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Dominaciónoct 2025

Mis inicios en las relaciones D/s (1)

Luis siempre buscó a una mujer que mandara, pero no imaginó que la encontraría pidiendo un café. Carla no solo acepta su servicio, sino que exige que se arrodille. ¿Está listo para perder el control?

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Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Para empezar voy a presentarme. Soy un hombre jubilado, vivo solo y soy un sumiso convencido desde siempre y con grandes deseos de encontrar a esa mujer madura que tenga esos deseos de dominación para mantener una relación estable.

Dada mi edad tengo muy claro lo que deseo y es encontrar a esa mujer que sienta la dominación como estilo de vida y que para mantener ese tipo de relación es necesario que exista una atracción y un enamoramiento previo.

Yo pienso que un sumiso que se entrega a una mujer como tal lo único que hace es amar en un estado sublime a su Ama.

Esta concepción me ha supuesto una dificultad a la hora de encontrar a alguien ya que lo que se pretende es mantener sesiones esporádicas sin que exista ese amor ni enamoramiento.

Bien, hecha ya mi presentación diré que todos los días y por costumbre bajaba de casa tras desayunar a tomar un café al bar de debajo de casa. Pedía el café, me fumaba un cigarro y contemplaba a las personas que por allí pasaban. Se me ha olvidado decir de mí que poseo un fetiche y es el contemplar a una mujer mientras fuma un cigarrillo.

Aquel día una señora de más o menos mi edad se sentó en una mesa frente a mi. Pidió un café con leche, una tostada y un zumo. Por ser alguien que no había visto hasta ahora me fijé en ella de forma disimulada. Me gustó ver como masticaba la tostada moviendo su boca y dándole pequeños tragos a su café. Lo hacía despacio, sin prisas. Cuando terminó de desayunar buscó en su bolso el paquete de tabaco, Marlboro, y el mechero. Abrió el paquete y extrajo un cigarro que de forma lenta y precisa llevó a su boca atrapándolo con sus labios.

Era una mujer coqueta, que gustaba de arreglarse antes de salir. Sus ojos iban pintados con una raya negra en ellos que le daba un aire, a mi juicio, muy agradable. Sus labios también iban pintados con un carmín rojo-tierra, perfilados. En cuanto a su vestimenta iba vestida con una falda de cuero negra por debajo de la rodilla con unos botines a juego y un pequeño aunque afilado tacón. Para completar su vestimenta un jersey de cuello alto del mismo color y algo ajustado dejando entrever unos pechos grandes y hermosos.

Mientras le miraba comprobé que con el cigarrillo entre los labios seguía buscando algo más en su bolso.

Así mirándola me di cuenta que miraba hacia todos los lados. Seguramente no había encontrado el mechero así es que me atreví a levantarme y acercándome a ella le ofrecí fuego.

Gracias, no se donde lo habré dejado.

Encendí el mechero y lo acerqué al cigarrillo protegiendo la llama con mis manos. Pude ver más de cerca sus labios pintados y como dejaba marcada la boquilla del cigarro. Así estaba cuando ella acercó su boca y con sus manos rodeo las mías.

Gracias otra vez.

Antes de separarme quedé como perplejo mirando como de su boca exhalaba el humo de su cigarro tras darle varias caladas. Si por mí hubiera sido habría abierto mi boca y hubiera inspirado aquel humo que salía de su boca. Evidentemente no lo hice pero si es cierto que tardé más de lo habitual en separarme y volver a mi mesa.

Es usted muy amable. ¿Vive cerca de aquí?

Si ahí en frente, en el segundo. Suelo venir todos los días a tomar un café. Por cierto no le había visto nunca por aquí. Siempre somos los mismos y a la misma hora.

Si, es la primera vez que vengo, me gusta conocer otros barrios de la ciudad. Pero, por favor, siéntese conmigo si no le importa. Estar de pie hablando no es de recibo con su amabilidad.

Gracias, si a usted no le importa me traeré el café aquí.

Me senté junto a ella y estuvimos charlando de una forma que me encantó. Me dijo que vivía en un barrio cercano al mío, que vivía sola y que le encantaba encontrar a alguien con quien poder charlar.

