Xtories

Una visita inesperada

Llevaba más de un año soñando con su piel, con ese aroma a Fahrenheit que la devolvía a la vida. Esta vez no hay excusas ni distancias: está en Madrid, en la misma habitación donde todo comenzó. Pero esta noche no buscan empezar de nuevo, sino cerrar el círculo.

Artemisa7713K vistas8.4· 9 votos

Habia pasado más de un año que no veía a Sergio, cuando regrese de nuevo.. Seguíamos en contacto, sí, pero nada era igual a aquel día. La distancia poco a poco lo fue cambiado todo, o tal vez solo me había cambiado a mí. El caso es que acababa de regresar de Madrid…

La primera vez que lo vi fue en otra historia. Unas pocas horas en la habitación de un hotel cercano al aeropuerto bastaron para que todo comenzara. Lo que al principio parecía un juego se volvió algo más profundo, más peligroso. Y entre nosotros surgió una conexión que ninguno esperaba.

La atracción fue inmediata. Nos dejamos llevar, sin pensar, sin querer entender. Bastaron unos minutos para rendirnos al deseo y a lo que sentíamos. Así empezó todo.

Sergio era un hombre casado. Vivía atrapado en un matrimonio que no funcionaba, aunque seguía intentando salvarlo. Decía que aún la quería, pero ya no encontraba el modo de hacerlo bien.

Yo también estaba casada. Mi vida se había vuelto una rutina vacía, sin brillo, sin emoción. Creo que por eso lo entendí tan rápido. Nos reconocimos en el cansancio del otro. Y viéndonos reflejados, sin darnos cuenta, empezamos a necesitar lo que el otro ofrecía.

Él ahogaba sus frustraciones trazando una vida en común que, aunque no estaba llena de ilusión ni de deseo, para él era suficiente.

Yo, en cambio, me engañaba pensando que la vida que tenía era la que deseaba.

Pero ambos sabíamos que, por más que intentáramos convencernos, en nuestras vidas faltaba algo más importante que todo lo que teníamos… faltaba pasión.

El día que Sergio y yo nos conocimos fue una broma del destino.

Aquel día, cansado de luchar por algo que no parecía tener arreglo, decidió salir a cenar y tomar algo con unos amigos. Era su forma de escapar, aunque fuera solo por unas horas, de una vida que empezaba a asfixiarlo.

Y justo esa noche fue cuando Sergio se cruzó conmigo.

Un choque fortuito, en la cola del baño, justo en el descansillo de las escaleras que llevaban a la parte superior del local.

Ahí ocurrió el cruce de miradas que nos detuvo el mundo por un instante.

En ese mínimo segundo supe que no me había chocado con cualquiera. Llámalo presentimiento, intuición o locura, pero sentí que aquel encuentro no sería algo casual ni pasajero. Nunca imaginé que aquel hombre acabaría marcando mi vida.

Aquel encuentro fugaz e inesperado despertó algo en nosotros. Encendió la chispa que nos reanimó de unas vidas apagadas, haciendo vibrar aquello que creíamos muerto.

No volví a verle durante el resto de la noche.

Podría parecer una tontería, incluso una locura en una mujer de mi edad, pero me sentí ilusionada, viva, solo con recordar esa breve emoción. Me resigné a pensar que sería solo eso: un instante que se perdería entre la multitud. Pero el destino tenía otros planes, y las casualidades volvieron a cruzarnos.

A la salida del pub —ya pasaban de las cinco de la mañana— nos encontramos de nuevo, en otro accidente fortuito.

Lo recuerdo como la perdición de mi alma, porque después de esa noche ya no hubo retorno para mi.

Tropecé al salir del local y caí directamente en sus brazos. Su aroma, ese perfume inconfundible de Fahrenheit, me envolvió por completo. Respiré hondo, como si en esa inhalación pudiera absorber algo de él, poseerlo.

Su fragancia despertó a la mujer dormida, a la parte salvaje que había aprendido a esconder. Y sin pensar, sin poder contenerme, lo besé.

Fue un beso urgente, hambriento, cargado de deseo y desahogo.

No tenía permiso para hacerlo, pero en la forma en que él respondió, entendí que tampoco lo necesitaba.

En la misma puerta del pub tomamos el primer taxi que pasó. Y dándole la dirección de mi hotel, sin más palabras, nos dirigimos hasta allí.

La llegada a la habitación fue tan precipitada como el resto de la noche. El deseo acumulado durante años nos estalló encima.

Yo anhelaba volver a sentirme mujer, y él parecía saber exactamente cómo hacerlo. Me entregué sin reservas, sin miedo, sin pensar.

