Xtories

Me follo a mi compañera

Lleva años soñando con ella, pero el matrimonio la protegía. Ahora que el divorcio ha abierto la puerta, la oficina se vacía y la oportunidad se presenta en forma de cena y una noche de libertad. Esta vez, no se conformará con la fantasía.

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Nuria es una de mis compañeras de trabajo. Siempre me pareció la más morbosa de todas ellas. No es la más guapa, ni la que tiene un cuerpo más espectacular, pero hay algo en ella que siempre me ha atraído y me ha hecho que me pareciera la más deseable de todas.

En la oficina somos varias personas, varios hombres y varias mujeres, de diferentes edades. Nuria es apenas 2 años mayor que yo, ya tiene los 50 años, pero se conserva de forma asombrosa, sigue manteniendo un cuerpo capaz de excitar a cualquiera: dos buenos pechos, de rotundas formas, no demasiado grandes, pero tampoco pequeños y que, a pesar de la edad, siguen manteniéndose razonablemente erguidos. Su estatura es mediana, rondando el 1,65 de altura. Su cuerpo tiene las curvas necesarias para desear agarrarse a ellas con ambas manos y sentir el suave y tibio contacto con su piel.

El cabello es largo, dorado y liso, su piel clara, con algunas pecas que le daban un toque juvenil, sobre su rostro. Los ojos son marrones. No tienen nada especial, pero su mirada es la mirada de una buena persona, que transmite bondad y cariño.

Hace mucho que perdí la cuenta de las veces que me he masturbado pensando en ella, imaginando mil historias y mil formas distintas en las que, por las más variadas situaciones, acabábamos quedándonos juntos y follando.

Pero había un problema: Nuria es una mujer tradicional, estaba casada y tenía dos hijos. A los ojos de todos, estaba felizmente casada, por eso, el día que con lágrimas en los ojos, nos anunció a todos que se había separado de su marido y que el siguiente paso sería el divorcio, que no había vuelta atrás, fue para todos una enorme sorpresa y, para mi, una ventana abierta a que por fin pudiera suceder todo lo que hasta entonces había calentando mi imaginación.

Para “celebrar” la noticia de la separación de Nuria, ese día, en cuanto llegué a casa, me hice una de las pajas más largas y gratificantes de mi vida. Con la vívida imagen de Nuria en mi mente, mi polla recorrió todo su cuerpo, desde su boca hasta su culo, pasando por sus turgentes pechos, antes de correrme, de forma abundante y ruidosa en su boca, viendo como si hubiera sucedido de verdad, como mi semen resbalaba por sus labios goteando de modo rítmico sobre sus tetas.

El estado anímico de Nuria no era el mejor, y eso me apenaba de verdad. Después de más de 20 años de matrimonio y de otros 3 de noviazgo, romper con quién había sido su marido y padre de sus hijos, era una situación muy difícil de asimilar para ella.

Además, económicamente quedaba tocadísima. A pesar de tener trabajo y unos ingresos fijos que no eran pequeños, su ex le había dejado un montón de deudas, de las que ella era responsable en un 50 %. Ese fue el verdadero motivo de la separación. Su ex marido se había dedicado a jugarse todo lo que tenían en apuestas y partidas interminables de cartas. Había llegado incluso a rehipotecar la vivienda familiar y a vender objetos de mi compañera, sin que ella ni siquiera lo supiera.

Cuando quiso darse cuenta, la situación era insostenible, y tomó la decisión de cortar con él para tratar de hacer un cortafuegos a su alrededor y alrededor de sus hijos. Aún así, algunas de las deudas la iban a afectar durante bastante tiempo. Esa situación, tener deudas con las que no contaba y que la hipotecaban realmente su vida futura, era algo con lo que ella, una mujer con 50 años y los hijos en etapa universitaria, no contaba.

Entre el resto de compañeros en la oficina tratamos de animarla, incluso organizamos una cena y una fiesta posterior para la noche de un sábado, en la que quedamos todos con ella para obligarla a salir y que se divirtiera un poco. Evidentemente sería nuestra invitada, queríamos hacerla sentir querida por todos y que podía contar con todos nosotros para superar ese trance tan amargo de su vida.

Además, en mi caso, había otra motivación: la deseaba. Si siempre la había deseado, si siempre me había excitado pensar en ella y verla cada día en la oficina, desde que sabía que estaba sola mi deseo por ella no había dejado de aumentar.

