Xtories

El pintor de desnudos

En un bar decadente, una mirada desafiante y una pregunta directa rompen la rutina de un pintor sin inspiración. Ella no busca amor, busca fuego; y él, desesperado por recargar sus musas, no tiene fuerza para negarse.

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MARISA

I

Y así, de pronto como quien dice, me encontré en una situación extraña. Yo no diría que incómoda, que soy persona que no se asusta fácilmente y procuro hacerme a las situaciones con actitud positiva, pero desde luego aquello era algo inesperado para mi, al menos unos momentos antes.

Hace dos horas me encontraba en un bar, situado en el barrio de vinos de mi ciudad. Un bar de los que hace dos décadas se consideraba el ojo del huracán de la escasa, pero pretenciosa, movida cultural de la misma; centro de reunión de supuestos artistas como yo, gente de mal vivir, algún camello de poca monta, chulos, pijos con ganas de problemas, gente normal (poca, la verdad), alguna señorita descarriada haciendo horas extra y, en fin, toda esa fauna que integraba lo que se conocía por “movida”, pero que no era ni más ni menos lo que siempre se llamó gente en busca de diversión, negocios y líos. Todo junto.

El bar mantenía su fama, pero era lo único que le quedaba de aquél pasado glorioso. Hoy era un antro con ínfulas de sitio moderno, con una decoración que hubiera dejado perplejo, o cabreado, al dueño original, una música ambiente deleznable y unos clientes fijos que se creían los sumos sacerdotes culturales de la ciudad, entre los que se mezclaban algunos clientes ocasionales, la mayoría turistas de paso, que no entendían la relación directa entre un ambiente tan decadente y los precios astronómicos que exhibía la carta de tapas, vinos y demás productos ofertados en aquel lugar. No es que fuese mi sitio preferido, mas bien era uno de los más aborrecidos, pero me habían arrastrado hasta allí un par de conocidos con la excusa de hacer planes sobre preparar una exposición conjunta o algo así. Las típicas historias de las que estoy harto y de las que huyo en cuanto tengo ocasión. Pero estábamos a finales de mes y yo no tenía un puto euro en el bolsillo que poder emplear en un par de copas, así que había decidido que ya era hora de hacer un poco el gorrón a costa de aquel par de presumidos.

Llevaba ya una hora larga en aquel sitio, aguantando música house y necedades por parte de aquellos dos pesados, mientras calculaba si podría echarme al coleto otro gintonic a su costa. Decidí que no, porque si lo pedía estaría obligado a pagar la ronda y no quería problemas con el dueño del local, un macarra disfrazado de empresario pijo, que siempre me había mirado torcido desde que me negué a venderle un cuadro para decorar lo que el llamaba comedor. No es que yo sea muy quisquilloso con eso de sacar provecho a mi obra, pero el tipo aquel siempre me había caído como el culo, y no estaba dispuesto a que mis cuadros anduviesen rodando de aquí para allá en manos de cualquier cretino.

Así que estaba discurriendo como darme el piro sin parecer un maleducado cuando ella entró por la puerta con aire de “me he despistado y mira en que antro estoy cayendo”. Lanzó una mirada despectiva a todo el gentío que allí se apretaba y, para mi asombro, levantó el brazo y me hace un gesto de “lo grande que es la ciudad y tengo que encontrarme a éste aquí”. Pero no, no era a mi. Se dirigía a otro fulano en un grupo de gente situado detrás de nosotros, así que hice como que no me había dado cuenta y me volví hacia la barra para, definitivamente, pedir otra ronda ante la mirada complacida de mis dos colegas, que pusieron cara de “ya era hora roñoso”, mientras observaba de reojo como ella avanzaba por el bar con cara de “apártense de una vez y dejen paso a la reina”, para ir a juntarse con aquél julay, al que saludó con dos nobesos mientras me daba la espalda. Por cotillear algo puse la oreja a ver que se decían y sin querer me enteré de que era su exmarido y probablemente su examigo, ya que el encuentro se redujo a un par de frases amables y banales sobre lo bien que les iba a los dos desde que se habían librado el uno del otro y el maromo se había mudado a otra ciudad en busca de otros horizontes y otras compañías.

