Xtories

Por unas bragas en mi balcón 2

Tesa solo quería limpiar su casa, pero cada vez que se inclinaba, Carlos notaba cómo sus bragas se ajustaban a su cuerpo. Él prometió no mirar, pero cada vez que ella levantaba la falda, la promesa se desvanecía.

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Como siempre me encontraba en el ordenador. La diferencia está en que como ya no estudiaba me dedicaba a un juego. ¡Qué satisfacción ver caer a los enemigos! Claro que después de haber jugado un montón de horas ya me conocía todos los pasos, todos los trucos. ¡No! ¡Qué va! Es mentira. Simplemente soy un magnifico guerrero espacial encargado de defender este sector de la galaxia.

En esto oí a Tesa gritar:

- ¡Carlos! ¡Carlos, ven! ¡Por favor, ven! ¡Corre, corre!

Algo pasaba, pensé.

* ¡Qué sagacidad la mía!

Salí de la habitación dudando dónde debía ir, cuando al final del pasillo, y a través de la puerta del comedor, veo una pierna de Tesa sobre la inclinada escalera a punto de volcarse. Corro. Y la descubro sujeta a la parte superior de la librería con las manos, un pie en la escalera y el otro colgando. Gracias a que la muchacha pesa poco no bascula la librería.

Reacciono rápido poniendo bien la escalera y a ella la sujeto pasando mi mano por detrás de sus muslos y queda sentada en mi brazo. Gracias a lo bajita que es puedo manejarla así.

- Tranquila. Ya está. ¿Te has hecho daño?

Pregunto sin soltarla. Impulsada por el miedo, se sujeta de mi cabeza apretándola contra su cuerpo. Hasta que no alcé la mirada para ver su rostro no me di cuenta que sus tetas se apoyaban en mi frente. Y al resbalar un poco en ese momento mi cara quedaba entre ellas. Pequeñas, duras. Además, al movernos mi mano la sujetaba por las nalgas.

Los dos nos ruborizamos y la bajé al suelo.

Su camiseta se alzó y al separarnos mostraba su barriguita, que rápidamente cubrió.

Nos quedamos sin saber qué decir.

- Bueno. Gracias. Voy a continuar.

- Sí, bien. Esto… Cuando tengas que subir a la escalera me avisas para sujetarla. ¿Vale?

- Ya veremos.

Se separaba, y me di cuenta que no podía asentar bien un pie. Cojeaba. Posiblemente se hizo daño en el que quedó enganchado en la escalera.

Ordené que se sentara en el sofá mientras iba al botiquín por una crema para aliviar golpes. Siendo deportista ser golpeado por un contrario, o por bestias del mismo equipo, es muy normal. Regresaba con el tubito en la mano leyendo la fecha de caducidad. Tan solo faltaba un mes. Bueno, serviría.

Tesa no estaba sentada, sino que con un paño limpiaba la librería. Con tono autoritario la reñí.

- Deja eso y siéntate.

Hizo caso. Pedí que me mostrara el pie y lo acercó.

* ¡Era imposible que algo tan pequeño sirviera para andar!

Retiré la zapatilla y llegó el olor a sudor. Lógico, hace calor. No hice caso. Lo dicho, soy deportista.

Apliqué la crema en el tobillo notando el frescor de la crema y el calor de su piel. Al pasar mi mano por encima del golpe lo agitó sin retirarlo.

Pedí perdón sin cesar la caricia, quiero decir, el masaje, durando un rato permitiendo que su piel absorbiera la crema.

- Dentro de poco sentirás alivio. Primero frío y luego calor. Bueno, eso creo. – Le entregué el tubo. – Toma, en casa te pones más. Hay que esperar un poco.

Teniendo su pie encima de mis piernas alargó la mano para cogerlo. Tuvo que inclinarse más y en ese movimiento el camal de su pequeño pantalón se abrió quedando al descubierto sus bragas. Siendo hombre y joven por supuesto que miré. ¡Sorpresa! Y al mismo tiempo algo que ya debía esperarme. Aquellas bragas de color azul claro con tréboles anaranjados que rescatamos del balcón son suyas, las llevaba puestas.

* Hay veces que el capricho del cosmos es así, o simplemente se veía venir.

Se dio cuenta que la miraba, y rápidamente se cubrió con las manos.

