Mi mujer esta de rodillas
La penumbra solo revela lo esencial: su cuerpo desnudo, vulnerable y ofrecido. Él observa cómo ella toma el control, guiando cada embestida hacia el éxtasis, mientras susurra deseos que van más allá de lo convencional. Esta noche, la confianza se rompe para dar paso a una curiosidad prohibida.
La habitación está en penumbra, solo iluminada por la suave luz de una lámpara en la esquina. El ambiente es denso, cargado de anticipación y deseo. Mi mujer, de rodillas sobre la cama, ofrece una visión tentadora, su cuerpo desnudo y vulnerable. Su culo está levantado, invitador, y cada curva de su cuerpo parece tallada para el placer.
Me acerco lentamente, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. La vista de su cuerpo me excita, y puedo sentir mi polla endureciéndose con cada paso. Me arrodillo detrás de ella, mis manos acariciando suavemente su piel, sintiendo cómo se estremece bajo mi toque.
Con una lentitud tortuosa, acerco mi polla a su entrepierna. Puedo ver su respiración acelerarse, anticipando el contacto. Ella, sin perder tiempo, toma mi polla con su mano, guiándola hacia su entrada. Siento el calor húmedo de su vagina, y un gemido suave escapa de mis labios.
Empuja mi polla lentamente al interior, centímetro a centímetro, permitiendo que ambos sintamos cada sensación intensamente. Su gemido es largo y placentero, un sonido que resuena en la habitación
Mis manos recorre las nalgas de mi mujer con una lentitud deliberada, saboreando cada centímetro de su piel suave y cálida. Mis dedos se clavan ligeramente, sintiendo cómo se estremece bajo mi toque. Llego a su cintura y me agarro con firmeza, tomando el control de su cuerpo.
Comienzo a moverme, mis caderas encontrando un ritmo lento y constante. Cada movimiento es medido, calculado para aumentar el placer de ambos. Ella inspira y espira pesadamente, su respiración entrecortada llenando la habitación. Puedo sentir cómo su cuerpo responde al mío, cómo se ajusta a cada embestida.
Mis manos se deslizan desde su cintura hacia sus caderas, guiándola, controlándola. Ella se entrega completamente, confiando en mí para llevarla al éxtasis. Su piel está perlada de sudor, y puedo ver cómo se estremece con cada movimiento, disfrutando profundamente de cada sensación.
Me inclino hacia adelante, mi pecho presionando contra su espalda, mis labios encontrando su cuello. Beso y mordisqueo suavemente, añadiendo una capa más de placer a su ya sobrecargada experiencia. Ella gime, un sonido que es tanto de placer como de necesidad.
Comienzo a aumentar el ritmo, manteniendo un ritmo tranquilo y continuo. Cada embestida es medida, calculada para prolongar el placer. Disfruto profundamente de la vista ante mí: mi mujer, de rodillas, sus nalgas abiertas, completamente a mi disposición. La visión de su cuerpo, vulnerable y deseoso, envía ondas de excitación a través de mí.
Observo cómo estira un brazo y agarra una almohada con una mano, retorciéndola con fuerza. Su acción es una clara señal de su placer, de su necesidad. Sus gemidos, aunque evidentes, no son la única señal. Su cuerpo entero está involucrado, cada músculo tenso, cada movimiento deliberado.
Sus nalgas se contraen con cada empujón, invitándome a ir más profundo, más fuerte. La vista de su piel enrojecida, marcada ligeramente por mis manos, añade una capa de intensidad a nuestra conexión. Puedo sentir cómo su cuerpo responde al mío, cómo se ajusta a cada movimiento, aceptándome completamente.
Mis manos se deslizan desde su cintura hacia sus caderas, guiándola, controlándola. Ella se entrega completamente, confiando en mí para llevarla al éxtasis. Su piel está perlada de sudor, y puedo ver cómo se estremece con cada movimiento, disfrutando profundamente de cada sensación.
Durante unos instantes, aumento el ritmo de golpe, pasando de un movimiento lento y medido a uno más urgente y apremiante. La reacción de mi mujer es inmediata; sus gemidos se vuelven más altos, más intensos, llenando la habitación con su deseo. Cada sonido que emite es una invitación, una petición silenciosa para que continúe.
Le doy varios empujones fuertes, cada uno más profundo que el anterior. Siento cómo su cuerpo responde, cómo se ajusta a la nueva intensidad, aceptándome completamente. El cambio en mi ritmo la lleva a un nuevo nivel de placer, y sus gemidos cambian, volviéndose más desesperados, más urgentes.
"Sí, sí... más," susurra, su voz entrecortada por el deseo. "Estás más duro," añade, sus palabras mezcladas con gemidos. "Hoooo," exhala, un sonido prolongado que revela el éxtasis que está experimentando.