Mientras charlábamos mis ojos la recorrían por completo, en especial la mano que sostenía el cigarrillo y sus movimientos para fumarlo.

Oh, perdóneme. ¿Le molesta si fumo?.

No para nada, yo también fumo.

Como me iba a molestar si me tenía encandilado mirando como su boca se cerraba con sus labios chupándolo para después llevar su mano a la mesa y dejar salir el humo de su boca. Pasado un rato pedí al camarero la cuenta.

Por favor, déjeme que le invite yo. Ha sido muy amable al querer compartir conmigo este rato tan maravilloso.

Sería muy descortés hacerlo ante una mujer como usted. Por cierto me llamo Luis.

Yo me llamo Carla.

Bonito nombre, me gusta. ¿Le apetecería dar una vuelta por el barrio. Yo le acompañaría y le enseñaría sus rincones.

No quiero abusar de su amabilidad, pero si le he de ser sincera, me encantaría.

Pues no se diga más.

Me levanté y colocándome tras ella le separé la silla para que se levantara.

Es usted un hombre de los que ya es difícil de encontrar. Gracias.

Uno al lado del otro fuimos recorriendo el barrio. Mostrándole los rincones y comercios.

Perdona, ¿nos sentamos un poco?

Sí claro.

Cerca había una terraza y nos sentamos como ella deseaba.

¿Un cigarro?

Esta vez sus manos rodearon con más fuerza las mías al ir a encenderle el cigarrillo. Nuestras manos se mantuvieron unos segundos, que a mí me parecieron eternos, rozándose y ella mirándome a los ojos y dejando escapar el humo de entre sus labios. Nuestra cercanía hizo que pudiera sorber parte del humo de su boca. Ella me sonrió.

Estos botines me aprietan bastante. Si pudiera me los quitaría aquí mismo.

Aproveché para fijar mi mirada en sus botines asomando por la falda negra de cuero.

¿Te gustan mis botines?, veo que los miras con mucha atención.

Si, son muy bonitos y en sus pies lucen mucho más.

Eres muy zalamero. Me gustan los hombres así.

Aproveché para agacharme y tomar entre mis manos uno de ellos. Bajé muy despacio la cremallera y ya con su pie desnudo lo puse sobre mis piernas. Nadie podía verlo pues los mantelillos lo tapaban.

¿Qué haces Luis?, ¡qué vergüenza!

Nadie lo verá, no se preocupe. Deme su otro pie, por favor.

Dándole una calada a su cigarrillo fijo su mirada en mí con una sonrisa muy provocadora. Dejó escapar el humo de su boa, esta vez lo dirigió a mi cara.

Perdona.

No hay nada que perdonar, Carla. No me importa, al contrario, me agrada.

Mientras nuestras miradas se mantenían fijas mis manos iban acariciando y masajeando muy despacio y con suavidad sus pies. Me detenía en cada uno de sus dedos, acariciándolos. Ella echó su cabeza hacia atrás dejando ahora que el humo subiera muy lentamente formando unas nubecitas.

¿Qué desean tomar?, dijo el camarero.

Tomaremos agua. Una botella pequeña, por favor. Luis, si no te importa compartimos el agua. Hay que ahorrar, ¿te parece?

Claro, como quieras.

Me estás dejando los pies súper relajados, te voy a contratar como masajista, ja, ja, ja.

Lo dirás de broma pero no me importaría, ja, ja, ja.

El camarero trajo la botella de agua y dos vasos.

Puede llevarse los vasos, gracias. Luis ábreme la botella, por favor, está duro.

Le abrí la botella y se la pasé. La llevó a su boca para rodearla con sus labios y darle un trago.

Espero que no te importe que compartamos el agua. ¿Quieres?

Como no iba a querer si al ofrecérmela vi como sus labios habían dejado la marca de su carmín en la boquilla. Era como si le diera un beso sin hacerlo. Al chupar yo la botella pude saborear sus labios, tenían un sabor dulce.

Cuando quieras seguimos con el paseo, le dijo Luis.

Estoy tan relajada que no me movería de aquí.

Pues nos quedamos si lo prefieres.

Mejor nos vamos ya de vuelta.