Tras aquella primera paja del día en que supe que se había separado de su marido, vinieron muchas más. Prácticamente a diario acababa sacudiéndome la verga pensando en ella, imaginándola conmigo, saboreando sus labios, devorando sus pechos y deleitándome con el chapotear de mi polla en su coño mojado y caliente.

Así que, aquella noche de cena y fiesta que habíamos preparado para ella, me la planteé como una muy buena oportunidad de que nuestro acercamiento fuera total, y para eso tenía que pensar cómo debía actuar para lograr que, en algún momento de la noche, Nuria y yo acabáramos juntos y lejos de las miradas y sospechas de los demás. Todo un reto.

Los días previos al sábado en cuestión hice, siempre que tuve oportunidad, todos los comentarios y chascarrillos picantes y morbosos de que fui capaz, observando cómo Nuria fue evolucionando ante ellos, desde la más absoluta indiferencia, hasta terminar siguiéndome el rollo con su bonita sonrisa dibujada en la cara, a pesar de la tristeza de su mirada.

Y como siempre, y más durante las últimas semanas, terminaba cada uno de mis días masturbándome como un mandril, recordando cada uno de los movimientos de Nuria, cada una de las veces que, durante el día, había pasado a mi lado, rozándome a veces dado lo estrecho de nuestras oficinas. Cada una de aquellas pajas terminaba siempre con una corrida tremenda, que hacía temblar mis piernas y reforzar mi idea de follar con ella.

Para rematar la faena, ese fin de semana, sus hijos no estaban con ella, pues era el fin de semana que les tocaba estar con sus padres, por lo que Nuria tenía la casa al completo para ella sola. Y para mi, si conseguía que mis planes salieran bien.

La tarde del sábado por fin llegó. Tras una larga y relajante ducha y de afeitarme a conciencia (más de una vez Nuria había comentado que le gustaban los hombres muy bien afeitados y perfumados), me aseguré de tener también mi sexo y mi pubis perfectamente rasurados. Si a Nuria le gustaban los hombres muy bien afeitados, me aventuré a pensar que encontrarse con una buena verga carente de vello, también debería gustarle.

Tras ello pasé a decidir que ropa ponerme para esa noche. Tenía que ser ropa cómoda, que me sentara muy bien, con cierto aire juvenil y a la vez que me hiciera parecer interesante a sus ojos. Acabé decantándome por una camisa de lino, en color azul piscina, con las mangas arremangadas hasta los codos, y con los tres primeros botones desabrochados. Debajo un pantalón de algodón, de color blanco, con zapatillas de deporte, también blancas. Como ropa interior elegí un bóxer, el más ajustado y suave que tenía, de color blanco, con la cinturilla en color negro y bordado el nombre de la marca “GUESS”.

Cuando terminé de acicalarme y perfumarme, con un perfume de aroma suave pero persistente, me miré en el espejo. Estaba seguro de que lograría el efecto deseado: estaba seguro de que no pasaría desapercibido a los ojos de Nuria. Y más teniendo en cuenta que, sumando el tiempo que hacía que nos había dicho que se separaba de su marido, y el tiempo previo en el que la situación en su matrimonio era pésima, debía de llevar al menos 6 meses sin tener sexo con un hombre, y ella siempre había presumido de ser una mujer muy activa sexualmente.

El día anterior me ofrecí a Nuria para recogerla en su casa y llevarla hasta el restaurante dónde íbamos a quedar, pero resultó que una compañera ya se lo había ofrecido y había decidido ir con ella (con la separación ella se quedó a vivir en el domicilio familiar y el vehículo se lo había quedado su ex, por lo que ella no tenía ninguno).

Así que, calculando no llegar demasiado pronto, pero sí antes de lo que pudieran hacerlo Nuria y Raquel (la compañera que se ofreció a llevarla), salí de mi casa camino del restaurante.

Llegué a las 21:20 de la noche, habíamos quedado para las 21:30. Allí estaban otras tres personas más, yo fui el cuarto en llegar. Casualmente estábamos todos los hombres, sólo faltaban ellas, que irían en dos coches distintos.

- Vaya, pareces un pincel –me dijo Miguel, el más mayor del grupo.

- Me gusta ir bien cuando salgo a divertirme –respondí yo.