Lo siguiente fue que se dio la vuelta y al quedar frente a nosotros reconoció a uno de mis dos colegas de barra como un antiguo compañero de estudios. Mas besos, mas “como estás, que guapa te encuentro”, “ya ves, el divorcio, ja, ja, ja, cuanto tiempo” y todo eso. Y aquel pedante te presento, “esta es Marisa y aquí fulano y este es Julian, pintor sin la fama que merece su arte…” y bla, bla, bla, mas besos, mas sonrisas, “encantada”, “igualmente, ¿quieres tomar algo?”, “pues lo mismo que vosotros” ¡camarero!, me cago en la leche a ver como salgo de ésta contando con disimulo las monedas que llevaba en el bolsillo. Todavía me quedaba un billete de cincuenta en la cartera, pero al día siguiente tenía que echar gasolina al coche para ir a trabajar, así que ya me iba haciendo a la idea de empezar de una vez el régimen de ayuno que tantas veces me había prometido hacer. Bueno, no hay mal que por bien no venga.

Y Marisa, toda sonrisas coquetas, “que alegría volverte a ver, ¿te acuerdas de fulanita?, y ¿que sabes de menganito?”, y bla, bla, bla, ji, ji, ji y todas las tonterías que se dicen en estos casos y “vamos a hacernos una foto de recuerdo que pasan otros tantos años y no volvemos a vernos”. La hago yo, digo por integrarme un poco, mientras sacaba el teléfono del bolsillo muy decidido a ser notario de aquel encuentro. "Pues me la mandas ahora mismo", me exige dictándome su número. "Ah!, pues quedó muy bien", me felicita, "eres un fotógrafo estupendo", y yo poniendo cara de circunstancias, fantaseando con que igual tenía mas prisa por saber mi número que por aquella estúpida foto, ejem..., y haciéndome el interesante como un pavo cualquiera. Y, "bueno, me marcho que he quedado, que alegría volverte a ver, encantada de conocerte, a ver si nos vemos pronto y quedamos para tomar algo y recordar viejos tiempos", "cuando quieras ya sabes mi número" y tal y tal. Mas besos, "adiós guapísima", y Marisa que sale del bar apartando a la chusma con su taconeo y sin mirar atrás, mientras yo me despido de mi último billete de cincuenta sin echar una lágrima de más y con una sonrisa hipócrita que trata de disimular la cara de tonto que me ha dejado aquella aparición en forma de mujer.

"¿Qué, otra?", yo no puedo que tengo que hacer, "eres un agonías Julián, ya no estás para trotes". Los años, contesto, que te dan experiencia y te quitan tiempo, "... ja, ja, ja, cabronazo, bueno pues me llamas para el asunto ese lo mas tarde pasado mañana", si, si, sin falta. Hala que os den, hasta otra.

II

Callejeo un poco, intentando consolarme del adiós al desayuno de mañana que acababa de perpretar a lo tonto, haciendo tiempo para volver a encerrarme en mi piso, donde me esperaba otra gloriosa noche de aburrimiento. Generalmente eran horas de trabajo, los momentos en que buscaba inspiración frente a lienzos vacíos que se iban rellenando de colores, líneas, manchas y sombras a medida que la fantasía fluía de mis pensamientos y se traducía en formas, en espacios y perspectivas nuevas. O quizás, otras veces, folios en los que plasmaba vivencias y sentimientos que era incapaz de expresar de otra manera que escribiendo. Pero últimamente me encontraba vacío, sin ganas ni fuerzas para acometer nuevos retos, de tener ideas. Me sabía en crisis, en crisis creativa dirían aquellos dos estirados, y a ratos pensaba que me estaba volviendo un vagoneta de cuidado, aunque no le daba mayor importancia. Sabía que, tarde o temprano, la fuerza volvería a mi como si nunca me hubiese abandonado. Mientras tanto dejaba pasar el tiempo, sin otros planes que poner en el microondas una pizza congelada para cenar y ver un poco la televisión. Las musas ya saben donde vivo, que carajo.

Así que saqué la pizza del microondas, la dividí cuidadosamente en cuatro pedazos iguales, cogí una botella de vino abierta desde hacía cuatro días, con intención de sufrir acidez de estómago por la noche y me senté en el sofá, frente al televisor, dispuesto a aburrirme un poco más en espera de que esa dama tan elegante que llamamos inspiración se dignase a visitarme un día de estos. Yo no tenía ganas de ponerme a buscarla.

