado entre la humillación intelectual y un dolor físico que ahora era un arma en su contra. Su cuerpo, traicionero, respondía a la estimulación. La presión, el dolor, la voz de ella… todo se mezclaba en una sopa de sensaciones incomprensibles. Sintió la ola crecer, la presión insoportable en la base de su columna, la promesa de un clímax que sentía cercano, aterradoramente necesario.

—Ven para mí, Coleccionista —ordenó ella, su voz ahora un látiz. —Ven y admite que eres mío.

La ola creció, creció, hasta convertirse en un tsunami. Pero no hubo liberación. La ola se estrelló contra el muro de su propia mano, contra la barrera de dolor que ella había construido. El clímax no fue una explosión, sino una implosión. Una serie de espasmos secos y dolorosos, como un calambre en el alma, recorrieron su cuerpo. Su espalda se arqueó en una convulsión violenta, sus músculos se tensaron hasta el límite. Un grito ahogado, no de placer, sino de pura y absoluta traición, escapó de su garganta. No hubo eyaculación, solo el vacío. El sentimiento aterrador de haber sido robado en el momento de máxima entrega, de haber sido usado hasta el límite y luego vaciado, arrojado a un lado.

Su cuerpo se retorció en el suelo, buscando una descarga que nunca llegaría, jadeando como un pez fuera del agua.

Jinx lo observó desde arriba, con la calma de un científico que ha confirmado su hipótesis. No había satisfacción en su rostro, solo una certeza fría. Aflojó su grip y lo empujó con desdén. Lo dejó en el suelo, un montón de caro traje arrugado y dignidad perdida, temblando en el suelo de mármol.

Se agachó, su rostro a centímetros del de él. Él no podía mirarla, cubierto por el sudor y la vergüenza.

—Mírame —ordenó.

Él tardó un segundo, pero obligó a sus ojos a encontrar los de ella. Ya no había hielo en ellos. Había algo peor: indiferencia.

—Eso —dijo ella, con una voz suave y final—. Eso es lo que soy. No una bimbo. Soy tu fin.

Se levantó y se vistió con calma, metiéndose de nuevo en su piel de plástico fluorescente, ajustándose el vestido, pasándose la lengua por los labios rojos como si acabara de saborear la victoria más dulce.

Salió de la sala, y la sonrisa de muñeca había vuelto a su rostro. Brillante. Vacía. Perfecta.

Yo estaba esperando al otro lado de la cortina.

—Una buena crítica de arte —dije.

Ella se detuvo y me miró, y por un instante, me dejó ver el filo.

—No fue una crítica, Anaïs. Fue una corrección. Y él… fue el lienzo. Y yo, la artista que lo firmó con su humillación. —Hizo una pausa, y sus labios se curvaron en una sonrisa verdadera. —Por cierto, fue yo quien le envió la nota anónima al crítico de arte sobre la firma del Rothko. Necesitaba que estuviera acorralado, desesperado. Un hombre desesperado es un hombre que comete errores. Como entrar solo en una habitación con una "tonta" bimbo.

***

**P.D. para ti, que has llegado hasta el final.**

El arte, como el deseo, no debe guardarse en silencio. Si la historia de Jinx resonó con tus propias fantasías, si viste un reflejo de tus deseos ocultos en la humillación del Coleccionista o en el poder de la muñeca, te invito a compartirlo. La confesión es el primer paso hacia la liberación.

Tu propio lienzo espera.

Escríbeme a [email protected]

Con la anticipación de desvelar tus secretos,

*Anaïs.*