- A ti, lo que te gusta, es gustarle a Nuria, que ya nos hemos dado cuenta de cómo te la comes con la mirada siempre que puedes –añadió Juanma a la vez que palmeaba mi espalda.

- Hombre, Nuria está como un tren. Creo que a todos los que estamos aquí nos gusta –dijo a su vez Álvaro, el más joven del grupo.

- Nuria es una mujer muy atractiva. En cuanto se reponga de este golpe no le van a faltar hombres con los que estar –dije yo.

- Pero hasta que ese momento llegue, tú vas a intentar consolarla –remató Juanma entre risas.

Un par de minutos después, y mientras comenzábamos a degustar las cervezas que habíamos pedido para hacer tiempo, llegaron las cuatro mujeres.

Nuria iba preciosa, y no sólo es que me lo pareciera a mi. Los cuatro compañeros nos quedamos con la boca abierta y sin palabras que decir. Llevó un vestido largo, ajustado desde el pecho hasta la altura de las caderas, y un poco capeado a partir de ahí, semitransparente, en color hueso. En la parte de arriba lucía un generoso escote en forma de caja. El tejido del vestido dejaba traslucir su ropa interior, tanto el sujetador como el tanga. Lo hacía de forma sutil. Alguien que se fijara lo suficiente sería capaz de verlos, si tan sólo miraba de forma superficial, ambas prendas pasarían desapercibidas. Lo difícil que era realmente difícil era no mirar de un modo intenso a una mujer tan atractiva y sexy como Nuria aquella noche.

Una vez que todos nos saludamos, pasamos a ocupar nuestro lugar alrededor de la mesa. Logré tener a Nuria a mi derecha, a mi izquierda tuve a Juanma. Al final, acabamos todos intercalados hombre/mujer.

La cena transcurrió entre conversaciones animadas, risas, recordando anécdotas que todos habíamos vividos, algunas anécdotas de otros lugares y épocas, más personales, que cada cual contó como aportación a la reunión de su vida anterior a nuestra época laboral vivida por todos juntos.

Yo no podía evitar mirar el escote de Nuria. Los de enfrente se dieron cuenta, incluso Juanma se percató de ello. Tanto es así que, una vez que la cena ya había concluido y apurábamos una copa antes de marcharnos a tomar algo a algún pub de la zona, Nuria y otra compañera se ausentaron para ir al baño, y Juanma me lo susurró al oído:

- Joder tío, te estás poniendo morado comiéndote ese par de tetas.

- Ojalá me les estuviera comiendo de verdad –le respondí, un poco envalentonado por la cerveza previa y el vino de la cena.

- Ella se tiene que haber dado cuenta también, si no ha hecho nada por evitar que la mires, es que no la importa, más bien todo lo contrario –me dijo Juanma para cerrar aquella conversación.

Las dos chicas volvieron. Como un buen caballero, ayudé a Nuria para volver a sentarse. Ella me lo agradeció con una amplia sonrisa.

- Gracias, Dani. Eres todo un caballero –me dijo y, por primera vez en mucho tiempo, se había borrado la tristeza de sus ojos.

- Cuando estoy ante una mujer con la belleza, la simpatía y el buen corazón que tienes tú, me resulta imposible no intentar ser un caballero.

- Pues puedes estar tranquilo, porque lo estás siendo. Otra cosa es que yo sea esa mujer que describes.

- ¿Acaso lo dudas? –le dije mirándole fijamente a los ojos.

- Debo dudarlo. Mi ex ha tirado por la borda nuestro matrimonio, más de 20 años de matrimonio. Para él no debo de resultar tan buena persona, tan atractiva y tan simpática.

- Quizá él es más tonto, más imbécil y más ciego de lo que nunca pudiste llegar a pensar –le dijo, acariciando por primera vez una de sus manos.

- ¿Ves? Siempre tienes algo bonito que decirme. Y te aseguro que, ahora mismo, necesito muchísimo apoyo. Esto que estáis haciendo por mi esta noche os lo agradeceré siempre, con todo mi corazón.

- No tienes nada que agradecer. Sólo tienes que vivir, divertirte, ser tú misma. Olvidarte de lo malo, pasar de largo de todo aquello que te ha hecho mal, y disfrutar de lo que la vida te ofrezca.