Sumido en estos pensamientos tan autocomplacientes, apenas sentí el campanilleo que anunciaba una llamada en mi teléfono. Lo miré con desgana, esperando algún estúpido anuncio de alguna promoción innecesaria para mi. Un número que me sonaba vagamente, ¿donde he visto este número?, y Marisa, si la Marisa que acabo de conocer, que me pregunta si estoy muy ocupado, que me quiere preguntar no se que. Pues ahora mismo no hago nada, contesto. Pues que si quiero tomar algo en tal sitio y hablamos. Vale, tu invitas ja, ja.

Y entonces me dirijo a toda leche al bar de marras mientras cavilo de que va esto, que raro ¿no?. Así que unos metros antes de llegar me paro a coger aire, que no se note la carrera, joer que me he puesto nervioso y todo. Y al entrar en el bar la veo al fondo, en una mesa ella sola, con una cerveza delante y me acerco sonriente, ligero, aparentando indiferencia, como si todos los días me citasen por teléfono mujeres como ella para preguntarme sobre algún misterio. Ahora la miro mas atentamente mientras tomo asiento y busco la atención del camarero detrás de la barra, para indicarle por gestos que me sirva lo mismo que a ella. Noto las arruguitas debajo de los ojos declarando que ya no cumplirá nunca mas los cuarenta y admiro su piel firme y tersa a pesar de ello, su tipo fino y con apariencia elástica y ágil torneada a base de gimnasio. Una mujer madura pero muy deseable, sin artificios de maquillaje en una cara decidida que, sin ser de una gran belleza, irradia sensualidad por todos sus poros y cautiva mi mirada hasta el punto de hacerla reírse abiertamente de mi expresión bobalicona.

Tú dirás, farfullo, intentando disimular mi inseguridad. Pero ella no dice nada y se queda mirándome con sus ojos grises, o eso parecen, hasta que el camarero viene y me sirve la cerveza y deja la nota encima de la mesa. Entonces siento que pone su mano en mi pierna, por debajo de la mesa, y con una voz clara, sin vacilar y en voz baja “¿tu pintas verdad?, eso le escuché a Ernesto”, si bueno, eso intento, “¿y eres bueno?”, eso depende de quien juzgue, no lo se, con falsa modestia. “No me refiero a la pintura, quiero decir follando”. El vaso hace un ruido del demonio al caer al suelo y romperse en mil pedazos mientras la cerveza se derrama a partes iguales entre mis pantalones y las baldosas y el camarero me mira con cara de asesino a sueldo. Marisa retira su mano y vuelve a quedarse callada, mirando al techo con expresión inocente, hasta que el camarero vuelve con otra cerveza y anuncia que ésta corre a cuenta de la casa y da a entender que parroquianos torpes como yo son la desgracia de su negocio.

Cuando se retira, después de limpiar el desaguisado, la mano de Marisa vuelve a su lugar debajo de la mesa, esta vez apretando un poco mi pierna, como tanteando la calidad de mi musculatura, y me interroga con la mirada esperando una respuesta. Pues no se que decirte, ejem, esto…, tartamudeo sin dar con una respuesta convincente, creo que ninguna de mis ex-novias se ha quejado nunca, pero ya sabes, esto es como la pintura y el arte, depende del crítico y su exigencia…, intento salirme por la tangente. “Yo quería preguntarte si te gustaría follar conmigo y quizás pintarme después”, me dice con desparpajo, ¿desnuda?, “claro, por supuesto”. “No estoy loca”, aclara al ver mi cara de sorpresa, “solo me siento con ganas de echar un polvo y tú me pareces interesante, además de ser un tipo que me gusta”. Vaya, pues muchas gracias, acierto a decir sin recuperarme del asombro. “¿Eso es un si?”, me pregunta mientras aprieta de nuevo mi pierna. Asiento con la cabeza, temeroso de que el si se confunda con un gruñido. Y entonces ella se levanta, se acerca a la barra para pagar y me indica con un gesto que es hora de marcharse sin mas.