Me agaché bajo el mantel y uno tras otro los cogí con mis manos acercándolos a mi boca y dándoles un beso antes de calzárselos. Antes de levantarnos acercó su cara a la mía para darme las gracias. Pude saborear su aliento caliente y con sabor a tabaco. Por el gesto de complicidad deduje que era consciente de mi acción y para nada le había desagradado. Mi pensamiento se estaba disparando al imaginar de todo.

¿Va mejor ahora, Carla?

En lugar de responderme al ir cogida de mi brazo le dio una nueva calada a su cigarrillo y mirándome con una sonrisa dejó que el humo rodeara mi cara. Mi respuesta ya fue inmediata, entreabrí mi boca y esta vez tragué el humo con mi boca. Sin más, seguimos paseando de vuelta entreabrí dirección a su casa.

No te dicho algo y es que vivo en un tercero sin ascensor y llevo tiempo buscando otra casa para mudarme y que tenga ascensor. Si conoces de alguna me avisas.

Ya en el portal de su casa y al ir a despedirnos….

Bueno Carla, espero que nos veamos más a menudo. Yo todos los días bajo al bar a tomar un café. ¿Quieres mi teléfono? Si necesitas algo solo tienes que llamarme. Estaré encantado de ayudarte.

Dame el tuyo y te hago una perdida.

La mañana terminó, nos despedimos dándonos un beso en la cara. Carla entró en el portal y yo me fui a mi casa. Allí y nada más entrar sonó mi teléfono. No era ningún contacto mío. Descolgué y…..

Dígame….

Hola, ¿no me reconoces?

Pues…….. ¡ah perdona!. ¿Carla?

Sí claro. Ya tienes mi teléfono así es que me puedes llamar cuando quieras.

Gracias, de verdad. ¿Te apetece esta tarde ir al cine?

¡Guaaaaauuuuuu! ¿Sabes el tiempo que hace que no voy al cine? Pues años, es que ir sola no me apetece.

Pues entonces, te recojo sobre las seis.

Bien, gracias.

No podía creerme que hubiera aceptado sin más. Pensé que después del cine la invitaría a cenar. Cuando llegué a la puerta de su casa no tuve mucho que esperar. Esta vez iba vestida con un pantalón ajustado de cuero negro, unas botas a juego que cubrían sus pantalones hasta la rodilla y un abrigo largo que le daba un aire muy sensual.

Hola Carla, estás preciosa.

¿Te gusto?

Mucho, de verdad. Estás preciosa.

Me encanta la ropa de cuero y el negro es mi color preferido. Y, ¿a ti?

Uffff! Me encanta, es, te llegaría a confesar, que es uno de mis mayores fetiches.

Ah, ¿tienes fetiches? Yo también. Podemos luego hablar de ello. Me gusta hacerlo.

Si, claro.

Al llegar al cine le ayude a quitarse el abrigo antes de sentarse.

Gracias.

Vimos la película, aunque yo realmente me pasé el tiempo mirándola. Al salir le propuse ir a cenar, a lo que accedió. Ya en la mesa y mientras charlábamos sobre la película se encendió un cigarrillo y volvió sobre el tema que habíamos hablado antes de ir al cine, los fetichismos.

Bueno, ¿me vas a contar cuáles son tus fetiches?

Ufff, tengo varios y si te he de ser sincero algunos de ellos por no decir todos los tienes tú, Carla.

Ah si, cuéntame. Aunque yo creo saber ya algunos de ellos como por ejemplo mis pies, mi calzado y creo que también lo relacionado con el fumar, ¿me equivoco?

Realmente me sentía desnudo y apesadumbrado. Yo que había intentado que no se me notara nada ahora resultó que se había dado cuenta.

No te apures Luis, me gustan tus fetiches. Yo también tengo los míos aunque todos podría agruparlos en uno.

Dime, por favor, cuál es el tuyo.

Sin decir nada me paso su cigarrillo entre mis dedos.

Quiero que lo compartas conmigo.

El cigarrillo tenía la marca del carmín de sus labios. Mi rostro se volvió más que rojizo de la vergüenza.

¡Fuma!

Más que un deseo, por su tono de voz, me pareció una orden. Lo llevé a mi boca y chupé queriendo saborear su sabor por completo.