- Perdona. – Murmuré.

- ¡Las has visto! – Estaba seria, casi enfadada. - Ya sabes que llevo de estas bragas.

- Perdona. – Repetí.

No sé por qué se justificó.

- Es porque son baratas. – Se ruborizó al añadir. – Creo que son bonitas. Me gustan. Y me quedan bien. Lo dicho, son baratas. Van en paquetes de cinco en el ByZ.

- Sí, son bonitas.

No sé por qué dije eso si me parecían infantiles. Quizás fuera por el hecho que ella las llevaba. O simplemente por quedar bien.

* Muchas vueltas le estoy dando a esa idea.

Los dos estábamos ruborizados. ¡Curioso! He metido mano y follado algunas veces, con chicas que tienen cuerpos con mucha carne o ha sido agrandada con silicona. ¡Vamos que sé comportarme ante las chicas! Y en ese momento me ruborizo por ver unas bragas infantiles en una chica que parece una niña.

* Más vueltas en la cabeza.

Baja la pierna al suelo y anuncia:

- Bueno. Voy a continuar.

- ¡No! Vete a casa. – Ordeno.

- ¡Qué! - Su cara mostraba una preocupación infinita. - ¡Me despides! ¿Por qué?

- ¡Qué! ¡No, no! Es que si te duele es mejor que…

- ¡Falta media hora! ¡Necesito el dinero!

Era eso. Debía explicarme. Tartamudeando dije que lo mejor para su tobillo es permanecer sentada un rato. Hurgué en la cartera que por casualidad no dejé junto las llaves de casa en ese cajón de recibidor, para darle lo de esa tarde. Y en lugar de eso le di un billete mayor.

- Así ya tienes lo de la próxima.

- No es necesario.

- Sí lo es porque te he asustado sin querer. Así queda claro que quiero que vuelvas, que continúes.

Como no lo cogía estuve por poner el dinero en el bolsillo de la camiseta, pero le habría tocado la teta y posiblemente motivaría que me diera un guantazo de esos que marcan hasta las huellas digitales.

Tardó un poco en ponerse el calzado. Cogió el dinero y la acompañé hasta el ascensor. Se apoyaba en las paredes. Y estando quieta mantenía el pie alzado.

Cogí un vaso con agua en la cocina que me bebí de un trago. Mi mano olía a la crema puesta en ese pequeño pie. No molestaba por lo que tras aspirar repetidas veces regresé al juego de ordenador, donde descubrí toda una sorpresa: ¡Me habían matado! ¡A mí! ¡El mejor guerrero de esta parte de la galaxia! ¿Dónde está la justicia? ¡Ah! ¡Que el justiciero soy yo! Y en un recuadro brillante preguntaba por varias opciones. Iba a pulsar empezar de nuevo cuando el Ding Dong de la puerta sonó.

“¿Y ahora qué?” Pensé pinchado por los tridentes de los demonios espaciales.

Abrí la puerta encontrando a Tesa. Ruborizada. Cabizbaja. Apoyada en el marco de la puerta para descanso de su tobillo. Murmuró:

- Me he dejado aquí las llaves de casa.

Le ofrecí mi brazo para que pasara cuando lo mejor habría sido buscar donde estaban y acercarlas.

* Espero que a nadie se le meta en la cabeza la tonadilla: ¿Dónde están las llaves? Matarile… Cómo a mí en ese momento. Matarile lire ron.

Mi antebrazo quedaba debajo de su axila y con la mano se cogía de la mía. Pedí donde había dejado sus cosas y fuimos a buscarlas en la habitación vacía, esa que coincidiendo con su llegada dejó de ser un parterre. En una silla estaba sus llaves, un monedero y el teléfono.

- ¿Es que no hay familia en casa ahora?

- No.

* Negación de una negación es afirmación, o es la forma actual de hablar. Esto es, una confirmación de lo dicho, sea negación o afirmación. Veamos: había dicho no. ¡Uf! Mejor lo dejo. Había regresado por las llaves y punto.

Explicó que su madre recoge a los pequeños más tarde, al regresar del trabajo. Está en la famosa tienda ByZ, en la Avenida Antigua. Me la imaginé subida a un taburete para colgar la ropa. Y que papá regresaba mucho más tarde porque en esos días la obra estaba en un pueblo a una hora en coche. Dijo el nombre y no sabría localizarlo en un mapa. Me imaginé al hombre doblando una barra de acero con dos dedos. Por lo que, si intentaba algo con su niña, el “doblado” sería yo.