En la calle se enlaza con mi brazo y me conduce, supongo que a su casa. Desprende un perfume sutil, dulce y que me va embriagando a medida que avanzamos. A ratos miro su cara que no muestra ninguna expresión especial, solo la sonrisa de complacencia que me dirige de vez en cuando, altera la serenidad de aquel rostro. Con los tacones es un poco mas alta que yo y camina rápido, sin pararse ante ningún escaparate ni sortear a la gente que encontramos de frente, pues son ellos los que se apartan a nuestro paso, no sin dirigir miradas de curiosidad a mis pantalones que dan la impresión de haber sufrido un episodio de incontinencia. Y, ya en el portal, intento abrazarla por la cintura, pero se escurre como una anguila con una risita tonta mientras llama al ascensor y pulsa apresurada el botón que nos lleva a un tercer piso, en un tiempo que transcurre entre miradas al espejo y al techo iluminado.

Su casa es oscura, de un estilo pasado de moda, cargado de muebles caros pero sin nada que le confiera gusto ni clase al conjunto. Seguimos un pasillo interminable al que se van abriendo habitaciones en penumbra, hasta que llegamos a un saloncito ocupado por un sofá de tres plazas y dos sillones con orejeras. Una pequeña mesa de centro luchaba por conseguir espacio en medio del conjunto y la pared frente a la puerta era el dominio de un aparador antiguo, repleto de marcos con fotos oscuras y multitud de figuritas de porcelana, platos de cerámica, floreros sin flores y demás cachivaches a los que nuestras abuelas eran tan aficionadas. La mesita de centro también estaba invadida por algunas fotos enmarcadas y un par de ceniceros de cristal tallado que podían servir para aplastar un cráneo si alguien fuese capaz de levantarlos; los sillones, y el sofá, lucían tapetes de ganchillo en los brazos y en el respaldo. Una alfombra bastante raída, pero de buena calidad, con dibujos de flores descoloridas, remataba el conjunto mientras un par de láminas enmarcadas representando la Última Cena de Leonardo y la Virgen con el Niño de Lippi aportaban la debida solemnidad a las paredes de aquella estancia llena de olor a rancio, a cera de muebles y a cerrado.

Ella nota mi sorpresa ante todo aquello, y me explica que "es la casa de su madre, murió hace tres años y desde entonces está así, sin que sepamos que hacer con ella. Para alquilarla necesita de reformas y nadie se ha ofrecido a comprarla por un precio decente. Mis hermanos viven fuera, así que, de momento, me sirve de refugio", de picadero querrás decir, y al punto me arrepiento de mi grosería, "bueno si lo quieres llamar así…", mientras me mira con ojos de no la fastidies ahora, no te pases de listo que bromitas las justas. Pero al momento ella rompe la tensión con un movimiento de cabeza, le quita importancia a mi falta de tacto y me invita a tomar algo. "Siéntate y ponte cómodo, anda", mientras desparece por aquel pasillo interminable.

Yo me siento en el borde de uno de los sillones, tenso y preocupado por mi desliz, mientras repaso las fotografías alineadas en los estantes. Caras antiguas, en blanco y negro, en sepia, de señoras con moño y caballeros peinados con gomina, alguno de uniforme y alguno con sotana, casi todos con bigote y todos, y todas, muy serios, mirándome con una expresión adusta que me hace sentir culpable de invadir aquél espacio. Llego a distinguir una más moderna, ésta sin marco y apoyada de cualquier manera sobre un jarrón, tipo polaroid a color, con un grupo de tres niños pequeños en una playa que no conozco. Están en bañador y en el medio reconozco a Marisa con unos doce años todo lo más, pero con la misma expresión inocente y a la vez cínica con la que me preguntó si yo era bueno en la cuestión del folleteo. Luego encuentro otra, ésta enmarcada y en lugar preferente, del día de su primera comunión, vestida de blanco, con las manos juntas en actitud de rezo y la única cara de susto que le he visto nunca.