- ¿Sabes una cosa? Eso mismo me dijo mi hermana hace dos días. Y no acabé de verlo claro. Seguí pensando que algo debía de haber hecho mal en mi vida para estar ahora así: con 50 años, sola, con dos hijos adolescentes y sin ánimo para nada. Pero hoy tú has vuelto a decirme lo mismo, pero mirándome de esa manera que tú lo has hecho y algo ha hecho click en mi interior: tengo que pasar página, tengo que vivir y divertirme. Aún soy joven y merezco ser feliz. –añadió Nuria eufórica y acercándose tanto a mi para decirlo que pude sentir su aliento húmedo y cálido en mis labios, lo que hizo que mi entrepierna se estremeciera de excitación y deseo.

Poco después apuramos nuestras copas y decidimos levantar el campamento para ir a tomar algo y bailar a algún pub de la zona. Álvaro y Rosana, que eran los más jóvenes del grupo, propusieron un disco-pub cercano que, según decían, ponían buena música y no engañaban con el contenido de las botellas de licor, rellenándolas de garrafón como solía ocurrir en muchos locales nocturnos.

Llegamos allí dando un cómodo y tranquilo paseo, en el que Nuria se pegó tanto a mi que parecíamos una verdadera pareja. El resto de la gente del grupo fueron conscientes de ello, pero nadie hizo ningún comentario, lo cual agradecí enormemente.

El local al que nos propusieron ir tanto Álvaro como Rosana era, como ellos habían dicho, un buen lugar. Más amplio de lo que aparentaba a primera vista. Contaba con una zona de barra en la que se servían las consumiciones, y un par de ambientes diferenciados más: una zona con algunos sillones y mesas bajas y otra zona de pista de baile.

Pedimos una copa cada uno y, animados por el vino de la cena y los licores de cierre de la misma, nos adentramos los 8 en la pista de baile. No soy un buen bailarín pero, al menos, le pongo empeño. Aunque no formamos parejas definidas entre nosotros para bailar sí que, poco a poco, se fueron formando, quedando como era mi deseo, una pareja formada por Nuria y yo mismo.

Aproveché algunos de los bailes para rozar partes de su cuerpo: su culo, mucho más prieto de lo que podría haber imaginado, dejó de ser un desconocido para mis manos que, en más de una ocasión, con el pretexto de girarla sobre sí misma durante el baile, lo acariciaron deslizándose más abajo de sus caderas. En uno de esos giros, incluso acabó rozando con su precioso culo en la erección que mi polla marcaba bajo el pantalón blanco que aquella noche llevaba.

Tampoco ella hacía nada por evitarlo. Cómo bien me dijo Juanma al final de la cena, si Nuria hubiera querido, habría evitado esos continuos contactos entre su cuerpo y el mío. Y lejos de evitarlos, los estaba propiciando, pues en más de una ocasión fue ella la que se pegó a mi con la indudable intención de sentir mi cuerpo pegado al suyo.

No es necesario explicar que, todo aquello propició que mi verga cambiara rápidamente de estado, pasando de una situación amorcillada y con poca tensión, a otra en la que comenzaba a pugnar por salir de la prisión en la que el bóxer y el pantalón la retenían.

Tras un buen rato de bailes, decidimos que era hora de descansar un poco. Nos retiramos a una de las pequeñas mesas, alrededor de la cual ya se habían acomodado otros miembros del grupo. Tan solo seguían bailando Álvaro y Rosana. Bueno, no sólo bailando: en ese instante ambos se estaban morreando sin ningún tipo de prejuicio. Hacían bien. Ambos eran jóvenes y, si a mi me ardía la sangre dentro de mi cuerpo, imagino que ellos serían dos volcanes en ebullición.

En los sillones en los que nos sentamos apenas quedaba sitio para nosotros dos. Mi intención era cederle el hueco que quedaba libre a Nuria, pero ésta me dijo que mejor me sentase yo. Así lo hice, y a continuación fue ella quién se sentó sobre mis piernas, pasando su brazo por mi cuello y dándome un sonoro beso en la mejilla. Aquello se estaba poniendo al rojo vivo, y no me refiero sólo al color de mi capullo, que seguramente ya lo estaría, preso de la excitación.

Sentir el culo de Nuria sobre mi, soportar su peso sobre mis piernas a la vez que su brazo pasaba por detrás de mi nuca era el cumplimiento de parte de mi sueño. Pero yo quería más y, estaba seguro, de que esa noche lo conseguiría, aunque a la vez tenía miedo de meter la pata o malinterpretar sus gestos hacia mi.