Propuse sentarnos en el sofá y tomar un refresco. Me miró, dudaba. Me tocaba hablar, dar más explicaciones:

- Es para hacer tiempo hasta que regreses a casa. – Señalé alrededor lo que era evidente. - Yo también estoy solo.

Aceptó.

Tomamos el refresco. Estaba sentada en el sofá con el pie estirado sobre el asiento, y yo enfrente, en la silla del ordenador. De vez en cuando se aseguraba de no volver a mostrarme nada por el camal del pantalón.

Conté varias tonterías que suceden entre compañeros de estudios que, aunque con un cuarto de siglo de edad a cuestas seguimos comportándonos como críos. Como si el entorno estudiantil no dejase paso a la evolución.

Tesa, me hablaba de su trabajo, como si el entorno laboral acelerase su madurez. A veces eran cosas divertidas sobre las compañeras. Otras, líos con las compradoras. Entonces caí en la cuenta que trabajaba y no tenía aún los dieciocho. Y así me enteré sobre la ley esa que a los dieciséis ya se puede.

- Y cumplo los dieciocho en un mes. – Me recordó.

- Vale, no lo sabía.

Me lo dijo, pero no me acordaba. Y tenía ese aspecto con el que a veces me confundía.

Me miró fijamente.

- Iba a decir que tienes una vida muy fácil, perdona, no me acordaba que te acosaron en el colegio y por eso estás solo tan lejos de tus padres.

* Confirmado: estuvo escuchando mi conversación con su madre, desde el otro lado de la puerta.

- De eso hace varios años.

Parecía que había llegado su turno en sincerarse.

- Bueno. Mírame. Soy una enana. – Se dio un golpecito en el pecho como si señalara. - Ahora he perdido peso, pero antes parecía… En el colegio me llamaban tapón, taburete, bufón. Y lo peor llegó cuando tras la gimnasia iba a cambiarme y si bien siempre tenía mucho cuidado en el vestuario, esa vez entraron dos de clase a mi reservado. Querían verme desnuda y al ver mis bragas todavía fue peor.

Bajó la mirada y continuó.

- Antes era la bajita, la enana y desde ese día me convertí en la nenita. La bebé. – Durante un instante apretó la boca, seria. - Hacían un dibujo grotesco en la pizarra con bragas infantiles, y ponían un letrero con mi nombre, o dejaban un chupete en mi pupitre, incluso baberos. – Sus ojos mostraron ira al añadir: - Una vez encontré un pañal usado en mi asiento. Fue muy duro escuchar las risas. En lugar de sacarlo de clase lo arrojé en la papelera y estuvo oliendo mal toda la mañana.

Bajó más la cabeza, parecía interesarse en su pie, y al alzarse me miró para añadir:

- Dejé de llevar falda porque continuamente la levantaban para ver mis bragas. – Respiró con fuerza y añadió: - Solamente fueron dos meses, y lo dicho, fue muy duro. Ya hace más de un año. No he ido al instituto.

Asentí.

Me tocaba hablar.

- A mí me dibujaban con sotana que más parecía un vestido. – Solté rápidamente. Ya con más calma continué: - Y relacionando que era un colegio solamente masculino me preguntaban si me gustaba que me follaran el culo o que las chupara. – Me ruboricé, por eso desvié la mirada al añadir: – Contarlo así es muy suave para lo que realmente me decían. El idioma italiano, acompañado de gran cantidad de tonos y gestos, es muy hiriente.

Cambiando de tema propuse ver unos dibujos animados donde en un capítulo parodiaban trozos de películas.

- ¿Dibujos animados?

Preguntó. Creo que se molestó por la elección.

Dije la serie, no es para niños, no lo entenderían porque trataban de temas adultos como la violencia, robos, locura, posesión diabólica, alcoholismo y drogas. Eso sí, por supuesto, nada de sexo.

* Mostrar una teta traumatizaría a la gente. Insinuar que follan: ¡Uf! Y que se vean los genitales, ya ni te cuento.