No hablamos mucho. Todo eran manos y respiraciones, gestos torpes y urgentes. Él me recorría con fuerza, con hambre. La obscenidad se hizo presente, pero no me importó. Quería ese cuerpo, quería sentirlo, saborearlo, devorarlo.

Y él tampoco pretendía otra cosa. Su dominio era absoluto, su deseo tan intenso como el mío. Profanaba un territorio que no le pertenecía, sin preocuparse por las consecuencias.

A mí tampoco me importó. Encontré en él la dulzura de mi propia perversión. Y por esa noche, solo por esa noche, fui la mujer que quería ser.

Después de aquella noche, ya no hubo vuelta atrás.

No pude regresar a la mujer que había habia dejado en valencia, ni tampoco pude alejarme de él.

Aunque cientos de kilómetros nos separaban, siempre encontrábamos la forma de sentirnos cerca. Benditas nuevas tecnologías: eran el hilo que mantenía viva nuestra historia, el puente que nos unía cuando el deseo nos arrastraba de nuevo.

Pasaron los días, las semanas, los meses. Compartíamos lágrimas y frustraciones, pero también placer y ternura.

Los gemidos que antes llenaban nuestras noches se ahogaban en la pantalla cuando llegaba la hora de apagar el ordenador.

Y así, entre encuentros virtuales y despedidas, el tiempo fue pasando. La falta de piel empezó a doler más que cualquier otra cosa. Y la distancia se volvió insoportable, hasta que fue inevitable buscar la forma de volver a vernos.

¿Cómo revivir aquello? ¿Cómo romper los límites de lo intangible? Solo había una manera.

Aquella noche, decidida, encendí el ordenador en medio de la oscuridad y busqué un billete para el primer vuelo a Madrid.

Puse fecha a mi regreso, no quería dejar nada al azar, pero estaba decida e iba hacerlo.

Al despertar, ya tenía las maletas preparadas.

Los billetes de avión esperaban sobre la mesa del salón, junto a mis auriculares recién cargados.

El vuelo desde Valencia no duraba más de una hora, pero el trayecto me pareció eterno.

La música fue mi refugio, el único modo de calmar los nervios.

Volvía a ver a Sergio.

Solo pensarlo me hacía temblar de impaciencia. Llevaba meses soñando con su piel, con sus besos, con sus manos.

Y llegó el momento.

“Qué nervios”, pensé, mientras el avión aterrizaba en Barajas y mis manos temblaban al bajar la pasarela.

Volvía a estar en Madrid.

Mi amante me esperaba a las puertas del aeropuerto.

El encuentro fue justo como lo había imaginado.

La emoción que me recorrió aquella primera vez volvió a apoderarse de mí, quemándome por dentro como si el tiempo no hubiera pasado.

Solo necesité aspirar de nuevo su aroma para regresar, por un instante, a aquella habitación de hotel. Nada parecía haber cambiado. Éramos los mismos dos desconocidos que se habían encontrado una noche a la salida de un bar, destinados —una vez más— a terminar la noche en una habitación cercana al aeropuerto.

Al entrar en la habitación, el aire se volvió denso, casi familiar.

El mismo olor a café, las mismas cortinas que filtraban la luz gris de la mañana, y ese eco del pasado que parecía esperarnos.

Nos miramos sin hablar. No hacía falta.

Su mano buscó la mía, y con ese gesto supe que todo lo vivido, todo lo sufrido, nos había traído hasta ese instante.

Nos acercamos despacio.

El beso llegó como un suspiro, sin urgencias, sin el vértigo de la primera vez. Ya no éramos los mismos que se habían perdido entre la pasión y la culpa. Éramos dos almas cansadas, necesitadas de cerrar el círculo.

Y así fue.

Nos amamos sin prisa, sin fuego desbordado, con la calma de quien sabe que está viviendo un último encuentro.

No hubo promesas, ni planes, ni mentiras. Solo piel, recuerdos y un silencio que lo llenaba todo.

Cuando desperté, la luz se filtraba entre las cortinas.

Sergio aún dormía, y por un momento pensé en quedarme así, quieta, respirando su presencia.

Pero dentro de mí ya había una certeza: lo nuestro había cumplido su destino.

Me vestí despacio, tratando de memorizar cada detalle, cada olor, cada respiración.

Antes de salir, me giré una última vez. Él seguía dormido, con esa paz que nunca le vi despierto.

Cerré la puerta sin hacer ruido.

Y al caminar por el pasillo del hotel, supe sin remedio, que aunque el deseo nos había unido, era el adiós el que nos haría libres para siempre.

Artemisa.