La mirada que Juanma me lanzó era una mezcla entre la admiración por lo que estaba empezando a ocurrir, envidia por tener a Nuria de aquella manera, y una invitación a no dejar pasar la oportunidad que la noche me estaba brindando.

Continuamos un rato más tomando las consumiciones que habíamos pedido, incluso pedimos una segunda ronda, mientras charlábamos de forma animada y risueña. La verdad es que este tipo de reunión entre compañeros siempre viene bien para fortalecer los lazos de unión y tener otro concepto de las personas con las que trabajamos, más allá de la relación meramente laboral.

Mi sorpresa llegó cuando Juanma y Lola se levantaron para bailar de nuevo, quedando sitios libres para sentarse en un sillón, y Nuria no hizo caso y continuo sentada sobre mi.

- Si no te molesta que esté sobre ti, prefiero seguir aquí –me dijo.

- Es un placer tenerte… así –le dije yo

- Espero que no sea el único placer que pueda provocarte –me susurró al oído antes de morder el lóbulo de mi oreja.

Me había acabo de encender. Difícilmente podría aguantar mucho más tiempo así. Le pedí volver a bailar, necesitaba moverme de nuevo.

Volvimos a la pista, volvimos a movernos por ella de un modo aún más sensual y provocador de lo que ya habíamos hecho antes. Ahora, tanto sus manos con las mías, se fueron acomodando a distintas partes de nuestros cuerpos sin ningún impedimento ni prejuicio. Mi polla no dejaba de reaccionar, endureciéndose por momentos.

- Vámonos de aquí, Nuria –le rogué una de las veces que el DJ cambió de música.

- ¿Quieres irte? –me preguntó muy seria.

- No. Lo que quiero es que te vengas conmigo o irme contigo.

- Dani: ¿Quieres follarme?

- Lo deseo, Nuria. Deseo follarte. Pero no hoy, no desde hace 2 meses, ni un año. Deseo follarte desde que te conocí. Desde el primer día en que te vi, detrás de la fotocopiadora, peleándote con el tóner. Nunca te he insinuado nada hasta estos días porque he respetado tu estado civil. Pero ahora todo es distinto y, además, quiero demostrarte que eres un bellezón de mujer. Que eres más atractiva y deseable que la mayoría –me explayé de un tirón, mientras ella miraba embobada mis ojos y mi boca.

- Vámonos, pues. Enséñame a disfrutar de la vida –me dijo.

Sin despedirnos de los demás, aunque seguros de que estaban viendo lo que hacíamos, nos marchamos de allí. Aún no tenía claro a dónde iríamos: si a su casa, o a la mía. Pero eso era lo de menos. Lo importante es que la noche la íbamos a acabar juntos, como yo deseaba.

Cuando nos montamos en el coche Nuria me despejó mi duda:

- Quiero que vayamos a mi casa. Mis hijos están con su padre. Estaremos solos, y si quiero volver a vivir y a divertirme, tendré que acostumbrarme a que mi casa también es un lugar dónde poder hacerlo.

- Me parece muy buena idea –le dije.

- Otra cosa –me dijo, y antes de que pudiera preguntar qué otra cosa quería, su lengua atravesó mi boca, llenándola por completo mientras buscaba mi propia lengua. Sus manos se agarraron a mi cuerpo con fuerza, podía sentir como subían y bajaban por mi pecho, por mis brazos y por mi espalda. Mi reacción fue igual de pasional. Mi boca recibió con gusto y placer las atenciones de su lengua, mientras mis manos pasaron a acariciar y apretar cada parte del cuerpo de Nuria que quedaba a su alcance. Así fue como le acaricié de verdad por primera vez sus pechos, de tamaño medio y en los que, aún a pesar del vestido y el sujetador, podían sentirse sus dos buenos pezones hinchados y duros. También deslicé una de mis manos por su costado, hasta llegar a su cadera y muslo. Tuvimos que parar antes que el ardor de nuestros cuerpos nos llevara a un incendio incontrolado.

Conduje hasta su casa, con la excitación rompiéndome el pantalón, como si tuviera 30 años menos, cuando con poco más de 18 años, a cada oportunidad que tenía, hacía uso de mi polla dura y caliente. A casi todas las chicas les sorprendía la tremenda dureza que llegaba a alcanzar.