Y el juego se convirtió en adivinar de cuál película se trataba antes que el otro lo dijera. Creo que quedamos en tablas. Y que ya esa tarde me di cuenta que nada sabía sobre pelis y series modernas y mucho sobre los clásicos.

Al día siguiente fui a la piscina y claro no estaba completo el equipo. Estando cerrada la universidad no hay concentraciones deportivas. Acordamos hacer algunos entrenamientos de tirar a puerta y pases largos en los que dos compañeros competíamos por coger la pelota.

Ya en casa mis padres llamaron esa noche. Podría ser que esperaron a que estuviera en casa para la cena, o simplemente una casualidad porque vale había tomado un bocado y me preparaba para salir. Unos días atrás el buque vacacional estuvo unas horas en Mallorca y ahora paraba una jornada en Cádiz.

Aprovechaban la cobertura en el teléfono para hablar tanto conmigo, como con mi hermana. Afirmaban que se lo pasaban genial y se interesaron por mí. Lo normal. Tuve que enviarles una foto para demostrar que estaba comiendo bien.

* ¡Qué manía con eso los mayores!

- ¡Mamá! Tengo que alimentarme bien para poder seguir el ritmo en el deporte. Ya sabes: no fumo y lo único que bebo es una cervecita de vez en cuando. – No dije de las dos o tres ginebras que caen cuando salgo por la noche. Y recordé una solicitud de trabajo echada unos días antes. – Me han contestado de Inversiones Fuente Ahorro para una entrevista.

- ¿Estarás en un banco? – Preguntó papá.

- Bueno. Opto a una oficina en el mismo grupo. Y ya se verá cómo va. Que no me hago muchas ilusiones porque ya sabes: a estos sitios se presenta un montonazo de gente.

Se alegraron animándome a continuar. Papá dijo que no me presentara con camisetas raras y mamá añadió que fuera antes a la peluquería para ponerme más presentable y formal.

Cierto. Me había descuidado y se notaba lo mal que quedaba mi alopecia entre cuatro pelos largos sobre las orejas. Debía raparme. ¿Cómo lo sabe mamá si la conversación era por teléfono? No recordaba la foto enviada.

En un pub que iba por primera vez conocí a Ana. Guapa, tetas pequeñas, bien vestida, peinada y maquillada. Besaba muy bien. En la oscuridad de las butacas me hizo una paja que recogió en un pañuelo de papel y lo tiró en un rincón. Volvimos a besarnos y me ofreció follarla por el culo.

- Te gustará. Venga, lo pasaremos bien. – Dijo para animarme más de lo que ya estaba.

Fuimos al lavabo de mujeres y entramos en un retrete ante la cómplice sonrisa de una muchacha que aspiraba una rayita de polvo blanco.

Antes de bajarse las bragas me cogió la polla y mediante unas lamidas me puso palote otra vez. Afirmó:

- Me gusta chupártela, pero quiero que me folles. ¿Vale? – De su bolso sacó un preservativo. – Toma. Te irá mejor con esto.

Tenía la polla como una estaca y con ganas de clavársela.

Ana se giró dándome la espalda, se arremangó el vestido y bajó las bragas hasta los tobillos. Su culo me parecía bonito, y cuando iba a metérsela por el sitio solicitado me di cuenta que al otro lado del perineo tenía testículos.

“¡Es un tío!”

Mi polla pasó de parecerse al as de bastos a un globo desinflado.

Ana, sin darse cuenta de mi cambio, me animó:

- ¡Ven! ¡Me tienes caliente!

Me guardé el pingajo que en ese momento tenía por polla, y salí del retrete lo más rápido que pude. Encontrando que la mujer de antes intentaba contener con varios pañuelos un derrame nasal. Con manchas de sangre en la barbilla, vestido y manos creí estar en la matanza de Texas o en la filmación de una secuela de la película Destroyer.

- ¡Joder! ¿Dónde me he metido?

Corrí.

Sentado en mi moto y alejándome del lugar sentí alivio.

“Antes de ir a un sitio nuevo debo informarme bien”.

* Algo que normalmente suele hacerse después.

De la entrevista de trabajo salí muy animado. Pero claro, ya se vería la respuesta que tardaría unos días.