¡Ya está, dámelo! Me ha gustado complacer tu fetiche.

Me vas a decir cuál es tu fetiche, estamos en desventaja.

Bueno, te lo diré pero ten en cuenta que siempre estarás en desventaja conmigo. ¿Sabes por qué?

No, dímelo, me tienes en ascuas.

Antes quiero que te agaches, desabroches mis botas y me masajees mis pies. ¿Me has oído?

Esta vez no cabía duda que me lo estaba ordenando, pero me gustaba su forma de decírmelo, con suavidad, hablando despacio y mirándome fijamente a los ojos. Gracias a que nuestra mesa estaba algo apartada me levanté y me arrodillé. Esta vez ella levantó el mantel dejándome descubierto.

No tienes por qué ocultarte, deja salir tus deseos. A mí me gustan los tuyos.

Se volvió a encender un cigarrillo mientras yo iba bajando la cremallera de sus botas. La descalce y le quité los calcetines de media que llevaba, que por cierto tenían un olor intenso.

Y mis medias, ¿te gustan?

Desde el suelo le dije que si.

Levanta y siéntate frente a mí.

Una nueva bocanada de humo rodeó mi cara.

¿Qué te ha atraído de mis medias?, quiero que seas sincero conmigo Luis.

Pues sus medias tan finas envolviendo sus pies me han encantado.

¿Solo eso?, ¿y su olor?, ¿no te ha gustado?

Yo ya no sabía qué contestar. Me sentía muy nervioso y ella notándomelo continuaba con sus provocaciones e insinuaciones.

Si, también su olor.

Dime cómo olían.

Pues despedían un fuerte olor a…….pies que se fundía con el del cuero despedían sus botas.

¿Te gustaría que te las regalara?

Me encantaría.

¿Qué harías con ellas tú solo en casa, Luis?

Que responderle, ¿la verdad o disimulaba? Ella se me adelantó.

Creo que estoy viéndote llegar a casa y con mis medias en una de tus manos las llevarías a tu nariz mientras con tu otra mano……….

No terminó la frase y a mí me dejó perplejo.

¿Vas a terminar la frase o prefieres que la termine yo? Estoy notando en mis pies algo que te pertenece y que hasta ahora no lo había sentido. Y…. Me gusta.

La excitación que me había producido se había manifestado en una erección a través de mi pantalón que contactó con sus pies desnudos.

Sigue dándome un masaje, por favor. Y, aún no me has respondido.

Mis manos recorrían tus pies masajeándolos y atendiendo cada uno de sus dedos, empeine y todos ellos.

Creo que me……. Mastur……ba….rí…..a pensando en ti, Carla.

Me gusta que no halla tabúes entre nosotros, que seamos sinceros. Así me gusta que seas sincero.

Pero me he dado cuenta que yo de ti se poco. Ja, ja, ja.

Prefiero conocerte yo y pronto sabrás todo de mí. Sigamos charlando. Veo que eres una persona con muchos deseos de vivir de una forma muy concreta. ¿Es así?

Pues sinceramente si. De siempre he deseado vivir una vida de entrega y de servicio.

¿Te atrae entregarte?, ¿puedes ser más concreto?.

Pues…. he…. deseado….. conocer a una mujer a la que hacer muy feliz cumpliendo sus deseos.

Pero, ¿y tus deseos?, ¿donde los dejarías?

Yo me sentiría muy feliz de esa manera. Cumpliendo los de esa mujer yo ya me sentiría feliz. Mis deseos se transformarían en los suyos. Hacer de su vida algo sin problemas, ni responsabilidades, solo vivir según sus gustos.

Pero, eso supondría anularte a ti mismo, ¿no crees?

Depende como lo veas. Si aceptas que mi felicidad la obtengo así lo podrás entender.

Te he de reconocer que yo no sería capaz de llevar una vida así pero si me encantaría conocer a una persona que pensara como tú. Soy una mujer muy caprichosa y difícil para la convivencia.

Pues por lo que sé de ti, eres una mujer muy accesible y me encanta tu compañía.

¿De verdad?. ¿Qué te parece si nos vamos?. Cálzame y me acompañas.