En poco menos de 10 minutos estábamos en su urbanización. Un edificio de manzana cerrada, con jardines, piscina y pista deportiva en el patio central.

Aparqué en la plaza de garaje que el coche que se había adjudicado su ex había dejado libre. La subida en ascensor hasta su casa fue todo un monumento al deseo y la excitación. No dejamos de besarnos y sobarnos un solo instante. Sus manos buscaron con ansiedad el abultamiento que mi polla marcaba en el pantalón, tanteando juguetona el perfil de mi verga hinchada, mientras mis manos se entretuvieron cuanto pudieron en su casi perfecto culo, el cual cada vez me gustaba y provocaba más.

Entramos atropelladamente en su casa. Sin decir una sola palabra entramos en el salón. Nuestras bocas seguían enganchadas la una con la otra, y nuestras manos estaban demasiado entretenidas en nuestros cuerpos como para apartar nada de nuestro camino.

Casi sin darme cuenta, Nuria había logrado desabrochar mi pantalón, bajándolo lo justo, junto con el bóxer, para poder contemplar el trofeo que estaba buscando: mi polla, flamante y dura.

La acarició suavemente con la punta de su lengua, recorriéndola despacio desde la base hasta la punta. Volvió a empezar otra vez, y otra vez más, haciendo que la verga aumentara aún más su tamaño.

Después les dedicó un buen rato a mis huevos, completamente depilados. Le encantó encontrarme así, y lo demostró lamiendo y comiendo mi polla como hacía muchísimo tiempo que nadie me hacía.

Me tenía a mil. Por un lado deseaba probar también el sabor de su cuerpo, de su coño encendido y, seguramente, empapado, pero por otro lado disfrutaba tanto de lo que su boca me hacía, que no me atrevía a pararla.

Fue Nuria quién, tras un buen rato en el que sus labios engulleron mi polla sin piedad, una y otra vez, hasta llegarla hasta la garganta, se puso de pie y levantándose le vestido me dijo:

- Fóllame, cabrón.

No respondí con palabras, si no con hechos.

La empujé hasta la mesa, haciéndola apoyarse en ella, dándome la espalda, ofreciéndome su culo y la raja de su coño, apenas cubiertos por la tira del tanga mientras ella misma se subió el vestido hasta la cintura. La imagen era idílica, era mi sueño hecho realidad.

Acerqué mi polla hasta la entrada de su vagina. Estaba caliente y palpitaba. Se podía notar su humedad. Antes de meterle la polla le acaricié el coño y el clítoris con mis dedos. Estaba realmente mojada, empapada, y con una temperatura capaz de derretir una barra de acero.

Coloqué de nuevo mi polla en la abertura de su coño y empujé dentro, mientras con mis manos sujeté sus caderas para atraer su cuerpo hacia el mío. En apenas tres embestidas estuve dentro del cuerpo de mi compañera, del cuerpo que tantos años hacía que deseaba.

Sus gemidos eran una melodía de puro placer, mientras mis embestidas le llenaban su cuerpo con mi verga, hasta las entrañas.

Mis huevos rozaban en sus nalgas prietas cada vez que mi verga taladraba su coño, cada vez que mis manos tiraban de sus caderas hacia mi.

Tras varios minutos de embestidas a velocidad e intensidad constante, sentí que un tremendo orgasmo se apoderaba de Nuria. Sus piernas comenzaron a temblar, su coño succionaba mi polla ejerciendo una presión indescriptible y placentera. Los gemidos eran constantes e intensos.

Sentí como sus fluidos empaparon hasta ahogar a mi polla dentro de su coño. Incrementé aún más mi ritmo, todo cuanto pude para, 2 minutos después, derramar toda mi leche, todo el semen que me había provocado, dentro de su cuerpo, mezclándose con la enorme cantidad de néctar que ella misma había producido. Mi gemido de placer debió oírse en toda la urbanización.

Permanecí dentro de ella un minuto más, mientras mi polla baja de tamaño y la mezcla deliciosa de fluidos y semen se deslizaba por sus muslos y mi verga.

Por fin salí del cuerpo de Nuria, lo que ella aprovechó para girarse y besar de nuevo mi boca.

Acabamos de quitarnos la ropa mientras nos besábamos, y cogió mi mano para conducirme hasta su habitación.

Lo que sucedió allí… os lo contaré en otro relato.