Marisa interrumpe mi cotilleo entrando cargada con una bandeja en la que porta dos vasos altos y una cubitera con hielo. Se ha puesto cómoda, pues se presenta en ropa interior, sostén y braguitas negras con liguero que sostiene las medias negras de encaje. No se ha quitado los zapatos de tacón por lo que su presencia me apabulla, dado mi punto de vista a nivel de su pubis. Se queda parada un momento frente a mi y admiro, una vez más, su figura impropia para una mujer de su edad, solo enturbiada por un principio de celulitis en los muslos, disimulada por las sombras de aquél cuarto. "¿Que prefieres whisky, vodka,….?", mientras abre una puerta del aparador y descubre un surtido de botellas, impensable en tal lugar. Un whisky está bien gracias. Ella se sirve vodka hasta llenar el vaso con hielo, se tiende frente a mi en el gran sofá, mostrándose en toda su exhuberancia, y bebe un par de sorbos calmadamente y me mira de arriba a abajo, con expresión calculadora, calibrando las posibilidades del momento y mi capacidad para ofrecerle lo que necesita.

"¿Te gusta la vista?", pregunta divertida ante mi mirada de perrito huérfano que no puedo apartar de su cuerpo. Estás estupenda mujer, ya lo sabes de sobra, acierto a responder entre titubeos. "Pues ya estás enseñando tus cartas majete. Te dije que te pusieses cómodo y no vienes de visita. Venga, sácate ya esa ropa mugrosa que llevas, a ver que esconde". Tímidamente me quito la camiseta y el pantalón, intentando hacerme a aquel extraño juego.

"Humm, no estás mal…", con aire de entendida en perchas masculinas mientras me mira de arriba a abajo, "¿vas al gimnasio, verdad?", dos veces por semana, miento como un bellaco, mientras intento disimular las pruebas abdominales de que no he pisado uno en mi vida, aunque últimamente me he descuidado un poco, la verdad, me justifico. Ya sabes, las Navidades, comidas, cenas…, "yo voy tres veces a la semana sin saltarme ni un día, pero sobre todo hago elasticidad, es lo que más me gusta. De pequeña quise ser bailarina de ballet, pero luego lo dejé,…, o hicieron que lo dejara", me explica con mirada evocadora de recuerdos, "¿a cual vas?". Me llevo el vaso a la boca, intentando ganar tiempo para inventar la respuesta, sin darme cuenta de que estaba aún vacío. Disimulo como puedo, hago como que busco la botella de whisky y casi la tiro con los nervios. "¡Vaya!, ya veo que eres especialista en romper cristales, ja,ja", apunta con sorna, "¿que haces mas?, ¿pesas, elasticidad…?", insiste. ¡Ah!, el gimnasio, bueno yo practico boxeo, sigo inventando, ya de perdidos al rio de cabeza, voy a un local cerca de mi casa que no tiene ni nombre al que acude gente nada pija, pero nunca he peleado, solo guantes en el entrenamiento y…, me interrumpe con una sonrisa, "siempre me interesó el boxeo, y los boxeadores. Hasta he pensado en probar. Debe de ser excitante todo ese ambiente". Pues nada, cuando quieras puedo invitarte y conoces el sitio, me sigo enredando sin ver salida. "Es interesante, un pintor que boxea y rompe botellas por donde quiera que va es mi fantasía erótica, ja ja". Quedamos en silencio, yo mirando al fondo del vaso y ella taladrandome con una mirada de duda sobre si habría hecho bien en invitar a su casa a tamaño idiota. Pero al fin se decide, apura el vaso de vodka y se levanta del sofá decidida, "Ven", me ordena dirigiéndose a la puerta.

III

Me conduce por el pasillo hasta una habitación al fondo. Un dormitorio bastante bien arreglado, con una cama muy grande con cabecero de rejas, un armario empotrado de puertas de espejo, un tocador con muchos botes de cremas, maquillaje y botellitas de perfume y un par de sillones grandes. Luces indirectas y una ventana al fondo tapada por cortinones de color ámbar a tono con la pintura de la pared.

Muy bonito todo, comento, y te hace sentir cómodo, "gracias pero déjate de darme coba. Ahora esto es un ring, tomatelo asi y mejor que te hayas entrenado bien porque espero tener un buen combate", me advierte cerrando la puerta de la habitación, "ayudame a quitarme esto ¡anda!", dice señalando a su espalda el cierre del sujetador.