Me extrañó que estuviera solo en la sala de espera. Creía que seríamos una larga cola en la que los congregados nos dedicaríamos malas caras, empujones, zancadillas y navajazos por la espalda. No fue así, en ese pasillo donde habían puesto de forma provisional unas sillas nadie esperaba turno después de mí. Y antes tan solo entraron dos. Ya no le di más importancia.

Tesa acudió a casa esa tarde. No cojeaba y una vez que nos cruzamos en la cocina, iba por un vaso con agua y ella por no sé qué de limpieza. Además de fijarme en sus piernas noté que andaba sin dificultad, ante mi pregunta afirmó que no le dolía.

- Estoy bien. – Afirmó.

Se retiró al lavabo para cambiarse mientras miraba sus piernas. Delgadas, bonitas. Que fuera tan bajita en nada la afeaba.

Me puse con el ordenador y al poco ni me acordaba que Tesa estaba en casa hasta que vino al cuarto para quitar el polvo.

* Es lo que tiene estar concentrado en cuidar un amplio sector de la galaxia mientras los demás ciudadanos siguen con sus aburridas vidas.

- Perdona. – Pidió. – Es un momento.

- Nada. – Puse el juego en pausa. - Aprovecho para tomar un café frío. ¿Te apetece?

No recuerdo si dijo sí o no, simplemente lo preparé. Poco más tarde tomaba unos sorbos y por la cara que ponía lo encontraba amargo. Claro, nunca pongo azúcar.

* Vale. Nada sé de cocina, pero creo que poner sal o azúcar es quitar el verdadero sabor de los alimentos. Por eso el café lo tomo sin azúcar y la ensalada sin salear. No sé si existe la palabra salear, de no ser así, ahí queda mi contribución cultural. (Y resulta que la palabra salear existe. Significa pasear en barca).

Le traje un azucarillo y ya fue mejor.

Estuvimos hablando sobre anécdotas de su trabajo en el súper. Luego, iba a subirse a un taburete para continuar la limpieza y me ofrecí a ocuparme del estante superior de la librería.

- Me pagas por este trabajo.

- Es que me sabe mal.

- Mira, Carlos. Soy así. – Alzó las manos un poco, centrando su cuerpo, mostrándose. Y concluyó: - Estoy acostumbrada.

- Vale, perdona.

Subió al taburete, limpió y al bajar, ruborizada preguntó:

- ¿Hoy también me has visto las bragas?

- ¡No! Ese pantalón te está holgado, sí, pero las perneras son más largas. – Admití ruborizándome. - La verdad es que me he quedado con las ganas de saber cómo son.

* ¡Mentira! Me había quedado con las ganas de ver cómo se ajustan a su cuerpo, si se transparentaban, aunque solo fuera un poco.

No contestó. Tras dedicarme una mirada que casi me taladra, continuó con la limpieza de la habitación notando que a veces me miraba por el rabillo del ojo.

Unos minutos más tarde regresó para despedirse. Me devolvía el tubo de crema anti golpes que quedó sobre la mesa.

Se había cambiado de ropa, ahora llevaba una fina falda hasta las rodillas en lugar del pantalón posiblemente para estar más fresca.

Iba a entregarle el pago que ya había preparado de cuando vi que faltaba poco para marcharse. Continuaba sentado al lado del ordenador y ella a unos pasos me recordó que se lo había dado por adelantado. Asentí. Nos despedimos para otro día.

Desde la puerta al pasillo dijo algo nerviosa:

- Carlos. Llevo otras bragas. ¡Mira! – Se levantó la falda y preguntó ruborizada y sin sonreír. - ¿Te gustan?

Venciendo mi asombro pude fijarme. Eran amarillas con unas franjas horizontales en rosa. ¿O eran rosa con franjas amarillas? A la altura del pubis había una fruta, creo que una naranja. Si bien nada se transparentaba quedaba evidente dónde está el vello púbico y una mancha de sudor. Tragué saliva y ya pude responder:

- Sí, gracias por mostrarlas. Son muy bonitas.

Se tapó rápidamente y salió corriendo buscando la salida.

* Como una nave estelar estaba en pausa en medio de la nada sideral mientras cavilaba sobre por qué la nativa de este planeta me mostró las bragas donde destacaba, como la ubicación de un portal a otras dimensiones por explorar, una sombra de sudor.