Mis manos se aferran a sus caderas con más fuerza, guiándola, controlándola, llevándola a donde quiero
Mi mujer, en su búsqueda de un placer aún mayor, lleva una mano a su entrepierna, comenzando a masturbarse mientras la sigo penetrando. Sus dedos se mueven con una destreza que refleja su experiencia y su deseo. "Más, más..." sigue diciendo entre gemidos, su voz un ruego desesperado que no puedo ignorar.
Muevo una mano al canalito de sus nalgas, separándolas suavemente, revelando la vista que tanto me excita. Sus nalgas son amplias y firmes, cada curva y contorno perfectamente definida. La visión de su ano, pequeño y apetitoso, me envía una oleada de deseo que casi me abruma.
La vista de mi polla apareciendo y desapareciendo entre sus nalgas es hipnótica, cada movimiento una danza erótica que nos lleva a ambos más cerca del éxtasis. Puedo ver cómo su cuerpo responde, cómo se tensa y se relaja con cada embestida, cómo su respiración se vuelve más irregular, más desesperada.
Mis movimientos se vuelven más intensos, más urgentes, respondiendo a su demanda silenciosa. Cada empujón es más profundo, más fuerte, llevándonos a ambos al borde del abismo. Sus gemidos se mezclan con mis gruñidos de placer, creando una sinfonía de deseo que resuena en la habitación
Mi mujer nunca me ha permitido el anal, pero la idea me atrae profundamente. Su voz, entrecortada por el deseo, me avisa: "Ya... ya me corro," "dame más..." "ya ya...". Ella misma comienza a moverse contra mí, buscando su orgasmo con una urgencia que me excita aún más. Decido aprovechar este momento, dejo de moverme y dejo la iniciativa a ella. Ya no soy yo quien la folla, es ella quien me folla a mí.
En este cambio de roles, aprovecho la oportunidad. Primero, pongo mi pulgar sobre su ano, acariciándolo suavemente. La sensación es intensa, y puedo sentir cómo se estremece bajo mi toque. Suelto un par de gotas de saliva, humedeciendo mi dedo, y presiono suavemente contra su entrada.
Ella, en su búsqueda de placer, sigue moviéndose, metiendo mi polla en su coño una y otra vez. La sensación de su calor húmedo alrededor de mi polla es abrumadora. Al mismo tiempo, mi dedo que presionaba suavemente contra su ano, entra en su interior.
Mi mujer alcanza el clímax con una intensidad que la deja temblando. Sus piernas tiemblan incontrolablemente, y puedo sentir cómo se debilitan bajo ella. Deja de moverse, su cuerpo completamente agotado por el éxtasis. Con un suspiro profundo, deja caer su cabeza pesadamente sobre el colchón, su respiración irregular y jadeante.
Aprovecho este momento para retomar el ritmo, moviéndome suavemente dentro de ella. Mis movimientos son lentos y medidos, alargando su orgasmo, llevándola a un estado de placer prolongado. Cada embestida es una caricia, una extensión de su éxtasis.
Mientras me muevo, mi atención se fija en la visión de mi pulgar, todavía dentro de sus nalgas. La vista es intensa, erótica, y añade una capa de excitación a mi propio placer. Puedo sentir cómo su cuerpo se ajusta a la presencia de mi dedo, cómo se tensa y se relaja con cada movimiento.
Mi propio orgasmo se construye lentamente, una oleada de placer que amenaza con desbordarse. Con un último empujón, me dejo llevar, mi cuerpo convulsionando con la intensidad de mi liberación. La sensación de mi dedo en su ano, combinada con la visión de su cuerpo agotado y satisfecho, me lleva a un éxtasis profundo.
Mientras me muevo dentro de ella, mi mente se llena de deseos y fantasías. Deseo que algún día no sea mi pulgar, sino mi polla, quien entre en su ano. Imagino la sensación, la resistencia inicial, seguida por la rendición completa. Visualizo cómo sus nalgas se abren para mí, aceptándome, aceptando mi semilla.
El pensamiento de follarme el culo de mi mujer me excita profundamente. La idea de poseerla completamente, de explorar cada rincón de su cuerpo, me llena de un deseo intenso. Quiero verla de rodillas, su cuerpo inclinado, sus nalgas ofrecidas, listas para mí.
La fantasía se vuelve más vívida con cada movimiento. Puedo imaginar la sensación de empujar dentro de ella, la presión, el calor, la intimidad. Quiero escuchar sus gemidos, saber que está disfrutando, que está entregándose a mí completamente.
Mis pensamientos me llevan al borde del abismo, y con un último empujón, me dejo llevar, mi cuerpo convulsionando con la intensidad de mi liberación. La visión de mi semilla en sus nalgas, la idea de marcarla como mía, me llena de un placer indescriptible.
¿Creeis que algún dia me lo permitirá?
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