No necesité que me lo pidiera dos veces. Con dedos que temblaban levemente, comencé a soltar los corchetes uno a uno. Cada uno que se soltaba dejaba al descubierto una porción de la suave curva de los senos contenidos por el encaje negro. Cuando el sujetador cayó al suelo, apoyé las manos en su cintura, sintiendo el calor de su piel bajo las palmas. ¡Hummm.…,! murmuro, enterrando mi nariz en su nuca, besando la piel y olisqueando el cálido aroma de su perfume mezclándose con el sudor de la anticipación, no habría podido imaginar algo así hace un rato, le digo, "Pues deja de imaginar y compruébalo", me reta, Se arquea contra mi, frotando sus nalgas contra mi entrepierna, donde la erección de era ya hecho firme y palpable a través de los slips. "Yo también quiero saber cómo se siente esta piel".

La guio hacia el borde de la cama y hago que se siente para arrodillarme frente a ella tomándole un pie y deslizando uno de sus tacones. Lo hago con devoción y noto, a través de las medias, como se eriza su piel. Luego el otro. Masajeo sus pies antes de deslizar lentamente mis manos por sus pantorrillas, sus muslos, hasta encontrar el borde de las braguitas de encaje. Estas…, digo, deslizando los pulgares bajo la tela y rozando la piel sensible de sus ingles. son una visión maravillosa. Gime suavemente, separando las piernas un poco en una invitación clara. "Están ahí para que las quites. No para que las admires". Tiro de ellas hacia abajo, descubriendo el pubis con un vello recortado y bien cuidado, la piel húmeda y cálida que hay debajo. Me inclino y, sin prisas, deposito un beso justo en su monte de Venus. Ella deja escapar un jadeo y sus manos se aferran a mis hombros. Se desliza hacia el centro de la cama y se tiende a lo largo, invitandome a que la siga. cubriendo su cuerpo con el mio, procurando no aplastarla. La sensación de piel contra piel, de mi pecho sobre sus senos suaves, es electrizante para ambos. Nos besamos sin urgencia, con la pausa de quienes saben que el viaje es tan importante como el destino. Nuestras lenguas se buscan, juegan, se exploran. Besos profundos cargados de intención.

Mis manos van recorriendo cada centímetro de su cuerpo. Amaso sus nalgas con fuerza, hundiendo los dedos en la carne firme y acarició la curva de su cintura. Bajo hasta sus muslos, abriéndolos más, para luego subir de nuevo, pasando por encima de su sexo sin tocarlo directamente, solo rozándolo, haciendo que se retuerza de necesidad. Me vuelve loco lo húmeda que estás, murmuro contra su boca, deslizando finalmente dos dedos a través de sus labios menores, empapándome en su lubricación

Bajo la cabeza y atrapo en mi boca uno de sus pezones, duro como una piedra. Lo lamo, lo chupo, lo mordisqueo suavemente hasta que suspira y la lengua comienza un baile circular. Mientras mi boca trabaja en un pecho, la mano libre continua su exploración en su sexo. Esta vez, no se conforma con rozar. Deslizo un dedo, lentamente, a lo largo de toda su hendidura, de arriba a abajo, una y otra vez, deteniéndome justo en el clítoris, hinchado y sensible, para hacer pequeños círculos que hacen que jadee y clave las uñas en su espalda. "Ahí… no pares ahí… ", suplica, moviendo las caderas al ritmo de mis dedos. No tengo prisa. Quiero saborear cada gemido, cada temblor. Desciendo por su cuerpo dejando un rastro de besos húmedos por su abdomen, hasta llegar al triángulo oscuro de su sexo. Separó sus labios con los dedos y, ante la vista de su carne rosada y brillante, no puedo evitar un gruñido de puro deseo. mientras hundo la cara entre sus piernas y recorro todo su coño de un solo trazo. Luego me centro en el clítoris, succionándolo suavemente mientras mis dedos se abren paso dentro de ella, primero uno, luego dos, encontrando un ritmo profundo y sostenido que hago coincidir con los movimientos de la lengua. Siento como pierde el control cuando sus gemidos se vuelven más agudos y sus palabras se deshacen en un torrente de súplicas, "Sí, así… así… no pares, por favor, que voy a…"

Un orgasmo violento y prolongado la sacude desde las profundidades de su vientre. Grita, arqueándose sobre la cama, mientras olas de placer la recorren, manteniéndose a flote solo por mi boca y mis dedos, que no cesan en su ritmo hasta extraerle el último espasmo. Cuando por fin se calma, jadeando, con el cuerpo cubierto de un sudor fino, me deslizo sobre ella, besando su estómago, sus senos, su cuello. Nuestros ojos se encontraron en la penumbra y yo me pierdo en su nube gris que me absorbe como un remolino.