Dos veces más me enseñó las bragas levantándose la falda poco antes de marcarse. Lo hacía desde la puerta al pasillo dejándome sentado junto el ordenador. Siempre nos ruborizábamos los dos. Solía alagar lo bonitas que son y le daba las gracias.

Más tarde en la soledad de mi habitación me hacía una paja pensando en las innumerables chicas que había acariciado o follado. Y últimamente se intercala la imagen de sus bragas junto con las ganas de retirarlas.

Por la noche, no todas, salía a los pubs y los bares de copas, y salvo unas risas con unas chicas, que a la una se marcharon a casita, la situación fue como peces en la pecera: nada de nada.

Más concretamente una noche ocurrió que había una chica con un pantalón corto enmarcando su precioso culo, y un top ceñido a sus tetas, donde destacaban las perlas de sus pezones. ¡Qué cuerpo! ¡Qué belleza! El brillantito que tenía en el ombligo era como un faro que me orienta al puerto de sus muslos. Me acerqué, con un gesto pedí al camarero lo mismo que ella y supongo que fue por eso que el cubata fue tan aguado.

Tras unos minutos de gestos insinuantes, pícaras sonrisas, y conversación de doble sentido en la que hubo intercambio de roces en los brazos, propuse salir para dar un paseo. Y contestó mostrando esa bonita sonrisa:

- Vale, escucha: Tanto en tu casa como en un hotel, para mí son trescientos. Y tú cubres los gastos.

Me olvidé del cubata al alejarme sin contestar.

En esos días se marchó más gente del club.

Y resulta que al terminar la carrera de económicas y no continuar con más estudios, me quedaba sin el carnet de estudiante y debía pagar una cuota para poder ir a la piscina. Vale, acepté, así continuaba entrenando.

Ocurrió que en el equipo femenino tenían el mismo problema, quedaban muy pocas jugadoras. Y se planteó entrenar juntos. Había que hablarlo con los entrenadores y resulta que no estaban. También se marcharon de vacaciones.

Decidimos hacerlo.

- Está claro. – Dijo un compañero. - Chicos contra chicas.

- ¡No! Mezclados.

- Sí. Es lo mejor por la combinación de agilidad y fuerza. Técnica y destreza. – Se me ocurrió decir empleando la voz, boca y gestos del compañero que tenía al lado.

* ¡Bravo! Para aquel que entienda lo que ha pasado.

Otro compañero se animaba en demasía. Ya se le ponían los dientes largos ante la posibilidad de tocar a las chicas. Y otro, que lo conocía, le avisó que no lo hiciera. Los demás, que escuchamos lo que hablaban, intervenimos.

- Como te pases ya no juegas. - Le amenazamos. - ¡Te largas!

- ¡Maricas! – Protestó.

Hacía años que no oía palabras similares. Instintivamente apreté los puños, pero no pasé de ahí. Aquel, casi por casualidad me miró decidiendo controlar sus manos.

La primera parte del juego fue regular. Muchos nervios y falta de cohesión. Incluso nos equivocábamos a la hora de pasar.

- ¡Gracias! – Me dijo uno riendo. - Pero soy del contrario.

Me había fijado en su rostro no en su gorro.

Y claro, reír con la boca abierta mientras se nada… tiene eso. Le arrebatamos pronto la pelota. Una chica pidió a otra que la pasara. Aquella contestó:

- ¡Ni lo sueñes!

Se equivocó lanzando a su propia portería.

Como entrenamiento técnico fue un desastre. Como deporte aceptable. Como juego, divertido. Fuera del agua comentamos todo entre risas.

- A ver, compañeros. Un momento. – Dijo el que se auto proclamó líder del momento. – Vamos a tomarlo en serio.

Todos mostramos conformidad.

En la segunda parte fue mejor. No porque mi bando ganara sino porque dentro de un equipo había más coordinación.

En la despedida de los grupos una chica admitió que era inquietante enfrentarse a un chico con las manos extendidas.

- Y más sin los entrenadores vigilando. – Añadió otra.

- Se trata de no perder el ritmo. – Dijo un compañero y asentí.

El caso es que no pudimos concretar otro encuentro porque a muchos les surgían compromisos de verano.

* Para el próximo entrenamiento en lugar de balón llevaría un crucigrama para no aburrirme.

Continúa en