IV

Me despierto destemplado, con dolor de cabeza, encogido en el sofá y dolor de cuello por la mala postura. La televisión transmite anuncios de teletienda y un par de moscas recorren los restos de pizza fríos y secos encima de la mesa. Otra camina por el borde del vaso con manchas de vino agriado que me hace fruncir la nariz con su olor rancio. Alcanzo a mirar el teléfono y me doy cuenta de que solo me quedan dos horas de sueño si quiero llegar en condiciones normales al trabajo. Me pongo en pie trabajosamente y veo que mi polla presenta una erección considerable fruto del sueño húmedo que me ha visitado durante la noche, del que apenas distingo realidad de pesadilla. Consigo llegar a la cama, me desnudo y me meto entre las sábanas frias esperando que el sopor se transforme en descanso por un rato.

La alarma del despertador me despierta algo mas descansado. Recuerdo que no me queda dinero para la gasolina, así que me apresuro a vestirme y salir de casa apresurado para coger el autobús que me lleva a la fábrica de muebles en la que me gano la vida como tapicero de muebles durante ocho horas diarias. En el trayecto recuerdo mi sueño, disfrutando de las imágenes que mi subconsciente va deslizando entrecortadas por mi cabeza. De repente me siento otra vez vivo, animado, fuerte, sintiendo que la fuerza está volviendo a mi, que las musas llaman de nuevo a mi puerta y la inspiración me invade como en los mejores momentos. Busco el número en el telefono y marco, sin importarme molestar por la hora, porque se que es el momento. Me contesta a los tres avisos

-”¡Dígamelo!”, oigo su voz clara.

-”¿Marisa?, buenos días, soy Julián, nos presentaron ayer…, perdona si te molesto a estas horas, pero es que voy al curro y luego no tengo tiempo en todo el día…”

-”Si, si, buenos dias Julian. Para nada, yo madrugo y estaba por salir a correr un poco antes de ir al gimnasio. Dime”

-”Nada, que estoy preparando una exposición y para uno de los cuadros andaba buscando un modelo y,…, bueno ayer cuando te conocí me dije que me parecías la persona que necesito. ¿Tú querrías posar para mi?, solo serán tres o cuatro sesiones, por supuesto pagadas, y me harías un gran favor”

Silencio al otro lado. Luego vuelvo a escuchar su voz

-”Mira Julián, voy a decirte una cosa. Si esto es una forma de querer ligar conmigo es la mas original”, protesto ofendido, como puedes pensar eso y bla, bla, bla,”... pues si, muy original el intento. Pero bueno si es en serio,…, no se,..., nunca he hecho eso de posar para un pintor, aunque no te digo que no me atraiga y, ahora que lo pienso, me gustaría tener un buen retrato mio en mi casa, igual ¿después tú puedes hacerlo?,.... ¿Posar desnuda quieres decir?”, se la ve interesada y me vengo arriba con la historia.

-"Bueno ya te explico, si quieres quedamos esta tarde y te cuento la idea”,

-"Vale, pues de acuerdo, esta tarde me viene genial, ¿a que hora quieres quedar?”.

-"Pues voy a entrenar a las seis que yo hago boxeo, pero para las ocho ya estaré libre ¿Te viene bien?, podemos quedar donde ayer sin mas ¿que te parece?".

-“¡Ah!, pues muy bien, de acuerdo. Venga, nos vemos, hasta luego”

Colgué la llamada justo bajando del autobús. Entré en la fábrica saludando a todo el mundo, dando a entender que yo estaba allí para darles algo de alegria a sus tristes vidas porque a mi me sobraba.

Pero lo que ocurrió después me vais a permitir que lo cuente en otro episodio.

CONTINUARÁ

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